El peñasco encantado

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Willa Cather

Fuimos a nadar antes del anochecer y, mientras cocinábamos nuestra cena, los rayos oblicuos de luz crearon un brillo cegador sobre la blanca arena que nos rodeaba. La bola roja translúcida se hundió tras la extensión marrón del maizal cuando nos sentamos para comer; el estrato cálido de aire que había permanecido sobre el agua y nuestro banco de arena limpio se volvió más fresco y olió a la vernonia y a los girasoles exuberantes que crecían en la costa más llana. El río estaba marrón y fluía perezoso, como cualquier otro de la media docena de arroyos que regaban las tierras de maíces de Nebraska. En una de sus orillas había una línea irregular de riscos de tierra desgastados, donde unos cuantos robles con gruesos troncos y copas planas y retorcidas daban una ligera sombra sobre la hierba alta. La costa occidental era baja y nivelada, con maizales que se extendían hasta el horizonte; junto al agua había pequeñas calas y playas de arena donde se mecían los álamos esbeltos y los jóvenes sauces.

La agitación del río durante la primavera no alentaba a usar el molino y, aparte de mantener el viejo puente rojo en reparación, los ajetreados granjeros no se preocupaban por el arroyo. Así, quedaba en obvia posesión de los chavales de Sandtown. En otoño, cazábamos codornices entre las millas del terreno lleno de rastrojos y forraje que había junto a la orilla llana y, cuando terminaba la estación de patinaje en invierno y el hielo había desaparecido, los torrentes primaverales y las llanuras anegadas nos proporcionaban los mejores momentos de diversión del año. El canal no permanecía en el mismo estado durante dos estaciones seguidas. Cada primavera, el arroyo crecido socavaba un risco en el este o arrancaba unos cuantos acres de maizal en el oeste y se llevaba la tierra para depositarla en bancos de barro espumoso en otra parte. Cuando el agua bajaba a mediados del verano, quedaban expuestos nuevos bancos de arena que se secaban y blanqueaban bajo el sol de agosto. A veces la arena se acumulaba con tanta firmeza que la furia del siguiente torrente no conseguía desplazarla; los pequeños esquejes de sauce emergían triunfales de entre la espuma amarilla, las hojas primaverales germinaban, crecían con rapidez con el verano y, tras unir su red de raíces con la arena húmeda de debajo, se preparaban para soportar los azotes de otro abril. Por aquí y por allá entre los sauces, un álamo empezaba a brillar, estremeciéndose en la baja corriente de aire que, incluso en los días sin brisa cuando el polvo colgaba como el humo sobre el camino, estremecía la superficie del agua.

Fue en una isla de estas características, en el tercer verano de su verde amarillento, cuando montamos nuestra hoguera, no en el matorral de varas de sauces bailarines, sino en el terraplén nivelado de arena fina que había aparecido esa primavera: un nuevo pedazo de mundo, rodeado exquisitamente por las marcas de las olas y sembrado con los diminutos esqueletos de las tortugas y los peces, tan blancos y secos como si hubieran sido salados por un experto. Fuimos con cuidado de no estropear la frescura del sitio, aunque a menudo nadábamos hasta ahí en las tardes de verano para tumbarnos en la arena y descansar.

Aquella era nuestra primera hoguera del año y, por ciertos motivos, he de recordarla mejor que cualquiera de las otras. La siguiente semana, los otros chicos debían marchar de vuelta a sus antiguas plazas en el instituto de Sandtown, pero a mí me tocaba ir a clase a la Divisoria en mi primera escuela rural del distrito noruego. Ya sentía morriña al pensar en dejar a esos chicos con los que siempre había jugado; en dejar el río y cambiarlo por una planicie ventosa llena de molinos de viento, maizales y grandes pastos, donde no había nada terco o rebelde en el paisaje, ni islas nuevas, ni la oportunidad de ver pájaros desconocidos como los que a veces seguían el curso del agua.

Otros chicos iban y venían y usaban el río para pescar o patinar, pero nosotros seis prestamos juramento al espíritu del arroyo y éramos amigos sobre todo gracias al río. Había dos Hassler, Fritz y Otto, hijos del pequeño sastre alemán. Eran los más jóvenes entre nosotros: chavales zarrapastrosos de diez y doce años, con el pelo quemado por el sol, rostros con las marcas del clima y pálidos ojos azules. Otto, el mayor, era el mejor matemático en la escuela y brillante con los libros, pero siempre dejaba los estudios durante el trimestre primaveral como si el río no pudiera seguir sin él. Fritz y él agarraban los bagres gordos y cornudos y los vendían en el pueblo. Vivían tanto en el agua que estaban tan marrones y arenosos como el propio río.
Estaba Percy Pound, un chico rollizo y pecoso de mejillas regordetas. Solía llevarse media docena de revistas y siempre acababa castigado por leer historias de detectives detrás de su pupitre. Estaba Tip Smith, cuyas pecas y cabello pelirrojo lo habían destinado a ser el payaso de todos nuestros juegos, aunque caminaba como un ancianito tímido y su risa era graciosa y entrecortada. Tip trabajaba duro en el colmado de su padre cada tarde y lo barría cada mañana antes de ir a la escuela. Incluso sus recreos eran ajetreados. Recogía sin cesar cartas de cigarros y etiquetas de latas de tabaco y se pasaba horas encorvado sobre una gruñona sierra de calar que guardaba en su ático. Sus posesiones más preciadas eran unos frascos de pastillas que, en teoría, contenían granos de trigo de Tierra Santa, agua del Jordán y del mar Muerto y tierra del monte de los Olivos. Su padre le había comprado esas cosas aburridas a un misionero bautista que las vendía. Sus orígenes remotos parecían darle una gran satisfacción a Tip.

El chaval alto era Arthur Adams. Tenía unos bonitos ojos castaños que casi eran demasiado reflexivos y compasivos para un chico y una voz tan agradable que a todos nos gustaba escucharlo leer en voz alta. Ni aun cuando le tocaba leer poesía en clase se le ocurría a nadie reírse. La verdad es que no pasaba mucho tiempo en la escuela. Con diecisiete años, tendría que haber terminado el instituto el año anterior, pero siempre estaba por ahí con su pistola. La madre de Arthur había muerto y su padre, febrilmente absorto en promover planes, quería enviar a su hijo lejos a estudiar y quitárselo así de en medio, pero Arthur siempre le rogaba otro año y le prometía que estudiaría. Lo recuerdo como un chico alto y con la piel marrón y un rostro inteligente, siempre holgazaneando entre los pequeños, riéndose de nosotros más a menudo que con nosotros, pero con una risa suave y satisfecha que, cuando la provocábamos, nos parecía casi como un halago. En años posteriores, la gente diría que Arthur había emprendido un mal camino siendo chaval, y es cierto que a menudo lo veíamos con los hijos del jugador y con el niño de Fanny la Española, pero si aprendió algo peligroso en su compañía, a nosotros no nos traicionó nunca. Habríamos seguido a Arthur a cualquier parte, y me veo obligado a decir que los peores sitios a los que nos llevó fueron las marismas de espadañas y los campos de rastrojos. Estos eran, pues, los chavales que acamparon conmigo aquella noche de verano en la arena.

Tras terminar de cenar, apaleamos el matorral del sauce en busca de madera que hubiera arrastrado la corriente. Para cuando habíamos reunido la suficiente, la noche había caído y el olor acre a los hierbajos de la orilla había aumentado con el frescor. Nos tumbamos alrededor de la hoguera e hicimos otro esfuerzo inútil para enseñarle la Osa Menor a Percy Pound. Ya lo habíamos intentado antes, pero él nunca pasaba de la grande.

—¿Ves esas tres estrellas enormes justo debajo del palo, con una brillante en el centro? —dijo Otto Hassler—. Eso es el cinturón de Orión y la brillante es la hebilla.
Me arrastré hasta el hombro de Otto y seguí la dirección de su brazo hasta la estrella que parecía posada sobre la punta de su firme índice. Los chicos Hassler hacían pesca de cerco por las noches y conocían muchas estrellas.

Percy renunció a la Osa Menor y se recostó en la arena con las manos bajo la cabeza.

—Puedo ver la estrella polar —anunció, feliz, señalándola con el dedo gordo del pie—. Alguien podría perderse y debería saber esto.

Todos alzamos la mirada.

—¿Cómo creéis que se sentiría Colón cuando su brújula dejó de marcar el norte?
—preguntó Tip.

Otto sacudió la cabeza.

—Mi padre dice que antes había otra estrella polar y que quizá esta no dure para siempre. Me pregunto qué nos pasará a nosotros si algo le va mal.

—Yo de ti no me preocuparía, Ott —rio Arthur—. No va a pasarle nada en tu época.
¡Mirad la Vía Láctea! Seguro que hay una barbaridad de indios muertos.

Nos recostamos y miramos, reflexionando, la oscura cubierta del mundo. El borboteo del agua se había intensificado. En ocasiones, habíamos notado una nota rebelde y quejumbrosa en ella durante la noche, bastante diferente a su risa alegre de por el día, como la voz de un arroyo mucho más profundo y potente. Nuestra agua siempre tenía esos dos talantes: uno de complacencia soleada y el otro de pesar inconsolable y ferviente.

—Resulta raro que las estrellas estén dispuestas en figuras tan distintas —señaló Otto—. Se podría hacer casi cualquier propuesta geométrica con ellas. Siempre es como si tuvieran algún significado. Hay quien dice que la suerte de una persona está escrita en las estrellas, ¿no es así?

—Así lo creen en el viejo mundo —afirmó Fritz.

Pero Arthur solo se rio de él.

—Estás pensando en Napoleón, que tenía una estrella que se apagó cuando empezó a perder batallas. Supongo que las estrellas no llevan una cuenta muy exacta de la gente de Sandtown.

Estábamos especulando sobre cuántas veces podríamos contar hasta cien antes de que el lucero del alba desapareciera detrás de los maizales, cuando alguien gritó:

—¡Ahí viene la luna, tan grande como la rueda de un carro!

Todos nos pusimos de pie de un salto para saludarla mientras nadaba sobre los riscos que teníamos detrás. Salió como un galeón a toda vela: enorme y bárbara, roja como una diosa pagana enfadada.

—Cuando la luna salía así de roja, los aztecas sacrificaban a sus prisioneros en la cima del templo —anunció Percy.

—Tú sigue, Perce. Eso lo has sacado de Golden Days.* ¿Tú te lo crees, Arthur? —comenté.

—A lo mejor —respondió Arthur con bastante seriedad—. La luna era una de sus diosas. Cuando mi padre estaba en Ciudad de México vio una piedra que usaban para sacrificar a sus prisioneros.

Mientras nos tumbábamos de nuevo junto al fuego, alguien preguntó si los constructores de montículos eran más antiguos que los aztecas. En cuanto nos enzarzábamos en el tema de la cultura de los montículos, no lo dejábamos por voluntad propia, y aún seguíamos conjeturando cuando oímos un fuerte chapoteo en el agua.

—Habrá sido un gran felino saltando —dijo Fritz—. A veces lo hacen, quizá por los bichos que ven por la noche. ¡Mirad la estela que deja la luna!

En el agua había una larga veta plateada; la corriente hervía en trocitos dorados en los puntos donde se agitaba sobre un tronco.

—¿Os imagináis que hay oro escondido en este viejo río? —preguntó Fritz. Estaba tumbado como un pequeño indio marrón, cerca del fuego, con la barbilla apoyada en la mano y los pies descalzos en el aire. Su hermano se rio de él, pero Arthur se tomó su sugerencia con seriedad.

—Algunos de los españoles creían que había oro en alguna parte de esta zona. Siete ciudades repletas de oro, decían, y Coronado y sus hombres vinieron a buscarlo. Hubo una época en la que había españoles por todo el país.

—¿Eso fue antes de que los mormones pasaran por aquí? —preguntó Percy con interés.

Todos nos reímos con su comentario.

—Mucho antes. Antes que los Padres Peregrinos, Perce. Quizá vinieron por este mismo arroyo. Siempre seguían los ríos.

—Y yo me pregunto: ¿dónde empieza de verdad este de aquí? —reflexionó Tip. Ese era uno de nuestros viejos misterios favoritos, pues en el mapa no se mostraba bien. En él, la pequeña línea negra se detenía en algún punto al oeste de Kansas, pero como los ríos, en general, nacen en las montañas, era lógico suponer que el nuestro venía de las Rocallosas. Su destino lo sabíamos: era el Misuri. Los Hassler aseguraban que podíamos embarcar en Sandtown durante la temporada de las inundaciones, seguir nuestro olfato para, al final, acabar en Nueva Orleans. Ahora volvían a retomar su manida discusión.

—Si tenéis las suficientes agallas como para intentarlo, no tardaríamos nada en llegar hasta Kansas City y St. Joe.

Nos pusimos a hablar sobre los sitios a los que queríamos ir. Los Hassler querían ver los mataderos de Kansas City y Percy quería ver unos grandes almacenes en Chicago. Arthur era el interlocutor y no delató sus deseos.

—Te toca, Tip.

Tip rodó para apoyarse sobre el hombro y atizar el fuego; sus ojos parecían tímidos en su carita rara y tensa.

—Mi sitio está increíblemente lejos. Mi tío Bill me habló de él.
Bill, el tío de Tip, era un viajero, picado por la fiebre del oro, que había llegado a Sandtown con un brazo roto que, cuando estuvo curado, volvió a marcharse.

—¿Dónde está?

—Uf, allá por Nuevo México. No hay ferrocarriles ni nada. Hay que ir en mula y antes de llegar se te acaba el agua y te toca beber tomates enlatados.

—Bueno, sigue, chaval. ¿Cómo es aquello cuando llegas allí?

Tip se enderezó y empezó a relatar con entusiasmo su historia.

—Hay una gran roca roja que sale directamente de la arena y alcanza novecientos pies. A su alrededor el campo es todo llano y la roca se alza allí sola, como un monumento. La llaman el risco encantado, porque ningún hombre blanco ha estado en su cima. Los costados son de roca suave y recta, como una pared. Los indios dicen que hace cientos de años, antes de que llegasen los españoles, había un pueblo allá arriba, en lo alto. La tribu que vivía allí contaba con una especie de escalones, hechos de madera y corteza, que colgaban por un lado del peñasco. Los valientes bajaban para cazar y subían agua en grandes jarras que llevaban sobre su espalda. Allá arriba guardaban una gran reserva de agua y secaban carne y nunca bajaban excepto para cazar. Eran una tribu pacífica que elaboraban ropa y cerámica. Subieron allí para alejarse de las guerras. Vamos, que podían cargarse a cualquier partida de guerra que intentase subir sus diminutos escalones. Los indios dicen que eran una gente hermosa y que su religión era rara. El tío Bill cree que eran nativos de los acantilados que se habían metido en problemas y habían huido de su hogar. Bueno, que no eran luchadores.

»Un día, los valientes estaban abajo cazando y llegó una terrible tormenta, como una tromba de agua y, cuando regresaron a su roca, vieron que su escalerita estaba hecha pedazos y solo quedaban unos pocos escalones colgando allá en lo alto. Acamparon a los pies de la roca y, mientras se preguntaban qué hacer, una partida de guerra del norte llegó y los masacró, con todos los ancianos y las mujeres observando desde la roca. La partida de guerra se encaminó hacia el sur y dejó que el pueblo bajara conforme pudieran. Nunca bajaron, por supuesto. Se murieron de hambre allá arriba y, cuando los adversarios regresaron de camino al norte, pudieron oír a los niños gritar desde el borde del peñasco hasta el que se habían arrastrado, pero no vieron ni rastro de un indio adulto y, desde entonces, no se ha visto a nadie en su cima.

Gritamos ante esta dolorosa leyenda y nos enderezamos.

—No podía haber tanta gente allá arriba —objetó Percy—. ¿Cómo de grande es la cima, Tip?

—Oh, pues bastante. Lo suficiente como para que la roca no parezca ni la mitad de alta de lo que es. La cima es más grande que la base. El peñasco está desgastado unos cientos de pies por debajo. Ese es uno de los motivos por los que es tan difícil escalarlo. —Le pregunté cómo subieron los indios la primera vez—. Nadie sabe cómo ni cuándo subieron. Una partida de caza llegó allí un día y vio que había una ciudad, y eso fue todo.

Otto se acarició la barbilla, pensativo.

—Seguro que hay alguna forma de subir. ¿No pudieron atar una cuerda en alguna parte y subir una escalera?

Los ojitos de Tip brillaban de la emoción.

—Sé una forma. El tío Bill y yo lo hemos hablado. Hay un tipo de cohete que podría llevar una cuerda, como los que usan los socorristas, y se podría izar una escalera de soga que clavaríamos en la base y tensaríamos en el otro lado con cables. Pienso escalar ese peñasco y ya lo tengo todo planeado.
Fritz le preguntó qué esperaba encontrar cuando alcanzase la cima.

—Huesos, quizá, o ruinas de la ciudad, o cerámica, o alguno de sus ídolos. Allá arriba habrá prácticamente de todo. En fin, eso es lo que quiero ver.

—¿Seguro que nadie más ha subido, Tip? —preguntó Arthur.

—Pues claro. A esa zona no va casi nadie. Unos cazadores intentaron tallar escalones en la piedra, pero no subieron más que a la altura que un hombre puede alcanzar. El peñasco es todo de granito rojo y el tío Bill cree que es una roca que dejaron los glaciares. De todos modos, es un lugar raro. En cientos de millas a la redonda, solo hay cactus y desierto, y justo debajo del peñasco hay agua buena y mucha hierba. Por eso los bisontes suelen ir allí.

De repente, oímos un grito encima de nuestro fuego y saltamos para ver un pájaro negro y esbelto que volaba hacia el sur sobre nosotros. Una grulla, por su grito y su largo cuello. Corrimos hacia la orilla de la isla, con la esperanza de verla iluminada, pero osciló hacia el sur siguiendo el curso del agua, hasta que la perdimos. Los Hassler declararon que, por el cielo, debía ser pasada la medianoche, así que echamos más leña al fuego, nos pusimos las chaquetas y nos acurrucamos en la cálida arena. Algunos fingimos dormitar, pero me imagino que en realidad estábamos pensando en el peñasco de Tip y el pueblo extinto. En el bosque, las tórtolas se llamaban con tristeza entre ellas y en una ocasión oímos a un perro ladrar a lo lejos.

—Alguien ha entrado en el huerto de melones del viejo Tommy —murmuró Fritz adormilado, pero nadie le respondió. Al cabo de un rato, Percy habló desde las sombras.

—A ver, Tip, cuando vayas allí, ¿me llevarás contigo?

—Puede.

—¿Y si uno de nosotros te gana, Tip?

—El primero que llegue al peñasco tiene que prometer contarle a los demás qué ha descubierto exactamente —comentó uno de los Hassler y todos accedimos de buena gana.

Un poco más tranquilo, me entregué al sueño. Soñaría con una carrera hasta el peñasco, pues me desperté con un poco de miedo de que otras personas me adelantasen y yo estuviera perdiendo mi oportunidad. Me incorporé con la ropa húmeda y observé a los otros chicos, desplomados en varias posturas incómodas junto al fuego apagado. Seguía oscuro, pero el cielo estaba azul con el último y maravilloso celeste de la noche. Las estrellas brillaban como globos de cristal y temblaban como si resplandeciesen a través de las profundidades de un agua clara. Incluso mientras las observaba, empezaron a empalidecer a medida que el cielo se iluminaba. El día llegó de repente, casi de forma instantánea. Me giré para mirar de nuevo la noche azulada, pero ya había desaparecido. En todas partes, los pájaros empezaron a trinar y todo tipo de pequeños insectos se pusieron a chirriar y saltar por los sauces. Una brisa se levantó por el oeste y nos trajo el fuerte olor a maíz maduro. Los chicos se dieron la vuelta y se sacudieron. Nos desnudamos para zambullirnos en el río justo cuando el sol salía sobre los riscos ventosos.

Cuando regresé a Sandtown por Navidad, patinamos en nuestra isla y charlamos sobre el proyecto del peñasco encantado, renovando así nuestra determinación de encontrarlo.

Aunque eso fue hace veinte años, ninguno de nosotros ha escalado nunca el peñasco encantado. Percy Pound es un corredor de bolsa en Kansas City y no va a ningún sitio al que no le lleve su turismo rojo. En las vías del tren, Otto Hassler perdió un pie con el freno; después de aquello, Fritz y él sucedieron a su padre como los sastres del pueblo.

Arthur se quedó en el pueblecito adormilado toda su vida: murió antes de cumplir los veinticinco. La última vez que lo vi, cuando regresé a casa durante las vacaciones de la universidad, estaba sentado en un butacón bajo un álamo en el pequeño patio de una de las dos tabernas de Sandtown. Iba muy desaliñado y sus manos habían perdido su firmeza, pero cuando se levantó, impertérrito, para saludarme, sus ojos estaban tan claros y afectivos como siempre. Tras hablar con él durante una hora y oírlo reír de nuevo, me pregunté cómo aquello era posible cuando la Naturaleza, después de causarle tanto dolor a un hombre, desde sus manos hasta el puente de su largo pie, no lo había perdido en Sandtown. Arthur bromeó sobre el peñasco de Tip Smith y declaró que pensaba bajar hasta allí en cuanto refrescara; creía que el Gran Cañón también merecería una visita.

Cuando lo dejé, tuve la firme convicción de que nunca iría más allá de la alta valla de tablones y de la cómoda sombra del álamo. Y, de hecho, una mañana de verano, murió bajo aquel mismo árbol.

Tip Smith habla sobre ir a Nuevo México. Se casó con una chica de campo desaliñada y manirrota, está atado a un cochecito de niño y se ha vuelto encorvado y gris por las comidas irregulares y el sueño interrumpido. Pero sus peores dificultades ya han pasado y ahora las aguas están tranquilas, como dice él. La última vez que estuve en Sandtown, lo acompañé a casa una noche iluminada por la luna, después de que contara sus ganancias y cerrara la tienda. Dimos un gran rodeo y nos sentamos en la escalera de la escuela; entre nosotros revivió el idilio de la roca roja solitaria y el pueblo extinto. Tip insiste en que aún tiene intención de ir, pero cree que ahora esperará hasta que su hijo Bert sea lo bastante mayor como para acompañarlo. Bert conoce la historia y solo piensa en el peñasco encantado.

* Golden Days for Boys and Girls fue una revista que estuvo en circulación a finales del siglo xix y cuyo público objetivo eran niñas y niños.

(De: El duende del jardín y otros cuentos. Traducción y notas de Carla Bataller Estruch)

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