El perro del hogar

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Andrés Rivera

A Guillermo Saavedra

Sé que nos mudamos a esa casa de la calle Bolivia, y que allí, en esa casa de la calle Bolivia, a la que se entraba si uno subía dos escalones gruesos y anchos, vivían Ernesto y Carmen. Cuando yo volvía de la escuela, y mamá me daba el almuerzo y se iba a trabajar a la fábrica de caramelos, y yo hacía los deberes, y era invierno, Ernesto me llamaba y, en su cocina, escuchábamos, en radio del Pueblo o en radio Argentina, a Gardel, Magaldi, a Caggiano, el payador, a Mercedes Simone, y el aviso, dicho con voz clara y acentuada en las vocales, de que no nos perdiéramos un nuevo capítulo de Miguel Strogoff, el correo secreto del zar, con la compañía de Olga Casares Pearson y Angel Walk. Y Ernesto me guiñaba un ojo, y yo me sentía como abrigado en esa cocina, en la que Ernesto nos cebaba mate a mí y a su mujer, Carmen, y le tiraba, de a ratos, pedazos de salame a Titina, una perra bull-dog que nos miraba, sentada sobre sus patas traseras, los ojos brillantes como las mejores de mis bolitas, y de la que Ernesto y Carmen eran dueños.

Ernesto, que era un hombre alto y flaco y fuerte, y que usaba gorra, trabajaba con su mujer, Carmen, en la empresa Particulares, de cigarrillos, de seis de la mañana a dos de la tarde. Papá dijo, una de las pocas tardes que llegó temprano a casa, que Ernesto era un obrero organizado. Y después dijo que se podía confiar en Ernesto y Carmen.

A veces venían, de a dos o de a tres, los compañeros de papá, y discutían, en nuestra cocina, su actividad en el movimiento sindical, y papá, de pronto, preguntaba, sin mirar a nadie, por Guido Fioravanti, que estuvo al frente de la huelga más prolongada de los albañiles que se conozca hasta el día de hoy, y a quien el gobierno del general Justo deportó a Italia y Mussolini encerró en la isla de Lipari. Pedro Chiarante se removía, incómodo, en su silla, y contestaba, con una voz áspera, que no tenían noticias de Guido Fioravanti, y decía carajo, y tomaban vino, y después, si se quedaban, si la reunión se prolongaba, mamá, que había vuelto de la fábrica de caramelos, les servía sopa y unas albóndigas chatas de carne y cebolla picada que asaba en el fogón de la cocina, sobre una parrilla de mango largo y acanalado.

Pero muchas tardes, yo llevaba mis lápices de dibujo y mis cuadernos y mi libro de lectura y mi lapicera de pluma cucharita y el frasco de tinta a la cocina de Ernesto y Carmen, y en la cocina de Ernesto y Carmen hacía mis deberes, y tomaba mate con ellos, y Ernesto me enseñaba a jugar a la escoba de quince, al tute cabrero, al truco, y me invitaba a cenar. Y Ernesto se servía vino en unos vasos altos, de color rosado oscuro, de vidrio grueso, y con flores u hojas de árboles talladas en el vidrio grueso y rosado oscuro. Y Ernesto le regalaba cigarrillos a papá, y papá, que era sastre, le arreglaba los pantalones a Ernesto o una pollera a Carmen, y ellos decían que papá tenía una mano de primera.

Yo iba a una escuela con chicos que dormían y comían en la escuela, que eran pupilos, hijos de policías muertos o algo así. El presidente de la cooperadora era el comisario Amleto Donadío, y las maestras, a las que llamábamos señorita, escribían sus cartas en papel de hilo y con monograma. Papá asistía a la ceremonia de fin de año, a la entrega de premios a los mejores alumnos, con un traje palm-beach y un rancho en la cabeza. Y sonreía, el rancho en la mano, y un cigarrillo entre los dedos de la otra, cuando el comisario Amleto Donadío me entregaba la Historia de Carlomagno o El Quijote, en papel biblia, porque yo era el mejor alumno de cuarto o quinto grado, y había izado la bandera, antes de entrar a clase, muchos días del año.

Papá decía que el gobierno podía acusarlo de lo que se le antojara, menos de que un rojo no impulsara a su hijo a estudiar y conocer. Papá, además de rojo, era, tal vez, sarmientino, o lo que fuera que se pareciese a eso. En casa regía un principio: si la policía allanaba la pieza que mamá alquilaba a su nombre, debíamos salvar, antes que nada, los papeles y los libros de papá. Debíamos ganar tiempo, insistía papá, si nos allanaban la pieza; demorar a la policía en la puerta de calle, y esconder los libros en el techo de la casa, o dárselos a Ernesto y Carmen para que los guardaran donde se les ocurriese, o ponerlos bajo la tutela de Titina, en la cucha de Titina, que podía ser feroz y salvaje con los extraños.

Y yo, que era buen alumno, ya me había peleado con Pérez en el baño de la escuela. Pérez también era buen alumno, y su papá era conductor de tranvía, y su mamá atendía un almacén, y Pérez me superaba en matemáticas y gimnasia, y no le importaba que yo fuese mejor que él en lectura y composición. Y sé que una mañana exploté: que salimos al primer recreo, y que le dije vamos al baño. Me miró, perplejo: su despotismo sobre mí venía de lejos. Quizá de primero superior y de tercer grado. Segundo grado lo cursé en otra escuela: tuvimos que mudarnos al barrio de Villa Crespo, a una casa de la calle Tres Arroyos, porque arrestaron a papá a la salida de una asamblea, y ni Rodolfo Aráoz Alfaro pudo evitar que se pasara quince días en un calabozo del Departamento de Policía.

Sé que yo tenía miedo a la pelea, a la violencia física. Sé que durante esos dos años aguanté, como pude, que Pérez, que era un muchachito que las señoritas distinguían por su apostura, me manchara, con tinta, algún cuaderno; me gritara, a la hora de tomar el vaso de leche, judío cabezón; me pusiera el pie, para que me fuese de cara al suelo, cuando salíamos de la escuela.

Llegamos juntos al baño, y Pérez se quitó lentamente el guardapolvo, y yo tiré el mío al piso, y la sonrisa maligna, que prometía castigo a mi rebelión, desapareció de su cara al írmele encima, y golpearlo, a ciegas, sin parar, sin darle tiempo a armar su guardia, y retroceder, tomar aire, planear el ataque que cancelaría la estupefacción que le produjo mi estallido. Los otros chicos del grado aullaban como locos endemoniados, y yo pegaba y pegaba, y él, Pérez, dejó de defenderse, acaso convencido de la justicia de mi causa, y de que nada podía aplacar mi furia, y que su despotismo sobre mí llegaba a su fin. Tocaron la campana, y el griterío de los locos endemoniados impidió que la escucháramos, y nosotros, los que peleábamos, y el coro aullante de locos endemoniados, no volvimos al grado, y yo abrí los ojos, y vi a Pérez de espaldas contra una pared, los brazos bajos, y Pérez lloraba, no por temor a mi furia ni por los golpes que le propiné, sino por otra cosa, y yo le pregunté, jadeante, si quería que siguiéramos, y él movió la cabeza, de un lado a otro, y yo levanté mi guardapolvo del piso, y nadie le había puesto el pie encima. La señorita McCormick, que era nuestra maestra de cuarto o quinto grado, entró al baño, nos miró a Pérez y a mí, y a los otros chicos, silenciosos, los cuerpos de los otros chicos como flojos, como entregados a la consideración de algo que los involucraba, pero que ignoraban qué era. Y la señorita McCormick dijo que se sentía avergonzada, que esa pelea de indios y compadritos de sus dos mejores alumnos era lo último que ella podía imaginar, y que marcháramos a la dirección, a explicarle al señor director lo sucedido, y que los demás retornaran, más rápido que ligero, al aula.

Y yo, entonces, que ya me había peleado con Pérez, y que tomaba vino en vasos altos, de vidrio tallado, salí a la calle, una de las tardes de ese invierno, con bolitas en los bolsillos del pantalón, y bolones con vetas azules y rojas. Y monedas que me dieron papá y mi abuelo y Ernesto para que comprase, como otras tardes de ese invierno, el Tit-Bits, y maníes, y El Tony. Salí a la calle y me senté en uno de los escalones de entrada a la casa, con Titina a mi lado, que me pasaba la lengua por la cara, y mamá estaba en la fábrica de caramelos, y papá en el Sindicato, y Ernesto y Carmen en Particulares, por una changa de seis horas que ya duraba un mes.

Hacía frío, y era de noche, y el manisero no pasaba, y llegaron Otto y Paragüita, y Otto dijo que por qué no jugábamos a las bolitas. Yo dije que no se veía nada, y Paragüita dijo que jugáramos a la picada. Pusimos tres bolitas cada uno, en una línea horizontal, en el escalón más alto de la casa, y paralela a una de las paredes que hacía marco a la puerta, y cada uno sacó de sus bolsillos el bolón de la suerte. Por turno, lanzamos el bolón de la suerte contra la pared. El rebote del bolón contra la pared debía arrasar con las bolitas propias y las de los adversarios.

Jugamos hasta que nos dolieron los ojos: la luz de la calle no alcanzaba a iluminar el escalón de la casa. Ganó Paragüita, y se guardó nuestras bolitas en sus bolsillos, y nos miró. Otto y yo no pronunciamos una sola palabra de objeción. Paragüita se llamaba José, y quien le dijera Paragüita, así fuese Luis Ángel Firpo, despertaba al asesino que Paragüita velaba detrás de gruñidos monosilábicos y obstinados silencios. José escuchaba el apodo —sus orejas eran como toldos, y caídas como las de los perros viejos—, y se lanzaba sobre el que lo dijo, la mano cerrada sobre un madero, un cuchillo, un hierro, una piedra, la manija de una olla con agua hirviendo. José tenía, ese invierno, once o doce años, y dos hermanas mayores que él, a las que no dejaba asomar a la puerta de calle, y una mamá que era gorda como las gordas del circo, y un papá cloaquero y callado, y que, decían, se bañaba todas las noches de la semana. Y usaba gorra, pero la del papá de José era de cuero. El papá de Otto era aviador, y era lo único que se sabía, en la cuadra, del papá de Otto. Y de la mamá de Otto se sabía que, cuando el papá de Otto volaba, volvía a su casa en las primeras horas de la madrugada. Otto aseguraba que su mamá cuidaba a unos viejos de mierda, que se descomponían de noche.

Otto nos preguntó, a José y a mí, si teníamos plata. Le dije cuánta plata tenía: las monedas para pagar el Tit-Bits y El Tony, y comprar un cucurucho de maníes. José desenrolló un peso y, señalándome con la cabeza, musitó que pagaba por mí. Otto dijo que creía que alcanzaba. Supuse que ese entendimiento entre Otto y José, que me excluía, ponía en riesgo lo que gané en la pelea con Pérez. Me levanté y abrí la puerta de calle. Otto me dijo que esperara, que no me fuera, y sonrió como vi sonreír a Douglas Fairbanks cuando, en el papel de El Zorro, desenvaina su espada e infunde desesperación y terror a los arteros enemigos de la ley, y dijo que yo sabía para qué alcanzaba. Y cruzó la calle, y vimos agrandarse una luz pálida en la vereda de enfrente. Le pedí a José que me dijese qué era lo que yo debía saber. José me dijo que mandara a Titina para adentro, y me dijo que, si no sabía para qué alcanzaba la plata, me enteraría apenas volviera Otto. Y que, si enterado no quería, podía mirar. Y que si no quería mirar… José alzó los hombros, y se calló. Y el susurro de esa noche fue el discurso más largo que le escuché nunca a José. Otto volvió y dijo que fuéramos, que la plata alcanzaba.

Enfrente, justo enfrente de la casa que habitábamos Ernesto y Carmen y Titina, y papá, mamá y yo, vivían dos hermanos. Él era un muchacho guapo y cortés, y ella, que tenía una mueca en la boca como las que dibuja el asco, salía, por las tardes, apoyada en el brazo del muchacho guapo y cortés, y usaba un bastón de metal, porque, de chica, la parálisis infantil le dejó dura la pierna derecha. La mamá de los dos hermanos llevó a la muchacha a Europa, para que la vieran los médicos de Europa, y los médicos de Europa, que la vieron, y que consumieron la fortuna de mamá, le dijeron a la mamá de la muchacha que la pierna derecha de la muchacha recobraría, de a poco, su movilidad, con ejercicios, baños termales y paciencia. Y la mamá, sonriente y bella, que se atribuía la condición de viuda, y que visitaba, una vez por semana, a los dos muchachos, y que pagaba a una sirvienta vieja para que los atendiera, y a una profesora para que les enseñara inglés y francés, se ocupaba de la crianza de vacunos de raza, profesión hereditaria que, como leí muchos años después en los diarios centenarios de Buenos Aires, permite vestirse de gauchos a los miembros de los Centros Tradicionalistas, y desfilar, vestidos de gauchos, detrás de los animales premiados en las exposiciones de la Sociedad Rural.

Otto, José y yo entramos, entonces, al garage de la casa en la que vivían los dos hermanos, arrastrándonos por debajo de la cortina del garage, levantada unos veinte o treinta centímetros de los mosaicos de la vereda. Fui el último en entrar al garage. Primero, entró Otto y después, José. El hermano de la muchacha, que era guapo y cortés, bajó la cortina del garage y encendió una lámpara que colgaba del techo. En el centro del garage había un Ford negro y cuadrado, con una de las puertas traseras abierta. Pasamos, primero Otto, después José, después yo, por el lado opuesto de la puerta trasera y abierta del Ford negro y cuadrado, y vimos a la muchacha, vestida con una enagua, reclinada sobre una colchoneta, en el ángulo que formaban la puerta que comunicaba el garage con el resto de la casa y una pared larga y pintada de azul. Cerca de la colchoneta, vi las velas encendidas de una estufa a querosén. La muchacha no tenía más de quince años. Otto le entregó el dinero al muchacho guapo y cortés, y el muchacho guapo y cortés contó las monedas de Otto y las mías, y el peso de José, y asintió, y Otto, que ya no tenía la sonrisa de El Zorro en la cara, se bajó los tiradores, y se desabrochó el pantalón, y el pantalón, corto, se le deslizó por las piernas, y se bajó el calzoncillo, que era lunares rojos y blancos, y el vello de los muslos de Otto era rubio, y Otto tropezó, enredado en el pantalón y el calzoncillo, y cayó, de rodillas, sobre la colchoneta. Y la muchacha dijo vamos, apurate.

El muchacho guapo y cortés entró al Ford negro y cuadrado por la puerta trasera y abierta, y miró cómo Otto obedecía el llamado de su hermana, y José y yo, parados junto al paragolpes delantero del Ford negro y cuadrado, vimos cómo Otto, las piernas atrapadas por el pantalón y el calzoncillo, se estiraba sobre el cuerpo de la muchacha.

El muchacho guapo y cortés encendió los faros del auto, y blanqueó la pared azul, y José pasó frente a los faros encendidos, desnudo de la cintura para abajo, y la muchacha, casi enseguida, le gritó al hermano que le sacara de encima a José, que al idiota este, gritó la hermana, le vino un ataque de epilepsia, y se mueve como un perro rabioso, y, por Dios, que se lo sacara de encima. El hermano de la muchacha bajó del Ford, y guapo y cortés, y en silencio, llevó a José, que temblaba, hasta la pared azul, blanqueada por los faros encendidos del coche, y lo puso de cara a la pared.

Sé que subí a la colchoneta, y que me miré entre las piernas, y que algo, delgado y amarillo, fosforecía entre mis piernas, y que la muchacha me enlazó por la cintura, con sus brazos, y que, al rato, sentí como si de un aro de hierro, sujeto a lo que fosforecía entre mis piernas, tiraran hacia abajo. Y lo que sentí era indecible. Pero la muchacha dijo andate.

Retrocedí hasta la cortina del garage, y Otto y José no estaban en el garage, y el muchacho guapo y cortés ayudó a su hermana a subir al asiento trasero del Ford negro y cuadrado. Me deslicé debajo del paragolpes trasero del Ford negro y cuadrado, y me quedé quieto, la cabeza apoyada en un brazo, mi cabeza y mi brazo debajo del paragolpes trasero del auto, debajo del roce rápido y ansioso de dos cuerpos en el asiento trasero del auto, debajo de los gemidos y las risitas y la respiración de dos cuerpos que se movían, muy juntos, en el asiento trasero del auto.

Me dormí, la cabeza sobre el brazo, debajo del paragolpes trasero del Ford negro y oscuro, con un sueño ligero, como un perro que cuida el hogar.

(De: Cuentos Escogidos, Alfaguara, 2000)

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