El placer de la cautiva

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Leopoldo Brizuela

El don del placer es el primer misterio
John Berger

1

Cuando a fines del siglo XIX el Congreso de la nueva nación argentina comenzó a discutir la «solución definitiva del problema del indio», los senadores provincianos exigieron a los señores de Buenos Aires el cese de la guerra que éstos libraban contra las tribus pampas en la frontera sur; sus altísimos costos, dijeron, eran una vena abierta en el cuerpo del país, y su duración exagerada, inconcebible en cualquier país civilizado, sólo podía deberse a la cobardía proverbial de los militares porteños.

En los fortines de la línea de fronteras, donde los vaivenes de aquellos debates se seguían con comprensible expectativa, tal acusación se consideró menos una injuria que una necedad: hasta el último de los soldados sabía que el salvaje poseía un conocimiento tan profundo del desierto que había logrado hacer de cada rasgo del clima y del paisaje un aliado mucho más poderoso que cualquier estrategia o arma blanca; pero ninguna voz se alzó para proclamarlo, quizá porque ya se comprendía que ignorar el saber del infiel era el primer paso efectivo hacia su desaparición.

Que una de aquellas tácticas de los indios haya sido revelada alguna vez a un blanco, es sin dudas excepcional; que éste haya sido una mujer, casi una niña, es seguramente un caso único; pero que esta mujer, además de comprenderla, haya conseguido adoptarla y manejarla y deberle, a un tiempo, poder y esclavitud, justifica, creo, contar esta larga crónica más de cien años después, cuando un mismo polvo mudo reposa sobre el Senado y los huesos de los indios.

La niña, de cuya historia previa no tenemos mayores noticias, se llamaba Rosario Burgos, vivía en un pueblito vecino al célebre Fortín Quebranto, y para la época en que los últimos malones, envalentonados por el hambre, se abatieron sobre las principales poblaciones fronterizas, sólo uno que otro rasgo de su cuerpo menudo y de su humor tornadizo anunciaban una inminente pubertad. Saqueada e incendiada la pulpería que su padre regenteaba en las afueras del pueblo, muerto éste tras una bochornosa agonía, Rosario prefirió trasladarse a otra guarnición de avanzada, más allá de la línea de fronteras, adonde también su hermana mayor, la Severina, había marchado acompañando a su marido, un ex presidiario levado por la fuerza desde el penal de Cochicó.

Tal elección, cuentan las crónicas, era bastante frecuente en las mujeres de campaña, y debemos cuidarnos de adjudicarle una singularidad que Rosario sólo ganaría más tarde, con los mismos avatares de su aventura: ya que la vida era una guerra, parecía preferible combatir de una vez a todo o nada, antes que seguir pariendo y sepultando en retaguardia con la enloquecedora regularidad de los quehaceres domésticos. El ocasional trabajo en la pulpería había vuelto a Rosario, eso sí, más diestra en ciertas faenas rurales que la mayoría de sus paisanas, y una jinete acostumbrada a ganar con imaginación lo que no había aprendido de la experiencia; y aunque resignada a su orfandad ella se hubiera internado sola en tierra de infieles, el comandante Florencio Bautista, recién llegado de Buenos Aires para supervisar el exterminio, no le concedió permiso de partir hasta que ella hubo accedido a la custodia del cabo Onésimo Vega, un veteranísimo guardia de comisaría que, si lo vencía el alcohol, acostumbraba envanecerse de su odisea entre los pampas, ocurrida cuando él sólo contaba tres o cuatro años de edad.

Huérfano de padre y madre a consecuencia de uno de los primeros ataques del cacique Calfucurá, Vega había integrado aquella comitiva de treinta niños expósitos de que el cura Domenico Malatesta se rodeó para garantizar la transparencia de su misión de paz en las tolderías de Salinas Grandes, misión que toda la comandancia blanca había desaconsejado como una auténtica locura; y aunque en verdad habían pasado varios días de inesperada armonía entre los indios, todo terminó cuando el propio Calfucurá descubrió en la frente de uno de los niños una súbita mancha sanguinolenta, y temiendo que éste fuera de la raza de los «traedores de la muerte» (los inocentes chasques de Rosas que hacia 1835 les habían contagiado el sarampión, ocasionando en el ejército nativo muchas más bajas que cualquier combate), ordenó que se degollara ahí mismo al niño y que se encerrara al resto en un carretón cerrado en donde los transportaron durante casi tres años por valles y desiertos, amenazándolos constantemente con la ejecución y usándolos como rehenes para las más aberrantes extorsiones.

Con tales antecedentes, es más difícil conjeturar qué puede haber decidido a Vega a acompañar a la Rosario, si no la idea de que, ahora que la nación entera quería exterminar a los salvajes, nadie salvo esa niña enamorada del desierto querría escuchar su eterna cantinela; porque, por lo demás, ningún poder de cálculo o simple previsión del futuro parecían ya iluminar aquella mente, perdida en el laberinto de una infancia vetusta.

Lo cierto es que, según consta en las crónicas, fue el 13 de septiembre de 1878 cuando la capitanía de la Confederación India, inquieta por la misteriosa desaparición del cacique Namuncurá, lanzó un ultimátum al general Bautista, y éste, al tiempo que ordenaba disimular aprestos y maniobras, prohibió que toda pequeña partida marchara tierra adentro: la salida de nuestros dos extraños jinetes debe de haber tenido lugar, por lo tanto, el jueves 11 o el viernes 12. Sabemos que partieron al alba, de la misma plaza del fortín, y suponemos que en medio del trajín de la tropa, la despedida ha de haberse producido sin mayores sentimentalismos ni demoras: apenas la distraída bendición del capellán, el inesperado regalo, de manos del propio general Bautista, de un cuerno de vino y una alforja de carne seca que ellos quizá dudaron en aceptar —porque tal carga los convertía en una presa demasiado apetecible por los indios— y el toque de clarín que ordenó al centinela bajar el puente levadizo con fúnebre solemnidad.

Una misma calma, una idéntica melancolía igualaban al viejo y a la niña mientras avanzaban hacia el campo abierto, atravesando esa faja de bañados y juncales que para tres generaciones de mujeres había representado el límite del mundo. Los hijos díscolos de la burguesía porteña soñaban con cruzar aquel umbral y fundar, más allá, cascos de estancias como ermitas; poetas y revolucionarios del mundo hacían de aquella nada el escenario de sus ensoñaciones, pero ni la niña ni el viejo pensaban en otra cosa que en su propio pasado, temerosos de que ya nada les recordara lo perdido y ahora volvieran a perder por desmemoria. Hasta que al atardecer un grito lejano —que la niña confundió con el grito agorero del chajá pero Vega identificó con una garganta de indio que imitaba perversamente al animal— los obligó a vigilar los cuatro horizontes. Y poco más tarde, mientras atravesaban los corrales de un antiguo puesto en ruinas, una serie de alaridos semejantes los hizo volver la vista primero hacia un montecillo de álamos, luego hacia un corral desbaratado, luego hacia un flamenco que huyó despaciosamente y por fin hacia una lomita desde donde las siluetas de tres salvajes, erguidos sobre sus caballos, los vigilaban inmóviles.

—Son de Calfucurá —reconoció el cabo Vega: tenían las mismas plumas sobre la cabeza y, atadas al extremo de sus lanzas, las cabelleras rubias de sus víctimas preferidas.

—¡Virgen santa! —gritó la niña—. Virgen santísima…

Y aún antes de que el indio jefe diera la orden de apresarlos, Rosario se había echado a galopar y Vega le había ido detrás, perplejo como si la misma naturaleza, la naturaleza que creía conocer como sólo lo hacían los viejos y los indios, hubiera cambiado su curso repentinamente.

Quien, acostumbrado ya a la ausencia de los indios al punto de costarle incluso imaginarlos, vuelve ahora las páginas de esta crónica, quizá no pueda comprender aquella súbita reacción de Rosario, tan resuelta e inconsulta como nada que hubiera hecho nunca una muchacha. Pero téngase en cuenta que aunque tampoco la niña, refugiada con el resto de los niños en sótanos y bodegas, había visto jamás ningún malón, las ruinas y los cadáveres que éstos dejaban a su paso y, sobre todo, los relatos de las pocas cautivas rescatadas, a quienes los salvajes les descarnaban las plantas de los pies para impedirles la fuga, habían madurado en su corazón un terror tan poderoso como cualquier memoria de la especie. El sol alargaba las sombras sobre el terreno, minado de vizcacheras y guadales, pero Rosario galopaba y galopaba hacia aquel fortín lejanísimo, sin escuchar los alaridos del viejo, sólo volviéndose de tanto en tanto a contemplar a los salvajes que los perseguían y que, por lo demás, parecían complacerse en actitudes incomprensibles: perdida ya toda ansiedad, toda incerteza, como si por el solo hecho de escaparles la niña se volviera más fácil de vencer, los indios avanzaban a un trotecito lento y petulante; y sólo si Rosario y Vega parecían a punto de perdérseles de vista tras un inesperado declive del terreno o el parapeto de un cañaveral, sólo entonces apuraban un poco el paso, lanzaban esos alaridos dementes —»chajá, chajá»— y volvían enseguida a su soberbia parsimonia.

El sol ya casi tocaba el horizonte cuando el alazán comenzó a dar signos de cansancio. Para peor, el mismo Vega empezó a gritar que tampoco su yegua podía seguir adelante y que debían entregarse y encomendarse a Dios. Pero Rosario, atribuyendo tal cobardía a la famosa flojera de los milicos pampeanos, continuó galopando todavía un largo trecho. Mirando allá adelante el cielo enrojecido, recordaba sin quererlo las páginas de la Biblia de su madre, el escenario del Juicio Final hecho de llamas y de nubes, y sentía ya que el alma comenzaba a separársele del cuerpo, ese cuerpo que de pronto se había vuelto otro y su enemigo porque quería rendirse mientras que su alma sólo ansiaba escapar de allí. Pero de pronto el alazán tropezó e intentó detenerse y ella, espoleándolo y recruzándole las ancas a lonjazos, se volvió desesperada para controlar a sus perseguidores; y cuando vio que ellos ahora sí se habían echado a galopar, como dispuestos a alcanzarla, de pronto, comprendió.

Acortando las riendas, gritó: «¡Ahí está!», el mismo grito con que en las domas los gauchos celebran haber doblegado al potro cimarrón; y todo aquello que no había podido entender de sus perseguidores, la razón de toda esa soberbia sorprendente en un pueblo vencido, pareció llegarle desde el suelo con el movimiento de ola del animal que se encabritó y se paró en dos patas.

«¡Ahí está!», repitió, sintiendo que el cuerpo le volvía al alma, y que con ese cuerpo nuevo, toda la tierra estaba otorgándole un arma secreta.

Creyendo que Rosario había divisado a lo lejos el fortín, Vega se había adelantado hasta quedar junto a ella, y ahora que no veía delante sino desierto y más desierto, desesperado, gritó. Los indios empezaron a hacer silbar las hélices fatales de sus boleadoras. Pero Rosario, nimbada por el descubrimiento de su propia inteligencia, saltó a tierra, desenvainó la faca que su padre le había dado al pie del catre mortuorio y tomando las riendas de la yegua del viejo le ordenó a éste, a los gritos, que desmontara. Vega, suponiendo que la niña había optado por la lucha cuerpo a cuerpo, lo hizo vacilantemente y sermoneando, tratando de conjurar el pavor con sabe Dios qué casos y consejas. Y entonces, sonriendo, Rosario sajó de una sola cuchillada el cuello palpitante de la yegua lobuna.

De las crueles faenas de la ganadería, de los lúgubres rituales que don Burgos cumplía riendo sobre el páramo rojo de su matadero, Rosario nunca había sido más que una fanática espectadora, y ahora lucía la insana satisfacción de quien se venga o reconquista. Un chorro de sangre la bautizó al tiempo que la yegua reculaba. Rosario inspiró hondo, reprimiendo la risa. El viejo apenas había decidido qué hacer cuando ella ya había vuelto a montar en su alazán y le ordenaba que también él montara en ancas. La primera boleadora surcó silbando el aire y tocó el suelo y corrió a enredarse en un espino; la segunda, aún fallida por la distancia, pasó por encima de sus cabezas pero bastó para espantar al caballo, que nuevamente corcoveó y pretendió sacudirse del lomo a esos dementes; y entonces Rosario le acortó las riendas y reemprendió la fuga, con el viejo en ancas y a galope tendido.
A sus espaldas, los indios gritaban un único nombre invariable, y Vega supuso que agradecían a su dios porque ya se aprestaban a matarlos. Pero aferrándose al talle de la niña, oyó de pronto que el galope de los pampas menguaba y se interrumpía; y cuando se volvió a mirar por sobre el hombro, seguro de que los salvajes se habían detenido para tensar sus arcos y sus flechas, se encontró con que, por el contrario, éstos habían desmontado junto a la yegua caída y ahora, chupando bochornosamente del cuello del animal, trataban de calmar el hambre de meses y meses.

Vega, a quien la inteligencia de cualquier mujer lo sorprendía como un milagro, supuso que Rosario seguiría galopando hasta alcanzar el fortín; pero tan pronto estuvieron a suficiente distancia de los indios —esa misma distancia, reparó el viejo, que los separara de ellos al verlos por primera vez—, la niña empezó a sofrenar lentamente al alazán y anunció que poco más allá se detendrían. Mientras los indios se ocupaban de carnear y de achurar la yegua muerta, ellos debían aprovechar para descansar y reponer fuerzas. Si no querían, precisó Rosario, que los prendiesen luego, apenas los salvajes reiniciaran, descansados y cebados de sangre y carne cruda, la persecución.

Rosario decía casi sin voz esas cosas tan terribles, tan inadecuadas para una muchachita de trece o catorce años, pero estaba firme y calma como la misma tierra. No con la melancólica calma del sobreviviente —razonó Vega— sino con la tensa calma del combatiente en la tregua, quien, al tiempo que planea escaramuzas momentáneas, da por sentado que la guerra durará muchísimo más tiempo que cualquier éxito parcial.

No tan sólo una noche, precisamos nosotros, ni el tiempo en que los indios tardaran en descuartizar aquel cebo precioso, sino el tiempo de un largo duelo entre dos mundos. Y eso es lo que cuenta esta crónica secreta.

2

La niña y el viejo desmontaron a orillas de un arroyo, en lo alto de una lomada desde donde Rosario quería controlar al enemigo y descubrir, eventualmente, el paso de alguna otra partida de soldados. Mirando a los indios afanarse sobre la yegua muerta, la niña ordenó a Vega que sujetara por las riendas al alazán sediento mientras ella le aflojaba la cincha, y luego, cuando el animal se calmó y pasó el peligro del pasmo, fue también el viejo quien lo condujo lentamente al borde del agua, hablándole en voz baja a las orejas hipersensibles, como si por fin hubiera encontrado un ser permeable a sus consejos.

Salió la luna llena, justo por encima de la aureola de aves carroñeras que empezaban a sobrevolar a los salvajes. Rosario juntó un puñado de ramitas aún verdes, las apiló sobre la papeleta que les habían dado como salvoconducto, pegó fuego a esa pira con su yesquero y, agobiada por el humo, se desembarazó del ensangrentado vestido de viaje. Al resplandor de la hoguera, su enagua de percal comenzó a relumbrar como si ella misma fuera otra enorme llama errante. Después de unos segundos también los salvajes encendieron un fueguito, y una sonrisa temblorosa se abrió paso en el rostro constreñido de Rosario: tal como lo había calculado, tardarían varias horas en carnear la yegua, y por lo demás, no se atreverían a continuar la persecución hasta que el sol no aclarase aquellas remotas soledades. Entonces el viejo subió desde la ribera, los pasos borrachos de fatiga, se sentó junto a Rosario, empezó a roer un trozo de charqui que ella había dispuesto sobre su vestido tendido a modo de mantel; y por fin, achispado por un chorro de vino de su cuerno, y por la inesperada visión de las enaguas de la niña, comenzó a desgranar el monólogo que hasta entonces había dedicado al alazán.

Cuentan los cronistas que en aquella tierra tan virgen como el mismo día de la creación era muy difícil negarse al refugio de una historia de viejo, y aun la niña Rosario, que no quitaba ni por un instante la vista de los indios, pareció dispuesta a atender aquella voz aguardentosa. Pero tan pronto comprendió que se trataba del mismo relato con que Vega había fatigado una y otra vez a los parroquianos de la pulpería —de cómo los pampas lo habían tomado de rehén y de cómo la congregación salesiana se había decidido a pagar el rescate, apenas para ocultar el delirio de un cura que corroía la imagen de la Iglesia— Rosario dejó de prestarle atención y volvió a ocuparse del plan que la obsedía. Uno de los tres indios, el de la extraña piedra azul colgada al cuello, se había apartado del resto con el solo propósito de controlar a los dos blancos. Tratando de imaginar, por primera vez, cómo ese indio los veía, Rosario se dijo que el cabo Vega, sentado junto a ella, compartiendo con ella su comida, empeñado en hacerle comprender sabe Dios qué moralejas, bien podía confundirse con un padre que intentara devolverla a sus cabales, o con uno de esos esclavos tan fieles que, cuando los liberta una desgracia, se vuelven lugartenientes de sus amos.

Y sin embargo, pensaba Rosario, el viejo era el ser más distinto de ella que se pudiera concebir: porque si a la niña el esfuerzo físico la había vuelto otra, haciéndole sentir el cuerpo con una intensidad que las demás mujeres sólo conocían en los dolores del parto o de la enfermedad; al viejo, en cambio, lo había vuelto todavía más él mismo, y ahora parecía privado de todo sentimiento, salvo aquel pavor con que la pampa bautiza a los recién nacidos. Dicen que un crimen llama a otro crimen, y quizá por eso Rosario pensó en abandonar allí mismo a su custodio. Pero su nueva astucia le dijo que, al menos hasta que llevara a cabo las primeras etapas de su plan, necesitaba un centinela, y no hay mejor centinela que un cobarde; y después de ordenar al viejo que la despertara tan pronto los indios dieran la menor señal de reemprender la persecución, se acostó sobre la almohada de su propio vestido, se cubrió con su poncho y se entregó a un sueño tenso pero inesperadamente profundo.

Vega no la defraudó: humillado por el inmenso silencio, al fin desistió de perorar, y aunque el sueño empezó a vencerlo, derrumbándole los párpados, haciendo latiguear su mandíbula contra lo alto del esternón, tan pronto divisó, contra el telón rosado del amanecer, que uno de los indios abandonaba el grupo y se perdía en el horizonte y que los otros se alzaban dispuestos a montar, él mismo montó espantado al alazán y de allí arriba, con alaridos agudos e infantiles, despertó a su compañera. Rosario, tan arrebatada por la urgencia que no dijo palabra, montó detrás del viejo y retomaron la huida.

Costearon nerviosamente el arroyo y lo vadearon por un sitio indebido: el alazán perdió pie a pocos metros de la costa y ambos tuvieron que echarse al agua y flotar y resistir la fuerza de la corriente asiéndose de los extremos de la montura. En medio de esa ocupación tan lenta y dificultosa, Rosario permaneció siempre en silencio, y el viejo temió que se hubiera arrepentido. Pero estaba intensa, demencialmente segura: según había calculado en sueños —dijo, tan pronto el caballo volvió a hacer pie y empezó a salir del arroyo a los corcovos—, no faltarían más de seis o siete días para que el fortín apareciera por fin en el horizonte. Y sólo entonces esto sería, como lo había supuesto al principio, una carrera de velocidad.

Por ahora —precisó Rosario ya en la otra orilla y mientras volvían a montar forcejeando con el alazán exhausto y la ropa empapada— lo importante era ahorrar fuerzas… y rogar, claro, que ningún otro indio se les cruzara en el camino. Haciéndose cargo de las riendas, Rosario espoleó furiosamente al alazán, y después de un brevísimo tramo hecho al galope tendido, apenas el necesario para que entre ella y los salvajes, que vadeaban temerosamente el arroyo, volviera a mediar la distancia que había separado ambos campamentos nocturnos, fue aminorando la marcha hasta imitar el trotecito petulante que los indios le habían enseñado el día anterior.

Con el ademán del soldado que saluda al jefe en la revista matinal, Rosario ordenó a Vega que reclinara la cabeza sobre su hombro y se pusiera a dormir. El viejo, que llevaba casi dos días sin descansar, la obedeció como quien se derrumba, pero aún en sus sopores se obligó a escuchar la táctica que la niña describía y que consistía en turnarse, aproximadamente cada ocho horas, en las riendas y en el sueño, cuidándose sólo de apurar el paso si los indios se apuraban y de detenerse si éstos se detenían. Tan pronto emergieron agotados del arroyo, los indios adoptaron su misma táctica: mientras uno se aferraba al pescuezo de su animal y cerraba los ojos como dispuesto a dormir, el otro lo aferraba del cabestro pampa y reiniciaba la marcha, al trotecito. Rosario, entre lágrimas, volvía a sonreír.

Pasaban junto al casco devastado de la última estancia, allí donde el último descendiente de los Varela acababa de tributar al malón el precio de su misantropía. Rosario, la cabeza alta, revistaba sin temor los jardines arrasados por el peso de la hacienda robada, las aves carroñeras que se precipitaban por sus ventanas, el mirador desde donde dos mellizos de cuatro años, los únicos sobrevivientes de la vasta familia, acababan de hacerles señas desesperadas… hasta que divisaron a los indios y decidieron volver a esconderse y dejarlos pasar, como si esa unidad que la persecución había conformado perteneciera al mismo orden impiadoso que los dejara huérfanos. Y fue así que Rosario siguió avanzando tierra adentro, tan cómoda con su propia estrategia que hasta se permitía distraerse y mirar el horizonte como quien vislumbra sus vastas posesiones.

Pasado el mediodía el viejo despertó y se volvió aterrado a mirar a sus perseguidores, pero también éstos seguían inmutables en su trote, tan lento y receloso que a Vega le fue muy fácil desmontar, y montar de nuevo, para hacerse cargo de las riendas. Sin una palabra la niña se acomodó a sus espaldas dispuesta a dormir, y Vega, arrullado por el invariable repiqueteo de los cascos del caballo, empezó a sentir que la regularidad con que se sucedían médanos y espinos, nubes y bandadas, mataba su antiguo miedo de los imprevistos, y más aún: que cada habitante del desierto, despojado por primera vez del halo trágico de sus memorias infantiles, lo reconocía y lo recibía como a un hijo pródigo. Cuando, cayendo la tarde, Vega descubrió un nido de avestruz y decidió hacer un alto, hacía ya varios minutos que los salvajes cabalgaban en círculo tratando de cazar al pajarraco, que corría enloquecido para distraerlos de aquel primoroso pesebre donde relumbraba la luna moteada de un único huevo. Rosario despertó alarmada al oír que los cascos del alazán no repicaban, pero al ver que los indios habían boleado al avestruz y encendían plácidamente su fueguito, gritó de alegría. Ah, era evidente que los indios imitaban lo que ella había hecho anoche y que ya, de alguna manera, ¡estaban obedeciéndola…!

El propio Vega parecía contento, y Rosario razonó que en verdad el viejo se había vuelto mucho más confiable que lo que ella había esperado. Como quien decide dar repentinamente una fiesta, le ordenó que consiguiera un poco de leña, tendió en la arena el mantel de su vestido, se aplicó concienzudamente a asar el huevo, y después de escuchar, entre carcajadas y burlas que el otro recibió como un inesperado estímulo, el eterno cuento de la mancha de sangre en la frente del niño expósito, le sugirió que esta noche, si quería, podía dormir él. Cualquier paisano habría desaconsejado tal descuido, porque a lo sumo Rosario tendría trece o catorce años y ninguna experiencia en guardias nocturnas. Pero había algo indestructible en ese respeto que ella se había ganado de los indios, algo que los propios salvajes no podían comprender —algo que a Vega le daba la más completa seguridad, porque se asimilaba a la idea de Dios que, misteriosamente, tenía toda la gente de frontera.

Más aún: no bien la marcha se reinició al alba, el viejo evaluó que ya nadie podría interrumpir la rutina de la persecución. Si ayer Rosario había temido que otros indios, alertados por aquel que se había marchado con los restos de la yegua muerta, vinieran a sumarse a los perseguidores, ahora Vega advertía en éstos esa necesidad de medir las fuerzas individuales que, en los duelos criollos, mantiene a todo tercero en la condición de respetuoso espectador. Por la tarde, mientras Rosario montaba guardia, una partida de soldados alertada quizás por los mellicitos Varela se abalanzó desde atrás sobre los indios. Vega gritó de alegría y arengó a la niña a unirse a las «fuerzas patrias», pero Rosario le recruzó la cara de un fustazo y lo incitó a espiar el combate escondidos tras el muro de un tunal. Aquella soldadesca exhausta luego de días enteros de deriva poco pudo contra los salvajes, ahítos de carne de yegua y cebados por el deseo constante de los blancos. Pero Vega comprendió que la verdadera victoria no había sido tanto de los indios, que apenas si se habían agenciado otra yegua, dos chuspas de tabaco y la invalorable herramienta de un largavistas, como de la propia Rosario, que aprovechó el tiempo que los salvajes demoraron en carnear al nuevo animal y se adelantó media legua sin siquiera agitarse. A la inversa, cuando un zanjón casi demasiado profundo se interpuso en su camino, los indios ralentaron su marcha hasta ir casi al paso, esperando que la inteligencia de la niña encontrara una solución, y cuando Rosario y Vega pasaron al otro lado sirviéndose del lecho de un arroyo seco, los indios nuevamente la imitaron y continuó, invariable, la persecución.

Era la famosa Zanja de Alsina, la larga excavación con que un ministro había querido hacer real el límite que su codicia había trazado en un mapa. Más allá, sólo quedaba de argentino ese fortín donde un coronel castigado por su excesiva crueldad trataba de comandar una turba de ex presidiarios y de prostitutas. Era también el cuarto día de la fuga, y cabría decir que se había tornado tan estable, tan previsible y sin amenazas, que en el alma de los blancos, al menos por unos días, murió el miedo.

El campo, de modo casi imperceptible, se había vuelto un secadal liso y sin accidentes, y el tiempo una sucesión tan sin sobresaltos que ellos sólo podían percibirla en las lentas variaciones de la luz o, de día en día, en los sutilísimos cambios de las temperaturas; y aun el Sol y la Luna parecían alzarse y descender; a la misma velocidad trotaban los caballos, apenas para trazar una circunferencia protectora, una rueda invisible que los llevaba en su centro. Liberados de la preocupación por la historia a que nos encadenan las ciudades, Rosario y el viejo Vega avanzaban tan extasiados como si Dios les hubiera concedido inadvertidamente la vida eterna. Y llegó incluso el día en que, si hablaban del pasado, se les antojaba que todo aquello —la bárbara nación criolla con sus aldeas y sus corrales y sus batallones, y aun el mundo indio con sus tolderías errantes y sus caciques todopoderosos— no había sido más que un mal sueño, que todo era, desde el principio del mundo, llanura, y que este viaje inmóvil era el verdadero modo de vida que Dios había previsto para el ser humano: una vida ideal, porque se ajustaba a los incesantes procesos del clima, y porque combinaba armónicamente la sed de aventura de los indios nómades con el ansia de eternidad de los blancos sedentarios.

Así, seguir describiendo esta persecución desde fuera volvería nuestra historia siempre idéntica y redundante; y aun algo en mí se resiste a hacerlo, como si incluso yo, más de cien años después, obedeciera al capricho de una niña que quiso hacer girar el universo en torno de ella, una obcecación tan absoluta que sólo la voluntad de un dios pudo romperla.

Hay quien piensa que esa Voluntad fue un castigo, y quizá debamos preguntarnos ya qué se castigó: si aquella osadía de volverse poderosa como un dios, o ese otro pecado secreto, escondido en el fondo de sus almas, que nació entonces y que ahora debemos relatar. Y en todo caso, de qué dios hablamos: si del dios cruel y casto de los blancos, o de ese dios de los indios que, como ya no lo podemos conocer, quizá también ahora, al invocarlo, nos conquiste para siempre.

3

En efecto, entre una partida y otra, entre uno y otro bando de esta guerra centenaria había empezado a crecer una intimidad nueva y ya nunca repetida. Primero el puro azar, luego una mutua afición viciosa, habían hecho que las vigilias del cabo Vega coincidieran con las guardias del indio anciano —el que, de acuerdo con la costumbre pampa, acompañaba al jefe para revelarle los secretos del desierto y alertarlo sobre posibles estrategias—. Y sucedió que tan pronto don Vega se sintió escrutado por aquella astucia de rastreador tuvo la certeza de que el indio viejo ya lo conocía, aunque sin poder recordar de dónde, y que tan pronto lo reconociera sobrevendría el combate y la derrota de los blancos. Abrumado, don Vega siguió cumpliendo las órdenes de la niña: no dejaba de controlar ni un solo instante a su enemigo, que a su vez lo vigilaba con un interés creciente, como si adivinara la existencia de un enigma que era imprescindible resolver; pero Vega lo hacía disimulando, sin sostenerle una sola vez la mirada, culposo de una responsabilidad tan impropia de su rango que ni siquiera se atrevía a revelársela a la niña.

Y en cuanto a Rosario, le había tocado compartir el desierto con el jefe, ese otro indio bajo, morrudo y con una piedra azul colgada al cuello que, aunque no tuviera mucha menos edad que su compañero, parecía infinitamente más joven por el don de mando, la resolución de cada uno de sus movimientos y, sobre todo, por el entusiasmo con que recibía cada estrategia de la niña como si se tratara de un nuevo desafío. Durante el día, al cabalgar delante de él con provocativa serenidad, la niña Rosario sentía que el indio la apreciaba apenas como una más en su larga lista de víctimas —¡tan luego a ella que siempre se había creído tan distinta de todas las mujeres blancas!—, y el orgullo de saber escaparle, y de vengarse de él en nombre de toda la cristiandad, le daban un aire de Virgen llevada en andas por una invisible procesión de muertos. Pero durante la noche, mientras el indio la vigilaba de un campamento a otro, el vínculo que los unía comenzó a volverse cada vez más profundo y más complejo, como si ahora que la marcha se había detenido el viaje continuara hacia la cara oscura de su propio corazón.

En efecto, tan pronto aquel salvaje había empuñado su nuevo largavistas, Rosario había intuido que, si quería que él siguiera respetándola, debía dejar de remedar la bravuconería de los gauchos y de improvisar conductas cuya eficacia nadie hubiera probado antes. Haciendo de cuenta que aquella fogata iluminaba apenas la cocina de su casa del pueblo, Rosario se limitó a realizar los quehaceres que cualquier ama de casa cumplía cuando el resto de la familia, como ahora el viejo Vega, dormía tranquila en sus catres. Al principio, la estrategia se había demostrado eficacísima, porque cada una de las acciones de la niña parecía tan apoyada en la tradición como lo estaba cada movimiento de los nómades, y ella tan segura de su inviolabilidad como si un dios lar omnipotente, que los indios desconocían por completo, estuviese custodiándola.

Pero secretamente, tan pronto imaginó cómo el indio estaba viéndola, Rosario comprendió que había caído en una trampa, y que la decisión de actuar como si ningún hombre la mirara era extremadamente peligrosa. Temblando, Rosario recordaba a su madre y sus hermanas, recordaba el afán con que ellas trataban de ocultar el cuerpo de la vista ávida de sus patrones, y todas aquellas vergüenzas que ahora no podía cubrir, esas intimidades cada vez más cambiadas por la violencia de la pubertad, se le antojaban los imanes que atraían una desgracia inminente, y tan grande que ella misma no podía imaginarla.

Estoy pecando, se decía, menos abrumada por la culpa que por la perplejidad, estoy pecando, y en lugar de vigilar al enemigo para poder salvarse de él, Rosario ya no hacía más que pensar en su propio cuerpo —su cuerpo transformado por la aventura, su cuerpo modelado por el ejercicio— y en la mirada del indio que iba descubriéndolo y contagiándole, a la distancia, un temblor atroz… Pero, se repetía, ¿qué es esto, Dios mío? Desbaratada por su propio terror, Rosario empuñaba las agujas de tejer que eran la única herencia de su madre; y mientras cumplía malamente las pocas instrucciones para tejer que recordaba, se convencía, ay, de que nunca podría entenderlo del todo, porque éste era uno de esos motines del cuerpo que apenas les explicaban a las niñas del pueblo y que los indios, en cambio, comprendían a la perfección. Hacía ya varios días que no cruzaban un hilo de agua ni podían, en sus ollitas y sus sombreros, recoger lluvia ninguna, y no sorprende que la niña, abrumada por una sed tan intensa como nunca había sentido, haya pensado, repentinamente, en rendirse.

Pero sucedió que un amanecer se le acabó la lana. Y cuando reparó avergonzada en la horrible tirita que había conseguido tejer en esas largas noches; cuando después de un segundo de pavor reparó en que ni su madre estaba aquí para reprenderla por su ineptitud ni el indio podía comprenderla —porque, de hecho, se afanaba por enfocar aquel tejido como si se tratara de un verdadero tesoro—, Rosario también comprendió que, por primera vez en su vida, estaba trabajando para nadie; que, al menos hasta que el indio la apresara, no era todavía una cautiva, y que, cualquiera fuese esta locura suya, al menos conseguía torturar, más aguda y duramente, al enemigo. Y podía ser que su conducta no fuera la de una mujer honesta, ¿pero desde cuándo había que ser honesto en la lucha con los indios? Iluminada, Rosario embebió aquella tirita en el último chorrito de vino de la bota, la apresó entre los labios como un náufrago sediento, y a lo lejos el indio bramó, sin imaginar siquiera que era víctima de un experimento fatal. Porque al comprobar, de pronto, que su mayor poder estaba en su propia perdición, Rosario había vuelto a retomar el hilo de su plan y había empezado a desear que el indio la deseara: así, y sólo así, ella vencía.

Decía otro refrán corriente en los fortines que si son los generales los que imparten las órdenes, son los compañeros los que infunden el valor. Pero aquella niña sola, criada con la ignorancia de una reina y las fatigas de una esclava, ¿de quién podría haber tomado ejemplo para esta nueva lucha…? ¿De quién, digo, si no de aquellas «cómicas de la legua» que recalaban en la pulpería rumbo a algún pueblo distante y a quienes ella, recluida en su litera por orden de su padre, oía recitar rumbosos parlamentos? Así, cuando a la noche siguiente Rosario encendió su fueguito, para calmar el terror sólo atinó a figurarse que aquel círculo de luz era la arena del circo… Y de repente, tan pronto salió a escena, la certeza de tener un público devoto le infundió la soltura que aquellas cómicas llamaban «inspiración». En su casa y en la pulpería Rosario había detestado los quehaceres domésticos, pero ahora, ¡qué placer sentir que ya no estaba obedeciendo el libreto que cumplían sin saberlo las mujeres, sino simplemente jugando a ser como ellas…! Y en verdad, ¡qué orgullo comprobar ahora de qué tareas, tanto más honrosas y altas, era capaz…!

Por otro lado, como también el indio iba casi desnudo y se creía a salvo de toda mirada, Rosario empezó a verlo como nunca viera a ningún hombre. Y en verdad, si ella había hecho un arma de su propia belleza, él parecía atormentado por su propio vigor. Bañado por el aura sanguínea de la hoguera, el indio permanecía horas sentado, mirándola; o se echaba a caminar en círculos para volver de pronto a su puesto de guardia; o se derrumbaba para acariciarse al modo de quien apacigua a un animal y se levantaba de pronto, vacilante como un pájaro herido mientras dormía. ¡Ah, con qué velocidad reaccionaba ante cada movimiento de la niña, cómo cambiaba, cuánto más indefenso parecía…! Ebria de poder, Rosario se atrevía a improvisar tareas que nunca ha hecho ningún ama de casa: ninguna mujer blanca se ha limpiado los pies, morosamente, con los dedos mojados de saliva, ni ha colocado la cabeza de un hombre entre sus pechos para despiojarlo mientras duerme, ni ha usado un pichoncito para que, con su pico ávido, recoja las migajas de galleta que le han caído sobre el vientre. Pero el indio no podía saberlo, y de pronto empezaba a sentirse exiliado de un Paraíso doméstico que nunca habían conocido los salvajes.

Durante los últimos días, cuando alguno de los juegos de Rosario empezaban a volverse intolerables, el indio atinaba a desafiarla: después de arrojar una piedra que caía justo en la hoguera de la niña y alzaba una llamarada que la descubría aún más crecida y más deseable, él le indicaba ciertos cambios de su propio cuerpo ante los cuales sus esposas blancas habían bajado castamente la vista. Pero Rosario, con un empecinamiento de guerrera, sostenía no la visión de las caderas que el indio adelantaba procazmente, sino su mirada, y así, los ojos del uno fijos en los ojos del otro, como el ratón paralizado por la mirada de la culebra, pasaban horas enteras, inmóviles, temblando. El hipnotismo mutuo solía romperse al rayar del día, cuando el paso de alguna bestia y la necesidad de cazar les permitía desviar la vista sin por ello rendirse o conceder. Mientras el indio escrutaba el paisaje con su sutilísima astucia de cazador, tenía todavía la soberbia del hombre que enrostra a la mujer lo que ella nunca podrá siquiera imaginar. Pero Rosario sonreía. Y la inesperada pericia con que, uno de los últimos amaneceres, ella recogió las boleadoras que el indio había lanzado sin éxito al paso de un ñandú y se las devolvió, esa pericia, digo, que ella había adquirido mirándolo y que casi lo bolea, dejó en el indio la sensación de no dominar nada de cuanto sucedía en aquellas largas noches.

Y es que todo no era más que el comienzo del fin. Con amargo pesimismo, los viejos percibían que los jóvenes ya no eran los que habían sido, que a fuerza de estudiarse se asemejaban cada vez más, y se atraían como dos hermanos nacidos cada uno en un extremo del mundo. Mientras relevaba a su jefe, el indio anciano miraba largamente en torno, sugiriendo que quizá no hubiera soledad más dura que la de aquel desierto. Pero al indio más joven hablar de soledad le hubiera parecido un desatino: la presencia de su rival se le había vuelto tan saciadora y necesaria como ninguna otra compañía imaginable. Dejando las riendas a Rosario, también el cabo Vega se permitía sugerir que quizás ella estuviera equivocada, que tanta confianza en sí misma fuera acaso un pecado de soberbia, un desafío a la divina moderación. Pero tampoco Rosario lo atendía, porque ese rito que compartía con su rival, ¿no era acaso la liturgia con que ella adoraba a ese dios nuevo que la pampa había abierto en ambos, un dios que, es cierto, apenas si podía entender pero cuya omnipotencia no se resentía por el misterio? Tal conversión, por lo demás, requería de un coraje no menos valioso que el de cualquier misionero, pues la única manera de conocer Sus designios era someterse, devotamente, a ellos, y Rosario sentía que nunca sabría qué premio o castigo merecería por su pecado a menos que siguiera cometiéndolo, a menos que pagara, con su propia condena, el precio inestimable de una revelación.

Y en verdad, sucedió que un mediodía bochornoso, mientras las figuras de Rosario y Vega parecían desdibujarse en el retemblor de un espejismo, el indio más viejo despertó y arengó entusiasmado a su jefe: ¡la damita blanca, por alguna razón, estaba ya tan cerca que resultaría muy fácil bolearla…! El jefe, sorprendido, la emprendió con él a latigazos, como castigándolo por una impertinencia… pero su intensa melancolía evidenció que ya lo había comprendido por sí mismo, que, más aún, ese incesante acercamiento venía produciéndose desde varios días atrás, y que, simplemente, él no se había atrevido a arrojarse sobre la mujer. Alertada por aquella trifulca, Rosario había vuelto a ganar distancia, pero al atardecer, cuando un batallón de nubes surgió en el horizonte, Vega le señaló que se habían rezagado tan peligrosamente que ahora los indios podrían bolearlos con toda facilidad. Lo que había provocado la furia del indio, desencadenó en Rosario una intolerable vergüenza: y mientras se detenían y comenzaba ya a levantarse el impiadoso soplo del Pampero, por fin ella se dijo que esa misma noche, costara lo que costase, debía decidirse.

Y he aquí lo que sucedió: tan pronto ella, a la luz de la hoguerita azotada por el viento, se sintió en el escenario del catalejo, en lugar de ignorar al indio lo miró de frente, y él, como aceptando el desafío, hizo a un lado el catalejo, se puso en pie y la miró a los ojos. Por primera vez, hubo entre ambos una paridad tan asombrosa que todo el paisaje contuvo el aliento: como aspirada por ese vacío que los separaba, una ráfaga de pájaros enloquecidos pasó entre los dos, huyendo de algo que ellos ni siquiera tuvieron valor de imaginar. Tiritando, el indio se despojó de su escueto taparrabos. Ella, por toda respuesta, desbarrancó de ambos hombros los breteles de la enagua y temblando de pronto bajo el torrente del viento enloquecido, quedó completamente desnuda. El indio dio un paso al frente, diciendo con los ojos: «Ni aún así te temo y si no te apartas, acabaré contigo». Pero entonces, cuando ella alzó valientemente una pierna y se dispuso a dar un paso, sintiendo que todo lo que había vivido iba a hablar en ese solo gesto, un rayo virulento rajó en dos el cielo y el retumbar del trueno unió al desierto en un solo temblor y despertó a los viejos aterrados y espantó a los caballos que relincharon y rompieron sus riendas y echaron a correr; y ellos apenas si habían tenido tiempo de volver a cubrirse cuando ya advirtieron, en todo el paisaje, la inminencia del peor de los castigos.

Y en efecto, con una violencia que Rosario y el indio habían sentido gestarse poco a poco en el fondo de su propia ansiedad —pero que sólo ahora eran capaces de comprender—, el tornado se enroscó en torno de ellos y los arrancó del piso como se arranca la mala hierba y los hizo volar y revolar cada uno hacia un punto cardinal, al tiempo que el chubasco se desplomaba con tal estruendo que los gritos con que cada uno, menos aterrado de la tormenta que de quedar a solas con su enemigo, llamaba desesperadamente a su compañero, sonaban tan insignificantes como el chapotear de las pisadas o los relinchos de los tres caballos dementes.

Durante un tiempo que ninguno podría calcular después, tuvieron la certeza de haber sido devueltos al cubilete de Dios, y de que ahora Él lo agitaba para devolverlos al tapete de la pampa y formar una cifra que ya no sabrían leer. Blancos e indios avanzaban a ciegas bajo el alud del agua, los brazos tendidos infantilmente hacia adelante, los pasos trabados por el fango, los rostros contraídos en la desesperación de carecer de todo punto de referencia. Gritaban, invocaban incluso a sus antiguos dioses y de pronto callaban bajo la lapidación del granizo, o bien se volvían sobre sus pasos porque era su propio enemigo, antes tan recio y ahora tan aterrado como ellos mismos, quien se les había aparecido delante, y a cada nueva equivocación sentían que habían llegado a su fin.

Hasta que horas, meses, siglos después, la lluvia cesó, y los caballos de ambas partidas encontraron instintivamente a los jefes, y fueron éstos quienes desde lo alto de sus monturas divisaron a los viejos. El agua, como un coro de lloronas al fin de un velorio, cantaba con mil voces una canción mortuoria, y los sobrevivientes de ambos bandos volvieron a contemplarse a la misma distancia que habían conservado durante tantísimos días. Pero en modo alguno podían considerarse a salvo, porque en aquella llanura sin rasgos cuando se cerraba el cielo se perdía toda orientación. Y así, se hallaron librados al tormento, infinitamente más cruel, de la deriva.

4

Entonces lo que les había parecido el Paraíso se les antojó un infierno, porque ni perseguidos ni perseguidores supieron ya adónde volverse. La llanura se había convertido en un inmenso espejo de agua del que ellos no podían ver los bordes; el cielo, un empedrado de nubes sin límite a la vista. Desolados como Adán el primer día del exilio, cuando sólo el peligro era tan cierto como el rechazo de Dios, los indios gritaron renovando el juramento de atraparlos o morir. Y Rosario, menos abrumada por el temor que por la culpa, empezó a huir al galope hacia donde primero miró, apostando quién sabe a qué desvaído pálpito de su intuición embotada por el cansancio y por esa inseguridad que acarrean los castigos justos. Avanzaba, torpemente avanzaba, pero nadie nada nunca le daban la certeza de estar de nuevo camino del fortín, y se internaba fatalmente en guadales y hondonadas que la inundación había camuflado y que los indios apuntaban en la lista de afrentas por cobrarse.

Con una voz infantil que nunca había tenido, la niña empezó a rogar al cabo Vega que ya no se durmiera, que la ayudara a orientarse en aquel laberinto sin muros. Pero el viejo, abatido por la fiebre, deliraba, y creía ser de nuevo el niño prisionero en un carretón cerrado y hablaba y hablaba agregando a su relato detalles cada vez más descorazonadores. Rosario luchaba por no llorar: el mismo terror, el mismo cansancio insoportable del primer día le hacían sentir el cuerpo como un fruto ya demasiado maduro, corrompido por tantos días de sol y malas fiebres; y la sensación ser un minúsculo punto ardiente en medio de aquella helada desolación le hizo entender que estaba sola, incluso, para enfrentarse al enemigo.

Después de aquel repliegue momentáneo, la lluvia volvió a rachas, y durante largas horas que quizá fueron días Rosario siguió enfilando al alazán por un caos en que cada elemento parecía dedicarse a parodiar su estúpida estrategia: pasaban lluvias que perseguían a otras lluvias, vientos que perseguían a otros vientos, bandadas gritonas que buscaban exhaustas la orilla de la laguna en que se había convertido el mundo. Infinitos cardos rusos llegaban girando sobre sí y se hundían entre las patas del caballo como si fueran la imagen de la misma locura, y Rosario seguía y seguía, insensatamente erguida en medio de aquel caos, secundada por el odio de esos indios maltrechos, sintiendo que de un momento a otro sus fuerzas cederían y que algo como la muerte, pero aún más importante, brotaría en estallido de su cuerpo pecador.

Evaluando que esa falta de rumbo era consecuencia de su profundo extravío, Rosario trataba de desandar el curso de su historia hasta encontrar el sitio en que se había apartado del camino recto, pero la sola certeza de haber deseado el mal paralizaba de inmediato todas sus búsquedas. Sólo la sostenía ese último reservorio de fuerzas que descubrimos de pronto ante situaciones límite, y a medida que la esperanza de encontrar el fortín se desvanecía para siempre, Rosario volvía a fantasear con las consecuencias reales de rendirse. En poco tiempo más, lo sabía, el alazán caería exhausto y ellos deberían seguir huyendo a pie. Estremecida, mientras atravesaban una vasta hondonada de flancos derruidos, compuso la escena en el remolino de su mente, vio su propio cuerpo perseguido por el indio, ambos con el agua hasta la entrepierna, sintió el ahogo de una mano viril aferrándola del cuello y un puñal punzándole el costado… y algo como el peso agobiante del futuro la exprimió igual que a un odre; y de pronto, como ese fruto malsano que intuía, como una negación del cuerpo a la eternidad, Rosario sintió por primera vez la sangre entre las piernas.

Escandalizada, como si aquello fuera el signo más irrecusable de su derrota, se esforzó desesperadamente por ocultarlo de su perseguidor. Por supuesto, no fue necesario: el indio parecía haber recuperado, sí, el sentido primigenio de la persecución y sobre todo, el odio feroz por los blancos, pero ya no tenía ni la clarividencia ni la astucia de antes, y ni siquiera sospechó que ella se sentía el ser más indefenso del mundo. Con Vega atontado por la pulmonía, Rosario sólo atinó a buscar en su memoria algún saber de nómade que le hiciera distinguir el rumbo Oeste, pero no hallaba más que la imagen de una tatarabuela suya, india de la tribu de Raninqueo, que harta de la prisión de una casa en el pueblo un día se había vuelto a sus caravanas… y fue como si esta sangre que le quemaba entre las piernas manase directamente de aquel desgarrón en el tejido de su estirpe. Y al mismo tiempo, cuando recordó que sus perseguidores sí eran rastreadores expertos, Rosario comprendió que, por alguna razón, también a ellos la aventura les había hecho perder su razón de ser, y que quizá ya sólo quisieran acabar con ella, sí, para acabar con todo.

Ah, se decía mientras atravesaba distraída una nube de niebla, y luego una franja de juncales que creyó reconocer vagamente, ¿cuánto podría resistir un cuerpo así, desangrándose de humillación? ¿Y hasta cuándo debería enfrentar a los indios con el bochorno de su propia ineptitud? «Ah», rogó, «¿por qué no nos matas de una vez, Dios mío?». La solución lógica de detenerse y entregarse volvía una y otra vez a su cabeza, pero escarmentada por el castigo divino ella avanzaba con la tozudez primal con que un corazón bombea, ajeno a toda circunstancia humana. Ah, ¿y si esta sangría no fuera a terminar nunca, si sólo fuese el estigma en que los hombres verían la marca de su vergüenza hasta el día del Juicio Final? Así abstraída en su tristeza, Rosario atravesó unos potreros arrasados, y aun cuando después de pasar un montecillo Vega alzó la cabeza de su hombro y murmuró «mama»; aun cuando el alazán se paró en dos patas alzándola a ella y echando al viejo al suelo (y también los indios se detuvieron impávidos, como dispuestos a retroceder), aun entonces, digo, Rosario tardó un rato en entender qué sucedía.

—Virgen santa —balbuceó Vega—. Virgen santísima…

Porque de hecho, él fue el primero en reconocer que esos dos mangrullos incendiados no flanqueaban, claro, el fortín al cual querían llegar, sino la entrada de aquel otro Fortín Quebranto de donde habían partido años, siglos, milenios atrás, y que en su ausencia había sido devastado por los indios. La niña Rosario permaneció largo rato hundida en su propia perplejidad, pero cuando alguien gritó en una de esas torres de palo imitando la voz del chajá, ella de golpe alzó la vista y ya no tuvo ojos más que para el escenario de su antigua vida. Ahogada por una sensación de frustración tan completa, no advirtió que sus perseguidores habían desmontado y con suma cautela se les acercaban por detrás. El cabo Vega había empuñado instintivamente su trabuco, pero mareado por la fiebre volvió a tumbarse de rodillas sobre el barro, mientras ella, inmóvil en su montura, sólo pensaba en los años que había vivido en aquel pueblo, en el futuro que le habría esperado allí si hubiera decidido quedarse, y sentía que caer en manos del indio hubiera sido, incluso, un destino mucho menos miserable…

Hasta que de pronto, cuando los salvajes estaban ya a dos pasos de ellos, algo imprevisto sucedió: habiéndose distribuido las muertes de acuerdo con el orden de la persecución nocturna, el indio anciano gritó amenazando al cabo Vega, y al volver éste el rostro crispado de terror infantil, ambos viejos se reconocieron. «Ah», balbuceó el cabo Vega, en su delirio, «éste es el verdugo que envía Calfucurá al carretón de los niños, para que al fin nos degüelle…!». «Ah», dijo el indio anciano (y su compañero retrocedió involuntariamente algunos pasos),»¡este viejo es uno de aquellos niños traedores de la muerte!». «Pero entonces», balbuceó el indio viejo, un segundo antes de que Vega, aprovechando su distracción, lo bajara de un tiro y se muriera de cansancio, «¿quién es aquella niña impasible, quién… si no la muerte misma?».

El indio joven, incapaz de soportar tanta sorpresa, siguió avanzando hacia Rosario, confiado en que, como ella permanecía de espaldas sobre el alazán, resultaría una víctima aun más fácil que aquel viejo enfermo. Pero he aquí que la muchacha, tan pronto los gritos de los viejos la habían vuelto a la realidad, había comprendido también, como en una revelación, para qué el destino había enmarañado la historia del viejo con la suya; y nimbada otra vez por su propia inteligencia, hundió disimuladamente un dedo en la entrepierna, lo mojó en su secreta sangre menstrual y se marcó la frente, en el mismo sitio donde los niños habían llevado, alguna vez, la marca de la peste. Sonriendo, se volvió a enfrentar la cara que la había deseado tantas noches, y comprobó cómo la furia del indio se trocaba en puro terror, en un terror tan absoluto que lo volvía inmanejable y vulnerabilísimo, porque también era tan antiguo como cualquier memoria de la especie. Y mucho antes de que ella se decidiera a perseguirlo, y al mismo tiempo que una partida de hombres se organizaba en el fortín para sumarse a aquella lucha, él se volvió sobre sus pasos y comenzó a huir atolondradamente por el campo vacío.

Ella lo miró sonriendo, esperando que él ganara la misma distancia que los había separado por las noches, y entonces, al trotecito, empezó a perseguirlo, segura de que la tierra al fin le había concedido su venganza.

Si el indio había advertido que la partida que se aprestaba a salir del fortín estaba compuesta por hombres de su propia tribu, no podemos saberlo; pero lo cierto es que ahora escapaba de la niña y de la peste con la misma desesperación con que Caín, en las ilustraciones de las biblias de campaña, huye del ojo de Dios que se dibuja en el cielo, como si no hubiera aliado posible para su batalla, o en todo caso, como si ningún aliado pudiera ser más poderoso que Aquel que lo persigue. Y mientras ella lo veía correr y correr delante de su caballo —el cuello de toro girándose a cada paso para controlar el avance implacable de la niña, la espalda sudorosa bombeando dificultosamente la aterrada respiración, los glúteos musculosos crispándose y distendiéndose en sus largas zancadas—, Rosario, digo, por primera vez intuyó que toda su aventura no era sino la larga conquista del amor.

Comenzaba a escampar cuando por fin ella advirtió que la partida salía del fortín, y que se trataba de salvajes y no de soldados, pero ya no le importó: lo único que le importaba era atrapar a su enemigo. Y cuando la llanura se quebró en una pendiente que terminaba en una cañada y él, sabiendo que ella no podría internarse allí a caballo, se hundió decidido entre la fronda, Rosario, en lugar de abandonarlo y huir (actitud que los indios trataban de provocar con sus gritos amenazantes) desmontó, empuñó su facón igual que los paisanos un segundo antes de batirse a duelo, y se internó también ella entre las cañas casi un metro más altas que su propia estatura, y tan frondosas que quizá no podría ver más allá de su nariz. Pero ninguna complicación podía amedrentarla, ningún laberinto del mundo podía ser ya más complejo que el de su propio deseo, que acababa por fin de descifrar.

Estuvo largo rato así, abriéndose paso entre el follaje, circundada de nubes de insectos tan pertinaces como su propia pasión, sintiendo el tajo de las cortaderas en las pantorrillas desnudas, atenta al mínimo ruido que delatara a su presa; y aquí y allí, de pronto, sentía que le estallaba el corazón cuando el leve chapoteo de unas pisadas en el barro, o el crujido de unas cañas apartadas con violencia, o el aleteo de unas garzas que alzaban vuelo aspaventosamente, delataban que el indio seguía escapándole, y entonces Rosario avanzaba a trancos violentos y precisos, convencida de que ya lo tenía en sus manos. Para entonces, también los otros indios se habían internado en el cañaveral y escrutaban ruidos y movimientos que pudieran delatarla; pero ella sabía que la distancia que la separaba de su presa era infinitamente menor, y que los indios, si la alcanzaban, lo harían mucho después de haber cometido el crimen.

De repente, un ruido de zambullidas le cortó la respiración: el declive del cañaveral terminaba en un arroyo, y si el indio había decidido seguir huyendo a nado Rosario estaba perdida, porque, como toda hembra de la pampa, tenía un terror atávico a las corrientes de agua. Pero el silencio posterior le indicó que sólo se trataba de dos nutrias espantadas por el paso del indio… y fue esta misma certeza lo que le dio el sentido de la ubicación de su hombre. Casi mareada de deseo apartó las pocas cañas que la separaban del arroyo y allí lo vio por fin, encogido bajo un tala solitario, quietísimo y tembloroso, avergonzado también él de su pavor de zambullirse, la vista fija en la frente de la niña que no dejaba de acercarse… Ella caminó solemnemente, y cuando llegó tan cerca como para que se mezclaran el violento hedor de hombre y los agrios humores de mujer, el indio parecía ya tan aterrado como para no distinguir que el sudor había borrado la mancha de la frente de la niña; y rindiéndose, cobardemente, él gimió y cerró los ojos. Fue también entonces cuando los indios emergieron de la cañada y los descubrieron, pero Rosario, como si durante toda su vida se hubiera preparado para este momento, pegó un último alarido inhumano, se abalanzó sobre él, lo aferró con una mano de los pelos mientras con la otra le posaba el facón sobre la nuez, y ahora (los indios que corrían hacia ellos se detuvieron, impávidos) larga, furiosamente, lo besó. Y ella rendida por el cansancio, él por la certeza de haber recibido el beso de la peste, cayeron uno en brazos del otro y luego, juntos, al fango de la orilla.

Los indios, que repetían la voz Namuncurá, Namuncurá —de modo que Rosario, un segundo antes de cerrar sus ojos, entendió que éste, su perseguidor, no era otro que el nuevo emperador de las pampas—, supusieron que todo había sido una estúpida confusión. Y como si Rosario y Namuncurá fueran apenas dos enamorados que habían buscado la soledad de ese rincón agreste para ocultarse, se echaron a reír y a festejar, y abrieron sus flamantes petacas militares con el gesto severo y gozoso del sacerdote que se apresta a impartir un sacramento. Mientras los amantes, rendidos, se hundían en el sueño, los indios bebieron y les dieron de beber, y en el precioso sabor de la ginebra Rosario reconoció el primer rito de una boda que, al menos por una noche, la haría reina del desierto. Y cuando también Namuncurá hubo bebido y se durmió atormentado por la sospecha de que Rosario le hubiera contagiado la peste, los indios tomaron a la muchacha entre sus brazos y entonces, como a todas las cautivas, le arrancaron minuciosamente las plantas de los pies.

(De: Relatos, Alfaguara, 2011)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *