El presidente baila, función política de la frivolidad

“…me da pena recordar como se engaña al corazón con el veneno de fatal frivolidad”
(Frivolidad, vals de Mario Ríos)

Por Guillermo Cichello*

La imputación de frivolidad hacia los discursos y gestos del presidente de la República, Mauricio Macri, es tan justa como insuficiente. Tal vez sea cierto que sea un recurso a la medida de sus capacidades mentales, un medio al que apela frente a su desoladora carencia para profundizar y mostrar las aristas complejas de cualquier tema; también es posible que tenga permitido flotar en esa futilidad por la protección mediática de la que goza en la prensa nacional, eximido de una interpelación seria, o que la frivolidad de Macri sea una consecuencia de lo que puede dar una clase social que ha perdido todo interés en su formación intelectual. Pero quizá haya otro flanco del asunto, que sea todo eso que escribimos, pero a la vez algo más que un déficit: la expresión más lograda de un propósito, el uso político de la frivolidad.

Examinemos algunas experiencias.

El lunes pasado se cumplieron 35 años del retorno democrático. El presidente Macri decidió conmemorar esa fecha plena de graves significaciones de la vida nacional con un discurso brevísimo que no pareció –como lo estuvo- dirigido a niños de escuelas primarias, sino a pequeños infradotados, en el que deambuló en expresiones sobre “lo lindo que es elegir”, “lo plomo que parece el colegio”, en el que confundió el Día de los Derechos Humanos consagrado por la Asamblea General de Naciones Unidas en 1950 con un reciente invento argentino, en el que omitió cualquier referencia a la dictadura cívico militar o al primer presidente de esta etapa, Raúl Alfonsín, y concluyó con un lamento muy sentido, no por las tareas inconclusas de la democracia, sino porque “Benedetto hizo un gol bárbaro ayer pero no alcanzó, y estamos todos golpeados…”.

Consideremos nuevamente el contexto. Por primera vez se cumplen 7 lustros ininterrumpidos de vida democrática, se conmemora la fecha que deja atrás la dictadura más sangrienta de la historia argentina. Es una oportunidad para que un presidente formule una apelación seria y digna a la convivencia política, para pensar los riesgos que tensaron el drama nacional, para trazar horizontes comunitarios. Mauricio Macri degrada esa ocasión a cuatro o cinco balbuceos pueriles y ligeros. Transmite así que la marca que establece esta fecha no es importante.

Podríamos cansarnos si recopiláramos la infinidad de ocurrencias “chistosas” –digamos así- que el jefe de Estado ha gastado aludiendo al fútbol. Recordemos la vez que llega a Colombia para la asunción del presidente Iván Duque. Es la segunda ocasión que viaja a ese país hermano, devastado por una cruenta lucha interna. Baja del avión acompañado por el personal diplomático y ceremonial; toma el micrófono para anunciar las razones de la cooperación argentina. Con una sonrisa fresca dice: “Queremos estar cada día más cerca del pueblo colombiano y encontrar más cosas en las cuales colaborar, como colaboraron Chicho Serna, Bermúdez y Córdoba en aquella serie histórica de Boca cuando me tocó ser presidente”. Es todo. Pega media vuelta, deja el atril y abandona el lugar con una sonrisa orgullosa de su hazaña humorística. En cuanto uno se repone del sentimiento de vergüenza, alcanza a apreciar que Macri llega a Colombia para transmitir a todos que la cooperación entre ambos naciones es idéntica a la transferencia de tres jugadores de un club a otro. Con lo de “serie histórica” querría decir lo importante del fútbol para él, pero su equivalencia degrada todo; al final todo es un juego. Las relaciones internacionales (lo hizo con Putin, con Angela Merkel, con Xi Jimping) parecen así partidos de fútbol amistosos. El mensaje apunta a banalizar, a establecer que no son asuntos a tomar en serio.

El mismo criterio lo guio cuando produjo uno de sus grandes gestos inaugurales como jefe de Estado en enero de 2016. Sentó un perro en el sillón presidencial, lo fotografió y lo subió a Facebook con este comentario: “Balca estuvo en La Rosada y se sentó en el famoso sillón presidencial. Es el primer perro de la historia argentina que llega a ese lugar. Estamos muy orgullosos de él… es un símbolo del respeto que tenemos por los animales…”. Nuevamente la equivalencia: en ese sitio eminente se puede sentar un presidente elegido por la voluntad popular o un perro. Lo mismo da. Hablar de “orgullo” o expresar así el “respeto por los animales” no sólo es un demencial dislate, sino, nuevamente, una banalización deliberada de ambos términos, pero -sobre todo- de la onda significación que tiene ese asiento como símbolo. La frivolidad como estrategia torna idéntico ese sillón del mando público a cualquiera asiento, incluso la cobija de un perro. Así, librado de los compromisos mayores que entrañan sentarse allí, desaparecen las responsabilidades como mandatario público, se esfuman los legados a honrar con la historia nacional. “El perro en el sillón presidencial” es el verso escapado del “Cambalache” de Discépolo.

De las inefables oportunidades en que el presidente argentino se ha mostrado bailando, consideremos dos recientes. En septiembre de este año Macri viaja a Nueva York para recibir el curioso premio de “Ciudadano Global” otorgado por el Atlantic Council. El país vive una de sus peores jornadas de crisis económica, que lo impulsa a negociar una extensión urgente del préstamo al Fondo Monetario Internacional. En apenas dos días, la moneda se devaluó un 15%, la tasa de interés superó el 60%, el dólar alcanzó los 40 pesos, se perdieron reservas cuantiosas, se derrumbaron las acciones y los bonos de la deuda externa. La merma del empleo continúa su marcha acelerada. Estamos en la víspera de un paro general y acaba de renunciar el presidente del Banco Central. Este es el contexto en el que el presidente Macri, después de declarar con afanes jocosos que los argentinos se irán a enamorar de la directora de un Fondo Monetario Internacional que los hambreará, toma de sorpresa a la anfitriona del encuentro, Adrienne Arsht, le dice que él es un gran bailarín y, muy sonriente, la saca a bailar. La prensa dominante argentina muestra las imágenes con comentarios que elogian la proeza: “Macri no dejó pasar la oportunidad y se animó a mostrar sus dotes de baile sobre el escenario” –dijo el diario Clarín- “ante la sorpresa del resto de los presentes, al presidente no le tembló el pulso: aprovechó la música de fondo para sacar a bailar a Arsht…”. En aquel momento aciago del país, el presidente baila. El segundo episodio es aún más lamentable. Se acaba de encontrar en el fondo del mar el submarino Ara San Juan, perdido un año atrás en condiciones todavía confusas que no eximen de responsabilidad al Estado nacional. “Es una noticia que nos produce un enorme dolor. La confirmación de la muerte de los 44 tripulantes en circunstancias dramáticas. Hoy es el día más triste” –dijo al mediodía el presidente Macri al decretar tres días de duelo nacional. A la noche lo vemos bailando en un Haras (¡vaya patética homofonía!), en una fiesta selecta organizada por un Ceo de Disney. Son gestos que anulan el recogimiento, la memoria y reflexión que significan un duelo nacional. En medio del duelo nacional, el presidente baila.

Sería un error considerarlas acciones espontáneas, disparadas de la incontenible manía de un presidente díscolo. El saqueo económico de las grandes mayorías, la dilapidación de los recursos públicos, la cancelación de derechos de los trabajadores, necesita importantes dosis de anestesia social, crear un clima que invite a no tomar nada en serio, a banalizar la existencia. Derivada de la total equivalencia de significaciones (da igual sentar un perro en el sillón presidencial, bailar en un duelo nacional), la frivolidad insensibiliza. Veneno fatal que engaña al corazón, dice el vals.

* Desde 1989 ejerce la práctica del psicoanálisis. Escribió artículos en Página/12, Rosario/12, en las revistas Conjetural, elSigma, Psyche-navegante y en los sitios Tirando al medio y Arte política. Publicó los libros Función del dinero en psicoanálisis. (Letra Viva, 2010) y Textos dispersos (de política, psicoanálisis y literatura (Linterna, 2013).

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