El que corre

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Jorge Consiglio

No recuerdo si fue un martes o un miércoles. Hacía un frío mortal. Y el cielo estaba lejos, cerrado. Me había enterado de que Marilyn Manson se había sacado una costilla para hacerse autofelatios. Una estupidez. Nada especial. La memoria guarda eso. No existen criterios para olvidar. Tampoco para encadenar recuerdos: esa mañana y la historia de Manson, por ejemplo.
Estaba abrigado con un buzo térmico. Largué el trote por la senda costera. A mi derecha, el Atlántico chocaba contra las rocas. Al fondo, media docena de pesqueros resistiendo el mar. Nada de esto es clave para entrenar. Describo la escena. Solo eso. Sé que las cosas estaban así dispuestas. El viento me golpeaba de costado. Antes de llegar al bulevar sentí en las piernas el esfuerzo de la pendiente. En ese lugar empieza la subida que lleva al monumento a la Carta Magna, el sitio de mejor vista de esta zona.

Por lo general, ahí me encuentro con Max Edelmann. Lo correcto sería decir que en este lugar me espera Max Edelmann. Siempre que vengo por la costanera, tragando menos aire del que necesito, lo distingo desde lejos. Es mi faro, mi objetivo. Usa un gorro negro de lana metido hasta las orejas. Lo trajo de Vietnam. Se lo regaló un amante que conoció en la embajada argentina. Es un gorro insostenible. Tiene pegado un sticker con la cabeza del diablo; pero –tengo que reconocerlo– a Edelmann le queda bien. Le depura todavía más los rasgos. Tiene áspera la piel de la cara, y los ojos claros. Con el gorro parece un marinero del acorazado Potemkin.

Edelmann llegó hace siete años de un pueblo austríaco. Según él, dedicó su vida a la comunicación. Nunca queda claro qué quiere decir con eso. Se mueve en esa incertidumbre; de hecho, la usa como estrategia para alcanzar sus objetivos. Al comienzo trabajó en el teleférico. Activaba los controles desde un cuartucho de madera. Se lo veía confiable por la ventanita con esa cara de alemán que tiene. Después pasó a la radio y al más importante de los diarios locales. De ese lugar –que tiene algo de prestigio– no lo mueve nadie. Cuando la oportunidad lo permite, cuenta que es sobrino del barítono Otto Edelmann. Lo dice como si fuera responsable del éxito de su tío. Habla de los lieder de Schubert como si los hubiera cantado él.

La cuestión es que el día al que me refiero, Edelmann no me acompañó a entrenar. Ese detalle hizo que el ejercicio me costara el doble de esfuerzo. Me faltaba el aire. Tenía las piernas duras. Cuando estaba subiendo la cuesta, escuché una lejana bocina de barco; enseguida, poco menos que superpuesta, la sirena del segundo turno de la fábrica de harina de pescado.

La fábrica es un edificio de finales del XIX. Es pura clausura: paredes altas, ventanas enrejadas. En ese espacio, el ocio es clandestino. Al final de cada turno, los que salen no son los mismos que los que entraron. Se convirtieron en topos. No tienen ojos, el pelo parece estopa, la piel arde o se olvida. Están muertos de cansancio. Listos para el olvido. Lo más común es verlos mirándose las manos. No saben qué hacer con el tiempo libre. Mientras trituran el espinazo de los pescados, se muelen ellos mismos. Terminan convertidos en la peor harina.

Cambié el aire cuando llegué a la cima. Me detuve para relajar las piernas. Como si de pronto fuera un chico, me pasé la mano por la cara. Acto seguido, inspeccioné el espacio que me rodeaba: senderos de piedra, bancos, tachos de basura, la ridícula estatua de la Carta Magna. No me sorprendió la ausencia de Edelmann. Sabía que tenía un compromiso de trabajo, me lo había anticipado la tarde anterior.

La pausa del entrenamiento duró un minuto, tiempo suficiente para que un rectángulo de mar –visto de refilón y desde la altura– arrastrara una imagen del pasado: tengo quince años, estoy a punto de entrar al agua en una playa de Santa Mónica, en la baja California, me mojo los pies en la orilla, hace horas que el sol cae a plomo, el clima es templado, siento el frío más intenso de mi vida. Es una rememoración inmotivada, algo que de pronto surge y al segundo se evapora, pero por alguna razón, aquella vez, esa alusión se me clavó en el cerebro. Fue un clima, una atmósfera.

Seguí trotando con ritmo más sereno. El viento del sur porfiaba con fuerza. Algunas ráfagas eligieron las piedras; otras, armaban remolinos de arena. Sin pensar, doblé a la izquierda. Bajé para el lado del pinar. El olor de los árboles se mezcló con el del mar y lo anuló; de alguna manera, el agua perdió terreno. Tomé el camino vecinal que desemboca en el muelle. A la derecha, el tendido eléctrico y los galpones; a la izquierda, la arboleda cerrando filas, un hombre de mameluco, una pick up con las puertas abiertas. Registré todo sin girar la cabeza. El paisaje entró en mi campo visual. Periferia: un detalle, foto efímera.

Para entrenar hay que olvidarse de las piernas. Así lo hice aquella vez. Así lo hago siempre. Me concentré en la respiración y en el bombeo de la sangre. Podría haber seguido por ese camino incasablemente, pero vi una tranquera abierta. La atravesé. El bosque fue el primer desvío de mi rutina. Entré convencido. Me adapté enseguida al suelo irregular. Lo primero que cambió fue la luz: un resplandor frío. Anduve bastante entre los árboles. Dos o tres kilómetros. Bordeé una laguna barrosa. Era una extensión de agua que parecía no tener fin. Una bandada de patos pasaron en vuelo rasante sobre mi cabeza. En ese momento, sentí los músculos tensos y una leve contracción en el pecho. Tuve una idea peculiar: el cansancio dispone la alteración en la geografía y no al revés. Eso pensé, como jugando: las cosas varían cuando lo dispone el cuerpo. Al rato todo estaba bien. Mi corazón palpitaba al ritmo de siempre.

Antes de salir del bosque, tomé por un sendero natural. Pasé en medio de dos cipreses y, de pronto, sentí un arañazo en la cara. Fue algo que pasó, rozó y dejó su ardor. Era un objeto del tamaño de un puño. Vi como rebotaba dos veces en el piso, rodaba y terminaba junto a una raíz. Improvisé para aliviarme. Me lamí la mano y humedecí la mejilla con saliva. Después me acerqué despacio, con sumo cuidado, a lo que yacía en el piso –como si fuera una cosa viva y pudiera dañarme–, lo moví con el pie, lo levanté y me lo llevé a la nariz. Tenía olor a orín concentrado. Era un fruto, una especie de granada en miniatura. La cáscara estaba mordida por el golpe y se veía una pulpa amarilla que parecía gelatina. No lo pensé dos veces. Tomé impulso con el brazo y tiré la granada lo más lejos que pude. Cayó entre unas ramas. Se perdió para siempre.

Una tranquera determinó el inicio del bosque; otra, casi idéntica –con bisagras vencidas y un musgo oscuro pegado a los tirantes– marcó su final. De pronto, se abrió una llanura pelada con pasto pobre y en el fondo, muy en el fondo, un par de árboles raquíticos. Corrí exactamente a la misma velocidad que antes, pero por alguna razón sentí que ahora el aire entraba mejor a mis pulmones. A la derecha, en la línea misma del horizonte, distinguí una columna de humo negro. Giraba dos veces en el aire y se dispersaba. Antes, dibujaba una figura –un gato de orejas largas– que se movía lentísima. Alguien quemaba neumáticos. O un auto. Casi enseguida, el suelo se volvió irregular, hecho de un barro espeso moldeado por huellas de tractores. Son caminos de hormiga, rutas de unos pocos. Las recorremos, pero no tienen nombre. Edelmann anda por estos caminos con un Renault 4 que compró hace poco. Es un auto poco confiable, un cascajo. Es común ver al austríaco con la ventanilla abierta escupiendo carozos de aceituna. Es su estrategia de bienestar. Anda de un lado para otro con una sonrisa de oreja a oreja, como si la vida fuera una fiesta. Lo hace los domingos a la tardecita, por ejemplo. Todos están aplastados por el tedio y Edelmann se rescata con el auto. En esos momentos, en su cara alargada hay algo de sabiduría: entiende cabalmente –y esto responde a una conducta natural, no al resultado de un proceso de aprehensión– que la actitud correcta es moverse y dar pelea, aunque sin perder el sentido del disfrute. Le flamean dos mechones de pelo rubio. Cuando se sube al auto, se quita el gorro negro. Saluda a todos agitando el brazo.

Hacía más de dos décadas que yo no andaba por esa zona. No sabía qué rumbo tomar. Pensé que lo mejor sería seguir en línea recta, sin considerar desvíos. Así lo hice. Me orientaban los pilares del teleférico. Por ellos sabía dónde estaba el este. No necesitaba más.

Anoto dos pormenores. El primero: un árbol sin una sola hoja, endurecido, como hecho de piedra, parte de una escenografía torpe. El segundo: dos pájaros de plumas negras y brillosas, tordos quizás. Pico curvo, alas cortas, pecho hinchado. Su alerta era pura incertidumbre. Me la contagiaron, se me metió en las venas. “Qué nos espera”, decía su actitud. Estaban parados en el borde de un tambor de doscientos litros. Giraban la cabeza para un lado y para otro: los acechaba algún mal, eso era seguro. El aire, bien lo sabían ellos, hubiera sido un amparo, pero el peligro –el vértigo del peligro– los ataba a la tierra. Esperaban con las patas clavadas en el tambor. Casi en trance. Dispuestos a la fuga. Apreté el paso todo lo que pude. Sentí que el corazón se desbocaba. Era el momento del último esfuerzo. Sentí gusto a sal, a acetona, a óxido.

Después fue un cerco achaparrado de ligustro. Lo vadeé con tres saltos, sin problemas ni riesgo. Y ahí nomas, a unos veinte metros, como un antojo de la llanura, apareció plantado un galpón. Era un rectángulo de chapa con techo a dos aguas. Un edificio económico, simple de ver. A la derecha, un corral vacío, un bebedero de zinc; a la izquierda, el pasto y la enorme llanura. Me detuve con la excusa del obstáculo. Estaba cansado, bañado en transpiración, en mi límite. Cualquier excusa me venía bien. Solté el aire. Como siempre, el ruido del campo, inaudible pero presente, se hizo cargo de las cosas. Dispuso ritmos y moldeó la voluntad. Así de simple.
Aspiré profundo. Atravesé una nube de moscas. Enseguida vi una res muerta, hinchada, con las patas en alto. Después dos más. Y otra. La última la encontré en la entrada del galpón. Tenía los garrones deshechos a dentelladas. Algo en mi interior tembló. Seguí avanzando. Cubierta por el techo, encontré otra vaca. Estaba viva. Nunca vi un animal tan flaco. Me clavó los ojos. Mugió largo y hondo; fue un lamento que llegó desde un lugar más antiguo que su garganta. Movió apenas la cabeza y se abandonó. Estaba tirada sobre unas lonas. Me miró fijo, aunque no hubo reconocimiento. Estaba atenta a un proceso interno, un asunto que la tenía como protagonista pero sobre el que no podía intervenir. Yacía inmóvil, olía el aire asentado de orines y bosta. Una necesidad física me llevó a volver sobre mis pasos. Me fui a la misma velocidad que había ido. Mientras corría, imaginé a la vaca en plena noche. Estaba saludable. Mordía el pasto tierno. Llegué a casa antes de lo esperado y me metí bajo la ducha caliente.

Ocupé el tiempo. Anduve de un lado para otro. Cambié sábanas. Lavé ropa. Entré leña y organicé el fuego en la chimenea. Después me senté en un sillón de mimbre con las piernas en alto. Pensé en dibujar. No lo hago seguido. Guardo mis lápices y una resma de papel Fabriano, mi preferido, en la pieza del fondo. Me costó encontrarlo. Trepé a un escalerita de seis escalones. Manoteé a ciegas en el estante más alto de un armario. Bajé la caja equivocada. Tropecé con un Wembley de amartillado automático y un joyero con cinco municiones. Una reliquia, un adorno. Lo usaba alguien que fue como mi padre. Al rato, encontré los útiles de dibujo. Volví al sillón. Boceté una cara de rasgos duros –una especie de Beethoven– hasta que se fue la luz. Casi sin pensarlo, empecé a prepararme para salir. En un bolso de mano metí lo necesario para la expedición.

Otra vez el carburador del Lada me dio problemas, pero logré poner el auto en marcha. Había un poderoso olor a mar. Avancé tres kilómetros por la ruta desierta. Cuando distinguí la publicidad de la granja de Soria bajé la velocidad. A veinte metros, vi el borrón de la tranquera. Por allí debía meterme. Dejé el auto bajo una casuarina y me interné a pie. El frío era atroz. Soy precavido: iba abrigado y con linterna. Iluminé las reses muertas; enseguida, el edificio de chapa. A la mañana había llegado por el bosque, que ahora era la parte más cerrada de la noche. Me paré en la entrada del galpón. La vaca estaba fija en su agonía. No había tragedia; tampoco exigía reparo: tramitaba sin dramatismo un acto biológico. Experimenté un sentimiento de inutilidad que me ayudó a actuar. Cargué el arma, contuve el aire, hice fuego. Le di en medio de la cabeza: solo conseguí herirla. Medí mejor la distancia. Apunté de nuevo y disparé dos veces. La pólvora me quemó los dedos. Dejé caer el revólver y me pasé la mano por la cabeza. Casi no sentí dolor. La vaca quedó volcada, de costado. Estuve dos minutos observándola. No busqué llegar a ninguna conclusión. Recogí el arma y salí del galpón. Me distrajo una lechuza que alcancé a enfocar con la linterna. Sentí más que nunca que debía hacer algo, pero no supe bien qué. Me subí al auto y estuve un buen rato hasta que logré que arrancara. Mientras volvía, en medio de la helada desolación, me di cuenta de que estaba en paz y que, de ahí en adelante, las cosas empezarían a cambiar. Fue algo extraño y súbito: una certeza, algo vívido, una creencia que me llenó de felicidad. La sensación fue prodigiosa, inédita; no sentía algo así, tan intenso, desde la primera infancia.

(De: Villa del Parque, Eterma Cadencia Editora, 2016)

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