El Reino Unido los ha hecho así

Por Gabriel García Márquez

[En la categoría Textos Recobrados publicamos textos de distintos orígenes y autores que por alguna razón (histórica, periodística, artística, académica, etc.) a nuestro criterio merecen una relectura]

(Publicado originalmente el 25 de mayo de 1983)

Las réplicas oficiales del gobierno británico a las denuncias de crueldades y actos salvajes cometidos por los soldados gurkhas en la reconquista de las islas Malvinas han insistido en que esas versiones son infundios puros inspirados en una leyenda negra. Voceros del Ministerio de Defensa del Reino Unido se han empeñado en negar la condición mercenaria de los gurkhas, y el teniente coronel David Morgan —que es el comandante del batallón— ha negado inclusive que sus nepaleses feroces hayan tenido una participación activa en las Malvinas, y ha rechazado con indignación que se les haya calificado de monstruos bestiales. Y con una frase que parece más bien una de aquellas ambigüedades corrosivas de Bernard Shaw, creyó poner término al debate: «Gurkhas are just bloody good soldiers». Lo único que les ha faltado a los voceros británicos y a los partidarios suyos que escriben cartas a los periódicos es decir que los gurkhas no existen.

Sin embargo, la historia reciente tiene demasiadas pruebas sangrientas no sólo de que sí existen, sino de que jugaron un papel tenebroso en la reconquista de las Malvinas. En el libro Los chicos de la guerra, del argentino Daniel Kon, publicado hace nueve meses en Buenos Aires por la editorial Galerna, un soldado que regresó de la guerra cuenta: «Los gurkhas parecían completamente drogados. Se mataban entre ellos mismos. Avanzaban gritando, sin apenas protegerse. No era difícil matarlos, pero eran demasiados. Tal vez matabas a uno o dos, pero el siguiente te mataba a ti. Eran como robots: un gurkha pisaba una mina y volaba por el aire, y el que venía detrás no se preocupaba en lo más mínimo: pasaba por la misma zona sin inmutarse, y a lo mejor también volaba. Parecían no tener instinto de supervivencia. Iban barriendo zonas con sus ametralladoras Mag, que pesan más que un fusil. Si al adentrarse en nuestras líneas encontraban alguna lata de ración de nuestras provisiones, las abrían por la mitad de un cuchillazo, comían un poco y seguían peleando, siempre gritando. No les interesaba nada, ni siquiera sus propias vidas. Los ingleses que venían detrás de los gurkhas lo tenían muy fácil: encontraban el camino casi despejado». Ocho testigos más cuentan en el mismo libro que vieron cómo un gurkha hacía desnudar a un prisionero argentino y lo hacía caminar por el campo dándole patadas y golpes con un fusil. Dicen que otros gurkhas lo agarraron por fin de los cabellos, lo empujaron hasta que quedó arrodillado en el suelo y le cortaron el cuello. Lo mismo hicieron con cuatro o cinco prisioneros más.

Al leer este relato, alguien me dijo que parecía magnificado por el miedo del narrador. No obstante, la conducta de los gurkhas ha sido descrita en términos mucho más dramáticos por los propios ingleses que han estado al lado de ellos en otras infamias más largas y sangrientas que la de las Malvinas. Al fin y al cabo, los gurkhas han participado con los ingleses en no menos de diez guerras grandes y en numerosas campañas de conquista y represión colonial. La más importante de ellas fue la guerra de independencia de la India, donde un batallón gurkha, al mando del brigadier general Reginald Dyer, disparó sin discriminación, a mansalva y sobre seguro, contra una manifestación pacífica de civiles, y mataron a 379 —entre hombres, mujeres y niños— e hirieron a más de un millar. Este episodio bárbaro se conoce como la «matanza de Amritsan» y está reconstruida con una escalofriante fidelidad en la película Gandhi, que barrió con casi todos los Oscar de Hollywood y fue dirigida por un caballero británico: sir Richard Attenborough.
Otro inglés, nada menos que el mariscal de campo vizconde Slim, quien comandó las tropas inglesas en Birmania durante la segunda guerra mundial, ha contado episodios alucinantes sobre la conducta de los gurkhas que peleaban en sus filas. Su libro, Defeat into victory, es más que revelador. «En cierta ocasión», cuenta el mariscal Slim, «algunos gurkhas se presentaron ante su general y con gran orgullo abrieron una canasta de la cual sacaron tres cabezas ensangrentadas de japoneses y las pusieron sobre la mesa. Luego, con sus maneras más finas, le ofrecieron al general, para su cena, los pescados frescos que llevaban en la misma canasta».

No debió ser por casualidad que los ingleses destinaron sus gurkhas más encarnizados para pelear contra los japoneses en Birmania y Malasia durante la segunda guerra mundial. «La 17.ª División, al mando del mayor general D. T. Punch Cowan, compuesta sólo por gurkhas, tenía la misión de emboscar y cazar japoneses», según lo ha escrito un testigo de aquella guerra espantosa que saturó los cines dominicales de nuestra juventud. «El 1.º de mayo de 1945, desde aviones norteamericanos, varios comandos de gurkhas fueron lanzados en paracaídas sobre Elephant Point, donde estaban las fuerzas japonesas que custodiaban las vías de acceso a Rangún. Los gurkhas debían despejar la ruta para que los aliados entraran en Birmania, pero cuando tomaron tierra ya los japoneses habían evacuado el lugar». Sólo quedaban treinta, que —según suponía el mariscal Slim— habían dejado allí como observadores. Los gurkhas los hicieron prisioneros y los degollaron a todos.

Sin embargo, tal vez ninguno de los relatos atroces sobre los gurkhas sea más revelador de su carácter que el de la batalla de Imphal-Kohima, en la cual los mercenarios nepaleses exterminaron a un número incalculable de japoneses. Después de la batalla, algunos gurkhas estaban recogiendo cadáveres en sitios inaccesibles para las excavadoras. En eso, un japonés que era levantado por dos gurkhas demostró que no estaba tan muerto como parecía. Un gurkha blandió su cuchillo para acabar con el prisionero, cuando intervino un oficial británico que pasaba por el lugar. «No, Johnny, no lo mates», le dijo. El gurkha, con su cuchillo levantado, miró al oficial entre atónito y dolorido. «Pero, sahib», protestó, «no podemos enterrarlo vivo».

Los oficiales ingleses que han desmentido las atrocidades de los gurkhas en las Malvinas han insistido en que no son mercenarios, sino militares de élite al servicio de la Corona. Peor si es así, porque sería un reconocimiento de que el ejército británico admite como suya una moral que no se compadece con el derecho de gentes. Los gurkhas son guerreros a sueldo al servicio de un ejército extranjero, y esto define, sin más vueltas, su condición de mercenarios. En efecto, los gurkhas son contratados por oficiales británicos que los seleccionan entre los mejores, después de recorrer durante varias semanas las aldeas de cuatro tribus del minúsculo y legendario reino de Nepal, en las estribaciones del Himalaya. Los escogidos, que no son más de 400 al año, ingresan en el ejército británico con un sueldo básico de diez libras esterlinas al mes, más otras tres y 20 chelines para comer. Su interés primordial es ahorrar lo más posible para enviar dinero a sus familiares, cuya pobreza es legendaria.

La ferocidad y la disciplina casi sobrenatural de los gurkhas no son, por supuesto, una condición genética, sino elementos sustanciales de un oficio aprendido. Desde 1815, cuando los oficiales ingleses de la honorable Compañía de las Indias contrataron a los primeros guerreros gurkhas para que los ayudaran a apoderarse de la India, esas malas artes inculcadas no han hecho sino perfeccionarse. Para eso existe el centro de entrenamiento de Hong Kong, donde los hambrientos nepaleses recién contratados, que no conocen la electricidad ni ninguna otra invención de nuestro siglo, son adiestrados como animales en el oficio de matar. En el ejército británico hay un número constante de 10 000 repartidos entre la Hong Kong Field Force, que mantiene el control de la colonia inglesa dentro del territorio chino; la reserva estratégica del Reino Unido, que está estacionada en el Reino Unido como un cuerpo de bomberos colonial para enfrentar cualquier emergencia en cualquier parte del mundo —como en la reciente de las islas Malvinas—, y un destacamento especial que protege al sultanato autoritario de Brunéi contra las pretensiones armadas de Indonesia, una verdadera fuerza colonial, anacrónica y vergonzosa, que el Reino Unido mantiene como un rezago indigno de sus tiempos de gloria. De modo que no hay nada extraño en su comportamiento criminal de las Malvinas, ni tienen por qué parecer delirantes los testimonios de tantos supervivientes argentinos. Una fuente tan seria e insospechable como la revista británica The Economist ha escrito hace poco que los gurkhas «son guerreros eficaces, pero despiadados»: una vez desenvainado su famoso cuchillo no puede guardarse sin sangre. «Cuando pierden la oportunidad de derramar la ajena», ha escrito otro inglés, «los gurkhas satisfacen la tradición cortándose un dedo».

(De: Obra periodística 1961-1984)