El renacido

Por Arturo Balderas

Foto: AFP

Sólo denme una oportunidad y les demostraré de qué estoy hecho. A los 78 años, Joseph Biden parece haberlo demostrado.

En los momentos en que todos los adultos mayores están felices por haber sido vacunados y un poco tristes por cumplir el requisito de siete décadas de vida; para el inminente octogenario presidente de Estados Unidos, la edad no ha sido un obstáculo para poner a consideración uno de los más espectaculares programas de inversión pública en la historia de ese país, cuyos beneficios disfrutarán los hijos y nietos de quienes lo aprueben.

Los 2 trillones de dólares con que Biden pretende recrear la decaída infraestructura de la nación abren un nuevo capítulo en su desarrollo, y de esa forma refrenda la memoria de Keynes.

Pero primero lo primero. Hace tan sólo seis meses Biden era considerado un «cartucho quemado» en la política estadunidense, entre otras razones por sus frecuentes lapsos discursivos y su avanzada edad. Dentro y fuera del universo demócrata, varios de los precandidatos tenían mejores cartas para lograr la candidatura. Una vez que la ganó, persistía la duda sobre la fuerza necesaria y su determinación para sacar al país de la barranca en que Trump lo había metido. Pero, ¡oh sorpresa!, no sólo tuvo la energía, sino la claridad suficiente para emprender un camino que marcará el rumbo de la nación. Hizo a un lado la nociva idea de que el Estado debe abstenerse de participar activamente en el desarrollo económico y promover la austeridad a toda costa, sin importar el daño que con esa cortedad de visión se causa a la parte más necesitada de la población.

Primero, desafió los obstáculos de los legisladores republicanos, y logró la aprobación de un paquete para superar la crisis ocasionada por la pandemia que ha dañado tan profundamente la vida de tantos millones. Uno de los efectos del paquete es que a la fecha se vacuna a más de dos millones diarios, y la probabilidad de que para mayo todos los adultos estarán vacunados. Biden ha ganado el reconocimiento de la nación entera, y ha superado el pesimismo y el desorden heredado de la administración que le antecedió.

Segundo, con el anuncio de su plan de rehabilitación de la infraestructura inaugura un periodo de crecimiento económico comparable al que otro presidente (Eisenhower) abrió en los años 50 mediante el programa carretero, que inició una expansión económica en Estados Unidos sin precedente. La diferencia es que, en esta ocasión, conceptualmente el plan es más amplio, al igual que sus alcances. A los componentes tradicionales de infraestructura (carreteras, puertos, aeropuertos, etc.) se integran incentivos para el uso de vehículos eléctricos en el transporte público y privado, ampliación de la red de internet, inversión en la manufactura de tecnología limpia, la construcción de escuelas y habitación de bajo costo con la participación de comunidades rurales. Visto más ampliamente, se puede decir que todos esos conceptos apuntan a un aumento de la productividad, que en última instancia debe beneficiar a toda la población. Uno de los objetivos más ambiciosos es la protección del medio ambiente, aumentando el uso del transporte masivo, como los ferrocarriles. Se estima que el programa se desarrollará en los próximos 15 años.

Con un importante pie de página, su costo se financiará con un incremento de 7 por ciento en los impuestos a las grandes corporaciones a quienes reciben más de 90 por ciento de los ingresos que generan todos los estadunidenses.

La derrama y beneficios del plan probablemente se extenderán a otros países, uno de ellos México. La propuesta de Biden ha sido acogida con beneplácito por 80 por ciento de la población estadunidense, excluidos, por supuesto, los legisladores republicanos y sus líderes. Sólo queda por agregar que, contrario al hecho que irremediablemente plantea la finitud, hay quienes, para bien de todos, se atreven a continuar desafiándola, no importando la edad ni los obstáculos. Bienvenido el desafío.

La Jornada

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