El ruego

Por Horacio González

¿Qué importa auscultar las características personales de un presidente, sus estilos, énfasis singulares? Hay ciertos individuos que practican la auto exoneración permanente. Se sienten dispensados de todo, de responsabilidades, culpas, daños, infracciones, imprudencias ¡Qué lindo vivir así! Estar totalmente excluido de un examen de sí mismo respecto a los daños que implica nuestra mera presencia en el mundo, calamidades que apenas divisamos en las brumas de nuestra conciencia, que asoman opacos y vuelven a ocultarse tras telones pintados con cumulus nimbus. ¿Qué hablamos practicando el quejido del incomprendido? Cierto ¿Pero pueden explicarme por qué tantos sacrificios bienintencionados son recibidos con críticas, con manifestaciones en la calle, con trosko-kirchneristas que no entienden todo lo que implica este sacrificio mío?

Veamos a Macri más de cerca. Un individuo de esta especie, cuyo atrevimiento solo consiste en descartarse de cualquier gravamen que implicaría su presencia en el mundo, nunca se hace cargo de las decisiones que toma. Posee características inspiradas en el bromista pesado, finge seriedad para descalabrar cualquier situación mostrando su superioridad para frustrar las credulidades de sus subordinados. Luego nos obliga a reírnos con él del descalabro, que como ser superior, produjo en la fe cotidiana de todos ¿Es que así soy yo?, nos pregunta sorprendido. A todos nos puede pasar querer vivir como una sombra sin cuerpo, desmaterializando nuestros actos para existir en estado de inocencia permanente. De vez en cuando una disculpa, un pedido de perdón, un “me equivoqué”, un “no previmos ciertas eventos sorprendentes” ¿No nos resultaría fácil ser comerciantes mayoristas de nuestra propia transparencia, odiar los obstáculos que solo podrían ser atribuidos a fallas tectónicas de larga data –¿setenta años está bien?– y que nos eximen de toda incumbencia, de casuales adeudos?

Yo ¿qué debo? Si atrás no hay nada, salvo ahora, este busto de la república, que con su marmórea presencia, siempre etérea, dicta mis palabras que no sé porque se convierten en un eco de total volatibilidad. Contaminadas de este vocablo con el que me atosigan los economistas. Ponete serio Mauri, sacá lo mejor de vos, el gentleman que implora sin lloriquear, que acusa pero con indirectas. Decí cuadernos, pero como si fuera al pasar. Una sola vez, sin abusar. Vos podés. La gente entiende. En lo grave, no perder volatilidad. En la volatilidad, fingir compromiso, formalidad.

Hasta escuchar a Macri, confesémoslo, no sabíamos nada de la política, de sus movimientos inciertos, de sus densidades sin contorno, de sus brumas envolventes que crean personajes vaporosos en serie. ¡Si todo consiste en desincumbirse! Pero lo vemos al presidente, ahora, optando por esa misma solemnidad que hasta hace pocos días le divertía siempre degradar ¿No usa cierta inflexión propia del galán incomprendido, la del predicador fastidiado, al final de sus frases lechosas? Percibamos, tiene que dar malas noticias, negar con nuevas promesas las viscosas promesas anteriores. Afinemos al oído ¿Qué quieren decir esos quejidos internos, esa respiración ahogada de párvulo asombrado que los finos micrófonos transmiten como el resoplido de un globo pinchado? Exhorta, gime, impone, desea hablar de sí mismo, ponerse como ejemplo ¿No lo secuestraron aquellos comisarios en la época que tenía el bigotito finito, como anzuelos de pescar? Lo pescaron, pero ahora él pesca y desde ya, también lo siguen pescando ¿Por qué hay tantos movimientos de pesadez terrenal, laboral, cotidiana, que vendrían a ser las impertinentes evidencias de la historia, que persisten en ser de otra manera? Si él no las piensa así. “Si yo no las pienso así”.

Se niegan a comprender, no entienden que las cosas no son lineales, que un día parece que vamos en una línea de avance –de mil maravillas– y luego se doblan se tuerce, se vuelca todo hacia atrás. Hay zigzag, retrocesos… ¿no es bueno que lo reconozcamos? Incluso le ponemos nombres a esos caprichos inesperados, amenazas endemoniadas de una ruta irreprochable. La cuestión China, los cuadernos, la tasa de la Reserva Federal, ¿y aun así no entienden? Y me olvidaba –“y me olvidaba” es una frase del discurso, también debo leerla como si fuera espontánea– me olvidaba que siempre debemos recordar que si algo va mal, si suceden cosas, hay que admitirlo. Declararlo con naturalidad. Admiro, pero con secreta envidia, como Mariú sabe decir “hay que escuchar a la gente”. La frase preferida de todos los panelistas de la televisión. ¡Cómo la he ensayado! Y esta pregunta retórica, no por obvia menos cierta ¿Cómo podríamos querer nosotros producir una herida, un perjuicio, una privación?

Me siento muy mal, estoy angustiado, por tener que hacer algo que puede tener efectos que nadie quiere. ¿Cómo yo voy a desear producirlos? Estoy seguro que me creen. Si soy el inmune, el exonerable, el ajeno a toda culpa ¿No dije que tengo amigos que son hermanos del alma, son mis ojos, mis manos, mis piernas, mi olfato, mis palabras? Claro, las escriben ellos. Pero hablan de mí. Si mencioné mi secuestro –¿ven que sé lo que son las retenciones?–, es porque esa es mi teoría de la experiencia. Tuve la misma angustia que los próceres, ya lo dije una vez. Ahora es la angustia del secuestrado, por aquellos extorsionadores o por el FMI. No confundamos, lo primero no lo quise, lo segundo sí.

De mi caso hablan grandes tratados y hasta magníficas poesías. Soy el hombre hueco, el hombre relleno de paja, exento de toda gravidez, anuncio acuerdos con mis tutores internacionales antes de firmarlos, creo ministerios, borro ministerios, arrojo cada vez más personas a la ciénaga, pero después me declaro en total feeling con los vulnerables. Muy linda esa palabra. Todos somos vulnerables, dije que voy a dar la vida y que se terminó el gradualismo. ¡Que linda esa paradoja!, me dijo luego un asesor. Del mal se puede producir el bien. Y ese pastor (“yo mismo, el travieso comediante, el hombre flan”) plegó (“plegué”) las manos como en un rezo en una parte del discurso donde comprendimos que el pequeño Macri (“yo”) estaba en pleno ruego. Cuando suba a los cielos, inmune a toda terrenalidad, se encontrará por fin con las altas tasa de interés y el dólar flotando entre las nubes.

04/09/18 P/12

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