El silencio, la gravitación de los gestos, la oscuridad, las sorpresas, la desolación, el fervor, la intemperancia: ¿cómo te resultan?

¿Cómo recompondrías lo antes mencionado con algún criterio, orientación o sentido?

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

COMPILADO: 31 escritores argentinos responden la pregunta 14 del ‘En cuestión: un cuestionario’ de Rolando Revagliatti.

Entre diciembre de 2018 y diciembre de 2020, treinta y un escritores argentinos fueron respondiendo las treinta y cinco preguntas que conforman el ‘En cuestión: un cuestionario’ de Rolando Revagliatti‘. Estas entrevistas-cuestionarios fueron difundiéndose en la Zona Literaria de El Ortiba. Con el formato de Compilados cada una de las preguntas y respuestas se publican periódicamente en el orden establecido por el entrevistador.


14: El silencio, la gravitación de los gestos, la oscuridad, las sorpresas, la desolación, el fervor, la intemperancia: ¿cómo te resultan? ¿Cómo recompondrías lo antes mencionado con algún criterio, orientación o sentido?


RODOLFO A. ÁLVAREZ: Es mucho la pregunta. Me excede, vate.

FERNANDO DELGADO: El silencio: imprescindible. Un gesto puede salvarte, ayudarte en muchas situaciones. La oscuridad es una puerta que no se abre. La sorpresa, para bien o para mal, siempre es inesperada. La desolación es cuando ya no hay rastros, ni la sombra de lo que hubo. El fervor es una acumulación exacerbada de «las ganas». La intemperancia es una falta grave de comprensión.

JOSÉ MUCHNIK: «Si no conoces algo más bello que el silencio, entonces calla», así dice un viejo proverbio árabe. El ejercicio del silencio y la soledad me parecen fundamentales en la creación artística. Es en ese escenario que gestos oscuridad sombras adquieren otro relieve, absorben sorpresas, diluyen desolaciones, aplacan fervores… dejando intemperancia y llagas vivas.

BIBI ALBERT: Todas emociones o estados interesantes. Me resultan bien, me desafían. La frase, así planteada, es un poema en sí misma. Lo terminaría así: «… la intemperancia de lo que nunca será.»

CLAUDIA SCHVARTZ: Los gestos son fundamentales en mi modo de conocer las relaciones entre y con las personas. Un pequeño gesto me devuelve la memoria, a veces. Siempre es revelador, un entramado de relaciones permite la lectura a partir de un pequeño gesto.
El silencio puede ser una larga conversación. O seco como un golpe en la mandíbula.
No he tenido sorpresas agradables. No recuerdo ninguna, al menos. Prefiero que se anuncien.
Fervor… creo que conozco. La intemperancia, también. Muy dolorosa.
En cuanto a la oscuridad, tengo una relación próxima e intensa; sin embargo, soy del ojo más que del oído, del tacto más que del olfato.

JORGE CASTAÑEDA: La oscuridad es la contraparte de la luz y desechando los miedos atávicos tiene su encanto. Con respecto al silencio, no siempre es absoluto, a veces hasta el silencio habla; la palabra desolación —aparte de ser el título de uno de los libros de Gabriela Mistral— es una mala compañía. Las sorpresas mucho no me gustan, como la gravitación de los gestos o el fervor, que siempre tiene que ser mesurado.

JORGE LUIS LÓPEZ AGUILAR: Ese orden me parece bien. A mí me conectan con lo humano, e impulsan mi solidaridad.

LAURA PELUFFO: El silencio. Me gusta. Amo el silencio.
La gravitación de los gestos. Siempre dicen algo los gestos, también los no gestos.
La oscuridad me daba miedo cuando era chica.
Las sorpresas no sé si me gustan. Todo depende.
Desolación. No quiero desolación. Me asusta.
El fervor. Ojo con el fervor. Lo veo cerca del fanatismo.
La intemperancia. No me gusta.
El silencio y la gravitación de los gestos en la oscuridad. Después la sorpresa en medio de la desolación, alejando el estúpido fervor y la intemperancia.

RITA KRATSMAN: Si bien el silencio es la ausencia total de sonido, diría que hay muchos tipos de silencio y la abstención de hablar es uno de ellos, lo cual me ocurre cada tanto, pagando el precio de parecer intemperante.
El silencio me ayuda cuando necesito un espacio de reflexión y esto ocurre sólo porque existe el ruido o bien el sonido. Al igual que la luz que existe por gentileza de la oscuridad o en la música donde el silencio es un tiempo de respiración necesario.
Y relacionado a esto, deseo nombrar el conticinio, término muy poco usado que proviene del latín conticinium y define precisamente esa hora de la noche en que reina un silencio absoluto. De modo que por un insomnio frecuente y aún en la oscuridad a la cual no temo, traté de comprobarlo con el fervor de bucear en lo desconocido, para llegar a la conclusión con gran sorpresa, de que lo único que escuché fue mi propia desolación.

LAURA CALVO: Conocidos, me resultan todos, y muy frecuentemente visitados. Transcribo un poema mío para ilustrar: Nº 40 de «Chimangos».

«En las noches de otoño las voces tienden a templarse.
Por la mañana los agudos crepitan como hojarasca seca
antes de que el rocío acabe con ella.
A medida que el día avanza se espesan los tonos graves
para agotarse como velas consumidas hasta el cabo.
Se ha cortado la electricidad
en la casa en la calle en el club náutico.
Sólo los autos que circulan bordeando el lago
parecen saber adónde ir.
En la oscuridad sienta bien el murmullo ascendente
de los motores.
Sólo hay que esperar.
En algún momento la luz vuelve.»

ROGELIO RAMOS SIGNES: Todos esos puntos son protagonistas de mi novela «Por amor a Bulgaria».
Eso, llevado al acontecer cotidiano es, en definitiva, una síntesis de la vida que vivimos; o al menos de la vida que yo vivo, si dejamos fuera la intemperancia.
No sabría cómo recomponer tremendo andamiaje cotidiano cuando siento que estamos obligados a correr sin freno en un bosque invadido por la niebla. ¿Quién se salva de llevarse un árbol por delante?

LUIS BENÍTEZ: Son elementos sustanciales en muchas de mis obras, tanto en narrativa como en poesía, pues expresan al hombre y el hombre es el protagonista de cuanto escribimos. Es en los textos donde intentamos sentar sobre ellos —y muchos otros elementos más— algún criterio, darles una orientación, adivinarles un sentido. Eso solo sucede en la ficción, que invariablemente obedece a la premisa de ser un universo ordenado, así su temática sea el caos. En lo que llamamos «la realidad» todo sucede de modo diferente, sin criterio, orientación o sentido, simplemente sucede y, por lo general, no conduce a ninguna parte, no tiene ninguna necesidad de ello. En la ficción sí, obligadamente.

LILIANA AGUILAR: Me gusta el silencio y lo considero imprescindible para estar conmigo. Cuando siento que llega ese momento, me tomo dos o tres días en algún lugar alejado para conseguirlo.
La oscuridad me remite a la infancia, a esas noches en las que, junto a mi abuelo, escuchábamos el rumor del agua corriendo por las acequias. A veces era sólo mirar el cielo y nombrar estrellas. La paz.
Adoro las sorpresas, una lástima que hoy por hoy sean escasas y las más de las veces, de contenido lamentable.
Me invade la desolación cuando observo el énfasis de algunos adultos en desanimar a las jóvenes generaciones. Por tiempos se dijo que hay que vivir el hoy; que el pasado pasó y el futuro todavía no llega (ahora mismo, incluso, se les repite cada diez minutos en una propaganda televisiva). ¿Podés pensar en una perspectiva más desesperanzadora que esa? Para un joven es demoledor. No tiene dónde pararse ni hacia dónde proyectar su actividad, sus estudios, su vida. Fijate. ¡En un país en donde está todo por hacerse!
En cuanto al fervor, fue mi aliado siempre. Con fervor abracé la medicina, luego la psiquiatría y el psicoanálisis mientras, al mismo tiempo, con enorme pasión me dedicaba a escribir, al barrio, a mis vecinos, a mi familia, a mi hogar. Por momentos sentí que los días tenían 25 horas y, aun así, siempre me faltaba (y me falta) algo de tiempo para finalizar lo empezado.

GUILLERMO FERNÁNDEZ: El bullicio que se produce apenas comienza la mañana, con el transporte y los autos me ensordece. Las caras de angustia por la falta de tiempo para llegar a alguna parte, casi siempre la misma (creemos con ilusión que nos desplazamos), me resultan patéticas. Ver en el andén del subte la sorpresa por la llegada del vagón se asemeja a la cara de satisfacción de los chicos cuando desenvuelven un caramelo regalado. La llegada tarde, el subir de a dos los escalones de la escalera mecánica replican la desolación de los pasajeros. Pero mi tristeza es completa cuando percibo el desconsuelo en la espera del colectivo en todo lo que significa regresar de noche, la intemperancia por subir primero para encontrar asiento y desplazarse lo más rápido posible para llegar al hogar y toparse con el fervor de la espera. Por fin, el viaje y la vuelta a la casa es un camino que no hace más que reconocernos como humanos.

MÓNICA ANGELINO: Son emociones muy fuertes y hasta contradictorias, difíciles de analizar.
El fervor, el silencio, la gravitación de los gestos, la oscuridad de los ojos, las sorpresas, la desolación, la intemperancia.

DAVID ANTONIO SORBILLE: Son todas facetas de la misma vida, y como tales nos van marcando. Antes no sabía que eran imposibles de evitar las que afectaban, y celebro las que me impulsan o le dan sentido a mi existencia.

CARLOS NORBERTO CARBONE: Vivo todo el tiempo en varios de esos estados y los transito como puedo, me resultan, a veces, dignos, y otros no tanto, pero bueno, eso demuestra que estoy vivo y me siguen generando cosas a pesar del paso del tiempo.
Soy habitante del silencio; en ocasiones, hasta a mí me aturde tanto silencio, tengo gestos que no me disgustan, mi cara es muy expresiva. La oscuridad y las sorpresas, la desolación y la intemperancia me hacen pensar y repensar mi destino.

LEONOR MAUVECIN: El silencio, tanto como la música, dan paz. Los gestos hablan y me dicen cosas que trato de interpretar. La oscuridad es a veces una buena compañía, en especial en el campo, con el cielo cuajado de estrellas. Las sorpresas me agradan si son lindas, como a todos. El fervor es parte de mi vida y mi personalidad. La intemperancia no es la mejor compañera, cae en el exceso o en el abuso. ¿Cómo me recompondría?: no sé, eso depende de cada caso, pero creo tener capacidad de resiliencia.

RUBÉN SACCHI: Son sustantivos que dicen mucho en sí mismos, pero con una diversidad tremenda. Cada uno actúa de manera diferente de acuerdo a la circunstancia que lo ocupa. La cualidad de buenos o malos los acompañan acorde a esa circunstancia. No sé si sería posible una recomposición, todo puede ser un disparador y todo una consecuencia. Hay, tal vez, dos categorías en el grupo; una que considero más maleable en tanto depende de mi voluntad, en la que entran el fervor y la intemperancia, quizás también la desolación, si se toma como sentimiento.

HORACIO PÉREZ DEL CERRO: El silencio, imprescindible.
La gravitación de los gestos, y la lectura del cuerpo agregaría, para la franca comunicación, insoslayable.
La oscuridad, el espejo donde miro al mío mismo.
Las sorpresas, necesarias para devolverme a la insoportable cotidianidad, o algo se desajustó.
La desolación, la permanencia de la duda, un gran vacío a veces.
El fervor, una estupidez.
La intemperancia, una patología.

«A la gravitación de los gestos, sobreviene el silencio, interrumpido por la sorpresa del estúpido fervor, cayendo en la intemperancia. Luego la desolación me sumerge en la oscuridad.»

MARÍA AMELIA DÍAZ: El silencio me fascina, porque siempre está poblado por mi imaginación.
La oscuridad nunca me asustó, más bien me atrae porque comulga bien con el silencio. El fervor, considero que es necesario para ser escritor o para emprender cualquier asunto.
Y las sorpresas, si son lindas, bienvenidas.
Los gestos gravitan muchísimo en las relaciones interpersonales: no es lo mismo una mano extendida que una mano que se esconde.
La desolación, la intemperancia me producen dolor, ya sean mías o del prójimo.

CRISTINA MENDIRY: El silencio de la oscuridad nos aturde.
El fervor de la intemperancia se reduce a la desolación.
La gravitación de los gestos se restringe a las orillas.
Las sorpresas denudan en silencios.

SANTIAGO SYLVESTER: De esa enumeración, lo que necesito de verdad es el silencio. No sólo cuando escribo, que finalmente puedo hacerlo en un café, sino simplemente para estar; el ruido me irrita, como me irritan un poco hasta las palabras demasiado sonoras. Con el resto de las cosas pongo un «depende»: la oscuridad no me molesta de noche, pero sí de día; las sorpresas no me molestan si son buenas; el fervor si no es excesivo, lo mismo que la gestualidad. Intemperancia y desasosiego no me gustan nada y creo que no tienen el afecto de nadie.

ROBERTO D. MALATESTA: Soy muy afecto al silencio, al pozo de la soledad, ese «El silencio iluminado». La sorpresa, quizás la mayor, no suceda, es aquello que está a punto de ser, y no es, como en el poema citado de Montale, «Los limones»: «Ves, en este silencio en que las cosas/ se abandonan y próximas parecen/ a traicionar su último secreto».
La desolación es lo que no está, lo que se ha ido y el camino que se atraviesa a causa de ello.
El fervor: las palabras de los poetas que acompañan.
La intemperancia, como vicio o defecto por la palabra que debimos guardar sólo para nosotros mismos.

GLORIA ARCUSCHIN: El silencio: detesto a las personas que, como forma de ejercer poder en las relaciones, se manejan con el silencio. Lo ominoso. El silencio del primer sorbo de desayuno, reencuentro conmigo.
La gravitación de los gestos: quedan en mi memoria aquellos gestos de amor, de cercanía, y los guardo en mí.
La oscuridad: el terror nocturno, en mi niñez y pre-adolescencia, lo fantasmal.
Las sorpresas: si traen malas nuevas, odiosas, golpes de la vida; si son buenas nuevas, lógicamente, bienvenidas.
La desolación: pérdida de seres queridos, la pobreza de las gentes.
El fervor: ser fiel a la ideología y a la mística individual que nos guía. Coherencia siempre.
La intemperancia: una mala conducta, dañina.
El sentido o criterio para recomponer lo dicho: Valorar y cuidar ese silencio interno que nos pacifica y reordena nuestros sentimientos. Disipar los fantasmas y lo ominoso, contando con nuestra congruencia de postura frente a la vida. Evitar la desolación, con la gente, lo grupal como lema.

RAFAEL FELIPE OTERIÑO: Es lo que, no sin laxitud, denomino «lo indeterminado» (el ápeiron griego), aludiendo con ello al material del que se vale la poesía para dar estatura verbal a lo que de indecible, tácito e inexpresable tiene el mundo en que nos movemos. Todas esas instancias son estaciones y disparadores de la poesía, entendida como la operación de esclarecimiento y puesta en acto de lo que carece de una definición concluyente. Todas ellas permiten repetir con Rimbaud: «Je est un autre», «Aquí no hay nadie y sin embargo hay alguien».

ALEJANDRO MÉNDEZ CASARIEGO: Por partes: el silencio me es grato, pero no me molestan los sonidos opacos, la música de la vida aconteciendo.
Me parece que los gestos gravitan desde su autenticidad; porque es tanto un gesto lo espontáneo, como el que se realiza desde la composición de un personaje, pero no tienen el mismo valor.
En cuanto a la desolación, me resulta fuertemente poética, tiene un peso descriptivo que ninguna otra palabra es capaz de igualar; de hecho, su sola mención nos exime de otras consideraciones.
El fervor me produce perplejidad. Nunca logré sentirlo plenamente, no es lo mío.
La intemperancia es daño, es pequeñez, y desemboca en crueldad y vileza.

LILIANA DÍAZ MINDURRY: Amo el silencio, me llevo bien con la oscuridad, las sorpresas me gustan en los textos, la desolación en los desiertos, el fervor en la lectura de mis favoritos, la intemperancia en ningún momento. Los gestos, para trabajarlos en una novela donde se quiere sugerir lo contrario de lo que dicen los personajes.

CARMEN IRIONDO: INSOMNIO

En la oscuridad
percibo apenas la gravitación de los gestos.
Gozo con el silencio
hasta que pido una ración de fervor, de sorpresas.
Pero sin intemperancia.
No quisiera advertir tu desolación.

LUCAS MARGARIT: Me gusta el silencio, tal como se habrá notado por respuestas anteriores. Pero también me gusta la representación y las imágenes que nacen de la desolación. Me gusta lo quieto, me gusta aquello que se congrega contra la velocidad de cualquier «producción», de la fábrica. Me gusta también Giorgio Morandi.

CARLOS DARIEL: No sé si alcanzo a comprender la pregunta. Atiendo a los gestos a la hora de conocer a alguien, para mí el lenguaje corporal es muy importante porque suele ser mucho más directo que el de las palabras y hasta despejan algún grado de oscuridad que ellas detenten.
El silencio es un fervor que me ayuda a evitar la desolación y la intemperancia.
En cuanto a las sorpresas, sólo me gustan las placenteras.

Febrero 2022