El Sistema

Por Horacio González*

El Sistema hoy es un álbum de mafias que quieren parecerse a la flora y la fauna que imprimen en los billetes. El incendio de Iron Mountain es un hecho sistémico de este modo de gobierno, en el que la necedad puede darse a luz y los papeles secretos pueden darse al fuego sacrificial del capitalismo financiero.

Foto: Joaquín Salguero

En cierto momento las teorías ciudadanistas, que proliferaron en la época de Alfonsín, en general impulsadas por politólogos de la “indecibilidad democrática”, sobre todo ligados al estudio del final de largo ciclo autoritario en España, venían a reemplazar la lógica de los gobiernos y políticos carismáticos y populares, que ponían su nombre como instancia de congregación de multitudes selladas por movilizaciones colectivas y cánticos unívocos. A veces se definían esos nombres como “prenda de unidad”. En esas épocas donde no era disonante la expresión “revolución nacional”, uno de los conceptos que se tomaba como foco de una crítica a los enemigos de las “revoluciones populares” fue el de “sistema”.

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Cuando esa época se dio por concluida, hacia el comienzo de los años 90, se trataba de percibir cómo empleaban el concepto de Sistema los políticos que privilegiaban la relación líder-masas. Para muchos politólogos de la ciudadanía, “sistema” sonaba a demagogia, conspiración y renuncia a analizar empíricamente las fuerzas sociales. Así solo se conseguía crear velados enemigos para el gusto impreciso de las masas.

La tradición liberal que se adjudicaba poder cubrir todas las complejas dimensiones de una democracia moderna, a los políticos denominados demagogos, los consideraba situados aparentemente por encima de las instituciones representativas, instaurando sobre estas un indeterminado método plebiscitario que las condicionaba. Era allí, pues, que ese concepto de Sistema se tornaba del agrado de los “conductores”, y allí donde había que fijar la crítica “ciudadana”, reponiendo a un ciudadano conocedor de sus intereses, deberes y merecimientos, como hombre giróscopo que rotaba siempre sobre sus ejes morales o utilitarios, perfectamente conocidos por él mismo.

El “sistema”, en cambio, designaba oscuramente a las oligarquías, y el término parecía tan ambiguo y prehistórico, que se lo juzgaba hecho para renunciar al examen de las clases sociales y su estratificación. Con mayor o menor fuerza, la palabra “populismo” lo acompañaba para iniciar su carrera hacia la consideración totalmente peyorativa de este término.

Por supuesto, el peronismo se exponía como ejemplo irreemplazable de esta terminología. No era el plebiscito cotidiano de Renán, que consistía en un llamado a la ciudadanía para que renovase incesantemente los cimientos de un pacto cívico en nombre de la Razón, no así de la Historia. En cambio, era algo semejante –aunque muy remotamente- al plebiscito del estilo de los que realizaba Napoleón III, a mediados del siglo XIX, que eran un factor instituyente superior al Estado mismo, “flotando” por encima de la sociedad. Estos cesarismos o bonapartismos, según se eligiera la denominación, optaban por enemigos imaginarios para sostener la adhesión de los pueblos desprovistos de sus nociones de derechos individuales y de racionalidad en sus decisiones colectivas.

La posmentira

Es evidente que aquellos políticos hoy despreciados como “populistas” solían hablar del “sistema”, englobando en él factores innominados o difusos, con lo que parecían con eso atacar a las fuentes de dominación concreta pero la dejaban bajo un tul oscuro, indeterminado. “Banqueros”, “financistas”, “sinarquías, “los conspiradores de siempre”, “oligarcas”, “la embajada”, eran figuras con ebullición negativa que se mencionaban de a una o en conjunto, como parte de un misterioso sistema que era lo opuesto de la diáfana vida de pueblo democrático movilizado. Sin duda, restos de viejas teorías conspirativas se arrastraban en la veta interna del concepto de Sistema.

La crítica de la teoría clásica liberal consideraba que esa constelación de nombres entrelazados y resumidos por una palabra que ponía un velo sobre todo, sistema, azuzaba prejuicios populares, y éstos permitían entonces que se actuara como turba, no como ciudadanos autogobernados. Se decía que contraponiéndose a un impreciso Sistema no era posible designar las verdaderas fuerzas sociales ni afirmar sólidas instituciones democráticas. Solo era posible mover el sustrato emocional bajo el cual se aludía a un genérico pueblo “antisistema”. Estas muchedumbres eran entonces presas de la exaltación y el sentido arrasador de los “enjambres humanos”.

Un guión provocador para ocultar la realidad

Es lógico que este concepto de “sistema” para mencionar ambiguamente a “los enemigos del pueblo”, chocaba con las tesis republicanistas que se establecieron en nuestro país luego del cese de la obnubilada dictadura militar. Especialmente, mostraba su ductilidad un republicanismo a la manera de Hannah Arendt, que señalaba la importancia de la natalidad, que al ser el hecho único que ofrecía un nuevo individuo, un ser recién llegado al mundo, podía ser también el indicio de una promesa política que encontraría el momento adecuado para su emergencia en el lenguaje y la acción. Así se provocaría el contacto genuino entre los hombres. Tal natalicio cívico exhibía su fuerza creadora, vista como libertad y contingencia, con el anuncio de una promesa que se iniciaba, ese sujeto colectivo que nacía. Como todos sabemos, estas tesis fueron monstruosamente deformadas en nuestro país, e incluso se formó un Instituto con el nombre de la filósofa alemana para promover lo contrario de lo que afloraba de su pensamiento.
La evolución

Tras esta breve descripción del concepto de sistema, veamos la evolución que tuvo ahora, en estos tiempos que como mínimo calificamos de aciagos. Fue desmantelada la forma –convengamos que deficiente- en que lo usaban los movimientos populares de los años 40 y 50 en América Latina, y ahora se ha reducido a su acepción tecnológica, reticular y ligadas a dispositivos visuales, discursivos y electrónicos de vigilancia, inspección, acecho y lubricación de nódulos lingüísticos forjados con metáforas de “cristal blindado”. No precisa ser conspirativo en la medida que voluntades técnicas que operan permanentemente sobre los símbolos y el lenguaje, ya pueden hacerlo a la luz del día, y nadie se incomoda por saber que están todos trabajando en el interior de las redes, pero también quemando los archivos que ellos mismos fundan. El incendio de Iron Mountain es un hecho sistémico de este modo de gobierno, al que no se ha prestado suficiente atención. La necedad puede darse a luz, los papeles secretos pueden darse al fuego sacrificial del capitalismo financiero.

Trama secreta del incendio en Iron Mountain

El sistema es una totalidad técnica. Pero como metáfora de una acción simultánea, desigual pero combinada, su totalidad está tanto expuesta a rajaduras internas –desde el “factor Triaca” a sus actos políticos cometidos siempre sobre el límite-, y externas –la siempre ágil vida política y social argentina, nutrida de toda clase de personajes genuinos o no, pero abriéndose siempre compuertas inesperadas de hervor popular.

No podemos entonces sino definir como sistema a escala latinoamericana y global las maneras o las hipótesis de trabajo de creación de nuevos productos asociativos para operar escalonadamente en regiones divididas según secuencias que traen a la memoria los viejos golpes d Estado, pero ahora introduciendo bases sistémicas en los conjuntos ciudadanos a fin de desbaratarlos en su tejidos asociativos. El sistema es un Iron Mountain que se pasea amenazante por las ciudades con imaginarios bidones de nafta. Gobiernos con su moneda nacional inspirada por National Geografic, canguros, yaguaretés u horneros tomando decisiones, con vieja sabiduría selvática pero convertidos por este gobierno en cuerpos disecados del museo paleontológico que advierten que ya no hay lugar para los pueblos historizados específicos. El Sistema es un álbum de mafias que quieren parecerse a la flora y la fauna.

El gobierno traba la investigación de Odebrecht

Diagramas de circulación de hologramas lingüísticos por las redes, amurallamiento de las mega-corporaciones de la producción de imágenes, imágenes despojadas de condiciones autónomas de su carácter impregnador de mandatos, por ejemplo, los rostros femeninos de l´Oreal y sus cabelleras ondulatorias, representando los flujos alegóricos de la valorización financiera. Son la superestructura del sistema, mientras que sus pilares complementarios -mitad institucionales, mitad discursivos-, son las urdimbres judiciales, financieras, comunicacionales, armamentísticas, conversacionales y consumísticas en el plano doméstico, todas encajadas en un gran artefacto, a veces llamado Equipo, que se cerciora cada mañana que están en el poder si escuchan –con sus finos conductores magnéticos- cuantas veces en una esquina se dice “se robaron todo”, o cuántas en un bar se pronuncia la difícil palabra Seychelles o Oderbrecht. Todo eso mientras se le prepara el desayuno de cereales a Antonia.

No sabemos si primero fueron ellos y después ese chip comunicológico o polítológico. O por el contrario, los precedió algún laboratorio o gabinete –porque no decirlo otra vez, politológico-, donde se creó el chip y después inventaron el modo de gobierno de las muletillas y los speech acts de la incineración de personas y quema de brujas. Y aún más, no se sabe si primero vinieron muletillas como pesada-herencia, eternización-en-el-poder, corrupción, el loco, la loca, la yegua (ésta sin billete propio) y luego la instalación del Aparato, el Sistema con todas sus simulaciones –seamos todos los días un poquito más felices-, así como tampoco se sabe si ya de antes estaban sus pérfidas sinceridades: muy bien amigo, esos dos balazos por la espalda, puntería meritocrática, dos plomos como si los hubiéramos planificado en reunión del equipo. Y luego la obtusa refacción de la Plaza de Mayo, a la que pueden denominar cualquier día Parque Ecológico Recuperado.

Lo cierto que esta versión del Sistema conserva ciertos rasgos conspirativos pero una gran libertad de movimientos previamente falsificados, con la especialidad de sonreírle ritualmente a los rostros anónimos que desfilan encorvados por los caminos. En Brasil, varios jueces de la aristocracia judicial brasileña, que todavía no olvidó el Imperio, o mejor, las infinitas tramas en las que siempre se albergó una derecha obtusa, moldearon a esos tres o cuatro jóvenes alevosos que togados a la antigua y con sonrisas sobradoras condenaron a Lula. No fue una sentencia ni una serie de argumentos sostenidos en jurisprudencia. Fue una risa sórdida apagada apenas con la satisfacción de leer una diatriba vergonzosa, en cuyo centro está la figura de la delación premiada, grave reconocimiento de una legalidad quebrada por voluntad propia, el suicidio de la ley tirándose al mar desde el Pan de Azúcar.

El Sistema allí apareció bajo una voz judicial para rematar lo que ya la voz parlamentaria había indicado, con una mayoría de mequetrefes que salen de culturas populares a las que luego petrifican como astutas rutinas de provechos sectoriales. Pero la maqueta la proporcionó una voz la gran prensa entrelazada con la producción de imágenes más concentradas –quizás- del mundo. Y todo un “parlamento negro” empresarial y financiero funcionando a pleno con todos sus polichinelas como si estuvieran en el sambódromo del menoscabo colectivo. Han conseguido un espantapájaros que forjaron por piezas anatómicas pegadas en algún laboratorio de la Red Globo –donde aprovecharían quizás estar filmando al mismo tiempo una serie sobre Frankenstein, paralizando la sensibilidad colectiva de todo Brasil dos o tres horas por día.

Este tipo de operaciones tiene un croquis general, primero diseñar el gran guión gótico, luego desacreditar, luego acusar, luego crear la agrupación de jueces del Sistema, luego el focus group de la RAE, la Real Academia para Eliminar gobiernos populares, luego la concepción general de la ciudadanía como campo de pruebas de una generalización de una cobarde servidumbre. Siguió Venezuela, a la que atacaron incluso militarmente, lo que obligó a un tipo de defensa que expone altamente a los gobiernos populares a exhibirse con implementos represivos.

Ni eso deja de introducir una lamento dentro de todo lo que los movimientos populares latinoamericanos tienen que refinar en cuanto a reflexión y análisis de los convulsiones que producen los poderes mundiales, ni dejar de analizar sin risa de hechos vergonzosos, como los que caracterizan a un presidente (Macri en Rusia), que actúa como adolescente botarate que finge seriedad como una marioneta caída un tablado, pues confiesa en público que interesó a Putin para lanzarse contra Venezuela, recibiendo solo un gesto de silencio del presidente ruso. El Sistema trabaja con lo que tiene a mano, toma personas rápidamente, se les cuelan familiares por doquier y actuaciones magistrales de vodevil del propio Macri.

En la Argentina el Sistema optó por elecciones, porque aquí estaba dando resultado no solo el catálogo general de acciones desnucadoras del maderamen democrático-nacional-popular, sino también la lenta absorción del peronismo por el Sistema. Podía integrarse en partes a éste, y conservar alguna que otra palabrita contra el Sistema anterior, tal como un viejo jefe lo concebía. Todo operaba por lentos goteos primero, y según el vaivén de las conveniencias más sumisas después. Las falencias propias del movimiento popular aquí ayudaron mucho, y no nos debe faltar tiempo para comenzar a analizarlas.

De modo que en nuestro país la opción fue “el riesgo empresarial” schumpeteriano de las elecciones, que raspando ganaron. Allí mismo demostraron que estas no importaban, sino que eran uno de los tantos juegos de rol del Sistema, al que conciben etéreo, fuera de tiempo. Por eso empezaron a destruir no al gobierno anterior y su escueta memoria inmediata, sino todo el conjunto de la “vida nacional”, entendida como las sinuosidades de un complejo colectivo histórico. Fundaron una Catedral donde se retiraban varias horas por día a exorcizar demonios, mientras con voz trémula y jabonosa decían corrupción, corrupción… ¡qué grande sos!

Hicieron muchas otras operaciones, y todas ellas están en curso servidas por el más formidable aparejo de comunicación simbólica, semántica y existencial que nunca se hubiera derramado sobre los poros cotidianos de la sociedad. El reciente caso de Ecuador es más llamativo. Allí el Sistema eligió una vía lateral, un camino de tierra que conocían solo los del cenáculo de carbonarios de la deslealtad. Tenían a favor el nombre del traidor borgeano: se llamaba Lenin, Lenin Voltaire Moreno. No podía ser sino un hombre cansado de cargar con tantas medallas e insignias de una historia ilustre. Rusia, Francia, Argentina, qué más.

Él era un cuerpo vacío, que hablaba por lo que sus nombres hacían creer de él. Allí bastó con unos meses de acción del Sistema con las calderas a full –prensa hegemónica, televisión monocorde, “nuevos filósofos”, politólogos à la carte, la Real Academia impartiendo el “se robaron todo” como iniciación en la lengua hablada, ese mi mamá-me-ama del colegio elemental de los golpistas. Correa, en el reportaje de Cinhya García a pocas horas de conocerse el resultado, dijo “le inocularon al pueblo…”. No, no parece ser esa la palabra adecuada. Hay algo más que una inyección de anilinas sobre conciencias que hace poco tiempo antes no había visto ni fabricados sus demonios de conciencia, llevadas a hojear disciplinadamente el diccionario universal sobre Corruptos, desde Julio César al cochero que lleva a Leandro N. Alem a una cena y no escuchó el tiro del suicida.

Por eso hay algo que nuestro compromiso debe volver a pensar, dando vuelta las páginas que nosotros mismos escribimos en muchos momentos y en numerosos lugares. Las unidades sociales a ser reconstruidas tocan simultáneamente a nuestro país, a Brasil, Ecuador y al resto de los países sudamericanos. No vale saber solo que todo es urgente –que por cierto, lo visto y vivido urge-, sino también saber que el Sistema tenía desde hace mucho preparado los conductos para irrigarse con las numerosas cancelaciones que el movimiento popular había hecho de sí mismo. Lo que hace también necesario indagar hasta qué punto resultaban efectivas las musas del Sistema para tragarse lentamente a petistas, correistas, peronistas, en cada caso, con más o menos sofisticados señuelos.

* Sociólogo, docente, investigador, ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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