El sol sale del Fondo hacia el Este

Argentina también mira a China y Rusia

Por Carlos A Villalba *

Muestra al hombre
cómo no continuar con el conflicto hasta su amargo final.
Mediante una sabia detención a mitad de camino,
logra el hombre su tranquilidad y que todo resulte bien.

Buscando la adecuada ayuda, todo se realiza.
Detenerse con cautela a mitad de camino trae ventura,
no es propicio atravesar las grandes aguas.

I Ching, hexagrama 6: Sung (El Conflicto)

Las leyendas cuentan muchas cosas. Las que se tejen alrededor del I Ching (o Yi King o I
Ging o Yi Jing (o «I King», como prefería Borges, Jorge Luis…), incluyen en la larga lista de sus seguidores al sabio pensado chino Confucio, al psicólogo analítico Carl Jung, al «beatle» John Lennon o al escritor Herman Hesse. Cada quien tiraba los tres palitos, o las tres monedas y, supuestamente, en base a las asociaciones que surgían de los hexagramas, se movían en determinada dirección.

Sin embargo, hay un «prócer», chino al fin, del uso de «El libro de las Mutaciones»: Mao Zedong. Tras 22 años de lucha, de escalar algunas de las cadenas montañosas más altas de la Tierra, vadear ríos sin botes, cruzar puentes de cuerdas deshilachadas y bajo fuego enemigo y de atravesar pantanos sin límites, en abril de 1949, el Gran Timonel razona con el I Ching la decisión crucial de cruzar o no el río Yangtsé y reanudar la ofensiva contra el régimen antipopular de Chiang Kai-shek. Al fin, decide que su Ejército Rojo avance y, sólo cinco meses después, proclama la constitución de la República Popular de China en Pekín, arranca al país del medioevo rural y planta los cimientos de la superpotencia en que hoy se convirtió su país.

No es fácil imaginar al presidente argentino, Alberto Fernández, a su ministro de Economía, Martín Guzmán o, menos aún, a su invisible secretario de Asuntos Estratégicos, Gustavo Beliz, apelando a los hexagramas para decidir hasta dónde estirar la negociación con el FMI -y sus aliados locales- que pretendía que el déficit fiscal bajase durante el año en curso al 1,9 por ciento del PBI, mucho más exigente que el 2,9 que finalmente logró la Argentina y, peor aún, al 1,4 % para el electoral año 2023, que será del 2,5%. Esos números, en general incomprensibles para quienes van a beneficiarse o perjudicarse con la ecuación, surgidos de la diferencia entre los ingresos y los ingresos del Estado, en realidad significan las posibilidades de inversión que tendrá el gobierno en las distintas áreas de su responsabilidad y en el aparato productivo, las posibilidades de redistribución hacia el gigantesco sector empobrecido de la sociedad y, detalle esencial, en las herramientas con las que seguirá enfrentando la pandemia que azota al planeta.

Detrás de toda la numerología tecnocrática hay un solo, y sencillo, objetivo monetarista: cuando menor sea la diferencia entre lo que invierte un gobierno y lo que recauda mayores serán los recursos que se volcarán al pago de intereses y capital de la deuda, en este caso, que contrajo otro. Más sencillo: cuanto más hambre y más frío y más enfermedad y más inseguridad y más… y más… más dólares se girarán hacia las arcas extranjeras.

Aunque el Departamento de Estado y el Comando Sur tratan de moverse como si Washington fuese la capital del único polo de poder mundial, la realidad es totalmente diferente. No se produjo el Fin de la Historia, Estados Unidos navega en una crisis institucional como nunca antes, la economía China ya supera al conjunto de la Unión Europea y las principales áreas económicas del planeta se mueven dentro de una realidad «multipolar», con surgimiento de instituciones multilaterales mucho más dinámicas, flexibles, o «policéntricas», que abren posibilidades de diálogos, acuerdos y negocios entre países y regiones enteras, imposibles incluso en el mundo bipolar que siguió a los acuerdos posteriores al reparto geopolítico del mundo entre Estados Unidos y la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en 1945.

A pesar de ese contexto, el FMI negoció el acuerdo exigiendo el respeto argentino por el Principio de Continuidad del Estado, es decir, los 45.000 millones de dólares que el organismo controlado por Estados Unidos regaló al amigo de su presidente Donald Trump, Mauricio Macri, constituyen una deuda del Estado Nacional. Al margen de que hayan servido para que las corporaciones que lo acompañaron a saquear el país tuviesen respaldo para la fuga de esos dólares que se alojaron en las guaridas fiscales sin rozar jamás el territorio ni los intereses nacionales y, de paso, financiarle la campaña partidaria que, igual, terminó con su demolición electoral en agosto y octubre de 2019.

Tampoco le otorgó el derecho recíproco, de encarar la negociación contemplando las violaciones de sus propios estatutos internos, a pesar de que en su informe poético del 22 de diciembre pasado se pregunta si siguieron correctamente sus propios procedimientos y se contesta, aceptando que el plan de las corporaciones macristas fue «frágil desde el comienzo», acepta que, en adelante pero no ahora, debe revisar «las excepcionalidades a las que accedió para otorgar un volumen de crédito» como el concedido. Esos argumentos, sin embargo, no sirvieron para que aceptase negociar montos (de «quitar» ni hablemos); apenas alcanzaron para patear para adelante los pagos absurdos e inmediatos a los que el gobierno de la alianza PRO-UCR-Coalición Cívica se arrojó, con los brazos y la irresponsabilidad abiertos.

El Este también existe

A partir de 1945, Argentina inició un camino de relacionamiento internacional interesado en articular con distintas realidades políticas y económicas, en base a la unidad de la mayor cantidad de países de la región y con independencia del criterio de la potencia hemisférica que siempre concibió a Latinoamérica y el Caribe como su «patio trasero».

Durante década del 45 al 55 el general Juan Domingo Perón hizo gala de las «banderas» de la soberanía nacional y la independencia económica, rechazó los acuerdos que llevaron a la constitución del Fondo Monetario Internacional (hubieron de sucederse un golpe de Estado, un régimen dictatorial y una década, para empujar al país hacia esa celda económica y financiera), negoció a izquierda y derecha del tablero internacional y puso el acento en la generación de un espacio geopolítico autónomo que, a lo largo de las décadas, se denominó Tercera Posición, Tercer Mundo, Países No Alineados. En el marco de visiones compartidas con la Yugoeslavia del Mariscal Josip Broz Tito, la India de Jawaharlal Nerhu, o el Egipto del «último faraón», Gamal Abdel Náser, el tres veces Presidente de la Nación siguió con interés a Mao y su China, que daba los primeros pasos.

Esa impronta de «Patria Grande» y negociaciones radiales con diferentes zonas de poder económico y político marca el estilo de los gobiernos que intentan reinstalar la importancia del Estado por sobre el mercado en sociedades donde la desigualdad y el empobrecimiento son cada vez mayores. El actual embajador argentino ante Rusia, Eduardo Zuain, lo expresó con clara sencillez: «Tenemos una política exterior autónoma e independiente, que reconoce que hay un mundo multipolar y Argentina debe tener relaciones con todos los polos de poder que hoy están en el mundo».

El regreso del neoliberalismo de Mauricio Macri a las garras del FMI, para garantizar los negocios de los grupos económicos que controlan a la Argentina e intentar mantenerse en el gobierno otros cuatro años, no solo destruyó las posibilidades de crecer con producción sino que dinamitó el camino de un futuro que se mide en décadas. Sobre esa verdadera peste se instaló la frutilla venenosa de la pandemia más criminal de la era moderna en el mundo entero.

Otros mundos

Ni todo lo que reluce es occidental en el horizonte de las posibilidades del tercer milenio ni la negociación con el Fondo que maneja EEUU es la única estación en el camino del crecimiento con producción e inclusión social.

La globalización relaciona a todos con todos y en todas las direcciones, lo que debilita los hilos de cualquier titiritero y refuerza las posibilidades negociadoras de las diferentes periferias, las negociaciones complementarias y el aumento de agregar valor a los productos locales.

Desde los albores de este siglo Latinoamérica, sus bienes comunes, el mercado que constituye en conjunto y la posición geográfica que ocupa en el mapa, instalaron a la región como un actor de consideración para las potencias emergentes. La visión de quienes gobernaron sus principales países potenció esas condiciones.

En el reacomodamiento de esos vínculos, Rusia, por ejemplo, arrancó la centuria planteando su interés en mantener una «relación mutuamente beneficiosa» con la región. Avanzó una «cooperación multidimensional estratégica de largo plazo», tejió lazos «estratégicos» con Brasil y desarrolló su cooperación económica con Venezuela, Cuba, Argentina, Nicaragua y México. Reclinado en ese nuevo espacio llamó a «construir orden internacional más igualitario y democrático».

China, a su turno, presentó en 2008 su Libro Blanco sobre América Latina y el Caribe en el que planteó su visión sobre cómo potenciar las relaciones y los intercambios entre las dos regiones en campos que abarcan desde la política y la economía hasta la cultura, la educación, la paz y la justicia. Cinco años después, durante el «Foro de la Franja y Ruta», el presidente Xi Jinping anunció formalmente la «Iniciativa de la Franja y la Ruta» con la que, inicialmente, se enlazaba con Europa occidental, involucrando a 60 países, que disponen del 75% de las reservas energéticas conocidas y el 70% de la población mundial.

Esa nueva «Ruta de la Seda» constituye una iniciativa de desarrollo de infraestructura y conectividad que, de manera automática, genera relaciones comerciales y políticas, en el camino del país hacia su hegemonía en el escenario internacional. En menos de una década demandó una inversión de más de u$s 50.000 millones, destinados a la construcción de líneas ferroviarias, carreteras y puertos.

Inversión, ese es el punto en el que radica la diferencia entre las dos nuevas potencias, seguramente determinado por el volumen de cada una de sus economías. China compite mano a mano con el tamaño del PBI con Estados Unidos y esa posición depende de la forma en que se mida; constituye el principal exportador mundial, con alrededor del 13% del total; en su territorio están radicadas las sedes de 12 de las 100 empresas más valorizadas del mundo, con un plan de desarrollo al 2025 destinado a la creación de compañías líderes a nivel global en industrias de alto valor agregado como transporte aéreo, energía o tecnología.

Si hacía falta para mostrar al mundo su vocación de liderazgo global, Xi Jinping anunció en 2017 que «Todos los países, ya sea de Asia, Europa, África o las Américas, pueden ser socios internacionales de cooperación en la Iniciativa de la Franja y la Ruta». No estaba diciendo que pretendía reemplazar un actor por otro, en base a un modelo de relación asimétrica, a veces invasiva y hasta invasora, como ha sido la tradición de Washington, sus marines y sus organismos de crédito. Explicó que su país aspiraba a encabezar una nueva forma de relación político-económica basada en sus «Cinco Principios de Coexistencia Pacífica»: respeto mutuo a la soberanía e integridad territorial, acuerdo de no agresión y de no intervención en los asuntos internos, igualdad y beneficios compartidos y coexistencia pacífica . Macri fue uno de quienes escucharon en Pekín al presidente Xi considerar que Latinoamérica constituye una «extensión natural de la Ruta Marítima de la Seda del siglo XXI».

Viejo mundo

Una semana después del estar en Buenos Aires y Montevideo en abril de 2019, el entonces Jefe del Comando Sur, almirante Craig Faller, dijo ante la Cámara de Representantes que China constituía «la amenaza estratégica número uno del siglo XXI» para los intereses de Estados Unidos en América Latina y el Caribe», junto a las «organizaciones criminales transnacionales»

Pocos días después llegó a Buenos Aires. a machacar sobre «el peligro chino», el enviado especial de Joe Biden, Juan González, quien lo asoció con un proyecto que Argentina planifica, e incluyó en el presupuesto para el ejercicio 2022: la instalación de un Polo Logístico en Ushuaia, capital de la provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, destinada a interconectar sus 13 bases permanentes en la Antártida, abastecer a buques de diferentes países que van a la Antártida y respaldar a grupos científicos en proyectos de investigación.

Nada de lo que suceda en las cercanías polares y en uno de los pasos interoceánicos del planeta queda fuera de la óptica geopolítica. El esfuerzo nacional apunta también a mostrar una presencia fuerte en la región con vistas al futuro inmediato, mantener posiciones frente a las presiones inglesas y estadounidenses sobre el debate por el Tratado Antártico y a los avances ilegítimos que se intentan desde Malvinas y Punta Arenas (Chile).

El Polo Logístico en sí no constituye una base militar ofensiva y, por encima de las fuentes de financiación a las que acuda el país, el presidente Fernández aseguró al enviado de Washington que «no habrá bases extranjeras en Argentina», una frase que apunta a espantar el fantasma asiático pero que, también, le habla a los posibles intereses estadounidenses destinados a instalar una base «conjunta» en el lugar que le permitiría controlar el tráfico de megacontenedores por el Pasaje de Drake, una alternativa al Canal de Panamá.

Un mundo… posible

Los esfuerzos de Mauricio Macri por convertirse en un gendarme subregional de Washington, siguieron el libreto compartido por los tres gigantes estadounidenses que marcan la línea a seguir en la región: el Departamento de Estado, el Comando Sur del Ejército y la Comunidad de Inteligencia. A cambio, recibió los u$s 44.000 millones (de un total acordado de 57.000 millones); la solución a ese agujero es la que se negocia con el Fondo.

Los esfuerzos de Alberto Fernández por gobernar el desastre que dejó aquel plan de negocios y, en el camino, intentar salvar la mayor cantidad de vidas provocadas por el coronavirus (más de 368.573.500 casos y de 5.645.500 muertos en el mundo al cierre de esta nota) acompañaron las negociaciones que llevarían a este «desierto prometido» que el gobierno argentino esperó durante 24 meses, postergando incluso, muchas decisiones, sin encontrarle la épica a su pelea con Goliat, sin nutrirse de la fuerza de la participación popular y, como siempre, comunicando de la peor manera posible.

Liberado, al menos de parte, de la carga de un ajuste tradicional como los que exige el Fondo Monetario, con consecuencias que se ven en cada lugar que lo aplica y con devaluaciones dramáticas como las que impuso en Angola, Egipto, Ghana, Malawi o Pakistán, para solo nombrar a sus últimas cinco «víctimas», en la Casa Rosada pueden festejar haber logrado el respeto del principio de soberanía e independencia al impedir que se le metan en las jubilaciones, la política social o las leyes laborales. La frutilla, en la torta de ese esquema, fue haberle ganado la pulseada a los burócratas de Washington, intransigentes a pesar de ser corresponsables del desastre macrista, y lograr que el Estado pueda invertir más recursos de los que pretende el mercado, que son las corporaciones que lo rigen.

Del otro lado del mapa, también hay alternativas. No es necesario ser experto en I Ching ni tener que cruzar el Yangtsé para comprender que «buscando la adecuada ayuda, todo se realiza», que las puertas no solo se abren con las llaves de los bancos, que la planificación estratégica de los objetivos a alcanzar es una herramienta imprescindible para lograrlo y que las multitudes, movilizadas, deben rodear lo que se diseña en cada uno de los escritorios de la gestión. También ayuda aterrizar en aeropuertos como los de Moscú y Pekín.

Notas

[1] One Belt, One Road: el sueño chino y su impacto sobre Europa. (https://www.cidob.org/publicaciones/serie_de_publicacion/notes_internacionals/n1_148_one_belt_one_road_el_sueno_chino_y_su_impacto_sobre_europa/one_belt_one_road_el_sueno_chino_y_su_impacto_sobre_europa