El suicidio de Nisman

Por Horacio González

Nisman es el suicida que ignora de qué modo van desembocando sobre sí mismo un conjunto de fuerzas colectivas o genéricas, que tocan las cuestiones del Estado, de los servicios secretos de inteligencia, de la Política Internacional y hasta de la deuda externa. No es casualidad que su acusación irrisoria no se refiere a nada que pudiese ser calificado de cualquier otro modo que no fuera su propia decisión suicida.

Quedaríamos un tanto desahuciados si intentáramos clasificar el suicidio de Nisman según conocidas categorías, el suicidio anómico, heroico o egoísta. El acto póstumo del Fiscal, como todo suicidio, tiene algo de misterioso en sí. Todo suicidio lleva en su pliegue interno la pregunta de “por qué lo hizo, por qué no esperó un poquito más”. Sin embargo, un suicidio es un único momento irrepetible, donde se condensan y aprietan de una manera indisoluble un conjunto de sentimientos antagónicos que susurran ante un espejo su incapacidad de resolución. Dicen “No hay salida…. No hay salida”. Aquellas formas académicas de agrupar el suicidio, ignoran no solo la cualidad más íntima de la conciencia del suicida, sino los condicionantes externos que convergen, no menos sorprendentemente, hacia un punto débil o inconsistente donde un ser humano muestra su voluntad de concluir con todo. Eso ocurre en un único minuto, aunque antes se lo haya pensado, imaginado, ensayado imaginariamente o reclamado a un tercero un arma para hacerlo.

Nisman es el suicida que ignora de qué modo van desembocando sobre sí mismo un conjunto de fuerzas colectivas o genéricas, que tocan las cuestiones del Estado, de los Servicios secretos, de la Política Internacional y hasta de la deuda externa. No es casualidad que su acusación irrisoria, la de encubrimiento político de los atentados que investigaba como si fuera un contrabando hormiga de cartón corrugado, no se refiere a nada que pudiese ser calificado de cualquier otro modo que no fuera su propia decisión suicida. Es con ella que se realizó el verdadero encubrimiento, ya no de supuestos tratos indebidos con el estado de Irán, sino con la propia biografía del suicida, que ya no contaba con recursos para encubrir con otras fiorituras y tintineos su itinerario oscuro por los organismos jurídicos y de inteligencia, los flujos clandestinos de dinero de agencias sin nombre, sin carátula y sin declaración pública de finalidades. Como no sea trabajar con las personas como fusibles de operaciones cuyo sentido no es visible, público ni provoca reciprocidades contractuales que aparezcan en disposiciones legales o tratos de cualquier otro tipo. El suicidio de este personaje que vivía una vida irreal, pegada con alfileres, soliviantada por los itinerarios ficticios por los que debía transitar, según coordenadas trazadas por agentes especializados de los servicios, conmueve por su gratuidad y por la escandalosa forma en que una lúgubre y teledirigida razón de estado busca manipularlo. En el entendimiento de que toda razón de estado construye sus vástagos, sus agentes secretos, sus vicarios y sus suicidas. Y no nos referimos al estado argentino, sino a algo que hay que buscar en lugares cuyo nombre ya no hay dificultad en pronunciar.

Sería bueno preguntarse, ya que Nisman pertenecía a la vez a la clase judicial y a la clase política, que responsabilidades nuevas eso implica, lo que hace necesaria una pregunta general sobre la formación de jueces, fiscales, políticos, científicos, profesionales de cualquier área. Es evidente que un nuevo orden pedagógico crítico y trascendental, debe generarse en el país, no desde ningún ministerio, necesariamente, sino desde una auto reforma profunda de los propios estamentos que reproducen las diversas instancias de aplicación de la ley. Todo lo que se refiere al suicidio de Nisman, además de la necesaria renovación de las dirigencias tribunalicias, alcanza entonces dimensiones inesperadas respecto a la política internacional, las facciones judiciales y las así llamadas políticas de inteligencia. Hay que verlas a todas ellas bajo otra luz, que vincule en un nudo sutil e agudo el nuevo sustento que deben tener los dictámenes y conversaciones políticas. Dado que ni las primeras deben ser controladas por un agente exterior a ellas ni las segundas pueden obedecer supuestas moralinas o inhibiciones que no broten de ellas mismas, se trataría de una reforma social que surja de la sociedad misma. Esto se llama una reforma moral e intelectual que debe recorrer no solo estamentos profesionales sino hacerse motivo de discusión pública, en términos de detener la erosión de los vínculos entre instituciones representativas y conciencia popular activa. Y esta última, no deducida de las lógicas mediáticas que hasta el momento son el modo de impartir justicia rápida, informal y arbitraria, que condiciona permanentemente a los ámbitos de la justicia institucional que quedaron indemnes ante la ráfaga de oscurecimiento general que atravesó el país.

Con el suicidio de Nisman todo se agrava, pues la insistencia de un sector político, judicial, confesional y empresarial, tanto en sus caras visibles como en sus redes clandestinas, inmune no solo a la lógica de las pruebas recogidas sino a los suaves mandatos del sentido común, realiza actos, operaciones y propagandas poderosas, de alcance masivo e internacional, forzando argumentos en el sentido de avalar la existencia de un crimen difuso. Un crimen organizado por un “estado enemigo” y sostenido por la complicidad de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. ¿Cómo se ha llegado a todo esto? No alcanza definir estas acciones como provocadas por el imperio de la posverdad, pues este concepto, como el de grieta y otros de esta índole, han sido inventados por aquellos mismos que provocan tanto una forma artificial de conflicto como una sistemática línea de ataque ante los niveles más obvios y establecidos de la credibilidad pública. Si hay peritajes hechos del modo acostumbrado, con rutinas válidas emanadas de experiencias ya probadas, son declarados falsos para que aparezca el peritaje fraguado, que será declarado verdadero. Esta inversión especular, daña al conjunto de la vida social. Es el ambiente cultural y político en el que vivimos.

Es evidente que las razones del sentido común conviven con los peritajes más profesionales (o los más ficcionales) que se han realizado. Si se parte de la hipótesis del homicidio, enseguida se percibe el forzamiento de pruebas, la búsqueda de pisadas inexistentes, de huellas dactilares improbables, de afiebrados llamados telefónicos que tienen múltiples explicaciones prioritarias antes que el vínculo con el departamento de Nisman el domingo cruel en que, frente al espejo, solitario de una angustia incurable, la de no saber más quién era ni lo que había hecho, se disparó el balazo prestado y fatal. El pedido de un arma de fuego a custodios y a un colaborador -hoy famoso por su rostro huidizo, que Clarín pone en tapa para la evidencia icónica inmediatista de presentarlo como un enloquecido, mentiroso y quizás asesino-, pueden probar los signos erráticos que deja el suicida, o bien un siniestro plan de los servicios iraníes, paraguayos angoleños, lo mismo da. Pero no da lo mismo. No se puede disminuir la importancia de los servicios de inteligencia argentinos o de una fracción de ellos, donde militaban personajes avezados en las identidades dobles, en el chantaje a las personas de las que se tiene una documentación presuntamente comprometedora, o del aprendizaje del oficio sempiterno del agente provocador, que se introduce en distintos grupos sociales para ser al mismo tiempo su más esforzado militante y el inductor de una incerteza insanable en todo compromiso social. Gracias a los servicios de informaciones, la sociedad se torna incrédula de sí misma, sometida al bombardeo del doblez, de la conversación conspirativa y del plan delirante pero internamente coherente en su quimera amenazante.

De ahora en adelante se hará mucho más delgada la línea que separa política exterior a política interior. También se deberán multiplicar los esfuerzos para crear una noción de justicia, que devuelva legitimidad a la legalidad, vulnerada por un sistema de excepciones que afectó los cimientos del derecho entendido como un “estado”. El derecho es un estado pues se mantiene por sí mismo, en equilibrios inestables en cada uno de sus actos, que cargan su propia responsabilidad en una trama compartida, que no puede ser alcanzada por un acto deliberado que le sea exterior y que tenga necesidad de encubrir. Si así ocurriera ya no es un estado que se mantiene a sí mismo en un equilibrio frágil, sino que se hace invariable y fijo, y se rompe. El derecho es por su creativa endeblez que se mantiene. De lo contrario, es un instrumento de cobertura de decisiones que se dan su propia ley, al margen de la necesaria trama insegura pero preexistente, que es la que garantiza la certeza de la ley.

Nisman vivía como un agente secreto, era uno de los tantos vehículos por el cual la razón profesional conspirativa se adentraba en un viciado aparato judicial. La llamada comunidad de inteligencia, con gran generosidad hacia ellos mismos, contenía un conjunto de intereses particularistas que se imponían como tarea, obstaculizar lo mismo que se debía revelar. Reproducían lo encubierto con más encubrimiento, y Nisman hacía esa tarea porque era una figura frágil ante aparatos fuertes. Era lo contrario de cómo en general se piensa el derecho, su fuerza proviniendo de su juego de interrelaciones públicas permanentes, su elocuencia proviniendo de su provisoriedad. Nisman ya no poseía voluntad, no vivía en estado de derecho, sino que era una creación anómala de un poder que desconocía. Le habían dado fama, dinero, mujeres, pero era un hombre muerto. Era conducido a la muerte, lentamente, y como no tenía ya vínculos con ninguna ley, no percibía su fuerza aparente sino como una inconsistencia que se soterraba con cuentas en el exterior, vinculadas a fondos subrepticios del capitalismo depredador y a las argucias de unas facilidades existenciales que lo vaciaban por dentro. En cambio, una fuerza legal nunca está vacía por dentro, aunque sea una forma que parece etérea, al pasar por varios enunciados hasta encontrar el más ajustado a una verdad en estado de derecho, es decir, pedagógica y vital como forma de enseñanza colectiva. NIsman, si alguna vez había pasado por esto, ya lo había olvidado todo. Su vida consistía en memorizar claves de seguridad en sigilosos bancos del exterior y ojear álbumes de fotografías.

Nisman recibió su fiscalía pensando que las pruebas surgían no de documentación sino de ordalías. No hubo en él noción de estado de derecho sino derechos a la excepción favorable a toda clase de intereses particularizados. El factor universalista que aun trabajosa y tolerantemente existe a pesar de toda clase de incidencias volubles, fue internamente afectado. El mundo comunicacional terminó comunicándose a sí mismo, y anulando o velando todo aquello que estaba destinado a comunicar. Dejó de ser un medio para ser un fin en sí mismo, pero no cambió de nombre. Desde la mirada de Nisman todo debió ser así y arrojando una mirada hedónica al mundo artificioso así creado, pudo haber dicho “está bien, este mundo me conviene, parece bello”.

Entró entonces a un lenguaje nuevo, el que se le exigía a un fiscal en el frente de guerra de la política interna y repentinamente de la política internacional. No cabe duda que en estas guerras por el control de los símbolos del poder mundial -cuyos adjuntos son los territorios, las creencias y las fuentes materiales de subsistencia-, es Estados Unidos el espacio de decisiones que desarrolló el mayor grado de agresividad planetaria, como corresponde a imperios decadentes en su espíritu colectivo, pero no en sus tecnologías destructivas, que fueron aumentado en su empleo en los últimos decenios. Los bombardeos por adminículos no tripulados, los caudales de destrucción cada vez mayores sin el concurso de la intervención humana, no son un avance de la humanidad, sino el testimonio dramático de su retroceso. En los aparatos judiciales, aun corroídos como están, subsisten instancias revisoras, cámaras de casación, tribunales de alzada o como se llamen, procuradurías de distinto tipo. Pero en los medios de comunicación no hay instancias donde un problema de enjuiciamiento inmediato pueda llevar a otra, que lo atempere o modifique. Toda la colcha de retazos que son los medios, permite crear instancias de juicio definitivas, que compite con un orden judicial castigado por dentro por sus deficiencias sorprendentes, y por ser sede de toda clase de operaciones de inteligencia, lo que puede terminar de un solo modo. Adoptando como procedimiento único el juicio previo que ya han emitido los jueces de las corporaciones mediáticas, sea el locutor de turno, el relator de la temperatura ambiente, las columnas del periodista estrella o la vedette de los almuerzos. El propio Lagomarsino en uno de esos almuerzos fue sometido a una votación sobre si “culpable o inocente”. Salió culpable. El dron que busca objetivos magnicidas, como el que se utilizó en Irán, sintetiza la tecnología de la guerra a distancia -totalmente contraria a la antigua guerra de posiciones y aun a la de movimiento-, y se mimetiza con los hechos comunicacionales. No hay diferencia técnica entre la operación de imágenes a distancia en el denominado tiempo real, y el lanzamiento de misiles a objetivos móviles ya no entre tierra-aire, o aire-aire, sino entre imagen-imagen. Solo que esta última imagen es la de un hombre real saliendo de un aeropuerto.

¿Qué era Nisman ante estos dispositivos de creación de hechos donde la sangre se alía con la tecnología más sofisticada? Una nueva jurisprudencia que segrega obtusos signos de verdad emana de estos ataques militares sofisticados. En ellos se inspiran los que trazan coordenadas espaciales, temporales y ficcionales para probar el asesinato de Nisman. Se inspiran en la filosofía y la metodología del dron norteamericano, aunque piensen que fuera detonado en este caso por los atacados y no por los verdaderamente agresores. Describir adecuadamente estos problemas de formación del juicio de verdad puede hacer que la Argentina -a través de las lecciones que deja el caso Nisman-, consiga contribuir a una nueva paz a través de la creación de un ámbito nacional responsable, no timorato ni acomodaticio, para juzgar el estado del mundo, incluso desde su condición de país atenazado por deudas inconcebibles, contraídas bajo inverosímiles reglas de juego. Aceptemos que no se las aparte drásticamente, pues son también maquinarias de guerra, pero sí que se dirija a ellas con un vigor colectivo que debe ser recreado. Dentro del país actúan todas las traducciones posibles de los vectores de confiscación de la voluntad nacional, siendo esta deuda económica inverosímil el más grave de ellos. Pero no sería a la larga más cómodo entregarse a esos chantajes -y el nombre de Nisman, lamentablemente, alude a una de estas tremendas coacciones-, que salir con políticas efectivas de la comodidad que prometen los cobardes y los medrosos. Hay que saber que los cadáveres de las masacres no son negociables, y lo que se negocia, se lo hace con dignidad. Si se aceptara la campaña que comienza con peritajes fabulados y concluye con la obsesiva elaboración de hipótesis sobre llamados telefónicos reales pero de consistencia solo fanstamática, el país se pondría al alcance de todos los drones del chantajismo internacional.

¿Que hizo suicidar a Nisman sino la oscura conciencia de que su participación en este mundo de la plusvalía ya no financiera sino montada sobre cuerpos exánimes, le había tocado con unos pocos mendrugos de brillo profesional para que los convirtiera en bienes transables en sus cajas de seguridad? Le habían dado el poder, pero no era un juego fácil. Cuando lo llamaban Bullrich y Alonso para arreglar su presencia en el Congreso, no era una simple salida con las chicas seleccionadas por la escuela de modelos. Damos ese nombre por no saber cómo llamar a esas reconocibles incidencias. Hacer política se transformó entonces en la expansión de una chicana, un argumento truncado y reventado por dentro. Nisman quizás lo sabía, pero su biografía no tenía gravitación para proceder a esos reconocimientos, no existía en él, el espesor que le permitiese mantener una acusación que se metía de lleno en la política internacional. Quizás nadie quiso que se suicide, pero de algún modo resultó un suicidio inducido por los mismos que ahora lo toman como bandera del alineamiento de la Argentina con el poder belicista más ostentoso y provocador del mundo. Son bufones imaginativos pero irresponsables, ponen tintura roja en las fuentes de las plazas. Otros apenas remojaron sus patas, sin llamar a la sangre.

¿Qué es Irán? Una cultura milenaria, una teocracia política sostenida en una compleja cultura que a cualquier argentino le costaría definir, si no está especializado en un delicado entrelazamiento de matices lingüísticos, religiosos y legendarios, que arrastran significaciones simbólicas a lo largo de varios milenios, con componentes musulmanes chiítas, superpuestos a capas de creencias anteriores que dan singular espesor a la vida iraní o persa. Su condición teocrática y los entornos de control social que conviven con maravillosas expresiones artísticas, nos invitan a sumergirnos sin prejuicios en los pliegues culturales a los que llegaríamos solo con un esfuerzo superior que excluya toda pereza intelectual. Debemos intentarlo, sin que estemos necesariamente de acuerdo -y aunque quisiéramos no podríamos-, con opciones existenciales que se sostienen en columnas arcaicas, donde el arte del tejido de alfombras convive con su expansión como potencia petrolífera. La decisión del entendimiento para esclarecer los atentados contra la embajada de Israel y la Amia, era correcta, aunque el poco interés que mostró Irán y los acontecimientos geopolíticos posteriores, debiliten hoy el reconocimiento de que esa medida diplomática intentaba averiguar por medio del juez competente, si algún responsable de esos crueles atentados estaba vinculado al gobierno o a la sociedad política iraní. Tarea difícil, hoy se lo reconoce así, pero revelaba una intención de independencia conceptual del país, que hoy está más en riesgo de perderse que en esos momentos también turbulentos.

Nisman no podría hacerlo, el pega-pega de recortes que se conocieron inmediatamente como fruto de su investigación así lo revelaba. En esos infaustos papeles recortados de los órganos de información que están insertos en la geopolítica mundial, siempre con un sentido determinado, reiteraban los lugares comunes de las cancillerías de las potencias belicistas, estrechando para siempre la capacidad del país de explorar opciones sensatas, profundas y propias. Hoy vuelven sobre Irán los anuncios y razones retiradas de los gabinetes secretos más impunes del dominio mundial, que imponen bajo la acusación de terroristas -a la que les es difícil detener como el arquero más diestro detendría el penal del delantero chantajista-, por lo que nuevamente “Nisman” se convierte en un vocablo que no solo lleva a un fiasco judicial vergonzoso, sino a la pacotilla de un supuesto héroe que le bastaba para serlo la revisión semanal de sus cuentas bancarias en el exterior. En los juegos de guerra manejados por un hombre que se adecua bien al epígrafe de Shakespeare que Faulkner colocó en su novela El sonido y la furia – Es un cuento relatado por un idiota lleno de ruido y furia, sin significado alguno-, Irán ha sido recientemente objeto de un grave atentado, que desafía a su integridad política. Es el anuncio alocado de una guerra en cuyo trasfondo se dibujan las neblinas de un mundo histórico mundial perturbado. Nada de lo que decimos exime a Irán de las responsabilidades que en cualquier tiempo pasado haya podido tener en términos de la violencia específica, pero el magnicidio ordenado por Trump pone en el vértice -como si fuera la ojiva de los misiles que lanzan sus drones, palabra que debimos aprender-, una nueva conflagración-chantaje, que hasta le dio como resultado el trágico error que cometieron las fuerzas militares de Irán al derribar un avión comercial ucraniano. Si un accidente de estas características es imperdonable, las escalas de responsabilidad también alcanzan a la cabeza de ojiva de donde salió la idea de ese sonido y esa furia.

Las consecuencias obligan a rever la doctrina de las responsabilidades penales internacionales. El avión ucraniano que resultó derribado es también un crimen de guerra, en medio de estos episodios bélicos puntuales y no generalizados, pero que pertenecen a una latente trama belicista que define las lógicas políticas en todo el mundo. El responsable intelectual debe tener un lugar en la escala donde en primer término se hallan los responsables materiales. Pero un juicio meditado sobre el estado del mundo no debe obviar que todo estalla al compás de los nuevos estilos tecnológicos de ataque militar, que condensan finanzas y voluntad destructiva, control de poblaciones y aprestos de asfixia económica, fondos buitres y servicios de inteligencia donde no desaparecen los antiguos agentes, Stuisso, Nisman, pero son repuestos incesantemente por otras figuras, meros recortes humanos doblados como una hoja transparente por la tormenta, en medio de bases de datos con millones de instancias que se cruzan infinitamente entre sí, donde apenas somos data entrys, autores de actos civiles y cotidianos que consisten en pulsar infinitas teclas para pedir un helado o hacer un trámite, todos sucedáneos de construcción de datos que reemplazan a las antiguas formas de la ciudanía.

Escuchamos las palabras medidas de Alberto Fernández. Ha perfeccionado un método de conversación con el que gobierna con estilo amable en el interior del mismo ojo de la tormenta. Sabe bien qué son los medios de comunicación vistos como un conglomerado particularista que finge actuar con una lógica del imperativo universal. Lo mismo hace la justicia, presupone que se siguen sus pasos deliberativos y argumentales, aunque conoce bien las dificultades de reformular su funcionamiento efectivamente democrático. Como característica del mundo que habitamos, se extiende en ella no ya la razón instrumental -lo que de por si nada bueno sería-, sino que la gobierna la misma idea de disolución de sus finalidades, su finalismo, inmanencia y trascendencia son ahora meros actos de adecuación a los poderes de los que inconscientemente se siente en dependencia, cuando no en sumisión. Fernández lo sabe, y su temperamento no conflictivo esperará por cierto el momento adecuado de manifestarse enfáticamente sobre estas formas tortuosas de falsificar una verdad política y social. Pero también el Presidente debe preguntarse por los alcances de este estilo, que no puede presentarse apenas como la tersura que se convierte en razonable mediadora de las tensiones que se evidencian a diario. Puede confiar en que sabrá contener esas contradicciones, alimentando el espesor de las políticas que las resuelva. Pero situaciones como las que se viven en torno al suicidio de Nisman, para mencionar solo este episodio de los días que corren, revelan que sin abandonar la amabilidad y la sensibilidad para ver los distintos ángulos de un problema, el país precisará aventurarse en la selva mundial con posiciones singulares, extraídas de su propia experiencia histórica, que hay que reconstruir. Y esta reconstrucción es y deberá ser simultánea a la capacidad de intervenir con palabras de sonido profundo, y sin furia, en la serie de injustas compulsiones a las que estamos sometidos.

Buenos Aires, 20 de enero de 2020

*Sociólogo, escritor y ensayista. Ex Director de la Biblioteca Nacional.

La Tecl@ Eñe Revista Digital de Cultura y Política

Inicio

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *