El Tango, sus vicios e intoxicaciones: caballos, ruleta, quiniela, escolazo y pase inglés

Un repaso a las obras que solían reflejar, no sin ironía, las actividades, algunas ilícitas, que con frecuencia dejaban secos a sus protagonistas.

Por Bruno Passarelli

Hubo un «Buenos Aires Tiempo Gardel». Sus principales protagonistas, además de las mujeres, fueron los tungos, la quiniela, la ruleta, el pase inglés y el escolazo. Cinco pasiones reflejadas en los tangos que interpretaba y grababa el Zorzal y que fueron incorporados, enriquecidos por nuevas obras, a los repertorios de orquestas y cantores que vinieron más tarde.

No hace falta decir que aquellos empecinados jugadores ganaban y perdían -muchísimo más lo segundo que lo primero- con la grandeza y la resignación de estoicos que sabían perfectamente los riesgos que, por culpa de esos berretines, corrían. Tanto, que, muchas veces terminaban colocados al borde de la ruina. Pero, ¿qué era ese peligro frente a las emociones celestiales que jugar y apostar les provocaban? Dijo alguna vez Alberto Morán, retirado y sin pasarla bien: «Tengo un recuerdo imborrable, aunque a veces me digo a mí mismo que con toda la guita que perdí en Palermo habrían podido por lo menos rehacer a nuevo las columnas de la tribuna central».

PA’ LO QUE TE VA A DURAR

Ningún tango reflejó mejor que «Pa’lo que te va a Durar» aquella apoteosis pasajera que provocaba una consistente apuesta a un caballo ganador o una seguidilla de números acertados en la ruleta de Mar del Plata. La letra era de Celedonio Flores y la música de Guillermo Barbieri, uno de los guitarristas de Gardel, quien fue el primero en cantarlo. Años más tarde, fue un exitazo de la orquesta de Aníbal Troilo cantando Roberto Goyeneche. El personaje central era uno que había consumido su vida «entre apuestas y partidas» una fase que, aseguraba la letra, precedía infaliblemente el derrumbe, la decadencia, la ruina. Pocos se salvaban.

Uno fue Pichuco, gracias a la aureola triunfal que lo envolvía. Más de una vez, tras quedarse seco en Mar del Plata, entre la rula, la timba, la quiniela, el pase inglés y otros juegos clandestinos, debió volverse a Buenos Aires en tren, con el fiel Paquito -que le llevaba el bandoneón- como único ladero. Había llegado a Mardel manejando su automóvil. Lo había perdido y acumulado deudas -que siempre pagaba- por el valor de cinco o seis coches más.

Aníbal Troilo en «Pa’lo que te va a durar» grabado en 1957 con la participación vocal de Roberto Goyeneche

Pero vayamos con orden. La timba era, para los hombres «del ambiente», una tentación invencible. Algunos, como Astor Piazzolla, fueron cautivados por ella ya desde jovencitos. Apenas cumplió los 18 años, o sea siete menos que Pichuco, lo visitó en su casa de la calle Soler, en el Abasto. A Astor lo había acompañado su papá, quien quería pedirle a Troilo que «lo cuidase de los peligros de la noche», ya que estaba decidido su ingreso a la orquesta.

Obtenida la promesa se marchó en la motocicleta que un pariente le había prestado. Tras la cena preparada por su mamá, Pichuco se apartó a charlar con Astor, quien lo dejó mudo: «¿Qué le parece, Aníbal, si nos vamos a un tugurio de Avellaneda que se llama «El Doble Tres»? Ahí se juega al pase inglés, yo me defiendo con los dados, quién le dice, en una de ésas hacemos una buena diferencia». Troilo lo miró asombrado y sólo atinó a musitar: «Gato, vos sos el diablo en persona».

Volvieron a las 5 de la mañana siguiente. Secos.

CHE TIMBERO

El drama del timbero «siempre en la rúa» está reflejado cabalmente en un tango que interpretaba Juan D’Arienzo cantando Armando Laborde. Se llama «Che Timbero», la letra es de Héctor Bello Schmidt y la música de César Zagoli. El personaje tiene encima las siete plagas del Averno: es un perdedor nato en la ruleta, en la timba y en los tungos y le oculta cuidadosamente su «status» de eterno fundido a su prometida, llegando incluso a gastarse todo el dinero que ella con su trabajo, pacientemente, había ahorrado para su soñado y nunca concretado casorio. La letra le dibuja al timbero, sin medias tintas, su inexorable futuro: «La gayola, por deuda y cuento del tío». O algo peor: «Muerto de frío, mangando en la Catedral».

«Che Timbero» por la orquesta de Juan D’Arienzo. Lo llevó al disco en 1965 con la voz de su cantor Armando Laborde

POR CULPA DEL ESCOLAZO

Pero había también el que, acosado por la malaria y a un paso del precipicio, había sabido retirarse a tiempo, no sin antes sufrir indecibles penas, como la de no poder más escabiar como él sabía y tener que dejar el whisky para conformarse con una mísera frecuentación al quebracho.

Es el caso del jugador empedernido que canta Edmundo Rivero en «Por Culpa del Escolazo», con letra de Mario Cecere y música de Roberto Grela. Su calvario, entre cruel y risueño, expone toda la miseria de su decrepitud.

Pero el decaído personaje supo detenerse a un paso del abismo, gracias a la más envilecedora opción: «Se hizo amigo del laburo» y se consiguió una compañera estable que «le apuntaba sus beneficios».

Claro, su antigua pasión por los tungos no lo abandonó del todo y, «cuando hacía tornillo de invierno», se consolaba tomando el sol en Palermo y, de paso, «despuntando el vicio».

Va una décima de esta letra GENIAL que muestra al protagonista en la cumbre de su crisis rantifusa:

Ya no aporté más al feca
ni a la barra de la esquina,
le rajaba hasta a las minas
por si había que garpar.
No faltó pa’completar
aquella cancha barrosa
cuando una mina rasposa
que mi bulín compartía
se las tomara un buen día
al ver fulera la cosa…

¡¡¡Grande, Leonel!!!

Edmundo Rivero y «Por Culpa del Escolazo». Es de 1964.

PALPITANDO EL ESCOLAZO

Del escolazo, o sea ese juego de azar por dinero, o esas «rumbiadas papas», como decía Gardel y que nunca se daban, hablan otros muchos temas tangueros, que oscilan entre la risotada y el gemido lastimero. Hemos elegido, porque cuenta una historia diferente a la cantada por Rivero, «Palpitando el Escolazo», que tiene letra de Elías Vanier y fue llevado al disco, con notable suceso, por Jorge Vidal.

El drama lo presenta Julián Centeya en un recitado previo con el que exhorta a un amigo a «ponerle todo el resto», en una fija imperdible, a un potrillo hijo de «Mosqueta» que se llamaba «Fantasmal» y que en Palermo montaba Héctor Ciafardini, alias «El Pulga», siempre enfundado en su chaquetilla color granata. Como sabe que su amigo trabaja de cajero pagador en un banco importante Centeya lo incita a hacer cualquier cosa con tal de acumular los patacones: «Empeñá, robá, rompé, (la fija) la asegura el cuidador».

Sin espacio para la duda, el pobre hombre desvalija la caja pero, como «Fantasmal» no llegó ni a placé, termina en gayola «meta tumba y sin un faso, palpitando el escolazo de abogao, fiscal y juez». Semejante cimbrón no basta para cancelar su amistad con su «consejero», causa de sus desgracias, a quien le pide que le controle a su «piba» pues hasta la cárcel ha llegado el chimento de que, aprovechando su cafúa, estaría «arrastrando su hidalguía con algún otro chabón».

«Palpitando el Escolazo» que fue gran éxito en la versión de Jorge Vidal con un recitado previo de Julián Centeya, y «Milonga Burrera» con letra de Ernesto Cardenal

UNO Y UNO

Esta milonga de Juan Traverso (letra) y Julio Fava Pollero (música) es una irrepetible parábola de la vida, que a través de las carreras pasa de la opulencia ganadora a la más triste y despreciable pobreza. Pero tiene una novedad: el protagonista no se deja vencer y, para mantener su «status» y las apariencias, sigue frecuentando -de colado- los hipódromos y sus Paddocks, o sea los espacios reservados únicamente a los que apostaban fuerte. Sucede que después, cuando no lo veía ninguno, se acercaba casi en puntas de pie a las ventanillas y apostaba «Uno y Uno» a algún caballo. O sea un boleto a ganador y otro a placé, que era propio de avaros o de jugadores muy venidos a menos.

Su derrumbe está graficado en la última cuarteta de la letra:

Se acabaron esos saques
de cincuenta ganadores
ya no hay timbos de colores
ni almuerzos en el Julién…

No fue grabado por Gardel, por un problema con la casa discográfica. Sucesivamente, el mejor de todos los registros es el de la orquesta de Enrique Mario Francini y Armando Pontier, con el aporte vocal de un exquisito Raúl Berón, sin ninguna duda uno de los mejores cantores herederos del estilo «gardeliano».

«Uno y Uno», por Franchini y Pontier cantando Raúl Berón

EN PAMPA Y LA VÍA

Cierro este artículo con un aporte de Pepe Estévez, querido amigo y asiduo frecuentador de este Blog. Se trata de una explicación, hoy prácticamente desaparecida de la jerga popular, de por qué, cuando alguien andaba en la mala, sobre todo debido a las fallidas apuestas en los hipódromos, se decía que estaba en «En Pampa y la Vía». Ya la contamos en otra ocasión, pero vale la pena reflotarla.

Cerca de dónde actualmente está la estación Belgrano C, sobre los terrenos de 67 hectáreas que ocupa hoy el Estadio Monumental, estaba el hipódromo Belgrano. La línea de tren, hoy Mitre y antes Central Argentino, llegaba hasta la calle Pampa, o sea a unas 15 o 20 cuadras antes, una respetable distancia que exigía a los burreros una no despreciable pateada. Esto no pasó desapercibido y aparecieron carruajes descubiertos, lejanamente definibles como automóviles cuyos choferes, para abrirse paso, hacían sonar una corneta a pera. Contra el pago de un boleto de 10 centavos, depositaban a los burreros en la puerta del hipódromo. El retorno, por igual cifra, llevaba de nuevo hasta el cruce de la calle Pampa con las vías del ferrocarril, que era un lugar inhóspito y poco transitado.

El problema se planteaba allí, con la vuelta, ya que la mayoría de los apostadores salía del hipódromo seco y sin plata siquiera para pagarse el boleto de regreso. Fue de esta situación que se generalizó, como una frase significativa para definir a quien se había quedado sin plata en los bolsillos, como uno que estaba «en Pampa y la vía».
Hermosa anécdota. Como todas las señalaciones que Pepe Estévez hace a este Blog.

Fuente: Fútbol, fierros y tango