El tatuador

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Jun’ichirō Tanizaki

[Jun’ichirō Tanizaki (1886-1965), novelista candidato al premio Nobel y autor de cuentos, fue una de las figuras más significativas de la literatura japonesa del siglo XX. También fue muy polémico. Debido al erotismo tenebroso y lírico de su prosa y a su gran interés por ciertas perversiones (en particular el sadomasoquismo y el fetichismo de los pies) su obra fue calificada de «perniciosa para la moral pública» en Japón y estuvo prohibida durante la Segunda Guerra Mundial. A pesar de la censura de los lectores conservadores (y sin duda de algunos lectores radicales que consideraban decadentes sus relatos), la obra de Tanizaki ha despertado un interés considerable entre los críticos literarios, sobre todo entre los más especializados en cuestiones de género, sexualidad y violencia. Tanizaki se inspiró en gran medida en las tradiciones literarias y culturales japonesas, pero también se dejó influir por algunos escritores occidentales, principalmente Edgar Allan Poe, Charles Baudelaire y Oscar Wilde.

El tatuador (Shisei), el primer cuento de Tanizaki, que se publicó en noviembre de 1910 en el tercer número de la revista Shinshichō, está ambientado en la última etapa del período Edo, a mediados del siglo XIX. Se centra en el personaje de un joven tatuador, Seikichi, que disfruta con el dolor que su arte inflige a sus clientes. Seikichi se prenda de los pies de una mujer que asoman por un palanquín y, a partir de ahí, se desarrolla una trama de obsesión y crueldad. Es evidente que el autor quería producir un efecto inquietante, por la mezcla de un ampuloso estilo literario con el complicado relato de una fantasía masculina.]

El tatuador

Eran tiempos en los que el hombre gozaba de la noble virtud de la frivolidad, cuando la vida no era la ardua lucha que es ahora. Eran tiempos pausados, una época en la que cabía la profesión de un monje chistoso y dicharachero, estimado por conseguir que nunca se ensombreciera el rostro de los jefes feudales ni de los jóvenes emprendedores y por que nunca se agotara la risa de las cortesanas y las geishas. En las novelas románticas ilustradas de aquellos días y en el teatro kabuki, donde rudos héroes masculinos como Sadakuro y Jiraiya se transformaban en mujeres, la belleza y la fuerza formaban una misma cosa. La gente hacía todo lo posible por embellecerse, algunos incluso se inyectaban pigmentos en su precioso cuerpo. Dibujos de líneas y colores brillantes danzaban por los cuerpos masculinos.

Los visitantes de los barrios de placer de Edo preferían alquilar carruajes portados por quienes lucían esplendidos tatuajes; las cortesanas de los barrios de Yoshiwara y Tatsumi caían rendidas ante ellos. Entre los que iban tan adornados, no solo se encontraban jugadores, bomberos u oficios similares, también había comerciantes e incluso samuráis. Asimismo se ofrecían con frecuencia exhibiciones donde los participantes se desnudaban para mostrar su cuerpo, se manoseaban orgullosamente ellos mismos mientras alardeaban de sus originales diseños al mismo tiempo que criticaban los defectos de los otros.

Había un joven tatuador excepcional y habilidoso llamado Seikichi. Era apreciado en todas partes como un gran maestro, al nivel de Charibun de Akasuka o Yatsuhei de Matsumachô, y docenas de hombres ofrecían su piel como seda para su pincel. La mayoría de los trabajos admirados en las exhibiciones eran suyos. Otros sobresalían, como Darumakin, por sus sombreados; otros, como Kokonjiro, por sus elegantes líneas, y otros, como el maestro Karakusa Gonta, por su excelente uso del cinabrio; pero Seikichi era famoso por la incomparable fuerza y sensualidad de su arte.

En otros tiempos, Seikichi se había ganado la vida como pintor de grabados ukiyo-e en la escuela de Toyokuni y Kunisada, un bagaje y una reputación que, a pesar de su descenso a la categoría de tatuador, seguían dando fe de su gran conocimiento artístico y su sensibilidad. No había nadie que, si su piel o apariencia física no eran de su agrado, pudiera comprar sus servicios. Los clientes que aceptaba debían dejar en sus manos el diseño, el coste del trabajo y debían someterse durante uno e incluso dos meses al agudísimo dolor de sus agujas.

En lo más profundo de su corazón, el tatuador ocultaba un placer y un deseo secretos. Su placer nacía de la agonía que sentían los hombres cuando les clavaba sus agujas, incluso cuando la tortura llegaba a hincharles la piel y la sangre roja empezaba a fluir; cuanto más fuertes eran los quejidos, más grande era el placer de Seikichi. El sombreado y el arte de aplicar el bermellón, que al parecer era lo más doloroso, suponían el mayor gozo para él.

Cuando un hombre era pinchado, quinientas o seiscientas veces como media en el tratamiento de un día, y más tarde se le introducía en un baño caliente para realzar los colores, acababa gimiendo derrumbado y medio muerto ante los pies de Seikichi. Sin embargo, Seikichi lo miraba fríamente:

—¿De veras duele tanto? —decía con aire de satisfacción.

Incluso cuando un hombre débil aullaba de tormento o apretaba los dientes y retorcía la boca como si estuviera muriendo, Seikichi le decía:

—¡No te portes como un chiquillo! ¡Domínate, apenas acabas de empezar a sentir mis agujas! —Y continuaba tatuando, inmutable como siempre, mirando de reojo de vez en cuando la cara llena de lágrimas del hombre.

Y, cuando aparecía un hombre de inmensa fortaleza, que apretaba la mandíbula y soportaba estoicamente la prueba, sin apenas permitirse fruncir el ceño, Seikichi sonreía, mostrando su blanca dentadura, y decía:

—¡Ah, tú eres de los tozudos! Creía que eras oriundo de Kioto, donde se dice que sois tan valientes. Pues espera. Pronto tu cuerpo se estremecerá de dolor. Dudo si serás capaz de soportarlo…

Durante mucho tiempo Seikichi había albergado el deseo de crear una obra maestra en la piel de una bella mujer. La mujer debía reunir ciertos requisitos, tanto en su carácter como en su apariencia. Una cara bonita y una figura primorosa no bastaban para satisfacerle. Aunque había inspeccionado a las más célebres bellezas de los barrios alegres de Edo, no había encontrado a ninguna con tan exigentes cualidades. Pasaron varios años en vano, y todavía el rostro y el cuerpo de la mujer perfecta seguían obsesionándole. Aun así, se negaba a abandonar la esperanza.

Una noche de verano, al cuarto año de su búsqueda, mientras iba de camino al restaurante Hirasei, en el distrito Fukagawa de Edo, no lejos de su casa, llamó la atención de Seikichi el pie desnudo de una mujer, de una blancura como la leche, que asomaba por debajo de la cortina de un palanquín que estaba a punto de partir. Para su ojo atento, el pie de una persona era tan expresivo como su rostro. Este era la perfección absoluta. Los dedos exquisitamente esculpidos, las uñas como las iridiscentes conchas dispersas en la orilla de Enoshima, un talón redondeado como una perla y una piel tan lustrosa como bañada por las límpidas aguas de un arroyo primaveral de la montaña. Era un pie para ser nutrido por la sangre de los hombres, un pie para pisotear sus cuerpos. Ciertamente, era el pie de la única mujer que tanto parecía haberle esquivado. Impaciente por ver su rostro, Seikichi se puso a seguir el palanquín. Pero, al cabo de varias calles y callejones, acabó perdiéndolo de vista.

El perseverante deseo acabó convirtiéndose en pasión. Un día de la siguiente primavera, ya avanzada la mañana, estaba en la terraza de suelo de bambú de su casa de Fukagawa, observando una maceta con lirios, cuando oyó a alguien detrás de la puerta del jardín. Rodeando la esquina de la valla interior, apareció una joven. Venía con un recado de parte de una amiga de él, una geisha del cercano barrio de Tatsumi.

—Mi señora me ha pedido que le dé esta capa, y quisiera saber si usted sería tan amable de decorar su forro —dijo la joven. Desató la tela de color azafrán que servía de envoltorio y sacó una capa de mujer de seda (envuelta a su vez en un papel que mostraba un retrato del actor Iwai Tojaku) y una carta.

La carta repetía la petición y añadía que la joven pronto iba a iniciar, bajo la protección de la amiga de Seikichi, su carrera como geisha. Ella esperaba que, sin olvidar los lazos que les unían, él también pudiera ofrecer, en la medida de lo posible, su protección a la joven.

—Creo que nunca te había visto antes —dijo Seikichi, inspeccionándola atentamente. Parecía tener quince o dieciséis años, pero la belleza de su rostro tenía cierta madurez, cierto toque de experiencia, como si ya hubiera pasado años en el barrio alegre y fascinado a innumerables hombres. Su belleza reflejaba los sueños de generaciones de hombres y mujeres que habían vivido y muerto en la gran capital, donde se concentraban los pecados y la riqueza de la nación.

Seikichi la invitó a sentarse en la terraza, y estudió sus delicados pies, desnudos, salvo en la parte que cubría una elegante sandalia de paja.

—¿No fuiste tú quien salió del Hirasei en palanquín una noche del pasado julio? —le preguntó.

—Supongo que sí —respondió ella, sonriendo ante la extraña pregunta—. Mi padre estaba vivo entonces y solía llevarme allí.

—Llevo esperándote cinco años. Es la primera vez que te veo la cara, pero recuerdo tu pie. Ven un momento. No temas, tengo algo que enseñarte.

Ella se levantó con intención de marcharse, pero él le cogió la mano y la condujo por las escaleras hacia su estudio con vistas al extenso río. Entonces sacó dos rollos de pintura y desenrolló uno de ellos en su presencia.

Era una antigua pintura de una princesa china, Mo Hsi, la favorita del cruel emperador Chou. Estaba apoyada sobre una barandilla, lánguidamente, y su larga falda estampada con ricos brocados ocultaba un tramo de escaleras. Su cuerpo tan esbelto apenas parecía capaz de soportar el peso de su gran corona dorada salpicada de corales y lapislázuli. En la mano derecha tenía una copa de vino inclinada cerca de los labios, mientras miraba hacia abajo a un hombre a punto de ser torturado en el jardín. El hombre tenía las manos y los pies atados a una caldera a punto de arder. Ambos, la princesa y su víctima —la cabeza del hombre vuelta hacia ella, con los ojos cerrados, preparado para recibir su fatal destino—, aparecían retratados con una vivacidad terrible.

Mientras la joven miraba la extraña pintura, sus labios temblaron y sus ojos empezaron a brillar. Poco a poco, su rostro fue adquiriendo un curioso parecido al de la princesa. En la pintura había descubierto su propio secreto.

—Tus propios sentimientos aquí se te han revelado —le dijo Seikichi con satisfacción, contemplando su rostro.

—¿Por qué me está enseñando esto tan horrible? —preguntó la joven, mirándole, pálida.

—Esa mujer eres tú misma. Su sangre fluye por tus venas.

Entonces extendió el otro rollo.

Se trataba de una pintura titulada Las víctimas. En el centro había una mujer apoyada en el tronco de un cerezo: se recreaba mirando un montón de cadáveres de hombres que yacían a sus pies. Pequeños pájaros revoloteaban alrededor de su figura, cantando triunfales; sus ojos irradiaban triunfo y júbilo. ¿Era un campo de batalla o un jardín en primavera? La joven tuvo la sensación, ante esta imagen, de haber encontrado algo que llevaba mucho tiempo escondido en el lado oscuro de su corazón.

—Esta pintura muestra tu futuro —dijo Seikichi, señalando a la mujer del cerezo, la verdadera imagen de la joven—. Todos los hombres arruinarán su vida por ti.

—¡Por favor, le ruego que se lleve esto! —La joven volvió la espalda, como para escapar de la tentadora atracción, y cayó abatida delante de él, temblando. Luego dijo—: Sí, admito que está en lo cierto. Yo soy como esa mujer, pero, por favor, aparte eso de mi vista.

—No hables como una cobarde —replicó Seikichi con su maliciosa sonrisa—. Míralo más de cerca. No tendrás esos remilgos por mucho tiempo.

Pero la joven se negó a levantar la cabeza. Todavía abatida y con la cara escondida entre las mangas, repitió una y otra vez que estaba asustada y quería marcharse.

—No, tienes que quedarte. Yo te haré realmente hermosa —le dijo Seikichi acercándose a ella. Debajo del quimono tenía un frasco de anestesia que había conseguido hacía tiempo gracias a un médico holandés.

El sol de la mañana brillaba sobre el río e iluminaba el estudio, de ocho tatamis, como si estuviera en llamas. El reflejo de los rayos esbozaba rizadas olas doradas en el papel de las puertas corredizas y en el rostro de la joven, que se había dormido con rapidez. Aunque Seikichi ya había cerrado la puerta del estudio y había subido sus instrumentos para tatuar, quiso sentarse un momento, hechizado, para saborear al detalle su extraordinaria belleza. Pensó que nunca se cansaría de contemplar ese rostro sereno, semejante a una máscara. Igual que los antiguos egipcios embellecieron su magnífica tierra con pirámides y esfinges, él estaba a punto de embellecer la piel tan pura de esta joven.

Luego, levantó el pincel, entre el dedo pulgar y los dedos de la mano izquierda, y aplicó la tinta con la punta sobre la espalda de la joven y, con la aguja que sostenía con la mano derecha, empezó a pinchar el diseño previamente dibujado. Sentía su espíritu disuelto en la negra tinta que iba tiñendo la piel. Cada gota de cinabrio de Ryûkyû que mezclaba con alcohol y que introducía era como una gota de su sangre. Él veía en los pigmentos los colores de sus propias pasiones.

Tan pronto como llegó se fue la tarde, y el tranquilo día primaveral tocaba a su fin. Pero Seikichi no interrumpió su trabajo, no lo haría hasta que la joven rompiera su sueño. Cuando se presentó un sirviente, enviado por la casa de la geisha, para preguntar por la joven, salió airadamente a decirle que se había marchado hacía tiempo. Y horas después, cuando la luna vertió su luz sobre las casas de un lado al otro del río, como si se tratara de un sueño radiante, no había terminado ni la mitad del tatuaje. Seikichi siguió trabajando a la luz de una vela.

Incluso añadir una simple gota de color no era tarea fácil. Cada vez que pinchaba con su aguja, Seikichi daba un fuerte suspiro y sentía como si hubiese pinchado su propio corazón. Poco a poco, las marcas del tatuaje empezaron a cobrar la forma de una enorme araña, una viuda negra; y, cuando el cielo nocturno dejó paso al amanecer, esta extraña y malévola criatura extendió sus ocho patas para abrazar completamente la espalda de la joven.

Al alba los barcos se desplazaban a lo largo del río; se oía en la tranquila mañana el incesante chapoteo de los remos; los tejados de las casas relucían y la suave neblina en ascenso dejaba ver ya el esplendor de las blancas velas acariciadas por las primeras brisas. Finalmente Seikichi dejó el pincel y miró la araña tatuada. Este trabajo había sido el mayor esfuerzo de su vida. Ahora que había acabado, su alma estaba agotada de tanta emoción. Entonces, ante las dos figuras, alzó su ronca y temblorosa voz de tal manera que retumbaron las paredes:

—Para hacerte realmente bella he vertido mi alma en este tatuaje. Hoy no hay mujer en Japón que sea comparable contigo. Tus viejos temores han desaparecido. Todos los hombres serán tus víctimas.

Como respuesta a estas palabras, un débil quejido salió de los labios de la joven, que lentamente empezaba a recobrar los sentidos. Con cada estremecida respiración, las patas de la araña se movían como si estuvieran vivas.

—Debes estar sufriendo. La araña te tiene entre sus garras.

Ella abrió ligeramente los ojos y, todavía con torpeza, lo miró.

—Déjame ver el tatuaje —dijo, hablando como en un sueño, pero con cierto tono de autoridad en la voz—. Haberme entregado tu alma me habrá hecho muy hermosa.

—Primero tienes que bañarte para realzar los colores —susurró Seikichi compasivamente—. Me temo que va a dolerte pero sé valiente aún un poco más.

—Puedo resistir lo que sea, con tal de estar bella. —A pesar del dolor que iba recorriendo su cuerpo, sonreía—. ¡Cómo escuece el agua! ¡Déjame sola, espérame fuera! ¡No tolero que un hombre me vea sufriendo de esta manera!

Cuando salió de la bañera, demasiado débil para secarse sola, rechazó la amable mano que Seikichi le ofreció y cayó derrumbada de agonía, gimiendo como en una gran pesadilla. Su largo y alborotado pelo se esparció por el suelo: solo unos mechones le cubrían la cara de una manera salvaje. Sin embargo, las blancas plantas de sus pies, que se reflejaban en el espejo detrás de ella, parecían de madreperla.

Seikichi se asombró por la transformación que se había obrado en la tímida y dócil joven de la tarde anterior, pero hizo lo que le había pedido y esperó en su estudio. Alrededor de una hora después, ella volvió, meticulosamente vestida, con el pelo todavía húmedo y lustrosamente peinado cayendo sobre los hombros. Apoyándose en la barandilla de la terraza, miró hacia el cielo ligeramente brumoso. Sus ojos relucían, no había ningún rastro de dolor en ellos.

—Quiero regalarte también estas pinturas —dijo Seikichi, mostrándole los rollos—. Cógelas y vete.

—¡Todos mis temores han desaparecido y tú eres mi primera víctima!

Le clavó su mirada afilada y brillante, como la hoja de una espada recién forjada. Era la mirada de la joven princesa china y de la otra mujer del cerezo rodeada de pájaros y cadáveres. Una canción de triunfo resonaba en sus oídos.

—Déjame ver el tatuaje una vez más —suplicó Seikichi.

Sin decir palabra la joven asintió y se bajó el quimono desde los hombros por la espalda. Justo en ese momento, un rayo de sol alcanzó la espalda tatuada y la araña refulgió coronada en llamas.

(De: Cuentos de tatuajes, Edición y selección original: John Miller, 2019. Traducción: Concha Cardeñoso Sáenz de Miera & Carmen Montes Cano & Teresa Herrero & Roberto Bravo de la Varga & Isabel Hernández)