El teatro de Rodolfo Walsh: las fuerzas del desorden

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Adrián Ferrero*

Foto: Rodolfo Walsh en Varadero, Cuba, 1970, durante el Premio Literario Casa de las Américas, invitado como jurado de testimonio.

Elegí hacer una breve reseña de la dramaturgia de Rodolfo Walsh porque suele ser una faceta relativamente desatendida dentro en lo que hace a abordajes críticos de su producción literaria, opacada por lo general por el resto de sus libros, en especial los de no ficción, por un lado. Por el otro, por sus cuentos y su obra periodística. Todas ellas me parecen relevantes que hacen sistema y de una alta densidad semántica así como precursoras de nuevos modos de escribir y de concebir las prácticas discursivas, no sólo las literarias. Pero también me interesa indagar en esas zonas de la producción de los escritores de carácter más bien insular, en la que luego no se dedicó a seguir explorando, sino que lo hizo en profundidad sólo en una ocasión. Mucho más teniendo en cuenta que ambas piezas, “La granada” y “La batalla”, datan de 1965, épocas singularmente revulsiva desde el punto de vista de cambios radicales a nivel planetario. Aquí, esos coletazos llegaron y se hicieron notar plasmándose en obras literarias vigorosas, por un lado. Por el otro, que ofrecía novedades.

En ambas piezas se pone de manifiesto una constante en las preocupaciones y los desvelos de Rodolfo Walsh que, como es sabido, ha sido la institución militar (cuyo enfrentamiento con las cuales lo condujo directamente a ser ultimado) o bien por la mentalidad de la corporación en un sentido más amplio que abarca sus mecanismos de funcionamiento así como su ideología dominante.

Si bien se trata de obras en las que la tensión entre lo político y lo estético (como en casi toda la obra de Walsh salvo, quizás, en algunos de sus cuentos) rozan zonas de mucho voltaje, también es posible advertir en ambas una dramaturgia más de la palabra que de las acciones. Hay pocos desplazamientos espaciales, las locaciones son relativamente fijas y la escenografía tampoco destaca por su profusión, al igual que la cantidad de personajes. Eso en lo que atañe a lo común a ambas. La primera, “La granada”, consta de menos personajes aún que “La guerra”, si bien, por contraste, la intensidad de la intervención de los primeros resultan más potente en la primera y más desdibujada en la segunda, porque la historia se ramifica en más escenas o microescenas.

Quizás la primera confluya en un argumento más sintético, pero también éticamente complejo, porque plantea el dilema de un soldado que porta en su mano una granada que ha sufrido un desperfecto y si él le quita dedo mano del seguro estallarían él y quienes lo rodean (para el caso él, sus compañeros y superiores). Transido de emoción, el personaje experimentará esta situación como un peligro para él y para los demás, pero también para los posibles consecuencias que tenga en sus seres queridos y en su futuro. También a confusas dudas e interrogaciones respecto de si ha sido él el culpable o la víctima de semejante tragedia. Esa inversión del planteo es uno de los ejes que la obra plantea. Si fue un accidente, jamás puede haber habido culpables o, si los hubo, quizás la responsabilidad deba recaer en quienes la hicieron. Pero, por otro lado, puede haber habido de su parte algún tipo de “mala praxis”, por llamarlo de algún modo.

Frente a esta situación se presentan varias cuestiones ¿el soldado debe ser confinado, “puesto en cuarentena”, para salvar al resto? ¿o debe ser acompañado en su desdicha por responsabilidad de los mandos? ¿no se debe por todos los medios intentar el modo de arreglar ese explosivo para no volverlo letal mediante técnicos especialistas? Lo cierto es que el soldado es confinado a una vigilancia permanente, con una campana en el cuello (como si de ganado se tratara) para que no huya, por un lado. Focos que lo iluminan desde los puestos de vigilancia. Y padece la revisación de un especialista en explosivos que le dice que su situación no tiene remedio, provocándole, como es natural, pavor y desasosiego. Lavándose las manos, como quien dice, el experto se desentiende de la situación y le augura un futuro de tragedia más que de soluciones. Por otro lado, tampoco es posible que duerma. Porque en ese caso también quitaría la mano del seguro y estallaría la granada. De este modo, se produce una suerte de situación diría yo de tortura del protagonista motivada por estas circunstancia emotivamente virulenta vinculada a la posesión de un arma de guerra defectuosa o que, en todo caso, cuyo mecanismo se ha descompuesto. Mientras tanto, entre el sueño y la vigilia, en una escena onírica o vagamente realista (eso queda desdibujado bajo la bruma de la ficción), el protagonista recibe la visita de su padre muerto y su madre poco más tarde, narrándole su sufrimiento. Algunos reproches y otras puestas al día emotivamente lo movilizan.

La pieza se desenvuelve más tarde en el seno de un tribunal militar en el que se lo juzga por impostor, por espía y por haber estado al mando de un traidor, acusado por el Capitán Aldao (un personaje siniestro) en el seno de la instancia de la justicia militar. Afortunadamente contará con un defensor: el Teniente. Pero el acusado tomará la decisión de arrojar la granada por propia voluntad, poniendo en riesgo su vida, pero debido en parte también a que le resulta intolerable la situación, luego de que se pusieran –claro está- a buen resguardo los altos mandos. Pero el explosivo no estalla. Queda en suspenso sobre el escenario. Se dirige entonces hacia la granada el Capitán Aldao, al verificar la ausencia de peligro del arma. El telón se cierra. Y se escucha en off, esta vez sí, un estallido. Cuando se vuelva a abrir, nos encontramos con una estatua en bronce (que es un monumento en un parque coronado por un águila guerrera) y una música “triste y solemne”. La voz en off de un Relator nos informará que se trata de un monumento erigido para un hombre que “Murió impetuosamente, en cumplimiento de su deber y de su promesa de suicidarse si estaba equivocado”. La sana ironía de Walsh, apuntando a las falsas virtudes del coraje viril atribuidas a los altos mandos en detrimento de los subordinados, ninguneados y despreciados al mismo tiempo que ponen en riesgo sus propias vidas para custodiar, incluso, las de sus superiores queda a la vista. También el descaro con que esos mismos mandos son erigidos a título de héroes de la patria cuando en verdad fueron enemigos de su propio orden, de su justicia y de sus leyes, además de injustos y caprichosos. “Morir en cumplimiento del deber”, no consiste precisamente en ir en busca de una granada que ha demostrado no estallar (al menos en apariencia en primer término, luego de que el primer peligro hubiera pasado).

La obra se cierra en el libro con algunas notas finales (conducta que se reitera en ambas piezas) en las que alude a cuestiones relativas a la verosimilitud del funcionamiento de las armas, a algunas anécdotas acaecidas en escena inspiradas en hechos reales, a una teoría sobre la expansión del universo enunciada en 1926 por Hubble así como la de la tesis de la muerte de Dios de Friedrich Nietzche. Estas notas aclaratorias son útiles tanto para un director, para un actor, como para un lector. Permite contextualizar el texto dramático e ingresar a sus zonas de cohesión y coherencia y conocer más a fondo la trastienda del pensamiento de Walsh durante la escritura de la obra o su pensamiento a secas. Su semántica cierra de modo más acabo con estas aclaraciones o agregados.

En clave realista, en el marco de un escenario bélico y de personajes de estructura verticalista en la cual el más maltratado o la víctima resulta ser el más vulnerable (pese a que el que perece es uno de los “inquisidores”), se trata de una obra en la que hay un final que desde varias dimensiones (espacial, auditiva, visual, verbal) desenmascara a través de la ironía esa doble moral hipócrita de la institución militar que, por un lado, lanza el mandato de “hacer patria”, una ética del coraje y de la virtud patriótica pero por el otro connota en los altos mandos en ocasiones la cobardía y cierto desentendimiento respecto de sus funciones, de las víctimas y los subordinados que se patentiza en juicios incriminatorios ilegítimos.

La segunda y última de las piezas (ambas data de 1965 y fueron reeditadas en 2014), “La batalla”, es una obra en la que nuevamente lo bélico está presente, pero desde otra perspectiva: no estrictamente militarista, sino vinculada a la relación entre lo militar y lo gubernamental. En efecto, transcurre en un país latinoamericano o centroamericano (las notas aclaratorias del final precisamente hacen mención de esta toponimia, también de la peculiaridad lingüística), de una república castigada por el autoritarismo del Generalísimo López. Un dictador que se ha mantenido en el poder durante más de una década. Un país del cual se han exiliado ciudadanos y que se encuentra en crisis. Hay un movimiento armado de rebeldes, algunos de cuyos cabecillas son cautivados pero no ultimados, que luego de sucesivas idas y venidas en el seno de actividades conspirativas, a favor y en contra, terminan por desalojar al Generalísimo, haciéndole tomar un avión con rumbo hacia el extranjero.

Nuevamente el poder de las armas es puesto en escena por Walsh, esta vez con una profunda meditación acerca de varios asuntos que vinculan la cuestión de la lucha armada de los rebeldes como una forma circular de mantener un eje al que siempre se retorna que sería el de la guerra (esto está explicitado en el mismo texto) y los enfrentamientos armados para legitimar el poder por parte de los militares. Ello termina atentando contra la sociedad civil al tiempo que siembra una sensación de inseguridad generalizada muy propia de países con escasa tradición republicana. En efecto, la circularidad de la guerra es subrayada en más de una ocasión y el dictador menciona que el pueblo siempre está necesitado de guerras. Con lo cual pone el acento en relación entre gobernabilidad y militarismo.

Entre el pacifismo y la reflexión más profunda acerca de la necesidad de la lucha armada obligada en determinadas circunstancias para evitar carnicerías o torturas a disidentes, las lealtades y las internas en el poder, la inteligencia y los dobles agentes, “La guerra” culmina el ciclo teatral de nuestro autor. Que si bien muestra a un Walsh no tan atento a las convenciones teatrales en su costado más experimental sí en cambio lo hace fiel a sus convicciones, capaz de plantear situaciones y conflictos dramáticos concretos y verosímiles, con situaciones irónicas o paródicas (incluso humorísticas o tragicómicas) y estableciendo algunos climax, especialmente en “La granada”. Hace irrumpir en el orden de la dramaturgia contenidos como el del poder avasallante de la institución militar, lo que me parece que en el teatro argentino no estaba lo suficientemente tematiado.

Siempre axiológicamente connotada de modo negativo, la institución militar en la obra de Walsh se ha mostrado altamente cuestionada. Otro tanto es posible observar, entonces, en su dramaturgia. Reticente (y resistente) a aceptarla y dispuesto siempre a subrayar sus caracteres más represivos, Walsh no duda en concentrar en ellas sus fábulas del desencanto que ciertas canciones patrias así como un imaginario las confunden con fuerzas del orden, cuando en verdad son fuerzas de la distopía. Con un talante fuertemente interventivo, con un carácter premonitorio en otros detalles, Walsh toma partido una vez más. Por otro lado, esos escenarios militarizados exhiben sociedades cerradas, socialmente claustrofóbicas y dominadas por la arbitrariedad, la ansiedad y el poder absolutista. Ante ese discurso, la polifonía, la libertad de expresión y la polisemia del discurso literario, así como la posibilidad de puestas concretas que muestren en carne y hueso la ideología de Walsh estos escenarios dan la pauta de cómo el camino ideal para realizar los sueños de una sociedad más justa y equitativa son posibles.

* Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Es escritor, crítico literario, periodista cultural y Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Publicó libros de narrativa, poesía, entrevistas e investigación.

http://www.facebook.com/escritoradrianferrero

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