El Wilson

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Pedro Lemebel

Un día te dije que iba a escribir nuestra corta historia en el Clinic. Y aunque tú no lo creyeras entonces, te juré que serías el protagonista de esta crónica que escribo evocando tu inquieto mirar de pendejo sureño, cesante y peregrino por estas calles, por estos cementos ardientes de la tarde estival, cuando lo veo venir caracoleando la vereda con su vaivén de leopardo morenón. Lo diviso apurado rapeando su elástico caminar directo a mi encuentro. En la Gran Avenida a todo sol, a todo calor, ese verano conocí al Wilson. Y me paró de pronto preguntando con su cara morocha de engominado penacho punky: ¿Tú soi el escritor?, ¿tú saliste en la tele? Y antes de contestarle, me di el tiempo de medir sus largos muslos sopeados de transpiración, me di el placer de hurguetear su ombligo y la pretina del calzoncillo que dejaba ver el bluyín rapero, a media cadera, a medio culo su vocecita huasteca volvió a insistir: ¿Tú saliste en la tele? Bueno, claro, pero eso fue hace tiempo. Yo no soy de Santiago, se apresuró a confesarme, vengo de Llanquihue y ando buscando trabajo porque allá no hay na’ que hacer. ¿Y tú crees que por aquí hay mucho que hacer?, le contesté con las pestañas encendidas. Algo se podrá hacer, cualquier cosa, cualquier trabajo, todo sea por unas monedas, porque no tengo dónde quedarme, y ahora estoy parando en el Hogar de Cristo. Llámame a este teléfono, le susurré a la rápida perdiéndome en la multitud que subía a las micros, bajaba de las micros en la bullente Gran Avenida. Y a las seis de la tarde, cuando me relajaba en ese intenso día con un buen pito, el teléfono que llama, el teléfono que grita su nombre, y así nos cruzamos en esta maraca ciudad con el Wilson, y pronto las cervezas y pronto los pitos y más tarde que temprano caímos al catre medio muertos, medio embriagados por este encuentro fortuito donde nos contamos todo, donde nos dijimos todo atropelladamente, como si el cielo de esa pieza fuera el último cielo que veríamos antes del amanecer. Allí me contó entre trago y trago el patiperrear de sus cortos años en busca de alguna esperanza para su iletrada juventud. Porque no terminé la educación básica, me dijo. Porque apenas llegué a séptimo y de ahí me echaron del colegio y después me fui de mi casa, porque me güeviaban mucho, porque no trabajaba, porque me la pasaba de vago con el personal estéreo pegado en la oreja tratando de rapear y bailar como los negros de Nueva York que veía en la tele. Y esa noche el Wilson bailó solo para mí, girando como un disco al compás del carreteado casete que guardaba como tesoro. Y también esa noche supe que el Wilson era virgen, nunca había tenido mujer ni hombre que lamiera sus pétalos sexuales; me di cuenta porque no sabía ni cómo ni por dónde. Y sus ojillos chinocos reflejaban el paraíso con la mamada deliciosa que le regalé después de preguntarle: ¿querís ver a Dios, loco?

El Wilson pensaba ser otra cosa, no quería que la urbe infame se lo tragara con su cruel voracidad, por eso y para que conociera gente, una tarde lo invité a la presentación de un libro del director del Clinic. ¿Y qué es esa güevá?, me preguntó con sus pupilas de chispeante carbón. Un periódico donde escribo. ¿Algo así como El Rastro? No, lindo, este es mucho más anarco, le respondí con ternura mientras caminábamos por Providencia hasta el pub donde sería el evento. Al llegar, el Wilson no quiso entrar. Es que ando muy mal vestido, murmuró, viendo las niñas rucias y los chicos intelectuales que hacían nata en la entrada. Y qué importa, mi cielo, uno es lo que es y las pilchas son lo de menos. Entremos a comer y tomar, ¿acaso la caminata no te dio sed? Y así esperamos que terminaran los eternos discursos hasta que empezó el cóctel de fierritos, tapaditos, dulcecitos y empanaditas que el Wilson devoraba a puñados. Luego aparecieron las bandejas de pisco sour y vino rosado en elegantes copas de alto pie. Salud, mi bello rapero, le dije al Wilson chocando los frágiles cristales que el pendejo no dejaba de admirar. Si quieres te llevas la copa de recuerdo, le susurré empujándolo al robo. Ahora que nadie está mirando guárdatela en el bolsillo. Pero una copa no es ninguna, pásame tu mochila, tápame para guardar esta otra y otra y la que está en esa mesa, y la que dejó vacía esa pituca cara de diuca, y la que ya se tomó ese viejo paltón con cara de asco y alcánzame esa que dejó babosa aquel abuelo hippie cabeza de melón con flecos. Así la mochila del Wilson se fue llenando de vidrios que tintineaban mientras el chico recogía y recogía copas embriagado por la fiebre del choreo. Vámonos de aquí, Pedro, porque no entiendo ni güevas lo que habla esta gente. Espérate un poco, voy a saludar a Carlitos, mi abogado, y al David que estudia literatura, y al Rodrigo que es periodista. Y con todo el grupo tomamos el Metro para seguir la farra en mi casa. A la pasada, en Bellavista, compramos unos vinos y terminamos en mi rancha nadando en copete, discutiendo de arte, política y todas esas latas culturales que apasionan a los universitarios de izquierda. Pero no al Wilson, que bebía y bebía con desespero dándose vueltas por la casa como león enjaulado. Y en un momento no aguantó más y me dijo: quiero que se vayan todos estos güevones para que nos quedemos nosotros solos. Recién lo conocía y ya se creía mi marido el lindo. Son mis amigos, le recalqué con firmeza, y si no te gusta la puerta es ancha, loco. No me hizo caso y siguió hinchando, enrabiado, cambiando la música, sacando a Manu Chao y colocando su horroroso casete que incluía una canción romántica de Chayanne. Mira, escucha: «Es la primera vez que me estoy enamorando», me cantaba en la oreja, tratando de que yo tuviera oídos solo para él. Sin embargo, la alterada plática intelectual de mis amigos no me dejaba ponerle atención. Y el Wilson terminó gritándome a toda boca su balada de chulo amor. Entonces, el David me pregunta con sarcasmo: ¿ahora te gusta Chayanne, Pedro? No alcancé a contestarle, porque el Wilson empuñó una cerveza y se abalanzó sobre el David justo en el momento en que mi alarido destemplado lo inmovilizó con la botella en el aire. Si van a pelear se van todas las mierdas de aquí, grité sacando ronquera de arrabal. Y solo de esa manera pude evitar un desastre. Pero esa noche las cartas estaban marcadas, y siguieron discutiendo y tomando hasta que tuve que echarlos a todos, incluyendo al Wilson, que lo vi por última vez desaparecer bajo la garúa rosada del alba. Y justo antes de doblar la esquina giró levemente su mejilla y me encandilaron sus ojos sureños de huérfano amor.

Desde aquel día nunca más supe del Wilson, y la escarcha del olvido terminó por esfumarlo de mi cotidiano pasar. Y solamente hace unos meses suena el teléfono y escucho la voz aflautada de la operadora preguntando: ¿acepta una llamada con cobro revertido del señor Wilson desde Llanquihue? Claro que sí, me apresuré a responder. Y tuve que contener el ahogo cardíaco al oírlo diciéndome que lo perdonara por el desatino, que la culpa era del vino, y que después de aquella noche se tuvo que ir al norte a trabajar en un circo, ayudando a levantar la carpa, alimentando a los animales, en fin, haciendo de todo hasta juntar la plata del pasaje para volver al sur. ¿Y cómo va tu vida ahora?, me atreví a preguntarle, al recordar su cuerpo de cañaveral flectado en el quejido rapero que humedeció mis sábanas. Mucho mejor, me respondió más tranquilo, y agregó con un dejo de irónica tristeza: ahora leo el Clinic y estoy estudiando en la nocturna para entender lo que hablan tus amigos.

(De: Adiós Mariquita linda, Seix Barral, 2014)

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