Ellos esperan la mañana verde

ZONA LITERARIA | EL TEXTO SEMANAL

Por María Rosa Lojo

Al pueblo del Sur, a la “gente de la tierra”

Ellos esperan el viejo día, el día que ya ha pasado, el día de la fiesta, el que fue cuando las mañanas eran tan verdes que no se podían morder y quemaban la lengua con un perfume ácido, cuando nada estaba concluido cuando todo volvía como los amores tenaces de los sueños.

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Ellos esperan sentados a la puerta de su sepultura: una casa minúscula de barro con un sillón para dormir por siglos de siglos, escuchando el aleluya de las voces que cantan a un Dios altivo y extranjero.

No, no son esas voces las que oían en los torrentes de la mañana: dioses de un minuto resplandecientes en las gotas como alegrías del amanecer, diosecitos quebrados en la voz de una niña que repartía los ecos de las campanas, númenes delicados como cabezas de flor que apretaban las curadoras en sus cuencos furtivos.

Ellos rezan: háblame, sáname.

Han olvidado los cánticos para borrar las heridas y alisarlas como la grava para que crezca por debajo la raíz del caldén.

Han olvidado las palabras que despertaban a los dormidos y dormían a los despiertos para unirlos a todos en la ronda simétrica del mundo.

Háblame, sáname, dicen a la mujer que se cubre las canas con el pañuelo de luto y antes era la joven que se ataba las trenzas con una cinta azul y subía la escala del Árbol de los Cielos. -Háblame, sáname, mientras sus nietos suman dos más dos y leen en los libros de la geografía los espacios y tiempos, los nombres de las cosas-.

Pero ellos saben que los hombres son criaturas pequeñas de la tierra, mas débiles que el puma más torpes que las águilas, apenas moradores, apenas habitantes de la Casa sin límites.

Ellos esperan la mañana verde vestidos con los signos de cacería, soplando entre los dientes las cuerdas del sonido que atrae a los animales del monte y sube la enamorada al caballo del amante.

Ellos esperan con la cabeza descubierta. Han limpiado el corazón como un vaso de plata.

Háblame, sáname, dicen a la mujer que hace sonar los cascabeles y quema hojas de ajenjo en el aire de la muerte.

Ellos cantan.

No saben el significado de las palabras pero ella las toma una por una las anuda en collares, brazaletes de obsequio para cruzar el Río.

Ellos cantan.

Háblame, sáname: hermana hermanita que salga de tus brazos como salí de entre las piernas de mi madre, me sumerjan tus brazos bajo las aguas frías, para que viva.

Ella canta palabras que nadie sabe, hace sonar el tambor como un antiguo pecho de latido para que la Luna los mire con indulgencia.

Háblame, sáname.

Ella cierra los ojos de los que esperan.

(De. Ellos esperan la mañana verde, Editorial El Francotirador, 1998)

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