Elogio de la resistencia

Por Alejandro Jasinski

“Diez años más de libertad, de mayores reconocimientos, de mayores derechos. Ese es el valor supremo, el significado de la Contraofensiva” enunció Roberto Perdía, ex comandante montonero, durante la segunda audiencia del “Juicio Contraofensiva”. Y no lo leyó de una revista Evita Montonera o de un volante de la época, aunque tenía a mano una voluminosa carpeta con recortes y prensa vieja.

En la misma jornada declararon Daniel Cabezas y Virginia Croatto. Cabezas participó de tareas de prensa en la contraofensiva. Tenía 26 años. La organización no lo dejaba volver, pero él insistió. Croatto es hija de Armando Croatto, diputado nacional por el FREJULI en 1973, que regresó en 1979 para realizar tareas políticas y sindicales y cayó asesinado en una emboscada. Ambos dedicaron años a investigar y a comprender lo ocurrido. Daniel es editor responsable de “Mundo Lesa” y Virginia es directora del bello documental La guardería, que narra cómo fue la vida de lxs hijxs de lxs militantes de la contraofensiva en un hogar de la militancia en Cuba.

Durante nueve horas de testimonios, se escucharon importantes aportes para este debate donde se investigan 96 delitos de lesa humanidad cometidos entre 1979 y 1980 por las fuerzas represivas estatales. Pusieron de relieve las características de la inteligencia de la dictadura: demonización, secuestros, torturas, ocultación. No se eludió la autocrítica (que demanda otros escenarios para hacerse), pero se subrayaron los motivos que los impulsaban a resistir: una dictadura que se instaló para destruir la estructura industrial nacional mediante la aplicación del terror, la supresión de los derechos sociales básicos y el aniquilamiento de un sector de la población considerada subversiva.

Testimonios para ahuyentar fantasmas instalados, mientras reaparecen otros. El tribunal concedió a los imputados no estar presentes durante el debate. Los abogados acusadores denunciaron que los represores Eduardo Ascheri y Roberto Dambrosi buscan eludir a la justicia y que hay peligro de fuga por el primero. “Esto no es un plan vacacional, es un juicio por delitos de lesa humanidad”, retó la fiscal Gabriela Sosti. La preocupación por las dilaciones tiene fundamentos. Ese mismo día se informó al tribunal que uno los imputados, Carlos Blas Casuccio, falleció la semana pasada en Mar del Plata. Murió impune.

La conducción

Perdía ingresa a la sala asistido por un bastón. Tiene 77 años. Es abogado y, según Wikipedia, “fue terrorista hasta 1983”. Se toma su tiempo para acomodarse en la mesita que oficia de estrado. Se remanga el sweater colorado, con pitucones en los codos, que combina políticamente con una camisa celeste y blanca a rayas. Hablará por más de dos horas, con voz firme y movimiento de manos de director de orquesta.

No elude el debate. Tampoco rinde examen. Las cuentas parecen estar saldadas hacia adentro del grupo querellante. Pedalea en el aire uno de los abogados defensores cuando torpemente intenta que hable sobre la lucha armada. La fiscal se opone a las preguntas. Porque el testigo ya refirió a las formaciones especiales de infantería y a los atentados contra el equipo económico de la dictadura. Porque además en el debate no se juzga el accionar de Montoneros. El presidente coincide.

Perdía mantiene la línea. En la historia nacional, dice, está el pueblo, las montoneras, los trabajadores, por un lado, y la oligarquía y el imperialismo, por el otro. Le lleva varios minutos. “En nuestra historia podemos ver siempre la resistencia del pueblo”, explica. Y la dictadura pensaba igual, agrega. O los gobiernos demagógicos o el orden.

Perdía abre las revistas, saca recortes de la prensa del sistema. Cuenta las huelgas y huelguistas por año. Así se armaban las crónicas de la resistencia sindical. 1979, la primera huelga general contra la dictadura y los trabajadores de Safrar-Peugeot que amenazan con ir hacia la Plaza de Mayo. Las pintadas de los montos en las fábricas. La guita que no alcanzaba. La situación internacional: la revolución iraní y el triunfo del sandinismo en Nicaragua. “Allí estaba el núcleo central de la resistencia al modelo de Martínez de Hoz. Las acciones de Montoneros se corresponden con lo mismo”, sintetiza.

Perdía busca resucitar una línea perdida: existió la política montonera bajo dictadura. No se detiene en lo que Rodolfo Walsh criticó tempranamente como militarismo, como lo hizo también más adelante Juan Gelman. Perdía aspira a un balance. Vuelve a las revistas. Cita documentos de la conducción. Las campañas contra la posible guerra con Chile, por la pacificación y una transición política. Los pedidos de mediación al Vaticano. Las tareas del cura Jorge Adur, hasta que lo desaparece la represión (el 80% de los caídos de la Contraofensiva hacían tareas políticas, se lamenta). La decisión en marzo de 1980 de poner fin a las acciones armadas ofensivas. Agrega para sacarse una espina: el silencio del Episcopado Argentino por un plan de paz.

Se explaya también sobre la contraofensiva y sus condiciones de operatividad. El momento de la convocatoria y la decisión de cada militante, 400 o 450 dice que participaron. Los abogados defensores machacarán sobre este tema en clave conspirativa. Frotan la hipótesis de que la conducción entregó a lxs militantes en bandeja a la represión, que fue partícipe de los asesinatos. Apuntan a fracturas internas, viejas y vigentes, a los desacuerdos por la Contraofensiva. Hubo debates y los que volvieron lo hicieron más convencidos, responde Perdía. Un abogado defensor que habla de “supuestas víctimas” del juicio confunde orden con convocatoria y la fiscal le llama la atención.

Perdía aporta a la reconstrucción de los crímenes de la represión. Le preguntan por los asesinatos de militantes en Lima y Madrid. Entonces admite errores. No es la primera vez. Errores de operación y de subestimación de las capacidades de la dictadura. “Causa repugnancia cómo operaban”, dice. Recuerda muchos nombres. “Fue un sacrificio muy grande, tengo un profundo dolor por los compañeros que dieron su vida, no hay explicación que valga”, llega a decir.

No hay aplausos al final de su testimonio, aunque los hubo cuando reprochó a un abogado defensor. Fuera de la sala, viejxs compañerxs lo abrazan. “Otra brillante exposición”, lo felicita una. Le agradecen su predisposición. Aunque no es la primera vez que declara en un juicio de lesa humanidad, ésta es una causa emblemática. Y resuenan sus conclusiones. Comparada con otros países del continente, la dictadura argentina duró siete años menos, calcula, gracias al sacrificio del pueblo y sus organizaciones. El cálculo parece arbitrario para nuestro país. “A los familiares les digo que aquellas vidas perdidas tienen sentido”, concluyó.

Lxs hijxs

Arranca acelerada. La frenan. Se ríen. Distienden los nervios. Será un testimonio duro el de Virginia. Terminará recordando a su hermano, fallecido hace algunos años por un cáncer. “Para él fue muy duro todo esto”. Para él y para todxs lxs hijxs de lxs militantes de la Contraofensiva. Y para lxs militantes. Luchar contra las injusticias es una forma de vida, aunque haya que sobrellevar la clandestinidad con hijxs.

Virginia reflexionó sobre todo esto en La Guardería, un documental que presentó en 2016 y se puede ver en internet. La familia montonera en Cuba, días de compañerismo, de alegrías, de angustias. La Autopista del Sur, el cuento de Cortázar, lo representa bien. Así lo siente una de las hijas: “Aquello no fue elegido, nadie decidió quedar en ese embotellamiento, pero fue la cotidianeidad, los afectos, la protección, la sobrevivencia durante un tiempo”, explica un testimonio en el documental.

Armando Croatto y Susana Brardinelli regresaron en la Semana Santa de 1979. Iban con sus hijxs. Armando tenía que desarrollar contactos con políticos y sindicalistas. En los primeros años bajo dictadura, salen y entran en varias ocasiones. Trabaja en las campañas de denuncia por las violaciones a los derechos humanos. Participa de los debates sobre la Contraofensiva. Era amigo personal de Juan Gelman, uno de los que encabeza la disidencia. Pero está convencido de volver. Así recuerda Virginia a su papá. Se explaya también sobre el momento de su caída en Munro. La situación se precipita por el secuestro de una familia con tres niñas. Había que hacer algo. Armando tiene una cita que no prospera. El compañero no asiste. Una segunda y una tercera. Se sospecha que está envenenada.

Para esclarecer su asesinato, se cuenta con importante documentación, esa que surge de los reclamos económicos y el despecho de los militares en sus legajos. El represor Eduardo Stigliano se quejó por la falta de compensación por una herida de combate en un operativo ilegal. Amenazó con contarlo todo. Allí hay varios nombres y jerarquías que descubren las lógicas criminales de la inteligencia militar.

Virginia relata la salida del país vía Brasil. Luego España, dos meses, hasta que le ofrecen a su mamá hacerse cargo de la guardería en Cuba. Virginia usa una lupa especial para mirar su historia, de esas que no paralizan. “Tuvimos un poco de suerte porque mi mamá quedó viva –dice—. Pude reconstruir la historia personal de mi papá. En el sorteo de estas tragedias, puedo decir que tengo su cuerpo, no tuve la tortura que es no saber dónde está”.

Lxs militantes

Cabezas es uno de los que impulsa esta investigación hace más de una década. Le toca declarar el día de su cumpleaños. Bromea con que no consiguió otro salón. No es su primera vez. Ya declaró en los juicios que investigaron la desaparición de su hermano Gustavo a fines de 1975 y el secuestro de su madre Thelma Jara en abril de 1979. La historia de Thelma es conocida. Bajo tortura, la sacan de la ESMA y simulan una entrevista para la revista Para Ti: “Habla la madre de un subversivo muerto”. Fue parte de las campañas publicitarias, de acción psicológica, que la dictadura organizaba con las corporaciones de la comunicación al servicio de la demonización.

Cabezas ingresó tarde a Montoneros, en 1977. Estaba en México. Formaba parte de un grupo cultural exiliado, esos que disgregan el ser nacional, católico y apostólico. Recuerda a los compañeros, los consejos, los cumpleaños. Romper reglas, a pesar de todo, para mantener el calor de la familia ampliada. Hacía tareas de prensa, pero consideraba la resistencia armada como una opción todavía válida. Se presenta como voluntario para regresar en la Contraofensiva. Quiere que le den instrucción militar. Sus responsables no lo dejan. Pero quiere volver y luchar contra la dictadura. Vuelve. Con su pareja de entonces Nora Hilb. También con la hija de ambos, Marcela, de dos años. “La idea era quedarnos y empezar una vida normal como militantes en el país”, afirma.

El regreso: Panamá, Brasil, Perú, Chile y Argentina. Los códigos para ingresar: “Hubo tormentas, rayos”, le dicen. El ingreso está pinchado. Eligen otra forma. Comienzan las tareas de propaganda. “Resistir es vencer”, las pintadas. Editan folletos y libros que envían por correo a periodistas, políticos y militares. Pero el 21 de agosto los detienen. Es una caída en cadena, esas que conseguían con secuestros y brutales interrogatorios. Marcela es entregada a su abuelo materno, un empresario alemán con capacidad de presión. Nora Hilb es ciudadana alemana, especulan. Cabezas piensa que los van a matar, permanecen desaparecidos en Campo de Mayo, pero se salvan. Pasa una semana y los legalizan en distintos penales.

“La inteligencia en Campo de Mayo funcionaba con tortura. No había de otro tipo. Pero no solo era tortura. Era robo, asesinato y el no hacerse cargo. Hasta el día de hoy no logramos que se hagan cargo”, explica Cabezas, y advierte la necesidad de comprender el modus operandi de la represión ilegal, la disposición totalitaria de los cuerpos de lxs militantes para hacer la inteligencia ilegal y llevar adelante el aniquilamiento.

Cabezas no elude la crítica, pero mira hacia adelante. Estamos ahora en un café. Le pregunto si todavía está de acuerdo con la decisión. Hablamos de locuras. Es un concepto que bloquea el análisis de la historia y distorsiona la autocrítica. Pero al mismo tiempo tiene fuerza de síntesis política: ¿Y si locura es resistir? ¿Qué criticamos y qué no? El problema más grave, sin embargo, es que se usa para demonizar. “Nosotros fuimos demonizados, nos dijeron terroristas, pero éramos cineastas, poetas, maestras, sindicalistas, trabajadores, este juicio va a empezar a desarmar esa teoría”, dijo ante el tribunal y también agregó: “Desde la extirpación de la idolatría por los colonizadores hasta el decreto 4.161 y los bombardeos a Plaza de Mayo. Pertenecemos a un campo nacional y popular que ha resistido todas las dictaduras. Somos la misma resistencia”.

El Cohete a la Luna

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