Elogio del final feliz

Un Poder Judicial más sano, noble y humano no calificaría como final feliz de película pero se le parecería mucho

Por Graciana Peñafort

Pocas cosas detesto más que los finales tristes. Donde los demás ven belleza, poesía o enseñanza, yo solo solo veo finales tristes y los odio. Si de mí dependiera, el mundo sería rosa barbie y las abuelas y las mascotas y los afectos vivirían para siempre. Las personas seriamos felices y no habría ni guerras ni hambre, ni desigualdad ni enfermedades más graves que un resfrío.

Tampoco existirían ninguna de las causas eficientes de los finales tristes. Como la muerte. Como el dolor. Como el miedo. Y claro, como la injusticia.

La aversión a los finales tristes viene de larga data. Creo que siempre estuvo ahí. Alguna vez mi papá me contó una película que se llamaba Nunca en domingo, donde una actriz que mi padre consideraba bellísima y que luego sería diputada y ministra –dos hechos que mi papa siempre resaltaba con admiración—, representaba a una “moza” (era la versión apta para menores) que los domingos no trabajaba y dedicaba el día a contarle a sus amigos las tragedias griegas, pero cambiándoles el final por finales felices. La idea me pareció deslumbrante y desde entonces dediqué buena parte de lo que me quedaba de niñez a cambiar el final de las historias que no me gustaban por tristes. Así Romeo y Julieta terminaban juntos y felices, Cruella de Vil se iba a vivir con los dueños de los perritos a una casa del campo, Jasón no abandonaba nunca a Medea y en las noches frías usaban el vellocino de oro para taparse y Quirón, mi adorado centauro, encontraba la cura para su herida y dejaba de dolerle.

Pero desafortunadamente, mi mundo de colores pastel y acaramelado no estaría existiendo. Cosa que descubrí cuando me pasó eso tan tremendo y que los adultos llaman “crecer”. Descubrí que Melina Mercouri no actuaba de moza sino de prostituta en Nunca en domingo y que la realidad era más dolorosa, menos mutable y que estaba llena de finales tristes, que aun hoy resisten las variaciones que supe escribir con letra infantil hace más de 30 años. Hasta mi nona Ruth, que leía con atención mis historias con finales cambiados y los celebraba con entusiasmo, un día se murió. Siempre he pensado que me hice grande el día que mi nona se murió. Han pasado 24 años y aun hoy la muerte me parece ese misterio doloroso y por completo innecesario, que un poco me enfurece y otro tanto me resulta aterrador.

Lo que me quedó de esa infancia rodeada de libros y de historias mágicas fue la lección de que las historias pueden tener versiones alternativas. Lección que por cierto me ha resultado muy útil para el ejercicio de la abogacía, donde lo que siempre hay son versiones en pugna de los hechos y su calificación.

Estos días he conversado con afiliados al club de los buenos y también con miembros del club de los malos (según mi muy personal calificación) sobre el affaire D’Alessio.

Me llamaron poderosamente la atención las versiones de algunos miembros del club de los malos. Uno de ellos, a quien debo reconocer que le tengo un enorme afecto personal con prescindencia de su filiación, sostuvo que toda la causa de D’Alessio era un armado. Que Daniel Santoro y hasta Carlos Stornelli eran ingenuos engañados en su buena fe, e hizo hincapié en lo que llamó “contradicciones” de algunos testigos y de algunas víctimas. Y me aseguró con énfasis que el armado de causas contra ex funcionarios kirchneristas que surge de la investigación que se lleva a adelante en Dolores iba a ser desmentido con pruebas, que no enunció pero me aseguró que existían.

Me quede pensando en esa charla. Voy a suponer que Daniel Santoro es ingenuo. (Aun cuando me cuesta horrores, porque lo he sufrido en su faceta mas vil.) Pero sigamos esa línea argumental: imaginemos que ingenuamente siguió a D’Alessio en la operación de Gabriel Traficante que se efectuó en el año 2016. También ingenuamente formó parte de la operación contra Cifuentes. Con toda buena fe se prestó a la operación de Brusa Dovat. Y también escribió sobre Porcaro pero claro, lo hizo de onda. Como también cubrió lo referido a Martínez Rojas desde una inocencia completa y así hasta el infinito. No puedo decir lo mismo sobre las notas que escribió contra Pedro Etchebest, quien denunció a D’Alessio y acreditó que “Marcelito” aseguraba tener influencia directa sobre Santoro. Y de más está decir lo difícil que sería atribuirle a la ingenuidad el hecho de que Daniel Santoro hubiese participado sin entender lo que hacía en la elaboración de informes de inteligencia sobre sus compañeros de trabajo en Animales sueltos.

Es demasiado, incluso para que alguien intente ensayar la tesis de que “Santoro es más bueno que Lassie y más tonto que el tonto mas grande que se conozca”.

La tesis sobre la ingenuidad de Stornelli es aún más insostenible. Nadie conversa ingenuamente con otro respecto de la posibilidad de plantarle droga al “ex” de una actual relación. Y ya como fiscal, nadie ingenuamente plantea hacer cámaras ocultas a abogados defensores. Ni toma declaraciones de personas “puestas en emergencia psicológica”. Ni mucho menos permite que el “ponedor en emergencia” presencie la declaración. Y la filme. Tampoco hay ingenuidad en tomar dos declaraciones a un Marcelo D’Alessio cualquiera y usar esas declaraciones para volver a procesar a personas varias, cuya falta de mérito había sido dispuesta por tu superior, después de que el peritaje utilizado para procesar a esas personas fuera considerado trucho. Y eso es lo que hicieron Stornelli y Bonadío con la causa que se conoce como “Gas Licuado”. Procesaron a Julio De Vido, a Roberto Baratta y a otros en base al peritaje de un señor que se llama Cohen, que básicamente copió los datos de internet. Hacer eso está mal. Pero además de estar mal, no es legal. Por eso no solo se anuló el peritaje, sino que se procesó al tal Cohen por falso testimonio. Pero Carlos Stornelli (a.k.a. “el ingenuo”) tomó los datos que incorporó el testimonio de D’Alessio a la causa de Gas Licuado y retorció sus ya viejos argumentos y solicitó de nuevo el procesamiento con los mismos fundamentos. Y como bien cabe suponer, el entrañable Bonadío se lo concedió.

El dato de color es que las dos declaraciones de un D’Alessio cualquiera no fueron incorporadas al expediente cuando se efectuaron –en noviembre de 2018— , sino el 14 de febrero de 2019, y habiendo tomado estado público la denuncia contra D’Alessio, esas declaraciones rápidamente fueron desglosadas del expediente y se enviaron a sorteo como una nueva causa. Lo cual parece bastante normal, si no fuese porque precisamente es lo contrario a lo que hicieron Stornelli et Bonadío con la declaración de Cabot y que dio origen a la causa de las fotocopias de los cuadernos. Verán entonces que la ingenuidad no es lo que aparece en estos tejes y manejes, sino más bien lo contrario.

La maravillosa tesis según la cual la denuncia de Etchebest es una causa armada, también parece cuanto menos “ingenua”. Hay quien me dijo que Etchebest es el jefe de todos, incluido D’Alessio. Si así fuese, ¿porque D’Alessio aceptaría hacer un trabajo que termina con él preso?

He visto situaciones de abuso laboral, pero este parece un tanto extremo, a decir verdad. Es como la inverosímil tesis de que Diego Lagomarsino llevó a la casa de Alberto Nisman una pistola registrada a su nombre, para que luego fuese usada para asesinar al fiscal Alberto Nisman. Y señalo a propósito de esto: Diego Lagomarsino tiene la rara condición de ser un señor que está procesado por partícipe necesario de un homicidio, sin que nadie tenga la más puta idea acerca de quién podría ser el autor material de ese “homicidio”. Cosas veredes, Sancho….

Pero volvamos a la tesis de la “causa armada”. Para sostenerla afirman —por ejemplo—, que los mensajes de WhatsApp que aportó Etchebest en la denuncia contra D’Alessio estarían trucados. Así por ejemplo afirman que la reunión en Pinamar duró menos de 40 minutos y no las casi cuatro horas que aparecen denunciadas. Y que los mensajes que intercambiaron Etchebest y D’Alessio fueron posteriores a que la reunión finalizara y que son parte del mismo montaje que organizaron “conjuntamente” Etchebest y D’Alessio. Y por el que D’Alessio está preso, no olvidemos.

Es curiosa esta mención porque desde el principio de la causa la famosa reunión en Pinamar ha sido negada primero por D’Alessio y por Stornelli. Cuando aparecieron los videos que daban cuenta de dicha reunión, D’Alessio señaló que había sido un encuentro accidental. Luego aparecieron los mensajes de WhatsApp donde Stornelli y D’Alessio acordaban dicha reunión. Entonces Stornelli reconoció la existencia de la reunión y señaló que D’Alessio había ido a mostrarle cierta información. Curiosa información debía mostrarle a Stornelli, el falso abogado D’Alessio que requirió una alocada vuelta en camioneta y un llamado para saludar a Alejandro Fantino, quien tenía a su papá muy enfermo por esos días.

Lo único armado en ese argumento parece ser que el argumento es lo armado. Y si vamos a hablar de causas armadas, voy a pasar por alto la causa del peritaje de Gendarmería sobre la muerte de Nisman, cuyo resultado fue anunciado y publicado en un diario antes de que el peritaje siquiera comenzara. También voy a omitir la causa en la que dos testigos juraron y perjuraron haber visto al juez Sebastián Casanello en la quinta de Olivos, para terminar condenados por falso testimonio. Esta última la recordé recientemente por la vinculación con un personaje que aparece en forma marginal en el “D’Alessiogate”: el ex miembro de la SIDE y fiscal Eduardo Miragaya. Porque al final de todas estas historias, los nombres tienden a repetirse con una constancia que envidiaría Max Planck. Demasiados cuerpos negros, demasiada materia oscura.

Como consecuencia de la denuncia de Etchebest, salió a la luz un bastante aterrador entramado de personas que se dedican al armado de causas. Causas contra los ex funcionarios kirchneristas. Causas que se basan en arrepentidos y testimonios direccionados. El más impresionante de los casos es el que involucra a quien yo llamo el “Rey de los Arrepentidos”, el ingenioso hidalgo Leonardo Fariña. Que aparece citado por D’Alessio desde el principio. Y que fue la primera voz que salió en defensa de Carlos Stornelli.

La abogada de Leonardo Fariña en las épocas en que este se apasionaba tanto con arrepentirse, que incluso se arrepentía de haberse arrepentido, denunció que las declaraciones de Fariña estaban guionadas. Los potenciales guionistas, cuyos nombres han circulado pero omitiré consignar por falta de pruebas –¡Manzana!— escribían mails que luego Fariña debía reiterar en sus declaraciones judiciales y ante la prensa. También señaló la letrada que el intermediario era ni más ni menos que Germán Garavano, Ministro de Justicia de Mauricio Macri e “imbécil” según Elisa Avelina Carrio. La abogada aportó dichos mails y su lectura resulta asombrosa. El origen de los mails es algo que aún debe determinarse.

Pero quienes sostienen que esto también es parte de un armado, dicen que la abogada aceptó arriesgar su buen nombre y hasta su matrícula como abogada en cumplimiento de un muy particular –y también claramente abusivo— régimen laboral.

Aseguraron desde fuentes cercanas al Ministerio de Justicia, tanto que se sientan en el mismísimo sillón de ese ministerio, que la reunión donde se habría empezado a acordar el arrepentimiento de Fariña está grabada. Debo señalar que para un gobierno que va primero a los medios y luego al Poder Judicial, Garavano ha demostrado una prudencia infinita al no llevar dicha prueba a los medios de comunicación. Tampoco la ha llevado al Poder Judicial, es justo decirlo también. La prueba anunciada aún no ha sido hecha pública.

Analizo cada uno de los detalles de la historia alternativa. Y no logro encajarlos en una historia consistente y verosímil. Ni siquiera con el agregado de una cofradía malévola de abogados de ex funcionarios kirchneristas que trabajan a destajo para armar no se entiende bien qué estrategia. Argumento reiterado por Luis Majul hasta el cansancio. Con más intención de injuriar que pruebas, debo añadir.

Debe ser porque soy abogada, que me parece lo mas normal del mundo, incluso exigible por parte de cualquier persona, que si su nombre aparece en una causa donde se da cuenta de tareas de inteligencia ilegal, le pida a cualquiera de sus abogados que se presente para recabar la información que pudiere haber. Y que si ha sido víctima de ese tipo de tareas de inteligencia ilegal, se presente como querellante. Y si alguien da testimonio de la planificación de actividades que pudiesen poner en riesgo la seguridad personal de otro alguien, que ese otro alguien se presente como denunciante.

No sé, tal vez Majul y algunos de sus colegas crean que hay personas que no tienen derecho a defensa y que ejercerlo es vulnerar alguna ley. Creencia que podría surgir de la lectura inadvertida de los titulares de algunos diarios, pero que debo señalarles, no es más que una creencia. Todos los habitantes de la Nación Argentina siguen teniendo derecho a defensa y su ejercicio sigue siendo un ejercicio legítimo de derechos.

Sin firmar la inocencia ni la culpabilidad de nadie, porque carezco de la autoridad de hacerlo. Y señalando que el estado de inocencia es un principio –y un derecho y una garantía— que corre para todos por igual sin importar a qué club pertenecen, sí quiero decir algo: la investigación que se lleva adelante en Dolores es, a mi criterio, una de las mas importantes que se ha llevado adelante en el Poder Judicial. Porque en ella se devela una de las partes más horribles del poder en la Argentina. El poder que extorsiona. El poder que corrompe. El poder que mata. El poder que, desde los suburbios de la peste, funciona sin ley ni límites ni nada que se parezca. El poder que muchos abogados presentimos, incluso vislumbramos apenas un instante, como un agujero de infinita miseria. El que pocos se atreven a pronunciar o poner nombre. Y que, hasta ahora, nadie se había animado a investigar.

Y déjenme decir también, en un arranque de optimismo, y como clara enunciación de esperanza: el resultado final de esa causa debería ser un Poder Judicial más sano, más noble, más humano. No calificaría como un final feliz, mi deseo, pero firmo con las dos manos que es un final necesario, imprescindible, como principio, como punto de partida, de algo que se ha hecho difícil en estos tiempos. Un Poder Judicial más Justo.

Y que Romeo se salve con Julieta y que sean felices por siempre jamás.

El Cohete a la Luna

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