¿Emancipación o barbarie?

Por Jorge Alemán

La pregunta por un comunismo reinventado o barbarie reedita la fórmula de Marx. El comunismo se interpreta, en sentido ilustrado, como el estado final del movimiento dialéctico de la historia, a través de la praxis social humana, cuyo motor es la contradicción. Este movimiento explicaría el progreso histórico hasta llegar a la sociedad sin clases, es decir, los momentos de la superación de una sociedad a otra mejor (dependiendo de las relaciones y de su modo de producción), desde la prehistoria hasta la sociedad capitalista, estudiada y analizada por Marx en sus grandes textos. El marxismo clásico entiende que la transformación de la sociedad clasista en la real sociedad comunista se alcanzará a través de la lucha revolucionaria llevada a cabo por el verdadero sujeto histórico de la sociedad burguesa, el proletariado que logra la autoconciencia (conciencia de clase). Sin embargo, creo que Marx no estaba muy convencido de esta concepción teleológica del movimiento de la historia, regida por una ley dialéctica, que supone la superación del capitalismo en la totalidad real del comunismo (sociedad final o perfecta, sin clases ni ideología). Tiendo a pensar que Marx captó muy bien el potencial revolucionario del propio capitalismo y que, debido sobre todo a su enorme capacidad técnica, incorporaría las máquinas como capital variable, y «lo sólido se iba a desvanecer en el aire»…

Bien es verdad que a finales del siglo xix la sociedad capitalista era considerada por Marx todavía como un estado de «barbarie». Porque todas las «aparentes» libertades encubrían lo más relevante: la explotación, basada en la extracción de la plusvalía. En este sentido no se daría una sociedad libre mientras hubiera miles de personas vendiendo su fuerza de trabajo (meras mercancías compradas con un ínfimo salario) y hubiera también desempleados suficientes para constituir un ejército de reserva, que ejerciera presión sobre los obreros como manera de evitar la subida de salarios. Además, los propietarios de los medios de producción, los ricos/burgueses, estaban también de algún modo presionados, estructuralmente, porque su objetivo era crecer y crecer, generar y generar beneficios para no perder su lugar en el mercado. Para Marx, como es sabido, dicha sociedad es injusta y representa la barbarie, sin seres humanos reales.

En cierta forma participo de la fórmula «comunismo o barbarie» para entender algunos momentos igualitarios, pero no tengo nada claro que la disyunción entre comunismo o barbarie sea la opción en la que pensar ante la pandemia. Porque si después del desastre no se abre la posibilidad para algunos países emergentes de apostar por construir soberanías de Estado, ello querrá decir que se darán disputas por las hegemonías mundiales, después de saquear y desposeer a mucha parte de la población. Algunos piensan que precisamente por la dificultad extrema de no poder reinscribir a millones de personas en la vida productiva, entre otros motivos por la pérdida de los aparatos de producción, se posibilitará el surgimiento de un nuevo movimiento anticapitalista. En principio, no veo que por el momento estemos necesariamente ante una elección forzada. Se podría expresar del siguiente modo: o barbarie (gran colapso, un territorio como el de la película Mad Max) o comunismo (nuevo mundo, surgido de la pandemia).

Se pueden considerar dos razones, al menos, para establecer que dicha opción, barbarie o comunismo, no es la primordial. La primera, en los congresos del Partido Comunista de China se mantiene la peregrina idea de que el Capitalismo es un instrumento que ellos utilizan, y no al revés. Esto desafía, por ingenua, la lógica de casi todo el marxismo occidental. No obstante, el Capitalismo no ha logrado destruir el rico y complejo legado simbólico de China, cosa que sí ha pasado en otras muchas partes del mundo. La segunda razón es que la hegemonía cultural de Occidente se mantenía en virtud de un «nudo» tejido por la economía de mercado, el liberalismo y la democracia. Pero en estos momentos ya han sido desanudados por el capitalismo y funcionan sin ninguna articulación entre ellos. El neoliberalismo ha logrado a partir de su teología política, como sostiene José Luis Villacañas, unificar el mundo de los tres poderes: las empresas económicas y civilizatorias, el mando del Estado y la producción de subjetividad.

(De Pandemónium. Notas sobre el desastre, Ned, 2020)