En el medio del río

Por Fernando Cibeira

Ninguna de las encuestas serias conocidas ni las que circulan por los comandos de campaña da como ganador de las PASO a Mauricio Macri. Desde esta base, la expectativa para mañana estará puesta en la diferencia de puntos que pueda obtener la fórmula del Frente de Todos respecto a la de Juntos por el Cambio. El Gobierno buscó instalar la idea de que una diferencia de cinco puntos o menos es revertible, recordando aquella gesta de 2015, cuando arrancaron muy abajo y terminaron ganando el ballottage. Pero la situación está lejos de ser la misma. En el medio, como es vox populi, pasaron cosas.

A grandes rasgos, podría decirse que la campaña del Frente de Todos fue de menor a mayor mientras que la del oficialismo -si bien sería exagerado sostener que recorrió el camino inverso- nunca encontró su mejor tono. Hasta hace algunas semanas, Alberto Fernández era un candidato con poco nivel de conocimiento, más vinculado al opaco trasfondo del armado político que a los escenarios y las multitudes, sostenido por una coalición todavía en ciernes. Comenzó para lo que según algunos medios se trató de una campaña “desordenada”. En verdad, a cada paso le pedían que respondiera por alguna declaración suya en el pasado o por lo que había dicho algún simpatizante famoso o algún otro candidato. En plena tarea, la Justicia lo citó por un reportaje que había dado cuatro años atrás y cuando acudió a declarar ni el juez ni su secretario se tomaron la molestia de estar presentes.

Así ingresó en algún desaconsejable cuerpo a cuerpo con periodistas. Al mismo tiempo fue tildado de títere y de autoritario. Pero Fernández se mantuvo fiel a su idea y continuó yendo a todos los programas, muchas veces en territorio hostil. En definitiva, consiguió en ese terreno hacer diferencia con Macri y la gobernadora María Eugenia Vidal, quienes pese a enarbolar la bandera de la libertad de expresión como presunto rango distintivo de su administración, no se aventuraron a darle una entrevista a un medio no afín. Alberto Fernández encontró el eje de su mensaje cuando consiguió colar la agenda económica en el debate. El planteo de lo que no va al bolsillo de los jubilados se lo llevan los bancos -más allá de que algunos economistas hayan salido a calificarlo como engañoso o simplista- sirvió para cambiar de pantalla. Nunca más volvieron a preguntarle por lo que había dicho tal o lo que había dicho cual, sino de dónde iba a sacar la plata para financiar lo que prometía. También instaló otros temas como el de la educación pública y la inversión en ciencia. Para eso ayudó que en el Frente de Todos se extremaran los cuidados para evitar frases que pudieran ser sacadas de contexto o recortadas.

De esta manera, sobre la marcha, Alberto Fernández, Cristina Kirchner, Axel Kicillof y Sergio Massa, consiguieron construir un andamiaje más o menos sólido, sin mensajes contradictorios y con circunstanciales apariciones conjuntas. La tan esperada reaparición de Massa junto a la ex presidenta, luego de años de distanciamiento, fue todo lo creíble que podía ser. En el entorno de los Fernández destacan la predisposición que tuvo el líder del Frente Renovador durante la campaña para adaptarse a la estrategia del espacio, recorriendo los distritos de la provincia de Buenos Aires en los que conserva mejor imagen y protagonizando sobre el final dos spots destinados a de atraer al elector independiente.

En el acto de cierre, frente al Monumento a la Bandera, el Frente de Todos pudo armar una gran postal. A esta altura del duranbarbismo conceptual es complicado determinar cuánto suma este tipo de convocatorias entre el electorado no politizado pero fue un acto multitudinario como no hubo otro durante la campaña, que se hizo sin incidentes y con un escenario atractivo no sólo desde lo visual sino también desde lo político: sentaron a representantes de 19 provincias -entre gobernadores en ejercicio y electos y enviados especiales-, un músculo que el oficialismo está lejos de poder exhibir.

En resumen, en unas semanas el Frente de Todos generó un candidato, que luego de un tiempo encontró el tono y la dirección de mensaje que le sentaban mejor, el resto de los candidatos se encolumnaron detrás suyo y consiguió el apoyo de los gobernadores e intendentes del PJ y de las principales centrales sindicales. Fue un importante avance y las encuestas mostraron que, luego de un ligero estancamiento, sumó adhesiones. Si fueron suficientes, es lo que se develará mañana.

En cuanto al macrismo, es sabido que le sale mucho mejor la campaña que la gestión. Ahí sí no hay problemas de desorden ni de mensajes cruzados. Hay una línea de discurso que se sigue sin disidencias. Hasta Elisa Carrió esta vez aceptó salir de escena para no seguir generando problemas, como había ocurrido durante el año en sus incursiones por el interior. Una vez que la maquinaria se pone en marcha, funciona como reloj suizo. El problema es que la situación es muy diferente cuando se es oposición y cuando se está al frente de una gestión sin logros que mostrar. El repetido recurso de Cambiemos fue mostrar en todo momento al kirchnerismo como una fuerza violenta, autoritaria y corrupta a la que no había que permitir volver al poder. Toda expresión proveniente de alguien a quien pudiera asociarse al kirchnerismo y que sonara aunque fuera lejanamente a algo violento o autoritario, fue exprimida a más no poder. Programas televisivos enteros dedicados a analizar frases, notas o gestos, muchas veces recortados o descontextualizados. El “agravio” debe ser patrimonio del peronismo. La gobernadora Vidal utiliza el recurso en todo momento. “Me propuse no contestar agravios”, responde invariablemente cada vez que le mencionan algo que se haya dicho, aunque ni por asomo suene a algo ofensivo.

Lo llamtivo es que fue el oficialismo quien echó mano a la campaña negativa. Por ejemplo, cuando Miguel Angel Pichetto quiso aplicarle el derecho de admisión en el peronismo a Kicillof y lo tildó de marxista. La propia Vidal siguió la saga al “acusarlo” de pertenecer a La Cámpora y de ser vehículo de las apetencias políticas de Máximo Kirchner. Como resultado de eso, Kicillof hizo el que probablemente haya sido el mejor spot de este tramo de la campaña, el que lo muestra de entrecasa, con su familia, contando su historia y sus inquietudes de manera creíble. Como muchas veces ocurre, las acusaciones volvieron como búmeran. De hecho, la estrella de Pichetto -que arrancó amagando con comerse a los chicos crudos- se fue extinguiendo lentamente en la galaxia oficialista. Habrá que esperar a contar los votos para saber si fue una adquisición que tuvo algún sentido. En principio, para el sector de Cambiemos más gorila, que se había enamorado con el relato de los “70 años” de peronismo como el principal motivo de la decadencia argentina, la incorporación de Pichetto -tal vez el dirigente activo que mejor representa al establishment peronista- aún resulta indigesta.

Cuando la discusión giró en torno a la situación económica, y el dólar acompañó pegando un respingo, la frágil estantería de Cambiemos se tambaleó. A diferencia de Alberto Fernández con las jubilaciones, los bancos y las Leliq, Macri nunca encontró un norte que volviera atractivo su mensaje. La figura de la mitad del río era obvia -no hay gobierno que busque ser reelecto que no la utilice-, el problema para el oficialismo que no supo adornar lo que se encontraría en la otra orilla. La frase que Macri usó para congraciarse con el escritor Mario Vargas Llosa -”haría lo mismo pero más rápido”- fue exprimida por el Frente de Todos, que hasta la utilizó en una publicidad. No hubo índice que al Gobierno le sirviera para mostrar una mejoría y sólo quedó el recurso del miedo, el de decir “por lo menos no somos ellos”.

El Macri desaforado de Ferro -”no se inunda más, carajo”- y el quebrado de Vicente López -lacrimoso al hablar de Vidal-, son una buena pintura de la inestabilidad final de la campaña oficialista. Gobernadores e intendentes esconden al Presidente, mandan a votar con la boleta doblada de manera que no se lo vea. En el “equipo” ya no hay frescura, no hay alegría, no hay más globos para vender, lo que marca una decisiva diferencia con 2015 y la diferencia que pudieron revertir. Ahora sólo está la promesa de nuevos sacrificios pero que valen la pena ante el oprobio inimaginable de la vuelta del peronismo. Si ese tinglado todavía se mantiene en pie y llega con chances a los comicios se debe exclusivamente a la figura de Vidal. La gobernadora se puso la campaña al hombro, no dejó canal amigo por recorrer. En su buena imagen descansan las posibilidades del macrismo.

En el Frente de Todos dan por perdidas Córdoba y CABA, esperan que por márgenes muy inferiores a los que se evaluaban apenas unas semanas atrás. Después hablan de posibilidades en contra pero disputadas en las tres provincias que gobierna el radicalismo: Mendoza, Jujuy y Corrientes. En el resto del país confían en el triunfo en base al apoyo de los gobernadores y los efectos de la crisis, especialmente en distritos donde Cambiemos se impuso hace cuatro años como Santa Fe y Entre Ríos. Con todo, será decisivo lo que ocurra en la provincia de Buenos Aires, el distrito que implica casi el 40 por ciento del padrón nacional. Si Macri arrastrará a Vidal o será la gobernadora quien logre sostener al Presidente. En el Gobierno creen que una diferencia pequeña es remontable, si es de más de cinco puntos no sólo se les hará cuesta arriba, sino que el síndrome del pato rengo puede terminar por desequilibrar las inestables variables de la economía. Quedarían en el medio del río, justo en la parte más profunda.

10/08/19 P/12

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