En el molino

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por José María Eça de Queirós

Doña Maria da Piedade estaba considerada por todo el pueblo como «una mujer modelo». El viejo Nunes, jefe de correos, siempre que se hablaba de ella, decía, acariciando con autoridad los cuatro pelos de su calva:

—¡Es una santa! ¡Eso sí que es una santa!

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El pueblo estaba casi orgulloso de su belleza delicada y conmovedora; era una rubia de perfil fino, piel ebúrnea y ojos oscuros de un tono violeta, a los que las largas pestañas oscurecían más su brillo sombrío y dulce. Vivía al final de la calzada, en una casa azul con tres balcones, y era, para la gente que por las tardes iba a dar una vuelta hasta el molino, un encanto siempre nuevo verla por detrás de la vidriera, entre las cortinas de muselina, curvada sobre su costura, vestida de negro, recogida y seria. Pocas veces salía. Su marido, mayor que ella, era un inválido, siempre en la cama, inutilizado por una enfermedad de columna; hacía años que no bajaba a la calle; lo veían a veces también a la ventana, ajado y torpe, agarrado al bastón, encogido en su robe de chambre, con el rostro macilento, la barba descuidada y con un gorrito de seda enterrado melancólicamente hasta el cuello. Los hijos, dos niñitas y un chiquillo, estaban también enfermos, crecían poco y con dificultad, llenos de tumores en las orejas, llorones y tristones. La casa, interiormente, parecía lúgubre. Se andaba de puntillas, porque el señor, con la excitación nerviosa que le provocaban los insomnios, se irritaba con el mínimo ruido; había sobre las cómodas algunos frascos de botica, algún cuenco con papas de linaza; las mismas flores con las que ella, en su arreglo y en su gusto de frescor, ornaba las mesas, enseguida se marchitaban en aquel aire asfixiado de fiebre, nunca renovado por miedo a las corrientes de aire; y era una tristeza ver siempre a alguno de los pequeños o con un emplasto en la oreja, o en un rincón del canapé, envuelto en mantas amarillentas como de hospital.

Maria da Piedade vivía así desde sus veinte años. Incluso de soltera, en casa de sus padres, su vida había sido triste. Su madre era una criatura desagradable y ruda; el padre, que se empeñaba por las tabernas y por el juego, ya viejo, siempre borracho, los días que aparecía por casa los pasaba en la chimenea, con un silencio sombrío, fumando en pipa y escupiendo a las cenizas. Todas las semanas le pegaba a su mujer. Y cuando João Coutinho pidió a María en matrimonio, a pesar de que ya estaba enfermo, ella aceptó, sin vacilar, casi con agradecimiento, para salvar la casucha del embargo, no oír más los gritos de su madre, que la hacían temblar, rezar, arriba en su cuarto, en el que la lluvia entraba por el tejado. No amaba a su marido, claro que no; e incluso en el pueblo se había lamentado que aquel bello rostro de Virgen María, aquella figura de hada, fuese a pertenecer al Joãozinho Coutinho, que desde chiquillo había sido siempre tullido. Coutinho, por muerte de su padre, se había quedado rico; y ella, acostumbrada por fin a aquel marido refunfuñón, que se pasaba el día arrastrándose sombríamente de la sala a la alcoba, se habría resignado, en su naturaleza de enfermera y de consoladora, si sus hijos por lo menos hubiesen nacido sanos y robustos. Pero aquella familia que le llegaba con la sangre viciada, aquellas existencias vacilantes, que después parecían pudrírsele en las manos, a pesar de sus cuidados inquietos, le fastidiaban. A veces, sola, picando su costura, le corrían las lágrimas cara abajo: la invadía un cansancio de la vida como si una niebla le oscureciese el alma.

Pero, si su marido desde dentro llamaba desesperado, o uno de los niños lloriqueaba, se secaba los ojos, y allí aparecía con su bonito rostro tranquilo, con alguna palabra de consuelo, colocando la almohada a uno, yendo a animar al otro, feliz de ser buena. Toda su ambición era ver su pequeño mundo bien cuidado y tratado con cariño. Nunca, desde que se había casado, había sentido una curiosidad, un deseo, tenido un capricho: nada le interesaba en la Tierra sino las horas de las medicinas y el sueño de sus enfermos. Todo el esfuerzo le resultaba fácil cuando se trataba de contentarlos: aunque débil, paseaba durante horas trayendo en brazos al pequeñajo, que era el más impertinente, con las heridas que convertían sus pobrecitos labios en una costra oscura; durante los insomnios del marido tampoco dormía, sentada al pie de la cama, charlando, leyéndole las Vidas de los santos, porque al pobre tullido le estaba entrando la devoción. Por la mañana estaba un poco más pálida, pero tan correcta con su vestido negro, fresca con sus crenchas bien lustrosas, poniéndose guapa para ir a dar las sopas de leche a sus pequeñajos. Su única distracción era sentarse a la ventana, por las tardes, con su costura y la chiquillería toda alrededor, anidando en el suelo, jugando tristemente. El mismo paisaje que veía desde la ventana era tan monótono como su vida: abajo, la calzada, después una ondulación de campos, una tierra magra plantada aquí y allá de olivos e, irguiéndose al fondo, una colina triste y desnuda, sin una casa, un árbol, un humo de caserío que pusiese en aquella soledad de terreno pobre una nota humana y viva.

Viéndola así, tan resignada y tan sujeta, algunas señoras del pueblo afirmaban que era una beata; sin embargo, nadie la veía en la iglesia, a no ser el domingo, con el mayor de los chiquillos de la mano, muy pálido en su trajecito de terciopelo azul. En efecto, su devoción se limitaba a esta misa todas las semanas. Su casa la tenía más que ocupada como para dejarse invadir por las preocupaciones del Cielo; en aquel deber de buena madre, cumpliendo con amor, encontraba satisfacción suficiente para su sensibilidad; no necesitaba adorar santos o enternecerse con Jesús. Instintivamente, incluso llegaba a pensar que todo el afecto excesivo dado al Padre del Cielo, todo el tiempo gastado en arrastrarse por el confesionario o a los pies del oratorio, supondría una disminución cruel en su cuidado de enfermera: su manera de rezar era velar por sus hijos, y aquel pobre marido postrado en una cama, dependiendo completamente de ella, teniéndola sólo a ella, le parecía tener más derecho a su fervor que el otro, clavado en una cruz, contando para animarlo con toda una humanidad dispuesta. Además, nunca había tenido estos sentimentalismos de alma triste que llevan a la devoción. Su antigua costumbre de dirigir una casa de enfermos, de ser ella el centro, la fuerza, el amparo de aquellos inválidos, la había vuelto tierna pero práctica, y de este modo era ella la que administraba ahora la casa de su marido, con un buen sentido dirigido por el afecto, una solicitud de madre prudente. Tales ocupaciones bastaban para entretener su día: su marido, por lo demás, odiaba las visitas, el aspecto de caras saludables, las conmiseraciones de cumplido; y pasaban meses sin que en casa de Maria da Piedade se oyese una voz extraña a la familia, a no ser la del Dr. Abilio, que la adoraba y que decía de ella con los ojos desorbitados:

—¡Es un hada! ¡Es un hada!…

Por eso fue grande la alteración en la casa cuando João Coutinho recibió una carta de su primo Adrião, que le anunciaba que en dos o tres semanas llegaría al pueblo. Adrião era un hombre célebre, y el marido de Maria da Piedade sentía por aquel pariente un orgullo enfático. Incluso había llegado a suscribirse a un periódico de Lisboa sólo para ver su nombre en las noticias locales y en la crítica. Adrião era un novelista, y su último libro, Madalena, un estudio de mujer trabajado con gran estilo, con un análisis delicado y sutil, lo había consagrado como un maestro. Su fama, que ya había llegado al pueblo, como una vaga leyenda, lo presentaba como una personalidad interesante, un héroe de Lisboa, amado por las fidalgas, impetuoso y brillante, destinado a un alto cargo en el Estado. Pero realmente, en el pueblo, era conocido sobre todo por ser primo de João Coutinho.

Doña Maria da Piedade se quedó horrorizada con la visita. Veía ya su casa en desorden con la presencia de ese huésped extraordinario. ¡Y además la necesidad de arreglarse más, de cambiar la hora de la cena, de charlar con un literato y tantos otros esfuerzos crueles!… Y la brusca invasión de aquel mundano, con sus maletas, el humo de su puro, su alegría de persona sana, en la paz triste de su hospital, le daba la impresión pavorosa de una profanación. Por eso supuso un alivio, casi un reconocimiento, cuando Adrião llegó y muy sencillamente se instaló en la antigua hostería del tío André, en la otra punta del pueblo. João Coutinho se escandalizó: ya estaba preparado el cuarto de visitas, con sábanas de encaje, una colcha de damasco, platas sobre la cómoda, y lo quería todo para él, su primo, el hombre célebre, el gran autor… Adrião sin embargo lo rechazó:

—Yo tengo mis costumbres, vosotros tenéis las vuestras… No nos contrariemos, ¿vale?… Lo que hago es venir aquí a cenar. Por lo demás, no estoy mal donde el tío André… Veo desde la ventana un molino y una represa, que son un cuadrito delicioso… Y tan amigos, ¿no os parece?

Maria da Piedade lo miraba con asombro: aquel héroe, aquel fascinador por el que lloraban mujeres, aquel poeta al que los periódicos glorificaban, era un sujeto extremadamente sencillo: ¡mucho menos complicado, menos ostentoso que el hijo del recaudador! Ni siquiera era guapo; y con el ala de su sombrero caída sobre un rostro regordete y barbudo, la levita de franela cayendo a lo ancho en un cuerpo robusto y pequeño, sus zapatos enormes, le parecía a ella uno de los cazadores de aldea que a veces se encontraba, cuando de mes en mes iba a visitar las haciendas al otro lado del río. Además de eso, no hacía frases, y la primera vez que vino a cenar, casi no habló, con gran hombría de bien, de sus negocios. Había venido por ellos. De la fortuna del padre, la única tierra que no estaba devorada, o abominablemente hipotecada, era la Curgossa, una hacienda al lado del pueblo, y que, aun por encima, estaba mal arrendada… Lo que quería era venderla. ¡Pero eso le parecía a él tan difícil como hacer la Iliada!… Y lamentaba sinceramente ver a su primo allí, inútil sobre una cama, sin poder ayudarlo en los pasos que debería dar con los propietarios del pueblo. ¡Por eso oyó con gran alegría a João Coutinho declararle que su mujer era una administradora de primera y tan hábil en estas cuestiones como un antiguo rábula!…

—Ella va contigo a ver la hacienda, habla con Teles y te arregla todo eso… ¡Y en lo que respecta al precio, déjala a ella!…

—¡Pero qué superioridad, prima! —exclamó Adrião, maravillado—. ¡Un ángel que entiende de cifras!
Por primera vez en su vida, Maria da Piedade se puso colorada con la palabra de un hombre. Por lo demás, se decidió de inmediato a ser la apoderada del primo…

Al día siguiente fueron a ver la hacienda. Como quedaba cerca y era un día de marzo fresco y claro, partieron a pie. Al principio, cohibida por aquella compañía de un león, la pobre mujer caminaba junto a él con el aspecto de un pájaro asustado: a pesar de tan sencillo, había en su figura enérgica y musculosa, en el timbre rico de su voz, en sus ojos pequeños y brillantes, algo de fuerte, de dominante, que la embelesaba. Se le había prendido a la orla de su vestido una rama de zarza y, cuando él se inclinó para desprendérsela delicadamente, el contacto de aquella mano blanca y fina de artista en la orla de su falda le molestó especialmente. Apresuraba el paso para llegar bien rápido a la hacienda, resolver el negocio con Teles y volver inmediatamente a refugiarse, como en su elemento propio, en el aire asfixiado y triste de su hospital. Pero la calzada se extendía, blanca y larga, bajo el sol tibio, y la conversación de Adrião fue acostumbrándola a su presencia lentamente.

Él parecía que estaba desolado ante la tristeza de su casa. Le dio algunos buenos consejos: lo que los niños necesitaban era aire, sol, otra vida que no fuese aquella asfixia de alcoba…

Ella también pensaba así… ¡pero qué!, el pobre João, siempre que se le hablaba de ir a pasar algún tiempo a la finca, se afligía terriblemente: le tenía horror a los grandes aires y a los grandes horizontes, la naturaleza fuerte casi lo hacía desmayar; se había convertido en un ser artificial, encerrado entre los cortinajes de su cama.

Él entonces se condolió de ella. Seguro que podría haber alguna satisfacción en un deber tan santamente cumplido… Pero, en fin, ella debía tener momentos en que desease alguna otra cosa además de aquellas cuatro paredes, impregnadas del vaho de la enfermedad…

—¿Qué más puedo desear yo? —dijo ella.

Adrião se calló: le pareció absurdo suponer que ella desease, realmente, el Chiado o el Teatro da Trindade… En lo que él pensaba era en otros apetitos, en las ambiciones de un corazón insatisfecho… Pero esto le pareció tan delicado, tan grave de decir a aquella criatura virginal y seria, que habló del paisaje…

—¿Ya has visto el molino? —le preguntó ella.

—Tengo ganas de verlo, si quieres ir a enseñármelo, prima.

—Hoy es tarde.

Quedaron enseguida en ir a visitar ese rincón de verdor, que era el idilio del pueblo.

En la hacienda, la larga conversación con Teles creó un acercamiento mayor entre Adrião y Maria da Piedade. Era como si aquella venta, que ella discutía con la astucia de una aldeana, pusiera entre ellos algo como un interés común. Luego, al regresar, ella ya le habló con menos reserva. Había en las maneras de él, de un respeto conmovedor, una atracción que, a su pesar, la llevaba a revelarse, a darle su confianza: nunca le había hablado tanto a nadie, jamás había dejado ver a nadie tanto de la melancolía oculta que erraba constantemente en su alma. Por lo demás, sus quejas eran sobre el mismo dolor: la tristeza de su interior, las enfermedades, tantos cuidados graves… Y le venía por él una simpatía, como un deseo indefinido de tenerlo siempre presente, ya que él se hacía así depositario de sus tristezas.

Adrião volvió para su cuarto, en la hostería de André, impresionado, interesado por aquella criatura tan triste y tan dulce. Ella se destacaba sobre el mundo de mujeres que hasta entonces había conocido, como un perfil suave de ángel gótico entre fisonomías de mesa redonda. Todo en ella estaba deliciosamente de acuerdo: el oro del cabello, la dulzura de la voz, la modestia en la melancolía, la línea casta, convirtiéndola en un ser delicado y conmovedor, al que incluso su pequeño espíritu burgués, cierto fondo rústico de aldeana y una ligera vulgaridad de costumbres le conferían un encanto: era un ángel que vivía hacía mucho tiempo en un poblacho grosero y se encontraba por muchas partes sujeto a las trivialidades del lugar, pero bastaría un soplo para hacerlo remontar al cielo natural, a las cimas puras de la sentimentalidad…

Le parecía absurdo e infame cortejar a su prima… Pero, involuntariamente, pensaba en el delicioso placer de hacer latir aquel corazón que no estaba deformado por el corsé y de poner, en fin, sus labios en un rostro en el que no hubiese polvos de arroz… Y lo que lo tentaba sobre todo era pensar que podría recorrer todas las provincias en Portugal sin encontrar ni aquella línea de cuerpo, ni aquella virginidad enternecedora de alma adormecida… Era una ocasión que no volvería.

El paseo al molino fue encantador. Era un rincón de naturaleza digno de Corot, principalmente al mediodía, cuando ellos fueron, con el frescor de lo verde, la sombra recogida de los grandes árboles y toda suerte de murmullos de agua corriente, huyendo, reluciendo entre los musgos y las piedras, llevando y esparciendo en el aire el frío de la hojarasca, del césped por el que corrían cantando. El molino era muy pintoresco, con su vieja edificación de piedra secular, su enorme rueda, casi podrida, cubierta de hierbas, inmóvil sobre la helada limpidez del agua oscura. Adrião lo encontró digno de una escena de novela, o mejor aún, de la vivienda de un hada. Maria da Piedade no decía nada, pareciéndole extraordinaria aquella admiración por el molino abandonado del tío Costa. Como ella venía un poco cansada, se sentaron en una escalera descoyuntada de piedra, que sumergía en el agua de la represa sus últimos peldaños, y allí se quedaron un momento callados, en el encanto de aquel frescor murmurante, oyendo las aves piar en las ramas. Adrião la veía de perfil, un poco curvada, agujereando con la punta del parasol las hierbas silvestres que invadían los peldaños: era deliciosa, así, tan blanca, tan rubia, con una línea tan pura sobre el fondo azul del aire: su sombrero era de mal gusto, su manteleta anticuada, pero en eso mismo veía él una ingenuidad picante. El silencio de los campos en derredor los aislaba, e, insensiblemente, él empezó a hablarle bajo. Era todavía la misma compasión por la melancolía de su existencia en aquel triste pueblo, por su destino de enfermera… Ella lo escuchaba con los ojos bajos, pasmada de encontrarse allí tan sólo con aquel hombre tan robusto, recelosa y encontrando un sabor delicioso a su recelo… Hubo un momento en que él habló del encanto de quedarse para siempre allí en el pueblo.

—¿Quedarse aquí? ¿Para qué? —le preguntó ella, sonriendo.

—¿Para qué? Para esto, para estar siempre a tu lado…

Ella se cubrió de rubor; el parasolito se le escapó de las manos. Adrião tuvo miedo de haberla ofendido y añadió enseguida, riendo:

—¿Pues no era delicioso?… Yo podía alquilar este molino, hacerme molinero… Tú, prima, me darías tu clientela…

Esto la hizo reír; era más guapa cuando se reía: todo brillaba en ella, los dientes, la piel, el color del cabello. Él siguió bromeando, con su plan de hacerse molinero y de ir por la calzada tocando el burro, cargado de sacos de harina.

—¡Y yo vengo a ayudarte, primo! —dijo ella, animada por su propia risa, por la alegría de aquel hombre a su lado.

—¡Claro! —exclamó él—. ¡Te juro que me hago molinero! ¡Qué paraíso, nosotros aquí los dos en el molino, ganando alegremente nuestra vida y oyendo cantar a estos mirlos!

Ella volvió a ponerse colorada con el fervor de su voz, y retrocedió como si él fuese ya a arrebatarla para el molino. Pero Adrião, ahora, inflamado por aquella idea, le pintaba con su palabra colorida toda una vida novelesca, de una felicidad idílica, en aquel escondrijo de verdor: por la mañana, a pie, temprano, para el trabajo; después la cena en la hierba al borde del agua; y por la noche las buenas charlas allí sentados, a la luz de las estrellas o bajo la sombra cálida de los cielos negros del verano…

Y de repente, sin que ella se resistiese, la prendió en sus brazos y la besó en los labios, con un solo beso, profundo e interminable. Ella había quedado contra su pecho, blanca como muerta, y dos lágrimas corrían a lo largo de su rostro. Así, era tan dolorosa y débil que la soltó; ella se levantó, cogió su pequeño parasol y se quedó delante de él, con el labio tembloroso, murmurando:

—Está mal… Está mal…
Él mismo estaba tan perturbado que la dejó bajar al camino; y en un momento seguían ambos callados hacia el pueblo. Sólo cuando estuvo en la hostería pensó: «¡Fui un tonto!».

Pero en el fondo estaba contento de su generosidad. Por la noche fue a casa de ella; la encontró con el pequeñajo en brazos, lavándole en agua de malvas las heridas que tenía en la pierna. Y entonces le pareció odioso distraer a aquella mujer de sus enfermos. Por si fuera poco, un momento como aquel en el molino no volvería. Sería absurdo quedarse allí, en aquel rincón odioso de provincias, desmoralizando, fríamente, a una buena madre… La venta de la hacienda estaba concluida. Por eso, al día siguiente apareció por la tarde, para decirle adiós: partía al anochecer en la diligencia; la encontró en la sala, en la ventana de costumbre, con la chiquillería enferma anidada contra sus faldas… Oyó que él partía, sin cambiarle el color, sin palpitarle el pecho. Pero Adrião sintió la palma de su mano tan fría como un mármol, y, cuando él salió, Maria da Piedade se quedó vuelta hacia la ventana, escondiendo su rostro a los pequeños, mirando abstractamente el paisaje que oscurecía, con las lágrimas, de cuatro en cuatro, cayéndole en la costura…

Lo amaba. Desde los primeros días, su figura resuelta y fuerte, sus ojos brillantes, toda la virilidad de su persona, se habían apoderado de su imaginación. Lo que le encantaba de él no era su talento, ni su celebridad en Lisboa, ni las mujeres que lo habían amado: eso a ella le parecía vago y poco comprensible; lo que la fascinaba era aquella seriedad, aquel aspecto honesto y sano, aquella robustez de vida, aquella voz tan grave y tan rica, y preveía, más allá de su existencia unida a un inválido, otras existencias posibles, en las que no tuviese siempre ante los ojos un rostro flaco y moribundo, en las que las noches no pasasen esperando las horas de las medicinas… Era como una ráfaga de aire impregnado de todas las fuerzas vivas de la naturaleza que había atravesado, de repente, su alcoba asfixiada: y la respiraba deliciosamente… Después, había oído aquellas conversaciones en las que él se mostraba tan bueno, tan serio, tan delicado, y a la fuerza de su cuerpo, que admiraba, se unía ahora un corazón tierno, de una ternura varonil y fuerte, para cautivarla… Este amor latente la invadió, se apoderó de ella una noche que se le apareció esta idea, esta visión: «¡Si él fuese mi marido!». Toda ella se estremeció, apretó desesperadamente sus brazos contra el pecho, como confundiéndose con su imagen evocada, amarrándose a ella, refugiándose en su fuerza… Después, él le dio aquel beso en el molino.

¡Y había partido!

Entonces empezó para Maria da Piedade una vida de abandonada. De repente, todo a su alrededor —la enfermedad del marido, los achaques de los hijos, las tristezas de cada día, su costura— le pareció lúgubre. Sus deberes, ahora que no ponía en ellos toda su alma, le resultaban pesados como fardos injustos. Su vida se le presentaba como una desgracia excepcional: no se rebelaba todavía, pero tenía esos abatimientos, esas súbitas fatigas de todo su ser, en que caía sobre la silla, con los brazos colgando, y murmurando:

—¿Cuándo se acabará esto?

Se refugiaba entonces en aquel amor como una compensación deliciosa. Creyéndolo todo puro, todo del alma, se dejaba inundar por él y por su lenta influencia. Adrião se había convertido, en su imaginación, en un ser de proporciones extraordinarias, todo cuanto es fuerte y bello, y da razón a la vida. No quiso que nada de lo que era de él o venía de él le fuese ajeno. Leyó todos sus libros, sobre todo aquella Madalena que también había amado y había muerto de un abandono. Estas lecturas la calmaban, dándole como una vaga satisfacción a su deseo. Llorando los dolores de las heroínas de novela parecía sentir alivio en los suyos.

Lentamente, esta necesidad de llenar la imaginación de esos lances de amor, de dramas infelices, se apoderó de ella. Durante meses fue un devorar constante de novelas. Así se iba creando en su espíritu un mundo artificial e idealizado. La realidad se le hacía odiosa, sobre todo bajo aquel aspecto de su casa, en donde agarrado a sus faldas había siempre un ser enfermo. Llegaron las primeras rebeldías. Se volvió impaciente y áspera. No soportaba que la arrancasen de los episodios sentimentales de su libro, para ir a ayudar a volverse a su marido y sentir su mal aliento. Le vino el asco de los frascos de farmacia, de los emplastos, de tener que lavar las heridas de los pequeños. Empezó a leer versos. Pasaba horas sola, con un gran mutismo, a la ventana, teniendo bajo su mirada de virgen rubia toda la rebelión de una enamorada. Creía en los amantes que escalan los balcones, entre el canto de los ruiseñores, y quería ser amada de ese modo, poseída por un misterio de noche romántica…

Su amor se desprendió poco a poco de la imagen de Adrião y se amplió, extendiéndose a un ser vago que estaba hecho de todo cuanto le había encantado en los héroes de novela; era un ente medio príncipe medio facineroso, que tenía, sobre todo, la fuerza. Porque era esto lo que admiraba, lo que quería, lo que ansiaba en las noches cálidas en que no podía dormir: dos brazos fuertes como el acero, que la apretasen con un abrazo mortal, dos labios de fuego que, con un beso, le aspirasen el alma. Estaba histérica.

A veces, al pie del lecho de su marido, viendo ante ella aquel cuerpo de tísico, con una inmovilidad de tullido, le venía un odio torpe, un deseo de apresurarle la muerte…

Y en medio de esta excitación mórbida del temperamento irritado, tenía flaquezas súbitas, sustos de ave que se posa, con un grito, al oír una puerta que golpea, una palidez de desmayo si había en la sala flores muy olorosas… Por la noche se asfixiaba; abría la ventana, pero el aire cálido, el vaho tibio de la tierra templada por el sol, la llenaba de un deseo intenso, de un ansia voluptuosa, ahogada por crisis de llanto…

La santa se convertía en Venus.

Y el romanticismo mórbido había penetrado tanto en aquel ser, y lo había desmoralizado tan profundamente, que llegó un momento en que bastaría con que un hombre la tocase para que ella cayese en sus brazos. Y fue lo que sucedió, por fin, con el primero que la enamoró, dos años después. Era el practicante de la botica.

A causa de él se escandalizó todo el pueblo. Y ahora deja su casa desordenada, los hijos sucios y legañosos, en harapos, sin comer hasta altas horas, el marido gimiendo abandonado en su alcoba, todos los trapos de los emplastos por encima de las sillas, todo en un torpe desamparo, para andar detrás del hombre, un bribón odioso y grasiento, de cara fofa y gordinflona, luneta negra con gruesa cinta pasada por detrás de la oreja y bonetito de seda muy peripuesto. Viene por la noche a las entrevistas con chinelas ribeteadas; huele a sudor, y le pide dinero prestado para sustentar a una tal Joana, criatura obesa, a la que en el pueblo llaman Bola de Unto.

(De: Cuentos completos, 2016. Traducción: María Tecla Portela Carreiro)

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