En esta coyuntura es necesario que te mueras

De Byung Chul Han a Guille Aquino. Pandemia, humor, filosofía y encierro. Algunas claves de esta época de encuarentenamiento entre el quehacer intelectual y el neoliberalismo más cínico.

Por Boris Katunaric

le dijo un hambriento a otro:
en esta coyuntura
es necesario que te mueras

«El pez chico se come al chico»
Roberto Santoro

Es verdad que la cuarentena, para algunes, es un evento que merezca algún tipo de festejo. Quienes durante varios años trabajamos de lunes a domingo y ansiamos con furia que el mundo nos deje un poco en paz estamos, al menos, satisfechos con el hecho de encerrarnos en nuestras casas. Byung Chul Han, el filósofo Coreano nos habla de la autoexplotación. Dice Han en una conferencia: «Se vive con la angustia de no hacer siempre todo lo que se puede»(…)»Ahora uno se explota a sí mismo figurándose que se está realizando; es la pérfida lógica del neoliberalismo que culmina en el síndrome del trabajador quemado».

Los sketchs de Guillermo Aquino suelen ser una crítica a la realidad bastante elocuente en su parodia. El último de ellos, que apenas es un prólogo y merece cierta conexión con la mencionada cita del intelectual asiático, puede ser bastante gráfico cuando enumera sus agotamientos en un increscendo: «Estoy cansado de este mundo, de su gente, estoy cansado de sus juntadas, de sus cumpleaños, de sus selfies, de sus infinitos compromisos sociales, de su transporte público, de sus filas en el banco, de sus after office en sus bares de cervezas artesanales con papas chedar, de sus marchas, sus manifestaciones, sus piquetes, sus carnavales, sus expos-agros, sus ferias culinarias, sus partidos de fútbol, sus reuniones de Soda Stereo » y cierra con un hermoso deseo que muchos (en silencio) añoramos violentamente: «Mi sueño es que salga el presidente en cadena nacional y que nos pida por favor que no salgamos de nuestras casas (…) ojalá que todo el mundo tenga la chance y/o el derecho de volver a salir de su casa nunca más en la vida».

También es verdad que en la época en la que vivimos el universo de las pantallas nos limitan. Hace unos meses compré el Ulysses de Joyce como quien compra algo por las dudas, un abastecimiento innecesario. A la hora de comprarlo me hice esta pregunta ¿Quién (en el mundo pre-cuarentena) tiene tiempo de leer el Ulysses? Nadie. ¿Lo tenemos ahora? No, definitivamente. Porque las pantallas nos han quitado el poco espacio de esparcimiento mental que podemos tener, es decir, la tecnología, las pantallitas, nos llenan de ansiedad. Nuestro único refugio de esa vida demente es ver la última serie de Netflix de la que está hablando todo el mundo porque también, en nuestros consumos culturales, tenemos que estar al día y eso es definitivamente contraproducente.

Y aquí, Mariana Enríquez, viene a aportarnos algo fundamental para entender el encierro y la ansiedad en que estamos inmersos: «Aquí habla sólo mi ansiedad. Y la sensación de inminencia. Es posible que hoy esté constituida apenas de ansiedad. Me deja muda e inmóvil en un sillón, encerrada. No en mi casa, eso no importa. Encerrada en mi cabeza.»

Por eso es cierto que para el quehacer intelectual no ha cambiado mucho la dinámica de producción en términos capitalistas, no hay posibilidad de parar la pelota porque el mismísimo encierro es inquietante. La incertidumbre que profesaba el Pro al inicio de su mandato se extendió hasta los confines del mundo. ¿Quién está tranquilo para poder leer? Nadie.

Pero todo esto que se ha expuesto hasta acá son sólo los problemas de la intelectualidad, del escritor o del sencillo ciudadano de clase media profesional (y no tanto). En esta línea clasemediera Enzo Maqueira, en una nota en Clarín, dice: «pensé que quizás esta pandemia era necesaria. Descubrir que la vida que llevábamos no era eterna, como insistíamos en ilusionarnos» ¿Es necesaria la pandemia? Si, para los maltusianos.

La cantidad de muertos que asciende día a día no llega a verse desde ese rinconcito de monoambiente del mundo llamado Ciudad de Buenos Aires. Es así que, más ensimismados que nunca, pensamos sólo en nuestros silloncitos, desesperados por salir de donde no queríamos volver a salir haca algunas semanas por nuestro propio síndrome de trabajador quemado.

Con o sin pandemia el poder no desea que nos encerremos en nuestras casas, desea que nos encerremos en nuestros ombligos. Ahora bien, con pandemia en funciones, desea que salgamos de nuestras casas a contagiarnos este virus del orto sin hacer nada por prevenirnos de la muerte, hasta el mismísimo Boris Johnson (como que nunca me avergoncé tanto de un tocayo) está infectado. Esto es consecuencia de la política de abandono neoliberal que domina el mundo. Es necesario, imprescindible que muramos, no importa quiénes, importa cuántos.

La literatura imagina, se encarga de imaginar, escenas posapocalípticas. Yo imagino hoy una inscripción en una pared, un equivalente contemporáneo y mundial de «viva el cáncer», inscripto con la impunidad del poderoso en un anonimato siniestro y silencioso, un susurro en clave que se dice en voz baja entre sonrisas afiladas, una inscripción en la pared en ruinas de un Estado que alguna vez brilló: «Malthus not dead».

* La nota contiene lenguaje inclusivo por decisión del autor.

Agencia Paco Urondo

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