¿En los universos de qué artistas te agradaría perderte (o encontrarte)?

O bien, ¿a qué artistas hubieras elegido o elegirías para que te incluyeran en cuáles de sus obras como personaje o de algún otro modo?

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

COMPILADO: 31 escritores argentinos responden la pregunta 13 del ‘En cuestión: un cuestionario’ de Rolando Revagliatti.

Entre diciembre de 2018 y diciembre de 2020, treinta y un escritores argentinos fueron respondiendo las treinta y cinco preguntas que conforman el ‘En cuestión: un cuestionario’ de Rolando Revagliatti‘. Estas entrevistas-cuestionarios fueron difundiéndose en la Zona Literaria de El Ortiba. Con el formato de Compilados cada una de las preguntas y respuestas se publican periódicamente en el orden establecido por el entrevistador.


13: ¿EN LOS UNIVERSOS DE QUÉ ARTISTAS TE AGRADARÍA PERDERTE (O ENCONTRARTE)? O BIEN, ¿A QUÉ ARTISTAS HUBIERAS ELEGIDO O ELEGIRÍAS PARA QUE TE INCLUYERAN EN CUÁLES DE SUS OBRAS COMO PERSONAJE O DE ALGÚN OTRO MODO?


RODOLFO A. ÁLVAREZ: Soy un personaje, pero a la vez soy yo mismo en una novela alucinatoria de Juan Noel Mazzadi llamada “Los mágicos”. Con Juan me alcanza y sobra.

FERNANDO DELGADO: Estar como cantante del cuarteto de voces que aparecía en la película española “Amanece, que no es poco” [1989, dirigida por José Luis Cuerda], o al menos vivir un tiempo dentro de esa película. Fascinación total.

JOSÉ MUCHNIK: Andréi Tarkovski, película “El sacrificio”. Ser el abuelo que dialoga con su nieto bajo un árbol mientras el fin del mundo comienza a insinuarse.
Tener el rol central en “Affabulazione” de Pier Paolo Passolini.
La interpretación de Vittorio Gassman en el teatro de la Colline, París, años 80, algo maravilloso.
Vivir calma sabiduría y naturaleza en algunos haikus de Basho, vivir la harmonía y belleza que emanan de su obra.

BIBI ALBERT: Soñando, soñando, me habría gustado ser una dama de sombrilla en Giverny y que Claude Monet me pintara, o la que inspirara la frase: “Luisa Fernanda, cariño mío, con qué indulgencia me juzgas tú”, de la famosa zarzuela. Pero me quedo con la maravillosa realidad de haber sido una mención en un poema de Héctor Viel Temperley y con las canciones que escribí junto con Pocho Lapouble [1942-2009], mi marido y mi músico más admirado.

CLAUDIA SCHVARTZ: Ese sentimiento corresponde a mis lecturas de la pubertad. La primera adolescencia. Hubiera querido que nunca se terminaran los tres libros de Italo Calvino que aparecen bajo el título “Nuestros antepasados”: “El vizconde demediado”, “El barón rampante” y “El caballero inexistente”. Todas delicias. Otro, “Orlando”, de Virginia Wolf. Y de todavía más chica, algunos de Julio Verne, “Un capitán de quince años”, por ejemplo. Y un libro de historias de piratas, de un famoso autor cuyo nombre ahora no recuerdo. Más tarde, Carson McCullers, Clarice Lispector, Sara Gallardo. Y ah, el Alejandro Dumas de mi niñez. Y otra cita es “Cumbres borrascosas”, de Emily Brönte, que no sé cuántas veces he leído, a decir verdad.
No sería personaje de ningún libro ajeno. Bastante con una misma.

JORGE CASTAÑEDA: En los laberintos de Borges, en los universos de William Shakespeare, en los personajes de Pío Baroja o en alguna novela de García Márquez.

JORGE LUIS LÓPEZ AGUILAR: Ser amigo de Alejandra y Martín, en “Sobre héroes y tumbas”. Poder aconsejarlos un poco.

LUISA PELUFFO: Me divertiría ser asistente de Philip Marlowe.

RITA KRATSMAN: Antes expliqué acerca de cómo me introduje en el mundo de Monet a través de Giverny. Aunque no puedo definir exactamente si me hubiera agradado que me incluyeran en alguna de sus obras o en la de cualquier otro autor de la época. Nunca me gustó jugar con esa posibilidad, siempre preferí representar el rol de espectadora como quien experimenta el éxtasis de un vuelo.

LAURA CALVO: Tengo una gran afición por los escritores norteamericanos. De chica me hubiera gustado mucho perderme en un libro de Mark Twain, “Las aventuras de Tom Sawyer”, por ejemplo. Ahora podría citarte unos cuantos más y me quedaría corta: John Updike, Philip Roth, Dorothy Parker, Carson McCullers, John Cheever, Richard Yates…

ROGELIO RAMOS SIGNES: Me hubiese gustado que existiera y haber conocido a la pulpera de Santa Lucía, que inmortalizó Héctor Pedro Blomberg. También hubiese deseado escuchar las arengas entre lógicas y desopilantes del licenciado Vidriera, de Cervantes. Haber asistido a la Casa de las Bellas Durmientes que imaginó Kawabata, habría estado muy bueno; conocer a Francisco de Quevedo, de quien se dice que a veces hablaba en perfecta rima, no en desprolijidad rapera, sino en inobjetables alejandrinos, con sus correspondientes hemistiquios y la acentuación exacta; intimar con las modelos del fotógrafo checo Jan Saudek hubiese sido todo un galardón; o haber tocado un instrumento en alguna pista de “Sgt. Pepper”.

LUIS BENÍTEZ: Me hubiese gustado estar en una borrachería de Madrid, en el siglo XVII, donde cada tarde se reunían a molestarse mutuamente, pelearse y tomarse el pelo Miguel de Cervantes Saavedra, don Luis de Góngora y Argote, Lope de Vega y Francisco de Quevedo. Se querían tanto que casi no se podían ver. En cuanto a la segunda posibilidad, me hubiera gustado ser un personaje secundario en alguna de las narraciones de Cesare Pavese, por ejemplo, “La casa en la colina”.

LILIANA AGUILAR: Te lo digo por orden de lecturas: Macedonio Fernández, Ray Bradbury y Gabriel García Márquez. Como no era fácil que me hubieran conocido siquiera, los pedí prestado para mis propios textos. A Macedonio en “Las aventuras urbanas del Sr. Guestos” de 1978 y a García Márquez y Bradbury en varios fragmentos de poemas de “Poesía Crónica” de 2008.

GUILLERMO FERNÁNDEZ: Leer a Pascal Quignard es perderme, por un lado, en la resonancia de sus palabras, sus frases, su contundencia. Es disfrutar de leerlo y releerlo. A Quignard lo encuentro en la música barroca, en esas cantigas españolas que dirigió con maestría Jordi Savall. Me hubiera encantado haber sido compatriota de Juan José Castelli en “La revolución es un sueño eterno”, de Andrés Rivera. Alguien que colaborara con él en la confección de sus cuadernos.

MÓNICA ANGELINO: Pienso que Telma y yo bien podríamos haber sido protagonistas en una prosa de Oliverio Girondo o un poema de Nicanor Parra. No dudo que mi amigo y admirado poeta Jorge Luís Estrella [1944-2014], hubiera escrito algo agudo, sarcástico y regocijante sobre “mi musa”, si la vaciadora no se hubiese llevado su lengua haciéndolo cruzar la línea.

DAVID ANTONIO SORBILLE: Me hubiera gustado conocer a Macedonio Fernández, Leopoldo Marechal, Arturo Jauretche y Raúl Scalabrini Ortiz, y estar incluido en alguno de sus escritos.

CARLOS NORBERTO CARBONE: Ser algún personaje de la novela “Los siete locos” de Roberto Arlt, no estaría nada mal.
Encarnar al Diablo en alguna película y bajo la dirección de Leonardo Favio sería fantástico.
Ser el Virgilio de la “Divina comedia” y, desde luego, de la mano de Dante Alighieri, me parece muy interesante.

LEONOR MAUVECIN: Me gustaría ser la Ulrica de Jorge Luis Borges; acompañar a Fernando Pessoa, pero cuando era Bernardo Soares y escribía “Libro del desasosiego”, sentarme con él en un café de la Rua dos Douradores y conversar. Subir a Machu Pichu con Pablo Neruda, dejarme pintar por Salvador Dalí en una ventana de su pueblito Cadaqués, que mira al mediterráneo. Acompañar a Antonio Machado en sus campos de Castilla, hallarme en una mesa del “bar de la esquina” con Joaquín Sabina, mientras canta. Estar en esa terraza en Manhattan cuando Los Beatles tocaron por última vez. Compartir un whisky en un bar de Dublín con Oscar Wilde y John Keats. Escuchar nuevamente en el bar El Amadeus de la ciudad de Villa Dolores, en el valle de Traslasierra Córdoba, a Alejandro Nicotra recitar poemas de su “El anillo de plata”.

RUBÉN SACCHI: Estoy en la obra de Karl Marx, como sujeto histórico. Fuera de eso, en el paisaje de “Rayuela”, de Julio Cortázar, “del lado de allá”, porque del de acá, conozco bastante. En la pseudo fantasía de Haruki Murakami.

HORACIO PÉREZ DEL CERRO: En ninguno; ya tengo los míos, en parte inexplorados, como para andar perdiéndome en alguno ajeno. Sería como ponerme la ropa de un muerto, tratando de saber dónde están los bolsillos.
Y para la segunda, no deseo leerme como otro, la lectura en este caso, o verme dibujado o pintado no me seduce, perdería esa obra todo el encanto de lo desconocido. Porque en lo escrito como en lo dibujado si soy ese mismo que soy, al mismo tiempo me desvanecería como lector, o desaparecería como observador. Mataría al personaje de sólo leerlo u observarlo. Sería un suicidio.

MARÍA AMELIA DÍAZ: En los laberintos de Borges. Me encantaría ser algún personaje perdido y encontrado en cualquiera de sus laberintos.

CRISTINA MENDIRY: Alfred Hitchcock, sin ninguna duda, en “Vértigo” o “La sombra de una duda”.
Edgard Allan Poe, en “La caída de la Casa Usher”.
William Shakespeare, en “La tempestad”.

SANTIAGO SYLVESTER: La verdad es que no lo sé. Pero para elegir, preferiría algo muy distinto a lo que conozco como, por ejemplo, haber peleado en la Guerra de Troya y haber acompañado a Ulises en su viaje. No estaría mal ser personaje de Homero, pero preferiría que los dioses no me cayeran en cuenta: eso era peligroso.

ROBERTO D. MALATESTA: Ser un personaje de Jorge Luis Borges da un poco de miedo, quedarse del otro lado del sueño o transitar la pesadilla, da miedo. Pero el universo Borges es el infinito, ser un guapo o un inmortal, ser el que cuenta “la” historia de su vida, el que se sienta en una mesa, vaso en mano y dice: escuche Borges lo que le voy a contar. Por supuesto, no se trata de mi voz, sino de la voz que Borges me dicta.

GLORIA ARCUSCHIN: Me agradaría encontrarme en esos cuadros de Edgar Degas, Claude Monet, Édouard Manet, con esos vestidos tan bellos, y cuando el aire y la luz y el agua con sus reflejos y los barquitos y los nenúfares y la gente ríe y hay chocar de copas, cuando todo parece una danza donde la vida se convoca. Me encantaría que Sandro Botticelli remplazara el personaje central del cuadro mágico La Primavera, por mi imagen en su lugar, llegando y repartiendo los hermosos dones y frutos de la tierra.
También, que algún compositor musical del que yo ame su obra, como Vinicius de Moraes, o Gustavo Cerati, o Alfredo Zitarrosa, o Jaime Roos, me hubieran dedicado una canción especial para mí, con letra y música, ¡y que esa canción lleve mi nombre, claro! Me hubiera gustado que el genial Gustave Flaubert me incluyera en “Madame Bovary”, como amiga de ella, y poder salvarla, sacarla de su foso oscuro, de su trampa, y liberarla. Suelo tender a meterme en cosas complicadas.

RAFAEL FELIPE OTERIÑO: Me hubiera gustado acompañar a Don Segundo y a Fabio Cáceres durante su arreo de ganado por los pagos del Tuyú, dormir junto a ellos a cielo abierto, observando las estrellas y oyendo el rumor sordo de los animales sobre la tierra (“Don Segundo Sombra” de Ricardo Güiraldes). Luego, más ambicioso, viajar con Odiseo por todo el Mediterráneo durante el camino de su regreso a casa, pero sobrevivir, eso sí, como él, a las peripecias de la aventura (“La Odisea”).

ALEJANDRO MÉNDEZ CASARIEGO: Acá viene una respuesta tal vez inesperada: a Sandokán, a bordo de la Mompracem o de La Perla de Labuan, con la tempestad bramando a su alrededor. En cualquiera de los tres libros: “Sandokán”, “El tigre de la Malasia”, “Los dos tigres”. Ergo, a Emilio Salgari.

LILIANA DÍAZ MINDURRY: Querría haber acompañado a Dante, a Eneas o a Ulises en los viajes de ultratumba.

CARMEN IRIONDO: Le he dado muchos significados distintos a la palabra arte con el paso del tiempo. Muchos tienden a llamarse artistas sin tomar en cuenta que eso es un don que entraña una vida. Otra cosa es la creatividad, el ingenio, la imaginación, la gracia o la destreza.
Desde muy niña, elegí bailarinas como un ideal importante. Me llevaban muy seguido al Teatro Colón, y yo me enamoré de la posibilidad de que Olga Ferri, ella sí una artista de la danza, en el escenario, como docente, y como persona sabia, viviera en las casitas de las escenografías de ballet clásico. Hogares preciosos con una ventanita, una puerta y una mamá con cofia que siempre salía desde adentro, infatigable cuidadora de su hija, siempre sufriente por algún príncipe o mendigo o lo que fuera que bailaba con ella y la maltrataba. Me incluí en ese mundo rogando por un estudio de danzas y comencé a bailar con una profesora de barrio.
Deliré con irme a estudiar actuación fuera del país, ya crecidita y rebelde, el sueño era que algún director me eligiera como protagonista en una película. Estudié piano, y aquí sí conocí a un artista verdadero, un pianista inefable, Manuel Rego. El me incluyó en un trabajo junto a su quinteto de piano y cuerdas para un recital como cantante invitada en un homenaje a George Gershwin.
Al conocer de cerca muchos ambientes de estudio, la idealización e ilusión van dando lugar a aceptar cuánto hay que trabajar para que el duende aparezca. Respecto de la literatura, que es lo que más nos ocupa, crecí rodeada de libros y de familiares escritores y conocí muy temprano la trastienda de todos, que me deslumbraban con su gran sentido del humor. Leí muchos libros. Estudié francés a los cuatro años, por lo tanto, no me di cuenta de que había aprendido un idioma y fui al colegio inglés durante toda mi escolaridad. Tuve que rendir libre casi todas las materias en el colegio Nacional de Mar del Plata, como reválida para entrar en la Facultad Pública. Leo a los autores en sus idiomas natales si puedo. Me defiendo muy bien en portugués e italiano. A varios escritores extranjeros les he mandado mails y todos me han contestado con gran amabilidad. Esto contribuye a una menor idealización y a un mayor respeto admirativo.

LUCAS MARGARIT: Georg Trakl. Anselm Kiefer.
Edmond Jabès en sus desiertos.
Cervantes en “Don Quijote”.
Marcel Schwob.

CARLOS DARIEL: Me hubiera gustado haber vivido como personaje algunas de las aventuras imaginadas por Julio Verne, Jack London o Robert Louis Stevenson, mis lecturas de infante y adolescente temprano. Ellos crearon el mundo donde mi imaginación pastoreaba libremente. Jamás olvidaré aquel disfrute.

Febrero 2022