Enrique, santo varón

Por Carlos Ulanovsky

(Foto: Annemarie Heinrich)

El lunes pasado se cumplieron 68 años de la muerte de Enrique Santos Discépolo (Buenos Aires, 27 de marzo de 1901 – Buenos Aires, 23 de diciembre de 1951), actor, guionista y director de cine, autor de teatro, charlista de radio, excepcional compositor de más de 30 tangos notables. Tenía apenas 50 años: ¿dónde estaba Dios cuando te fuiste? Entre la década del ’20 y hasta la mitad del siglo pasado-cambalache, este flaco enorme pensó largo, encarnó zonas reconocibles y sensibles del ser nacional y sufrió mucho. La condición de himno de muchos de sus temas (no sólo de «Cambalache») lo volvieron un sabihondo, pero también un resistente. Su «Yira Yira» tenía tanto sentido cuando fue estrenado, en plena crisis del ’30, como lo tuvo durante la dictadura, luego en el 2001 o en estos últimos desesperanzados cuatro años.

El tipito discepoliano clama: «Cuando estés bien en la vía, sin rumbo, desesperao». Y agrega, definitivo y suicida: «Cuando no tengas ni fe, ni yerba de ayer secándose al sol». Por ignorar a Discépolo («Cuando estén secas las pilas de todos los timbres que vos apretás») Macri, con menos tango que Queen, insistía con los timbreos. ¡Ja!

 

 

¡Narigón del siglo, qué cronista enorme que fuiste! Escuchen estos titulares de ayer, de hoy y de siempre. «La tierra está maldita y el amor, con gripe, en cama; La paz está en yanta y el peso ha bajao; Hoy todo Dios se queja, el hombre anda sin cueva, voltió la casa vieja antes de construir la nueva». Discépolo viejo y filósofo, le adelantó la hora al reloj del materialismo. «La panza es reina y el dinero es Dios; el verdadero amor se ahogó en la sopa; a la honradez la venden al contado y a la moral la dan por moneditas; llorar la Biblia junto al calefón; vender el alma, rifar el corazón». Discépolo y sus canciones desesperadas, prenerudianas, que nos cantas la justa, tus versos nos caben, en el 506 y en el 2019 también, «porque hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, lo mismo un burro que un gran profesor».

Enrique, pregunta empecinada, gracias por legarnos tantas fotos y espejos. A la chorra más chorra, la inflación con recesión que supimos recibir, le dice: «En seis meses me comiste el mercadito, la casilla de la feria, la ganchera, el mostrador». Su tema «Justo el 31» le calza pleno a un sentimiento actual: «Hace cinco días, loco de contento, vivo en movimiento, como un carrusel». Discepolín secreto, gracias por ayudarnos a responder: «¿Qué sapa, señor?»

Eso si nos referimos a la música, pero ni hablar de Mordisquito, que nos mordisqueó con sus verdades poéticas y políticas. A principios de 1951 (en un tiempo pre electoral, en los finales de la primera presidencia de Perón), cuando ya era un capo admirado, aceptó ser uno más de los protagonistas de una microprograma radial llamado «Pienso y digo lo que pienso». Tomó la propuesta con dudas, pero lo hizo por admiración a Perón y a Evita y a sus políticas de transformaciones. En ese espacio diario de cinco minutos de duración, le hablaba a alguien llamado Mordisquito, representativo de la clase media y alta, opositora a Perón. Lo toreaba, lo interpelaba, le ponía los pelos de punta diciendo: «A mí no me la vas a contar». Ese interlocutor era el típico contrera de esos tiempos, luego devenido en gorila, y que tantas similitudes tiene con los odiadores-linchadores de las redes sociales de hoy.

Para aquellos que piensan que la grieta es un souvenir de estos años recientes, conviene recordar lo que padeció Discépolo por haber adherido a esas ideas: boicot a sus tangos, ninguneo a películas y obras de teatro, enojos para siempre con amigas y amigos de toda la vida, agresiones físicas y muchas otras graves heridas a su condición personal y artística. El último de los 39 micros que hizo fue al aire el 10 de noviembre de 1951. Murió 43 días después. Imposible quitarse de la cabeza que ese hombre singular se fue de este mundo convencido de sus ideales pero envuelto en una amargura superior. De tristeza también se muere en estas tierras. Hoy lo recordamos, como escribieron Homero (Manzi) y Aníbal (Troilo)»con su talento enorme y su nariz». Para tu tranquilidad te contamos que no solo tus tangos se siguen cantando y pensando, sino que tenés seguidores que no arriaron tus banderas. Muchos jóvenes rockeros y tangueros, pero también Dolina y Chico Novarro, Saborido y Capusotto, Luis Longhi y Rep, Pompeyo Audivert y Pancho Muñoz, La Chicana y Juan Sasturain, Omar Gianmarco y Alejandro Bettinotti, Pablo Marchetti y Bernardo Monk, La Orquestonga y Cucuza Castiello, Sergio Pujol y Antonio Péttina, Pablo Dacal y Minino Garay, Adriana Varela, Patricia Malanca y Lidia Borda.Y muchos, muchos más. Caro Enrique: te sigo desde «chiquilín, que te miraba de afuera, como esas cosas que nunca se alcanzan». Y sabés qué: «quisiera que Dios amparara tus sueños». Que, seguro, seguirán siendo los nuestros.

Tiempo Argentino

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