Apuntes para una genealogía del cabecita negra

Por Guillermo Korn

“La mirada despectiva impregnó estos fenómenos sociales. La estigmatización clasista fue la clave. La agresión simbólica su marca. El miedo a la mezcla o a ser confundidos hizo el resto”.

Entre el escarnio y el correctivo. Apuntes para una genealogía del cabecita negra*

El reino animal suministró apelativos para algunos presidentes argentinos entre fines del siglo XIX y comienzos del XXI. El reparto abarcó tanto al Zorro, al Peludo, la Tortuga, la Foca como al Pingüino. Poco habitual es que se vincule la cuestión social a la zoología. Sin embargo, un destacado aporte provino de aquellos pájaros de pequeño tamaño, granívoros y de canto melodioso (cuyo género científico remite a los Spinus) que se caracterizan por tener la cabeza a manera de capuchón: el “cabecita negra”.

Se calcula que alrededor de un millón de hombres y mujeres del “interior” llegó a la ciudad de Buenos Aires y alrededores, entre mediados de los años treinta y el primer peronismo. Los sectores medios y altos de la población, peyorativamente, los llamaron “cabecitas negras”. El término puede asociarse a otros: el de aluvión zoológico –como designó un diputado opositor a los miembros de la bancada oficial– y el binomio sintetizado en la prosa de Américo Ghioldi, que surgió del contrapunto callejero entre quienes calzaban alpargatas y aquellos otros que portaban sus libros como estandarte.

PUBLICiDAD



La mirada despectiva impregnó estos fenómenos sociales. La estigmatización clasista fue la clave. La agresión simbólica su marca. El miedo a la mezcla o a ser confundidos hizo el resto.

La masiva presencia de trabajadores en los centros urbanos, sus calles, los transportes, los lugares de diversión y esparcimiento no sólo modificó la traza urbana. También la idea, hasta entonces hegemónica, que proponía una Buenos Aires más hermanada con algunas capitales europeas que con las del continente americano. La idea de una Argentina invisible parecía conmover a los sensibles lectores de Eduardo Mallea mientras pensaran a los otros como seres intangibles y distantes.

Cabecita negra como sujeto social del peronismo: entre amenaza traumática (leída paranoicamente, dicen Acha y Quiroga [1]), porque es multitud y fuerza desconocida, y metáfora de una división persistente en la Argentina. En cierto modo, la categoría relee la dicotomía Civilización/Barbarie y se convierte en pieza del repertorio de la discriminación.

En los años del radicalismo en el gobierno, algunos conservadores afirmaban que el colectivo social que acompañaba a Yrigoyen “parecía el carnaval de los negros”. Una idea semejante se sostenía al decir que el Congreso “estaba lleno de chusma y guarangos inauditos. Se había cambiado el lenguaje parlamentario usual por el habla soez de los suburbios y los comités radicales”. La posibilidad del retorno de Yrigoyen, tras el gobierno de Alvear, encolerizaba a los redactores del diario La Fronda que preveían con su candidatura el “espejismo de un próximo malón” o “la esencia del candombe”. El senador jujeño Benjamín Villafañe temía por la tiranía del populacho: “el noventa por ciento de los hombres son larvas que se mueven al impulso de sentimientos dignos de los animales”.

Desde la perspectiva conservadora la masa inmigratoria que desde el extranjero llegó en los barcos, dejó paso a la chusma radical y años después al cabecita negra. Ahora, los alarmados eran los herederos de la inmigración, no sólo los sectores tradicionales. Las fórmulas desdeñosas se profundizarían con las masas en la calle.

Las fuerzas contrapuestas en movilizaciones se sucedieron a mediados de la década siguiente. De los festejos –reprimidos– por la liberación de París en 1944 al son de la Marsellesa en Plaza San Martín, la masiva marcha de la “Constitución y la Libertad”, del 19 de septiembre del año siguiente, que iba de Congreso a Plaza Francia y la populosa plaza del 17 de octubre que sorprendió por la presencia de una multitud del conurbano en la ciudad. María Rosa Oliver relata su turbación por ese “extraño desfile”: “no sólo por los bombos, platillos, triángulos y otros improvisados instrumentos de percusión que, de trecho en trecho, los preceden, me recuerdan las murgas de carnaval, sino también por su indumentaria: parecen disfrazados de menesterosos. Me pregunto de qué suburbio alejado provienen estos hombres y mujeres casi harapientos, muchos de ellos con vinchas que, como a los indios de los malones, le ciñen la frente, y casi todos desgreñados. O será que el día gris y pesado, o una urgente convocatoria, les ha impedido a estos trabajadores tomarse el tiempo de salir a la calle bien entrazados y bien peinados como es su costumbre. O habrán surgido de ámbitos cuya existencia yo desconozco”.

Extrañeza y desconcierto fue la sensación de quienes pensaban, satisfechos, como Florencio Escardó en 1945, que Buenos Aires era “una ciudad de la raza blanca y del habla española en una medida que ninguna otra ciudad del mundo puede reclamar. Es la ciudad blanca de una América mestiza. En ella un negro es tan exótico como en Londres. Y un gaucho también”. Más brusco había sido Enrique Mosca, el candidato a vicepresidente por la Unión Democrática, al calificar a quienes seguían a Perón de “hordas analfabetas”, “turba ensoberbecida”, “furia indígena alcoholizada” o “instintiva salvajada”.

En un trabajo de comienzos de los años setenta, el antropólogo Hugo Ratier hilvanó esta figura con otras del pasado argentino: el indio, el negro y el mestizo[2]. El trazo lo continuaba hacia delante; identificando al cabecita con el habitante de las villas miseria. El hilo común era el persistente racismo. Ratier advertía, analiza Roxana Guber, “que los argentinos son racistas pero de un modo peculiar, pues su objeto no son las poblaciones distinguidas por su etnicidad indígena o por su fenotipo africano, sino que inventan un nuevo tipo de negro, el criollo mestizo de origen provinciano”[3].

Las representaciones surgidas en la literatura son relevantes para construir la imagen del cabecita negra. Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares –aunados bajo el seudónimo de H. Bustos Domec– escribieron y pusieron en circulación el cuento “La fiesta del monstruo”. Lo redactaron en 1947, pero lo publicaron en 1955, a días de la caída de Perón. Bajo la forma de la parodia, exacerbaron los modos del habla popular (también la lengua se modificaba: de la babel inmigratoria a las tonadas de provincia). Trataron de conjurar a la masa representada en un ritual macabro, al inscribir el cuento en la zaga gauchesca que describía la mazorca, el martirio y degüello de los unitarios. La trama se reactualiza, en este caso, en una ficción donde el marco es una fiesta callejera en la que aparecen nazis y judíos, lo monstruoso, los bajos instintos y la fiesta en un contexto argentino: la vuelta de la barbarie corporizada en la amenaza representada por quienes vivan al Monstruo. Ismael Viñas, bajo otro seudónimo, criticó ese cuento que “no ve ni la sinceridad del grasa, ni la del cabecita negra, ni que la mayor parte de la razón –de tener la razón sin el raciocinio– estaba entre ellos, esos humillados y ofendidos, pese a Perón y pese, seguramente, a nosotros, los antiperonistas”.

Julio Cortázar, en “Las puertas del cielo”, presenta un mundo popular puesto bajo la observación de un abogado, el narrador, que hace explicita su doble sensación de curiosidad como de repulsa. “Me parece bueno decir aquí que yo iba a esa milonga por los monstruos, y que no sé de otra donde se den tantos juntos. Asoman con las once de la noche, bajan de regiones vagas de la ciudad, pausados y seguros de uno o de a dos, las mujeres casi enanas y achinadas, los tipos como javaneses o mocovíes, apretados en trajes a cuadros o negros, el pelo duro peinado con fatiga, brillantina en gotitas contra los reflejos azules y rosa, las mujeres con enormes peinados altos que las hacen más enanas, peinados duros y difíciles de los que queda el cansancio y el orgullo. A ellos les da ahora por el pelo suelto y alto en el medio, jopos enormes y amaricados sin nada que ver con la cara brutal más bajo, el gesto de agresión disponible y esperando su hora, los torsos eficaces sobre finas cinturas. Se reconocen y se admiran en silencio sin darlo a entender, es su baile y su encuentro, la noche de color.” Las figuras se suceden en las fichas construidas por el narrador como reflejo de su examen. En sus experiencias reconstruye qué es ese otro: sus cuerpos, sus olores, sus modulaciones de voz, sus gustos y sus consumos. Nada le es familiar ni propio, al punto que Cortázar reconocerá –tardíamente– lo reaccionario de aquel cuento: “Ese cuento está hecho sin ningún cariño, sin ningún afecto; es una actitud realmente de antiperonista blanco, frente a la invasión de los ‘cabecitas negras’.”

Años después Germán Rozenmacher confrontó estas representaciones desde su relato “Cabecita negra”. Así se llamó su cuento, y también el libro donde fue incluido. El título abre una perspectiva literaria y política más radical, expresando cierto consenso intelectual en torno a la lectura sobre el peronismo, para comienzos de los años 60. La barbarie regresa como invasión y miedo en los ojos del protagonista, un comerciante de clase media porteño envuelto en una situación tan absurda como pesadillesca. Rozenmacher utilizó la expresión como denuncia explícita en toda su sonoridad.

Lecturas y relecturas de una categoría cultural simbólica, la del cabecita negra, cuya enunciación significó amenaza y trauma para ciertos sectores sociales. Su propia condición de mote infamante, como señala Daniel James, funcionó como bloqueo a las interrogaciones sobre la dinámica y constitución del mundo popular, disuelto así en la homogeneidad de la víctima del gesto discriminador[4]. Analizar la sedimentación de la categoría, la recurrencia de la imagen, la cristalización de sentidos a su alrededor, como hemos hecho aquí, no significa adherir a su contundencia simplificadora.

 

1 – Omar Acha y Nicolás Quiroga. El hecho maldito. Conversaciones para otra historia del peronismo. Rosario: Prohistoria Ediciones, 2012.
2 – Hugo Ratier. El cabecita negra. Buenos Aires: CEAL, 1971.
3 – Roxana Guber. “‘El Cabecita Negra’ o las categorías de la investigación etnográfica en la Argentina”, en Sergio Visacovsky y Roxana Guber (compiladores). Historias y estilos de trabajo de campo en la Argentina. Buenos Aires: Antropofagia, 2002.
4 – Daniel James. “Los orígenes del peronismo y la tarea del historiador”, en Archivos de historia del movimiento obrera y la izquierda Nº 3, septiembre de 2013.

*Adelanto: Cuaderno Relampago 1 – Sombras Terribles. Apología de la negrada

Foto: Fernando Aita “Furgón flashero”

RELAMPAGOS. Ensayos crónicos en un instante de peligro. Selección y producción de textos: Negra Mala Testa

Agencia Paco Urondo

PUBLICIDAD



Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *