Entrevista a Hugo Soriani: «El atentado fue un disparo a la cabeza de los pobres»

Foto: Hugo Soriani durante la presentación de su libro Los días eran así, 12/03/17. Gabriel Rossi/LatinContent via Getty Images)

La Tecl@ Eñe entrevistó al periodista Hugo Soriani, actual Director General de Página/12 y uno de los fundadores. En la entrevista Soriani reflexiona sobre el intento de asesinar a la vicepresidenta Cristina Fernández. Medios de comunicación y su futuro ante los cambios tecnológicos y la guerra política; el neoliberalismo en la geopolítica actual; la militancia en el PRT-ERP, la cárcel, la tortura y el miedo, son algunas de las reflexiones por las cuales transcurre la conversación.

Por José Luis Lanao*

«A una bala del paraíso», tuit después del atentado.

Todo está sumido en una tristeza gélida. Algo densa, que pesa. Ya es noche cerrada. El aire se lava solo. Por donde deambules hay sombras. Un silencio fragante como de iglesia a media mañana. Ese silencio que es distinto a cualquier otro. Un silencio hondo, impenetrable. Es como suele transcurrir el tiempo en estos días inmóviles, de neblina enferma, supurante. Afuera no sucede nada. No hay afuera. Solo un vacío inhabitado, de pena negra. Una negrura sin resquicio, imaginada con los sentidos, con el semblante. La angustia, la misma angustia; el odio, el mismo odio, siempre tan afilado. Un odio que escarba en los desechos, que nos roba los lugares, los placeres, las certezas. Una realidad con multitud de habitaciones muertas, con escaras en las paredes y heridas secas. Con la insinuación «borgiana» que detrás del rostro que nos mira no hay nadie, solo sombras y silencio. Un silencio que también es miedo.

«A una bala del paraíso», tuitearon. Esa furia de perro lobo. Esa sentencia al trasfondo del odio, que como en las ruinas de Micenas se puede oler la sangre seca. Es el trasiego de las mercancías de la carne y los despojos del alma. Este momento distópico y utópico a la vez, entre el miedo y la esperanza, como diría Spinoza; en ese interregno del que hablaba Gramsci, cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo está todavía por nacer. A Hugo Soriani no le sorprende, «forma parte de los estragos de la ideología de la muerte». Sus palabras sobreviven intactas, sin perder la vibración instantánea con la que nacieron. Palabras hechas de matices, atisbos, sugerencias, enigmas. Esa capacidad humana para convertir una realidad hostil, llena de márgenes y periferias, en un lugar habitable. Nueve años de cárcel y de torturas, de golpes, picana eléctrica, celdas de aislamiento, hambre, soledad, desolación, le permitió a este espía de la realidad -actual Director General y uno de los fundadores de Página/12– pensar que la inteligencia se mide por la capacidad infinita de soportar la incertidumbre. «La vida estaba afuera, más allá de los muros. Esa vida al otro lado, siempre en otra parte», nos dice.

Que se puede hacer frente al dolor y la herida, el daño y el castigo, la ceguera y la inocencia, al yo y su ausencia, al hambre y lo perdido, a la muerte y al duelo, al miedo y la culpa, al desamparo de quien busca la compasión y advierte la herida del otro, y le arde.

–José Luis Lanao: La verdadera tristeza, la más honda, no tiene que ver con el pasado sino con el futuro. Con ese deseo de pensar futuros mejores que el presente que tenemos. El «yo» se ha vuelto vaporoso en esta suntuosa escenografía del odio. Son días de muerte sin funeral, de cruces sin sepulcros.

-Hugo Soriani: No salimos del estupor. Estamos tratando de ordenar las ideas y analizar lo ocurrido. La asimilación es lenta. No me extraña el atentado. Quien haya estudiado la historia política de Argentina lo sabe. La violencia histórica de este país no nace con el antikirchnerismo.

-JLL: La abstracción no niega el mundo visible; lo que hace es revelar sus formas esenciales, y por lo tanto guiar a la mirada hacia una percepción más nítida. Hay quien no para de soplar las brasas del odio, de la violencia. ¿Este odio se combate evitando el contagio?

-HS: Perón decía que el odio y la violencia de abajo es generada por el odio y la violencia de arriba. Para el poder económico, Cristina es el enemigo. Hay que proscribirla, apartarla, silenciarla. Cuando las clases dominantes ven peligrar sus intereses apelan a la violencia. El atentado es político, pero tiene un trasfondo económico. Fue un disparo a la cabeza de los pobres. Este odio es difícil de combatir. Cuenta con el respaldo de los medios hegemónicos, de la justicia, y de un brazo político al servicio de sus intereses. «Ellos o nosotros», expresó López Murphy. Eso es violencia. Ese es el verdadero odio. En ese «nosotros» se refugia el fiscal Luciani, detonador de toda esta persecución. Un discurso que no tiene ningún fundamento jurídico, hecho de recortes de diarios. La violencia y el odio son unidimensionales, transitan en una sola dirección.

«Fue un disparo a la cabeza de los pobres»

-JLL: La verdad, como el dinero, está cada día en menos manos. El síndrome de Casandra, cuyas advertencias sobre peligros inminentes eran desoídos, pone de relieve lo que sabemos y lo que creemos saber. Deambulamos por un inmenso sobrante de irrealidad fabricado por el poder económico y sus medios, sometidos a vivir en una sensación de «shock» continuo.

-HS: Es parte de la estrategia, del modelo. El futuro solo se alumbra desde las luces, no desde las sombras. Por eso es tan necesaria la unidad sin fisuras del peronismo. Cristina es la líder del movimiento, pero encuentra resistencia en algunos sectores. Los movimientos sociales se manifestaron positivamente en la Plaza. Una demostración de apoyo que ningún dirigente político de este país se puede permitir. De todas formas, algunas incertidumbres no se despejan. El futuro va a depender del comportamiento de la economía. De cómo continúa la inflación, que no deja de comerse literalmente el salario. Del resultado del proyecto económico de Massa. De cómo salimos de esta política de ajustes, de falta de dólares, y de erosión constante sobre el bolsillo de los sectores más desprotegidos.

-JLL: Carl von Clausewitz nunca dijo literalmente que la guerra es la continuación de la diplomacia por otros medios. El militar prusiano vino a decir que en el furor salvaje de una guerra lo único racional son los objetivos. Y cualquier objetivo, en último extremo, es político. La idea puede funcionar al revés: la política como continuación de la guerra por otros medios.

-HS: Es lo que está pasando. Una guerra política de desgaste diario, alimentada por los poderes económicos. Con los medios y los jueces en las barricadas. No se puede dar un paso. Toda posible distribución de la riqueza es contestada, han decidido estabilizar su dominio, desestabilizando la democracia, haciéndola pequeña, cautiva.

-JLL: El neocapitalismo global nos está igualando unos a otros, y no precisamente en el sentido con el que soñaba Marx. La paradoja es que las desigualdades se agudizan y la brecha entre ricos y pobres crece, mientras que la globalización fomenta que seamos más intercambiables en todo, menos en lo concerniente a un reparto más justo de renta y de riqueza.

-HS: Forma parte del fracaso de la política. La voluntad popular subyugada por los intereses económicos. Es cierto que estamos viviendo una estancia de neoliberalismo tardío de cierto agotamiento, pero todavía nos encontramos muy lejos de disciplinar este sistema salvaje, virulento y depredador. El modelo se viene resquebrajando desde la crisis de 2008. Existe una pérdida paulatina del poder hegemónico de Estados Unidos, paralelo a la consolidación, en la geopolítica internacional, de China y del continente asiático. El proceso es lento, pero continuado. La pandemia, al contrario de lo que se pensaba, ralentizó el proceso. Eso de que íbamos a salir mejores después del Covid se quedó tan sólo en un deseo.

Hugo Soriani se introduce en el paisaje intacto de su memoria lejana, esperando que aparezca de golpe una rareza tardía. Esa hondura de la experiencia humana moldeada por el tiempo, en donde los vivos y los muertos caminan pegados unos a otros. Necesita del recuerdo rápido de lo observado y del relato memorial filtrado por la experiencia de una vida entera.

-JLL: ¿Cuándo se incorpora a la militancia del PRT-ERP?

-HS: Desde muy joven. Eran vientos de época que en los´70 soplaban muy fuertes. Tal vez ayudó que mis dos mejores amigos fueron acribillados. Alberto Giachello, asesinado e incendiado dentro de su auto por la Triple A, y Roberto Jerez, fusilado en Catamarca. La masacre empezó antes, mucho antes del golpe del ´76. La violencia política en mi barrio fue decisiva. Yo crecí a la vuelta de donde vivía Silvio Frondizi, abogado defensor de presos políticos, director de la revista «Nuevo Hombre», intelectual y profesor en la Facultad, hermano de Arturo Frondizi. Silvio era marxista y lo mató la Triple A en el año´74. Vivía sobre Cangallo (hoy, Juan Domingo Perón). En el operativo mataron a su yerno, dirigente de la Juventud Peronista de la UTN, que salió a defenderlo. Al profesor se lo llevaron a Ezeiza y lo asesinaron en un descampado. En su velatorio se presentó todo el barrio. En aquellos años, entre Yatay y Cangallo (Perón), la Triple A cometió varios asesinatos.

-JLL: Fue encarcelado en 1974, en pleno Gobierno de Isabel Perón. Con el tiempo consiguió ser un preso político legalizado. Le sonrió la fortuna. Sabiendo lo que vino después, tal vez hoy no estaría hablando con usted.

-HS: Posiblemente. Fui detenido con 21 años. Estaba haciendo la colimba. Hubo una sucesión de hechos que precipitaron varías caídas. Cayó primero una casa, con datos de un compañero. Este fue detenido, torturado, y a continuación se produjo una cascada de detenciones. El último fui yo. Éramos un grupo de ocho soldados que estábamos haciendo la colimba, y fuimos secuestrados por la Policía Militar 101, y trasladados a un edificio de la calle Cerviño y Bullrich. Allí permanecimos diez días, incomunicados y torturados. Durante el menemismo privatizador el cuartel se convirtió en un supermercado Jumbo. Lo recorrí varias veces, y pensaba, como en una comedia del absurdo, si mi celda o el cuarto de tortura estaban debajo de la fila del aceite, del azúcar o del dulce de leche.

-JLL: «Nunca nos quisimos tanto». ¿Su paso por la cárcel lo identifica con esta frase?

-HS: La frase es del «turco» Eduardo Jozami, dicha en un homenaje a los muertos en la cárcel de La Plata, donde se fabricaban fugas de presos para asesinarlos. Representa el sentimiento profundo de cómo nos quisimos, de cómo nos cuidamos, de cómo nos protegimos. Esa sensación de solidaridad infinita. Una sensación que nunca más volví a tener en la vida civil, en la vida de liberado. Esa conciencia de grupo de que sobrevivíamos juntos o no sobrevivíamos.

-JLL: Contra lo que puede pensarse, imaginar lo que no existe no requiere mucho esfuerzo. Lo que es difícil, y en muchas ocasiones del todo imposible, es imaginar de verdad lo que sí existe. ¿Ese peso de plomo del pasado obsceno, escenificado en la tortura, le ha permitido una mejor comprensión del presente?

-HS: Sin duda. Al salir en libertad lo primero que hice fue incorporarme a la Asamblea Permanente de Derechos Humanos. Necesitaba educar la mirada. Tengo un cierto pudor en hablar de ello. Me acuerdo de cosas, no de todo. Estuve tres días en la «máquina». Tuve que beber mi orina porque no me daban agua. En realidad no te daban agua para «cuidarte», una forma de «protegerte» ante tanta electricidad en el cuerpo. Esa desesperación por la sed no se olvida. Mi umbral respecto al dolor siempre fue bajo, pero aguanté. No sé cómo hubiera reaccionado si la tortura se hubiera mantenido durante semanas. En el penal de Magdalena ya no hubo picana. Las torturas eran de otro tipo: golpes, duchas de agua helada, celdas de aislamiento, soledad, privaciones, hambre. Vivíamos a diario con el miedo de ser ejecutados, a ser apaleados, que es otro tipo de tortura. La que vino después, en la ex ESMA y en los centros de detención clandestina, fue de otra dimensión. Se llegó a límites inimaginables. Aun así, recuerdo cómo temblaba por el miedo. Una noche, después de una paliza salvaje y esperando recibir otra, me encontré diciendo: «tú no eras guerrillero del «Che» y ahora estás cagado de miedo».

-JLL: ¿Ese miedo no se abandona nunca?

-HS: Algo queda. Se incrusta en la memoria. Yo tuve mucha suerte. Me sentí enseguida protegido. Mi familia estuvo siempre a mi lado, y el grupo de amigos del barrio también. Fueron ellos los que me consiguieron trabajo en una fábrica textil, donde trabajé hasta el inicio del proyecto de Página/12. Reconozco que fui un privilegiado. Hubo compañeros a quienes les fue muy difícil la reinserción. Venían de sectores marginados, sin recursos. La organización era muy estricta en algunos aspectos. Uno debía dedicar su viva a la militancia y a la revolución. Muchos lo dejaron todo: los estudios, la familia, los amigos. No fue mi caso. Luego vino la represión, la cárcel o el exilio, y aquellos que sobrevivieron y no habían mantenido otros vínculos, más allá de la militancia, se quedaron muy solos. Se les hizo muy difícil incorporarse a la vida en libertad.

-JLL: Describa un momento de extrema felicidad en la cárcel.

-HS: Sucedió en el penal de Magdalena. Cuando llegamos no sabíamos si estábamos legalizados o no. Al cuarto día recibo un telegrama: «Te vemos el sábado, te queremos. Papá» (su padre era militar con grado de Capitán). Era la muestra de que nos habían legalizado. Agarré el telegrama y me puse a gritar desde la celda: «Compañeros, mi viejo viene el sábado. Ya somos legales». Todos comenzaron a gritar de alegría. Habíamos interiorizado que tal vez ya no nos mataban. Al final, ese sábado, llegaron mi viejo y mi vieja a las dos de la tarde. Recuerdo que los recibí con un discurso firme, revolucionario. En un momento mi madre me interrumpe y dice: «Este no es mi hijo, le han lavado el cerebro». Mi viejo la mira y le responde: «No, son las mismas boludeces que ha dicho siempre, solo que ahora las dice estando en cana». Pasé cinco años en Magdalena, luego Caseros, Rawson, Devoto, y en diciembre de 1983 la libertad. Respecto a la cárcel de Caseros recuerdo que Néstor Kirchner me dijo: «Viste, al final cumplí. La tiré abajo».

-JLL: En su libro «Los días eran así», reconoce algunos olores, ruidos, sensaciones que se le han quedado grabados en su cautiverio. Guardamos una memoria selectiva, aunque llena de cicatrices. ¿En una experiencia tan extrema como la suya se recuerda más la alegría o el sufrimiento?

-HS: Depende de la perspectiva, por eso, en ocasiones, es mejor no perderla. Lo intenso siempre se recuerda, sea alegre o doloroso. En la cárcel, el oído es el dueño de los sentidos. Algo con lo que coincidimos con otros presos. El oído te mantiene en alerta, atento. El ruido sutil del tintineo de las llaves de la celda se me ha quedado grabado. Es un ruido que lo tengo asociado a las requisas, a algo malo. Cuando escuchabas esas llaves a las tres de la mañana te entraba el pánico. Pensabas que te venían a matar o a golpear. Eran requisas violentas. También recuerdo el ruido de los pasos. De repente veías en el agujerito de la mirilla de la celda un ojo inerte, amenazante. A veces esos pasos los escuchabas llegar, otras no. Si te descubrían haciendo gimnasia te molían a palos. Todo esto hoy lo recordás con humor. Mi hijo pequeño me dijo una vez: «Papá, pero ustedes se lo pasaban bárbaro en la cárcel». Hacer tus necesidades en una lata de leche Nido no es agradable, pero cuando lo contás se te escapa una sonrisa. Las anécdotas se amontonan. En una ocasión, a un guardia le ordenaron darme una paliza. El tipo no quería hacerlo y decidió convertir aquello en un simulacro. Entonces empezó a golpear su palo contra la pared. En ese momento decidí interpretar la parte que me correspondía y empecé a gritar, «ayyy… ayyy… ayyy»…y luego solté: «ayyyyyyyy, hijo de puta». De inmediato recibí un palazo que me dejó doblado: «No, hijo de puta, no», me advirtió con delicadeza. Luego le siguió pegando a la pared. Entre los ex presos decimos en joda que esos fueron los mejores años de nuestra vida. Tenía mucho que ver con la fortaleza de nuestras convicciones y del momento concreto que estábamos viviendo.

-JLL-¿Pudo desarrollar en la cárcel su pasión por la escritura?

-HS: No siempre. Fue por épocas. Recibíamos cartas de familiares directos, pero muchas se perdían o no te las daban. Algunas se llegaban a contestar. «Las cartas del Capitán», que escribo en Página/12, son extractos de correspondencia que me enviaba mi viejo. Más tarde, tuve la oportunidad de escribir en unos cuadernos que todavía conservo. Paradójicamente, en 1975, no nos daban nada. Después del golpe se aceleraron las requisas, pero nos dieron la oportunidad de tener un cuaderno y algunos libros. Recuerdo que me entró «La canción de nosotros» de Galeano. Copié dos capítulos enteros.

-JLL: Curioso que lo dejaran leer a Galeano.

-HS: Los tipos eran tan burros que no sabían ni quién era. «Las Venas» seguro que no pasaba, pero con éste ni se enteraron. Más tarde fui muy amigo de Galeano. Le enseñé los escritos y se le caían las lágrimas. Se emocionó más él que yo.

-JLL: El futuro de los medios de comunicación pasa por la era digital. El dominio casi feudal de internet por parte de las multinacionales tecnológicas hace presagiar un mayor control de los medios de comunicación. ¿Lo percibe así?

-HS: El avance de los medios digitales es imparable. Más allá de sus evidentes intereses, la realidad demuestra, que al menos al día de hoy, se puede mantener una voz diferente, discrepante, con el modelo dominante. Página/12 es un ejemplo de ello. Hemos pasado momentos muy complejos en el diario. De comprar el papel día a día, sin saber si íbamos a salir al día siguiente. No nos daban crédito. Jamás hemos tenido pauta publicitaria de bancos privados, de tarjetas de créditos internacionales o de grandes empresas alimentarias. Hemos resistido a contracorriente. Hoy pertenecemos al Grupo Octubre, un grupo sólido, con un enorme futuro. El desafío que tenemos es el de «aggiornar» el medio a las actuales demandas. El futuro no es lo que va a pasar, sino lo que vamos a hacer que pase.

De la vida no hay que salirse nunca. Buscamos la felicidad pero sin saber dónde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo que tienen una, decía Voltaire. Creíamos que el mundo era como lo soñábamos. Hugo Soriani lo sabe. Habla de esa puerta, distinta en cada uno de nosotros y que todos cruzamos a nuestra manera como un umbral que marca casi el significado de una vida. Ecos que guardan el secreto de toda una existencia, refugiados en esa poesía calma que raja las noches eternas de cielo abierto, con esa firme fortaleza de volver a la vida, aunque la luna se desangre, aunque toda la belleza del mundo se desvaneciera.

*Periodista. Colabora en Página/12, Revista Haroldo y El Litoral de Santa Fe. Ex periodista de «El Correo», Grupo Vocento y Cadena Cope en España. Jugador de Vélez Sarsfield, clubs de España, y Campeón Mundial Juvenil Tokio 1979.

La Tecl@ Eñe. Revista Digital de Cultura y Política
http://lateclaenerevista.com

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.