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Nació
en Buenos Aires en 1963. Se recibió de psicólogo en la Universidad de La
Plata. En noviembre de 1995 fue distinguido por sus cuentos "Las
piadosas" y "Por encargo", en el Certamen Nacional de Cuentos del
Instituto Santo Tomás de Aquino. Conformaron el jurado Marco Denevi,
María Granata y Victoria Pueyrredón.
En septiembre de 1996 recibió el Primer Premio en el Concurso de Cuento
Buenos Artes Joven II por su cuento "La trilliza". El jurado estuvo
integrado por Liliana Heker, Carlos Chernov y Susana Szwarc. En octubre
de ese mismo año se consagró como finalista del Premio Planeta y ganó el
Primer Premio de la Fundación Amalia Lacroze de Fortabat por su novela
"El anatomista". El jurado estuvo compuesto por María Angélica Bosco,
Eduardo Gudiño Kieffer, María Granata y José Luis Castineira de Dios.
El premio generó uno de los más resonantes escándalos del mundo
literario argentino. La entrega del galardón fue suspendida por Amalia
Lacroze de Fortabat, empresaria argentina y directora de la fundación
que lleva su nombre. "El anatomista no contribuye a exaltar los valores
más elevados del espíritu humano", declaró la señora Fortabat a través
de un comunicado donde expresaba su disconformidad con el premio por el
contenido erótico de la novela.
Andahazi recibió los 15.000 pesos (u$s 15.000) del premio, pero el
galardón en sí le fue negado. El libro fue finalmente publicado por
Planeta en 1997 y se convirtió en un best seller. Fue traducido también
a varios idiomas.
En 1998, con el éxito de "El anatomista" a cuestas publicó "Las
Piadosas", cuya trama, como en su primera novela, también aborda el
pasado. En el 2000 publicó "El Príncipe", donde retoma algunos aspectos
de aquel realismo mágico que caracterizó a Gabriel García Márquez, Mario
Vargas Llosa y Carlos Fuentes, entre otros.
En esta obra Andahazi releva los desastres que generan aquellos
gobernantes que carecen en absoluto de la noción de democracia, y se
limitan a parodiar las funciones de un verdadero príncipe (como aquel
que tan bien describió Maquiavelo) con actos mal disimulados en los que
el egoísmo, la superficialidad y la corrupción son moneda corriente.
Pero también deja en claro las condiciones de la vida posmoderna: la
pasividad, conformidad y aceptación que han llevando al hombre a padecer
injusticias, desempleo y miseria para satisfacer la conveniencia de unos
pocos.
Así, Andahazi revisa y utiliza los aspectos más críticos del realismo
mágico para poner en escena la crudeza de los '90.
BIBLIOGRAFIA
"El anatomista" ,
Editorial Planeta, 1997.
278 páginas.
"Las Piadosas",
Editorial Sudamericana, 1998.
222 páginas.
"El árbol de las tentaciones", Editorial Temas en el margen, 1998.
72 páginas.
"El Príncipe",
Editorial Planeta, 2000.
240 páginas.
"El Secreto
de los Flamencos" ,
Editorial Planeta, 2002
256 páginas.
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ERRANTE
EN LA SOMBRA
© Federico
Andahazi, 2004 ©
De esta edición: Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, S. A., 2004, Beazley
3860, (1437) Buenos Aires
www.alfaguara.com.ar
• Santillana Ediciones Generales S. L. Torrelaguna 60 28043, Madrid,
España
• Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, S. A. de C. V. Avda. Universidad
767, Col. del Valle, 03100, México
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• Aguilar Chilena de Ediciones Ltda.
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• Ediciones Santillana S. A.
Constitución 1889, 11800, Montevideo, Uruguay
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• Santillana S. A.
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• Santillana S. A.
Avda. San Felipe 731 - Jesús María, Lima, Perú
ISBN: 950-511-921-6
Hecho el depósito que indica la ley 11.723
Diseño: proyecto de Enric Satué
Cubierta: Claudio Carrizo
Fotografía de cubierta: photomonteleone.com
de la serie "Mirada de Tango", París 2003 (bailarines:
estebanyclaudia.com)
Primera edición: marzo de 2004
Cantando me he de morir,
cantando me han de enterrar,
y cantando he de llegar
al pie del Eterno Padre.
Dende el vientre de mi madre
vine a este mundo a cantar.
José Hernández, Martín Fierro
Una canción triste
Antes de que a mis espaldas se abra el telón y desde la fosa comience a
sonar la orquesta, permítanme que evoque junto a ustedes a Juan Molina.
En un momento habré de abandonar este viejo proscenio y cederé mi lugar
a los personajes para que hablen o, mejor dicho, canten por sí solos;
pero primero, déjenme que les presente a quien fuera, al decir de
muchos, el más grande cantor de tangos de todos los tiempos. La obligada
sentencia "el mejor después de Gardel", jamás fue proferida en su
presencia, a veces por sincera convicción y las más, por puro temor.
Molina suscitaba devoción, además de un respeto que obligaba a bajar la
mirada. Cuando cantaba, su voz conmovía a los más duros. Y cuando
hablaba cara a cara, el cigarrillo pegado a los labios, el funyi
ladeado, conseguía intimidar al que tenía el cuero más curtido. Carlos
Gardel marcó su albur y, ciertamente, también fue el sino de su cruz; a
él le debía lo que fue, pero más aún lo que no pudo ser. Creció
alumbrado por la estrella del Zorzal del Abasto y, sin embargo, vivió
bajo el agobio de su sombra, aunque no a la manera de Salieri, ya que
nunca le guardó rencor; al contrario, le profesó una lealtad sin
condiciones. Molina jamás albergó la creencia de que el mundo estaba en
deuda con él, convicción frecuente entre los espíritus anodinos que se
atribuyen un talento que el resto de los mortales no alcanza a
comprender. No supo del resentimiento y, pese a que su fama apenas si
trascendió el perímetro del suburbio, alguna vez se creyó afortunado. No
existen fotografías que lo muestren posando en Montmartre o en el
Quartier Latin cuando París era la Meca. No se lo vio retratado en sepia
delante del puente de Brooklyn, ni acodado en la cubierta de algún barco
con el fondo fugitivo de Buenos Aires visto desde el Plata. Pero siempre
conservó una foto donde se lo veía muy joven junto a Gardel, detrás de
una dedicatoria que decía: "A mi amigo y colaborador, Juan Molina". Lo
de amigo, siempre lo supo, no era más que una formalidad. Se lo conoció
primero en Parque de los Patricios; más tarde su fama llegó a Palermo,
allá abajo, por Las Heras, y se hizo mito al otro lado de la calle
Beiró. El amor y el infortunio lo iniciaron en la poesía; sin embargo,
pocos habrían de conocer sus versos amargos y melodiosos. Lo suyo era
cantar. No quiso otra cosa. Si alguien le preguntaba por qué no cantaba
sus propios versos, solía contestar escueto: "Al César lo que es del
César y a Dios lo que es de Dios-", aunque el proverbio no revelaba cuál
era el poeta y cuál el cantor. Pero lo cierto es que el pudor le
aconsejaba no andar ventilando los propios tormentos. Pudo haber
brillado en el Abbaye o en la Parisiana; en el Royal Pigalle o en la
Boite de Charlton. O en el legendario Armenonville. Pero su paso por los
cabarets fue demasiado breve y si bien llegó a pisar sus míticas tablas,
lo hizo de un modo cuanto menos inicuo. Luego solía ocultarse en algún
rincón oscuro, tras la cortina de humo de los Marconi sin filtro, bajo
la sombra inmensa que sobre su adolescente persona proyectaba la figura
de Gardel desde el escenario.
Señoras, señores, antes de que el cono de luz de este seguidor que me
ilumina me abandone para posarse sobre los verdaderos protagonistas,
permítanme que les adelante algo que deben saber: la vida de Juan Molina
estuvo signada por la tragedia. Una tragedia que él mismo escribió. Tal
vez su biografía pueda resumirse en un día y una noche. O en el nombre
de una mujer. Pero sería injusto.
Lo que habrán de escuchar a continuación es una canción triste y burlona
que intentará desandar los pasos que condujeron a Molina hasta la noche
en la que compuso su tango fatal. Alguien que se caracterizó por el
conciso rigor de sus definiciones ha dicho del tango que es un
sentimiento triste que se baila; y quizás, así, abandonado a este mismo
sentir melancólico, conjeturando las caprichosas figuras de una
coreografía algo grotesca, siguiendo con el pie el ritmo de una
hipotética melodía canyengue, pueda el lector convertirse en espectador
de esta historia escrita en dos por cuatro.
Señoras y señores, antes de hacer mutis por el foro y dejar que los
personajes canten sus verdades, antes de que se descorra este telón
púrpura, un poco raído por el tiempo y el olvido, me adelanto a decir
que lo que sigue es el melodrama que cuenta la historia del cantor más
grande de todos los tiempos. Y me apuro a aclarar, por si acaso, después
de Gardel.
Uno
1
Indiferente al viejo río que la vio nacer y aún le daba vida, como una
hija ingrata y arrogante, mostrándole con desdén su espalda joven y
glamorosa, la ciudad amaneció radiante pese al insomnio de la noche del
viernes. Los techos parisinos de Retiro, las cúpulas madrileñas de la
Avenida de Mayo, los colosos traídos desde Nueva York sosteniendo sobre
sus espaldas los frontispicios diseñados por arquitectos italianos, las
agujas de los rascacielos y las veletas que coronaban las iglesias,
aquel conjunto unánime en la diversidad, se recortaba contra un cielo
violeta y diáfano que anticipaba una mañana calurosa. Buenos Aires, la
ciudad de los pájaros confundidos por las luces fatuas como las llamas
de la Catedral, iniciaba o bien concluía un nuevo día, según se
considerara la función continuada de su displicente existencia. Eran los
años locos. Era verano. Los animales de la noche, olientes a tabaco y
champán, los ojos enrojecidos, iban como vampiros sorprendidos por el
alba a buscar un poco más de penumbra, un último tango o el refugio
entre las piernas de una puta del bajo que les vendiera la ilusión de
que la noche aún no estaba definitivamente perdida. Salían del Palais de
Glace, del Armenonville, del Chantecler, de los cabarets más suntuosos
del norte hacia los sórdidos tugurios cercanos al puerto. Enterraban los
inmaculados neumáticos de sus cabriolés descapotados en el fango de las
calles bravas, creyéndose malevos a fuerza de repartir billetes. A su
paso, y conforme subía el sol, se cruzaban con los otros, los que,
conminados por las sirenas de las fábricas, apuraban la marcha contra
reloj para llegar a horario al trabajo. Se cruzaban recelosos, mirándose
con mutuo desprecio. Y, en sentido contrario, estaban aquellos que
venían desde el suburbio hasta el centro, se descolgaban de los tranvías
y urgían sus botines opacos hacia las oficinas.
Desnuda, acodada en la baranda francesa de una suite del Hotel Alvear,
semejante a una cariátide, mostrando sus pezones adolescentes a quien
quisiera verlos, Ivonne contempla desde lo alto el hormiguero humano que
se ofrece a sus ojos trasnochados. Sostiene una copa de champán que ya
ha perdido la efervescencia. Está agotada pero quiere llenarse los
pulmones con este aire matinal, colmarse de luz y olvidar. Olvidar.
A sus espaldas, dentro de la habitación, enredado entre las cobijas de
seda y las almohadas de pluma de ganso, se puede conjeturar a un hombre
durmiendo. Ronca con una respiración desigual, agónica, como si en cada
aliento fuese a expirar; sus pulmones suenan como el fuelle de un
bandoneón desvencijado, marcando un dos por cuatro machacón. Tal vez
para tapar con su voz el resuello insufrible de aquel anciano que asoma
su vientre vacuno entre las sábanas, y cuyo nombre ya no recuerda, quizá
porque el champán mezclado con el polvo frío que se acaba de meter en la
nariz le hacen creer que ese sonido es realmente el de un bandoneón,
Ivonne se pone a cantar. Desnuda contra el sol y de frente a la ciudad,
como si quisiera deshacerse de una tristeza tan vasta como el río, se
acoda contra la baranda; se llena los pulmones y canta:
Si pudiera olvidar lo que soy
y volver a nacer.
Si pudiera escapar del dolor
y tener el candor
de la niña que fui,
daría lo que tengo
y también lo que no
Si tuviera de piedra el corazón
como vos
(canta a unas de las cariátides que sostienen la cornisa del edificio de
enfrente y que tanto se le parecen)
me iría detrás de aquel gorrión
para volver.
Pero estoy tan lejos y tan triste,
tan cansada de vender la ilusión
del amor,
tan cansada de mentir
y besar porque sí.
Si pudiera volver a escuchar
el alegre acordeón
de mi tierra natal.
Si pudiera dejar esta gélida sal
que me hiela el corazón,
me hace mal.
Si pudiera dejarme caer
como un pétalo otoñado
y tener la ilusión
de haber soñado
que mi vida fue una efímera canción
con un final feliz.
Cuando termina de cantar, Ivonne tiene el impulso de saltar, de
mezclarse con la bandada de gorriones confundidos que surcan el cielo y
huir, olvidar todo cuanto es.
Se aferra fuertemente a la baranda para disuadirse de aquella ocurrencia
que se le impone a su pesar. La copa rueda en el aire, se precipita
dejando una estela hecha de gotas de champán, hasta estrellarse contra
las baldosas de la vereda. Huir.
Ivonne era una puta francesa. La puta más cara del Royal Pigalle, el
cabaret más caro de Buenos Aires. Recibía a sus clientes en una lujosa
habitación del Hotel Alvear. Un piso por debajo de la Suite
Presidencial, en el mismo cuarto donde se alojaban príncipes y
mandatarios, en la misma cama donde durmió la Infanta Isabel, bajo esas
mismas sábanas, Ivonne recibía a sus clientes. Era una de las putas más
caras porque era, exactamente, todo lo contrario de una puta. Delgada y
ondulante como una espiga de trigo sacudida por la brisa, se veía por
completo diferente de las mujeres carnosas que plagaban las mesas de los
cabarets. Tenía una mirada cándida e infantil que la distinguía de las
otras, de ojos maliciosos repletos de experiencia. Sus pechos, que
cabían dentro de la concavidad de una mano, parecían los de una niña y
eran completamente distintos de las tetas de nodriza que rebalsaban los
escotes, tan frecuentes entre las chicas que poblaban las barras de los
prostíbulos. Nadie podía creer que Ivonne fuese una puta. Y ese era su
secreto. No vendía sexo sino amor. No simulaba arrebatos de éxtasis, ni
alaridos de placer, no regalaba palabras sensuales ni halagos a la
virilidad, sino tiernas ilusiones de aquellas que habitaban en las
letras de los tangos. Y, ciertamente, aquellas ilusiones se pagaban
caro: quinientos pesos, más la noche de hotel. Ivonne no era para
cualquiera. Sus clientes eran pocos. Pero suficientes para
proporcionarle un pasar al menos digno y darle de comer al parásito de
su "protector", André Seguin, el gerente del Royal Pigalle. Pero lo
único que pretendía Ivonne esa mañana era huir y olvidar. Desnuda, como
si fuese una más de las efigies que sostenían los balcones, ofreciendo
su piel blanca como la porcelana a la brisa de la madrugada, Ivonne
deseaba abrir los ojos y de pronto ver la campiña europea de su
infancia.
Un ronquido estrepitoso de animal la arranca de pronto de su íntima
canción. Viendo que su cliente está por despertar, se viste
sigilosamente, toma los billetes que descansan sobre la mesa de noche y
en su lugar deja una nota escrita sobre un papel perfumado. Como no
recuerda el nombre del tipo, anota con letra redonda y decidida:
Mi querido:
Fuiste lo mejor que me pasó en mucho tiempo. No
quiero romper tu sueño de ángel.
Siempre tuya.
Ivonne
Descalza y en puntas de pie, como para que el angelito no interrumpiera
su proceso de hibernación, Ivonne se dispuso a salir del cuarto. Antes,
sobre la lisa superficie de cristal de una repisa, extendió una línea
perfecta de polvo níveo y se desayunó aspirando aquel hielo que le
congelaba el alma y la anestesiaba. Entonces, sí, salió sin hacer ruido.
Con la mirada perdida en ninguna parte, caminó por la avenida Callao
apretando la cartera contra su cuerpo y se mezcló entre la gente. Quería
llegar a su casa, meterse en la cama y dormir para olvidar la larga
noche. En su afán por llegar cuanto antes, corrió tras el tranvía que
acababa de detenerse en la parada; tal era el ímpetu que le había
producido su breve desayuno, que no vio el camión que avanzaba por el
otro carril a toda velocidad.
2
Al otro lado del Riachuelo, en el último confín de la ciudad, envuelto
en una bruma perpetua hecha de hollín y humedad, el Dock Sud había
comenzado su dura jornada antes aún de que saliera el lucero del alba.
La alta chimenea del Astillero del Plata se elevaba por sobre las
rudimentarias construcciones que la circundaban. La fumarada blanca se
extendía paralela al río mezclándose con las nubes. La sirena de un
carguero rompió el silencio de la madrugada. Como un coloso de hierro
oxidado, un pie posado en el Dock y el otro en la Boca, el puente
levadizo cimbró, se conmovió en un crujido sordo, y el lomo del gigante
comenzó su ascenso remolón como si se estuviese desperezando. Entonces
todo se detuvo en aquella Rodas hecha de chapas y adoquines, decorada
con guirnaldas de ropa colgada en los balcones y los frentes pintados
con los colores estridentes de los barcos.
Desde la neblina surgen de pronto las luces de un camión que acaba de
salir del astillero y se ve obligado a detenerse a pocos metros de la
entrada del puente. El conductor, sabiendo que tiene una larga espera
por delante hasta que termine de pasar el buque, enciende un cigarrillo,
baja la ventanilla y, a voz en cuello, empieza a cantar con el cigarro
prendido entre los labios. Juan Molina cantaba en todo momento y bajo
cualquier circunstancia; a viva voz o entre dientes, a veces sin
siquiera advertirlo, cantaba como quien piensa. Y ahora, mientras espera
que termine de pasar el vapor y vuelva a bajar el puente, emprende las
estrofas de un tango. Debajo del espejo retrovisor cuelga el retrato de
El Zorzal. Indiferente a la majestuosa entrada del barco en la dársena,
Juan Molina, mientras canta, se contempla en el espejo y,
alternativamente, mira el retrato. Ve aquella sonrisa repleta de
dientes, el sombrero caído sobre la ceja izquierda y los ojos que
parecen iluminar la cabina del camión. Se sorprende a sí mismo en el
reflejo sonriendo de costado; el rictus se le ha congelado imitando
involuntariamente el gesto de Gardel. Se calza la gorra que descansa
sobre sus rodillas, e imaginando que es un chambergo de fieltro, se la
acomoda intentando ajustar el ángulo exacto que va desde la parte
superior de la oreja hasta el borde de la ceja contraria. Mientras
canta, se figura la letra del tango fileteada con letras redondas sobre
la caja del camión:
No será un cabriolé
mi camión,
no será una cupé,
pero igual, hay que ver
cómo junan las minusas
cuando ven al chofer.
No seré del Abasto el Zorzal,
no tendré yo el esmokin de Carlos Gardel,
mis pilchas serán bien rantes,
pero igual, hay que ver,
cómo quedan patifusas
cuando canta este atorrante.
No será mi café el más bacán cabaret,
no será el Armenonville
pero igual, hay que ver,
cómo queda muzzarela el más taura
cuando al dar la voz de aura
se pone a cantar este gil.
No es que la voy de bocón,
ya van a saber de mí,
acuérdense del camión
que manejaba este gil,
cuando allá en la marquesina,
con carteles de neón,
anuncien a Juan Molina
en el mismo Armenonville.
Las chicas que van a las fábricas apurando el paso en la densa neblina,
los prácticos de remeras rayadas que esperan el paso del barco para
iniciar las maniobras, de pronto caen bajo el encantamiento de la
canción de Molina y comienzan a mezclarse en una danza al borde del
Riachuelo. Haciendo ochos, cortes y quebradas, separándose, cambiando de
pareja y volviendo a reunirse, bailan reflejándose en la negrura del
agua, al tiempo que cantan a coro las mujeres:
No será un Mercedes Benz
su camión,
no será un Graham Paige,
pero igual, hay que ver
los suspiros de amor
cuando vemos al chofer.
Bailando sobre los paragolpes, trepados a los estribos, los prácticos y
las obreras cantan:
No será de Venecia el Gran Canal,
no será el Sena el Riachuelo,
pero igual, hay que ver,
cómo todo el arrabal
pondrá una alfombra en el suelo
cuando el pibe del camión
cante en el Royal Pigalle.
La sirena de la fábrica vuelve a llamar. Entonces, como si se hubiese
roto el ensalmo, las chicas se descuelgan del camión y retoman la marcha
hacia el trabajo. Los prácticos, viendo que el buque se aproxima al
amarradero, corren a atajar las cuerdas que arrojan desde cubierta. En
la soledad de la cabina, contemplándose en el espejo, Juan Molina canta:
No la voy de fanfarrón,
pero acuérdense de mí,
del que maneja el camión,
cuando el nombre de Molina
brille allá en las marquesinas
fulgurando en el neón,
del glorioso Armenonville.
Un bocinazo lo sustrae de su canción: el barco ya ha terminado de pasar
y el puente acaba de descender por completo.
Molina disfrutaba de su trabajo en el Astillero del Plata. La parte más
dura era la de cargar el camión con las vigas de acero; el resto se
hacía grato: atravesar la ciudad hasta la Dársena Norte y luego esperar
a que descargaran los peones del Astillero Hudson. Hecho esto, volvía al
Dock Sud y vuelta a empezar, hasta las seis de la tarde. Podía haber
hecho el camino de la ribera pero generalmente, como ahora, prefiere
internarse en la ciudad y recorrer con su imponente International las
elegantes calles de Retiro y de la Recoleta. Pasa frente al Chantecler y
el Palais de Glace, escucha los últimos acordes de las orquestas y se
jura, como siempre, que algún día habrá de pisar sus tablas gloriosas.
Sin embargo, no le queda demasiado tiempo para las ilusiones, tiene que
apurarse; el paso del carguero lo retrasó. Viene rápido, embalado por la
pronunciada pendiente de Callao, cuando desde la nada aparece una mujer.
Poco menos se para sobre el freno. Las ruedas se bloquean haciendo
chirriar los neumáticos, pero la mole trae una inercia tal, que parece
imposible de frenar. Cuando por fin se detiene, Molina salta del camión
esperando encontrarse con lo peor. Respira aliviado cuando ve que la
mujer está de pie, petrificada, a dos milímetros del paragolpes. Pasado
el susto inicial y la indignación posterior, seguro de que la mujer ha
querido tirarse debajo del camión, Molina le pregunta si está bien.
-Creo que sí -balbucea Ivonne, temblando.
-¿Quiere que la acerque a alguna parte?
Ivonne niega con la cabeza. Sólo entonces Molina repara en aquellos ojos
azules y extraviados, y siente una suerte de piedad mezclada con algo
que no puede definir, en la certeza de que esa mujer hermosa y
confundida ha querido suicidarse. De pronto Ivonne tiene la inquietante
impresión de que había estado a punto de llevar su afán por olvidar y
huir hasta las últimas consecuencias. Definitivamente, se dice, el
desayuno no le ha caído bien. Siente miedo de sí misma. Siente miedo de
todo. Todavía temblorosa, sube al tranvía. Juan Molina se trepa al
camión, pone la primera y piensa que, bajo otras circunstancias, se
hubiese enamorado perdidamente.
No sospecha que aquel curioso encuentro no es el primero y no ha de ser
el último. No imagina que aquellos ojos azules y tristes acaban de
marcar para siempre su destino.
3
Todavía no se ha disipado el pequeño tumulto en torno a las huellas de
lo que pudo haber sido una tragedia. La gente comenta el incidente
señalando las marcas del caucho adherido al empedrado. Los autos
disminuyen la velocidad, los curiosos no dejan de preguntar y los
supuestos testigos dan versiones tremendas, exageradas hasta el morbo.
Casi nadie ha notado que otro auto que venía por Alvear, un Graham Paige
refulgente, estuvo a punto de incrustarse debajo del camión.
-Esta esquina es fatídica -dice un hombre somnoliento, que dormitaba en
el mullido asiento trasero del Graham Paige hasta que la repentina
frenada lo arrancó de su duermevela, haciendo que se golpeara contra el
respaldo de adelante.
-Esa chica volvió a nacer -murmura el chofer señalando hacia la mujer
que acaba de subir al tranvía-, esta hora es la peor, salen los
borrachos del cabaret, los que llegan tarde van como locos. Es la peor
hora -insiste.
El hombre que venía medio recostado ahora se incorpora y mientras el
chofer vuelve a poner en marcha el motor, se levanta el ala del
chambergo, que momentos antes se había acomodado sobre los ojos para
protegerse de la luz, pero sobre todo de las miradas indiscretas y, con
una voz límpida, contrastante con su aspecto adormilado, dice:
-Esta esquina es trágica, está escrito que si en algún lugar voy morir,
va a ser en esta esquina.
El chofer asiente. Ya conoce la historia. Pero su patrón, apoltronado en
el asiento y un poco pasado de copas, se la cuenta por enésima vez. Hace
varios años, en 1915 exactamente, él y dos amigos, actores ambos, habían
tenido la desafortunada idea de ir al Palais de Glace. Algo, un
presentimiento, le decía que no, que por aquellos días no había buen
elemento y temía que se pudieran encontrar con cierta "mala yunta" de
los tiempos que prefería no recordar. Pero sus amigos insistieron y no
quedó lugar para la prudencia si podía interpretarse como cobardía
-confesó el hombre del chambergo al chofer, mientras encendía un
cigarrillo y apoyaba la cabeza en la ventanilla-, de modo que terminó
por asentir en silencio. Una vez adentro, en la penumbra, creyó
distinguir detrás de unos bigotes tupidos una cara tristemente conocida,
la misma que quería evitar. El pálpito no le había fallado. "Vámonos",
llegó a decirle a uno de sus amigos. Pero fue tarde. Ya tenían frente a
ellos a cuatro tipos que flanqueaban al de bigotes. Luego sobrevino una
pequeña escaramuza sin mayores consecuencias, no más que un intercambio
de empujones y alguna recriminación de los viejos tiempos. El asunto
pareció quedar zanjado. Cerca de la madrugada salieron, subieron al auto
y se alejaron por avenida Alvear hacia Palermo. Pero no podía
desembarazarse del mal agüero; giró la cabeza por sobre su hombro y
entonces pudo distinguir que los estaban siguiendo. A las pocas cuadras
los alcanzaron y les cruzaron el auto. Había que bajarse y arreglar las
cosas como hombres, aunque ellos fueran tres y los otros cuatro. No
alcanzaron a salir cuando el de bigotes se llevó la mano a la cintura,
extrajo un revólver y le gritó: "¡Ya no vas a poder cantar más 'El
moro'!". Inmediatamente le disparó a quemarropa. Entonces sintió un
ardor en el costado izquierdo del pecho.
-Todavía la guardo de recuerdo -le dice el hombre al chofer, tocándose
el tórax y señalando el lugar donde tiene la bala alojada.
-Y todavía sigue cantando "El moro" -agrega el chofer completando la
frase que tantas veces le ha escuchado decir.
-Todavía... -dice el hombre del chambergo y vuelve a quedarse dormido.
El nombre del chofer es Antonio Sumaje. El nombre de aquel que descansa,
oblicuo, en el asiento trasero con la cara cubierta por un chambergo de
fieltro es Carlos Gardel. El conductor mira por el espejo retrovisor y
cuando comprueba que el cantor ha vuelto a dormirse, baja la ventanilla,
apoya el codo contra el marco y en un murmullo empieza a cantar:
En la curda trasnochada
otra vez parla que parla
la vieja historia maleva
tantas veces chamuyada
y siempre parece nueva.
Suerte que podás contarla.
Que este tango susurrado
te sirva de suave arrullo
para que duermas la mona.
Cuántas veces te he llevado
celebrando en un murmullo
que no quedaste en la lona
por la herida que te han hecho,
que aún así pueda tu pecho
como ninguno cantar
y que mil veces te acuerdes
de que volviste a nacer
y que la puedas contar.
Y, pobre, qué le va hacer
ese pobre patotero
que te mató sin esmero,
que te apuntó pa' pifiarla
y te dejó como un toro;
suerte que podás contarla
y sigás cantando "El moro ".
El auto emprende la leve cuesta de avenida Pueyrredón y se pierde tras
la lomada de Plaza Francia. Aquella esquina de las tragedias, la que en
el año '15 le deparara una bala a Gardel, la misma en la que, minutos
antes, podían haber muerto los tres, vuelve a convertirse en una
predestinación, como si la suerte de Ivonne, Molina y Gardel, hasta
entonces tres desconocidos, estuviese unida por un hilo invisible.
Tres deseos
Estimado público presente, permítaseme aprovechar este brevísimo
intervalo para retomar la palabra por un momento y decir, entre
nosotros, que algún tiempo habría de pasar antes de que el azar volviera
a reunir a Ivonne, Molina y Gardel. El destino suele ser insistente, Las
ciudades, por extensas que puedan parecer, no son más que pequeños
hormigueros. La gente cree conocerse un determinado día en un preciso
momento, pero no debe existir el caso de aquellos que no se hayan
cruzado antes sin advertirlo o, tal vez, sin recordarlo. Ahora me ven
aquí, caminando sobre este escenario, iluminado por un seguidor, y tal
vez no me recuerden. Pero es probable que, en alguna otra ocasión,
señora, señor, ya nos hayamos conocido. Es así. Comienzan amistades con
el primer apretón de manos, se inician romances a partir de primer cruce
de miradas, se celebran matrimonios, un hombre hunde el puñal en el
vientre de un desconocido porque no le gustó la forma en que lo miró. Y
todos, alguna vez, quizá hayan viajado en el mismo tranvía o en un
ascensor, estuvieron en el mismo bar o simplemente se han cruzado varias
veces en la calle. De estos pequeños encuentros y desencuentros está
hecha la historia. El caso es que muchos años antes de aquella
coincidencia que casi les cuesta la vida en la fatídica esquina de
Alvear y Callao, Molina y Gardel ya se habían conocido, por así decirlo.
Antes de que el retrato del Zorzal colgara del espejo del camión de Juan
Molina, antes aún de que empezara a contagiársele la sonrisa torcida a
fuerza de admiración, cuando Molina era apenas un niño que soñaba con
ser cantor de tangos, el azar puso a Gardel por primera vez en su
camino. Pero tiempo al tiempo. Ya habremos de llegar a ese primer
encuentro. Veamos, primero, algunas de aquellas circunstancias que
condujeron al pequeño Juan Molina a dar sus primeros pasos en el tango.
Dos
1
Juan Molina nació en La Boca, en un conventillo de la calle Brandsen.
Creció en aquella pequeña Italia, mezcla de Calabria, Sicilia y Napóles,
como si un cataclismo hubiese arrebatado unos terrones a las costas del
mar Tirreno, del Jónico y del Mediterráneo, y las hubiera arrastrado
hasta el confín del planeta, abandonándolas a orillas del riachuelo más
olvidado del mundo. Allí dio sus primeros pasos o, para decirlo con
propiedad, entonó las primeras melodías. Su natural disposición a la
música estuvo determinada antes aún de que viera el mundo. Su madre era
una gallega criada bajo los rigores del campo, una mujer pequeña que
cantaba mientras cocinaba, mientras tejía, cuando tomaba mate bajo la
parra, y que, con las manos enlazadas sobre el vientre, cantó de emoción
celebrando la noticia de que estaba embarazada. Y se diría que el
pequeño, envuelto en el cálido refugio del útero, reclamaba el canto de
su madre a fuerza de patadas que sólo cesaban cuando volvía a escuchar
los dulces tonos de una muñeira. Juan Molina aprendió a cantar antes que
a hablar. Bastaba con que escuchara una canción por primera vez para que
pudiera memorizar la letra y la melodía y cantarla sin equivocarse en
una sílaba, sin confundir una sola nota. Con el tiempo, Juan Molina
llegó a ser la primera voz del coro del colegio; en la iglesia de San
Juan Evangelista, allá en La Boca, iban hasta los anarquistas para
escucharlo cantar. Y viendo la afluencia de feligreses que suscitaba,
los párrocos de la iglesia Santa Felicitas y de Santa Lucía, en
Barracas, solían disputarse su presencia en el coro. El solo hecho de
vivir en La Boca era motivo para que cualquier chico tuviese una natural
inclinación hacia el tango, aun ignorando en qué consistía exactamente
ser un tanguero. Sin embargo, hubo un acontecimiento fortuito en la vida
de Juan Molina que habría de desencadenar la urgencia por ser parte de
ese asunto misterioso y, sobre todo, viril; tenía que recibirse de
hombre y ese era un título que otorgaba el tango.
Es la hora en la que el sol empieza a ocultarse en el horizonte opuesto
al río. Juan Molina, con las rodillas raspadas y embarrado hasta el
cuello, va camino a su casa después de haber jugado un partido de
fútbol, tan largo como la tarde misma, en el terreno baldío que se
extiende entre la trocha angosta y los galpones de la Industrial. Bordea
el alambrado invadido por la hiedra y la Santa Rita silvestre que lo
separa de las vías cuando, desde un callejón que muere en aquel muro
vegetal, escucha los gritos desesperados de una mujer. Se detiene antes
de llegar a la esquina y, en la ochava oblicua y filosa, asoma su cara
llena de temor. Entonces ve cómo un tipo de espaldas inconmensurables,
exageradas, además, por un saco cruzado, aprieta las muñecas de una de
las chicas que suelen parar en la puerta de un pequeño y sombrío tugurio
escondido en el medio del callejón. Mientras con una sola mano el hombre
sujeta ambas muñecas de la mujer, con la otra le cruza las mejillas, de
ida con la palma y de vuelta con el dorso. La chica, inmovilizada, no
puede hacer otra cosa más que gritar y llorar. Los golpes resuenan
contra las persianas cerradas, contra la indiferencia y el temor hecho
de abstención y silencio. Era esta una escena familiar para Juan Molina,
como habremos de ver más adelante. Sin embargo, viendo ahora a ese
desconocido con la mano en alto, en aquella misma postura que tanto le
conocía a su propio padre, lo gana algo semejante a la furia. Y mientras
ve la sangre regada sobre el empedrado, desde su infantil metro y medio,
se siente llamado a intervenir. Se ha hecho de noche; desde algún patio
suena un arpegio de guitarra que anticipa una milonga campera. Aquellos
acordes recios le dan un coraje para él desconocido hasta entonces.
Levanta una baldosa quebrada y punzante del suelo, sale desde su
escondite y caminando resueltamente, sobre el compás que marca la
bordona invisible, canta:
Así que usted es el guapo
más bravo de la cortada,
el que anda a las cachetadas
y repartiendo sopapos
cuando se trata de minas.
Así que usté es el cafishio
que de Barracas a Ahina,
va con pinta pendenciera;
pero dicen que su oficio
es fajar a las polleras.
Se diría que aquellas palabras han cumplido su cometido; el tipo, de
inmediato, deja de golpear a la mujer, gira la cabeza sobre su hombro y
busca en la línea de su estatura aquella voz aguda que contrasta con el
tono desafiante. Al no ver a nadie, el hombre baja la vista y ahí,
contenido bajo su sombra, más cercano a la altura de su cinturón que a
la de sus ojos, ve a un chico blandiendo una baldosa rota. Cuando Juan
Molina descubre esa cara surcada por un bigote fino y unas cejas
temibles, apenas si puede disimular el pánico que lo asalta; se pregunta
qué lo ha impulsado a semejante locura. Pero ya esta ahí. Y hay una
guitarra que suena y lo anima cuando el tipo sonríe y, con un tono
absolutorio, le contesta:
Araca, guarda, qué miedo,
mirá cómo tiembla el pulso,
si tomás algo de impulso
por ahí llegás hasta el ruedo
de mis finos pantalones.
No es pa' tomarte de punto:
mientras arreglo este asunto
vos atame los cordones.
El tipo termina su estrofa, escupe para un costado y, como si nada
hubiese sucedido, con una mano toma a la chica por los pelos de la nuca
y, con la otra, le descarga un puñetazo en la boca teñida con la sangre
que le cae desde la nariz. Si lo pensara dos veces, Juan Molina no lo
haría. Pero no piensa; enceguecido por la humillación, se abraza al
muslo del hombre y empieza a descargarle golpes con el filo de la
baldosa quebrada hasta sacarle sangre de la pierna. Disimulando el
dolor, el tipo se convulsiona y, como un caballo que se desembaraza de
un domador principiante, hace que el chico ruede por el empedrado. Con
un gesto furioso, el hombre suelta a la mujer, que queda tambaleante,
gira sobre su eje, camina hasta el cuerpo horizontal de Molina, se toca
la pierna y puede comprobar que le brota un manantial de sangre. Quiere
hacer ver que está más preocupado por el tajo que le han hecho a sus
pantalones que por las heridas:
-Me rompiste los leones -dice incrédulo, se lleva una mano al interior
del saco y extrae una navaja, al tiempo que repite:- Me rompiste los
leones.
Juan Molina ve cómo el hombre avanza hacia él, a la vez que saca la hoja
del mango nacarado con un solo movimiento. Si se diera una segunda
oportunidad para pensar, el chico saldría corriendo. Pero en lugar de
eso, se aferra a su baldosa filosa y empieza a incorporarse. Quedan
frente a frente, por así decirlo, ya que el hombre le saca medio cuerpo
a Molina. Se están midiendo cuando, desde algún lugar incomprensible,
Juan Molina recibe una sonora bofetada en la mejilla y, de inmediato,
recae sobre él un aluvión de golpes e insultos tumultuosos. Tarda en
comprender que quien lo está agrediendo es la mujer a la que intenta
salvar del tipo. Debajo de aquella catarata de cachetazos y patadas,
Molina escucha que la chica, cuyas facciones apenas si se distinguen
entre los magullones y la hinchazón, canta indignada:
Si te interesa guardar
un poco de tu salud
ni se te ocurra tocar
un pelo de mi amorcito.
Va a ser sobre mi ataúd
que alguien le vaya a marcar
esa cara de angelito.
Lo defiendo con los dientes,
con las uñas, con el pecho,
si me tiene que fajar,
vos no te hagás el valiente,
será porque algo habré hecho.
En el mismo momento en que están a punto de lincharlo entre los dos,
cuando se acalla la lejana guitarra, desde la esquina se escucha la voz
de alto de un policía que avanza apuntando con el revólver. Juan Molina
recupera el aliento; entonces, desde ese patio recóndito, se alza una
pequeña ovación seguida por aplausos. Mientras se aleja en condición de
detenido, aunque sabe que esas palmas no están dedicadas a él sino al
guitarrista, no puede evitar susurrar un íntimo "gracias".
Los tres terminan en la comisaría, donde se sientan en un banco, a la
espera de que el oficial principal los llame a dar explicaciones. El
primero en pasar es el hombre que no deja de sangrar por la pierna.
Cuando Molina se queda a solas con ella, sus miradas se cruzan y se
sostienen durante unos segundos. Entonces el chico cree adivinar un
recóndito y fugitivo gesto de gratitud, una mirada de resignación. Sólo
entonces Molina comprende que aquella muchacha desfigurada por los
golpes le ha salvado la vida; que si no se hubiese interpuesto entre él
y el tipo haciendo el número de la cautiva enamorada, su "amorcito" lo
hubiese cosido a navajazos. Y mientras mira a esa mujer que intenta
mantener los párpados abiertos pese a la hinchazón de los pómulos, Juan
Molina siente una piedad infinita y un agradecimiento que ninguna
palabra podría expresar.
2
Desde aquel día Juan Molina descubrió que el coro de la iglesia era una
frontera, una valla que le impedía buscar su destino de tanguero. Este
hartazgo se traducía en aburrimiento, en un sopor irresistible. Apenas
si podía mantener los ojos abiertos mientras cantaba los salmos y
avemarías, los villancicos navideños y las alabanzas de liturgia. Ahora
podemos verlo, de pie, con los brazos colgando desganados, resignado al
sermón, esperando su turno para cantar. En este día, precisamente,
sucede un extraño acontecimiento que lo termina de convencer de que su
destino es el tango. Mientras espera que el cura diga el Padrenuestro,
quizá por obra del hastío, cree ver que el párroco vacila como si de
pronto hubiese olvidado la oración:
-Padre nuestro que estás... -titubea.
Los feligreses se miran entre sí.
-Padre nuestro... -vuelve a intentar sin éxito.
Entonces, de repente, el cura se descuelga desde el púlpito con la
agilidad de un bailarín. La luz de un seguidor lo ilumina. Con los
brazos abiertos y una sonrisa hecha con la mitad de la boca, va y viene
por delante del coro acompañado por el cono de luz. Con un paso malevo y
compadrón, se acomoda la estola y recita:
Padre nuestro que estás en los cabarutes
santificada sea tu sonrisa bien debute
venga a nosotros la musa
hagan tu voluntad las papusas
las del sur y las del norte
el tango de cada día, dánoslo hoy
porque mañana... porque mañana...
quién sabe...
Y ahora el seguidor viene sobre mí. Damas y caballeros, ha llegado mi
turno de cantar; sepan disculpar a este modesto servidor, un speaker
algo viejo que intenta mantener, a falta de una voz privilegiada para el
canto, aunque más no sea la elegancia del decir. Señoras y señores,
permítanme que les cante lo que ven los azorados ojos de Juan Molina:
Y de pronto, en la misa,
el sermón se hizo chamuyo
el silencio fue murmullo,
y el ceño adusto, sonrisa.
El órgano un dos por cuatro
solo se puso a tocar
y los fieles, uno a uno,
empezaron a bailar.
El padre señala hacia la bóveda de la iglesia y, como respondiendo a una
muda orden, el órgano empieza a resoplar el ritmo de la milonga que
estoy cantando. Entonces acerco el micrófono cromado y resplandeciente a
los niños, quienes, con sus voces celestiales, me acompañan haciéndome
los coros:
Y el Jesús,
en su cruz,
lleva el ritmo mistongo
moviendo la pera
mirando el bailongo
en la lóbrega luz de la iglesia.
Otra que Gardel, otra que Le Pera,
el cura junando con mirada recia,
guapa y compadrita
hace un cabeceo
pa' la virgencita.
Y baila que te baila,
se alza la sotana
y ella la capita,
se hacen pavoneos,
cortes y quebradas.
Y en la media luz del confesionario
sinceran su amor
la mujer del doctor
y el tano Vitorio, el que vende diarios.
Y entre tanto fragor,
rezando el rosario,
una viejecita
se afana la guita
de la caridad
y se la encanuta
en su relicario.
Sacando viruta del sagrado suelo
la feligresía ya no espera el cielo.
Y el Jesús en su cruz
sigue la rima mistonga
moviendo la pera,
mirando a la pálida luz
la sagrada milonga.
Cuando el órgano deja de sonar, se apagan las luces que descendían desde
el ábside. Por un momento todo queda en penumbras y reina el silencio.
Juan Molina, desde el coro, se frota los ojos y, cuando vuelve a mirar,
puede ver al cura en su podio, circunspecto con los dedos enlazados por
delante de la estola, recitando el Padrenuestro de siempre. Gira la
cabeza de izquierda a derecha buscando mi insólita presencia de speaker
en aquel ámbito sacro, pero en un cambio de luces ya me he esfumado,
saliendo por el foro sin que nadie lo haya percibido. Y allí, sobre los
reclinatorios, de rodillas, están los fieles murmurando la oración.
Fue ese día, siendo aún un chico que gastaba pantalones cortos, cuando
Juan Molina decidió que lo suyo habría de ser el tango. No sólo las
canciones, que ya las conocía, sino el Tango. Aquel universo hecho para
los más hombres. No bastaba con tener buena voz. Ni siquiera con cantar.
El tango constituía un modo de confrontar la existencia, una manera de
pararse frente a la vida, una forma de vestirse, de hablar, de fumar y
hasta de caminar. No había que tener un cuerpo atlético ni estilizado
para bailarlo; de hecho, el bailarín más mentado de los barrios del sur,
el Tábano Flores, tenía la apariencia de un tapir, pesaba ciento veinte
kilos, pasaba del medio siglo, pero ni el primer bailarín del ballet del
Colón podía imitar sus cortes, sus ochos, las quebradas magistrales. A
diferencia de la música festiva de los italianos del sur que poblaban La
Boca, cuyas canciones se contagiaban de garganta en garganta, se
bailaban a cielo abierto y las cantaban los viejos, las mujeres y los
chicos; distinto de la música de los gitanos, hecha de voces quebradas
por el sentimiento, del virtuosismo de sus guitarras flamencas, cuya
escuela pasaba de padres a hijos, el tango no era una herencia familiar,
sino, por el contrario, una manzana prohibida, un secreto que se
escondía en los cafetines, una Biblia que se predicaba en los cabarets,
en los tugurios, en las casas de citas. Y tenía un pontífice, un Santo
Padre de sonrisa torcida y chambergo de ala corta y ladeada. Pero, por
sobre todas la cosas, el tango era la ilusión de encontrar una respuesta
al misterio que constituían las mujeres. O al menos eso creía Molina.
Una cosa era indiscutible: el tango era un mundo que se reservaba el
derecho de admisión y permanencia, tal como rezaban los carteles en la
entrada de las milongas y al que, por supuesto, no tenían acceso quienes
sufrían el oprobio de los pantalones cortos. Ese día iba a sellar para
siempre la certidumbre que se había instalado en su espíritu el día en
que estuvo a punto de morir defendiendo a una mujer: su voz no estaba
hecha para el coro de la iglesia.
3
El padre de Juan Molina, un criollo de pocas palabras, un hombre tallado
en la madera del rigor, había llegado de madrugada borracho y, quién
sabe por qué, furioso. Sin que mediara otro motivo que el de la
costumbre, entró en la pieza única en la que vivía toda la familia, se
quitó el cinto y, empuñándolo como un rebenque, descargó no menos de
veinte fustazos sobre las espaldas menudas de su hijo. Ante el llanto
impotente de su madre -sabía que interceder era peor- y el de su hermana
menor, Juan intentó mantener la dignidad sin quebrarse. Pero no pudo.
Cuando consideró que su espíritu ya estaba pacificado, su padre lo dejó
ir, volvió a ponerse el cinturón, se desplomó sobre la cama y se durmió
profundamente. Al despertar, como siempre sucedía, habría olvidado todo.
Eximido de culpa en la amnesia de la resaca, las cosas volvían a la
normalidad como si nada hubiese sucedido. Pero Juan Molina ya no estaría
allí. Se vistió rápidamente y, sin decir palabra, salió a la calle y
caminó hasta la ribera.
En su caminata sin rumbo, la cabeza gacha, las manos en los bolsillos y
un ardor que le latía en la espalda, iba canturreando entre dientes.
Juan Molina siempre cantaba. Si su espíritu estaba calmo y feliz,
susurraba mi-longuitas o canzonettas italianas cuyo sentido ignoraba, de
las que escuchaba a los calabreses y a los napolitanos; si en cambio
estaba abatido, cantaba para sí tangos de Contursi o de Vaccarezza. Su
forma de razonar, el modo en que establecía su vínculo con el universo
era a través de las canciones. Involuntariamente, se sorprendía cantando
melodías cuyas letras describían su estado de ánimo. Mientras camina
debajo de las recovas de Paseo Colón hacia el norte, sin encadenar un
hecho con otro, va canturreando "Vieja Recova". En su marcha lenta y al
azar, la mirada perdida en sus propias cavilaciones, piensa en su madre
soportando los arrebatos de furia de su padre y, sin darse cuenta, silba
"Pobre mi madre querida". Con sus pantalones cortos y sus pasos largos,
baja por Paseo de Julio abstraído en el pentagrama de sus pensamientos y
en el dolor que le quema la espalda en carne viva; cada vez que pasa por
la puerta de alguno de los tugurios, que a la luz del día se ven tan
tristes como un borracho sorprendido por el amanecer, se detiene
simulando atarse los cordones de los zapatos y mira por el rabillo del
ojo hacia adentro, como queriendo descifrar en la bruma, en la mirada de
los marineros, en los ojos trasnochados de las mujeres acodadas en la
barra, los indicios que el tango ha dejado la noche anterior. Más
adelante, en Independencia, dobla hasta Balcarce, cruza la plaza en
diagonal y, sin proponérselo, toma Avenida de Mayo hacia el Congreso. De
pronto ha cambiado de mundo; ahí, frente a sus ojos, aparece el Tortoni,
majestuoso, iluminado por el sol que entra por la claraboya de cristal
del techo, confiriéndole la apariencia de una catedral. Sentados a las
mesas de mármol, intercambiando frases antecedidas por un formal "vea,
doctor", y como si fumar cigarrillos BIS hechos a mano con tabaco traído
de Turquía los hiciera sentir verdaderos sultanes, los parroquianos ven
pasar la mañana con indolencia. Entonces, Juan Molina mirando los
zapatos lustrosos, los trajes de casimir, las camisas de seda, no puede
evitar compararlos con sus botines deslenguados, los vergonzosos cortos
de lana y su tricota, cuyas mangas ya le han quedado cortas. De pronto
tiene el impulso de volver al barrio, pero el solo recuerdo de su padre
buscándolo por las calles de La Boca lo disuade. Se aleja del Tortoni
canturreando "Niño bien":
...vos te creés que porque hablás de "ti",
fumás tabaco inglés,
paseás por Sarandí
y te cortás la patilla a lo Rodolfo
sos un fifí.
Porque usás la corbata carmín
y allá en el Chantecler
la vas de bailarín
y te mandás la biaba de gomina
te creés que sos un rana
y sos un pobre gil.
No ha terminado la última estrofa, cuando de pronto se queda mudo. En la
calle Florida, delante de sus narices, se encuentra con el palacio de
sus anhelos: la tienda Max Glücksman. Mira extasiado el piano Stein-way
de cola en medio del salón, como si fuese el centro de un sistema solar.
Alrededor, flotando en el aire colgados por hilos invisibles, hay
contrabajos, violines, clarinetes y otros instrumentos cuya existencia
desconocía hasta ese momento. Entra como impulsado por la fuerza
gravitatoria de aquel universo hecho de maderas preciosas y bronces
pulidos. Camina temiendo que un movimiento en falso pueda provocar un
súbito Apocalipsis; de pronto, al distinguir algo en un confín de ese
mundo, queda petrificado. Entonces los pianos ingleses, los violines
alemanes y los cellos italianos desaparecen. Perdida en un rincón
lejano, como una estrella apagada, ahí, vertical y solitaria, descansa
una guitarra criolla. No tiene nada en particular. De hecho, se diría
que se destaca por su despojada simpleza. Juan Molina se acerca, estira
el índice, pero no se atreve a tocarla. A sus espaldas suena una voz:
-¿En qué puedo servirlo?
Tarda en comprender que se están dirigiendo a él. Gira la cabeza sobre
su hombro y ve a un vendedor tan amable que le resulta sospechoso. Nadie
le había hablado antes con semejante deferencia. No sabe qué contestar.
-Quizá el joven se la quiera probar -dice el empleado con una sonrisa
resplandeciente, al tiempo que toma la guitarra por el mango y la gira
con destreza con una sola mano. Antes de que el chico pueda articular
palabra, agrega:
-La tenemos en oferta.
Juan Molina duda de que lo que lleva en el bolsillo pueda alcanzar el
monto de la oferta: un cigarrillo arrugado, un puñado de pelusa de lana,
unas cuantas hebras de tabaco sueltas y, lo más valioso, una cápsula de
revólver vacía que lleva como amuleto. Sin embargo, no puede sustraerse
al ofrecimiento. Quizá sea la única oportunidad de tener una guitarra
entre sus manos. La toma con pavura, se sienta en un taburete, la
recuesta sobre el muslo y la acaricia. Pulsa la bordona al aire y apoya
la oreja sobre la madera, como si estuviese probando la resonancia de la
caja, pero no es más que una excusa para abrazarla. Se aferra a la
guitarra como queriendo que aquel romance no termine nunca. Hasta ese
momento sostiene la creencia de que el canto y la guitarra guardan una
relación natural. Vuelve a tañer la cuerda y sólo entonces descubre que
no sabe tocar. La abraza con más fuerza, apretando la cara sobre el lomo
lustrado, esta vez para ocultar un llanto ahogado. No tiene forma de
sacarle sonido ni puede quedársela para descifrar, con el tiempo, su
femenina naturaleza. Y así, aferrado al cuerpo curvilíneo de la
guitarra, empieza a canturrear un tango desconsolado:
Si pudiera un suspiro arrancarte,
si supiera un acorde templar,
si mis manos torpes, principiantes,
tuviesen el arte
de saberte acariciar
Abrazado a tu fina cintura
de naifa bien milonguera,
recorriendo tu hermosura
te miro y no sé qué hacer
más que rogarte y querer
que seas mi compañera.
No es de machos sollozar
sobre el hombro de una mina,
te juro que me da inquina,
no sé por dónde empezar
entendeme, corazón,
soy apenas un pichón
que aún no aprendió a volar.
Ay, no me digás que no,
no me negués tu querer,
vigüela, ya vas a ver
que ninguno como yo
te va a saber entender.
No sé cuándo, no sé cómo,
pero te juro, vigüela,
que voy a hacerme de aplomo,
que esto no termina aquí,
yo sé que en un día de estos,
a la luz de una candela,
vas a decirme que sí.
El vendedor, ajeno a las íntimas tribulaciones musicales del chico, le
dice:
-También ofrecemos créditos a sola firma; se la lleva hoy, la empieza a
pagar el mes que viene.
Entonces Juan Molina separa lentamente la cara de la guitarra, se pasa
el puño de la tricota por los ojos, se incorpora y, sin soltar la
guitarra, midiendo la distancia que lo separa de la puerta, calculando
los obstáculos que se interponen, susurra:
-Está bien, la llevo.
No termina de decir la frase cuando, aferrando la guitarra bajo el
brazo, sale corriendo. Primero esquiva al vendedor que se pone en su
camino con los brazos abiertos, después salta un acordeón refulgente que
descansa sobre un pedestal bajo, bordea la cola del piano y, finalmente,
alcanza la puerta, que lo espera abierta de par en par. Corre contra la
multitud, escuchando a sus espaldas los gritos del empleado que va tras
él. La marea humana que inunda Florida le juega a favor: su baja
estatura y su pequeña y escurridiza persona le permiten abrirse paso
como una liebre entre el follaje. Está por alcanzar la esquina de
Viamonte cuando, desde la nada, justo frente a él, ve cómo se alza la
figura de un policía. En una fracción de segundo imagina el calabozo de
la Primera, piensa en el oprobio y la furia de su padre teniendo que
admitir ante el comisario que su hijo es un ladrón, puede escuchar el
llanto de su madre, los comentarios de los vecinos y, otra vez, los
fustazos de cinto sobre la espalda.
En ese momento puede sentir la mano del policía que lo toma de la
muñeca. No está dispuesto a entregarse sin luchar. Se aferra a la
guitarra como si fuera la única certeza, abre la boca cuanto puede y
muerde. Muerde y tira del dedo meñique del policía con la firme
convicción de un perro. De pronto y sin entender por qué, está libre y
corriendo nuevamente, se cerciora de no tener el dedo de su captor en la
boca y continúa su carrera. En Corrientes se detiene exhausto y puede
comprobar que ya nadie lo persigue. Pero la guitarra es un botín
demasiado evidente que lo delata como un traje de preso. En su cabeza
resuenan frases en letra tamaño catástrofe, tales como: "Robo, desacato,
agresión a la autoridad". Ya puede verse picando piedras en la recóndita
Ushuaia, a la vez que, para sí, canta "La gayola":
Me encerraron muchos años en la sórdida gayola
y una tarde me libraron...pa'mi bien... o pa'mi mal...
Fui vagando por las calles y rodé como una bola...
Pa' comer un plato 'e sopa, ¡cuántas veces hice cola!
Las auroras me encontraron largo a largo en un umbral.
El policía ya debe haber pasado el parte y seguramente lo andan
buscando, piensa Juan Molina. Lo primero que tiene que hacer es
descartar la guitarra en algún lugar donde pueda recuperarla. Gira la
cabeza a uno y otro lado y entonces, sobre Suipacha, ve los tablones
verticales que tapan un terreno baldío. Camina resuelto, comprueba que
nadie lo esté mirando, atisba entre la ranura de dos tablas y puede ver
que al otro lado hay un montículo de arena. Se aleja un paso, calcula el
tiro y arroja con fuerza la guitarra de modo tal que pasa sobre el
talud. Vuelve a mirar por el resquicio y suspira aliviado cuando ve que
ha caído horizontal en el lugar justo sin dañarse. Entonces toma
carrera, da un salto, trepa a la tapia y en dos movimientos precisos,
está del otro lado. Busca algún sitio que sirva de escondite y en el que
quede protegida. En el fondo hay unas chapas apiladas. Separa una, la
eleva del suelo con unos ladrillos y ahí, debajo, oculta la prueba del
delito. Vuelve sobre sus pasos y alcanza la calle nuevamente, silbando y
sin mirar a los transeúntes que lo vieron descender de las alturas.
Se había hecho la noche. Juan Molina se confrontaba a un dilema sin
solución aparente: cada hora que pasaba era un leño más que se agregaba
al fuego, pero la idea del regreso lo aterraba. Y así, mientras más
dilataba la decisión inexorable, sabía cuánto más brutales habrían de
ser las consecuencias. En ese mismo momento la casa debería ser un
pandemonio. De sólo imaginar los gritos de su padre, las lágrimas
acalladas de su madre, el llanto aterrado de su hermana menor, lo único
que anhelaba era que se lo tragara el asfalto. Llegó a albergar la idea
de no volver. Pero ya podía ver la angustia de su madre tejiendo las más
negras conjeturas. Por otra parte, era un hecho insoslayable que, en
verdad, no tenía adónde ir. Había caminado todo el día y tenía el
estómago vacío. Las tripas le hacían ruido, retorcidas por el miedo más
que por el hambre. Había caminado en círculos. Una y otra vez, como un
caballo que no quisiera alejarse de la querencia, volvía a Corrientes.
Pero ahora, al doblar por Esmeralda, por primera vez la ve de noche.
Queda absorto. Como si un ejército de utileros hubiese preparado los
decorados, Juan Molina descubre las luces del centro. Y se escucha
tango. Todavía no han empezado a tocar las orquestas, pero ya se escucha
tango. En las marquesinas de los cabarets que compiten en fulgores, en
los cabriolets americanos desde cuyo interior descienden mujeres que
llevan medias de red, en las pantorrillas desnudas, en las boquillas
interminables que brotan de las boquitas pintadas, en los trajes de los
"nenes bien" que salen a la caza de las chicas "mal", en las chicas
"bien" que se ruborizan ante las miradas carnívoras, en las estampidas
de los corchos del Cordón Rouge o del Qlicquot, en el interior de los
frasquitos que contienen aquel misterioso polvo blanco que se trafica en
la esquina, en ese perfume hecho de champán y tabaco, mezclados por un
viento que parece insuflado por el fuelle de un bandoneón, en cada
baldosa de Corrientes, el tango es una presencia invisible que todo lo
contiene. Juan Molina, desde su estatura mínima, disminuida aun más por
el efecto de la grandiosidad del paisaje, ahora entona las estrofas de
"Corrientes y Esmeralda":
Amainaron guapos junto a tus ochavas
cuando un cajetilla los calzó de cross
y te dieron lustre las patotas bravas
allá por el año... novecientos dos...
Esquina porteña, tu rante canguela
se hace una melange de caña, gin, fitz,
pase inglés y monte, bacar y quiniela,
curdelas de grappa y locas de pris.
Plantado en la esquina, Juan Molina canta a voz en cuello como si se
resistiera a ser poco menos que nada en aquel universo para él
inconmensurable, como quien se rebelara al hecho de pasar inadvertido.
El Odeón se manda, la Real Academia,
rebotando en tangos el Royal Pigall,
y se juega el resto, la doliente anemia
que espera el tranvía para su arrabal.
De Esmeralda al norte, del lao de Retiro,
franchutas papusas caen en la oración
a ligarse un viaje, que se pone a tiro,
gambeteando el lente que tira el botón.
En tu esquina un día, Milonguita, aquella
papirusa criolla que Linnig mentó,
llevando un atado de ropa plebeya
al hombre tragedia, tal vez encontró...
Quizás a causa del extraño contraste de su tono angelical con'la
reciedumbre de la letra, acaso por la pura voluntad de existir en medio
de ese mundo en el que hay que ganarse un lugar, empieza a arremolinarse
un grupo de gente en torno de Juan Molina. De pronto el tumulto se va
ordenando en dos grupos iguales en número y enfrentados entre sí: de un
lado los hombres, del otro, las mujeres; los nenes "bien" cabecean a un
tiempo a las chicas "mal" y se trenzan en un baile canyengue alrededor
del pequeño cantor.
Tu glosa en poemas, Carlos de la Púa
y el pobre Contursi, fue tu amigo fiel...
En tu esquina rea, cualquier cacatúa
sueña con la pinta de Carlos Gardel.
Esquina porteña, este milonguero
te ofrece su afecto más hondo y cordial,
te promete el verso más rante y canero
para hacer el tango que te haga inmortal.
En el mismo momento en que Juan Molina termina de cantar, a pocos metros
de la esquina se forma otro tumulto; tiene la ilusión de que aquella
nueva muchedumbre se ha acercado para escucharlo a él. Pero de inmediato
puede ver que la improvisada coreografía se disuelve y corre poco menos
pasando por encima de su diminuta persona. Después escucha un griterío,
frenadas de autos, gente apurando el paso, todos agolpándose en la
puerta del Royal Pigalle. Impulsado por la misma inercia de la multitud,
se encuentra en el ojo del ciclón humano. Entonces levanta la vista y
cree estar soñando: a un paso de él, sonriendo y saludando, estrechando
manos y devolviendo halagos, ahí está Carlos Gardel. Como un peregrino
que después de caminar durante semanas viera La Meca, sin proponérselo,
Juan Molina extiende el brazo. Gardel lo toma de la mano, lo atrae hacia
él y le despeina el jopo con una caricia. Después no recordará nada más.
No sabrá en qué momento se dispersó el tumulto. No sabrá cuánto tiempo
pasó hasta que se sorprendió solo y petrificado frente a la puerta del
cabaret. Entonces, con una resolución inédita, camina hasta el baldío,
busca la guitarra y decide volver a su casa sin importarle lo que le
espera.
Juan Molina soportó estoicamente la sentencia sumaria de su padre. A los
fustazos de la madrugada, ahora debía agregarle los latigazos de la
noche. Se quitó la camisa y, sin oponer resistencia, dejó que se
cumpliera la condena. No derramó una lágrima mientras el cinto
chasqueaba su furia sobre la carne viva, no profirió un solo grito, ni
dejó escapar siquiera un lamento. No había nada que pudiera disuadirlo
de su convicción. Solamente tenia que armarse de paciencia para esperar
que llegara el gran día.
Muchos años pasaron desde aquel primer encuentro hasta aquel otro en que
el auto de Gardel estuvo a punto de incrustarse contra el camión de
Molina. Pero, como ya he dicho antes, el destino suele ser insistente y,
más adelante, volvería a reunidos, tal como suele suceder en las
tragedias.
4
Si alguien le hubiese dicho a Juan Molina que ya conocía a aquella mujer
que casi muere aplastada debajo de su camión, no lo hubiese creído. No
porque fuera imposible, sino porque hubiera jurado que sería incapaz de
olvidarla. Pero la memoria suele ser caprichosa. Quizá la brutalidad de
la escena colaboró para que, desde ese día, Molina recordara el azul de
aquellos ojos tristes y ausentes, aquella figura espigada y esas piernas
largas, temblorosas, que apenas la mantenían en pie. Sin embargo, aunque
ninguno de ambos pudiera recordarlo, Ivonne y Molina ya se habían
conocido, como veremos más adelante.
Muy pocos sabían el secreto mejor guardado por Ivonne. Cobraba como puta
francesa, hablaba como francesa y vestía igual que las francesas. Pero
Ivonne no era francesa sino polaca. Sin embargo, resultaba difícil
convencerse de que no fuera oriunda de París, tal como mentía. Su nombre
era Marzenka y había nacido en las afueras de Deblin. Muchos años antes
de convertirse en Ivonne, aquella muchacha radiante y candorosa cantaba
como los ángeles y tocaba al piano las alegres canciones de su país.
Nada anhelaba más que pisar las tablas de los teatros de Varsovia.
Contrariando los deseos de sus padres, que jamás habían ido más allá del
límite del río Vístula, un día les comunicó la decisión irrevocable: se
iría a la capital. En Varsovia integró un ballet de pseudo cocottes en
un club nocturno; fue allí, entonando las letras de las canciones, donde
aprendió las primeras palabras en francés. Poco le faltó para llegar a
ser solista; el mismo día en que el director de la compañía iba a darle
la buena noticia, un hombre apareció en su camino. Un francés, un
auténtico francés de Francia, Monsieur André Seguin, puso frente a sus
narices un contrato irresistible. Como tantas otras mujeres jóvenes,
ante el desolador panorama de su tierra eternamente devastada,
embelesada por las promesas del representante artístico, creyó estar
tocando el cielo con las manos. Sus ojos juveniles brillaron de ilusión
frente al contrato que le ofrecía la posibilidad de hacer carrera en la
lejana París de América del Sur. Enceguecida por la felicidad, ni
siquiera había podido leer aquel contrato escrito en una lengua para
ella indescifrable, y que habría de convertirse en su sentencia.
Cuando aquella joven polaca descendió del barco y puso un pie en Buenos
Aires, descubrió que algo andaba mal. Junto a un grupo de mujeres
aterradas, la llevaron a una pensión miserable del barrio de San
Cristóbal, un caserón mucho más pobre que su casa de Deblin. Le
retuvieron los papeles y allí la dejaron, encerrada durante un tiempo
que ni siquiera pudo calcular, bajo la celosa vigilancia de una madama
temible que tenía el porte de un buey. Ninguna de sus compañeras de
cuarto hablaba su lengua. De hecho, todas hablaban idiomas diferentes.
En la jerga, a este encierro se lo conocía como "período de ablande". Y
tenía un propósito bien determinado: ante la reclusión, que parecía no
tener fin, bajo el argumento de que aún su representante, André Seguin,
estaba tramitando la residencia sin la cual podían ser encarceladas,
cualquier otra situación, cualquier otro lugar aparecía como una
alternativa más feliz. Cuando Monsieur Seguin consideraba que ya sus
espíritus estaban lo suficientemente doblegados por el destierro
primero, por el cautiverio después, él personalmente se llegaba hasta el
conventillo y se presentaba como su protector ante las autoridades. Les
hacía saber que el gran día estaba próximo y, para convencerlas, con una
sonrisa de oreja a oreja, depositaba sobre una de las camas una valija
inmensa, la abría lentamente creando cierto suspenso y, por fin, exhibía
su deslumbrante contenido. Ante la mirada atónita de las chicas,
empezaba a repartir ropa: vestidos de seda modelo Charleston, collares
de perlas que parecían auténticas, refulgentes zapatos de taco,
sombreros forrados en terciopelo y brazaletes de brillantes como jamás
habían visto. Entonces las torturas de la espera y el encierro se veían
largamente recompensadas, las promesas que hasta entonces parecían
destinadas al desengaño volvían a cobrar fuerza. Luego de lo cual, André
se retiraba como una suerte de Mesías, dejando que las muchachas,
vestidas como verdaderas artistas, recobraran sus ilusiones. Aquella
jovencita venida desde Polonia se sorprendía comiendo un guiso
miserable, hacinada en un cuarto descascarado, paradójicamente ataviada
como una reina. Emperifollada con alhajas, sedas y gasas volátiles roía
un hueso de oso-buco, rascándolo hasta el caracú. El encierro se
prolongaba durante un tiempo más, hasta que llegaba el momento esperado:
por primera vez en semanas veían la luz de la calle. Entonces, separadas
en grupos, eran conducidas hasta un lujoso cabriolé manejado por un
chofer de librea que las llevaba hasta el Royal Pigalle. Cuando esa
chica polaca vio por primera vez el cabaret, tuvo que contener las
lágrimas nacidas de la emoción; el anhelado sueño empezaba a tomar
forma. Miraba el escenario y se imaginaba cantando sentada al piano.
Contemplaba los cortinados y las alfombras, el lujo del mobiliario, las
botellas de champán francés que corría como agua, veía el palco donde
tocaba la orquesta y se le anudaba la garganta. Pero, claro, todavía no
era el momento, ya habría de llegar, aseguraba André. Primero tenía que
familiarizarse con el idioma, conocer mejor el lugar y, sobre todo,
frecuentar gente, alternar. El gerente había visto en aquella chica
polaca de piernas largas y cintura breve, en sus ojos azules y su figura
espigada, en su afán de triunfo y su gusto por el lujo, un potencial que
la diferenciaba de las demás. Le enseñó primero ciertas formalidades:
cómo sentarse, de qué manera tomar la copa de champán, cómo fumar, de
qué modo mirar a sus eventuales interlocutores, con quién hablar y con
quién no. Para cantar ya habría tiempo, ella era todavía muy joven y
antes debía conocer todos los secretos que habrían de allanarle cada
peldaño en la larga escalera hacia el éxito. Le hablaba siempre en
español, en un pausado y paciente castellano plagado de gestos y
salpicado con algunas expresiones en francés. Le dijo que olvidara su
antiguo nombre y su remota nacionalidad; a partir de ese momento habría
de llamarse Ivonne y haber nacido en la mismísima París. Bajo ningún
concepto tenía que revelar que era polaca, las cantantes más requeridas
eran francesas, le decía. Al principio la muchacha lo miraba con unos
ojos llenos de desconcierto: no entendía más que los gestos. Pero poco a
poco fue aprendiendo a descifrar algún sentido en los ampulosos
discursos de André. Más tarde pudo pronunciar unas pocas palabras y
luego intentar una que otra frase. Para que empezara a cantar sobraba
tiempo, le decía el francés.
El Royal Pigalle era apenas una perla más en el sórdido collar de la
trata de blancas, cuyas cuentas se enlazaban desde su sede en Marsella y
se extendían por Varsovia, París, Lyon y, al otro lado del Atlántico,
cubría las plazas de Río de Janeiro, Santiago de Chile y Buenos Aires.
La filial instalada en el Plata proveía personal supuestamente artístico
-coristas, bailarinas y cantantes de café concert- a los distintos
cabarets porteños. Prostituir a las jóvenes llegadas desde Europa era
una tarea costosa y paciente. Los artífices de este negocio, personajes
muy respetados en los círculos políticos y sociales, eran los hermanos
Lombard. Nacidos en la isla de Córcega, los cuatro hermanos dividían sus
tareas entre Marsella y Buenos Aires. Detrás de la firma Lombard Tour se
escondían los rentables nexos con Charles Seguin, dueño, además del
Royal Pigalle, del Teatro Casino Opera, el Esmeralda, el Parque Japonés,
el Palais de Glace y el legendario Armenonville. Su hermano, André, era
quien regenteaba cada uno de los locales y "compraba" el personal
"importado" por la agencia Lombard Tour.
-Para empezar a cantar sobra tiempo -le decía André a Ivonne, mientras
fijaba su mirada en la unión de sus pechos adolescentes.
-No hay ningún apuro -le decía, recorriendo con sus ojos la extensión de
sus piernas largas y torneadas.
Entre otras tantas cosas, antes debía aprender a bailar el tango.
Como todas las semanas, André Seguin llega al conventillo donde están
sus chicas. Las mira sonriente y paternal, las reúne en torno de él y,
como un generoso protector, después de repartir ropa entre todas ellas,
las conmina a abrazarse y les da las primeras lecciones de baile.
Marcando el compás, las alienta a que bailen mientras él canturrea algún
tango improvisado:
Dicen que el de papirusa
es el más antiguo oficio,
no es que discuta de vicio,
te lo digo de querusa:
Pa'que labure una mina
antes debió haber cafishio.
Viejo dilema el que acusa:
¿fue el huevo o fue la gallina?
Qué importa cuál fue el inicio,
qué fuera de la minusa
si no hay quien la patrocina.
André Seguin disfruta al ver cómo sus pupilas enredan sus cuerpos,
enlazan las piernas y las unas recorren con sus pantorrillas los muslos
de las otras, al tiempo que canta:
Pardon madame et monsieur,
con tanta disquisición
aún no me presenté.
Yo soy el mentor de Ivonne,
me baten franchute André,
entre todos los cafiolos
soy el único francés.
Vine del Sena al Riachuelo
sabiendo que en este suelo
yo iba a ser el más bacán,
la verdá que en Notre Dame
era un gil de medio pelo,
pero aquí, bajo este cielo,
ser franchute te da glam.
A André Seguin le gusta jugar el papel del perdedor; mientras canta su
canción autocompasiva, insta a sus protegidas a que aproximen más aún
labio con labio, a que sujeten la cintura de su compañera con más
resolución, a que se miren con sensualidad.
Tengo tantas papirusas
que es difícil de contar,
polacas, francesas, rusas,
soy el colmo del cafiolo;
te lo voy a confesar:
si quiero a cualquiera de esas,
pa 'no pasarla tan solo,
me dicen: hay que garpar.
Mientras canta su lamento fingido, André Seguin sólo se limita a mirar y
dar indicaciones. Él no participa de los bailes. Ve cómo se tensan los
músculos de las jovencitas, cómo se deslizan las medias de red sobre la
piel, de qué manera se rozan los pechos entre sí, y disfruta íntimamente
a la vez que entona:
Dirás que morfo de arriba,
que vivo sin laburar,
que me tiro en la catrera
a esperar a que las pibas
revoleen la cartera
y vengan con todo el vento.
Dejame hacer mi descargo,
te lo digo, te lo juro,
no son monjas de convento
las chicas, te las encargo,
estas sí que dan laburo;
se te rajan con un cuento
y las tenés que ir a buscar
con el chumbo del sargento.
El gerente del Royal Pigalle canta mientras evalúa Potencial que
encierra cada una de las chicas. Ya ha notado que Ivonne tiene una
disposición natural hacia el tango. Es un hecho notable cómo aprende a
bailarlo más rápido y mejor que las demás. Y con una sensualidad que
pocas veces ha visto Seguin. Hay algo en su adolescente persona que lo
inquieta. Siendo que es mucho más delgada de lo que un hombre puede
esperar de una mujer, adivina un talento recóndito al que sólo hay que
dejar madurar, darle tiempo, piensa el gerente y canta:
Que las pilchas, que el perfume,
que la seda y el percal,
que el arreglo con la cana,
haga cuentas, vamos, sume,
otra que una bacanal,
si voy a creerme un rana.
Cualquier fiolo de arrabal
que en pipa no se la fume
no ha de pasarla tan mal.
Y así era siempre, después de llorar una inexistente miseria, André
Seguin concluía sus lecciones de tango y luego pedía que lo dejaran a
solas con Ivonne. Él mismo fue su primer cliente. Fue André quien la
recompensó con una paga por cierto bastante poco generosa. Y también
André fue el primero en extender una línea blanca y perfecta sobre la
mesa de mármol negro y hacerle probar el polvo mágico de la felicidad.
Ivonne comprendió que en las hábiles manos de aquel lobo disfrazado de
cordero estaba puesto su destino.
5
A los dieciocho años Juan Molina entró a trabajar en el Astillero del
Plata. Las duras jornadas de doce horas le habían dejado un cuerpo
ingente y macizo que contrastaba con su cara todavía aniñada. Atrás
habían quedado los tiempos del coro de la iglesia; aquella voz angelical
de soprano se había convertido en la de un tenor. Cantaba siempre. Lo
hacía con la naturalidad de quien piensa en voz alta. Mientras cargaba
al hombro las vigas de acero, tarareaba los tangos de Celedonio
arqueando una ceja y poniendo la boca de costado. Después de hombrear
las vigas y cargarlas sobre la caja del camión, se sentaba al volante y
se sentía el más grande. Manejaba el imponente International por los
angostos caminos del Dock haciendo equilibrio entre los muelles al filo
del río, cantando con el cigarrillo pegado a los labios. Los pantalones
cortos eran ahora un amable recuerdo. Cuando caía el sol, aquellos
mismos que unos años atrás iban a la iglesia sólo para escucharlo
cantar, ahora se reunían en el café del Asturiano apurándolo para que
templara la bordona y cantara algunos tangos. En torno a él se formaba
un círculo apretado que, a viva voz, le pedía tal o cual canción. Con el
tiempo había iniciado un tormentoso romance con su guitarra; por
momentos era una amante dócil y una dulce compañera. Otras veces, en
cambio, se tornaba indómita y se negaba a los arpegios pretenciosos. Así
como no hay maestros para el amor, tampoco los hay para la música, solía
decir Juan Molina. Su obcecado carácter autodidacta le había impreso a
su modo de cantar y de tocar la guitarra un estilo personal e
inconfundible. No sabía, ni le interesaba, escribir sobre el pentagrama.
Había saldado casi todas sus deudas con el pasado. Cuando cobró su
primer sueldo, pagó lo que le debía al señor Glücksman. Una tarde llegó
al negocio de la calle Florida, se acercó al mostrador y cuando el
empleado reconoció aquella misma cara puesta ahora sobre un cuerpo
descomunal, empalideció a la vez que le decía:
-Llévese lo que quiera, pero, por favor, no me mate.
Juan Molina sonrió con la mitad de la boca, se llevó la mano al
bolsillo, extrajo un puñado de billetes y, poniéndolo en la mano del
vendedor, le dijo:
-Ahí le dejo. Están sumados los intereses del crédito.
Ya no vivía con sus padres en el conventillo de la calle Brandsen, allá
en La Boca, a causa de un hecho que lo obligó a marcharse para no
volver: una noche, al llegar a la casa después del trabajo, desde la
cocina, en lugar del esperado aroma del puchero, Molina percibe los
sollozos silenciados de su madre. Corre, abre la puerta y ve que tiene
la cara oculta entre las manos. Se acerca; delicadamente y contra la
resistencia que le opone, le hace mostrarle el rostro. Entonces puede
ver un hematoma que le mantiene el párpado cerrado y un corte sobre la
ceja. La abraza, y las lágrimas de ambos se confunden en una sola. La
aleja suavemente y le susurra: "ya vuelvo, viejita". La madre intenta
detenerlo. Pero es tarde. Juan Molina sale de la cocina, camina hasta el
patio y busca entre los inquilinos. Allí, al fresco de la parra y
tomando mate, está su padre. De pie bajo el vano de la puerta, Juan
Molina grita:
-¡Así que usted es el guapo!
Por toda respuesta el hombre dirige una mirada incómoda, oblicua, sobre
los involuntarios testigos.
-Así que el malevo ahora les pega a las mujeres __dice el hijo
levantando el mentón.
Como por instinto, el hombre deja el mate en el piso y se lleva la mano
al cinto. Fue lo peor que pudo hacer. Juan Molina recuerda, en un solo
segundo, los infinitos fustazos que había recibido desde que tenía uso
de razón. Y no puede evitar revivir la escena de su infancia, aquella en
la que estuvo a punto de morir a manos del cafishio que le pegaba a su
protegida. Las mujeres que lavan la ropa en los piletones desvían la
mirada, hundiendo la cabeza entre los hombros.
-A ver el taita del barrio si se mete con uno de su tamaño.
Juan Molina saca pecho, avanza un paso, pone los brazos en jarra y con
una expresión turbada por la furia, acompañado por el ritmo acompasado
de las tablas de fregar, canta:
Así que usted es el guapo
más bravo del conventillo
el que apunta de cuchillo
amenaza con sopapos
cuando se pasa de copas.
Así que usté es el malevo
más taura que dio la Boca,
el que anda por Montes de Oca
y se agranda en Puerto Nuevo.
Juan Molina se adelanta otro paso al mismo tiempo que su padre
retrocede. El sonido de los nudillos de las mujeres fregando ropa
nerviosamente contra la madera acanalada marca una percusión machacona.
Hay que ver sus epopeyas
de cuchillero matón,
que en el puente de Pompeya
la va de general Roca
peliando contra un malón.
Pero dicen los murmullos
que su fama es un chamuyo,
que su más feroz andanza
era pegarle en la panza
a su mujer cuando gruesa.
Mientras canta, la cara de Juan Molina se va llenando de odio y rencor.
Los pocos testigos que hay en el patio salen, queriendo pasar
inadvertidos. Sólo quedan las mujeres lavando de espaldas que simulan no
darse por enteradas.
Las llevo como un tatuaje
las marcas que me hizo el guapo
cuando venía borracho.
Qué diría el malevaje
si viese pegando el macho
a un purrete de seis años;
le hubiesen roto la jeta
los muchachos del estaño
al ver caer su careta.
Hay uno de su tamaño
que anda buscando revancha,
que no le importan las marcas
que la dura fusta deja,
que va a limpiar esa mancha
de haber fajado a la vieja.
El hombre sigue retrocediendo hasta que su espalda toca la pared, sin
atinar a hacer otra cosa, se quita el cinturón y, en el momento en que
está por descargar el latigazo, Juan Molina le detiene la mano en el
aire; cegado todavía por el fulgor de la sangre de su madre, lo toma por
el cuello y aprieta.
6
Molina estaba enceguecido. Una furia largamente contenida, pacientemente
cultivada a fuerza de fustazos que le habían dejado cicatrices en la
espalda y llagas abiertas en el alma, lo transfiguró convirtiéndolo de
pronto en alguien irreconocible. Nunca nadie sabrá qué hubiese pasado si
su madre y su hermana no le hubieran implorado que lo soltara mientras,
cegado, apretaba el cuello de su padre. Pero esa misma noche Juan Molina
hizo las valijas, cargó su guitarra y se fue sin saber a dónde. Como
aquel día, cuando había escapado por primera vez de su casa, caminó por
la calle Brandsen hacia la ribera. En Vuelta de Rocha se sentó sobre sus
petates de cara al Riachuelo. El agua, un espejo negro y estático,
reflejaba los cascos de los barcos y las luces titilantes de los silos.
Aquel pequeño triángulo frente al río oscuro, una suerte de islote en
medio del empedrado, era el lugar que lo recibía cuando no tenía adonde
ir. Así lo había hecho siempre, desde que era un niño. Se sentaba,
encendía un cigarrillo de los que le robaba a su padre y desde aquel
atalaya a ras del suelo veía cómo los barcos llegados desde el otro lado
del Atlántico atracaban en la dársena. Miraba cómo tendían la planchada
enclenque y entonces aparecían los rostros de aquellos que llegaban al
puerto del fin del mundo. Descendían en tumulto, vacilantes, sin saber
qué les iba a deparar ese suelo que parecían no atreverse a pisar, como
si intuyeran, aunque no quisieran saberlo, que nunca más habrían de
volver. Pero ya no había vuelta atrás. Hacía algún tiempo, en uno de
esos barcos, había llegado una muchacha cuyos ojos azules intentaban
descifrar aquel cielo distinto, aquellas estrellas que formaban figuras
inéditas. Lo primero que vio esa chica polaca que avanzaba por la frágil
planchada aferrándose a las cuerdas, fue un muchacho solitario que
fumaba sentado frente al río. Aquella imagen, la primera, le oprimió el
corazón, se sintió más sola que nunca. Fue en ese preciso instante
cuando las miradas de Juan Molina y la de aquella que habría de ser
Ivonne se cruzaron por primera vez. Luego todo se perdió entre el
tumulto y el olvido. Mucha agua había pasado debajo del puente oxidado
desde aquel episodio hasta aquel otro, en el que Molina casi la
atropelló con el camión.
Y ahora, en ese mismo lugar, sentado sobre sus petates, Juan Molina mira
aquel paisaje de toda su vida y, como si fuese la última vez que habrá
de verlo, se deja acompañar por el ritmo del motor de una barcaza
remolcadora que se aleja, y canta en un susurro:
Sirena de los vapores,
triste lamento del puerto,
no me lloren que no he muerto
aunque tenga el corazón
como un páramo, desierto.
Tampoco me traigas flores
glicina del paredón,
sólo quiero tu perfume
llevarme como un aserto
porque esta noche me voy.
No llores lágrimas moras
parra de mi conventillo,
llevo un racimo de sombra
para estar a tu cobijo
cuando me llegue la hora
de habitar otros ladrillos.
Yo no sé cómo se nombra,
quizá un poeta lo dijo,
este dolor que se siente
cuando tiene que irse un hijo.
No quiero sentir tu queja
café que tanto me diste,
otro ha de ocupar la silla
que este parroquiano deja;
no me hagas que afloje ahora,
no tenés por qué estar triste.
Aprovecho que apoliya
el barrio antes de la aurora,
que la luna arriba brilla,
que el canto del grillo insiste;
luna, sé mi confidente
no quiero que a nadie cuentes
que llorando a mí me viste.
Viejo puente del Riachuelo
no vas a sentir mi ausencia
soy como pingo 'e carrera
que vuelve pa'la querencia
aunque ande por otro suelo.
Adiós, almacén tanguero
de la calle Montes de Oca,
recordarte es mi consuelo,
tu música, mi única herencia;
mi alma se queda en la Boca,
todas las cosas que quiero.
Luego todo fue silencio y oscuridad. Juan Molina encendió un cigarrillo,
buscó en sus bolsillos y pudo comprobar que las pocas monedas que tenía
no le alcanzaban siquiera para pasar la noche en el hotel más miserable.
En eso estaba, cuando a sus espaldas escuchó que le decían:
-¿Il signore ha bisogno di una stanza?
Juan Molina se dio vuelta sorprendido y vio a un tipo con cara de pájaro
que fingía estar bien vestido. Y, por cierto, también simulaba hablar
italiano. Tardó en comprender la situación. Esa tarde, como sucedía cada
mes, había llegado el Nadine, el vapor que hacía la ruta Génova-Buenos
Aires, cargado de inmigrantes. Entonces Juan Molina cayó en la cuenta:
nada lo diferenciaba de los italianos que, perdidos en una ciudad
desconocida, quizá sin tener familiares ni hablar castellano, quedaban
varados en las cercanías del puerto. Como si fuesen las únicas palabras
que supiera pronunciar, el hombre de la cara de ave repitió con la
insistencia de una mosca:
-¿Il signore ha bisogno di una stanza?
Sabía que el tipo era un cazabobos de poca monta que se aprovechaba de
los más desamparados. Y, sin embargo, era lo único que tenía para
aferrarse. Por primera vez Juan Molina se sintió extranjero en su propia
tierra.
-No creo que sirva de mucho, esto es todo lo que tengo... -le dijo
abriendo la mano y mostrándole las cinco monedas que le quedaban del
sueldo. El hombre dio un respingo cuando lo escuchó hablar en perfecto
porteño.
-...pero la verdad es que estoy buscando una pieza -confesó Molina.
El tipo lo examinó de arriba abajo, recorrió con sus ojos de pajarraco
de rapiña los bártulos sobre los cuales estaba sentado y, deteniéndose
en el estuche de la guitarra, le contestó:
-No se tire a menos, seguro que algo ha de tener. Yo lo voy a ubicar, no
se preocupe. ¿Tiene trabajo?
-Sí -musitó desconfiado Molina, apretando la guitarra-, allá en el
astillero -agregó señalando con la quijada hacia el Dock, al otro lado
del Riachuelo.
-Mejor así; le va quedar un poco lejos, eso sí. Pero hágame caso, que lo
que le ofrezco es un lujo.
El tipo metió la mano en el bolsillo interior del saco raído y extrajo
una tarjeta. Sosteniéndola entre el índice y el mayor, se la tendió.
Molina leyó la dirección y se le iluminaron los ojos: Ayacucho 369,
indicaba la tarjeta. Eso era, si la memoria no le fallaba, Ayacucho y
Corrientes. Corrientes, vivir en la calle Corrientes. Aun sabiendo que
todo sonaba a engañifa, el corazón le latió con fuerza.
-Pleno centro, a dos cuadras de Callao, ambiente familiar y con pensión.
Un lujo. No sea cosa que se lo pierda por dormir. Vaya, hágame caso,
presente la tarjeta y diga que lo mandó Maranga, un servidor. Ahí lo
dice, del otro lado -dijo señalando el dorso de la cartulina ajada.
Sin querer pensarlo demasiado, Juan Molina se puso de pie, tomó sus
cosas, estrechó la mano sarmentosa del tal Maranga y cruzó la calle.
-El tranvía 25 lo deja en la puerta -alcanzó a gritar el tipo-, no se
olvide: lo manda Maranga -añadió, separando las sílabas claramente.
7
-Soy polaca pero no estúpida -le espetó Ivonne a André Seguin.
Estupefacto por el perfecto español de su "representada", pero sobre
todo por la gélida perfidia con que le clavó los ojos, el gerente se la
quedó mirando cuan larga se veía recostada sobre la cama. André terminó
de quitarse los pantalones, los colgó en el perchero y así, luciendo sus
pantorrillas regordetas rodeadas por los portaligas que le sostenían los
soquetes, simulando calma, le contestó:
-Francesa, querrás decir.
Ivonne encendió un cigarrillo y, envuelta en la bruma de la primera
bocanada, se sentó en el borde de la cama y se sacó la blusa.
-Terminemos con esta farsa -le dijo, sin quitarle aquella mirada filosa
como una daga.
En pocos meses Ivonne había aprendido a hablar un porteño cuyos
particulares modismos parecían exagerados en contraste con su tono
extranjero. El "vos" y el che, pronunciados por sus labios polacos,
sonaban tan extraños como un gato que ladrara. Hacía mucho tiempo que
sabía que las postergadas promesas de André estaban destinadas al
naufragio. El encierro durante todos esos meses que parecieron siglos,
el hacinamiento en el cuarto del conventillo, la omnipresente persona de
la madama que la vigilaba como un carcelero, las breves excursiones al
Royal Pigalle, las cada vez más frecuentes visitas íntimas de André
Seguin y el modesto pago que le dejaba sobre la mesa de noche, eran el
evidente prólogo de lo que le esperaba. Durante todo ese tiempo ni
siquiera le habían tomado una prueba de canto. Por otra parte, estaba
claro que los vistosos atuendos que le traían no eran, precisamente, los
que vestiría una cantante.
Ivonne ya no era la niña cándida y llena de ilusiones que había bajado
del barco. Tenía la nariz lastimada de tanto aspirar cocaína. Los largos
períodos de abstinencia a los que la sometían habían conseguido domarla
por completo. Era capaz de hacer cualquier cosa por conseguirla; entre
otras, acostarse con André. Pocas cosas le provocaban tanta repulsa como
compartir la cama con el gerente; no porque fuese especialmente
repugnante, al contrario, al decir de muchas de las chicas era un tipo
buen mozo; pero había algo en él que le resultaba intolerable: una vez
concluido el trámite, tal vez a causa de la agitación, los mofletes
lampiños se le ponían rosados como si fuesen los de una niña. Aquello le
provocaba a Ivonne una aversión rayana en la náusea. Pero lo soportaba;
sabía que después venía la blanca y fría recompensa que la ayudaba a
olvidar, a no pensar. El pago, diez miserables pesos que apenas le
alcanzaban para pagar la comida y el techo, era lo que menos importaba.
Ivonne había aprendido a hablar castellano antes que sus compañeras de
cuarto. Y a bailar el tango. Una vitrola que jamás dejaba de girar
difundía tango tras tango. Pensó que llegaría a odiar esa música. Sin
embargo, era lo único que mantenía un rescoldo de felicidad en su
espíritu. Escuchaba "Volver" y su alma se conmovía evocando las lejanas
praderas de Deblin, el ruido manso del Vístula y el vuelo de las
grullas. Y llegó a enamorarse de aquella voz que, día tras día, salía de
la bocina del gramófono. Sentada al borde de la cama, mientras le daba
manija a la vitrola, solía cantar:
Gira que te gira mi alma
igual que aquella vitrola;
cuántas veces triste y sola
pude hacer una locura
si no fuera por la cura
de tu voz
que me dio calma.
Vos me enseñaste el idioma,
este porteño lunfardo
tan filoso como el cardo
y rudo como su flor.
Quiero que vueles, paloma,
y me digas cómo es él;
no le contés de mi amor,
de que mi alma se desploma,
que en mi propio fuego ardo
cuando oigo la voz de Gardel.
Gira que gira la pasta
del disco en el gramofón;
cuántas veces al hastío
del encierro dije basta,
tentada desde el balcón,
junando abajo el vacío,
tu voz fue la salvación
que no me dejó caer,
diciendo que he de volver,
como reza tu canción,
al viejo terruño mío.
Gira que gira, vitrola
como un loco carrusel;
quiero marearme en tu púa,
en tu bocina de orquídea.
Hoy que estoy triste y garúa,
respiro esta cosa nívea
y no me siento tan sola,
imagino estar con él;
mi desdicha se atenúa
cuando escucho tu voz tibia
y digo su nombre: Gardel.
Y cuando terminaba de cantar, ponía una vez tras otra el disco del
Zorzal.
Habiendo perdido toda esperanza de convertirse en cantante, prisionera
en el lugar más lejano del mundo y sin posibilidades de volver, con el
espíritu quebrado y el cuerpo esclavizado tras los delgadísimos barrotes
de aquel polvo blanco del que ya no podía prescindir, Ivonne, entre el
humo del tabaco, sin sacarle de encima aquellos ojos hechos de hartazgo,
le dijo al gerente:
-Hablemos claro.
Y así lo hicieron. Luego Ivonne se recostó, abrió las piernas, cerró los
ojos y se resignó al repetido suplicio de las mejillas rosadas.
Al día siguiente, por fin, como si se hubiese liberado de un cepo, salió
al ruedo.
Entró al Royal Pigalle dispuesta a matar o morir.
8
-Nada de mujeres, el cuarto tiene que quedar libre a las ocho para que
lo limpien; nada de musiquita. El desayuno a las siete. Siete y cuarto
se deja de servir. El almuerzo, a la una. Una y cuarto se acabó. El baño
no lo puede ocupar por más de cinco minutos. Después de las once de la
noche no vuela una mosca -recitaba la gallega envuelta en un batón de
color indescifrable.
Juan Molina miraba maravillado los pisos refulgentes, se llenaba los
pulmones con aquel perfume hecho de lejía y acaroína. Comparado con el
conventillo de la calle Brandsen, se sentía frente a la conserjería del
Hotel Alvear. El precio era caro -las tres cuartas partes de su sueldo
en el astillero- pero estaba dispuesto a pagarlo. Por el rabillo del ojo
llegó a ver uno de los cuartos, cuyas puertas estaban abiertas: una
habitación amplia, una cama con cabecera de bronce, una mesa de luz
sobre la cual descansaba una lámpara que parecía de Tiffany's y un
ventanal de cortinas purpúreas que daba a la calle.
-El pago es del uno al cinco del mes. El primer mes es por adelantado
-sentenció la mujer, conminándolo a una decisión.
Entonces Molina no pudo evitar un suspiro de decepción. No podía ser tan
fácil.
-Mire señora, sucede que todavía no cobré... estaba por explicarle que
volvería ni bien tuviera el difiero para pagar el mes adelantado, cuando
la gallega lo interrumpió:
-Osté me inspira confianza. Me deja el instrumento y el reloj en
garantía y cerramos trato. Igual, acá la guitarra no la puede tocar.
Entonces los ojos de Molina volvieron a iluminarse. Entregó la guitarra,
se quitó el reloj -un Movado de caja enchapada en oro que le había
comprado a un bagayero sin preguntar demasiado-, levantó sus petates y,
como por inercia, se encaminó hacia la habitación cuyas puertas estaban
abiertas.
-Por acá, sígame -le corrigió el rumbo la mujer.
A medida que avanzaban por el pasillo bordeando el patio central, el
grato olor de la lejía iba dejando lugar a un hedor a humedad añeja. Las
paredes inmaculadas de la recepción viraban en degradé a un gris
descascarado que desnudaba un revoque de la época de Pedro de Mendoza.
El piso reluciente era ahora una carpeta de cemento crudo, malamente
alisado. El pasillo parecía no tener fin y, conforme avanzaban, era como
un lento descenso del cielo al averno. Finalmente llegaron a la
habitación: una casilla de madera y techo de chapa, construida en un
patio trasero de dos por dos. La gallega abrió la puerta, lo invitó a
pasar, le señaló un catre junto a la pared y se despidió, recordándole:
-A las ocho la habitación tiene que quedar libre.
Juan Molina tanteó en la penumbra un velador de lata que creyó haber
visto junto a la litera, lo encontró, pulsó el interruptor y nada.
Ajustó la bombita y volvió a intentarlo. Nada. Se recostó para probar el
colchón y descubrió que los pies le quedaban colgando en el aire. Pero
desde Corrientes llegaba el grato sonido de los autos y el paso de los
tranvías. Estaba feliz. Encendió un cigarrillo y en el breve tiempo que
duró la llama del fósforo hizo un rápido inventario del cuarto. Como
siempre sucedía, sin que él mismo lo advirtiera, estaba cantando.
Entonaba las estrofas melancólicas de "Cuartito Azul". Iba a ingresar en
el estribillo, cuando desde la nada escuchó:
-Si se pudiera hacer ruido lo aplaudiría. Pero como no se calle la boca,
le aplaudo la cara de un tortazo.
Molina se levantó de un salto. Encendió otro fósforo y entonces pudo
descifrar en la penumbra que aquel bulto informe sobre la litera vecina
era un inquilino. El tipo se había vuelto a dormir con un gesto
contrariado y amenazante.
Eran las siete y cinco cuando Juan Molina abrió los ojos. Demoró en
darse cuenta en qué lugar había amanecido. Era la primera vez que dormía
en una cama que no fuera la suya. Por otra parte, la apariencia diurna
del cuarto era bien diferente de la que había imaginado. Quizá porque
era un día de sol y los rayos se filtraban entre las hendijas de la
madera, la habitación paupérrima se le antojó el más acogedor de los
refugios. Estaba por cantar cuando recordó el episodio de la noche
anterior. Miró a la litera de enfrente y comprobó que estaba vacía.
Quiso saber la hora, pero cuando levantó el brazo se encontró con su
muñeca desnuda. Estaba hambriento. Recordó los diez mandamientos de la
gallega y temió haberse quedado sin desayuno. Se vistió con la velocidad
de un rayo y salió corriendo del cuarto. Desde el salón llegaba el
perfume de las tostadas y el café con leche. Avanzó rápidamente por el
pasillo y en el reloj del vestíbulo vio la hora: siete y nueve. Todavía
estaba a tiempo. Sin embargo, tenía que ir al baño. Volvió sobre sus
pasos, llamó a la puerta con un golpe tímido y desde el otro lado se
escuchó un desesperante "ocupado". Se quedó haciendo guardia
tamborileando los dedos contra la pared. De pronto recordó que debía
estar en el astillero a las ocho y cayó en la cuenta de que ahora no
eran cinco minutos los que lo separaban de su trabajo. El desayuno y la
ducha matinal ya eran un recuerdo. No bien se desocupó el baño, entró
como una tromba y al instante salió de la misma manera, dejándole el
lugar al que lo sucedía. Con pánico volvió a mirar el reloj de la pared:
siete y trece. Pasó por el salón, saludó con un "buen día" general y las
tripas le reclamaron aunque más no fuera una tostada. Pero no había
tiempo. Estaba por alcanzar el vestíbulo cuando lo tomaron por la
muñeca. Se dio vuelta y vio que quien lo sujetaba era un hombre de una
cabeza descomunal, completamente calvo.
-Oiga, todavía tiene tiempo, ¿por qué no se toma un café? -dijo
invitándolo a compartir su mesa.
-Le agradezco, pero estoy llegando tarde...
Entonces el tipo se puso de pie, dejando en evidencia una estatura
mínima, desproporcionada en relación al tamaño de la cabeza. Sin
soltarle el brazo le dijo:
-Lo acompaño unas cuadras. Quiero hablar unas palabritas.
Juan Molina no pudo menos que pensar mal, pero era su primer día en la
casa y no quiso empezarlo con un escándalo.
-Le pido disculpas por lo de anoche -dijo el hombre y se presentó:
-Zaldívar, Epifanio Zaldívar, mucho gusto.
Molina quedó petrificado. Hasta entonces no había caído en la cuenta de
que aquel tipo era su compañero de cuarto. No podía creer que ese hombre
que ahora se presentaba con una amabilidad rayana en la exasperación
fuera el mismo energúmeno que durante la noche lo había amenazado.
Molina no sabía si exigir una disculpa o disculparse él por haberlo
despertado y, mientras cavilaba, apuraba el paso por Ayacucho camino a
Viamonte hacia la parada del tranvía 25. Su compañero de pieza daba unos
trancos cortos y veloces para poder mantenerse a su lado.
Zaldívar carraspeó, un poco a causa de la fatiga que le demandaba seguir
el paso de Molina y un poco a manera de prólogo. Finalmente habló:
-Si no se ofende...quería decirle que se pasó la noche entera cantando
mientras dormía... -Zaldívar dejó la frase inconclusa.
Era cierto, varias veces su madre y su hermana se lo habían hecho notar.
Se sintió profundamente avergonzado.
-Le pido mil disculpas, no sé que decirle...
-El que no sabe qué decirle soy yo. Le confieso que nunca escuché una
voz como la suya. Me gustaría saber en qué teatro se lo puede ver.
Molina sonrió ruborizado.
-Le agradezco el elogio, pero las únicas veces que canté en público fue
en la iglesia.
-No le creo. Usted es un talento, no se puede desaprovechar así...
-Zaldívar hizo un silencio y agregó:
-Me imagino que tendrá un representante...
Molina no pudo evitar una carcajada agradecida y negó con la cabeza.
Habían llegado a la parada. El tipo lo miró a los ojos y sentenció:
-Le estoy hablando en serio. Conozco al hombre indicado; es el mejor
representante artístico. Esta noche, casualmente, lo tengo que ver. Lo
espero a las diez en punto en la pensión y, si le parece, cenamos con
él. Es una invitación.
Molina se trepó al tranvía con una incredulidad hecha de esperanza.
9
Dueña de todas las miradas, Ivonne entra al salón del Royal Pigalle.
Nadie puede sustraerse a su andar ondulante, a su estatura magnánima, a
su figura de espiga mecida por el viento. Sus piernas delgadas e
interminables, cubiertas por unas medias de red, escapan desde el tajo
del vestido perfectamente ceñido al cuerpo. Sus ojos azules iluminan la
penumbra del salón. Camina sin mirar a nada ni a nadie. Y cuanto más
grande es su indiferencia, mayor es el interés que suscita. Como si de
pronto hubiese desaparecido el resto de las mujeres, los hombres se
codean y comentan torciendo la boca. Camina hasta una de las mesas, se
sienta, cruza una pierna sobre la otra y enciende el cigarrillo que está
al final de una boquilla nacarada e infinita.
André Seguin queda deslumbrado como si la viera por primera vez. Se
felicita por su adquisición. Los hombres, intimidados, ni siquiera se
atreven a acercársele. Un engominado con aires de dandy que está acodado
en la barra toma coraje vaciando de un sorbo su vaso de whisky, se frota
los bigotitos y se para frente a la mesa de Ivonne. La mujer lo mira
como si fuese un objeto molesto que de pronto le hubiera eclipsado el
paisaje de la pista de baile. Desafiando el desprecio, el tipo le hace
un cabe-ceo que pretende ser rudo. Ivonne ni siquiera se molesta en
dibujar un gesto de fastidio, como si el galán no existiera, como si
fuese de vidrio. El hombre carraspea, mira de reojo a uno y otro lado y
vuelve a su lugar rogando que nadie haya presenciado la humillación. El
gerente, que ha visto la escena, se encamina a la mesa donde Ivonne fuma
como si nada hubiese ocurrido y, con una sonrisa pour la gallerie que
oculta su azorada indignación, le hace saber que no es forma de tratar a
los clientes, que no puede permitirse el lujo de seleccionar, que ese
hombre al que ha despreciado es dueño de una fortuna que ni él podría
calcular. La mujer, impertérrita, sin sacar la mirada de la pista de
baile, le dice:
-Si estuviera en condiciones de seleccionar, jamás me hubieras tocado un
pelo. Puedo acostarme con quien sea, puedo meterle la mano en la
bragueta al que me pidas. Pero no voy a bailar con cualquiera, por más
fortuna que tenga.
André Seguin la mira asombrado. Es inútil que Ivonne le explique lo
inexplicable, que aquellos eternos tangos que durante su cautiverio
sonaban desde la vitrola fueron lo único que la mantuvo entera. De nada
serviría hacerle entender que aquella voz que una y otra vez cantaba
"Volver" fue la que la salvó de la desesperación. Estaba dispuesta a
entregar su cuerpo a quien fuera, pero a bailar, no. El tango tenía para
ella un valor casi religioso. Había aprendido a bailarlo con sus
compañeras de infortunio y, durante todo aquel tiempo del cautiverio,
trató de imaginar el rostro de aquel que desgranaba "El día que me
quieras". Aprendió a hablar el castellano descifrando las estrofas de
"Caminito" y "Amores de estudiante" y solía confundir la "ere" con la
"ene", igual que aquel que, desde la bocina de la fonola, decía
"golordrina", "sertimertal" y "abardonado".
André Seguin, sin dejar de sonreír, le explica que bailar el tango es el
prólogo, el aperitivo que endurece la bragueta y ablanda el cuero de la
billetera. Es la regla. Evidentemente, André no ha entendido; entonces
Ivonne se incorpora, lo mira al gerente desde su estatura, se llena los
pulmones de aire y tabaco, y comienza a cantar:
Puedo mi cuerpo entregar,
puedo mis labios vender,
pero señores no pidan
lo que no compran los mangos;
no esperen que baile el tango,
lo llevo bajo la piel,
ahí donde anida el alma.
Como magnetizados por la voz y la figura de Ivonne, empieza a formarse
un tumulto de hombres que, indiferentes a la letra, no hacen más que
cabecearla, saltando uno sobre el hombro del otro para hacerse notar.
Podrá el bacán manosear
las guampas de esta mujer
pero no vaya creer
que me va sacar un corte,
una quebrada o un ocho,
lo juro por el morocho,
el único al que soy fiel.
Ahora son más los que se acercan a Ivonne acosándola e intentando
sacarla a bailar de prepo. Pero cada vez que uno pretende tomarla por la
cintura, se gana un empujón displicente. Girando sobre su propio eje,
Ivonne se deshace de los acosadores levantando sensualmente una pierna
y, apoyando la suela de su zapato contra el abdomen del molesto de
turno, lo separa con tal impulso que va a parar al suelo.
Podrán mi boca besar
y hasta en mi escote perderse,
pero ni en sueños pensar
que van a poder bailar
ni tan siquiera atreverse.
Podrán calarme la enagua
o extraviarse en mi pollera,
pero no habrá calavera
que me robe una milonga;
más fácil que saque agua
de una seca salitrera.
Ante la sensual resistencia de Ivonne, los hombres que se arremolinan en
torno de ella terminan bailando entre sí, formando figuras ridículas
hasta la humillación.
Tango que vos me salvaste
en el momento más cruel,
que el idioma me enseñaste
en el sórdido burdel,
te lo juro por mi vida,
te lo juro por Gardel,
que aunque no tenga salida
siempre voy a serte fiel.
No bien termina su canción, la horda que baila a su alrededor se
disuelve y cada uno, avergonzado y disimulando, vuelve a su mesa.
Otra vez a solas con André, Ivonne le dice que no se preocupe, que ella
tiene sus propias reglas. Entonces las pone en práctica. Aplasta la
colilla del cigarrillo con la punta filosa del taco, se pone de pie y
camina hasta la barra. Se para frente al primer tipo que la había sacado
a bailar y André ve cómo le dice unas palabras al oído.
Luego observa de qué forma lo toma de la mano y lo conduce hacia el
ángulo mas oscuro del salón. Ahí, arrinconándolo contra la pared, lo
besa. André cree ver la lengua de Ivonne recorriendo los labios
boquiabiertos del tipo. Vuelve a musitarle unas palabras al oído, gira
sobre sus talones, vuelve a la mesa, se pone el abrigo sin siquiera
mirar al gerente y va a buscar a su galán que ha quedado petrificado
contra la pared. André ve cómo atraviesan el salón rumbo a la salida y
se pierden escaleras abajo.
Había pasado una hora cuando el gerente la vio volver sola. Se sentó a
la misma mesa como si llegara por primera vez, espléndida y radiante. La
escena volvió a repetirse cuatro veces. Cuatro veces se negó a bailar.
Cuatro veces salió acompañada y cuatro veces volvió sola. Cerca de la
madrugada fue hasta la oficina de André, abrió la cartera y arrojó sobre
la mesa una enorme bola de billetes arrugados. Sin poder salir de su
estupor, el gerente ordenó aquel bollo de papeles multicolores,
agrupándolos según sus denominaciones y, ante el desconcierto, volvió a
contar. No se había equivocado: tres mil doscientos pesos. La misma
cifra que hacía la mejor de sus chicas en una semana. De acuerdo con lo
convenido, André separó el veinte por ciento y se lo dio. Por primera
vez en su vida se sintió un miserable. Pero pudo más la felicidad.
Ivonne guardó los billetes y se despidió con un escueto:
-Hasta mañana.
10
Aquella noche, a las diez en punto, Molina, bañado, afeitado, engominado
y ataviado con su único traje, esperaba ansioso en el salón de la
pensión fumando un cigarrillo tras otro. Estaba por encender el enésimo
con la colilla del anterior, cuando desde el vestíbulo escuchó la voz
inconfundible de Zaldívar. Venía acompañado por un hombre que vestía un
traje gris cruzado de solapas generosas. Tenía un bigotito recto que
parecía dibujado a pluma y sostenía entre los dientes la boquilla. Se
pararon frente a él y, antes de las presentaciones, el compañero de
cuarto le dijo al otro:
-Y, que le dije, ¿tiene pintusa o no tiene pintusa el pollo?
El tipo jugueteaba con la boquilla entre los labios mientras contemplaba
a la joven promesa de arriba abajo.
-La verdad es que pinta no le falta, pero con eso solo... -sentenció e
inmediatamente, sonriendo de oreja a oreja, le estiró la diestra y se
presentó:
-Balbuena, representante artístico. Me han hablado maravillas.
Sentados en la sala, hablaban trivialidades. Molina se limitaba a
asentir, negar y sonreír. El hombre de bigotes decididamente lo
intimidaba. Entonces llegó el momento:
-Bueno, Juan -dijo en un exceso de confianza el representante-, a ver
con qué nos va a deleitar.
Molina miró a uno y otro lado como señalando la presencia de los demás
inquilinos, y preguntó:
-¿Acá? ¿Ahora?
Balbuena se quitó la boquilla de la boca, puso un gesto de
circunspección y contestó:
-Le teníamos preparado el escenario del Colón pero a último momento
tuvieron que cancelar -dijo, mostrando el estrecho límite de su
paciencia, y finalmente lo conminó:- ¿Va a cantar o no?
Juan Molina carraspeó y temiendo que su potencial protector se levantara
y se fuera, señalando disimuladamente a la gallega que estaba acodada en
la recepción, le dijo:
-Vá a tener que ser a capella, porque la guitarra la dejé en garantía.
Tal como temía, el tipo se levantó del sillón. Pero contrariamente a lo
que esperaba, en lugar de caminar hasta la puerta, fue hasta el
mostrador. Su compañero de cuarto lo miró como diciendo "tranquilo, no
hay problema". Vio cómo conversaba con la gallega, sonriente y cordial,
y al rato volvió con la guitarra. Al tiempo que se la entregaba, le
dijo:
-Todo tiene arreglo.
Entonces Molina se dispone a cantar. Templa la bordona, arranca con un
arpegio sencillo y desgrana la primera estrofa de "Mi noche triste":
Percanta que me amuraste
en lo mejor de mi vida
dejándome el alma herida
y espinas en el corazón...
Si un entendido se viera obligado a definir la voz de Juan Molina, sin
duda diría que era un tenor. Pero esa no sería más que una descripción
que no alcanzaría a transmitir nada.
...De noche, cuando me acuesto,
no puedo cerrar la puerta,
porque dejándola abierta
me hago ilusión que volvés.
En términos estrictamente técnicos, quizá agregaría que canta dos tonos
más bajo que Gardel; pero tampoco serviría para que alguien supiera de
la emoción que sabe despertar. En un afán menos analítico, diría tal vez
que el color de su voz es semejante al del roble.
Ya no hay en el bulín
aquellos lindos frasquitos
adornados con moñitos
todos del mismo color
Si intentara tomar el camino de las metáforas, el entendido podría
aventurar que su timbre vocal es semejante al de un leño ardiendo en el
invierno o una garúa mansa sobre el asfalto caliente. Pero nada que
pueda decirse le haría justicia. Molina es dueño de un decir criollo,
despojado sin embargo de toda gauchesca, canta sin artificios y evita
escrupulosamente los floreos vacuos o los falsetes forzados.
La guitarra en el ropero
todavía está colgada;
nadie en ella canta nada
ni hace sus cuerdas vibrar...
Los sonidos brotan de su garganta con la misma natural simpleza del
viento sonando entre el follaje de un árbol. Pero si algún rasgo
caracteriza su modo de cantar, es el masculino vigor con el que
sentencia cada estrofa.
Y la lámpara del cuarto
también tu ausencia ha sentido
porque su luz no ha querido
mi noche triste alumbrar.
Cuando hace el último acorde y la guitarra pone fin con un vibrante
sol-do, su cautivado y reducido público no emite sonido, no atina
siquiera moverse. El representante se pone de pie, se lleva una mano al
mentón, da un cuarto de giro sobre su eje y, por fin, con una voz
lastimosa en comparación con la de Molina, canta su veredicto:
Tranquilo, pibe, tranquilo,
vos dedicate a cantar
que yo me ocupo del filo,
que de esto conozco un rato;
te vas a quedar sin manos,
como la naifa de Milo,
de firmar tantos contratos.
Su compañero de cuarto, Epifanio Zaldívar, anima a Molina para que
cierre trato con el representante, cantándole al oído:
Minas, placeres, bailar,
autos, pilcha de la buena;
hacéle caso a Balbuena
que él se ocupa de los bisnes.
De todo vas a comprar:
lámparas con forma 'e cisne,
de seda una rob de chambre
y si te pinta el hambre
un puchero de caviar
te almorzás para la cena
(morfar tarde es bien bacán);
hacéle caso a Balbuena
vas a ser como un sultán.
El hombre de bigotes posa un brazo sobre los hombros de Molina y con
tono protector, como quien le hablara a un hijo, apretando la boquilla
entre los dientes, le canta:
Dormí tranquilo, dormí,
dejalo todo en mis manos,
mientras Balbuena me batan
te juro que tu debú,
orquesta de cuerda y piano,
lo vamo' a hacer en Manhatan
o en el mismo Holibú.
Zaldívar, revoloteando como una mosca en torno de Juan Molina, reafirma
las palabras de Balbuena y lo insta a que imagine su futuro:
Viajes, cabaret y partusa,
figurate las papusas
que te esperan en París.
Hacele caso a Balbuena
que es más bute que el de Asís
y más bueno que la avena.
Vas a ganarte más vento
que el que hizo Matusalén
en los años que vivió.
Vas a tener un harén,
desayunos con Cliquot
y un Mórtimer bien atento
que con británico acento diga:
sir, 'tá listo el mate.
Y al son de un trío de cuates,
mariachis de Guanajuato,
te morfás un aguacate
mientras firmás los contratos.
Acosado por izquierda y por derecha, Molina no tiene tiempo siquiera de
dudar. Sin soltarle el hombro, Balbuena le hace ver las ventajas de
tener a alguien como él para ocuparse de los negocios:
Tener un representante
te da chapa y don de gente;
si viene algún empresario
de fama más bien dudosa,
vos te hacés bien el otario
y le batís: "cualquier cosa
arréglelo con mi agente".
Y entonces Zaldívar arremete con sus venturosos vaticinios:
Baño con retrete de oro,
también un eunuco moro
que te vigile el harén
cuando te vas pa'los burros,
porque nunca falta el turro
que va a soplarte la mina.
Vas a tener que agenciarte
más brujas que las de Salem
pa' que te alejen la inquina,
la envidia que la gilada
siente por el que va bien.
Por fin, Balbuena va directo al grano. Extrae un papel plegado del
bolsillo interior del saco y, estirándoselo a Molina, canta:
Pibe, vos quedate pancho;
es tuya la decisión:
seguís andando el camión
y viviendo en este rancho
o entras por la puerta grande.
No lo pensaría mucho,
voy a hacer lo que vos mandes,
sólo hace falta tu gancho
al pie de este papelucho.
Con la mano temblorosa, sin poder escapar del asedio, arrinconado y
aturdido, sin siquiera leerlo, Juan Molina firma el contrato.
-Mañana a las tres de la tarde le arreglo una audición en Royal Pigalle.
Nos vemos en la puerta a las tres menos cuarto -dice Balbuena a la vez
que guarda en el bolsillo el papel que acaba de rubricar su flamante
representado.
-A esa hora estoy en el astillero -musita Molina, cabizbajo.
-Presente la renuncia. Olvídese. Usted está para otra cosa -dice, y se
retira, raudo, sin saludar. Antes de Poderse más allá de la puerta,
agrega:
-Quiero que lo escuche Mario, yo me ocupo.
Molina se queda de una pieza. El tal Mario no puede ser otro que el
legendario Mario Lombard, el dueño del mismísimo Royal Pigalle, bajo
cuyo patrocinio brillaron las orquestas de El Kaiser, Francisco Canaro y
sus hermanos, el octeto de Manuel Pizarro y la orquesta de Angel
D'Agostino. Mario Lombard, el mismo que había fundado en París el
Florida Dancing sobre la rue Clichy 25, en cuya sala debutara Carlos
Gardel. Y ahora su flamante apoderado le promete una audición para el
día siguiente.
Tal es el entusiasmo de Molina que se ha olvidado de la invitación a
cenar.
11
Ivonne se había mudado del conventillo en el que vivía con las demás
chicas. Ahora ocupaba un cuarto en una pensión cercana al mercado
Spinetto. Solía pasar las noches en el Hotel Alvear, adonde prefería que
la llevaran sus clientes y, como una reina que abdicara todas las
mañanas, volvía a su modesta cama de una plaza. Dormía durante el día y,
a la noche, otra vez convertida en Su Majestad, iba para el cabaret.
Pese al dinero que producía con su delgada humanidad, todavía no podía
darse el lujo de alquilar un departamento. No porque no ganara lo
suficiente, sino porque André Seguin se lo administraba con cautela. La
mesura del gerente no obedecía, desde luego, a velar por los intereses
de su protegida; al contrario, cuidaba su mina de oro. André se
enfrentaba a un dilema: si aflojaba demasiado la cuerda y le pagaba
puntualmente su veinte por ciento, corría el riesgo de que un buen día
quisiera independizarse y lo abandonara. Si, en cambio, tiraba
excesivamente de la cuerda y le pagaba con cuentagotas, el peligro era
que se la arrebatara la competencia. De modo que tenía que ser prudente.
Era un hecho cierto que ninguna de ambas alternativas resultaba tan
sencilla. En sus veinte años en el negocio solamente dos de sus chicas
habían intentado escaparse de su generosa protección. A una recuperó a
los pocos días después de una breve discusión con los muchachos de un
cabaret del sur; apenas un fugaz cambio de balas sin que la sangre
llegara al río. La otra fue demasiado pretenciosa, había ganado mucho y
tuvo la peregrina idea de poner su propio negocio. Pero no pudo contar
su corta experiencia cuenta-propista: al día siguiente de que alquilara
un coqueto departamento en Balvanera apareció flotando en el Riachuelo.
No era fácil escapar del largo brazo de la organización Lombard. Y la
deslealtad se pagaba caro. De todos modos, para qué ganarse problemas,
se decía André, considerando la fortuna que le dejaba su nueva
protegida. Podía concederle algunos caprichos, como que se negara a
bailar. Pero tampoco podía dejar que las excentricidades se convirtieran
en rebeldía. Y desde el primer día el gerente supo que Ivonne no era
precisamente una chica dócil.
Por entonces todos creían que Ivonne era francesa. Ni siquiera las
auténticas papirusas -mote que recibían las polacas por la forma en que
nombraban al cigarrillo- sospechaban que aquella mujer pérfida y altiva
era una compatriota. Una papirusa, por muy bella que pudiera ser,
cobraba, en el mejor de los casos, la cuarta parte de lo que costaba una
puta francesa. Ivonne jamás aceptó recibir consejos de las más
experimentadas, no tenía amigas ni confidentes y casi no hablaba con
nadie. No porque fuese la chica desdeñosa y arrogante que aparentaba,
sino que aquel era su modo de hacerse la ilusión de que ella era otra
cosa. Pese a que ya había perdido toda esperanza de convertirse en
cantante, se resistía a verse a sí misma sólo como una prostituta.
Entre las putas existía una suerte de dogma inquebrantable: jamás había
que besar a un cliente. El beso era el símbolo del amor y el nombre del
amor no se debía ensuciar ni mezclar con el trabajo. A Ivonne siempre le
resultó un precepto cuanto menos vacuo. Además de los servicios más
frecuentes, podían hacer las cosas más repugnantes y escatológicas que
cualquiera pudiera imaginar, podían someterse a los caprichos y
excentricidades de los clientes, pero besar, jamás. De hecho, si fuesen
alternativas excluyentes, el sentido común indicaría que el beso era la
más tolerable de las opciones. Desde el principio Ivonne quebrantó esta
vieja máxima. Y este era, precisamente, el secreto de su éxito. Sus
clientes recibían el calor de su lengua, la hospitalidad de sus labios,
las palabras que esperarían de una amante y se creían únicos y
privilegiados. Ivonne les despertaba un sentimiento de redención. Esa
chica hermosa, frágil y cariñosa como una novia, no podía ser una puta.
Y era entonces cuando mordían el anzuelo. En realidad, lo único que
quería Ivonne era evitar el suplicio de que un desconocido se metiera
entre sus piernas y transpirara su lascivia sobre su cuerpo. Y había
descubierto que el sencillo acto de besar muchas veces la había liberado
de aquel tormento. Sus compañeras tomaban esto último como una verdadera
traición al oficio y un acto que las ponía en desventaja. Por otra
parte, la actitud solitaria de Ivonne solía ser entendida como una
actitud de soberbia. Y, ciertamente, no le perdonaban haberse convertido
en la favorita del gerente.
Hasta que un día las chicas se le plantan para poner los puntos sobre
las íes. Forman un círculo intimida-torio alrededor de la delgada
persona de Ivonne y, con el fondo de una milonga, la más veterana la
increpa:
Te creés que porque francesa
hay que rendir pleitesía,
que hay que besarte los pies.
No sé qué ven los chabones,
qué gualicho les hacés
pero pierden la cabeza
y los bolsillos vacían
cuando batís en francés.
Y mientras se estrecha el círculo, una que porta una delantera que mete
miedo, con un gesto desafiante toma la palabra:
Yo no sé lo que te han visto
si tenés menos pecheto
que puchero de verdura
y hasta menos carnadura
que la que tenía Cristo.
Será que verte da pena,
será que al bacán conmueve
ver tan flaca Magdalena
de raquítica factura,
que a la caridad los mueve.
Una tercera, bien entrada en carnes, se abre paso entre las demás y con
una sonrisa amenazadora entona:
Decime qué les hacés,
confesame tu secreto,
si un fósforo parecés,
palito 'e roja cabeza,
no te queda ni esqueleto;
será que tu gran proeza
es chamuyar en francés
y cantar la Marsellesa.
Lejos de intimidarse, Ivonne se incorpora de la banqueta de la barra,
levanta el mentón y, haciendo valer su estatura, examina a su corpulenta
desafiante de arriba abajo y le contesta:
Sentate, no te agites,
me doy cuenta que estás gruesa,
no perdás las ilusiones,
que no baje tu moral,
todo llega aunque se tarda,
podrías ser reina e' belleza
y ligarte unas cocardas
allá por los corralones
de la Sociedad Rural.
Entonces, viendo que Ivonne no se amedrenta, las chicas le cantan a
coro:
Es un viejo mandamiento
de las chicas del oficio:
palabras de amor ni besos
a otro que no sea el cafishio;
francesita ventajera
besando a los cuatro vientos
para agenciarte unos pesos
mentís amor a cualquiera.
Ivonne gira sobre su eje mirando a todas y a cada una. Finalmente clava
la vista en los ojos de la más veterana, deja escapar una risa teatral,
y le espeta:
Araca que habló Sarmiento,
vos sí que no tenés vicios,
Su Majestad no da besos
pero hay que ver el aliento
a pescao mezclao con queso
que te dejó el ejercicio
de ser monja de convento.
Qué me venís a hablar de eso
si una legión de patricios
con todo su pelotón,
caballos y regimiento,
hicieron un campamento
al cobijo 'e tu calzón.
Finalmente, cuando las cosas están por pasar a mayores (algunas de las
chicas dejan ver las navajas que esconden entre el portaligas y el
muslo), aparece André Seguin y, muy a su pesar, tienen que dejar a
Ivonne en paz.
Tal como se lo reprochaban sus compañeras, los clientes de Ivonne
terminaban enamorándose. En un arrebato de redención querían convencerla
de que dejara esa vida, como si aquel sitio fuera una basílica y no un
antro de la noche y ellos fuesen monjes franciscanos y no asiduos
visitantes de prostíbulos y cabarets. Le decían que estaban dispuestos a
abandonar a sus esposas y huir con ella. Ivonne no vendía sexo sino la
ilusión del amor. Todas las noches, en la barra del Royal Pigalle, la
espera un tendal de corazones partidos. Y cada uno se cree el único, el
privilegiado de recibir el calor de sus labios, viendo en los demás unos
pobres desgraciados que pagan por sexo. Y mientras esperan, van cantando
sus cuitas mientras trasiegan un champán tras otro:
Acodao sobre la barra
verte llegar ansío,
y a través del cristal de la copa,
que una tras otra vacío,
veo pasar la farra
tirao como vieja estopa
esperando que tus labios,
que dijiste que eran míos,
vuelvan a tocar mi boca.
El viejo cajetilla que se sienta al lado, mientras mira con desprecio a
los otros parroquianos que esperan en la barra, entona:
Yo sé que te tengo loca,
lo sé por viejo y por sabio,
pobre esta manga de giles
que entregados al escabio
ignoran que a mí me toca
lo que ya quisieran miles:
el secreto de tus labios
que sólo a los míos besan
desde tus tiernos abriles.
El siguiente, un hombre joven con pretensiones de dandi, apura un
cigarrillo rubio mientras canta:
Los veo escabiar barriles
mientras hincaos al estaño
a San Antonio le rezan
estos bacanes seniles.
A ver, despejen el paño,
yo sé que la edad les pesa,
no se hagan los chanchos rengos
que llegó el langa del año,
el único al que Ivonne besa.
Agarren ya sus muletas
y rajen pa' el cotolengo.
Y cuando finalmente Ivonne hace su aparición, se pasea indiferente por
delante de la barra y entonces todos cantan a su paso:
Dejo todo lo que tengo
y voy haciendo las maletas
pa' que juntos nos rajemos.
Qué me importa a mí la bruja,
los pibes; con vos me vengo.
Si hay que romperle la jeta
a ese cafiolo ciruja
contá con un servidor,
que va a jugarse tu amor
aunque los leones le rujan,
aunque muera en el intento,
así yo tenga que ir preso
no via' dejar que tus besos
se vayan como va el viento.
Entonces Ivonne iniciaba su larga noche de trabajo. Y cuando por fin
llegaba la madrugada, vaciaba la cartera sobre el escritorio de André
Seguin, dejando una montaña de billetes hechos con el carmín de sus
labios.
Y así se sucedían los días y se multiplicaban los amantes, hasta que
sucedió lo inesperado. Ivonne iba a sentir en carne propia el castigo
que les infligía a sus dolidos clientes: el desasosiego del amor.
12
Juan Molina dio parte de enfermo en el astillero. La prudencia le
aconsejó no renunciar. Sin embargo, la falta no solamente ponía en
riesgo su puesto, sino que, además, habrían de descontarle el día. Y
todavía tenía que pagar la pensión. El Royal Pigalle era el templo de
sus ilusiones. Desde aquel lejano día en el que se había escapado de la
casa soñaba, día tras día, con pisar el alfombrado que imaginaba rojo.
Acariciaba la idea de sentarse a una de sus mesas y, bajo las luces
tenues y la música de la orquesta de Canaro, entre copa y copa, cabecear
a una sonriente francesita ataviada de soirée de las que poblaban el
salón y, después de bailar unas piezas, pasar al reservado. Y ahora el
destino le regalaba la posibilidad de entrar por la puerta grande,
derecho al escenario de la mano de Mario Lombard. Era su oportunidad y
no estaba dispuesto a perderla.
A las dos y media de la tarde estaba en Corrientes al ochocientos. No
quería mostrarse solo y esperando en la puerta. De modo que se quedó
haciendo guardia en la vereda de enfrente hasta que llegara su
representante. Apoyado en un farol, las manos en los bolsillos, una
pierna recogida contra la columna y ocultos los ojos debajo del ala del
chambergo, cada tanto se miraba en el reflejo de una vidriera para
controlar que estuviera presentable. Le sorprendió el súbito movimiento
de gente que se agolpaba frente a las puertas cerradas del cabaret:
hombres que se turnaban para hablar con un portero sin uniforme y
mujeres de largos tapados que ocultaban las caras detrás de las chalinas
que llevaban sobre los hombros. Hubo algunos intercambios de palabras
con el portero primero, y entre ellos después. Luego de algunos
conciliábulos se formó una fila que iba creciendo con el correr de los
minutos. En ese momento llegó Balbuena. Lo vio conversar con el tipo de
la puerta, escuchó cómo elevaba el tono de voz y, ante la decidida
indiferencia del hombre, caminó hasta el final de la fila. Juan Molina
cruzó la calle y fue a su encuentro. Luego de un saludo malhumorado,
Balbuena le hizo saber de su indignación. Daba la casualidad que ese día
habían llamado a audición y el idiota de la puerta, al que evidentemente
habían tomado hacía poco tiempo, no lo conocía. Por más que le dijo que
lo estaba esperando Mario Lombard, se negó a dejarlo pasar.
-Le va salir caro..., le va salir caro -repetía Balbuena rojo de furia.
Los transeúntes que pasaban junto a la cola miraban sorprendidos. Juan
Molina se sintió una suerte de animal exótico en un zoológico. Y era el
que tenía menos motivos para sentirse observado: detrás de ellos había
uno que estaba disfrazado de gaucho de varieté, más allá había una
imitación de Valentino, versión Avellaneda. Y, con vergüenza ajena, pudo
ver que la fila se fue plagando de falsos gardeles de caricatura y de
"forzudos" circenses que se destacaban dos cabezas por encima del resto.
-Ahora me van a escuchar -amenazaba el representante.
De pronto, ni bien el portero abrió una de las hojas, se armó una
estampida, rápidamente contenida bajo amonestación:
-O entran de a uno en fondo o no entra ninguno -vociferó el guardián.
Entonces, como una manada de mansos corderos, aquella comparsa
carnavalesca comenzó a entrar lentamente.
Juan Molina comprobó maravillado que el Royal, con el que siempre había
soñado, era más imponente aún de lo que había imaginado. El alfombrado
rojo cubría por completo el salón principal. La iluminación a norrio
dejaba ver los andamios del techo sobre cuya breve superficie caminaban
utileros y tramoyistas. Siguiendo la fila, subieron las escaleras que
conducían al Teatro Royal, ubicado en el primer piso. Era un salón
pequeño pero de un lujo asiático. Las paredes estaban revestidas de
espejos y, más allá, en un ángulo, se elevaba el palco de la orquesta.
Mientras eran arreados por un hombre flaco en grado patológico,
afeminado y en extremo nervioso, a su paso se cruzaban con las coristas
que iban o venían de ensayar, las piernas cubiertas con medias de red,
la cintura comprimida bajo la tiranía de los corsets y el escote armado
que les levantaba el busto hasta alturas insólitas. Se paseaban así,
semidesnudas, con la naturalidad de quien se dirige a la oficina. En los
pasillos laberínticos que conducían a los camarines, el arriero de
estrellas en ciernes dio la orden de alto y separó al ganado en
distintos grupos:
-Los del cachacascán, por aquí.
Entonces los "forzudos", cuadrados como roperos, se ubicaron sobre una
tarima amplia.
-Las chicas, por allá.
Las mujeres se separaron de la fila y se perdieron detrás de la puerta
de lo que parecía ser una oficina.
-Los cantantes, síganme.
Los únicos que habían quedado, entre ellos Juan Molina, fueron ubicados
en un rincón, al pie de la tarima donde se agolpaban los luchadores.
-Quédese tranquilo -dijo Balbuena-, ahora lo vamos a ver a Mario,
espéreme, ahora vuelvo -agregó y se perdió en el tumulto.
Los cantores, entre quienes estaban los gardeles los valentinos y los
gauchos, eran en total unos quince. En una mesa frente a ellos se ubicó
lo que aparentaba ser una suerte de tribunal compuesto por tres jueces
malhumorados.
-Que pase el primero -sentencia el que preside la audiencia.
El primero es una especie de gaucho, que ha compuesto su vestuario con
elementos más bien heterogéneos: por fuera de las bombachas luce unas
botas que parecen las de un bombero, y lleva al cuello un pañuelo
evidentemente hurtado del ropero de su madre. Arranca con los primeros
acordes de "El taita":
Soy el taita de Barracas,
de aceitada melenita
y camisa planchadita
cuando me quiero lucir...
Suficiente. El jurado considera la elección de aquel tango como un
intento de intimidación. Por otra parte, en términos meramente
artísticos, el candidato hubiese conseguido ofender a un perro.
-Gracias, el que sigue -es la sentencia condenatoria del jurado.
A todo esto, sobre la tarima, habían empezado las demostraciones de los
luchadores, dando gritos de oso y haciendo sonar sus cuerpos contra las
tablas, derrumbándose como edificios. La prueba consistía en derribar al
campeón de lucha grecorromana, La Mole Tongué. Abajo, ya habían pasado
cuatro gardeles y dos valentinos, todos condenados al exilio inmediato.
Desde el palco de la orquesta empezaron a sonar los insoportables
chirridos de las cuerdas, violines y contrabajos, mientras eran afinados
El ruido era ensordecedor. Juan Molina, como un espectador, esperaba que
su representante llegara de una vez y lo llevara al despacho de Lombard.
Un muchachito que estaba delante de él acababa de cantar "Fumando
espero". Lo había hecho realmente bien. Los miembros del jurado se
miraron, asintieron y quedó a un costado, felizmente seleccionado.
Molina lo miró con unos ojos afables, felicitándolo en silencio. Pero el
aspirante le devolvió una mirada fulminante de rival dispuesto a todo.
Desde la tarima donde se batían luchadores iban descendiendo aquellos
que eran despedidos violentamente por La Mole Tongué. Sin embargo, no
parecían acatar el veredicto con la mansedumbre de los cantantes;
discutían amenazantes con los jueces y tenían que ser disuadidos por las
buenas o, llegado el caso, por el uso de la fuerza. Tarea ciertamente
riesgosa que llevaban a cabo cuatro gorilas vestidos de musculosa. En
ese momento Molina es convocado por los jueces. Entonces sonríe y les
explica que, en realidad, está esperando que llegue su representante,
que tiene cita con Mario Lombard. El jurado festeja el chiste con unas
carcajadas estridentes. Les ha caído francamente bien la humorada. La
simpatía es un requisito fundamental. Cuando Juan Molina descubre que la
audición "privada" que le ha conseguido su representante es ésta, se
adelanta un paso, desenfunda la guitarra y se dispone a hacer lo que
mejor sabe. Tenía previsto cantar "Sus ojos se cerraron", pero habida
cuenta de que todos los gardeles han tentado suerte, obviamente, con el
repertorio de El Morocho, decide dar un golpe de timón de último momento
para no condenarse a la parodia. Entonces, tal vez involuntariamente
llevado por la situación, emprende los primeros versos de "Sentencia",
de su venerado Celedonio Flores. Entre los golpes del catch, los
gruñidos de los luchadores y la afinación insoportable de los
instrumentos de la orquesta, la voz de Molina se impone como un machete
entre el follaje. Como si de pronto se hubiese hecho un silencio
sepulcral, los miembros del jurado por primera vez levantan la mirada.
Yo nací, señor juez, en el suburbio,
suburbio triste de la enorme pena
en el fango social donde una noche
asentara su rancho la miseria.
Molina tiene en la voz un magnetismo del que resulta imposible
sustraerse. Algunos de los aspirantes que forman fila detrás de él se
retiran dándose por derrotados; otros se quedan nada más que para
escucharlo.
Un farol de la calle tristemente desolada
pone con la luz del foco su motivo de color.
El cariño de mi madre, de mi viejita adorada,
que por ser santa merecía, señor juez, ser venerada.
El muchacho que había sido seleccionado rechina los dientes de odio. Si
la letra resulta un tanto melodramática, en la voz de Molina se
convierte en un torrente de emoción que estrangula la garganta.
... aquí estoy para aguantarme la sentencia...
pero cuando oiga maldecir a su viejita
es fácil, señor juez, que se arrepienta.
Cada vez que Molina pronuncia "señor juez", el jurado se siente
inculpado y los miembros no pueden evitar una vergüenza infinita. Con
los ojos anegados tras un velo acuoso, llegan a considerarse unos
miserables.
La audiencia, señores,
se ahogaba en silencio,
llorando el malevo,
lloraba su pena
el alma del pueblo.
Cuando el cantor pone fin pulsando la bordona, después de un breve
silencio, el jurado, los aspirantes, algunos luchadores derrotados y el
propio contendiente que había sido seleccionado, todos rompen en un
aplauso conmovido.
El jurado iba a dar su veredicto.
En ese mismo momento aparece la indignada figura de Balbuena, que se ha
perdido el número. El representante artístico se abre paso entre el
tumulto, vociferando:
-A Balbuena nadie le impide la entrada, ya me van a escuchar.
No tuvo mejor ocurrencia que empujar a un luchador que acababa de ser
vencido por La Mole. Fue una fracción de segundo. Nadie podría precisar
en qué momento la turba de púgiles se trenzó en un combate general.
Volaban sillas, mesas y hasta coreógrafos aterrados. Cuando Molina
descifró alguna forma entre el remolino, pudo ver que La Mole Tongué
sostenía a su representante por el cuello y estaba a punto de colocarle
un upercut en medio de la nariz. Soltó la guitarra, corrió entre el
tumulto y detuvo el puñetazo en el aire. Balbuena aprovechó para
escapar. Molina no tenía intención de pelear. Pero La Mole sonrió
mostrando sus dientes asesinos. Con la mano que tenía libre intentó
tomar al cantor por el fondillo de los pantalones. Pero con un
movimiento ágil, Molina se puso detrás del campeón, le hizo una llave en
el brazo dejándolo inmóvil. Luego lo empujó y lo hizo rodar por el
suelo. El gerente, André Seguin, observaba incrédulo. Los cuatro gorilas
de seguridad corrieron a poner orden, pero con un gesto, Seguin los
conminó a quedarse quietos. Tongué se incorporó de un salto y, como un
toro, la cabeza hacia adelante, la razón hacia atrás, estaba dispuesto a
aplastar a su contrincante. Molina midió la fuerza y trayectoria de la
bestia y, cuando lo tuvo encima, se agachó, pasó su espalda por debajo
de La Mole y en ese momento se incorporó levantándolo como acostumbraba
levantar las vigas de acero en el astillero. Lo tenía alzado en vilo
como a una res. Dio unas vueltas sobre su eje y entonces arrojó al
campeón contra la pared. Le hubiesen podido contar hasta veinte. La Mole
tuvo que ser llevado a la rastra por los cuatro gorilas de musculosa.
Molina se arregló la ropa, se sacudió el polvo y fue a buscar su
guitarra. Entonces vio que su representante estaba hablando con los
miembros del jurado y el gerente del cabaret. No quiso intervenir.
Con una sonrisa de oreja a oreja, Balbuena se acercó a su protegido y,
posando una mano sobre su hombro, le dijo:
-Hoy firmamos contrato. Ya tiene trabajo.
El mismo lugar en el que Gardel había dado sus primeros pasos ahora le
abría las puertas a él.
-Mañana mismo debuta, Molina -le dijo André Seguin, estrechándole la
mano.
Juan Molina sale del Royal Pigalle con la mirada perdida en la bruma de
los anhelos. Mientras camina por Corrientes teme que todo aquello
pudiera ser un sueño. A medida que cae la tarde se van encendiendo los
carteles de los teatros. Enciende un cigarrillo y frente al Obelisco
canta:
Es tan grande la emoción
que me hace latir el zurdo
como pingo galopando;
tengo miedo, corazón,
un temor loco y absurdo,
de estar dormido...
de estar dormido y soñando.
No me rompas la ilusión,
no jugués con mi esperanza,
decime que todo es cierto;
si los sueños, sueños son,
si esto fuera una cruel chanza,
no quiero vivir...
no quiero vivir despierto.
Esperé mi vida entera
este momento anhelado
y ahora me llama la suerte.
Si esto fuese una quimera,
la ilusión de un afiebrado,
que me lleve...
que me lleve a mí la muerte.
Ya veo en la marquesina,
escrito en luz de neón
que ilumina mi arrabal,
el nombre de Juan Molina
y puedo escuchar la ovación
que me espera...
que me espera en el Pigalle.
Era noche cerrada cuando Molina llegó a la pensión y le dio la nueva a
su compañero de cuarto.
13
Una noche como todas Ivonne llegó al cabaret. Ahí, en la barra, estaban
acodados los galanes de siempre. Iba a iniciar su ronda nocturna desde
el Royal al Alvear y del Alvear al Royal hasta despachar al último
cliente, cuando desde la nada apareció André Seguin, la tomó del brazo y
sin que pudiera siquiera quitarse el abrigo, poco menos que la arrastró
hasta la oficina. El gerente estaba exultante, aunque se lo notaba
inquieto. Sacó un habano del cajón, cortó la punta con la guillotina, lo
encendió y, oculto tras la nube de humo que se había estancado frente a
su cara, le dijo:
-Quiero que conozcas a alguien.
Ivonne, aventando la humareda con la mano, como si corriera una cortina,
se lo quedó mirando sin mover un músculo de la cara.
-Lo único que te voy a pedir es que te portes bien -le dijo como si le
hablara a una niña y no a la competente profesional que era.
-Y una cosa más -dijo André poniendo un gesto ceremonioso mientras
apretaba el habano entre los dientes-, discreción. Te voy a pedir
absoluta discreción.
Ivonne asiente resignada. No es la primera vez ni habrá de ser la última
que André le presente a un político o a un militar o, llegado el caso, a
los dos juntos. Odia estos grandes acontecimientos que tanta felicidad
le causan al gerente. Pero hay mucho dinero en juego y tiene que
obedecer a las excentricidades de Sus Excelencias.
No bien Ivonne escucha ahora por segunda vez la consabida frase "quiero
que conozcas a alguien" recuerda, como una repetida pesadilla, a cada
uno de los encumbrados personajes que le tocó padecer. Resopla de
fastidio y ese mismo resuello se convierte en una canción resignada que
dice:
He conocido cada bicho en la colmena,
extraña fauna que el zoológico quisiera;
por la mañana caballeros respetados
y por las noches cuando está la luna llena,
cual hombres lobo de británica galera,
sacan sus garras y colmillos afilados.
Aunque no creas se los ve por todos lados;
nobles patricios que no faltan a la misa
y cajetillas de prontuario inmaculado
que santiguándose de todo se horrorizan;
tenés que ver sus berretines elevados
que hasta en Sodoma los hubieran condenado.
Bravos guerreros de uniforme decorado
con mil medallas que les cruzan la pechera,
recordatorios de sus épicas hazañas;
si vos los vieras en el catre disfrazados
con portaligas cual rante cabaretera pensarías:
"son mis ojos que me engañan".
Vi monseñores que se espantan del pecado,
que al tango acusan de ser música profana,
que el cabarute no sirve ni para abono;
pero hay que verlos después de haber pagado;
se levantan, se acomodan la sotana
y encima te baten: "piba, yo te perdono".
De modo que Ivonne ya sabe qué significa "quiero que conozcas a alguien"
en boca de André Seguin. Lo mira como diciendo "hagamos esto lo más
rápido posible" y se pone de pie para apurar el trámite. Sin dejar de
sonreír, el gerente la conduce hasta una mesa del salón reservado, y
cuando están frente al numeroso grupo de hombres que trasiegan champán
como si fuese la última vez, Ivonne piensa lo peor. André le hace un
gesto con la cabeza al que ocupa la cabecera y entonces el tipo se pone
de pie.
Ivonne no lo había reconocido hasta que de pronto escucha su voz, la
misma voz que, desde la bocina de la vitrola, le había salvado la vida
durante sus días de cautiverio. Tiene el impulso de abrazarlo como se
abraza a un padre. Pero no atina a hablar ni a moverse. Aquellos ojos
azules y tristes se humedecen con una emoción tan vasta como el océano
que la separa de su patria.
-Es el humo -musita Ivonne tímidamente.
Y mientras trata de evitar que el rimel se le corra, se aleja unos pasos
y en la oscuridad, con la voz quebrada, empieza a cantar:
No me delates, corazón,
no dejes que se dé cuenta
que tiemblo como un gorrión
ocultando mi pavor mientras fumo,
y esta lágrima que intenta
darle rienda a la emoción,
que no acuse que por dentro me consumo.
Y por si alguno comenta:
"¿Qué le anda pasando a Ivonne?":
...es el humo, sólo el humo.
Si vieras que oculto mi frente
tras mis manos temblorosas
y me abrumo sin motivo,
de repente, no vayas a pensar cosas,
...es el humo, sólo el humo.
Si vieras en mi carrillo
una lágrima rodando
y me consumo
igual que este cigarrillo,
no creas que estoy llorando,
...es el humo, sólo el humo.
Y mientras Gardel, ocultándose bajo el ala del chambergo, la toma del
brazo y la conduce hacia la puerta trasera, al ver sus ojos humedecidos
le pregunta si le pasa algo. La mujer, dejándose llevar, repite como
para sí:
-Es el humo...
14
Juan Molina esperaba que el utilero le hiciera la señal para entrar en
el escenario. Preparado tras bambalinas, se secaba el sudor de la frente
hecho de gotas de nervios y pudor. Desde el palco sonaban los acordes
matizados de la Orquesta Típica de Pancho Spaventa, y podía ver
proyectadas sobre el telón las sombras de las parejas bailando en la
pista. Nunca había estado frente al público y ahora podía experimentar
el desasosiego del que tantas veces había oído hablar. Por un momento
pensó en darse media vuelta y huir para no volver. Se arrepintió,
sinceramente, de haber renunciado al astillero. Pero ya estaba ahí, con
medio cuerpo asomado al abismo. Oculto entre las sombras, cuanto más
pensaba en que por ese mismo escenario habían pasado Gardel y Razzano,
Juan Carlos Cobián, Arólas y Fresedo; cuanto más recordaba que esas
tablas eran las mismas a las que les habían sacado lustre los Urdaz, la
mejor pareja de baile que tuviera Buenos Aires, tanto más era el pánico
que lo invadía. Pero el conjunto de sentimientos que se le anudaba en la
garganta podía resumirse en uno solo: vergüenza. Eso era; exactamente
eso: vergüenza. No había dicho a nadie que aquel iba a ser el día de su
debut. Y así, cociéndose en el fuego lento de la espera, ni bien terminó
de sonar la orquesta, escuchó la voz radiofónica del presentador que,
luego de un preámbulo interminable que incluía las palabras "único",
"joven", "nunca visto" y otros adjetivos cuanto menos excesivos, anunció
su ingreso inminente. El utilero le hizo la seña, se colgó de la soga y
el telón comenzó a abrirse. Juan Molina se persignó, miró hacia las
alturas invisibles del techo y se dispuso a salir al ruedo.
Vergüenza. En medio de los aplausos mezclados con las risas, Molina
siente vergüenza. Una vergüenza que le duele en el pecho. La luz del
reflector le atraviesa los párpados. No quiere abrir los ojos por pura
vergüenza. Vergüenza y una lástima infinita de sí mismo. Contra su
voluntad, sin embargo, tiene que hacerlo. Entonces se ve en el reflejo
del salón espejado y tiene la certeza de que la vergüenza es capaz de
matar. Contempla su humanidad, de pie en el centro del escenario,
iluminada por el cono vergonzoso del seguidor y cuando se ve así,
vestido de luchador, las calzas rayadas que oprimen sus piernas, la
musculosa roja y el cinturón de campeón ciñéndole el vientre, cree morir
de vergüenza. En algún momento, suena la campana y todo es un ruido
ensordecedor: los gritos del público, los gruñidos de su contrincante,
el redoblante de la orquesta. Necesita acallar ese ruido insoportable
pero, sobre todo, morigerar aquella vergüenza que le trepa desde las
entrañas. Entonces canta, mientras se abalanzaba contra su oponente,
canta a los gritos un tango triste para tapar aquel ruido infame:
Ángel de los cabarutes
que volás sobre la farra
y sos el alma 'e la viola
cuando Razzano la toca
no le cuentes a la barra
del viejo bar de la Boca
que este ha sido mi debute;
decí que me has visto cantando
a la luz del seguidor,
que dueño del escenario
me lucí como cantor
y no como triste otario.
A medida que avanza la pelea, el público se enfervoriza y grita cada vez
más, de modo que Juan Molina, al tiempo que esquiva llaves y golpes,
canta cada vez más fuerte aunque nadie lo escuche:
Musa del tanguito criollo,
de milonga y escolazo
que le das aire a los fuelles
de los rantes bandoneones,
no digás que ando a los bollos
y disfrazao de payaso
entregao a los leones.
Decí, por si te pregunta
la gente de la pensión
que me viste emocionado,
que a ellos he dedicado
la más sentida canción.
Pelea con furia. No es, sin embargo, una furia dirigida a su rival sino
a su suerte miserable. Por eso canta con desesperación.
Querubines atorrantes
que vuelan sobre las tejas
de los salones tangueros,
la lengua no se les piante
si les pregunta mi vieja;
no le digan que me muero
de pudor luchando en cueros,
mientras la ilusión se aleja.
Díganle que fue glorioso
verme de smoking entrando,
que suspiró la platea
con mi porte glamoroso,
que los cautivé cantando,
no le hablen de la pelea.
Juan Molina le calza un cross a la bestia que tiene enfrente. El tipo se
tambalea, entonces, sin dejar de entonar su lamento, el cantante
frustrado lo levanta sobre su cabeza y lo tira contra la lona:
Si es pa' brindar con quinina
el título de Campeón
de Giles del que soy dueño.
Qué fue de aquel viejo sueño
de ver en la marquesina,
fulgurando en el neón
el nombre de Juan Molina.
Termina de cantar y todo es una enorme ovación mientras el locutor le
levanta la diestra y lo declara campeón. Quiere creer que aquellos
aplausos están dedicados a su talento de cantor. Pero sabe que nadie lo
ha escuchado.
Fue por aquellos días que el espíritu de Juan Molina se tornó agrio y
huraño. Su fama de hombre recio no se cimentaba en la brutal violencia
con la que enfrentaba a sus contrincantes sobre el escenario, sino en su
carácter oscuro. Con el correr de las funciones aquel rostro aniñado fue
adquiriendo una dureza que le agregaba años y le quitaba esa fresca
alegría adolescente. Pero nunca dejó de cantar. Cuando se trababa en las
luchas más encarnizadas, aprovechaba el cruel griterío del público ávido
de sangre y la estridencia de los acordes de la orquesta siguiendo las
alternativas del combate con vientos y redoblantes y así, en medio de
aquel bullicio patético y ensordecedor cantaba a voz en cuello. Aunque
el auditorio lo advirtiera, Molina se prodigaba el íntimo gusto de
cantar sobre el escenario. Y cuando sus adversarios quedaban
horizontales en la lona, el cantor se hacía la ilusión de que aquellas
ovaciones que le regalaba el público eran en gratitud por las canciones
que jamás había oído. Ciertamente ganaba más dinero que el magro salario
que recibía en el astillero, aún restando el porcentaje que se cobraba
su "representante". Pero no era ese el motivo que lo había llevado a
aceptar aquel trabajo ignominioso. El solo hecho de estar en el Pigalle
le ofrecía la ilusión cercana a dar el breve salto hacia el canto. Pero
con el tiempo fue descubriendo que cuanto más crecía su fama de
luchador, tanto más se alejaban sus sueños de cantor. ¿Quién habría de
tomar en serio a ese triste payaso ataviado como para circo? Llegó a
suplicarle a André Seguin que tuviese la piedad de permitirle salir
enmascarado. Pero sostenía que era justamente su rostro juvenil y
seductor el secreto de su aceptación entre las mujeres. Seguin admitía
que su voz no se podía comparar con la de los cantantes que animaban las
veladas. Pero como luchador resultó un fenómeno inesperado-, la sala se
llenaba para verlo pelear, y no estaba dispuesto a arriesgarse con un
cambio de timón. Era eso o nada. Molina terminaba su función,
inmediatamente se duchaba en el camarín, como si quisiera despojarse no
ya del sudor sino del oprobio; se cambiaba, bajaba y se sentaba a una de
las mesas que quedaban ocultas en la sombra. Escondiendo su vergüenza
tras la nube de humo de los Marconi sin filtro, escuchaba los tangos que
la orquesta iba desgranando. Poco tiempo faltaba para que Juan Molina
volviera a cruzarse con Ivonne.
15
Por aquellos días Gardel repartía su existencia en-e París, Nueva York y
Buenos Aires. Las eternas jornadas en los estudios de la Paramount, las
noches en el Greenwich Village, las madrugadas que lo recibían agotado
en una suite del Hotel Middletown habían dejado su huella debajo de los
párpados del cantor. Las funciones en el Empire, que solían extenderse
más allá de los diez bises, las presentaciones en el teatro de la Opera
y en el Florida Dancing le habían quitado los diez kilos de sobrepeso
que, tiempo atrás, no sabía cómo disimular. Por las noches, en la
soledad de su casa de la Rué Spontini 51, con la mirada perdida en un
punto incierto más allá del ventanal, lo ganaba la añoranza. Entonces
recordaba su vieja casa de la calle Jean Jaurés y el almacén del
Oriental, allá en una lejana esquina del Abasto. Volver. Contaba los
días que lo separaban del regreso a Buenos Aires. Y pensaba que, en
realidad, salvo a su madre y sus amigos de la barra, hacía tiempo que no
tenía a quién extrañar. Hasta que la conoció a Ivonne. Cuando finalmente
estaba de regreso, no le alcanzaba el tiempo para hacer el circuito de
siempre: el hipódromo de Palermo, su viejo y querido Armenonville, el
Palais de Glace y el Royal Pigalle. Disfrutaba cada minuto como si fuese
el último. La noche en que se fue tomado del brazo con Ivonne no tenía
otra intención más que la de pasar la noche acompañado. Gardel no
toleraba la soledad, le tenía un miedo infantil. Solía extender las
noches hasta la madrugada en la mesa de un restaurante si estaba con
amigos o, si estaba solo, se acodaba en la barra de un almacén perdido
en el suburbio y conversaba con un mozo estupefacto al descubrir la
identidad de su interlocutor. Y era el mismo afán por eludir la soledad
el que, de tanto en tanto, lo llevaba a pedirle a André Seguin que le
presentara a alguna de sus chicas. La noche en la que le presentó a
Ivonne, antes le había susurrado al gerente que lo sorprendiera con
alguna de las nuevas, "de confianza, se entiende", le aclaró por las
dudas, sin que hiciera falta. Desde luego, Gardel no podía aparecerse en
un hotel con una mujer colgada del brazo y, mucho menos, en la casa
donde vivía con su madre, doña Berta, en la calle Jean Jaurés. Para esas
ocasiones estaba "el pisito", un departamento de paredes empapeladas con
flores claras, testigo sin embargo de asuntos oscuros. Aquel bulín
elegantemente puesto en el segundo piso de un recóndito edificio de
Corrientes y Reconquista, conocido también como "el bulín del Francés",
era un pequeño aunque lujoso refugio donde ciertas figuras públicas
ocultaban sus cuestiones más privadas. Cantores, músicos, poetas y otros
personajes menos clasificables entraban raudos cuando caía la noche,
cubiertos por el ala del chambergo, la cabeza hundida entre las solapas
del abrigo, rehuyendo las miradas curiosas. El departamento, cuya
discreción estaba protegida por la ausencia de portero y la escasez de
vecinos, tenía tres ambientes: un cálido living comedor y dos
dormitorios estratégicamente retirados. El living, presidido por un
amplio ventanal que daba a Corrientes, allí donde la calle se
precipitaba al río, estaba defendido de eventuales mirones por el enorme
cartel luminoso de Glostora. Allí había un sofá flanqueado por dos
sillones, en torno a una mesa baja con tapa de raíz de nogal. Más allá,
contra la pared, descansaba un bahut repleto de bebidas, cigarros
ocasionalmente, algún frasquito lleno de polvo blanco que solía durar
poco tiempo. El alfombrado y las cortinas púrpuras le conferían una
oscuridad íntima y apacible. En el comedor había una mesa oval forrada
con un tapete de paño verde, más apta para que rodaran dados y se
deslizaran naipes que para servir una cena. Una lámpara baja ceñía el
cono de luz al perímetro de la mesa y dejaba el resto en penumbra. Los
dormitorios eran gemelos. En cada uno había una cama de dos plazas con
cabecera tapizada en capitoné de pana morada, y sendas mesas de noche,
cuyos veladores tenían pantallas rojizas que oscurecían más de lo que
iluminaban. La ausencia de roperos o placares revelaba la condición
transitoria de sus ocasionales huéspedes. Nunca se supo -y quizá nunca
se sabrá- quién era el dueño de casa. Se aventuraron muchas conjeturas
acerca de la identidad del Francés. Lo que sí era seguro, y para aventar
cualquier suspicacia, es que el propietario no era Carlos Gardel, pese a
que iba con cierta frecuencia. Varios eran los que tenían las llaves de
"el pisito". Pero por lo general, cuando despuntaban las primeras luces
del alba y se apagaba el cartel, solía quedar deshabitado. Además de
aquellos que con mayor o menor frecuencia reincidían en el escolaso,
aparte de los que cada tanto llegaban con la fugaz compañía de una
"conocida", el departamento solía dar cobijo temporal a uno que otro
amigo de un amigo que, caído en desgracia, no tenía dónde pasar la
noche. Alguna vez cierto poeta de voz aguardentosa y buenas intenciones
para el canto, en la soledad del bulín, supo entonar unos versos tristes
a capella:
Bulín, si hablaran tus muros
de claro papel floreado
que han visto asuntos oscuros;
cuántas veces trasnochado
recalé bajo tu techo,
penando cual condenado,
pa'olvidarme de un despecho
entre el humo y la penumbra,
whisky, cubilete y dados;
y ese cartel que me alumbra
la herida que ella me ha hecho
y que aún no se ha cerrado.
Bulín, si hablaran tus muros
de florido empapelado,
si contaran los secretos
de algún ilustre afamado
de levita y cuello duro
(su nombre no comprometo)
con berretín de poeta
que con sigilo y apuro
entró con una pebeta
poniendo cara de otario,
recitándole un soneto
pa'ahorrarse los honorarios.
Mezcla de asilo y garito,
bulín sin nombre ni dueño,
qué desfile estrafalario
ha pasao por "el pisito":
poetas de tristes sueños,
cantores que han sido mito,
actores de adusto ceño
y algún amigo en apuros
que se quedó sin salario
porque ha perdido el laburo...
... y vos le diste cobijo.
Por si nadie te lo dijo, bulín
de renombre oscuro,
a pesar de tu prontuario
para mí sos el más puro,
como un tanguero santuario.
Timba, minas y partusa,
testigo de mis andanzas,
refugio de mi tristeza
donde me esperan las musas
cuando pierdo la esperanza,
cuando ando sin entereza.
Dos almas en pena
Damas y caballeros: Qué sucedió aquella noche en la que Gardel llegó con
Ivonne al departamento de la calle Corrientes es algo que nadie sabrá,
salvo los discretos muros del bulín. Pero sin dudas, por la madrugada,
ni Gardel ni Ivonne fueron los mismos que entraron horas antes. Ivonne
amaba a Gardel antes de conocerlo, antes aún de sospechar su rostro,
desde el día en que escuchó su voz. Nadie sabrá el secreto que guardan
aquellas paredes empapeladas, pero Gardel, durante los días posteriores,
no pudo quitarse de la cabeza el recuerdo de aquellos ojos azules y
tristes. Nadie más que el cartel de neón de Glostora fue testigo de lo
que sucedió allí adentro, pero lo cierto es que Ivonne ya nunca más
quiso volver a su lejana Europa. Nadie supo por qué capricho Gardel
decidió cancelar un viaje largamente planificado a Barcelona. Aquella
noche, señoras y señores, iba a ser el inicio de algo tormentoso e
incierto que, acaso, pudiera llamarse romance.
Tres
1
Si hasta entonces el cuerpo de Ivonne tenía un dueño -André Seguin-
ahora su corazón tenía otro: Carlos Gardel. Nada había cambiado en su
aspecto ni en su rutina nocturna. De hecho, nadie tenía motivos para
sospechar que un cataclismo acababa de hacer eclosión en el espíritu de
Ivonne. Ni el gerente del cabaret, ni cada uno de los cuatro o cinco
clientes con los que salía cada noche hubiesen podido percibir que
aquella muchacha no era la misma que habían conocido. Como todas las
madrugadas, Ivonne vaciaba su pequeño tesoro sobre el escritorio del
despacho de André y volvía a la pensión cercana al mercado Spinetto.
Pero ahora, lejos del Royal Pigalle, los días eran otra cosa. Las tardes
empezaron a cobrar existencia. Ya no dormía desde las siete de la mañana
hasta las siete de la tarde. La dueña de la pensión no salía de su
asombro al verla bajar al mediodía, vestida "como una señorita", y
almorzar junto a los demás huéspedes, muchos de los cuales hasta
entonces desconocían su existencia. Apenas si comía, pero al menos
probaba algún bocado antes de salir a la calle. Todas las tardes, a la
hora de la siesta, caminaba las largas cuadras que la separaban del
bulín del francés. Nunca hacía el mismo camino, a veces bajaba por la
avenida Rivadavia, bordeaba el Congreso, tomaba Avenida de Mayo y desde
Suipacha caminaba hasta Corrientes. Otras veces se desviaba unas cuadras
y se llegaba hasta el Palacio de Tribunales; en un banco de plaza
Lavalle se sentaba a contemplar el teatro Colón, miraba el reloj y luego
apuraba el paso por Diagonal Norte y retomaba el camino. A las cuatro en
punto era la cita de cada tarde. Entraba al edificio con la copia de la
llave que él le había hecho, subía en el ascensor jaula, bajaba en el
segundo piso, golpeaba tímidamente la puerta y ahí estaba él. Ella se
conformaba con el calor del abrazo, con la sonrisa hecha con la mitad de
la boca, sólo para ella. Le alcanzaba con la caricia de su voz, con su
perfume hecho de gomina y tabaco inglés. Con el regalo de su mirada, con
sus ojos negros ya era suficiente. Todo lo que venía después era mucho
más de lo que podía pedir. Y estaba agradecida. Jamás tuvo un reproche,
nunca una palabra agria. Ivonne temía dar un paso en falso, hacer un
gesto grandilocuente que lo ahuyentara como a un pájaro. Con verlo, nada
más que verlo, le bastaba. Que se dignara encontrarse con ella cada
tarde le parecía mentira. Tenía miedo de decir una palabra de más. Nunca
se atrevió siquiera a sugerirle que estaba perdidamente enamorada. Pero
ahora es feliz. Discretamente feliz. En la soledad de su cuarto,
mientras hace girar la manija de la vitrola para volver escuchar su voz,
con la misma melodía que antes le cantaba a ese Gardel cuyo rostro
trataba de imaginar, aquel que le había enseñado a hablar el castellano,
Ivonne ahora entona:
Gira que te gira mi alma
igual que aquella vitrola;
si ayer lloré triste y sola
hoy la dicha me ilumina,
quién diría que esta mina,
papirusa de burdel que rodaba
como dado de escolazo,
iba a terminar en los brazos
del mismísimo Gardel.
Vos me enseñaste el lenguaje,
este lunfardo porteño
bravo como el malevaje
y cálido como un leño.
Quiero que vueles, paloma,
y vayas donde está él;
que le contés de mi amor,
y que me traigas su aroma,
su voz que me da calor
como cuando digo su nombre: Gardel.
Gira que gira la pasta
del disco en el gramófono
si ayer me ganó el hastío
hoy al fin le digo: basta,
y canto desde el balcón,
junando abajo el vacío,
sin sentir la tentación;
ya no quisiera caer,
porque sé que has de volver,
como reza tu canción,
a este cuerpo que hoy no es mío.
Gira que gira, vitrola
como un loco carrusel;
quiero marearme en tu púa,
en tu bocina de orquídea.
Hoy que pasó la garúa,
respiro esta cosa nívea
y no me siento tan sola,
sé que voy a estar con él;
y mi dicha se acentúa
cuando escucho tu voz tibia
y digo su nombre: Gardel.
A Ivonne le costaba creer que todo aquello fuese cierto. Cada vez que
escuchaba el disco de Gardel, temía que su romance fuese tan etéreo e
intangible como la voz que salía de la bocina del fonógrafo para
perderse quien sabe dónde.
Gardel no hablaba de sus asuntos privados con nadie. Ni siquiera con sus
más íntimos. Su vida sentimental fue un misterio que jamás reveló. Pero
quienes más lo conocían sabían que una mujer era lo único que podía
perturbar su espíritu. Se le conoció sólo una, Isabel del Valle. Apenas
si se mostraba en público con ella. Fueron diez años tormentosos que,
sin embargo, no perturbaron su carrera. Se ha dicho que el celo que
guardaba Gardel para preservar su vida privada era una estratagema
dirigida al público femenino con el propósito de mantener un halo de
misterio, de modo que no hubiese una sola mujer que no conservara la
ilusión de que todo su amor podía estar destinado a ella. Pero quien
diga esto no ha conocido a Gardel. Era un código de hombres guardar las
cuitas y las victorias. Sobre eso no se hablaba. Sobre eso se cantaba.
El breve episodio de Gardel con Ivonne estaba destinado al fracaso. No
por desamor; al contrario. Aunque jamás se atrevieron a confesarlo,
estaban completamente enamorados. Pero el Zorzal se resistía a dejarse
caer en las redes del amor. Por otra parte, Ivonne no tenía la habilidad
ni la disposición de la araña. Así eran las cosas. Primero estaba la
lealtad a los amigos, el café, el cabaret, la noche. Las mujeres eran
objeto de culto, estaban ahí, pérfidas e ingratas, para cantarles, para
sufrir sus traiciones o para lamentar su malquerencia en la letra de un
tango. Ahí estaban para recordarles que ellos las habían sacado del
fangal y terminaban yéndose con otro, con un bacán. Con la misma
tenacidad del salmón nadando contra la corriente, Gardel se resistía a
dejarse arrastrar por el torrentoso cauce de las pasiones. Por otra
parte, existía una idea carcelaria del noviazgo y del matrimonio.
Después de los amigos estaba la libertad. La mujer y los hijos eran algo
que le sucedía a la gilada. Si alguno de los muchachos del café era
descubierto en la flagrante intención de abandonarlos por una mujer, era
inmediatamente aleccionado por los más experimentados, por aquellos que
habían vuelto del infierno del matrimonio o se habían salvado
providencialmente en el último minuto. Así, el pobre desgraciado que
había sucumbido al amor se convertía en el centro del círculo formado
por los amigos dispuestos a cantarle los más sabios consejos:
No hay excepción a la regla
tan sabia como tan vieja,
buey solo bien se la arregla
y aunque parezca de otario
atendé la moraleja,
es mejor el solitario
que andar jugando en pareja.
Entonces tomaba la palabra el siguiente que, con la voz inflamada por la
experiencia, cantaba:
La mina es como el absento:
está bien para una noche
no para toda la vida;
por eso hay que andar atento
no sea cuestión que te abroche
y te arrastre a la caída.
Por si no fuese suficiente, otro de los que regresaron de la muerte
civil le explicaba la importancia de mantenerse aferrado a la vida:
Figurate el panorama
de tu vida de casado,
olvidate del estaño,
la milonga, el Politeama;
serán cosas del pasado
amigos de tantos años
del viejo bar de Lezama,
habrán de quedar de lado
como si fuesen extraños.
Pasándole una mano sobre el hombro al pobre infeliz, palmeándolo y
dándole el pésame por anticipado, finalmente todos cantaban a coro:
Te fuiste solo a encañar
ciego atrás de una criatura
creyendo que todo es rosa;
hoy no para de morfar postres,
merengue y fatura
y a aquella delgada moza
que tanto supiste amar
le ha quedado la cintura
como al Chacho Peñaloza.
Mirá como son las cosas,
no ha de ser de puro azar
que para atarte de manos
te coloquen las "esposas".
Por todas esas razones, cuando Gardel descubrió que estaba enamorado
tuvo el impulso de huir. Pero estaba enamorado. Quiso hacer las valijas
y escapar a Barcelona. Pero estaba enamorado. Encendió un cigarrillo e
intentó pensar con calma, examinar la situación, ser razonable. Pero
había perdido la razón. Nada había que no le recordara aquellos ojos
azules y tristes, aquellos pezones adolescentes. Había caído en las
manos de la araña que jamás tejió una red. Había caído solo, sin que
nadie lo empujara. Pensaba en los rascacielos de Nueva York, en el
barrio latino de París, en las fondas portuarias de la Barceloneta, pero
nada le producía tanta fascinación como aquellas piernas largas y
delgadas que cada día, a las cuatro de la tarde, lo recibían con cálida
hospitalidad. De no haber sostenido aquella voluntad contraria al amor,
Gardel e Ivonne hubiesen mantenido, quizá, un romance apasionado y a la
vez armonioso, si ambos términos no fuesen contradictorios.
Ivonne soportaba con estoicismo y callada resignación las tormentas que
sacudían el ánimo del Zorzal. Toleraba con entereza los violentos
cambios en su humor: un día era un amante dulce y apasionado, y al
siguiente, un témpano flotando en un océano de indiferencia. Por
momentos era un mar de locuacidad y efusión, y al rato se convertía en
una suerte de animal huraño dentro de una caparazón de silencio
pensativo. Una tarde la recibía con un ramo de crisantemos enlazados por
un collar de perlas y la otra la esperaba con los puños crispados, como
apretando un rencor. A veces le escribía cartas arrebatadas, plagadas de
anhelos y siempre a punto de revelar la esperada confesión y, otras,
cabizbajo, envuelto en una nube de melancolía, le decía:
-Esto no va más.
Pero nunca era terminante. Ivonne ignoraba que era ajena a los vaivenes
sentimentales de Gardel; no tenía forma de saber que él estaba librando
una batalla íntima y silenciosa. Ella recibía con recatada alegría los
días amenos, y soportaba con callado estoicismo aquellos otros en los
que todo parecía negro y tormentoso. Pero, tal vez sin que ella misma lo
advirtiera, aquella larga in-certidumbre iba horadando su espíritu como
las olas que, en su vaivén, van dejando surcos en la roca. Y fue
justamente en uno de aquellos intersticios donde iban a anidar las
ilusiones de otro hombre. Fue por aquellos días cuando Ivonne conoció a
Juan Molina.
2
Cuando terminaba su número bochornoso, Juan Molina veía desde las
sombras cómo, de a poco, se iba renovando el público. Los tempraneros
asistentes de la sección vermut, que se extendía desde las siete hasta
las nueve, iban dejando sus lugares a la fauna de la noche. Conforme las
parejas jóvenes y los matrimonios añosos iban abandonando la sala, las
mesas empezaban a poblarse de habitués con aires de gigolós, dandis
frusleros y play boys copiados de las revistas. Después de la media
noche llegaban los bacanes en serio. Entonces, sí, empezaba a correr
champán del bueno y tabaco inglés. La orquesta circense daba paso a los
músicos de verdad, aquellos que alternaban París con Buenos Aires. Y
llegaban las mujeres. Las francesas de Francia y de las otras.
Emperifolladas con alhajas dignas de princesas, dueñas de una perfidia
cuidadosamente estudiada según la ocasión, las faldas por encima de las
rodillas y las ínfulas más altas que las plumas que coronaban sus
sombreros.
En la media luz del alegre desenfreno, los reunió la desdicha. Tal vez
no fuera la primera vez que Ivonne y Molina se veían en el Royal
Pigalle, pero se hubiese dicho que acababan de descubrirse, como si de
pronto hubieran Acordado, sin advertirlo, que sus destinos ya se habían
cruzado en dos oportunidades. Por primera vez Ivonne conjeturó en Molina
algo más que un luchador. Por primera vez Molina vio en Ivonne algo
diferente de una prostituta. Como dos almas extraviadas que se adivinan
solitarias en la penumbra y se reconocen de sólo verse cual si se
enfrentaran a un espejo, ni bien se descubrieron supieron que sus
destinos estaban señalados por un mismo y misterioso índice. No se
hablaron. Primero se sorprendieron viéndose a través del fondo de las
copas. Después cambiaron unas miradas fugitivas; finalmente sus ojos se
encontraron con franqueza y no se separaron durante un tiempo
incalculable. Como si de pronto todo hubiese desaparecido en torno a
ellos, como dos náufragos que se hallaran en medio del océano y, aun
sabiendo que no habrían de salvarse, se abrazaran para no zozobrar en
soledad, así, con la misma alegre desesperanza, se miraron durante una
eternidad. Y lo supieron todo. Molina supo que detrás de aquellos ojos
hechos con el azul turquesa del Mediterráneo, debajo del rouge bordó que
dibujaba un corazón" partido, había un dolor tan extenso como la
distancia que la separaba de su tierra. Sin quitarle la mirada de
encima, sin pronunciar una sola palabra, con un silencio lleno de
música, sentado a su mesa, Juan Molina le canta con los ojos una canción
que sólo ella puede escuchar:
Como un ciego te adivino en la penumbra
escondiendo una pena mayor que tu edad
detrás de la copa clara, efervescente,
de un champán frapé.
Tu pelo de cobre mi tristeza alumbra
y se hace menos honda mi honda soledad;
como un ciego te adivino entre la gente
y me vuelve la fe.
Igual que tus ansias las mías se herrumbran,
nos une una estrella sin luz ni piedad,
nos juntó un destino cruel, indiferente,
y nos dejó fané.
Nadie diría que ese hombre solitario que fuma en silencio, en realidad
está cantando. Salvo Ivonne. Ivonne le devuelve una mirada cargada de
gratitud y con ese mismo lenguaje que solamente ellos saben hablar, sin
mover un solo músculo de la cara, ella le contesta con la misma silente
melodía:
Como a tientas te adivino entre las sombras
ocultando en el humo tu herido pudor
y tras la cortina de tu cigarrillo
descubro un espejo,
un cristal quebrado que asusta, que asombra,
al ver en tu imagen mi propio dolor.
Yo sé que en tus ojos despuntan dos brillos
y en ese reflejo
tus lágrimas mudas me llaman, me nombran
y me dan un poco de fraterno amor.
Nos une el albur de los conventillos
donde los anhelos han quedado lejos.
Y entonces, aquella sorda confesión se convierte en un pacto. Ambos
silencios se suman y, formando un dúo de mutismo, cantan a voz en cuello
sin emitir un solo sonido:
No quiero que me hables,
dejame que sueñe
que tengo un hermano
en tus ojos amables;
por más que me empeñe
en tenderte la mano
quedate en tu mesa
junando en la sombra,
umbrío y silente
fumá tu tristeza,
y gastando la alfombra
que baile la gente.
Sin pronunciar palabra, Juan Molina se incorpora, sale de su madriguera
de vergüenza, camina resuelto y, cuando está a dos pasos, sin dejar de
clavarle una mirada filosa como un puñal, le hace un cabeceo
conminatorio. Con el mentón en alto y sin bajar la vista, como una fiera
a medio amansar, un poco en contra de su voluntad, la mujer obedece. Por
primera vez obedece. Desde el palco de la orquesta bajan los acordes de
"La copa del olvido". Ivonne se pone de pie revelando su figura de
espiga, las piernas largas, interminables, que se desnudan por momentos
bajo el tajo de la falda. Cuando están frente a frente, Molina la toma
por la cintura y aprieta la mano de ella contra su pecho. Por primera
vez Ivonne acepta bailar. Se abrazan como quien se aferra a un anhelo.
Ninguno de los dos dice una sola palabra. Al principio ella parece
ofrecer una resistencia sutil y estudiada. Lo está probando. Entonces
Juan Molina la atrae hacia él y la va dominando con la diestra,
ordenándole cada quiebre, cada giro. Se miran desafiantes. Se miden.
Pero Molina hace su voluntad, obligándola a los caprichos de sus cortes
y quebradas.
Bailaron durante un tiempo que pareció eterno. Hasta que el hombre
decidió que era suficiente. Cuando terminó la pieza la separó de su
cuerpo, hizo un gesto con la cabeza que pudo ser un "gracias" o una
expresión de triunfo. Luego se alejó hacia su refugio de sombras con la
convicción de que la tenía en la palma de su mano. No sabía cuánto se
equivocaba.
La mujer volvió a su mesa y Molina pudo ver que tras ella fue el
gerente, André Seguin. Sin pedir permiso se sentó junto a la mujer,
encendió un cigarrillo y la increpó con indignación, visiblemente
ofuscado. Ella miraba hacia otro lado, hacia ninguna parte, provocando
en su patrón una furia creciente. Cuando dio por finalizado el sermón,
que Molina no llegó a escuchar, se levantó de la mesa y miró al luchador
con unos ojos hechos de veneno. Era una advertencia. Al rato el gerente
volvió acompañado de un hombre que vestía como un magnate. Con una
sonrisa artificial, André Seguin le presentó ampulosamente a la mujer,
cambiaron unas palabras; luego los dejó solos y, por fin,
subrepticiamente, "Su Excelencia" le tendió la mano, invitándola a que
se incorporara. Con expeditiva amabilidad, el hombre la ayudó a ponerse
el abrigo y se retiraron rápidamente. Antes de salir, Ivonne le dedicó
la última mirada a Molina.
A partir de aquel primer baile, la escena se repitió durante las noches
siguientes. Molina esperaba en su mesa la llegada de Ivonne. A las doce,
ni un minuto más ni un minuto menos, ella aparecía, siempre
deslumbrante, desde la escalera. Contoneaba su figura espigada
desfilando sobre el alfombrado rojo y ocupaba su mesa, la misma de
siempre. Sentados frente a frente, iniciaban el ritual de las miradas.
Jamás se dedicaron una sonrisa. Nunca un gesto amable ni mucho menos un
saludo. Cuando la orquesta empezaba a tocar, Molina torcía la cabeza y,
como respondiendo a la orden del amo, Ivonne se levantaba de su silla,
caminaba hasta la pista y esperaba a que él llegara para abrazarla. Y
así, sin hablar, Molina cantaba sus confesiones y recitaba sus anhelos:
No quiero saber tu nombre,
no quiero escuchar tu voz;
por qué romper con chamuyo,
melena de cobre,
el ronco murmullo
de aquel bandoneón.
Aferrao a tu talle de espiga
no hace falta que me digas
lo que bate tu mirada,
lo que grita el corazón
cuando lo siento en mi pecho.
No quiero que digas nada
que me quite la ilusión,
con que bailes estoy hecho;
una vuelta, una sentada
dicen más que el más bocón
y tus tacos al acecho
listos para la quebrada
hablan como una canción.
Y otra vez, formando un coro que sólo ellos dos podían escuchar,
cantaban:
Yo sé que andamos maltrechos
entre la paré y la espada
pero ha de haber salvación
pa' no colgarnos del techo
si es que el destino se apiada
y nos junta en el salón
pa' bailar sin decir nada.
Bailaban tres o cuatro piezas, se separaban y cada cual volvía a su
mesa. Entonces llegaba algún bacán ataviado de smoking, invitaba a la
mujer con una copa de champán y luego se iban juntos rápida y
discretamente.
Y así, todos los días, Juan Molina hacía su número de catch mientras
cantaba sus anhelos trenzado en lucha con los sucesivos integrantes de
la troupe. Más tarde diluía su vergüenza con unas copas de whisky
barato, esperaba que llegara su silenciosa compañera y bailaban sus
mudas confesiones. Temían que una palabra rompiera de pronto el ensalmo
que los unía noche tras noche, que una conversación franca deshiciera el
idilio construido a fuerza de un callado esmero. Querían conservar
aquella entrañable amistad nacida de ese mudo lenguaje que nadie más que
ellos podía entender. Como si la pista de baile fuese un islote en medio
del océano tormentoso de sus existencias, sus cuerpos se aferraban
desesperados y se separaban dolidos por el deseo largamente contenido.
Pero sabían que el torrente de las pasiones algún día habría de salirse
de su cauce. Y ese día llegó.
3
Una noche entre tantas sucedió lo que tenía que suceder y el silencio
llegó a su fin. Podía decirse que Molina e Ivonne se conocían mejor que
nadie. Hablaron. Hablaron como dos viejos amigos. En el rincón más
oscuro del cabaret, hablaban hasta que la boca se les secaba y entonces
tenían que humedecerla con el siguiente trago. Juan Molina escuchó lo
que ya sospechaba: el corazón de Ivonne tenía un dueño. Un dueño que la
tenía a maltraer pero al que no podía olvidar. Para evitar desavenencias
con el gerente del Royal Pigalle, que no veía con buenos ojos la forma
en que el luchador espantaba potenciales clientes de Ivonne, Molina,
como un parroquiano más, arregló con André Seguin que habría de pagar de
su sueldo las copas que consumiera Ivonne durante el tiempo que
estuviese con él.
Y así, mientras conversaban, Molina se perdía en el azul profundo de los
ojos de Ivonne, miraba cómo se movían sus labios encarnados y entonces
las palabras empezaban a perder sentido, a diluirse en la perfumada
brisa de su aliento. Tenía que hacer esfuerzos para no besarla, para no
bajar la vista y extraviarse en el ensueño de su escote. Deseaba que el
tiempo se congelara en ese instante, en aquella hora única y no tener
que escuchar las palabras que daban comienzo al suplicio cotidiano:
-Tengo que trabajar.
La relación de Molina con Ivonne fue tortuosa, escarpada y, por lo
general, cuesta arriba. Hasta entonces Molina ni siquiera sospechaba
quién era aquel que la tenía a maltraer. Aquella mujer que por momentos
abría su corazón y hablaba con franqueza, la misma que ofrecía su
amistad sin poner condiciones, de pronto se cerraba como la flor de la
dama de noche cuando despuntan las primeras luces del alba. Exactamente
así era ella; durante la noche se la veía esplendorosa, sus ojos azules
brillaban en la oscuridad con el pérfido fulgor de los felinos. Bailaba
el tango, garbosa y sensual; centelleaba como las burbujas de champán y
reía. Durante la única y esperada hora que compartía con Molina, reía
con una felicidad que se diría infantil. Conversaban como dos viejos
amigos, hasta que llegaba el momento fatídico en que Ivonne miraba el
reloj y le decía:
-Tengo que trabajar.
Entonces Molina asentía con una sonrisa resignada, se despedía y volvía
a su oscuro rincón. Al principio, el cantor se quedaba bebiendo en
silencio, mientras simulaba no mirar. Ardía en su propio fuego cuando la
veía conversar con alguno de aquellos figurones almidonados que se
sentaban a su mesa, ocupando la misma silla que él había dejado vacante.
Se quemaba a fuego lento cada vez que le dedicaba una sonrisa a algún
veterano con aires de dandi, mientras le hacía pagar una copa tras otra.
Intentaba apagar con whisky la hoguera del sufrimiento, al ver cómo
Ivonne susurraba al oído de uno de esos carcamanes con pretensiones
mundanas.
Suena la orquesta. La gente baila. Molina canta su callado dolor:
Que no parezca un reproche;
yo sé, la cosa es así.
no quiero que vos te enteres
que sufro noche tras noche
cuando te veo salir
para llenar de placeres
a un bacán con pinta 'e gil.
Juan Molina la ve trabajar a Ivonne y no puede reconocer en aquella
mujer a su amiga. Con un grito sofocado, entona:
Dirás:
pa' qué revolver la daga,
por qué aguantar el ardor.
Quizás
meter el filo en la llaga
me deshaga de este amor.
Te vas
con el primero que paga
y a mí me mata el dolor.
Acompañado por la orquesta que toca en el palco un tango desgarrado,
flanqueando su dolor las parejas que bailan en la pista, Juan Molina,
desde su rincón de sombras canta:
Atornillao a mi mesa,
junando desde el oscuro,
clavándome los puñales me digo:
quién será esa
que cuando está de laburo
me llena el alma de males.
Y viéndola sonreír con una alegría insólita, conversando radiante con
los desconocidos que se acercan a su mesa, Molina se pregunta dónde ha
quedado aquella chica que le confesaba sus pesares, quién es la que,
animada y sensual, regala carcajadas hechas de alegre champán.
Te veo y no sé quién sos;
dónde ha quedado la que era
de baile mi compañera.
Por qué este destino atroz
pasa el filo de la hoz
por mi breve primavera.
Ocultando su padecimiento infinito en el rincón más oscuro del cabaret,
Molina se retuerce en su propio infierno cuando, al final de cada noche,
Ivonne sale acompañada por alguno de aquellos vampiros que esconden sus
colmillos lascivos debajo del ala del chambergo de fieltro.
La vida de Juan Molina pronto se redujo a la única hora en la que se
encontraba con Ivonne; el resto era espera y angustia.
Juan Molina no hablaba con nadie. En su breve paso por el Royal Pigalle
no hizo amistades. Apenas si cambiaba alguna palabra con sus compañeros
de la troupe, los saludos de rigor con el personal y el escueto
"gracias" resignado cada vez que André Seguin le daba el flaco sobre que
contenía su sueldo. Muchos solían confundir su mutismo con aires de
superioridad. Sólo Ivonne sabía que aquel silencio huraño era hijo de la
más amarga de las frustraciones. A su magro salario, Molina tenía que
restarle el veinte por ciento que se cobraba su representante, el tal
Balbuena. Sabía que el contrato que había firmado con su "agente
artístico" no tenía ningún valor legal, que bien podía negarse a pagar
por un servicio que nunca había recibido y, llegado el caso, el mismo
Seguin podría atestiguar que Balbuena no había hecho ninguna gestión
para que su "representado" hubiese sido contratado. Pero además de la
palabra empeñada, Molina se obstinaba en creer que su representante
estaba ocupado en febriles negociaciones con tal o cual empresario del
inaccesible mundillo artístico. En rigor, le estaba pagando por una
promesa antes que por los servicios prestados. Por aquel entonces la
existencia de Juan Molina estaba sostenida en unas pocas esperanzas
inciertas.
-Es cuestión de paciencia, le estoy gestionando una audiencia con un
empresario francés -le decía Balbuena, apretando la boquilla entre los
dientes.
Por otra parte, André Seguin había descubierto que la única forma de
retener a Molina dentro de las cuerdas del ring era manteniendo
encendida la brasa de la ilusión.
-Tenga paciencia, Molina, usted es un hombre joven y canta como los
dioses. La voz no la va perder. Ya le voy a arreglar el debut que se
merece en el Armenonville o en el Palais de Glace -le decía el gerente
palmeándole el hombro.
Pero la esperanza más esquiva, la que más se alejaba cuanto más cerca
parecía estar, era la inasible promesa en la que se había convertido
Ivonne. Juan Molina pensaba día y noche en Ivonne. Era su rostro pálido
lo primero que evocaba el cantor al despertarse; durante el día esperaba
la medianoche para verla. Entonces los minutos se convertían en horas y
las horas en días. Apenas si se quedaba en el cuarto de la pensión,
evitando la soledad que acrecentaba su ausencia. Molina salía a caminar
sin rumbo intentando distraerse, se sentaba a tomar un café, encendía un
cigarrillo y mientras más esfuerzos hacía para aventar la mariposa
sombría de la añoranza, más pertinaz se hacía su ansioso aleteo. Nada
había que no le recordara a Ivonne. En las volutas del humo y en la
borra del café creía ver la suerte que el destino le habría de deparar
junto a ella. En la silueta fugitiva de una mujer que pasaba al otro
lado de la ventana, en un taconeo rítmico que súbitamente sacudía el
silencio del bar, en las estelas de perfume francés que quedaban
flotando en el aire, en el contoneo huidizo de una pollera, en todo
cuanto lo circundaba, Molina encontraba el recuerdo de lo que quería
olvidar. Y cuando se aproximaba la hora, mientras se cambiaba para salir
a escena, todo se convertía en un trámite que apurara las agujas del
reloj. Salía al escenario, daba su patética función, más concentrado en
el tiempo que lo separaba de su anhelado encuentro que en el eventual
contrincante que se le pusiera delante, terminaba el trámite con una
brutal puesta de espaldas a su rival, se duchaba, volvía a cambiarse y
se sentaba a la mesa del rincón más oscuro a esperar a que llegara. A
las doce en punto, finalmente, la veía aparecer entre la bruma. Entonces
la vida recobraba su sentido.
Así era la existencia cotidiana de Juan Molina. Hasta que una noche y
sin que nada lo anunciara, Ivonne faltó a la cita habitual. Lo mismo
sucedió el día siguiente. Y cuando se cumplió una semana de ausencia,
Juan Molina creyó enloquecer de desesperación.
4
La existencia de Juan Molina es ahora una búsqueda desesperada. Sumido
en el desconsuelo, sale sin rumbo a buscar a Ivonne. No sabe dónde vive;
alguna vez le ha escuchado mencionar la calle Sarandí -o quizá Rincón,
no está seguro-, en el barrio de San Cristóbal. Como un perro perdido,
recorre Sarandí desde su nacimiento, en la avenida Rivadavia hasta el
final rotundo en los paredones del Arsenal de Guerra, y luego vuelve por
Rincón. Buscando un indicio, creyendo encontrar una señal en la puerta
de algún inquilinato, en una prenda colgada de un balcón; de pronto se
queda haciendo guardia en una esquina, fumando un cigarrillo tras otro,
esperando verla entrar o salir. Y así, de pie, con una pierna flexionada
contra un poste, el cigarro pegado a los labios, Juan Molina canta su
amargura:
Qué profunda que es la angustia,
qué insoportable el dolor
de no saber qué te has hecho,
el bobo se escapa 'el pecho
cuando veo ese balcón,
aquel de las flores mustias,
el de los muertos capullos,
ahí en la calle Rincón
y ruego que no sea el tuyo.
Y ante la canción de Molina, los changarines del mercado Spinetto, que
descansaban bajo el dosel de chapa, y las puesteras, que acababan de
cerrar las tiendas, se contagian de aquella tristeza, abrazándose para
bailar el tango desconsolado:
Si me hablaran las baldosas
de avenida Rivadavia,
si me dijeran qué cosas
han visto, de tu alma qué se hizo...
Te juro que me da rabia
haber estao tan otario
de no saber calle y piso
donde tu percha reposa;
A la súbita danza frente al mercado, se suman los camioneros y las
mujeres que llegan con las bolsas de compras, mientras Molina canta:
si yo tuviera la labia
para apretar un rosario
y con el de arriba charlar
le daría cualquier cosa pa'
que vuelva el calendario
al día en que en el Pigalle
yo te tuve entre mis brazos.
Las últimas luces del día van cediendo la posta a los faroles. Debajo de
ese tenue resplandor fantasmal, entre la bruma, la amable fauna del
Spinetto acompaña bailando la pena del cantor:
Y ahora que cae el ocaso
en la calle Rivadavia,
sobre la ciudad tan triste,
lloran lágrimas de savia
los grisáceos paraísos
porque no escuchan tus pasos
taconeando contra el piso
desde el día en que te fuiste.
Cuando Juan Molina concluye su canción, las parejas se disuelven y cada
quien vuelve a lo suyo.
Después de varias e infructuosas pesquisas, Molina terminaba yendo al
café de Rodríguez Peña y Lavalle con la inútil esperanza de que
apareciera, como solía hacerlo todos los miércoles. Por la noche, en el
Royal Pigalle, indagaba cada vez con menos disimulo, preguntando a todo
aquel que pudiera tener alguna información. Pero Ivonne no tenía amigos.
Por toda respuesta obtenía un encogimiento de hombros. Una noche, al
borde de la desesperación, se infundió coraje y decidió recurrir al
único que, sin dudas, debía saber algo: André Seguin. Sin importarle
nada, se plantó delante del gerente y le preguntó por Ivonne.
Contrariamente a lo que esperaba, Seguin mostró un gesto compungido y
afectuosamente posó su mano sobre el hombro de Molina. Con el corazón en
la boca, el cantor no supo si quería escuchar la respuesta. El gerente
lo condujo hacia la barra y en un tono paternal le dijo:
-Molina, yo sé lo que siente por esa mujer. Pero si me permite un
consejo, le diría que se olvide.
Lo último que quería Juan Molina era escuchar una recomendación. Quería
saber dónde estaba y correr a su encuentro.
-Lo único que le puedo decir es que por aquí no va a volver -resumió
Seguin.
El cantor quiso que le dijera dónde podía encontrarla. El gerente
sacudió la cabeza, volvió a palmear las espaldas apesadumbradas de
Molina y se alejó.
Antes de perderse en la penumbra, se detuvo, giró la cabeza y repitió:
-Olvídese, hágame caso.
Molina, petrificado, creyó morir de desconsuelo.
Las noches en el cabaret se volvieron para Molina una repetida tortura.
Al tormento de ver frustradas sus aspiraciones de cantor, a la ignominia
de tener que exhibirse disfrazado sobre un ring circense, ahora debía
agregar la ausencia de lo único que le ofrecía una ilusión. La mesa que
ocupaba Ivonne quedó vacía como un triste recordatorio. Molina se había
convertido en una sombra agostada de lo que fue. Sobre el escenario,
aquella bestia de porte recio que cantaba su furia mientras demolía a
sus contrincantes, ahora era un animal domesticado que mal podía
esconder su desgano. Más flaco y desmejorado, sus compañeros de la
troupe debían hacer esfuerzos ingentes para fingir que caían derrotados
por el campeón. Los números de catch solían coronarse con la
participación de algún espectador que se animara a desafiar al campeón.
Por lo general Molina debía enfrentarse con gordos envalentonados por
las burbujas del champán. Solía ser piadoso. Nunca lastimó a nadie. Con
un par de llaves defensivas bastaba para dejarlos fuera de combate.
Pero, cierta vez, André Seguin vio con preocupación cómo un amateur de
mediana estatura, que en otro momento no hubiese durado más de treinta
segundos en pie, estuvo a punto de derrumbar a Molina. Esa misma noche,
el gerente citó a Juan Molina a su despacho. Mientras se duchaba, Molina
no tenía demasiadas dudas sobre el motivo de la citación; trabajo no
habría de faltarle, se dijo, y en última instancia, sabía que las
puertas del astillero estaban todavía abiertas para él. Y quizá fuese
mejor así; si el cabaret se había convertido en su muro de los lamentos,
tal vez abandonar el ámbito del Pigalle habría de ayudarle a olvidar a
Ivonne.
Esperando escuchar lo que imaginaba, Molina se sentó cabizbajo al
escritorio frente a un inexpresivo André Seguin.
-Molina... -titubeó el gerente buscando las palabras más adecuadas-, las
cosas no van bien, usted lo sabe.
El luchador asintió sin mirar a su interlocutor.
-Créame que lo lamento, pero esto así no puede seguir. No me sirve a mí
ni tampoco le sirve a usted.
Molina quería que Seguin se ahorrara el prólogo.
-En este estado usted no puede seguir luchando.
Tuvo el impulso de levantarse en ese mismo instante e irse.
-Creo que lo mejor sería que se aleje del Pigalle por un tiempo...
Juan Molina sabía el significado protocolar de la frase "por un tiempo".
-Estuve pensando que tal vez sería bueno cambiar un poco de aire.
El gerente guardó un prolongado silencio y finalmente sentenció:
-Quiero que cante en el Armenonville.
El cantor tardó en comprender el significado de aquellas breves
palabras.
-El sábado próximo, si está de acuerdo, podría ser la fecha del debut.
Molina levantó la cabeza y fijó su mirada en los ojos de André Seguin
con una expresión desorbitada, como si acabara de recibir un cross a la
mandíbula. No supo qué decir. No supo qué pensar. Sintió una dicha tan
inconmensurable como ajena, como si aquello le estuviese sucediendo a
otro y él no fuese más que un testigo involuntario. Entonces descubrió
que no cabía en su espíritu ni un ápice de felicidad.
5
Es viernes. Juan Molina cuenta las horas que lo separan del debut en el
Armenonville. Tiene la certeza de que aquel número de catch que acaba de
terminar será el último. Se tiene fe. Sabe que cuando lo escuchen cantar
terminarán ovacionándolo y le pedirán bises una y otra vez. Alberga la
íntima certidumbre de que André Seguin habrá de convencerse, de una vez,
que es mejor negocio tenerlo delante de una orquesta que detrás de las
cuerdas del ring. Sin embargo, ahora que se le presenta la oportunidad
que ha esperado toda su vida, si el Genio al que solía invocar cuando
era un niño se le apareciera en ese momento, le pediría sin vacilar un
solo deseo: encontrar a Ivonne. Molina acaba de salir de su función en
el Royal Pigalle. Es temprano todavía. Piensa en su debut como cantor y
ni siquiera esa idea le provoca alegría. Ahora camina por Corrientes con
las manos en los bolsillos y canturrea:
Hoy que por fin llegó el día,
el momento más ansiado,
no habrá champán ni festejos
no me queda ni alegría
eso es cosa del pasado,
de un tiempo que quedó lejos.
Para qué quiero la gloria,
los carteles de neón,
los aplausos y la fama,
si mi más dulce victoria
sería encontrarte, Ivonne,
y ya no pedir más nada.
Si parece que el de arriba
se burlara de mi suerte,
ahora que se cumple un sueño
la felicidad me esquiva
y esta vida que no es vida,
que es la muerte
se consume como un leño.
Qué me van hablar ahora
del grandioso Armenonville,
de sus tablas legendarias
si en verdad no veo la hora
esperando como un gil
y sufriendo como un paria.
Qué suerte fula y atroz:
cuando al fin lo tengo todo,
cierran heridas pasadas,
ahora me faltas vos...
y eso es no tener nada.
No bien termina de cantar, cree haber caído en aquellas ensoñaciones
infantiles: oculta en la entrada de una tienda de ropa, cubriendo su
rostro con un velo de tul, ahí estaba ella.
-Te estaba esperando -susurró-, pero no quiero que nos vean juntos.
Molina no supo qué hacer ni qué decir. Ivonne le dijo que siguiera
caminando como si nada, que se alejara de ahí, que fuera hasta la
confitería del Molino y la esperara. Caminó como un autómata sin
atreverse a darse vuelta. El corazón se le salía del pecho. Molina
apuraba el paso por Corrientes, cuando llegó a Callao tuvo un miedo
inexplicable. Sintió pánico de no volver a verla, de que la pesadilla
volviera a comenzar. Con las manos metidas dentro de los bolsillos y una
ansiedad indecible, poco menos que corrió hasta la avenida Rivadavia.
Entró en la confitería que estaba atestada de gente y buscó una mesa en
algún rincón; hizo un recorrido sumario con la mirada y se encaminó
hasta el fondo. Se sentó, encendió un cigarrillo y de pronto se dijo que
se había ubicado muy lejos de la puerta, que quizá Ivonne no lo vería y,
creyendo que nunca había llegado, se fuera. Entonces se incorporó y
corrió hasta una mesa que acababa de desocuparse junto a una de las
vidrieras. De pronto lo asaltó la idea de que tal vez ahí estarían
demasiado expuestos, Ivonne le acababa de decir que no quería que los
viesen juntos. Molina apeló a la calma e intentó quedarse quieto. No
separaba la vista de la puerta. Alternativamente miraba el reloj y se
preguntaba por qué no llegaba de una vez. Acaso había entendido mal y no
era en el Molino sino en la Ópera. ¿O en el Ciervo? Había pasado apenas
un minuto y medio; sin embargo, para Juan Molina fue una hora y media.
Se dijo que era un estúpido: tenía que haber dejado que ella caminara
adelante para no perderla de vista. No se perdonaba no haberla tomado
del brazo sin importarle nada. La había visto asustada. ¿Y si le hubiese
pasado algo en el camino? Se agitó la puerta y, cuando esperaba verla
entrar, comprobó con desilusión que se trataba de un matrimonio de
ancianos. Temió que aquel encuentro fugaz no hubiese sido más que una
alucinación nacida de la desesperanza. Estaba por levantarse y correr
hasta el café de la Ópera, cuando por fin entró ella. Molina le hizo una
seña con el brazo en alto. Ya lo había visto.
Ivonne se acercó y, sin sentarse, le dijo que se mudara a una mesa más
discreta. De modo que desanduvo el camino y volvió a la misma mesa sobre
la cual había dejado el cigarrillo encendido. Si lo que querían era
pasar inadvertidos, no lo habían conseguido; el mozo los miraba como
esperando la próxima migración.
Ivonne hablaba a borbotones y miraba a izquierda y derecha por el
rabillo del ojo. Molina le pidió que se serenara, que no entendía
absolutamente nada de lo que estaba diciendo. Entonces intentó buscar
las palabras más adecuadas. Fue sucinta pero clara. Juan Molina
escuchaba con estupor. Le dijo que su repentina desaparición tenía dos
motivos. El primero: había decidido huir de la protección de André
Seguin. El segundo: había huido con su amante. Molina no ignoraba lo que
significaba la traición. Conocía el código de honor de la organización
Lombard. La noticia de que había escapado con su amante fue un puñal en
medio del estómago. Ivonne se recogió el tul sobre el sombrero, miró a
Molina al centro de sus pupilas, le tomó la mano y en un susurro le
dijo:
-Te necesito.
Iba a decirle que le pidiera lo que quisiera, que estaba dispuesto a
cualquier cosa, cuando comprendió que no le estaba pidiendo ningún
favor, que lo que quería era hacerle saber de su cariño. Molina creyó no
poder resistirse a confesarle su amor.
-Sos el único amigo que tengo, el único en quien puedo confiar.
Juan Molina estuvo a punto de retribuir aquella declaración. Pero calló
a tiempo para no hablar de más. Después de un largo silencio, Ivonne
enlazó sus dedos entre los de él y, como si fuese una súplica, le dijo:
-Quiero que vengas conmigo.
Molina escuchó claramente, pero no comprendió. Estaba decidido a
seguirla adonde fuera, pero Ivonne acababa de confesarle que había
escapado con su amante. Entonces la mujer le explicó que su amante era
una persona muy importante, que necesitaba un chofer, alguien de
confianza y que ella había pensado en él, le aseguró que no solamente le
pagaría más de lo que ganaba como luchador en el cabaret, sino que,
además, era un hombre muy influyente en el negocio de la música, que tal
vez podía empezar trabajando como chofer y después quién sabe..., era
cuestión de que lo escuchara cantar. Lo único que había entendido Molina
de aquel monólogo fueron las palabras "quiero que vengas conmigo". Era
una locura.
-Pensálo -le dijo-, pero no tenés mucho tiempo. Si aceptas, deberías
empezar mañana mismo. Tendrías que llevarlo a Santa Fe.
Ivonne extrajo una tarjeta de su cartera, hizo una breve anotación y le
dijo que si estaba de acuerdo fuese al día siguiente a las cinco de la
tarde a esa dirección. Después de lo cual se echó el tul sobre la cara,
se levantó de la mesa y se fue sin saludar. Acodado en el mármol de la
mesa, Molina recordó que el día siguiente, ese sábado, iba a ser su
debut en el Armenonville. Miró la tarjeta que le había dejado Ivonne. No
había mucho que considerar: cumplir su sueño de cantor, entrar por la
puerta grande del salón de tango más codiciado aun por los consagrados,
o volver a sentarse frente a un volante como en los viejos tiempos
cuando trabajaba de chofer en el astillero. No tuvo dudas.
Esa misma noche vuelve al Royal Pigalle, va hasta el despacho de André
Seguin y resuelve el dilema con una sola palabra:
-Renuncio.
Una vez en la calle, Juan Molina, con toda la voz, canta su convicción a
quien quiera escucharlo:
Ya sé, no me importa nada
con tal de estar cerca tuyo
me arrastro por el fangal,
he perdido hasta el orgullo
y abandoné la parada,
como desbancado guapo.
Mirá, si parezco un trapo,
un cascoteao animal,
un perro que ni barullo
mete pa' no molestar.
Y ahora me desayuno
que tenías un amante,
un engrupido bacán
que afana con blanco guante,
un gil de mirar vacuno
con más vento que un sultán.
Pero miren, hay que ver
las graciosas pretensiones
que tiene su majestad:
valet, sirviente y chofer
que lo lleve a los salones
más butes de la ciudad.
No vas a sentir piedad
al verme calzarle los leones
y hasta sus timbos lamer
pa' que no pierdan el brillo;
sabe que este poligrillo
de todo es capaz de hacer
para no tenerte lejos;
voy a tenerle el espejo
pa'que se mande la biaba
de gomina y de perfume
y a calentarle la pava
pa' cebarle unos amargos;
y cuando tu bacán fume
sus cigarros importados
yo me escondo en un rincón
para llorar como un gil
la triste resignación
de no haberme presentado
en el gran Armenonville
para tenerte a mi lado.
6
A las cinco en punto de la tarde, Juan Molina estaba en la puerta de
calle del bulín del Francés. Del otro lado de la reja lo estaba
esperando Ivonne. Lo hizo pasar, le arregló el nudo de la corbata, le
acomodó el cuello de la camisa y le quitó una pelusa del hombro.
-Estás muy buen mozo -le dijo a la vez que, en puntas de pie, le besaba
la mejilla. Molina examinó el hall del edificio y se dijo que aquella no
parecía, exactamente, la residencia de un magnate. Era cierto que no
podía evitar una suerte de animadversión hacia todo lo que tuviese
alguna relación con su rival. Mientras subían en el lento ascensor de
jaula, intentaba imaginar el aspecto de su futuro patrón. Sentía una
curiosidad morbosa por conocer a aquel que le había arrebatado el
corazón a la mujer que amaba secretamente. Se lo veía inquieto; pero no
eran los nervios propios de una entrevista de trabajo, de pronto cayó en
la cuenta de que estaba por exponerse a una humillación; sabía cómo eran
esos cajetillas: el tipo no se iba a ahorrar ningún desprecio frente a
su amante. Todo el tiempo necesitaban demostrar poder. No quería que
Ivonne lo viera agachando la cabeza, confesando que no había terminado
la escuela primaria, como si hiciera falta para manejar un auto;
teniendo que jurar que, siendo pobre, era, además, honrado. Pero Molina
estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para estar cerca de Ivonne.
Cuando entraron en el departamento, no pudo menos que sorprenderse por
el mobiliario; aquello era, a todas luces, un garito. La mesa forrada en
paño verde, las coloridas pantallas de las lámparas, las persianas
cerradas, todo tenía el acre perfume de la clandestinidad. Ivonne se
movía como si fuese la dueña de casa. Juan Molina no pudo aventar la
certeza de que aquella chica extranjera que apenas si conocía la ciudad,
en su candidez, había escapado de una mafia para entrar en otra quizá
peor.
-Voy a preparar café -dijo Ivonne y, antes de perderse tras la puerta de
la cocina, agregó:
-Los dejo solos así conversan tranquilos.
Sólo entonces Molina percibió que por sobre el respaldo de un sillón que
estaba de espaldas a él asomaba la nuca engominada de un hombre. Tuvo el
impulso de acercarse y dar la vuelta, pero ni bien dio el primer paso,
una voz proveniente del anverso del sillón dijo:
-Está bien ahí, tome asiento en la silla que está detrás de usted.
Si no fuera por el acento criollo, Molina hubiese asegurado que el tipo
era el mismo Al Capone.
-Tuve la desgracia de perder a un amigo muy querido. Fue mi único
chofer. Imagínese que el primer coche en el que me llevó todavía era
tirado por caballos. Tenía el sueño de ser aviador, se llamaba don
Antonio. Murió la semana pasada. Perdí un amigo -repitió.
Aquella voz franca y amena le sonó extrañamente familiar a Molina.
-Créame que lo lamento -contestó con sinceridad y no supo que más decir.
-Le creo. Me gusta su voz, le creo. Hábleme de usted.
Molina titubeó unas palabras y, sin saber por qué, empezó contándole de
su barrio, de La Boca, de su madre. Aquello era completamente distinto
de lo que imaginaba como una entrevista de trabajo. Había algo en el
modo de hablar de su interlocutor, había algo en su voz que le inspiraba
confianza. Pero sobre todo, respeto. Le habló del Astillero y del
majestuoso International que manejaba, le habló del Dock y de la casa en
la que había nacido. Le habló del tango. Pero no se atrevió a confesarle
que era cantor. Le habló del Royal Pigalle, pero no de sus anhelos más
profundos. Le dijo que hasta el día anterior era luchador, pero no se
animó a revelarle que esa misma noche desistió de debutar como cantante
en el Armenonville.
Sin verse las caras, de pronto estaban conversando como dos viejos
amigos, la voz tras el sillón, aquella voz que ya se había vuelto
entrañable para Molina, le hablaba de las mismas cosas, de los mismos
lugares que anidaban en su alma. De pronto, ya en confianza, le dijo:
-Mirá, pibe, lo que yo necesito, más que un chofer, es alguien que me
sea leal.
Juan Molina, con la cara hundida entre las manos, con la voz quebrada
por la emoción, le dijo que sí.
-Sí -le dijo-, sí, maestro. Cómo no serle leal a usted si me ha enseñado
todo lo que soy -le dijo, y no hizo falta que le viera la cara para
reconocer al dueño de aquella voz que resumía en una el conjunto de
todas las voces nacidas bajo este cielo lejano.
Si no fuese porque el pudor y la emoción se lo impiden, Juan Molina
cantaría la canción que pugna por salir del pecho, pero no puede ir más
allá del nudo que le cierra la garganta:
Perdón que no pueda hablar
y se me rompa la voz
con un nudo en la garganta,
el sentir se me atraganta
al ver todo cuanto sos,
más grande que todo el mar,
más luminoso que el sol.
Este silencio te canta
y mi muda reverencia .
que no parezca un quebranto,
si me tomo la licencia
de que se me escape el llanto
es porque así, llorando
es como yo te canto.
Perdón que no diga nada,
que no parezca insolencia
pero mis penas pasadas
que me han hecho sufrir tanto
se diluyen con el llanto
nacido de la emoción
y esta silente canción
quiere salir en tropel,
como el río sale 'e madre,
pueda decirte de cuánto
le diste a mi corazón;
y si he de tener un padre
su nombre es Carlos Gardel.
Entonces Gardel se puso de pie y al ver a aquella mole veinteañera
llorando como un chico, le dijo:
-No será para tanto.
Sacó un manojo de llaves del bolsillo, se lo arrojó y Molina lo atajó en
el aire.
-Es un bicho un poco viejo, un Graham del veinte, pero todavía anda. Y
cómo -le dijo y concluyó:
-Anda revisando agua y aceite que esta noche salimos para Santa Fe.
7
No era difícil sentirse amigo de Gardel. El cariño con el que hablaba de
su viejo chofer, Antonio Sumaje, hacía que Molina percibiera que su
lugar frente al volante no era el de un simple empleado. Por otra parte,
quiso la coincidencia que el valet que acompañara a Gardel en tantos
viajes, Eduardo Marino, se enfermara gravemente; de manera que, viendo
que aquel joven tímido, diligente y amable era un excelente volante y
mostraba la mejor disposición, Gardel pensó que podía matar dos pájaros
de un tiro. Además no era un simple detalle que el Zorzal tuviera una
bala alojada cerca del corazón. Su metálica presencia se le hacía carne
en los días de humedad, era un dolor punzante que a veces le dificultaba
llegar a las notas más altas. Aquel balazo artero que le pegaran a
quemarropa en la esquina de las tragedias había hecho de Gardel un
hombre algo más cauto. El porte de luchador de Juan Molina era
ciertamente capaz de intimidar a un admirador exaltado o a algún
memorioso que quisiera cobrarse viejas cuentas. Gardel se sentía seguro
en compañía de Juan Molina. Nunca permitía que caminara a sus espaldas,
no sólo porque le resultaba una mutua humillación, sino porque, frente a
la mirada pública, el Morocho tenía amigos, no guardaespaldas. Cada vez
que salían con el auto, Gardel viajaba adelante, junto a Molina, nunca
en el asiento trasero. A menos que quisiera dormir. Y si salía a comer
con los amigos o, incluso si se trataba de acontecimientos sociales,
jamás dejaba que se quedara esperando en el coche; siempre lo hacía
pasar y era uno más en la mesa. Y tenía la enorme delicadeza de
presentarlo, cualquiera fuese la ocasión, como "Mi amigo, Juan Molina".
Pese a que Gardel se dirigía a él con la mayor naturalidad, el joven
colaborador no podía articular palabra en su presencia. Jamás se había
atrevido a confesarle que era cantor. Para Molina, conducir el auto de
quien fuera el espejo de sus ilusiones, caminar a su lado o arreglarle
el moño antes de que saliera a escena, era como tocar el cielo con las
manos. Y cada vez que escuchaba el "Gracias, pibe", que le dedicaba
cuando se despedían, no podía evitar la misma respuesta de siempre:
"Gracias a usted, maestro". Molina se debatía en un abismo cruel,
doliente: por un lado la lealtad incondicional que llegó a profesarle a
Gardel y, por otro, la culpa inmensa e inevitable de amar a la mujer que
le pertenecía.
Gardel nunca supo ni quiso aprender a manejar. Disfrutaba de sus
permanentes reencuentros con Buenos Aires a través de la ventanilla del
auto. A menudo le pedía a Molina que se desviaran del consabido camino
desde el Abasto hasta el centro, le gustaba andar a la deriva, dejar
librado el periplo al arbitrio de su chofer. Gardel era un buen
conversador, locuaz y cauteloso. Jamás decía una palabra de más, nada
que pudiese revelar un ápice de su vida privada. Pese a que Molina era
quien mejor conocía sus actividades, era parte del contrato hacer de
cuenta que no veía ni escuchaba nada. Jamás pronunciaba el nombre de
Ivonne en las conversaciones con su chofer. Era obvio que Molina estaba
al tanto de todo, de hecho fue ella quien los presentó, pero eso ni
siquiera se mencionaba. Sin embargo, no era difícil percibir que Ivonne
se había convertido para Gardel en un problema cada vez más irresoluble.
Por una parte se resistía a dejarse arrastrar por sus sentimientos y,
por otra, había dejado que aquella muchacha se instalara en su
existencia de un modo, cuanto menos, avasallante.
Ivonne estaba prófuga. Había cometido la más peligrosa de las
deslealtades. Gardel le había dado refugio en el bulín del Francés y,
pese a que eran muy pocos los que conocían la existencia de aquel
departamento oculto en medio de la ciudad, no ignoraba el riesgo que eso
significaba. Por más que fuera Gardel. Con la organización Lombard no se
jugaba. Por mucho menos que eso, y aun siendo Carlos Gardel, había
recibido un balazo cerca del corazón.
8
Una noche como todas, después de dejar a Gardel en su casa de la calle
Jean Jaurés y guardar el auto en el garaje, Juan Molina decidió caminar
las cuadras que lo separaban de la pensión. Cuando dobló desde
Corrientes hacia Ayacucho, en la puerta del caserón vio un tumulto que
se arremolinaba en torno de un patrullero y una ambulancia estacionada
en medio de la calle. Apuró el paso. Se abrió camino en medio de la
multitud y pudo ver que en ese momento sacaban una camilla con un cuerpo
tapado de pies a cabeza. La manta blanca que lo cubría estaba empapada
en sangre. Entró en la pensión; en el sillón del hall, envuelta en un
batón rosado, estaba sentada la gallega. Tenía los pies en alto,
apoyados sobre un taburete, y sostenía contra su ojo derecho una bolsa
repleta de hielo. Molina buscó una explicación en la cara perpleja de
los inquilinos. Hizo un repaso sumario de todos y, de inmediato, notó la
ausencia de su compañero de cuarto. En efecto, una voz entre el gentío
se lo confirmó:
-Zaldívar -fue el nombre que empezó a repetirse de boca en boca.
Avanzó por el estrecho pasillo hasta su cuarto y, cuando abrió la
puerta, se encontró con un panorama de pesadilla. La cama de Zaldívar
parecía el mármol de una carnicería. Las paredes estaban salpicadas de
sangre y las sábanas teñidas de rojo. Sus pocas pertenencias quedaron
diseminadas por todas partes, y los trajes y las camisas hechos jirones.
Levantó el pequeño portarretrato que yacía en el suelo y vio la mirada
de su madre a través del vidrio roto. La guitarra era ahora un manojo de
maderas unidas apenas por las cuerdas. Una náusea lo sacudió. Tuvo que
salir al patio a tomar aire. En ese mismo momento se topó con la
gallega, que parecía estar esperándolo. Apretando la bolsa de hielo
sobre su ceja derecha, le dijo terminante:
-Esta misma noche se va.
Molina pudo ver que la mujer estaba más golpeada de lo que le pareció en
el primer momento. Desde la comisura de los labios pendían hilos de
sangre seca y tenía el pómulo izquierdo hecho una pelota.
-Agarre lo que le hayan dejado sano y esta misma noche se va -repitió.
Sin que Molina alcanzara a preguntarle nada, la gallega le explicó que
lo de Zaldívar había sido un error.
-Vinieron a buscarlo a usted -le dijo.
Entonces, indignada, le explicó que dos tipos habían irrumpido en la
pensión, le pusieron un revólver en la garganta y mientras le
preguntaban por él, cuando les dijo que todavía no había llegado, la
molieron a culatazos. Ante la insistencia de los golpes y las preguntas,
les señaló el cuarto, la dejaron tirada debajo del mostrador y ahí,
acurrucada en el piso, pudo escuchar los disparos.
-Ahora mismo agarra sus cosas y se va.
Molina corrió hasta la habitación, sacó la foto del marco hecho añicos,
la guardó en un bolsillo, salió del cuarto y, sin saber cómo disculparse
con la gallega, volvió a abrirse paso entre la gente y se escurrió de la
pensión como un prófugo.
Otra vez no tenía adonde ir.
Caminó hasta la plaza del Congreso y, sentado en un banco frente a la
fuente, encendió un cigarrillo e intentó encontrar alguna explicación.
Todavía estaba mareado.
De pronto lo asaltó el pánico. Si existía alguna razón para que
quisieran matarlo a él, sobraban motivos para que la mataran a Ivonne.
Entonces todo empezó a cobrar sentido. Saltó del banco como impulsado
por un resorte y corrió. Corría por Avenida de Mayo temiendo lo peor. Y
mientras corría, podía pensar con desesperante claridad. Ivonne se había
fugado de la protección de la organización Lombard. Y no era una puta
cualquiera; ninguna, en toda la historia del Pigalle, les había dejado
la fortuna que, cada noche, depositaba ella sobre el escritorio de André
Seguin. Molina corría dando unas zancadas largas como si a cada paso
quisiera, no ya ganar tiempo, sino impedir que siguiera transcurriendo,
volverlo atrás, cambiar el sentido de la rotación del planeta. Y a la
vez que corría, intentaba reconstruir los hechos. A la desaparición de
Ivonne le había seguido su propia e inexplicable renuncia, justo el día
antes de su anhelado debut en el Armenonville. Por otra parte, André
Seguin había percibido que algo sucedía entre ellos, los veía bailar el
tango noche tras noche, los había visto conversar en la mesa más
recóndita del salón. Molina corría, ahora por Suipacha, transpirando
gotas de terror y pensando. Para André Seguin estaba todo claro, no
podían caber dudas, Ivonne y Molina habían escapado juntos. Y si una
traición era imperdonable, dos traiciones eran demasiado. Por eso lo
fueron a buscar. Por eso quisieron matarlo. Sabía que nunca iba poder
perdonarse la muerte de Zaldívar. Corrió por Corrientes hasta que, por
fin, vio el cartel iluminado de Glostora. Detuvo su carrera frente a la
puerta del edificio del bulín del Francés y pegó su índice tembloroso
sobre el timbre del segundo piso. Nadie contestaba. Pulsó el botón con
una resolución tal, que se diría que iba a atravesar la pared con la
yema del dedo. Pero nadie respondía.
9
Estaba dispuesto a derribar el portón con el hombro cuando, al otro lado
del vidrio, pudo ver la figura adormilada de Ivonne saliendo del
ascensor. Recién entonces Molina recuperó el aire perdido. Medio dormida
y con el pelo desordenado, la vio más hermosa que nunca. Mientras se
acercaba, envuelta en una bata japonesa que destacaba su estatura
contrastante con aquella cara de niña, Molina elevó la vista al cielo y
agradeció. Al verlo pálido, empapado en sudor y jadeante, Ivonne terminó
de despabilarse y apuró el paso con visible preocupación. Con las manos
temblorosas, tardó en encontrar la llave, hasta que por fin abrió la
puerta. Lo hizo pasar y, sin preguntarle nada, lo abrazó. Luchando
contra su propia voluntad de apretarla contra su pecho y no separarse
nunca más, Molina la tomó suavemente por las muñecas y la alejó. Aquella
mujer tenía un dueño y antes que nada estaba la lealtad. Así no las
hubiese pronunciado nunca, las palabras de Gardel eran un mandato que
resonaba en sus oídos cada vez que veía a Ivonne: "lo que yo necesito,
más que un chofer, es alguien que me sea leal."
Iluminados por el fulgor rojo e intermitente del cartel de Glostora,
Ivonne y Molina permanecen en silencio sentados en el amplio sofá que
está delante de la ventana. Ella lo contempla a través del vaso de
whisky que sostiene delante de sus ojos. Él fuma haciendo figuras con la
brasa del cigarrillo, dibujos en el aire que aparecen y desaparecen
conforme se prende y se apaga el neón del cartel. Y así, iluminados por
ese fulgor rojo e insistente, ensombrecidos por la melancolía y un dejo
de derrota, cantan a dúo:
Somos dos almas en pena
prófugas en la ciudad indolente,
dos almas hermanas
desengañadas del mundo y la gente.
Solos entre el ruido,
solos en las luces
de calle Corrientes.
Zorzales sin nido
cargamos las cruces,
las propias y ajenas
como lo que somos:
dos almas en pena.
No digamos nada, cantemos,
como en los tugurios y en los cafetines
cantando sus cuitas y sus berretines
murmuran los curdas
las tragedias burdas
que teje el destino;
no digamos nada
perdimos el rumbo,
no se ve el camino,
quizá sea esta noche la última cena.
Por eso cantemos
como lo que somos:
dos almas en pena.
Cuando terminan de cantar, con la misma resignación y los ojos
deformados tras la convexidad del vaso, Ivonne pregunta:
-¿Qué vamos a hacer?
-¿Qué voy a hacer, querrás decir? -corrige Molina.
Ivonne se siente, de algún modo, culpable. Pero quizá no del modo en el
que debería.
-Yo te metí en esto. No te voy a dejar solo ahora.
Molina niega con la cabeza. Cómo decirle que la había seguido como un
perro, cómo confesarle que estaba completamente enamorado, que en
realidad lo único que lo llevó a renunciar a su debut en el Armenonville
no era otra cosa que su proximidad; sentir, aunque más no fuera, su
perfume cercano.
Ivonne no era feliz con Gardel. Pero había aprendido a resignarse. La
resignación era la historia de su vida. Tampoco quería su compasión. Y
no podía evitar la sospecha de que lo que había llevado a Gardel a darle
refugio en aquel bulín de nadie, era una suerte de lástima, mezclada con
cierto código de hombría. Pero ella sabía que no podía quedarse ahí por
tiempo indefinido. Ivonne bebió un sorbo de whisky y con la mayor
serenidad, siempre hablándole al vaso que sostenía frente a su cara,
dijo que acababa de tomar una resolución:
-Mañana vuelvo al Pigalle. Así no puedo vivir -hizo un silencio y
concluyó:
-No quiero que nos maten. No quiero que te maten. Mañana vuelvo al Royal
Pigalle y aclaro todo.
Molina le hizo ver que no había vuelta atrás, que ya era un hecho
consumado, que habían matado a un hombre. Y no se iban a quedar con el
cadáver equivocado.
-Si volvés, lo más probable es que te maten en el Pigalle.
Molina estuvo a punto de pedirle que huyeran juntos, que se fueran a la
otra orilla del Plata o al otro lado del océano si era necesario. Y tal
vez era lo más sensato. Pero una cosa era traicionar a André Seguin y
otra a Carlos Gardel.
-Yo me voy a arreglar -dijo Juan Molina-, no te preocupes por mí.
Ivonne sonrió.
-Al que estuvieron a punto de matar fue a vos.
Lo único cierto es que no estaban en condiciones de pensar. Molina
descolgó el abrigo del perchero y cuando se disponía a salir, Ivonne lo
tomó del brazo.
-Vos no te vas a ninguna parte -le dijo sin soltarlo.
-Acá no puedo quedarme... -balbuceó.
Ivonne se lo quedó mirando con una sonrisa, como interrogándolo.
-¿Por qué, por mí o por él? -le preguntó muy cerca del oído.
Ivonne lo atrajo hacia ella y lo abrazó. Buscó su boca y a un milímetro
de sus labios le susurró:
-Si es por mí, no te preocupes, lo que sobra son camas. Podes acostarte
en la que más te guste -le dijo apretándole el muslo entre los suyos-.
Si es por él, quedate tranquilo, no voy a decirle una palabra si no
querés.
Molina volvió a separarla, colgó otra vez el saco en el perchero, acercó
sus labios a la mejilla de Ivonne y le dio un beso suave y fraternal.
Caminó hacia uno de los cuartos y, antes de cerrar la puerta, sin
mirarla a los ojos, le dijo:
-Que descanses. Descansemos, que nos hace falta.
10
Gardel jamás quiso saber qué relación unía a Ivonne con Molina. Pero el
término con el que ella lo nombraba, "un amigo", le resultaba suficiente
para no indagar más. Y si el amigo Molina estaba en problemas había que
darle una mano. Por otra parte, su chofer había dado suficientes
muestras de lealtad y Gardel había llegado a tomarle un aprecio sincero.
De manera que cuando supo la magnitud del problema que afrontaba Molina,
Gardel no titubeó:
-Te quedas acá, pibe.
No quiso escuchar razones ni argumentos en contrario. Por mucho que
Molina le insistiera en que se negaba a comprometerlo, a que asumiera
semejante riesgo, Gardel fue terminante:
-No se habla más.
Juan Molina bajó la cabeza. No encontraba las palabras para manifestar
tanta gratitud. Viendo que su chofer no había podido rescatar de la
pensión más que lo que llevaba puesto, Gardel metió la mano en el
bolsillo interior del saco y extrajo de la billetera un puñado de
billetes.
-Comprate unas pilchas, un traje, camisas y zapatos -le dijo a la vez
que le extendía el sueldo por adelantado.
Molina negó con la cabeza. Entonces, metiéndole de prepo los billetes en
el bolsillo, le hizo ver que el chofer de Gardel no podía andar hecho
una piltrafa. Luego se calzó el chambergo y, antes de salir, de pie bajo
el vano de la puerta, le dijo:
-Esta noche, a las nueve, me pasás a buscar por casa.
Cerró la puerta y, otra vez, Ivonne y Molina se quedaron solos.
Eran dos prófugos en medio de la ciudad. Dos almas en pena ciertamente
tocadas por la desdicha, dos fugitivos ocultos en el bullicio de la
calle Corrientes. Ivonne había huido de su dorada celda de puta
francesa, Juan Molina la había seguido igual que un perro perdido o, tal
vez, como un lazarillo tan ciego como su amo. Ivonne ni siquiera salía a
la calle. No por temor, sino por pura apatía. Apenas si comía. Se
desayunaba con una extensa línea de cocaína y, a lo largo del día,
alternaba whisky con una treintena de cigarrillos. Molina no toleraba el
encierro. Mirando por el rabillo del ojo a izquierda y derecha,
ocultando la cara entre las solapas del saco y el sombrero, se alejaba
rápidamente de la calle Corrientes y se perdía por las estrechas veredas
de San Telmo. Sin poder despojarse del horroroso recuerdo de su
compañero de cuarto, Juan Molina deambulaba por la ciudad como si fuese
su propio fantasma. Acosado por el remordimiento, tenía la íntima
convicción de que estaba usurpando el lugar de Zaldívar en este mundo.
Ya fuera producto de la falta de conciencia o, al contrario, del enorme
peso que cargaba sobre ella, Molina entraba y salía de su refugio como
si los hombres de André Seguin no lo estuviesen buscando. El bulín del
Francés estaba separado del Royal Pigalle apenas por unas pocas cuadras.
Tal vez por esa misma razón, por tenerlo justamente enfrente de sus
narices, nunca lo vieron. Como si se estuviese burlando de sus
cazadores, Molina jamás dejó de llevar a Gardel al Royal Pigalle; apenas
oculto debajo de la visera de la gorra de chofer y detrás de un bigote
que le agregaba unos años, Molina frenaba frente al cabaret con la mayor
naturalidad. Nadie hubiese imaginado que el prófugo podía ser el chofer
de Gardel y, mucho menos, que tuviese el tupé de llegar hasta la misma
boca del lobo dos veces por semana.
Cerca de la madrugada, después de guardar el auto, Molina volvía a su
refugio llevando algo de comida que Ivonne apenas si probaba.
Las visitas de Gardel al bulín del Francés son ahora cada vez más
espaciadas. Y cuanto más tiempo pasa, tanto más hondo es el pozo de
desconsuelo en el que se sumerge Ivonne.
-Un día de estos me van a matar -dice mirando el fondo del vaso de
whisky.
De nada sirve que Molina intente disuadirla.
-Un día me van matar -insiste Ivonne, hablando como para sí y, mientras
se aferra a las manos de su amigo, como si estuviese suplicándole algo
que él no llega a entender, le canta:
Quién te dice, un día de estos
me encontrés por fin dormida
y al fin atorrando en paz;
no te ocupés de mis restos
y dejame que te pida
que no me recuerdes más.
No quiero flores ni llantos
ni lágrimas de tragedia
ni ruegos para mi santo,
algún día esta comedia
se tiene que terminar.
Arriba el gran tramoyista
quizá me dé el paraíso
después que aquí, en este piso,
tanto me la hizo yugar.
Sabés que igual ya estoy lista,
vestida y bien arreglada
para salir a la pista
cuando quiera cabecear
el que pasa la guadaña,
ese que sin decir nada
viene y te saca a bailar;
un tango malevo la herida restaña
y sin rencores, sin saña
te lleva pa' el otro lao.
Yo sé que ya no hay salida
cada cual vive su vida,
cada quien muere su muerte,
no me quejo de mi suerte,
a nadie voy a culpar.
Si un día me ves dormida
no me tengás compasión,
susurrame una canción,
un tango sentimental
que me haga atorrar en paz.
Cuando Ivonne termina de cantar, el chofer de Gardel baja la mirada y
dibuja una sonrisa forzada para esconder un gesto amargo. Juan Molina se
ha convertido, exactamente, en lo que no quiere ser: el confesor de
Ivonne.
-Sos muy lindo -le dice, como si se tratara de un niño, pasándole un
dedo por el hoyuelo que se le marca al costado de la boca cuando sonríe.
En estas ocasiones Molina vuelve a recuperar las esperanzas de ser otra
cosa, no sabe qué, pero no un amigo. Varias veces ha estado a punto de
confesarle todo lo que alberga su corazón. Pero como si lo intuyera,
cariñosamente, Ivonne lo rechaza diciéndole por anticipado:
-Sos como un hermano para mí -le susurra y entonces, convirtiéndolo de
pronto en su involuntario confidente, le cuenta sus pesares.
Molina hace esfuerzos ingentes para no escuchar. Cada palabra de Ivonne
es un puñal que se le hunde en el corazón. Le cuenta, con exceso de
detalle, cuánto ama a Gardel. Con una minuciosidad innecesaria, le
confiesa que ya nunca va a poder querer a otro.
-¿Me entendés? -le pregunta Ivonne a Molina.
Y Molina tiene que morderse los labios para no hablar, para no confesar
su secreto, para no abrir su corazón y cantar con toda la voz:
Cómo no voy a saber
cuánto te duele el puñal
si esa herida, ese abismo,
que te separa y te une
de las alas del Zorzal
es exactamente el mismo
que el que me ha hecho tanto mal.
No es que hoy me desayune
de lo mucho que te quiero
pero cuanto más y más te escucho
chamuyando de tus cuitas
se me taladra el balero,
me consumo como el pucho
aplastau al cenicero;
igual que la Santa Rita
que se enamora del muro
sabiendo que del cemento
nada se puede esperar,
hoy tus palabras me quitan
ese sentimiento puro
y al escuchar tus lamentos
tengo miedo'e confesar
todo lo que guarda mi alma:
amor, rencor y esperanza,
poca arena y mucha cal...
cómo no voy a saber
cuánto te duele el puñal.
Cómo no iba a entenderla. Si era exactamente lo que le sucedía a él.
Hubiera podido adelantarse a cada palabra, llenar los puntos suspensivos
de cada frase que dejaba inconclusa. Tenía que coserse la boca para no
hablar, temía delatarse con un gesto, con un asentimiento apresurado. Se
preguntaba en silencio por qué todo tenía que ser tan injusto. Ivonne
estaba tan enamorada de Gardel como Molina de Ivonne. Pero a diferencia
de ella, él no tenía a quién confesarle sus cuitas. Si al menos tuviese
ese consuelo, aquel desahogo efímero que otorga la confesión, tal vez
otra sería la historia.
11
Gardel no era el único visitante que solía llegar al "pisito". Un
reducido grupo, el círculo de amigos más allegados al Zorzal, aquel que
constituía la barra del Café de los Angelitos, tenía la llave del
departamento. Alfredo de Ferrari, los hermanos Ernesto y Gabriel
Laurent, Armando Defino, Luis Ángel Firpo, de tanto en tanto, podían
llegar en compañía de una "conocida", o bien en grupo para hacer rodar
los dados sobre la pana verde de la mesa. Nadie hacía preguntas. Si
había algún "inquilino" en el departamento, algún amigo de un amigo en
problemas, se limitaban a saludar sin hacer el menor comentario. En esas
ocasiones Ivonne se encerraba en uno de los cuartos, Molina se ponía el
abrigo y salía a la calle. No existía la indiscreción. Pero estas
visitas eran esporádicas. La mayor parte del tiempo Ivonne y Molina
estaban solos.
Gardel llegaba cada vez con menos frecuencia a aquel departamento de la
calle Corrientes. El viejo ritual de la cita a las cuatro de la tarde
era para Ivonne un lejano recuerdo. Ahora no tenía un día ni una hora
establecidos. A veces prefería caminar prescindiendo de los servicios de
su chofer. En cualquier momento y de forma imprevista tocaba la puerta
con dos golpes cautelosos y luego abría con sus propias llaves. A veces
llegaba sonriente y de buen humor. En esas ocasiones venía apretando un
ramo de rosas o de crisantemos. Entonces los ojos de Ivonne se
iluminaban. Los de Molina se ensombrecían, tomaba su abrigo y salía a la
calle. Lo que sucedía en el departamento podía inferirse por los
vestigios. Pero también podía suceder que Gardel llegara de mal talante
y con las manos vacías. Descorchaba un Cliquot sin ánimo festivo,
encendía un cigarrillo y se sumergía en un mutismo indiferente. Entonces
los ojos de Ivonne se llenaban de sombras y los de Molina se iluminaban
hasta que descolgaba el abrigo del perchero y, cuando estaba por salir,
Gardel le decía a su chofer:
-Yo también salgo.
Y se iba de la misma intempestiva forma en que había llegado. Nunca se
quedaba a pasar la noche.
Las cosas entre Gardel e Ivonne no estaban bien. Si al principio, cuando
se conocieron, el cantor tenía que luchar contra sus propios arrebatos,
ahora, aquella lucha íntima parecía haber llegado a su fin. Ivonne no
tardó en comprender que se había convertido en un trastorno. Pero lo
cierto era que no tenía adónde ir, ni estaba en condiciones, siquiera,
de salir a la calle. Todo lo que le quedaba era la amistad incondicional
de Juan Molina. Y la dolorosa piedad de Gardel.
Molina, por su parte, estaba en un callejón sin salida. Era cierto que
ser el chofer de Carlos Gardel era como tocar el cielo con las manos.
Pero también veía cómo sus ilusiones de cantor se iban evaporando a
medida que pasaba el tiempo. Había estado a un paso de la gloria.
Cuántas veces, al pasar con el camión por la puerta del Armenonville,
había soñado con cantar en aquel Olimpo del tango. Y cuando el destino
le regaló la oportunidad, la rechazó por una quimera. No estaba
arrepentido, era capaz de hacer cualquier cosa por Ivonne y, de hecho,
eso estaba haciendo. Primero fue su amigo, luego su confesor y ahora se
había convertido en su enfermero. En incontables oportunidades ella le
imploró de rodillas, rebajándose a las promesas más humillantes, que
fuera a buscarle un poco más de cocaína. Le juraba que aquella sí habría
de ser la última vez, que después podía pedirle lo que quisiera. Pero el
amor no era algo que se pudiera obtener a cambio de nada. Cuántas veces
había tenido que salir a las cuatro de la mañana a recorrer las cuevas
de "Alaska", en los alrededores de Corrientes y Esmeralda, para
conseguir, al precio que fuera, un puñado de aquella nieve que le
endureciera el corazón hasta congelarlo. Entonces ella inhalaba hasta el
fondo, hasta el último rincón del alma, y sus ojos azules se llenaban de
un brillo malicioso, frío. Así, con un calor hecho de hielo, con una
suavidad simulada tras la roca en la que se tallaba su rictus, le decía:
-Pedime lo que quieras.
Molina bajaba la mirada y permanecía en silencio.
Solamente él sabe cuánto desea esa boca, aquellos pezones que se marcan
bajo la blusa de seda. Nadie más que él sabe lo que daría por ser el
dueño de aquellas piernas delgadas e interminables que asoman por debajo
de la camisa japonesa -la usaba sin falda-, la que le había regalado
Gardel hacía ya mucho tiempo. Entonces Molina se aleja y, asomado a la
ventana para que el aire fresco lo disuada de sus viriles impulsos,
canta:
Las manos tengo que atarme
y coserme bien la boca;
yo sé que a mí no me toca
lo que no quisiste darme
porque ya tenés un dueño,
y no voy a traicionar
a ese que te quita el sueño
y a mí me da dignidad.
No me pidás que le falle
al que fue más que mi viejo,
aquel que me ofreció el techo
cuando me quedé en la calle;
vos sabés que no me quejo
por esta herida en el pecho,
y aunque el corazón me estalle
no lo voy a traicionar.
Prefiero quedarme mosca
y oficiar de consejero,
ser ese amigo sincero
que sea el que más te conozca,
que a cambio de una mirada
te escuche sin pedir nada.
Vos sabés que me aquerencio
como pingo de carrero,
que aunque no aguante la carga,
que es tan dura y tan amarga
sigue tirando en silencio...
tirando por no aflojar.
Como un eunuco de sus propios deseos, Molina se juramenta no tocarla. No
así. No a cambio de favores. Agacha la cabeza y tiene que sellar su boca
para no decirle a Ivonne cuánto la quiere.
Ninguna
Esta puerta se abrió para tu paso,
este piano tembló con tu canción,
esta mesa, este espejo y estos cuadros
guardan ecos del eco de tu voz.
Es tan triste vivir entre recuerdos...
Cansa tanto escuchar ese rumor
de la lluvia sutil que llora el tiempo
sobre aquello que quiso el corazón.
Homero Manzi
Cuatro
1
Y ahora que por fin la tiene entre sus brazos, aprieta su cintura
diminuta reclinando su mejilla sobre el escote desabrochado. La ha
encontrado recostada sobre la alfombra purpúrea, los brazos extendidos
como si estuviese esperándolo, la boca entreabierta, ofreciéndose. Juan
Molina la besa. En la vitrola suena "El día que me quieras". Tantas
veces ha imaginado ese momento, tantas veces la ha visto en brazos de
otros, y ahora que se le entrega sin resistencia y, al fin, liberada de
ataduras, Molina no puede evitar un llanto ahogado. Tiene la ilusa
esperanza de encontrar un rescoldo de vida; se aferra a su cuerpo como
si quisiera retener el último aliento. Pero al abrir la puerta, ni bien
la vio tendida sobre la alfombra, supo que estaba muerta. Corrió a su
lado, se quitó el sombrero, hizo la señal de la cruz y la abrazó. Tenía
la misma palidez de siempre, el rouge bordó se confundía con el color de
los labios mórbidos. Tal vez por su gesto sereno, quizá por el valor que
cobran los anhelos perdidos, la vio más hermosa que nunca. Los ojos
azules miraban hacia el ventanal abierto de par en par. Una brisa fresca
que anuncia lluvia mece los cortinados. Desde la calle entra la luz
intermitente del cartel de neón de Glostora. Por un momento cree ver una
mueca repentina, pero son las refulgencias irregulares que, al iluminar
la cara de Ivonne, crean la cruel ilusión. Junto a ella descubre el
cuchillo asesino. Molina no está en condiciones de pensar. Llora con un
desconsuelo infantil. Sentado junto al cadáver, intenta hacer memoria.
No recuerda haberse cruzado con nadie en el pasillo ni en el ascensor.
Acaricia el pelo rojo de Ivonne e intenta pronunciar su nombre. Pero no
puede. Sólo él y nadie más que él sabe cuánto la quiere. Daría su propia
vida por volver a escuchar su voz grave, sus frases cáusticas hechas de
justo rencor y cautelosa perfidia. Siente remordimiento; se arrepiente
de no haberle confesado todo lo que guardaba en su corazón. Juan Molina
se asoma al ventanal y, mirando hacia el cielo palidecido por las luces
del centro, con una mezcla de indignación y desconsuelo, canta:
Decime Dios que no es cierto,
decime que estoy soñando
La más atroz pesadilla;
quisiera caerme muerto
si no estoy alucinando.
Decime Dios con qué arcilla
construiste mi destino,
por qué causa misteriosa
me quitaste en un segundo
con un puntazo asesino
del rosal la única rosa
que pa' mí había en el mundo.
Decí Dios cómo se hace
pa 'poder seguir viviendo
con este dolor del alma
que de las entrañas nace,
de dónde sacar la calma,
cómo tener el consuelo
que devuelva la razón
o que nunca más la tenga;
ya sé, no merezco el cielo
y me dice el corazón
que arriba ya no he de verla,
que ni aunque apriete el gatillo
para rajarme con ella
tan esquiva me es la suerte
que en alto conventillo
ha de tocarme otra estrella;
no habrá consuelo en la muerte
que es eterna y sin salida
no habrá consuelo en la vida
que es cruel desde que se nace
hasta el día más tremendo.
Decime Dios cómo se hace
pa 'poder seguir viviendo.
Mira en derredor; de pronto aquel departamento ajeno que le ha dado
cobijo durante las últimas semanas le resulta por completo extraño. De
hecho, con el tiempo, ha llegado a odiarlo. Aquellas paredes empapeladas
con flores claras, ese aire viciado de clandestinidad le producen una
claustrofobia que le cierra la garganta. La única razón que le hacía
soportar el encierro era la compañía de Ivonne.
-Un día me van a matar -le había dicho Ivonne, con una sonrisa que
ocultaba quién sabía qué. Molina había intentado disuadirla. Y aun
sabiéndolo, jamás quiso convencerse de que era aquélla una posibilidad
cierta.
-Un día me van a matar -decía Ivonne, contemplando el vaso de whisky con
una sonrisa resignada. Pero Molina no había querido prestarle atención.
Ciertamente era difícil descifrar el espíritu de Ivonne, saber qué había
más allá de su piel blanca como la porcelana, qué se ocultaba detrás de
aquellos ojos azules, hechos de una alegría dudosa que se tornaba en
duelo con el suceder del champán. Y ahora, viendo las incontables
cuchilladas que le abrían el pecho, el cuello, el vientre, a Molina se
le antojó que la saña inexplicable tenía el propósito de conocer qué
secretos ocultaba su corazón. Se veía como una muñeca a la que un niño
hubiese abierto para descubrir, desilusionado, su esencia de estopa. Qué
sentimientos albergaba su alma. Era esta una pregunta que Molina no
hubiese podido contestar siendo, quizá, quien mejor la conocía.
-Un día me van matar -decía Ivonne con tono burlón, sabiendo, tal vez,
que estaba escribiendo su propio destino.
Meciéndose como un chico, la cabeza entre las rodillas, los brazos
enlazados sobre sus propias piernas, Juan Molina se refugió en la
memoria con el solo propósito de revivirla en el recuerdo. Y así se
quedó, junto al cadáver de la mujer que amaba.
2
Desmoronado sobre el sofá del salón, Molina detuvo el derrotero de sus
ojos sobre el cuchillo que descansaba de su macabra tarea paralelo al
cuerpo de Ivonne. Era un cuchillo pequeño, de hoja corta y mango de
madera. El rojo de la alfombra y el de las cortinas, el rojo de la
camisa japonesa y el rojo del tapizado de los sillones, sumado al rojo
titilante que entraba por el ventanal, irradiado por el cartel de neón,
disimulaban la sangre desparramada por todo el cuarto. Tal vez por ese
motivo, el cantor no había notado al entrar el horrendo reguero que
había salpicado todo. Miró sus manos y su ropa, y descubrió que en el
interminable adiós del abrazo se había manchado íntegro. De pronto pensó
que si en ese mismo momento entraba alguien, hecho probable por otra
parte, la primera impresión que habría de formarse no dejaría lugar a
dudas: la mujer muerta sobre la alfombra, el arma displicentemente
tirada junto al cuerpo y un hombre empapado en sangre. Sin embargo, se
deshizo rápidamente de aquella ocurrencia. No le importaba. El mundo
acababa de desmoronarse, no había un después ni un mañana. No albergaba
otro sentimiento más que el dolor. Iba a llamar a la policía. Pero no
ahora. Ya habría tiempo para ocuparse de todo lo demás. No era el
momento para pensar en los trámites. Él mismo habría de disponer los
medios para que tuviera cristiana sepultura. Pero ahora quería rendirle
aquel íntimo homenaje en soledad. Afuera había empezado a llover. Volvió
a hacer un recorrido sumario en torno al salón, buscando los indicios
del día que estaba llegando a su fin, como si quisiera reconstruir las
últimas horas de Ivonne; con quién había estado, qué había hecho.
Entonces, casi por casualidad, sobre la mesa rinconera que estaba detrás
de él, vio un objeto que le era familiar: un Ronson dorado, en cuya
superficie se leían las iniciales de su dueño: C.G; el mismo encendedor
con el que tantas veces lo había visto jugar, haciéndolo girar entre sus
dedos. El mismo Ronson de oro que solía dejarse olvidado y que tantas
veces él, Molina, había rescatado de la mesa de algún restaurante cuando
Gardel llevaba puesta alguna copa de más. Como para confirmar la
secuencia, sobre la mesa ratona había una copa vacía junto a una botella
de Cliquot, el único champán que tomaba Gardel, y que él mismo se
ocupaba de que no faltara en aquel departamento. Desvió la mirada. No
quiso seguir pensando. Escuchaba cómo las gotas de lluvia chocaban y se
evaporaban al contacto con el neón del cartel. Si Molina hubiese estado
en condiciones de hacer conjeturas, no le habría sido difícil deducir
que Gardel había estado en la casa. Y, probablemente, quiso evitar que
alguien se enterara de su visita. De hecho, cuando Gardel decidía
llegarse hasta el departamento, si el propósito era encontrarse a solas
con Ivonne, antes llamaba por teléfono para asegurarse de que no
estuviera ninguno de sus amigos; algunas veces le pedía a Molina que lo
pasara a buscar con el auto y lo llevase hasta el pisito de la calle
Corrientes. En esas ocasiones se disculpaba con Molina, rogándole que lo
esperara afuera para que pudiera estar a solas con Ivonne. Por lo
general se quedaba un par de horas, bajaba con una inocultable
pesadumbre, entraba rápidamente en el auto y, finalmente, le decía a
Molina que lo llevara de vuelta a su casa. Durante los últimos tiempos
Gardel no podía disimular cierto disgusto. Viajaban en silencio. Fumaba
sin pronunciar palabra. Una sola vez, visiblemente irritado -cosa
realmente infrecuente-, cerró violentamente la puerta del coche y, como
para sí, musitó:
-Esta mina me va a volver loco.
Luego de estas visitas furtivas, cuando Molina volvía al departamento,
encontraba a Ivonne llorando sin consuelo.
También podía suceder que Gardel fuera al bulín del Francés a
encontrarse con sus amigos. Y era entonces que Ivonne se encerraba en el
cuarto. Por lo general se quedaban hasta la madrugada jugando a las
cartas o a los dados. Solían apostar fuerte y, aunque lo disimulaba, a
Gardel no le gustaba perder. Tal vez el juego era el punto más débil del
Zorzal. Parte de la fortuna que había ganado en París y Nueva York la
había perdido en el hipódromo de Palermo. Muchas veces se había
prometido no volver a pisar los circuitos del turf. Durante esos breves
períodos, suplía la pasión por los caballos con el consuelo del póquer o
del cubilete. Sea por la razón que fuere, cada vez que iba al
departamento, siempre llamaba antes a Molina para que lo pasara a buscar
y lo llevara. El encendedor y la botella de Cliquot eran una prueba
irrefutable de que Gardel había estado en el bulín. Pero por alguna
razón no había llamado a Molina.
3
Juan Molina nunca pudo precisar el tiempo que había pasado desde que se
quedó profundamente dormido, abrazado al cuerpo de Ivonne, hasta que
despertó en un cubo de dos metros de lado, maloliente y húmedo. Levantó
la vista y vio un ventanuco enrejado desde cuya negrura entraba un
viento helado. Trató de incorporarse pero, como si le hubiesen amputado
las piernas, se desplomó como un peso muerto. Movió los pies rotando los
talones, intentando restablecer la circulación, y descubrió que los
zapatos estaban despojados de sus cordones. Tampoco llevaba puesto el
cinturón ni la corbata. Un dolor intenso le hacía latir el arco
superciliar, el ojo y el pómulo izquierdos. Se tomó la cara con las
manos y, cuando se miró las palmas, pudo comprobar que tenía sangre a
medio coagular. Respiró profundamente y entonces sintió como si le
hundieran una vara de hierro entre las costillas. Se levantó la camisa y
vio un rosario de hematomas que le surcaba el tórax y el vientre. Unos
aguijones punzantes le recorrieron las piernas, hasta que, poco a poco,
empezó a recuperar la sensibilidad. Con dificultad, consiguió ponerse de
pie; se asomó a la pequeña ventana horizontal, pero todo lo que vio al
otro lado fue la pared de ladrillo desnudo de un pasillo en penumbras.
La puerta del cubículo era una plancha de metal remachado en cuyo centro
había una abertura del tamaño de la boca de un buzón. Se agachó y cuando
miró por aquella rendija, descubrió unos ojos negros que lo estaban
escudriñando.
-¿Durmió bien el señor? -dijo una voz tras la puerta.
Molina intentó hacer memoria. Pero el último acontecimiento que
recordaba era el íntimo velatorio de Ivonne. Tenía sed. Una pasta
viscosa, casi sólida, hecha de saliva y sangre, le resecaba el paladar y
la lengua. Tuvo el impulso de escupir, pero era tanta la sed, que se
tragó aquella suerte de argamasa acre como si fuese agua de manantial.
-¿El señor desea beber algo? -dijo una boca que se movía tras el
resquicio de la puerta, allí donde antes estaban los ojos.
Juan Molina asintió con la cabeza sin entender del todo. Lo único que
había comprendido claramente era la palabra beber. Escuchó un tintineo
de llaves y luego el estruendo de un pasador golpeando contra el tope.
La puerta chirrió sobre las bisagras y se abrió dejando ver la obesa
figura de un policía. Antes de que pudiera articular palabra, Molina
sintió que lo tomaban de los pelos y lo arrastraban por un pasillo.
Estuvo a punto de desvanecerse nuevamente, cuando de pronto lo arrojaron
sobre una silla. Ni bien apoyó su doliente columna contra el respaldo,
tuvo la impresión de estar apoltronado en un mullido sofá. No quiso
cerrar los párpados cuando, frente a sus ojos, encendieron una lámpara;
fue como si un sol de mediodía le devolviera el calor que había perdido
en la celda. Pero el descanso dura poco: un puñetazo en el mismo ojo que
tiene lastimado lo sustrae de su breve placidez. Cree distinguir la
silueta de tres personas tras el foco. Cree entender que lo están
interrogando. Cree ver que, entre pregunta y pregunta, pasan una jarra
con agua muy cerca de su boca. Pero estas no son más que percepciones
inciertas y difusas. Uno de los policías, a quien reconoce como tal
cuando lo tiene a pocos centímetros de la cara, le acerca el bigote al
oído y le canta con un falsete burlón:
Ahora sí vas a cantar
como tanto lo buscaste,
andá templando el garguero
o de este sucio agujero
nunca más vas a olivar.
Que la voz no se te empaste,
hoy te espera una ovación,
este no será el Colón
pero sabrás disculpar...
Cuando termina de entonar las primeras estrofas, el policía de bigotes
descarga sobre el párpado de Molina un golpe de cachiporra brutal y,
hecho esto, se aleja un paso para dejar el lugar a su compañero:
El público espera ansioso
tu tanguera confesión,
mejor no te hagás rogar
o en este mugriento pozo
vas a quedarte a torrar.
Prepará la partitura,
imagínate una orquesta
que hoy me quiero deleitar,
mirá que es cruel la tortura
en esta sala que apesta
si te negás a cantar.
Ambos policías hacen un breve silencio, le acercan la lámpara un poco
más y, viendo que el interrogado se niega a hablar, mientras uno le
aprieta la garganta cortándole la respiración, el otro le retuerce los
testículos, a la vez que cantan a dúo:
Sabe que en este escenario
ha pasado cada artista
que no ha querido entonar
y por hacerse el otario
ahora se encuentra en la lista
de la morgue judicial.
Dale, larga la canción
que este público lo exige,
no nos hagas esperar
y danos tu confesión
porque es como te lo dije:
esta vez vas a cantar.
De haber podido hablar, Juan Molina hubiese dicho lo que sus
inquisidores querían escuchar. Alguien dejó caer sobre sus labios tres
gotas de agua; Molina las buscó con la lengua, temiendo que rodaran
desde las comisuras y escaparan de su boca. Antes de que pudiera
paladearlas, al solo contacto con la piel, habían sido absorbidas como
si su boca fuese un terrón seco y resquebrajado. Y otra vez, las mismas
preguntas, cuyo sentido no alcanzaba a entender. Hubiese querido que le
pegaran del otro lado, en el otro ojo pero, igual que los boxeadores que
buscan acrecentar la herida del contrincante, volvían a descargar los
golpes en el ojo izquierdo que ya se le había cerrado por completo. Se
desvanecía y, tan pronto como perdía el conocimiento, le mojaban la cara
para arrancarlo del descanso que otorga el desmayo y volvían a la carga.
Los dos policías, viendo que Molina no podía hablar, decidieron cambiar
la táctica. Le limpiaron las heridas con una toalla húmeda, lo
recostaron sobre un sillón y, finalmente, le dieron de beber. Poco a
poco el universo comenzó a cobrar forma. Las caras, los objetos, el
tiempo y el espacio empezaron a acomodarse. Pese a que veía con un solo
ojo, Juan Molina entendió que estaba en una comisaría. Le extendieron un
cigarrillo encendido; fumó con un placer hasta entonces desconocido.
Pese a los tormentos, mientras sostenía con una mano el vaso con agua,
no pudo evitar un sentimiento de gratitud irracional hacia aquellos
mismos que lo habían molido a golpes. Sólo entonces descubrió que bajo
el vano de la puerta, apoyado contra el marco, con una pierna recogida
sobre la madera y el sombrero volcado hacia la frente, había un tercer
hombre que presenciaba la escena. En ese mismo momento, al sentirse
interrogado por la mirada tuerta de Molina, el tipo se acercó.
-Soy el doctor Barrientos -dice, al tiempo que le tiende la mano-,
¿tiene un abogado? -le pregunta con desidia, como si ya conociera la
respuesta.
Molina se limita a negar con la cabeza.
-Ahora lo tiene, soy su defensor de oficio -le dice y, mientras abre un
portafolios, empieza a cantar:
Dejame que me presente,
yo soy el doctor Barrientos,
abogado defensor
de pobres, giles y ausentes,
quizás haya otro mejor
pero vos no tenés vento
para garpar un bufete;
no te queda alternativa
que te atienda un servidor.
Del portafolios extrae unos papeles y una lapicera que deja sobre las
rodillas de Molina, mientras le explica su táctica de defensa:
Yo que vos me planto en siete
y voy tragando saliva
porque viendo el expediente
son malas las perspectivas.
Te lo bato bien de frente:
(no lo digo por ortiva)
si me pedís la opinión
o te declarás demente
o firmás la confesión.
Para convencerlo, el abogado enlaza la lapicera entre los dedos yertos
de su defendido y lo insta a firmar mientras canta:
Te lo digo de una vez,
si te interesa tu suerte,
para endulzársela al juez
te cargás con esa muerte
pa' que te bajen la pena.
Es la única salida:
una liviana condena
o encanao toda la vida.
Si su abogado defensor había presenciado sin inmutarse aquel
interrogatorio, Juan Molina no quiso imaginarse al que habría de ser su
fiscal. De todos modos, ayudado por el firme pulso de su abogado, Juan
Molina firmó la confesión que descansaba sobre sus rodillas. Hecho esto,
el doctor Barrientos sonrió y palmeó las doloridas espaldas de su
cliente.
4
Fue un proceso rápido. La sentencia se dictó con la premura de un juicio
sumario, como si aquel hubiese sido un tribunal de guerra. Juan Molina,
sentado en el banquillo de los acusados con la desidiosa compañía de su
abogado defensor, siguió el proceso como si fuese un indiferente testigo
y no el imputado. Imaginaba cuál iba a ser el fallo y, sin embargo, no
hizo nada por revertir su situación. Era verdad que había firmado la
confesión que la policía había puesto frente a sus rotas narices; pero
no era menos cierto que si su abogado no le hubiese sugerido rubricarla,
podría haberle hecho ver al juez de qué modo había sido obtenida aquella
declaración. Al fin y al cabo, tal como constaba en actas, él mismo
había llamado a la policía después de haber encontrado el cadáver. Pero
lo cierto era que luego de la muerte de Ivonne a Molina le importaba
poco su suerte. Jamás mencionó el nombre de Carlos Gardel; prefería
pasarse el resto de su vida en la cárcel antes de complicar al Morocho
en un escándalo de derivaciones impredecibles. Por otra parte, las
evidencias en su contra, a primera vista, parecían irrefutables: la ropa
íntegramente manchada con la sangre de la muerta; los abrazos póstumos,
cuyos rastros daban la apariencia de un forcejeo; el hecho de que la
puerta no hubiera sido violada y de que él tuviese las llaves del
departamento y, sobre todo, que el mango del cuchillo presentara las
huellas dactilares de Molina. Podía haber alegado en su defensa que
aquella cuchilla pertenecía al inventario de la casa y que, de seguro,
varias veces la había manipulado. Pero no le interesaba decir nada en su
favor. No quería complicar a nadie. En rigor, su existencia le era por
completo indiferente sin Ivonne.
El juez era un hombre obeso con ciertas pretensiones de magistrado
británico. Una cabellera blanca, escasa y ondulada le caía sobre el
cuello y las orejas, semejante a una peluca deteriorada. Desde su
estrado, examinaba a Molina como si fuese una suerte de animal de
exhibición. Escuchaba las ponencias de los abogados y los testigos con
una indiferencia disfrazada de imparcialidad. Cuando alguno de los
declarantes se extendía en su discurso más allá de las breves fronteras
de la paciencia del Juez, Su Señoría, ostensiblemente fastidiado,
extraía un reloj de bolsillo y hacía una suerte de prestidigitación,
pasándolo entre sus dedos nerviosamente.
El fiscal estaba convencido de la culpabilidad de Juan Molina.
Ciertamente exageraba con su oratoria inflamada y sus gestos
grandilocuentes. La profusión de adjetivos tales como "bestial",
"salvaje", "inhumano", "despiadado", "sanguinario" y "monstruoso" con
los que adornaba su discurso a la vez que señalaba al acusado con su
índice acusatorio, tenían un estudiado propósito. Pero no sólo hacía su
trabajo; albergaba la convicción cierta de que aquel hombre callado y
corpulento era un asesino. El hecho de que fuera campeón de lucha
grecorromana, la fama de hombre rudo y su porte, no obraban a favor de
Molina; era el retrato viviente del homicida. Evidentemente, esa misma
brutalidad con la que derribaba a sus contrincantes en el ring, aquellos
instintos primarios que constituían su modo de vida y su sustento,
fueron los mismos que lo condujeron a arrebatarle la vida a esa
prostituta que no tuvo modo de defenderse.
El fiscal improvisa un relato con ribetes literarios, construido con una
prosa tomada de las crónicas policiales; con frecuencia menciona las
palabras "despecho" y "venganza", y pone en boca de Ivonne (llamada
durante todo el proceso con el nombre de Marsenka Rakowska o "la
occisa") términos tales como "rechazo", "terror" e "indefensa". Una
taquígrafa oculta tras unos anteojos cuya graduación es tal que se
dirían inexpugnables maltrata las teclas de una máquina estenográfica
que suena como un piano al que le hubiesen quitado las cuerdas. Pero el
ritmo machacón sirve de compás para que el fiscal se plante ante el juez
y cante:
Observe, Su Señoría
esa mirada feroz,
esos ojos inhumanos,
imagínese esas manos
hacer la carnicería
bestial, monstruosa y atroz.
Es ese instinto asesino
el que le dio su trabajo,
son sus impulsos más bajos
los que guían su camino.
El fiscal camina ahora en torno a Molina como lo, haría un cazador
alrededor de su presa herida. Sin dejar; de mirar al juez, entona:
Observe, Su Señoría,
ese gesto despiadado,
ese porte de animal
al descargar el puñal
y hacer de sangre una orgía
después de haberla matado.
El juez parece haber salido de su letargo, y ahora escucha el alegato
del fiscal quien, cantando con voz imperativa, declara:
La cínica confesión
de este cruento criminal
es una burla soez,
por eso, le pido al juez
que se pudra en la prisión
hasta su juicio final.
Cuando termina de cantar el fiscal, la taquígrafa concluye la
transcripción haciendo un sol-do involuntario con las teclas, marcando
el fin del elocuente alegato.
La sala donde tuvo lugar el juicio era por completo diferente de lo que
imaginaba Molina. No había gradas ni jurado, no había público ni prensa.
Aquel recinto parecía una oscura oficina pública antes que la majestuosa
sede de la ley. Y, por cierto, el proceso tenía un trámite más cercano a
una diligencia burocrática que a una ceremonia jurídica. Dentro de aquel
cubículo de paredes descascaradas presidido por un Cristo sobre el
estrado, sólo estaban el juez, el defensor, el fiscal, la taquígrafa,
que había recobrado su actitud asténica, y un policía de guardia.
Cuando el magistrado consideró que estaban reunidas todas las pruebas y
testimonios, le preguntó a Juan Molina si ratificaba la confesión que
había firmado, si ante su persona se declaraba inocente o culpable.
-Lo dejo a su consideración -fue la escueta respuesta del acusado.
Entonces el juez leyó la sentencia, cuyo final decía:
-Se condena al acusado a reclusión perpetua.
5
Durante el breve tiempo que duró el juicio, Juan Molina ocupó una celda
en la cárcel de encausados de Caseros, aquel purgatorio donde los
procesados esperaban la sentencia, a veces durante años. Apenas si
conversaba con sus compañeros de pabellón. Sin embargo, todo se sabía.
Sabían que había sido luchador en el Royal Pigalle y que se lo acusaba
del asesinato de una prostituta; y hasta se rumoreaba el nombre de
Carlos Gardel. Pero nada de esto fue escuchado de su boca. Nunca se
metió con nadie y jamás se metieron con él, no sólo porque Juan Molina
imponía respeto con su porte, sino porque su misterioso silencio edificó
una fortaleza en torno de su persona. Las únicas visitas que recibía
eran las de su madre y su hermana. Nadie más. Ni su representante, ni
los viejos conocidos del café del Asturiano, ni sus antiguos compañeros
del astillero, ni los muchachos de la trouppe. Nadie. Cierta vez fue a
verlo Carlos Gardel, como habremos de ver más adelante. Lo cierto es que
desde la muerte de Ivonne nada tenía demasiada importancia.
La misma fama de hombre recio y los mismos rumores lo acompañaron a la
cárcel de Las Heras, una vez que obtuvo la rápida sentencia. Poco a poco
su espíritu se fue reconciliando con las cosas de este mundo. Durante
los recreos le gustaba sentarse en las escalinatas del patio, siempre en
el rincón más retirado y, envuelto en la eterna nube de humo de su
cigarrillo, miraba los partidos de fútbol entre los otros reclusos. Se
hizo un buen amigo, un tal Ceferino Ramallo, hombre de Entre Ríos,
sentenciado por doble homicidio -su mujer era una de las víctimas, la
otra se sobreentiende-, buen cantor y guitarrero. Y, quizá sin que él
mismo lo advirtiera, Molina estaba cerca de iniciar su carrera, de dar
curso, por fin, a su sueño más anhelado. El día que se conocieron el
cantor y el guitarrista, no hizo falta ni siquiera una conversación;
mientras Ramallo afinaba la vigüela con un arpegio campero a la sombra
del único plátano del patio de la cárcel, Molina, haciendo pie sobre la
misma nota, cantó:
No hablemos de nuestras cuitas,
olvidemos que estas rejas
nos separan del ayer.
Igual que esa Santa Rita
que escapa sobre las tejas
y a lo lejos puede ver,
también nosotros podemos
huir hasta el horizonte
y al viejo arrabal volver.
Por eso, hermano, cantemos,
mientras la guitarra apronte
una copla, un dos por cuatro,
hasta la celda más rante
o la gayola más cruel
ha de ser como un teatro
con decorados radiantes
y lámparas de cairel.
Vayámonos para el centro
y que suspiren las minas,
venga un apretón de manos
pa' celebrar el encuentro
del guitarrero Ramallo
y del cantor Juan Molina.
Quién sabe, quizá bajo otras circunstancias el dúo Molina-Ramallo
hubiese brillado con la misma intensidad que la dupla Gardel-Razzano.
Pero, aunque acotado a un mundo algo más pequeño, llegaron a gozar de
una fama proporcional. Primero Molina y Ramallo se juntaban a cantar con
el único propósito de escapar de aquellos muros sórdidos, a caballo de
las alegres coplas de provincias que proponía el entrerriano y de los
versos amargos de los tangos con los que le retrucaba Molina. Luego se
fue sumando un auditorio reducido aunque fiel. Más tarde el público
carcelario fue llenando el espacio del pabellón hasta colmarlo por
completo. Juan Molina se hizo famoso.
Qué sucedió aquella tarde en la que el chofer de Gardel encontró el
cadáver de la mujer que amaba es algo que Molina empezó a inferir tiempo
después, luego de que el propio Gardel lo fuera a ver a la cárcel.
Aquella breve visita iba a devolverle a Molina la capacidad, y ante todo
la voluntad, de pensar con claridad. De tanto en tanto, y tal vez a su
pesar, Molina se perdía en el rincón más oculto de la cárcel y en la
oscura soledad intentaba reconstruir aquella fatídica tarde. Recordó que
después de abrazarse desconsolado al cuerpo de Ivonne, se incorporó,
caminó hasta el ventanal sin dejar de mirar el cuerpo tendido sobre la
alfombra, se enjugó las lágrimas con el pañuelo y, recostado sobre el
alféizar, encendió un cigarrillo. Oteó en derredor buscando algún
indicio, una huella que denunciara una visita reciente. En el cenicero
se apilaban las colillas de los BIS teñidas por el rouge, mezcladas con
otras. Más allá había una botella vacía de champán y, en la repisa del
rincón, el Ronson de oro que tenía grabadas las letras C.G. Pero se
resistía a aventurar hipótesis; hasta no estar completamente convencido
de su conjetura, prefería permanecer callado; no quería involucrar a
nadie sin tener todos los elementos para reconstruir ese momento
fatídico. Sin embargo, durante los primeros tiempos de reclusión evitaba
pensar. Solamente quería cantar y recibir las ovaciones de los
habitantes de aquel universo intramuros, igual al de afuera pero
reducido en el espacio, extendido en el tiempo, y donde las pasiones
tenían que desatarse en aquella estrecha cornisa donde las horas
parecían no transcurrir y los cuerpos debían convivir en hacinamiento.
Por lo demás, salvo porque todo era más evidente y brutal, el mecanismo
que gobernaba su funcionamiento, en nada se diferenciaba del mundo que
se extendía más allá de las paredes. Entendido en estos términos
relativos, podía decirse que Juan Molina era feliz. Había conseguido o,
para decirlo con propiedad, empezaba a conseguir lo que tanto había
buscado afuera. Ahora no tenía que someterse a las humillaciones que,
día tras día, le deparaba el ring del cabaret cuando tenía que
disfrazarse con las denigrantes calzas rojas. En la cárcel era uno de
los pocos privilegiados, vestía traje y corbata, y un sombrero de
fieltro ladeado hacia la izquierda. Era una verdadera estrella. No
faltaban las oportunidades en las que algún admirador vestido con el
traje a rayas se le acercaba tímidamente para pedirle un autógrafo. Los
reclusos se sentían orgullosos de tenerlo a Molina en Las Heras, de la
misma manera que los porteños se envanecían de que Gardel viviera en
Buenos Aires sin importarles dónde había nacido ni qué nacionalidad
tenía. Ceferino Ramallo lo secundaba con humildad, le hacía los coros
con digna discreción y tocaba la guitarra con maestría. Llegó a ser su
mejor amigo. Cuando Juan Molina por fin pudo acariciar el dulce sabor
del reconocimiento, una triste noticia llegó a sus manos. Fue el propio
director del penal quien le extendió, compungido, la orden que acababa
de llegar de la justicia: habían decidido trasladarlo a la cárcel de
Devoto. Ese día hubo duelo en la cárcel de la calle Las Heras. Molina y
su mitad se fundieron en un abrazo eterno y silencioso, escondiendo un
llanto que, de no haber sido contenido por los códigos de hombría,
hubiese inunda do Palermo.
6
Una fría mañana de julio, Juan Molina es trasladado en un camión jaula
desde Las Heras hasta Devoto. Esposado y con los brazos sujetos a un
pasamanos, vigilado por cuatro guardias, mira entre los barrotes la
ciudad destemplada. El reencuentro con las calles de Buenos Aires le
devuelve parte de la memoria que había perdido y le produce una alegría
que, por su misma fugacidad, se transforma en tristeza. Una vez más,
como si aquel fuese su destino, cuando estaba a un paso de la gloria, la
suerte le muestra el lado ingrato de la taba. En el mismo momento en que
el fantasma de Ivonne empezaba a disiparse y podía disfrutar nuevamente
su incierta existencia, la fatalidad vuelve a ensañarse con él. El
recuerdo de la mujer que tanto había amado se adueña otra vez de su
pensamiento para atormentarlo como un castigo. Mientras el camión celda
que lo traslada se va internando por las calles de Devoto, Molina se
siente como quien es enviado al destierro en el fin del mundo. Empezar
de nuevo, hacerse respetar, encontrar su lugar, ganarse algún amigo o
varios enemigos y, quién puede decirlo, saber si va a poder volver a
construir su sitial de cantor de tango; de sólo pensarlo le entra una
pereza rayana con la ausencia de ganas de vivir.
Finalmente el camión transpone el portal de la cárcel y se detiene
frente a una barrera. Hay un silencio mortuorio. Dos de los guardias
toman a Molina por los hombros, uno a cada lado, y lo bajan con tal
exceso de celo, que se diría que temieran un intento de rebelión. Otra
vez, volvía a ser un anónimo. Quizá lo primero que le espere sea el
decomiso de su traje cruzado y el cambio por uno de rayas. Lo hacen
pasar a una oficina y allí lo recibe un hombre regordete y de bigotes.
-Lo estábamos esperando -le dice escueto y, dirigiéndose en tono marcial
a los guardias, les ordena:
-No lo suelten hasta que lleguemos al pabellón.
Otra vez lo tratan como si fuese un asesino feroz y no el más respetable
de los cantores que era hasta hacía unas horas.
Mientras lo conducen por un pasillo frío que desemboca en un patio, Juan
Molina tarda en comprender lo que está sucediendo: una multitud que
colma el patio y se aglomera contra los barrotes de las ventanas, presos
trepados a horcajadas entre sí, lo están esperando. No bien se asoma el
cantante todo es aclamación, gritan su nombre y aplauden. Los guardias
se ven de pronto obligados a protegerlo de tanta efusividad hecha de
manos que se estiran para conseguir su saludo, de la tenacidad de
aquellos que se acercan con la intención de abrazarlo. De pronto la
ovación desordenada se va convirtiendo en una canción general que suena
como los coros multitudinarios que bajan de las gradas de las canchas de
fútbol:
No será esta gayola el Odeón,
no será el Mulín Rush
ni franchutes estos crotos,
pero igual, hay que ver,
cómo la platea ruge
cuando el pibe del camión
hace su entrada en Devoto.
Molina no puede creer aquel recibimiento. Los presos más peligrosos se
abrazan a las rejas y los otros, enlazados entre sí, forman una masa
danzante y exaltada a lo largo de las galerías de los pabellones y, a
voz en cuello, cantan:
No será el atalaya el Big Ben,
no será de los lores la corte
ni tenemos pretensiones,
pero igual, hay que ver,
las quebradas y los cortes
de todos los "nenes bien"
cuando bailen tus canciones.
Sin dejar de bailar, los reclusos conducen a Molina por los distintos
pabellones con la hospitalidad de un único y gran anfitrión, mostrándole
la que habrá de ser su nueva casa:
No será el pabellón el Alvear,
no será el Grand Hotel
ni siquiera una rante pensión,
pero igual, hay que ver,
cómo te van a tratar,
más mejor que a Gardel
cuando estuvo en Nueva York.
Como si las autoridades de la cárcel facilitaran los festejos, todos los
presos alzan de pronto en sus manos unos jarritos metálicos y
desiguales, y en un canto unánime, saludan:
Levantemos nuestras copas sin champán,
elevemos nuestros votos
y brindando a tu salud
celebremos con un cóctel de agua y pan
porque va a ser en Devoto
tu más estelar debut.
Juan Molina recordó aquel lejano día, cuando era un chico, en el que
había visto a Gardel por primera vez. Y ahora lo recibían a él con
idéntico cariño. Su figura era un mito en todas las cárceles del país;
su nombre había recorrido, de boca en boca, cada una de las celdas de
cada presidio. En el universo paralelo, subterráneo, que constituían las
prisiones, era el hombre más famoso. El recibimiento que le dieron en
Devoto era para Molina más emotivo que el que cualquier cantor de tangos
recibiera en París. Y marcó el inicio de su carrera como solista. La
forzada separación de Ceferino Ramallo fue borrando el mítico nombre del
dúo Molina-Ramallo, para convertirse en el terminante, escueto y sonoro
Juan Molina con que todos lo habrían de conocer.
7
Nada diferenciaba a Juan Molina de una celebridad de las "de afuera".
Era, a su modo y en ese mundo paralelo, un hombre rico. Vestía los
mejores trajes, vivía en una "residencia" apartada dentro del pabellón
más cercano a la dirección del penal, dormía en una cama cómoda, comía
la misma comida que el director, fumaba cigarrillos BIS y, de tanto en
tanto, un habano cubano. Tenía su asistente, al que siempre presentaba
como "un amigo", aunque fuese sólo una formalidad, y una suerte de
representante que arreglaba el "cachet". Solía dar sus funciones los
viernes y sábados en el patio principal y ese era el acontecimiento más
importante de la cárcel. El resto de los presos le profesaba una
adoración sin límites. Y le estaban agradecidos por la alegría que les
regalaba Molina dos veces por semana.
De la misma forma en que los presidentes homenajeaban a los mandatarios
extranjeros presentándoles a los mejores artistas locales, el director
de la cárcel, cada vez que venía de visita alguna autoridad nacional, lo
agasajaba con las canciones de Juan Molina consiguiendo, de paso,
exhibir los resultados de su gestión al frente del penal.
Una tarde, sin que lo esperara, le anuncian a Molina la llegada de una
visita. La noticia corre como reguero de pólvora entre los pabellones,
la cárcel se conmueve:
Carlos Gardel en persona ha venido a verlo. A solas, con la única
presencia de un guardia que no puede despegar la vista del Zorzal,
Gardel y Molina se miran en silencio. Fuman. Hay en la mirada del
Morocho del Abasto algo que sólo Molina puede entender. Son ahora, cada
uno en su medida, dos eminencias. Carlos Gardel nunca habrá de
perdonarle que jamás le dijera que él también era cantor. Pero por
primera vez lo mira de igual a igual. Tienen tantas cosas para decirse
que prefieren callar. El antiguo y leal chofer busca la frase más breve
y la menos sentimental para pedirle a Gardel que no vuelva a verlo.
Gardel comprende. No hace falta ninguna aclaración. El visitante se pone
de pie, aplasta la colilla del cigarrillo con el zapato, se da media
vuelta y se va sin saludar. Ambos supieron que aquella tarde habría de
ser la última vez que habrían de verse.
A Molina le gustaba cada tanto perderse en los recovecos de la cárcel y,
como siempre, buscar el lugar más oscuro y retirado, encender un
cigarrillo y, tras la cortina de humo, abstenerse de recordar. Pero
desde el día en que Gardel lo visitó, Juan Molina no podía evitar el
intento de reconstruir los hechos de esa lejana tarde en la que encontró
el cuerpo de Ivonne. En la soledad de su oscuro refugio, como si se
hubiese tratado de una revelación, a su pesar fue uniendo los cabos
sueltos que habrían de hacerle comprender qué había sucedido esa trágica
noche. Molina recordó que después de abrazarse al cuerpo de Ivonne,
caminó hasta el fonógrafo y liberó el disco del acoso del brazo
rebotando contra el final del surco. Estaba mareado. Confundido. Por un
momento dudó si él mismo había puesto a andar la vitrola. Reconstruyó
los hechos desde que había entrado y recordó que sí, que el disco estaba
puesto y que él no había hecho más que darle manija. La luz intermitente
del cartel volvía todo más confuso. Sobre el bahut había un frasquito
vacío, sin el menor rastro de su contenido: cocaína. Y ahora, viéndola
sobre el charco de su propia sangre, no se perdonaba aquel silencio que
lo fue carcomiendo hasta los cimientos del alma. Si hubiese hablado, si
hubiera podido convencerla de que huyeran, de que se olvidara de Gardel,
quizá, quien sabe..., cavilaba aturdido, intentando mantenerse en pie.
En el oscuro rincón de la cárcel, Molina recordó que aquella noche caía
una lluvia monocorde que se evaporaba al contacto con los tubos de neón
del cartel de Glostora. Juan Molina caminó hasta el bahut, se sirvió
whisky, encendió un cigarrillo, volvió a darle manija al fonógrafo y,
otra vez, sonó "El día que me quieras". La sangre de la alfombra había
empezado a secarse. Igual que las lágrimas de Molina. Exhausto de tanto
llorar un llanto que lo había dejado vacío pero sin desahogo ni
consuelo, sumido en un estupor hecho de cansancio y desolación, había
perdido toda noción de tiempo. Su espíritu presentaba la calma sombría
que reina después de un incendio, cuando el fuego ya lo devoró todo a su
paso y no quedan más que rescoldos humeantes. Tenía la extraña sensación
de ser el único sobreviviente de un súbito Apocalipsis; de hecho el
centro de su íntimo universo era Ivonne, y sin ella ya nada tenía
sentido. Así, caminando sobre las cenizas de su propia existencia, Juan
Molina se preguntó si valía la pena seguir. En el rincón más solitario
de la cárcel, recordaba que no había sido aquel un buen día o, para
decirlo de otro modo, había tenido un día peor que los demás. El humor
de Molina dependía de Ivonne. Y el de ella obedecía a los vaivenes de su
tormentosa relación con Gardel. Si Ivonne estaba radiante, quería decir
que, al menos en ese instante, albergaba la ilusión de que las cosas
pudieran recomponerse. Entonces el espíritu de Juan Molina se
ensombrecía, y era él quien perdía toda esperanza. Si, en cambio, Ivonne
se mostraba afligida y taciturna, si sus ojos se veían vacíos de tanto
llorar, si de pronto, tomándole las manos le decía "vos sos el único que
me entiende", el ánimo de Molina recobraba los anhelos que el despecho
del día anterior le había robado. Pero aquel no había sido un buen día.
Ivonne parecía feliz y casi no se habían dirigido la palabra. De modo
que Juan Molina, después de arreglar cierto asunto pendiente, había
decidido salir a caminar para despejarse y ordenar los caóticos
pensamientos que lo atormentaban. No hubiera podido precisar cuántas
horas estuvo afuera. Abstraído en la borrasca de sus oscuras
cavilaciones perdía la noción del tiempo y no era dueño de su memoria.
Envuelto en su nube de humo, en la solitaria penumbra de la cárcel,
Molina evocó la voz de Ivonne, "Pedime lo que quieras", le decía Ivonne
cuando terminaba de meterse en la nariz la delgada línea de nieve
extendida sobre la mesa de raíz de nogal,"ahora me volvió el alma al
cuerpo", le decía desabrochándose los botones de la camisa japonesa que
le había regalado Gardel. Molina tenía que atarse las manos para no
tocarla. No, así no, se decía. El cuerpo era el de ella, de eso no había
dudas, pero esa no era su alma. Era como si un espíritu ajeno y
malicioso se hubiera metido en la frágil humanidad de Ivonne. En esas
ocasiones, Molina la desconocía. Una sonrisa siniestra y a la vez
incitante le transformaba la boca pintada como un corazón; esos ojos de
un azul blando como el agua se tornaban duros, cautivantes y peligrosos
como los de una serpiente. Ivonne, ¿quién era Ivonne, cuál de todas era
Ivonne? ¿Era aquella muchacha que parecía una adolescente, la que se
sentaba al piano a cantar las pegadizas canciones de su tierra, la que,
despojada de su personaje de madame Ivonne, cuando estaba a solas con
Molina, hablaba con el dulce acento polaco? Acaso esa no fuese más que
la lejana sombra de lo que había sido. ¿Era la que sufría el despecho de
un amor para siempre imposible, la que lloraba por el cantor
inalcanzable que, quizá, alguna vez, alguna noche de champán, le hubiese
sugerido una palabra en la que creyó entender una promesa? ¿Cómo saber
si en realidad no acabó siendo la altiva y pérfida mujer francesa que,
ante su paso ondulante entre las mesas del Royal Pigalle, conseguía
despojar de verdaderas fortunas a los viejos cajetillas que desgranaban
su añeja lascivia hablándole porquerías al oído, posando sus manos
sarmentosas sobre su piel de porcelana? ¿Era ella o la que había
escapado, desesperada, llena de asco y hastío, aun a riesgo de pagar el
alto precio de la traición? ¿Era la amiga fiel, aquella que le decía
"vos sos el único que me entiende" y, tomándolo de las manos le
confesaba sus secretos más recónditos? ¿Era ella o la que, entre sudores
fríos en medio de un insomnio eterno, temblando como una hoja con los
ojos desorbitados, desencajada y presa de un miedo indecible, le
suplicaba que saliera a conseguirle el polvo helado que la exorcizara de
los horrendos demonios de la abstinencia que la quemaba a fuego lento?
¿Era ella o la que, con un alma ajena en el cuerpo propio, le decía
"Ahora podés pedirme lo que quieras"? Iluminado por el indeciso fulgor
del cartel, Molina caminaba alrededor del cuerpo de Ivonne igual que un
perro desconsolado. Desde el día en que la conoció la siguió, ciega y
mansamente, como un cuzco perdido en la ciudad.
Molina, en la cárcel, podía escuchar la voz de Ivonne que, con los ecos
de una alucinación, le decía:
-No te conviene andar cerca mío -le había dicho ella desde el primer
momento, Molina lo había entendido como un hiriente rechazo. Pero en
realidad era el consejo de una buena amiga.
-No quiero lastimarte -le decía.
Pero Molina no quiso escucharla. Pegado a su falda de gasa, yendo detrás
de su taconeo sin rumbo, la seguía como un sabueso famélico y lastimado.
Y cada paso era una herida sobre la llaga doliente. Juan Molina se
preguntaba cuánto dolor era capaz de soportar un hombre. Cuánto tiempo
podría querer sin resignarse al despecho. Se lo preguntaba por él y por
Ivonne.
-Nunca voy a poder querer a otro -le decía, hundiéndole un puñal hasta
lo más hondo de su corazón.
"Yo tampoco", callaba Molina y la seguía en silencio, pese a todo.
-Un día me van a matar -musitaba Ivonne con una sonrisa amarga. Molina
nunca le había hecho caso; no porque le faltaran motivos para creerlo,
sino porque no podía concebir la existencia sin ella.
-Sos el único amigo que tengo, el único que me entiende -le decía como
una promesa incierta, ofreciéndole una ilusión a la vez que se la
arrebataba.
-Conseguime un poco más, el último -le suplicaba envuelta en un tul de
sudor helado, muerta de miedo, temblorosa y acurrucada contra la
cabecera de la cama.
-Pedime lo que quieras -le susurraba al oído, mostrándole los pezones
endurecidos por el gélido fragor de la cocaína y el champán. La voz de
Ivonne resonaba en los oídos de Molina con la extraña insistencia de una
alucinación.
La saña brutal, la carnicería que habían hecho con su cuerpo abierto a
cuchilladas parecía ser un cruel interrogatorio. Cada puñalada era como
una pregunta que buscaba su respuesta en las entrañas de Ivonne. Juan
Molina no hubiese podido precisar en qué momento tomó el cuchillo de la
cocina. Tampoco podía recordar cuándo descargó una cuchillada tras otra
buscando qué se escondía dentro del cuerpo de aquella muñeca polaca.
No hubiera podido saberlo porque, sencillamente, no era él. De qué lugar
de su propio cuerpo había salido aquel otro que tanto se parecía al
grotesco personaje que representaba sobre el ring era una pregunta que
Molina jamás pudo responderse. No lo recordaba pero lo deducía. Tampoco
hubiese podido precisar cuándo salió del bulín ni por qué calles anduvo
deambulando fuera de sí. Lo único que recordaba claramente era que luego
volvió a entrar en el departamento y que no pudo creer que fuera cierto
que Ivonne estuviese muerta. Quién era la bestia que habitaba dentro de
él, lo desconocía. Cuándo habría de volver a pugnar por liberarse,
tampoco lo sabía. Por eso, se dijo Molina, era bueno estar en la cárcel.
No porque se considerara culpable, sino para evitar que ese, cuyo nombre
ignoraba, volviera a lastimar a quienes él más quería.
Iluminado por la verdad, Juan Molina se pone de pie. Aplasta el
cigarrillo con la suela de su zapato y camina hasta el patio de la
cárcel. Con las manos en los bolsillos y la cara oculta bajo el ala del
sombrero, va silbando la introducción de un tango. Bajo el cielo de
Devoto, eleva la vista hacia el atalaya y con la voz quebrada, canta:
Si pudiera olvidar lo que soy
y volver a nacer.
Si pudiera escapar del dolor
y tener el candor
de aquel pibe que fui,
daría lo que tengo
y también lo que no.
Y mientras canta caminando por el patio desierto, se empieza a desanudar
la corbata.
Si pudiera entender la razón
que me ha llevado a matar
a quien no dejé de amar
volaría detrás de aquel gorrión
para volver.
Pero estoy tan lejos y tan triste,
tan cansado de perder la ilusión
del amor,
tan cansado de vivir
y existir porque sí.
Juan Molina se quita la corbata como quien se despoja de un pesar.
Camina hasta el pie del único paraíso que hay en el patio de la cárcel
y, como un chico, empieza a treparlo.
Si pudiera volver a escuchar
el viril bandoneón
de mi barrio natal.
Si pudiera quitarme el puñal
que me hiere el corazón,
que me hace mal.
Se sienta en una rama sólida, añosa y, sin dejar de cantar, hace un nudo
corredizo en un extremo de la corbata. Ata la otra punta a la rama y en
el patio vacío, continúa con su solitaria función:
Si pudiera dejarme caer
como un mal fruto otoñado
y tener la ilusión
de haber soñado
que mi vida fue una efímera canción
con un final feliz.
No bien concluyó la canción, Juan Molina, son riendo con la mitad de la
boca, se dejó caer. Mecido por la brisa de la tarde, el cantor parecía
seguir, con su leve vaivén, el sordo dos por cuatro que murmuraba el
crujido de la rama del paraíso.
Final
Señoras y señores, antes de que este viejo telón raído por el tiempo y
el olvido se cierre a mis espaldas, permítanme decirles que, si bien la
muerte de Molina distó apenas unos pocos meses de la de Gardel, nadie
habría de imaginar que el joven discípulo no habría de sobrevivir a su
maestro. Damas y caballeros, antes de que la orquesta toque el sol-do
que marcará el final del melodrama, déjenme contarles que el trágico y
sonado final del Zorzal del Abasto en suelo de Medellín sepultó para
siempre el recuerdo de aquel chico que nació en La Boca y apenas llegó a
orillar los veinticinco años. Antes de que la luz de este seguidor se
extinga esta noche y para siempre, concédanme un último pedido: si acaso
un día, bordeando los muros de la cárcel de Devoto, creyeran percibir un
lamento melodioso, deténganse a escuchar; quién sabe si aquellos
ladrillos no guarden todavía el eco de la voz de aquel que, al decir de
muchos, fuera el más grande cantor de tangos de todos los tiempos.
Y, por si acaso, murmuro entre nosotros, después de Gardel.
FIN
CONTRATAPA
Qué fue de aquel viejo sueño
de ver en la marquesina
fulgurando en el neón
el nombre de Juan Molina.
Juan Molina amó tanto el tango que puede decirse que fue creado por él.
Por devoción a su música, por lealtad al destino fatal que ésta le
imponía y por fidelidad a Carlos Gardel, eligió vivir a su sombra y
callar la pasión que lo consumía. Hombre creado por un mito, Molina sólo
pudo alcanzar la fama a través de su propia perdición.
Una historia semejante, más que contada, merece ser cantada. Por eso,
Errante en la sombra es una novela musical, un relato que se despliega
como un espectáculo frente al cual el lector es a la vez espectador de
una trama que transcurre en esa Buenos Aires que una vez fue realidad y
ahora es leyenda. Con la naturalidad y el artificio propios de los
protagonistas de los mejores musicales, los personajes de esta novela se
expresan cantando y bailando, en medio de una historia que por momentos
parece una parodia de sí misma.
El autor de El anatomista plasma aquí una nueva forma narrativa. Con
indudable maestría, Andahazi ofrece a un tiempo el placer de la lectura
y el de asistir en directo y en primera fila a un inédito melodrama
musical tanguero.
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