«¡Escándalo, aquí se odia!», dijo la red mundial del odio

Por Berna González Harbour

La estatua de Cervantes vandalizada con pintura roja en San Francisco, California. Reuters

A los gigantes de hoy no se les ataca como hizo el Quijote o hacen quienes vandalizan estatuas de su autor, sino que se les derrota en las urnas.

Hasta qué punto hemos llegado en la hipervaloración de lo minúsculo que ya no sorprende el odio que emana Donald Trump en cada uno de sus gestos, consignas y acciones, sino que Twitter nos haya advertido de que algunos de sus tuits son un acto de odio y glorificación de la violencia. ¡Twitter se ha dado cuenta! Cuando el algoritmo al fin ha aprendido lo que ya sabíamos y además nos sorprende es que el foco general está averiado. Como conductores novatos que necesitáramos constantes señales en carretera para advertirnos de las vías prohibidas o la velocidad adecuada, pareciera que hoy necesitamos advertencias en las redes sobre los paquetitos de odio con el que nos alimentan los líderes que elegimos precisamente porque sintonizaron con nuestro odio. Y, por necesitar, nos aseguran que hoy también requerimos avisos en las películas que albergan racismo. «¡Qué escándalo, aquí se juega!», que dijo Renault en Casablanca. «¡Qué escándalo, aquí se odia!» dice la red en la que transcurre la guerra mundial del odio.

¿Se acuerdan de los dos rombos en las películas de adultos? Entonces éramos pequeños, pero hoy ya sabemos que aquello no nos salvó de perversión alguna, como sabemos que la infantilización social no puede ser la medicina contra esta invasión del odio, de irracionalidad y la exhibición de ignorancia que es real. ¿Así que ahora qué hacemos?

Cuando un presidente ha propuesto inocular rayos violeta o lejía en el cuerpo para anular el coronavirus, ¿cómo explicas a quienes atacan estatuas de Cervantes que el escritor no llevó esclavos a América o que Fray Junípero puede que no tuviera en cuenta las consignas LGTBI que hoy nos guían, pero que no es el enemigo a batir?

El Quijote también creía atacar a poderosos gigantes mientras se estrellaba contra molinos para acabar magullado, y su máxima contribución al espíritu de conquista y represión de la época pudo ser la ínsula Barataria que consiguió para el buen gobierno de Sancho, que antes prefirió sin embargo regresar a las sopas, grasas y vinos manchegos que seguir al mando de nada. Y con razón.

Pero no hemos aprendido gran cosa. Ni Cervantes ni Junípero son los enemigos de la igualdad, ni los molinos de viento lo eran de la justicia. La diferencia es que los gigantes de hoy, a diferencia de los quijotescos, son visibles y además no hace falta derribarlos porque se les puede derrotar. Bastan los votos. Son Donald Trump, Jair Bolsonaro, es Vox con su intolerancia, es Boris Johnson con sus mentiras sobre la Unión Europea, y quien dice Vox dice. Dice.

No es la infantilización el remedio, decíamos, sino, por el contrario, la construcción adulta de una sociedad a través de la educación y sin que falte el bienestar. Y ése debe ser el foco.

El País

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