Esquina de febrero

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Juan José Saer

Era preferible mirar cómo la luna atravesaba las copas de los árboles raleados por la sequía antes que pensar en eso; mirar ese largo tejido caído en la vereda a lo largo de toda la cuadra, esos locos arabescos ilegibles de sombra y luz lunar que formaba la inmóvil proyección de los árboles, mirar y no pensar en nada salvo en la brasa del cigarrillo que colgaba oblicuo de sus labios entreabiertos. Si pensaba iba a perder la serenidad. Le vino a la memoria la palabra sequía y la asoció enseguida a extinción gradual y a muerte. El planeta iba también a morir, había enfermado y estaba secándose: el río ya casi había desaparecido, las copas de los árboles aparecían veteadas de amarillo en pleno febrero, y un polvo malsano y un olor sutil pero insoportable impregnaban el aire de la ciudad. También sobre su cara tostada y sobre el blanco pantalón y la blanca camisa deslumbrantes las hojas proyectaban sus sombras caprichosas y sin significado. Con dos dedos retiró el cigarrillo de los labios y la brasa trazó un lento semicírculo rojo en el aire negro. No tenía que perder la serenidad, y el pensamiento obstinado, lleno de vueltas, atravesado de miedos oscuros, de circunloquios que no se expresaban con nada que fuese parecido a palabras, todo eso se la hacía perder. Se apoyó contra los barrotes de esa larga verja que separaba la vereda del parquecito, y, pasando el parquecito, del oscuro edificio del Colegio, una masa de sombra difusa manchada de luz lunar en la que la larga hilera de ventanas parecía una serie de rectángulos de una oscuridad más densa pegados con regularidad en toda la extensión del muro. Ella cruzaba la bocacalle en ese momento, bajo la luz del foco de la esquina, y se acercaba a él. Su vestido floreado fosforecía tenuemente en la oscuridad y sus tacos resonaban secos al chocar contra las baldosas de la vereda. Él permaneció sin moverse, apoyado contra la verja de hierro, fumando. Trataba de no pensar.

—Hola —dijo, emitiendo una débil sonrisa pálida, cuando ella se detuvo a su lado y pudo percibir su olor, un olor fresco y agudo, natural.

—Hola, Cacho —saludó ella, con voz sombría.

Cacho se irguió, la abrazó y le dio un beso seco, fugaz, en la mejilla. Ella ni siquiera se movió, ni siquiera volvió la cara; no hizo más que alzar el brazo y tocarse con levedad el cabello cuando él se separó desordenándoselo ligeramente con la mano. Cacho le dio dos o tres pitadas más al cigarrillo y después lo tiró en silencio, tratando de no pensar.

—Bueno —dijo—. He estado pensando. Creo que no queda otro remedio.

La voz de ella sonó grave y violenta.

—Ya te he dicho que no quiero. Ya te he dicho que eso no puede ser.

Cacho trató de que en su voz no se mezclaran ni el furor ni el fastidio, que solamente expresara convicción y buena voluntad, pero apenas si pudo lograrlo.

—No hay otra alternativa —dijo. Pensó que “alternativa” era una palabra inadecuada para usar con ella, y se corrigió rápidamente—. No hay nada que hacer, querida. No veo otra solución.

Le pareció ver que los ojos de ella fosforecían en la oscuridad todavía más que su fosforescente vestido floreado de rayón. Eso le dio miedo.

—Te vas a arrepentir -dijo ella—. Te juro que te vas a arrepentir.

—Querida —murmuró.

—Vos me empujaste —dijo ella—. Fue todo por culpa tuya.

—Voy a pagar lo que sea —dijo Cacho.

Ella jadeaba furiosa, inclinándose hacia él con los ojos furiosamente entrecerrados.

—Tengo una partera conocida que lo va a hacer. No vas a sentir nada —dijo Cacho—. Es un ratito y se acabó.

—Te he dicho que no —gritó ahogadamente ella con los dientes apretados.

Cacho sintió que la marea del pensamiento empezaba a ascender, y cerró los ojos, tratando de detenerla. No lo consiguió. El dique de su mente, que la contenía, estalló en mil pedazos y esa ola negra llena de pensamientos confusos y furiosos lo dejó como ciego haciéndole mover lenta y tensamente la cabeza.

—¡Hija de…! —murmuró, y después hizo un esfuerzo tan violento para no continuar que le saltó una lágrima. Ella retrocedió, expectante y sorprendida.

—Estás queriendo hacerme daño —dijo Cacho, jadeante y furioso y sin poder parar—. Estás queriendo armar un escándalo. Querés irle con el cuento a mi familia.

—Cacho —dijo ella.

—Puedo darte lo que quieras. Cuando reciba la mensualidad de mi familia puedo dártela. Puedo presentarte un amigo.

—Cacho. Cacho —murmuró ella. Después se echó a llorar.

—Pue… —comenzó a decir Cacho, pero al advertir que ella lloraba se calló la boca y esperó. La ola negra del miedo retrocedió, dejando unos fragmentos podridos de pensamientos, pero después también eso se disipó y no quedó nada, salvo el llanto de la chica, ahogado y lleno de reproches inaudibles. Después Cacho comprendió que ella estaba diciéndole que lo quería y que no siguiera diciéndole esas cosas que ella no las podía soportar y que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa si es que él no la abandonaba. Cacho respiró hondo y el olor sutil y espúreo del aire reseco y contaminado le llenó la nariz y la boca. Pero sobre ellos caía ese complicado dibujo de la fronda calada de los árboles y ella estaba llorando a su lado, como prueba pura y palpable de que él ya no necesitaba pensar.

—Un amigo va a darme los cuatro mil pesos —dijo Cacho mientras sacaba un cigarrillo y se lo llevaba a los labios—. La partera me dio turno para el lunes. Vas a tener que quedarte el lunes a la noche y el martes.

—Pero es que no puedo. No puedo faltar al negocio. ¿Y qué voy a decir en mi casa? —dijo ella, en medio de su llanto apagado. Cacho encendió el cigarrillo con un encendedor niquelado que emitía reflejos en la oscuridad y que produjo un chasquido metálico al encenderse.
La llama le iluminó el rostro tostado.

—Decí que vas a la casa de una amiga, como hiciste aquella noche —dijo—. En la tienda podes pedir permiso para faltar.

Ella dejó de llorar y meditó un momento.

—Sí —dijo—. Puede ser.

Cacho volvió a apoyar la espalda contra la verja, fumando. El cigarrillo trazaba semicírculos rojos, erizados, cada vez que lo alzaba hasta los labios. El olor de ella, frío y agudo, que por un momento había sido más fuerte y definido que el del estío seco y caliente, se había borrado, era como un montón de ceniza fría en el fondo de un brasero apagado. Por un momento se olvidó de que ella estaba ahí y pensó en el río reseco, con ese hilito inmóvil de agua sucia y esos pescados muertos y podridos que despedían mal olor y que se deshacían si uno los tocaba con la punta del zapato.

—¿Haces algo esta noche? -dijo ella.

—Rindo el dos de marzo —dijo Cacho.

—¿Me invitas a tomar un helado? —dijo ella.

—Rindo el dos de marzo —dijo él—. Si no apruebo, no me pasan más la mensualidad. No puedo perder ni un minuto.

—¿No querés que vaya a cebarte mate, hasta las doce?

—Voy a estudiar con otros dos muchachos. Vamos a darle fuerte. Uno de ellos es el encargado de cebar mate. Si estuviese solo, podría ser.

Cacho creyó conveniente tocarle la mejilla, y se la tocó.

—El viernes, en todo caso —dijo.

—Cacho —dijo ella—. Tengo miedo.

—No seas tonta, si es una cosa de nada. En diez minutos está todo listo. Esa señora tiene mucha experiencia.

—Dame un beso —dijo ella.

Cacho la abrazó y la besó, sintiendo una oleada fugaz de ese olor peculiar de su cuerpo, un olor que era de ella y de nadie más. El vestido floreado se abultaba y se hacía tenso a la altura de los senos. Ella lo apretó fuertemente contra su cuerpo.

—No me dejes —murmuró.

—Tonta —dijo Cacho.

Volvió a besarla, primero en los labios y después en la mejilla. Ella se separó de su abrazo y se alejó caminando rápidamente, sin despedirse, sus tacos resonando secos y múltiples en la vereda y su vestido floreado fosforeciendo de un modo leve en la oscuridad atravesada por la luz de la luna. Cacho la miró un momento y después comenzó a caminar en dirección contraria. Su cuerpo delgado y juvenil enfundado en la camisa y el pantalón blanco proyectaba sobre la vereda una sombra difusa. Por qué le había pasado una cosa semejante, era algo que no podía sacarse de la cabeza. No el hecho de haberla conocido en un baile y haberse acostado con ella un mes después, cuando estuvo solo en la casa y ella fue a hacerle compañía mientras estudiaba. Eso era frecuente, le había pasado antes un par de veces con otras chicas. Tampoco lamentaba la complicación final, porque todos los muchachos la habían tenido alguna vez, e incluso al Gorrión mismo le había pasado y había resuelto la cosa en un par de días. Lo que le resultaba intolerable era que ella hubiese puesto tanta obstinación en no querer hacerlo, en insistir con eso de que era algo que no se debía hacer. Esa originalidad, cuando lo habitual era resolver el asunto cuanto antes, a Cacho le resultaba incomprensible. No pensó más en la cosa, cruzó la calle y se encaminó al centro. Eran alrededor de las diez. El Gorrión estaba esperándolo en el bar de la galería. Otra vez se le llenaron la nariz y la boca con ese olor pútrido, y tuvo miedo. La tarde anterior habían estado caminando con el Gorrión bajo el sol, por la orilla del río —o por la orilla del sitio donde hasta hacía un mes había estado el río— y habían visto ese caballo muerto, hinchado, que despedía un olor imposible y estaba cubierto por un enjambre de moscas verdes que zumbaban siniestramente a su alrededor. El Gorrión se había dado vuelta en ese momento, señalándole con el dedo el cielo por encima de la ciudad, agolpada sobre el río seco: en el cielo, a una altura regular, parecía flotar una capa de ceniza, pálida y gris, la ceniza de una luz putrefacta. Estaba suspendida inmóvil, y el sol, cuya contemplación los ojos apenas toleraban, proyectaba una incandescencia hiriente, pétrea y gris. Cacho se estremeció recordándolo.

Ahora no había árboles por las calles que atravesaba, a medida que iba acercándose al centro. Cuando divisó los primeros letreros luminosos comenzó a caminar más rápidamente. Las calles estaban llenas de gente. En San Martín, las hileras de coches, rodando con lentitud en ambas direcciones, producían un rumor oscuro y múltiple y se detenían de vez en cuando en las esquinas. Las innumerables luces de los letreros y de las vidrieras parecían sucias. La gente caminaba lentamente o permanecía en grupos, detenida junto a las vidrieras, hablando en voz baja. Cacho encontró al Gorrión sentado solo en una mesa de la galería, frente a una sangría de vino blanco. El Gorrión apoyaba los brazos en los respaldares de dos sillas desocupadas, mirando melancólicamente el vacío. Cacho miró a su alrededor las mesas ocupadas por gente que conversaba en voz baja, y después se sentó.

—¿Me demoré? —dijo.

—No me había dado cuenta —dijo el Gorrión.

Su pelo rubio parecía calcinado y su rostro tostado estaba hecho con unas líneas duras y regulares. Tenía unos ojos azules y acuosos, fríos.

—Estuve arreglando un asunto —dijo Cacho.

El Gorrión no le contestó. El fue hasta el mostrador de rafia amarilla y se trajo un vaso con un pedazo de hielo transparente dentro. Se lo llenó de vino rubio y se lo mandó de un trago.

—¿Qué haces esta noche? —dijo.

—Posiblemente nada —dijo el Gorrión.

Cacho vaciló; vacilaba antes de hacerle invitaciones al Gorrión por miedo de que se las rechazara. El Gorrión era independiente y brutal, y él le tenía miedo. El verano anterior lo había llevado a pasar un mes entero con él, a la quinta que su padre tenía en las afueras de Paraná, en la orilla del río. Habían pescado y una noche se habían llevado a dos chicas de Paraná con ellos y a veces se levantaban a la madrugada y se bañaban desnudos en el río. Además habían leído un apunte entero de Derecho Romano.

—¿Cuándo vas a traerme la ficha de afiliación? —preguntó Cacho.

—Cuando hagas el mérito suficiente —rió el Gorrión.

Cacho sonrió; estaba empezando a sudar el vaso de sangría que acababa de tomar. La cara del Gorrión estaba húmeda y brillaba. Tenía la camisa desabotonada y se le veía el pecho tostado cubierto por un vello ralo. Cacho se sirvió un nuevo vaso de vino, hasta el borde, y tomó un largo trago, vaciándolo hasta la mitad.

—Me gusta cuando está así, bien frío —dijo.

—Conviene ir pidiendo otra jarra —dijo el Gorrión.

Cacho fue a pedir la segunda jarra al mostrador y regresó con ella. El Gorrión revolvió su contenido durante un rato con una larga cuchara de material plástico de color verde.

—Estuve tratando de sacarme de encima una mina —dijo Cacho.

—¿La de la tienda?

—Sí. Quiere casarse. Menos mal que la convencí de que se deje tratar con la partera, si no se me iba a armar un lío grande, de los que no se empardan.

—A mí siempre me pasa al revés —dijo el Gorrión—. Nunca me dejan hacer la experiencia de la paternidad. Quieren ir a toda costa a lo de la partera.

El Gorrión lanzó una carcajada, feliz de lo que le acababa de decir y él le devolvió una obediente sonrisa.

—Después de los exámenes podríamos irnos una semana a Entre Ríos —dijo—. ¿Qué te parece?

—¿Al rancho? —dijo el Gorrión.

—Sí. ¿Te gustaría?

—Depende —dijo el Gorrión—. Tendría que juntar unos mangos. A mí no me mandan ninguna mensualidad.

—Allá no hay problema —dijo Cacho—. Le tiro la manga a mi viejo y nos llenamos la heladera de cosas. Una semana sin ver la cara de nadie.
¿Qué te parece?

El Gorrión sacudió la cabeza, pensando. Tomaron un par de vasos de vino en silencio. Cacho sentía la cabeza llena de pensamientos confusos, una masa informe de pensamientos como un nudo atormentado de víboras, tan enredadas que el cuerpo de cada una se perdía en medio de esa masa convulsionada y furiosamente móvil. El cuello del Gorrión estaba atravesado por unas venas gruesas y nudosas. Cacho recordó el caballo muerto, las moscas verdes zumbando siniestramente a su alrededor. Creyó percibir un olor, tan intenso y desagradable que lo hizo sacudir la cabeza.

—Lo pasamos bien el verano pasado, eh, Gorrión —dijo.

—Bien, sí —dijo el Gorrión, melancólicamente.

—Yo he pasado todos los veranos en esa casa desde que nací. Era de mi abuelo.

—Sí, me habías dicho —dijo el Gorrión.

—Con todas mis hermanas, y con mi madre. Mi viejo se quedaba trabajando en la ciudad y nos iba a visitar los fines de semana.

Tomó otro vaso de vino, bajo la mirada fría del Gorrión que lo observaba curiosamente.

—Tengo la lengua pesada. Creo que se me está yendo la mano. ¡Hija de puta! Venir a laburarme la moral con el cuento del amor.

—Supongo que no le habrás dado tiempo —dijo el Gorrión.

—No. No se lo di —dijo Cacho, como para sí mismo. Tomó un poco más de vino y arrugó la cara—. Estoy con el estómago vacío. Iba a estudiar esta noche. Pero ahora no tengo cinco de ganas.

Se palpó con torpeza el pecho y el pantalón, buscando el paquete de cigarrillos. Al fin sacó el paquete y se llevó un cigarrillo a los labios, dejando el paquete sobre la mesa llena de manchas de vino. Tuvo el cigarrillo entre los labios sin encenderlo.

—¿Viste cómo estaba el cielo ayer a la tarde? Me asustó —dijo.

El Gorrión se echó a reír, estirando sus hermosas y pétreas facciones. Pero sus ojos acuosos no sonreían nunca.

—¿Qué pasaría si la tierra se secara? —dijo Cacho.

—Quedaría el vino —dijo el Gorrión.

Cacho sonrió.

—De veras. No lo había pensado —dijo. Sacó el encendedor y lo hizo funcionar. La llama devoró el extremo del cigarrillo y Cacho echó el primer chorro de humo gris.

—Tenemos que ir a Entre Ríos, Gorrión —dijo después.

—Podemos llevar el apunte de Penal, y ver algo —dijo el Gorrión.

—Perfecto —dijo Cacho—. ¿Qué pensabas hacer esta noche?

—Nada —dijo el Gorrión.

—Tengo unos pesos. Podemos hacer algo.

—Preferiría irme a dormir —dijo el Gorrión.

—Podríamos ir a comer algo por ahí —dijo Cacho.

—No —dijo el Gorrión—, Ya comí.

—¿Y si tratamos de levantarnos unas minas?

El Gorrión se encogió de hombros.

—No es tan fácil —dijo—. Además, tengo sueño.

—Qué lástima —dijo Cacho—. Bueno. Me quedaré solo. Qué le vamos a hacer.

El Gorrión no le contestó. Terminaron la jarra de vino y el Gorrión se puso de pie; era alto, fuerte, bien proporcionado. Cacho lo miraba fijamente. Salieron; el Gorrión caminaba con un paso lento y firme, y Cacho lo seguía con unos pasos torpes, trabajosos. En la calle, el olor empezó a percibirse otra vez. Le llenó la nariz y la boca como algo corpóreo, compacto. Dejaron atrás el centro y comenzaron a caminar por las oscuras calles transversales, arboladas y desiertas.

—¿Cuándo diablos lloverá? —dijo de pronto Cacho.

El Gorrión lo miró sorprendido. Después Cacho se detuvo y se apoyó contra la pared, cerrando los ojos.

—Gorrión —dijo—. Creo que estoy por vomitar.

(De: Cuentos Completos, Biblioteca Breve Juan José Saer, 2001)