Vida de perro

Por Diego Sztulwark

La introducción al flamante libro de conversaciones de Horacio Verbitsky con Diego Sztulwark

Ya había visitado esa oficina, hace años, en un viejo edificio del barrio porteño de Tribunales, pero nunca había pasado del hall de entrada. Se mantiene más o menos igual, la misma austeridad, salvo por un afiche que anuncia la salida de su libro La mano izquierda de dios, de la serie sobre Iglesia y dictadura. Su asistente, Martín, me pide que espere unos minutos. Aunque he visto a Horacio Verbitsky en público un par de veces, no nos conocemos. Con una sonrisa amable, me hace pasar a su despacho, pequeño y hermético, lleno de libros, afiches, cuadros y materiales de archivo. Un escritorio y tres sillas, sin ventanas. Entre las fotos de Marilyn Monroe y de Aníbal Troilo, se destacan sólo dos políticas: una de un jovensísimo Verbitsky junto a Perón; otra de un Verbitsky actual, sentado, frente a Néstor Kirchner de pie, que se inclina, afectuoso, para saludarlo. Sereno y hospitalario, el Perro desarma en un instante el aura de inaccesibilidad que lo rodea.

Se lo ve muy cómodo trabajando en su oficina. Pocas veces ha considerado organizar cursos de formación sobre investigación política, u ofrecer su experiencia a organizaciones populares. Lo atribuye a rasgos fóbicos de su personalidad y al “cholulismo” ambiente. Aunque tiene un costado pedagógico y ha dedicado algún tiempo a la formación de un par de periodistas, el fuerte de su magisterio pasa por su obra.

Vengo a proponerle un libro de balances. La llegada de Mauricio Macri a la presidencia es el signo más contundente de la necesidad de una reflexión política demasiado postergada. Reflexión bloqueada por el aturdimiento que provoca la presentación de la coyuntura como espectáculo continuo, sucesión de instantes inconexos al ritmo marcado por los grandes medios de comunicación. Si creyéramos en la imagen del mundo que emana del lenguaje dominante de estos medios, la realidad se habría vuelto unidimensional y obvia. Más que una mera deshistorización, que haría perder la perspectiva de los hechos –las condiciones específicas en que se dan los fenómenos–, se trata de una completa banalización de lo real que apunta no tanto a borrar el pasado como a desdibujar toda posibilidad de un tiempo diferente por venir. Los balances y las críticas no pertenecen a este género.

El nuevo milenio nació, en el país y en la región, bajo el ímpetu de un extendido ciclo de luchas populares contra el neoliberalismo. Quince años después, el panorama es muy diferente. ¿Qué ha pasado para que el ciclo iniciado por aquellas luchas nacidas desde abajo, sucedidas luego por gobiernos denominados progresistas o populares, desemboque en procesos abiertamente conservadores, en programas políticos y gobiernos dóciles a los requerimientos del mercado mundial? ¿Es posible comprender la situación actual sin preguntarnos por la naturaleza de aquellas luchas y sin hacer un fuerte replanteo de la teoría y la práctica de los gobiernos que las sucedieron? Y ¿no habría que ir aún más atrás, no sólo al menemismo o a la última dictadura (fechas clave en la instalación del neoliberalismo en la Argentina), sino tal vez hasta el propio nacimiento del peronismo y el golpe militar que en 1955 lo desalojó violentamente del poder? Un libro de balances, sin embargo, no es necesariamente un libro de historia.

Los balances por hacer son muchos y se remontan a los años en los que Horacio Verbitsky iniciaba su vida periodística y militante: el golpe de 1955, La Opinión, la resistencia peronista, el surgimiento de las organizaciones revolucionarias y la táctica de la lucha armada, Rodolfo Walsh, Perón, López Rega, la dictadura, Malvinas, la posdictadura y los juicios a la cúpula de las Fuerzas Armadas, las variaciones en el modo de acumulación del capitalismo en la Argentina, el papel de la Iglesia argentina –dentro de ese marco, la figura de Jorge Bergoglio, ahora papa Francisco–, los organismos de derechos humanos –en particular, el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS)–, el alfonsinismo, los carapintadas, las leyes de impunidad, Menem, los indultos, las privatizaciones y la caída del bloque del socialismo del Este europeo, Página/12, El Cohete a la Luna, Clarín y Papel Prensa, la crisis de 2001 y las organizaciones sociales, Duhalde, la llegada del kirchnerismo, el nuevo escenario mundial con la emergencia de China, la desaparición de Julio López, la derogación de las leyes de impunidad, la recuperación de la ESMA, la soja y la industrialización, Chávez y el chavismo, el asesinato de Mariano Ferreyra, el sindicalismo y la izquierda, la Cámpora, Milani y la llegada de Macri al gobierno.

No se trata indudablemente de hacer una biografía. Se ha escrito sobre él, y se lo seguirá haciendo. Le propongo otra cosa: aprovechar su mirada para pensar, a partir de ella o en contrapunto, cincuenta años de historia. Dejar de lado el “misterio Verbitsky” –sobre el que fantasea Gabriel Levinas en un libro acusatorio y malogrado del que necesariamente diremos algo más adelante–, para adentrarnos en algo así como el “método Verbitsky”, con la expectativa puesta en que esa reflexión sobre su modo de trabajo aporte al doble propósito de compresión histórica del presente y de estímulo a la labor de la investigación militante.

¿Por qué Verbitsky? La respuesta no es sencilla. No me acercan a él las posiciones políticas de los últimos años –su abierto apoyo al gobierno de los Kirchner–, ni el tono denigratorio con el que se ha referido en diversas oportunidades a expresiones de la izquierda (que no son precisamente grupos con poder), ni la obsesión por desentrañar los secretos que se le atribuyen. Inevitablemente conversaremos también sobre esto, pero mis razones son muy otras y apuntan, como queda dicho, a la necesidad de aprovechar a fondo la mirada sistemática y documentada que Verbitsky establece con el presente político, el ejercicio analítico con que nutre semana a semana a sus lectores desde hace décadas, la perspectiva histórica de algunos de sus trabajos (de modo ejemplar, sus cuatro tomos sobre la Iglesia argentina) y la vocación de intervención en la actualidad, no sólo a través del periodismo sino también a través de dispositivos prácticos de gran alcance, como el CELS.

Verbitsky escucha estos, mis argumentos, y toma la palabra. Reconoce mi insistencia (hace dos años que le escribo sobre la necesidad, cada vez más perentoria, de este libro) y admite que el proyecto le resulta justo. Sólo pone una condición (que no me cuesta demasiado aceptar): que no le haga preguntas abstractas, plagadas de supuestos teóricos y bibliográficos.

No es posible alcanzar “lo justo” voluntariamente, aunque toda reflexión política aspire en alguna medida a ello. ¿Cuánto ha variado lo que se entiende por justo desde las militancias previas a la última dictadura hasta hoy? En Verbitsky se da una curiosa combinación entre dimensiones que podrían parecer a priori contradictorias: afirma que no ha cambiado su modo de sentir ni de pensar desde los años setenta (más allá de lógicas maduraciones); sin embargo, ha conseguido lo que pocos: mantener vigencia en circunstancias políticas que, desde diversos ángulos, no podrían ser más opuestas. ¿Es posible perseguir los mismos objetivos, dar curso a los mismos deseos en coyunturas tan diversas?

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Cuando habla de política, lo personal se retrae a un discreto segundo plano. Emerge muy raramente, como cuando evalúa los ataques que le han hecho en los últimos tiempos. Aunque lo han afligido, no cree que hayan logrado su propósito: afectarlo objetivamente en su credibilidad de investigador. Arroja un pensamiento nietzscheano a sus enemigos: “Lo que no me mata me fortalece”. Lo confirma la intuición del origen de estos ataques: se trata de devoluciones de gentilezas por parte de poderosos que se han sentido desnudados por sus denuncias. Detrás de Doble agente, el mencionado libro de Gabriel Levinas, se esconde no sólo la mano del Grupo Clarín sino una madeja más compleja y sutil, hecha de viejos cuadros de la agrupación Guardia de Hierro, con acceso al Vaticano.

Le comento mi interés particular por los aspectos “técnicos” de la investigación: los modos de fichaje, las fuentes. Sonríe. Recuerda que Emilio Aragonés, entonces embajador de Cuba en la Argentina, allá por los años setenta, le dijo a Walsh: “Ahora los entiendo, ahora sé cómo trabajan ustedes: el pueblo les hace llegar la información”. Pregunto qué cambió desde entonces. “Muy poco. En lo esencial, el trabajo siempre es igual. Es cierto que las tecnologías permiten almacenar mucha información en un mínimo de espacio, pero el trabajo lo hace siempre la cabeza. Las fuentes, sobre las que tanto se insiste, están en todos lados, son públicas en su abrumadora mayoría. El asunto es cómo uno hace asociaciones: eso es lo que importa. Y ese modo de asociar no ha cambiado demasiado desde los años setenta”.

Más allá del modo como lo biográfico se entrelaza con la historia política nacional, la conversación propuesta a Verbitsky tiene por objetivo acentuar aspectos prácticos de la lucha política que también deben incluirse en el balance. A diferencia de otras reflexiones, muy de moda en tiempos de cambios históricos, esta conversación no tratará sobre arrepentimientos. El arrepentido, decía el filósofo Spinoza, se equivoca dos veces: al olvidar las razones que lo llevaron a actuar de determinada manera en el pasado –los afectos que sobre él pesaban entonces–, y al prolongar esa ignorancia en el presente, entristeciendo y restando potencia al pensamiento actual.

El balance propuesto tiene una inspiración muy diferente. No se trata de hacer el inventario de lo mal hecho sino, todo lo contrario, de repasar el repertorio de saberes disponibles para relanzar la lucha política en nuevas condiciones; y también –y esto es tal vez lo fundamental–, de revisar las trampas que han llevado en reiteradas ocasiones a derrotas y frustraciones. Es probable que la más esencial sea la confusión, el solapamiento entre potencia y voluntad. La primera es un poder de hacer y pensar que, cuando es colectivo y se retroalimenta de un modo abierto, da lugar a fuertes transformaciones. La segunda, en cambio, alimenta ilusiones –también colectivas– y no permite advertir a tiempo obstáculos y desafíos.

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Verbitsky es un escritor austero inmerso en el conflicto político que atraviesa a la Argentina. Su inmoderación no es de carácter ni tampoco meramente ideológica. Es ética y proviene de su inserción en el proceso histórico. Su decisión es no abandonar la trinchera ni siquiera cuando los mapas cambian de color. De militante de las FAP a presidente del CELS, existe una línea de continuidad no siempre interpretable para sus contemporáneos. Militancia, periodismo y derechos humanos son momentos de una participación decidida en la política poco convencional, sobre todo si se toma en cuenta que su poder de influencia no proviene de cargos públicos. Verbitsky maneja información. La obtiene, la interpreta y la usa. Juega con lo visible y lo invisible despertando toda clase de fantasías. El analista político como actor de la política. Un hombre arrastrado al enfrentamiento que aprendió a no regalar flancos de ataque. Se le critica la parcialidad (sus simpatías y antipatías), como una inconsecuencia para alguien cuyo prestigio fue cimentado en el rigor. Sería un extraordinario personaje de novela (aunque, ya sabemos, la realidad contiene más sorpresa que la ficción). Un viejo cuadro de la inteligencia militante que sigue trabajando para el lado “bueno” de las cosas, lado por momentos impreciso y en continua mutación. La imagen del caparazón puede describirlo: intolerante a la ambigüedad y a la estupidez, celoso de su trabajo y de su tiempo y al mismo tiempo generoso con los interlocutores sinceros e interesados. Alguien dijo sobre él: “Supo seducir a Perón y al menos a dos presidentes más”.

Cuando pienso en mí y en mis compañeros y compañeras de distintas épocas, no encuentro nada parecido. Confiamos menos en el heroísmo y damos más tiempo a las interrogaciones. El combate se nos presenta de otro modo. Verbitsky fascina con sus mandobles a la derecha. Cada semana se espera una refutación incontestable. Tiene algo de caballero a la antigua, de los que se batían a duelo. Renuente a mostrar vacilaciones personales y dispuesto a jugar fuerte. Memorioso, selectivo, meticuloso. Tan suspicaz como fiador cuando percibe buena leche. Su mundo es el archivo y el jazz, interrumpido por visitas y llamadas. Su sentido de la justicia es omnipresente, aun cuando no se dedique a explicitar sus criterios. Obsesivo y detallista. Severo con las izquierdas. En constante debate entre pragmatismo y principismo.

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Verbitsky se convirtió en best seller con su libro Robo para la corona. Corría el año 1991 y el menemismo buscaba aún las vías de su consolidación. El libro era un fresco sobre la corrupción del gobierno. Frente al impacto de sus denuncias, este último se defendió atacando y, para afrontar esa batalla desigual, el periodista fue estableciendo una serie de alianzas: junto a un grupo de periodistas participó de la asociación Periodistas, en defensa de la libertad de expresión, y recurrió a instancias jurídicas internacionales. A David Viñas no le gustó que uno de los herederos de Rodolfo Walsh en el periodismo hiciera lo que entendía como un trabajo de fiscal, dedicado a denunciar infracciones. Le reprochaba una renuncia a la teoría y a la crítica transformadora. Tampoco aprobaba que Verbitsky se proyectara como “periodista estrella” y advertía que el discurso anticorrupción era despolitizador, una expresión más de la subordinación del mundo de las militancias al de los medios.

Dos décadas y media más tarde, Robo para la corona puede leerse no sólo como la radiografía de un período político argentino sino como una investigación sobre las formas de subordinación de la democracia a las razones de la acumulación de capital durante el período posterior a la Guerra Fría. Y si el discurso sobre la corrupción se ha tornado tan importante en nuestras sociedades, tal vez sea porque cumple funciones esenciales en la sociedad neoliberal: permite renovar el personal político sin consentir una auténtica y activa elucidación sobre el modo de acumulación de capital y conduce la percepción colectiva por medio de escándalos sucesivos, sustentados en un ideal de transparencia que se cuida muy bien de que las cámaras lleguen a enfocar los mecanismos estructurales de desposesión de las riquezas colectivas. Robo para la corona aceptaba la lengua de la denuncia de la corrupción porque creía poder hacer de ella una crítica de los mecanismos estructurales del régimen de la posdictadura. En un nuevo contexto –caracterizado por la politización de los movimientos sociales en torno a los sucesos de 2001, la experiencia del kirchnerismo y la llegada de Macri al gobierno–, el discurso sobre la corrupción ha vuelto a ocupar un lugar central en las discusiones públicas con un giro notable: ahora, los mismos empresarios que alimentaron los negocios ilegales con el Estado son quienes se proponen como héroes regeneradores y acusan a las organizaciones sociales y de derechos humanos de haberse beneficiado de su proximidad con el Estado.

Esta puesta bajo sospecha general de toda organización social que no acepte los términos de la paz social que impone el nuevo gobierno ha sido uno de los ejes centrales de la coyuntura de los últimos dos años, situación que Verbitsky procura desentrañar en su último libro, La libertad no es un milagro, sobre la detención ilegal de Milagro Sala, así como en la publicación de una serie de denuncias de corrupción sobre riquezas no declaradas y blanqueo de capitales por parte de grandes empresarios y de la propia familia presidencial. Abordamos estas cuestiones en los últimos capítulos del libro.

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De la agencia noticiosa Prensa Latina creada por la Revolución cubana a las tareas de “inteligencia” en organizaciones revolucionarias; de la investigación periodística a la sistematización de la información vinculada a los juicios por los derechos humanos existe algo así como una tradición bastante consistente de publicaciones –periódicos, cuadernos, películas, obras artísticas, libros, blogs– que fueron expresando en cada momento los niveles de organización popular en diferentes etapas: la investigación política forma parte de las estrategias que las luchas sociales activan y transmiten entre generaciones. Como un Jano bifronte, la tarea de investigación militante pretende comprender los modos en que se reproducen los poderes para saber cómo enfrentarlos y, a la vez, cartografiar nuevos posibles que muy rara vez la academia y la política convencional generan por su cuenta. Quizás preguntarse por la formación afectiva e intelectual del investigador político pase por comprender, en cada época, no sólo los enlaces vitales que ligan un destino individual con una historia más amplia, sino también el adiestramiento en la combinación del rigor lógico, el manejo de datos y la implicación histórica activa. En su momento, Antonio Gramsci reflexionó sobre la idea del “intelectual orgánico” y llegó a hablar del “intelectual colectivo” para referirse a su forma más alta, la de la organización política. Hay, en la historia de la investigación política, líneas para rastrear esta función colectiva y plantear nuevas formas de concebir esta función política del conocimiento para –¡ojalá!– debilitar la barrera o volver más fluida la relación entre investigación especializada y movimiento social, dentro de un contexto en el que los medios de comunicación convencionales excluyen por completo estas tradiciones discursivas. Según Rodolfo Walsh, hay más realidad en los hechos que en las ficciones. Le parecía que la investigación política era inseparable de una nueva literatura a la altura de ese plus.

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Las entrevistas que componen el eje de este libro tuvieron lugar entre abril y junio de 2016, cuando Verbitsky todavía publicaba sus columnas dominicales en Página/12. Desde entonces se inició el trabajo de edición (compartido con Celia Tabó). Si bien nos mantuvimos en contacto durante todo ese tiempo, hacia fines de 2017 volvimos a reunirnos para agregar un último capítulo sobre el segundo año de gobierno de Macri. En el transcurso del tiempo en que sostuvimos estas conversaciones, Horacio Verbitsky pasó de destacarse durante décadas como el columnista más importante de aquel diario a ser el director de un nuevo medio virtual: El Cohete a la Luna. Al desafío incierto de incursionar en una nueva plataforma se suma el del papel de la investigación política en la nueva coyuntura. Se propone combinar investigación de datos con toma de posiciones. Los primeros textos de Verbitsky en El Cohete son más fluidos, más largos y desenvueltos. Más lúdicos. En ocasiones incluyen alusiones a la música que escucha mientras redacta sus columnas. Entiendo que este es su gesto: desmarcarse de cierto desmoronamiento lamentoso que circula en parte del llamado progresismo, en una suerte de sintonía entusiasta con las fuerzas de impugnación del actual estado de cosas.

Una apuesta al ritmo de la calle que durante 2017 fue vibrante: desde la convocatoria a aquella formidable marcha contra el 2 x 1, que logró frenar los efectos del fallo de la Corte que pretendía aplicar la reducción de penas a un represor condenado de la última dictadura y corregir en un puñado de días a los tres poderes del Estado y al episcopado, a las masivas manifestaciones que exigían la aparición con vida de Santiago Maldonado y que impidieron, al menos parcialmente, que el gobierno se desentendiera de sus evidentes responsabilidades en esa muerte, para concluir en las marchas multitudinarias de los días 14 y 18 de diciembre contra los recortes a los jubilados. La secuencia entera, que ya había comenzado durante los meses de marzo y abril con importantes movilizaciones sindicales y de mujeres en lucha, parece señalar la persistencia de la organización popular y de la pulsión callejera como parte de una dinámica histórica cuyas cumbres, a lo largo del siglo, se alcanzaron en octubre de 1945 así como en mayo de 1969 o en diciembre de 2001. O en el movimiento de mujeres Ni Una Menos, cuya trascendencia como presentación de un nuevo actor social es equiparable a la aparición del movimiento por los derechos humanos, con madres y abuelas como portaestandartes. Como otros tantos que participamos en experiencias de investigación política (en mi caso, particularmente en el colectivo Situaciones), necesitamos comprender por qué medios continuar la tarea en las nuevas condiciones. Un propósito de este libro es suscitar, a través de las discusiones que proponen estas páginas, un mayor interés por elaborar herramientas aptas y adecuadas para las funciones de la investigación política sobre el nuevo período.

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Esta larga conversación busca extraer un conocimiento activo, en términos emancipatorios, a través del repaso inevitablemente parcial de diferentes momentos históricos. Se puede objetar que la labor de Verbitsky es demasiado realista y austera con relación al carácter utópico que toda voluntad de transformación suele poner en acto. Imagino que Verbitsky sería el primero en admitirlo. De alguna manera, también a mí me interesa más esa sobriedad que las declamaciones sobre un futuro mejor por venir. En Verbitsky prevalece la tarea, la disciplina y el impulso de investigar a las derechas. Lo mejor de su trabajo como escritor (Ezeiza, La educación presidencial, El vuelo, El silencio, Hemisferio derecho y, sobre todo, los tomos dedicados a la historia política de la Iglesia) se apoya en el archivo y en una percepción de la actualidad, del antagonismo político, que no admite distracciones. Esos son, estimo, sus mejores aportes a posibles nuevas síntesis colectivas.

Es esta inscripción de la escritura en el terreno del antagonismo histórico la que puede permitir una zona común entre el trabajo de Verbitsky y las diferentes izquierdas. Quiero decir: los mismos enemigos. Aunque no es del enfrentamiento como tal de lo que este libro quisiera hablar; tampoco de Verbitsky estrictamente sino de la historia pasada y reciente, de los modos de hacer balances complejos sobre lo que vamos viviendo colectivamente y de la tarea de la investigación en su aspecto tanto político como “técnico” (por así llamarlo). Una conversación sobre las últimas décadas que no mira hacia atrás –este no es un libro de pase de facturas ni de ablandamiento de las diferencias–, que busca hacer de nuestra oscura coyuntura una ocasión para reflexionar sobre los modos de plantear dilemas colectivos. Si algo creo haber recibido de esta proximidad con Verbitsky es un sentido de la escritura como toma de posición en una guerra cuyo campo de batalla es el propio sentido del tiempo histórico, y la estrategia es la resistencia –que parte incluso de cada uno– respecto de toda tentativa enemiga de fracturar un pasado que se va (que sólo vuelve como inocuo homenaje), y una actualidad vestida de hipernovedad (que sólo habla el lenguaje del fetiche y del espectáculo). La escritura puede ser, ella misma, ejercicio sobre los modos de vivir un tiempo en continua excepción, donde el pasado –archivo, memoria– sobrevive como condición de un presente de acción en una circularidad o tensión en que ambas temporalidades se asisten y relevan mutuamente al modo de un cristal de tiempo. Late en esa relación de tiempo y escritura un sentido de justicia que nos viene de lejos, de todos los fracasos, y de todo aquello que entre fracaso y fracaso hemos aprendido a inventar.

Más que aprender un hipotético “método Verbitsky”, se trata de reconocer una necesidad propia de politizaciones del presente, de un saber sobre las diversas capas de la lucha política. Entonces, interesa menos teorizar sobre lo que Verbitsky hace –cómo investiga, cómo maneja la información– y más dialogar con cierto trayecto de la investigación política que ayude a comprender nuevas relaciones posibles entre investigación y política. El “método”, en definitiva, lo inventa quien lo necesita.

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Este libro fue cambiando en el camino. Comenzó como un conjunto de entrevistas hasta que Verbitsky expresó su deseo de que se convirtiera en una reflexión sobre su trabajo, desde la perspectiva de alguien que pertenece a otra generación, puesto que a su juicio él ya había dicho todo lo que tenía para decir y consideraba que volver sobre aquello sería un mero ejercicio de repetición sin sentido. ¿Escribir “sobre” Verbitsky? No era ni es el propósito. Finalmente primó la idea de una yuxtaposición. Sobre la base de largas entrevistas, introduje textos con fragmentos de archivo con el objetivo de ampliar diferentes contextos históricos y, cuando fue posible, también volqué mis propias reflexiones tanto acerca de aquellos aspectos del trabajo sobre los cuales Verbitsky es renuente a teorizar, como sobre las impresiones que me quedaron de los cuestionamientos referidos a sus posiciones políticas. Sobre el final, cuando conversamos sobre el período 2003-2015, el contrapunto es más evidente. Así como Verbitsky simpatizó públicamente con el kirchnerismo en la medida en que este coincidió con sus propios puntos de vista, otros no nos orientamos por el mismo camino, dado que habíamos elaborado nuestras posiciones y deseos políticos desde otra perspectiva: interpretamos la crisis de 2001 como la posibilidad de profundizar una participación real de los nuevos protagonistas sociales en todas las instancias de decisión. El libro cumplirá un objetivo importante si además de registrar estos contrapuntos logra ofrecerse como una invitación al pensamiento.

Si me decidí a escribir este libro ha sido, ante todo, para responder a mi necesidad de lector. Quería ver si era posible plantear un diálogo político, una conversación analítica, un ejercicio de lectura de coyunturas y una aproximación a ciertos agujeros negros del presente. En los inicios de los años noventa, me impactó un libro de conversaciones con Juan Gelman –Contraderrota. Montoneros y la revolución perdida, de Roberto Mero–, que permitía a los militantes jóvenes ligar pasado y presente a contrapelo de los sentidos que afirmaba la historia. Hay algo de repetición –y algo de irrepetible– en el deseo de un libro como este, que responde menos a un plan previo y más a una pulsión de intervención y, en el fondo, a la necesidad de comprender la trayectoria propia de los últimos años. A la fatigosa compulsión a tomar partido por todo y todo el tiempo, es preciso anteponerle cierta serenidad para distinguir cuáles son los problemas en verdad importantes que enfrentamos y elaborar en lo posible nuevas estrategias. Este libro responde a la sensación de que sencillamente “hace falta”.

Uruguay, febrero de 2018

La presentación de ‘Vida de Perro’, con Horacio Verbitsky y Diego Sztulwark, tendrá lugar el miércoles 2 de mayo a las 18,30 en la Feria del Libro, Sala Carlos Gorostiza.

El Cohete a la Luna

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