Esto no es una pipa

El peronismo decidió, sabiendo que Esto no es una pipa, fumársela igual y salir a jugar

Por Sabina Crivelli y César Bonanotte

El domingo 14 el peronismo festejó. El Frente de Todos perdió a nivel nacional por algo más de 8 puntos, pero la celebración tuvo aires de victoria. Mientras el búnker de la principal coalición opositora destilaba desconcierto entre caras sombrías, masticando bronca aun habiendo ganado, el oficialismo fue por más y convocó a concurrir a la Plaza para festejar el día de las militancias. Los motivos van desde la remontada post PASO que amortiguó brechas simbólicas, el hecho de seguir siendo la primera minoría en la Cámara de Diputados, el haber obtenido casi un empate en la provincia de Buenos Aires que, adicionalmente, permite controlar el Senado provincial, y muy especialmente contrariar la oleada construida por la oposición que vaticinaba una paliza mayor y una jubilación anticipada para el gobierno. Se festejó todo esto. Pero es para festejar también, o por sobre todas las cosas, la construcción de una escena de victoria que tomó, por un momento, las riendas de la voz pública mediante una construcción simbólica que, generalmente, está ocupada y dominada por la oposición representante de los intereses del poder económico.

Los días previos fueron de la oposición alineada con el objetivo de generar una profecía autocumplida. Un dólar empujado a dinamitar la economía se juntaba en las letras de la prensa gráfica con una ex diputada autoexiliada en un coqueto campo de la provincia de Buenos Aires dando instrucciones a los candidatos de Juntos a que «se preparen y estudien porque asumen en diciembre». Anunciaba momentos históricos y un cambio de manos en la presidencia de la Cámara de Diputados que «le corresponde a la primera minoría». La ahora diputada electa por CABA, María Eugenia Vidal, confirmó por esos días las palabras de la jefa de la Coalición Cívica, deslizando intenciones de conducir la Cámara baja. Nada frenaba el rodamiento al abismo del gobierno, al punto que el mismo día de los comicios el ex Presidente Macri reclamó una «transición ordenada», y mientras resonaban sus palabras en las pantallas, sin darse cuenta, se encontraron más tarde teniendo que aclarar en todos los idiomas quién fue el vencedor del domingo 14. La plaza colmada de peronistas apoyando al gobierno el miércoles 17 dejó planteada la continuidad en el 2023 y que el partido hay que jugarlo antes de sumar los puntos.

El alcalde porteño, en medio de su fuego interno, no quiso subirse al tren de «la transición». Pero se ocupó de afirmar que Juntos, en todas sus versiones, ganó la elección. «Datos», como le gusta decir. Pero el desconcierto quedó instalado, tanto que hasta hubo un diagnóstico cognitivo del neurocientífico ahora electo diputado por el radicalismo en la provincia de Buenos Aires, Facundo Manes, sobre la imposibilidad del Presidente Alberto Fernández por reconocer la realidad. La anosognosia de Manes vino a reemplazar al síndrome de Hubris que en su momento le había tocado en suerte a la entonces Presidenta Cristina Fernández de Kirchner, diagnosticada por el todo terreno Nelson Castro. Tanto las neurociencias como el «Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales» (DSM IV) parecen coincidir en que los Presidentes peronistas desarrollan enfermedades, sobre todo cuando toman definiciones políticas que se orientan a defender intereses de las mayorías.

El poder económico, entrelazado en los dispositivos mediáticos, viene ensayando desde hace años modos de construir verdades que no se corresponden con hechos. Juntos —y sus variantes y declinaciones— asumieron que por ahí pasa la disputa por la hegemonía y su legitimación electoral. Promueven la posverdad, donde valoraciones, opiniones y emociones puestas a circular son más relevantes que lo que sucede. Este tipo de discurso emplazado no requiere de veracidad y permite así que la ficción se haga regla en las estrategias comunicacionales. Basta con sondear temas, intereses y preocupaciones para construir la escena e instalar enunciados autoevidentes.

Cuando ganó Cambiemos, el peronismo y sus alocuciones se vieron confrontados por una nueva práctica discursiva que desorientó a todo aquel que viera en la discusión política un ejercicio de argumentación ligado a la veracidad. Mientras se abría la heladera, casi vacía, la pantalla compartía las buenas noticias de un «crecimiento invisible». Los nuevos funcionarios venían a «garantizar que no estamos acá para beneficiarnos», y al mismo tiempo se reglamentaba el blanqueo para familiares. Los salarios «le ganaban a la inflación», pero el consumo se derrumbaba. Los militantes y simpatizantes del movimiento político que creció recitando la frase «la única verdad es la realidad», donde el contrapunto de la verdad es la mentira, tardaron en comprender las nuevas reglas que irrumpían en la política. Dirigentes, militantes y adherentes del campo popular se esforzaban en las discusiones con argumentos basados en razones, mientras las huestes de Cambiemos explotaban enunciados breves que movilizaban sentimientos. El debate o la discusión política en el espacio público abandonó la lógica argumental, muy arraigada en la escritura, para dar paso a la efectividad de la emoción desplegada en las imágenes y la narración audiovisual.

A minutos de concluidas las PASO del 2019 Mauricio Macri dijo, negando el resultado de las urnas, «esta elección no sucedió», o sea Esto no es una pipa. En el ensayo homónimo, el filósofo francés Michel Foucault abordó la distancia entre representante y representado a partir del análisis de un dibujo del pintor francés René Magritte. Ambos trataron la confrontación entre una pipa real y la imagen de esa pipa. La regla de la información estuvo hasta hace poco tiempo basada en esa distancia, siempre buscando conservar los rasgos del original en la imagen o el relato. Esto es lo que rompió la posverdad, un arma de municiones letales para las democracias, donde los acontecimientos relatados sobrevuelan las expectativas racionales y se instalan en las emociones desmantelando la argumentación y el análisis como instrumentos para develar el contexto. Esa comida es la que mordió Juntos el domingo. En el búnker de Chacarita se escuchó decir «mañana vemos, pero hoy les pagamos con la criptomoneda que inventaron ellos». A festejar.

El trumpismo y el macrismo hicieron nodo en esas redes de posverdades, desplegando las artes hipnóticas de la sobre representación. Mientras un tweet instala en minutos un fragmento de idea que desvirtúa la realidad, se tardan horas intentando rebatir ese falseamiento con datos e información. Y justo cuando aprendemos a digerir estas cuestiones, resulta que la cosa pinta para una posverdad recargada. Ya no es una novedad que viene una vuelta de tuerca desde que Mister Facebook transmutó en Mister Meta. El nombre viene de una reducción de la idea de Metaverso que, probablemente, Mark Zuckerberg tomó de la novela Snow Crash, escrita por Neal Stephenson, distópica y de consumo masivo entre los nerds que alimentan la cultura tech de Silicon Valley.

El Metaverso narrado en la ficción es un modo de habitar la realidad real desde una realidad virtual. Una suerte de puente de escape alucinógeno que implementado demostrará que las salidas virtuales permitirán eludir el poder fáctico de la realidad. El objetivo apunta a un ultra individualismo que roza el solipsismo. Todo un toque de atención para que la política comience a debatir el mundo Meta, que recibirá inversiones multimillonarias para hacerse realidad en pocos años, y cuya aspiración mínima es subsumir las subjetividades en cápsulas auto referenciales.

Metaverso es una palabra que se compone de dos partes, meta, que significa «más allá» y universo. En la plaza local, que tiene vocaciones devaluatorias, la derecha se anticipó y la utiliza desde hace tiempo como «más verso». Pero como dirían en cualquier barrio, «la verdad verdadera existe», y en simultáneo con la plaza de la militancia el INDEC informaba que la utilización de la capacidad instalada de la industria tuvo el mejor septiembre de los últimos 5 años. No solo alcanzó el 66,7 %, también registró un avance de casi seis puntos con respecto al 60,8 % registrado en igual mes el año pasado. El huracán tan deseado pasó lejos, y el helicóptero que desde hace décadas despega cada tanto para llevar al destierro, para siempre, al peronismo, se quedó sin nafta.

El sueño pos PASO de la derecha: ver un peronismo por fin destronado, se incumplió. El despertador sonó y en la voz pública repiqueteaba que el FdT «triunfó» el 14, y lo festejó ocupando las calles el 17, con cantos e iconografías plebeyas. Sigue siendo un movimiento incomprensible para propios y extraños que navegan aguas ajenas. Al punto que la embajada de Estados Unidos avisó vía Twitter a sus ciudadanos en suelo argentino que debían eludir la movilización por ser de «naturaleza impredecible». El fantasma de John W. Cooke sonreía mientras volaba con los dedos en V.

En tiempos de subjetividades atravesadas por experiencias diarias donde priman las imágenes, ya sea en la construcción de autobiografías efímeras e incompletas realizadas en las redes sociales o en el consumo de éstas, nunca se le hizo tanto honor a eso de que «una imagen vale más que mil palabras». Por más que escriban y escriban explicando quién ganó y quién perdió, y dicten clases de matemática enseñando que 42 es más que 33, el peronismo decidió, sabiendo que Esto no es una pipa, fumársela igual y salir a jugar.

El Cohete a la Luna

Un comentario

  • manuel dice:

    Esto no es una pipa, TAMPOCO UN PERONISMO, NO SON MAS QUE POLITICOS PERONISTAS PROFESIONALES, QUE SE PIENSAN PROPIETARIOS DEL LEGADO DE PERON.

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