Esmé

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Saki (Hector Hugh Munro)

—Todas las historias de caza son iguales —dijo Clovis—. Con ellas ocurre lo mismo que con las historias de carreras de caballos: son todas idénticas. Y todas ellas, además…

—La historia de caza que quiero contarte no se parece en nada a ninguna otra que hayas oído antes —dijo la baronesa—. Ocurrió hace mucho tiempo, cuando yo tenía unos veintitrés años, más o menos. Por aquel entonces yo no vivía sola, sino con mi marido, pues ninguno de los dos podía permitirse el lujo de pagarle al otro una pensión de divorcio. Lo cual viene a demostrar que, a pesar de todo lo que se dice en refranes y proverbios, la pobreza mantiene unidas a más familias de las que separa. No obstante, los dos siempre cazábamos en compañía de partidas diferentes. Pero, en fin, dejemos esto a un lado, pues no tiene absolutamente nada que ver con la historia.

PUBLICiDAD



—Aún no hemos llegado a la partida de caza. Porque me imagino que todo comienza con la organización de una partida de caza, ¿no es cierto? —dijo Clovis.

—Naturalmente —dijo la baronesa—. Y en ella se encontraban reunidos todos los habituales, en especial mi amiga Constance Broddle. Constance era una de esas mozas robustas y hermosas que uno no puede evitar asociar con el típico paisaje otoñal o con los adornos que se ponen en las iglesias cuando llega la Navidad.

—Tengo el presentimiento de que algo terrible está a punto de suceder —me dijo aquel día—. Debo de estar algo pálida, ¿no?

Estaba tan pálida como un tomate que ha recibido de repente una mala noticia.

—Estás más guapa que nunca —le respondí—. Claro que eso es algo que para ti no entraña dificultad alguna, querida.

Y antes incluso de que ella hubiese llegado a comprender mis palabras ya nos habíamos puesto todos en marcha, y los perros habían dado con un zorro que se había escondido entre unos macizos de aulagas.

—¡Lo sabía! —exclamó Clovis—. En todas las historias de caza que conozco siempre aparecen zorros y arbustos de aulagas.

—Tanto Constance como yo cabalgábamos sobre excelentes monturas —continuó la baronesa sin alterarse lo más mínimo—, por lo que, aunque aquélla fue una carrera verdaderamente frenética, ninguna de las dos tuvo la menor dificultad para mantenerse en el grupo de cabeza. No obstante, al cabo de un rato debimos de separarnos un buen tramo del resto de la partida, porque cuando nos dimos cuenta habíamos perdido de vista a los perros y nos encontramos avanzando sin rumbo a muchas millas de cualquier lugar conocido. Como comprenderás, aquélla era una situación de lo más desesperante. Yo empezaba ya a notar cómo mi humor iba desapareciendo por momentos cuando, tras atravesar un alto macizo de setos, aparecieron de nuevo, para nuestro alivio, los perros de la partida, los cuales ladraban como locos frente a una hondonada que se extendía justo delante de nosotras.

—¡Por fin! ¡Allí están! —gritó Constance. Luego, con la voz entrecortada, añadió—: En el nombre del Cielo, ¿qué es eso que están persiguiendo?

Aquello que los perros perseguían no se parecía a zorro alguno que nosotras hubiésemos visto antes. Era el doble de alto que cualquier zorro normal y tenía una cabeza pequeña y fea, y un cuello grueso y enorme.

—Es una hiena —exclamé—. Debe de haberse escapado de los jardines de Lord Pabham.

En aquel preciso instante la bestia, sabiéndose acorralada, se volvió bruscamente y se enfrentó a sus perseguidores. Los perros, que no serían más de una docena en total, formaron un semicírculo frente a su presa y se quedaron allí parados, sin moverse y con aspecto estúpido. Evidentemente, se habían separado del resto de la partida al descubrir y seguir el rastro de aquel animal tan extraño, y no estaban muy seguros de cómo tratar a su presa una vez que la habían encontrado.

Cuando nos aproximamos al grupo, la hiena nos dio la bienvenida con inequívocas muestras de alivio y docilidad. Parecía acostumbrada a recibir un buen trato de los humanos, mientras que, por el contrario, su primera experiencia con una jauría de perros acababa de proporcionarle una mala impresión. Los perros, por su parte, parecieron más confundidos que nunca cuando su presa comenzó a alardear ante ellos de aquella repentina confianza que acababa de coger con nosotras. En aquel preciso instante el débil sonido de un cuerno de caza se elevó a lo lejos, y los perros aprovecharon aquel sonido como pretexto para batirse discretamente en retirada. Al cabo de unos segundos, Constance y yo nos quedamos a solas con la hiena en mitad del creciente crepúsculo.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Constance.

—¡Hay que ver qué cosas tienes! —dije yo.

—Bueno, no iremos a quedarnos aquí durante toda la noche con una hiena, ¿verdad? —replicó ella.

—No sé qué entenderás tú por bienestar —le dije yo—, pero yo no creo que tenga mucho que ver con permanecer aquí haya o no haya una hiena de por medio. Puede que mi casa no sea un hogar feliz, pero al menos tiene agua corriente, servicio doméstico y otras muchas comodidades que nunca encontraremos aquí. Así que más vale que nos pongamos en marcha cuanto antes hacia ese grupo de árboles que hay allí, a la derecha. Si no me equivoco, la carretera de Crowley queda justo al otro lado.

Con la hiena pisándonos alegremente los talones, nos dirigimos sin prisa hacia allí por una senda para carretas que apenas se distinguía sobre el terreno.

—¿Qué demonios vamos a hacer con esa hiena? —preguntó, como no podía ser menos, Constance.

—¿Y qué se supone que se suele hacer con una hiena? —le pregunté yo a mi vez, irritada.

—No lo sé. Nunca he tratado con ninguna —respondió Constance.

—Ni yo tampoco. Pero si por lo menos supiésemos de qué sexo es podríamos ponerle un nombre. Veamos… Quizás podamos llamarla Esmé. Al ser un nombre neutro, serviría en cualquier caso.

Aunque la tarde avanzaba a gran velocidad, aún quedaba luz suficiente para que las dos pudiésemos distinguir lo que iba surgiendo a ambos lados del camino. Así, nuestros agotados ánimos se recobraron poco después, cuando nos encontramos de repente con un niño gitano medio desnudo que estaba cogiendo moras de un pequeño arbusto. La inesperada aparición de dos mujeres montadas a caballo acompañadas por una hiena hizo que el chiquillo se echase a llorar, por lo que nos dimos cuenta de que no lograríamos de él la menor información útil sobre el lugar en el que nos hallábamos. No obstante, como cabía esperar que hubiese algún campamento gitano por las inmediaciones, continuamos cabalgando esperanzadas. Pero por mucho que avanzamos no encontramos absolutamente nada.

—Me pregunto qué estaría haciendo aquel niño allí —dijo Constance al cabo de un rato.

—Evidentemente, coger moras —contesté.

—No me ha gustado nada su manera de llorar —continuó diciendo Constance—. Es como si, de una u otra forma, su llanto todavía resonase en mis oídos.

No se me ocurrió reprender a Constance por sus morbosas fantasías, porque, de hecho, la misma sensación de estar siendo perseguida por un insidioso llanto llevaba ya un buen rato castigando mis más que desquiciados nervios. Por el mero hecho de tener a mi lado algo más de compañía, llamé a gritos a Esmé, la cual se había quedado algo rezagada. Con unos cuantos saltos con los que demostró poseer una gran agilidad, la hiena apareció corriendo, nos alcanzó y continuó su carrera hasta dejarnos atrás.

Fue justo entonces, al pasar aquel animal a nuestro lado, cuando la persistencia de aquel llanto tan horrible quedó súbitamente explicada: el gitanillo iba firmemente sujeto entre las fauces del animal.

—¡Santo Cielo! —gritó Constance al ver aquello—. ¿Qué demonios vamos a hacer ahora?

Estoy completamente segura de que cuando llegue el Juicio Final Constance hará más preguntas que quienquiera que esté allí para hacérselas a ella.

—¿Pero es que no podemos hacer nada? —insistió con los ojos llenos de lágrimas mientras Esmé continuaba avanzando ágilmente por delante de nuestros exhaustos caballos.

Yo, por mi parte, hice todo lo que se me ocurrió en aquel momento. Me desgañité gritándole a la hiena en inglés y francés, intenté convencerla con órdenes cortas y tajantes, me puse a hacer absurdos e inútiles ademanes en el aire con mi fusta, le arrojé con fuerza mi tartera… En fin, no sé qué más pude llegar a hacer, pero a pesar de todo continuamos avanzando penosamente a través del creciente anochecer con aquella oscura y grotesca figura corriendo delante de nosotras y aquel lúgubre llanto resonando aún en nuestros oídos hasta que, llegados a un punto, Esmé dio un salto y desapareció por entre unos espesos arbustos a través de los cuales nos vimos incapaces de seguirle. Unos segundos más tarde el llanto fue aumentando de volumen hasta convertirse en un agudo chillido de dolor que, de repente, cesó de golpe. Prefiero siempre pasar por alto esta parte de la historia, porque lo cierto es que resulta demasiado desagradable. El caso es que, al cabo de unos minutos, cuando la hiena volvió a reunirse con nosotras, tuvimos la impresión de que aquel animal era perfectamente consciente de que había hecho algo que nosotras desaprobábamos por entero mientras que ella, por su parte, lo veía como algo plenamente justificable.

—¿Cómo puedes permitir que esa bestia hambrienta permanezca cerca de ti? —preguntó Constance. La pobre estaba más pálida que nunca.

—En primer lugar, querida, no puedo impedirlo —contesté—. Y, en segundo lugar, permíteme decirte que este animal podrá ser muchas cosas, pero no creo que justo ahora, después del banquete que se ha dado, sea precisamente una bestia hambrienta.

Un repentino escalofrío recorrió a Constance de pies a cabeza.

—¿Crees que llegaría a sufrir mucho aquella pobre criatura? —inquirió, empeñada en seguir realizando preguntas absurdas.

—Todo parecía indicar que sí —contesté—. Claro que, por otra parte, muy bien podría haber ocurrido que aquel chiquillo llorase por una simple rabieta. A los niños les pasa a veces, ¿sabes?

Era ya casi noche cerrada cuando por fin llegamos a la carretera de Crowley. Nada más comenzar a avanzar por ella, un resplandor de luces y el zumbido de un motor pasaron peligrosamente cerca de nosotras. Un segundo después, un golpe sordo y un agudo chirrido de frenos surcaron el aire. Cuando el vehículo se detuvo, me acerqué a él montada en mi caballo y vi a un joven inclinado sobre una oscura masa que yacía inmóvil junto al borde de la carretera.

—¡Ha matado usted a mi Esmé! —no pude sino exclamar con amargura.

—Lo siento muchísimo —dijo aquel joven—. Yo, que soy dueño de unos cuantos perros, puedo imaginarme perfectamente cómo se siente usted, así que haré cualquier cosa para reparar lo que he hecho.

—Haga entonces el favor de enterrarla lo más pronto posible —dije—. Creo que eso es lo menos que puedo pedirle que haga.

—Traiga la pala, William —dijo él dirigiéndose al chófer. Resultaba evidente que los entierros apresurados al borde de la carretera eran contingencias contra las que se habían tomado previsoras medidas.

Llevó algún tiempo cavar una fosa lo bastante grande para el animal.

—¡Menudo ejemplar! —dijo el viajero mientras hacía rodar el cadáver hasta colocarlo en la zanja recién excavada—. Me imagino que debe de haber sido un animal extremadamente valioso.

—Quedó segundo en la escuela de cachorros de Birmingham del año pasado —dije resueltamente.

Constance soltó una carcajada.

—Deja ya de llorar, querida —me apresuré a decir con la voz entrecortada—. Todo ha pasado muy rápido. No creo que la pobre haya sufrido mucho.

—Escúchenme un momento, por favor —dijo el joven, visiblemente conmovido—. Permítanme hacer por ustedes cualquier cosa para reparar el daño que les he ocasionado.

Yo me negué con todo el tacto que me fue posible, pero como él insistió en su empeño, acabé dándole mi dirección.

Ni que decir tiene que decidimos reservarnos para nosotras mismas lo que había sucedido aquella tarde. En cuanto a Lord Pabham, nunca descubrió la pérdida de aquella hiena. Cuando uno o dos años antes otro animal suyo, uno que en aquella ocasión se suponía que era estrictamente frutívoro, se escapó también de sus jardines, fue requerido hasta once veces para pagar la oportuna indemnización por las molestias ocasionadas a los ganaderos de la comarca, y tuvo que reponer prácticamente en su totalidad los gallineros de todos sus vecinos. Así que, con tal precedente, una hiena fugitiva hubiera podido originar una situación que habría obligado al Lord a solicitar una subvención del gobierno.

Los gitanos resultaron ser igualmente discretos en lo referente al niño desaparecido. En mi opinión, creo que cuando se trata de un campamento lo bastante grande ellos nunca están seguros del número exacto de niños que llevan consigo.

La baronesa hizo una breve pausa para reflexionar.

—No obstante, la historia no termina aquí —añadió al cabo de unos segundos—. Algún tiempo más tarde me llegó por correo un precioso broche que llevaba grabado el nombre de Esmé sobre una rama de romero magníficamente labrada. Fue por culpa de ese broche que perdí la amistad que durante tanto tiempo me había unido a Constance Broddle. Y todo porque cuando lo vendí decidí, con toda la razón del mundo, no darle a ella nada de lo que a mí me dieron por él. Me limité a señalarle que de todo lo que sucedió aquel día, lo del nombre de Esmé era algo que se me había ocurrido a mí sola y que, por lo que se refería a la hiena en sí, ésta había pertenecido en todo momento a Lord Pabham.

La baronesa calló de repente, pero luego, frunciendo ligeramente el ceño, añadió en un susurro:

—Si es que aquella hiena era en realidad suya, lo cual es algo de lo que yo, a decir verdad, nunca he tenido prueba alguna.

(De: Crónica de Clovis. Traducción: Manuel Ortuño)

PUBLICIDAD