Félix Bruzzone: escritor, piletero e hijo de desaparecidos

En busca de saber más sobre sus padres, conversó con represores en el penal de Marcos Paz. Ahora reivindica la política de derechos humanos del kirchnerismo y destaca la importancia de que haya un registro histórico de lo que pasó en los expedientes judiciales.

Por Vera Lauckner

Imagen:El último libro de Félix Bruzzone es «Campo de Mayo». (Foto: Paula Ribas)

El escritor, editor y expiletero Félix Bruzzone creció bajo la crianza de su abuela y a los ocho años se enteró de que era hijo de desaparecidos. De más grande, la literatura y una búsqueda personal por saber más sobre sus padres lo llevaron al penal de Marcos Paz, donde conversó con represores detenidos por delitos de lesa humanidad. A pesar de que se jacta de nunca haberse sentido cómodo con la militancia, reivindica la política de derechos humanos del kirchnerismo y destaca la importancia de que haya un registro histórico de lo que pasó en los expedientes judiciales.

En 1976, a pocos meses de haberse realizado el último golpe de Estado en Argentina, nació Félix Bruzzone. Poco tiempo antes, su papá, Félix Roque Giménez, había desaparecido y, tres meses después de dar a luz, su mamá Marcela Bruzzone fue secuestrada mientras su hijo quedaba a cargo de la abuela.

«Yo nací viviendo con mi mamá, que era madre soltera, porque mi papá había desaparecido antes de que yo nazca. Justo el día que la secuestran yo estaba con mi abuela y quedé a resguardo de la situación de secuestro. Desde ese día viví con ella», relata Bruzzone en diálogo con Télam sobre sus primeros meses de vida.

Félix lleva el apellido materno porque cuando nació ya no había padre que pudiera hacerse cargo de ir al Registro Civil a anotarlo.

A los ocho años, gracias al empuje de su psicólogo, preguntó como tantas otras veces a su abuela qué había pasado con sus padres; y esa vez ella no dejó la historia para otro día.

«Ese día me enteré de que estaban muertos pero en unas circunstancias tan extrañas que en realidad no se podría decir que estaban muertos sino desaparecidos», agrega.

Hasta ese momento, Bruzzone había acompañado a su abuela al cementerio por años, de forma periódica, para llevarle flores al abuelo -que falleció cuando Félix tenía tres-, algunos tíos y también a sus padres.

«Cuando me enteré que estaban desaparecidos le pregunte a quiénes les estábamos llevando las flores», cuenta.

Su familia paterna es de Villa Mercedes, San Luis, y los conoció pocos meses después de la desaparición de su mamá Marcela, cuando los Giménez viajaron desde la provincia puntana hasta el departamento de Recoleta para establecer el primer contacto.

Los papás de Félix se conocieron militando en el Ejercito Revolucionario del Pueblo (ERP), aunque poco se sabe de su relación.

«Ellos vivían en la clandestinidad, no sé si vivían juntos ni cuándo me concibieron. Es una cosa que no puedo reconstruir porque no quedó nadie vivo», explica.

En su casa, donde Bruzzone vivió con su abuela materna, había fotos, cuadernos y cartas que habían quedado como registro material del paso de su madre por ahí: «Había una madre ausente pero cosas que quedaban, no solo historias que me contaba mi abuela. Y lo mismo con mi papá, me daban fotos, me mostraban el boletín, me presentaban amigos de mi viejo cuando iba a Villa Mercedes. Son cosas que ayudan a armar esa ausencia como algo no tan ausente», cuenta.

Bruzzone agradece la familia que le tocó, donde su abuela construyó «una especie de burbuja, con cierta negación de fondo».

«Era una forma de cuidado que agradezco y puteo al mismo tiempo. Me hubiera encantando tener una abuela militante que se pusiera la camiseta pero tuve otra que me cuidó de otra manera», relata.

A pesar de la burbuja, Félix recuerda haberse encontrado una vez a su abuela mirando la transmisión del Juicio a las Juntas en 1985: «Tengo muy presente la imagen de mi abuela frente a la tele, que era algo que no sucedía mucho en mi casa, a las 12 de la noche, sola. Era una partecita a través de la cual ella se seguía vinculando con ese trauma».

Cuando terminó el secundario, Bruzzone decidió estudiar Letras en la UBA y tiempo después empezó a escribir. En 2008 presentó un libro de cuentos llamado «76», editado por Tamarisco, un sello fundado por él mismo junto a otros tres escritores.

En el último libro que publicó, «Campo de Mayo» (editorial Random House), cuenta la historia de Fleje, un hombre que se acaba de enterar de que su mamá, después de haber sido secuestrada, había permanecido en Campo de Mayo hasta el día de su muerte, a pocas cuadras de donde vive el protagonista de la novela. De la misma forma que Fleje, Bruzzone vive por la zona de Don Torcuato, a poca distancia de lo que solía ser un centro clandestino de tortura, y donde hasta hace poco Félix ejerció su oficio de piletero, en paralelo con la escritura.

«Todavía no me volví loco, creo que la escritura ayudó mucho, fue un canal de expresión y me contiene», dice.

El camino de la literatura también lo llevó a entrevistar a hijos de represores de la dictadura para un texto que publicó en Revista Anfibia y, eventualmente, terminó haciendo dos visitas al penal de Marcos Paz en 2014.

Ahí se encontró con muchos detenidos que se acercaron a conversar; entre ellos, un señor que había conocido a su padre.

Félix Roque Giménez, padre de Félix Bruzzone, había hecho la colimba en 1972, en el batallón 141 de Comunicaciones de Córdoba, y este hombre había sido su superior. Giménez, que militaba en el ERP, se infiltró y participó de un operativo en 1973 donde secuestraron armamento militar, sin dejar heridos.

«Para ellos fue como una afrenta», asegura Bruzzone. Después de eso, el padre de Félix estaba todo el tiempo viajando y con un aspecto distinto, para que no lo atrapen.

«Yo leí los testimonios de lo que le hicieron cuando lo agarraron y cómo lo mataron, fue terrible», afirma.

Aquel hombre en el penal de Marcos Paz le dijo «Nosotros hicimos cosas terribles», pero siempre con un «pero» detrás: «Había todo el tiempo una cosa justificatoria», cuenta Bruzzone.

«Si ellos dijeran lo que pasó, dónde están los muertos, sería reparador. Para los organismos de Derechos Humanos, todos los que estamos involucrados en esto, es una demanda pendiente», reflexiona y agrega: «Si no lo hacen es porque saben que eso hace doler más que decir la verdad».

A Félix siempre le interesó la política. A través de los relatos su abuela comprendió la militancia de su madre, y con sus tíos participó de marchas durante el período alfonsinista. Pero nunca militó.

«Para mí la política era importante pero ya nadie militaba en mi familia y mis papás estaban muertos a causa de eso, entonces había una especie de negación», comenta.

Bruzzone destaca las políticas de Derechos Humanos que se llevaron a cabo desde comienzos de los 2000: «Los juicios son un documento histórico donde va a quedar todo el expediente que dice lo que hicieron. Por eso también es tan importante lo que hizo el kirchnerismo, puso en agenda algo que nadie quería saber y nos tuvimos que poner a discutir sobre el tema», asegura.

Y rescata «no sólo los frenos de la sociedad» sino también los «institucionales» que hubo durante el macrismo, gracias a los cuales no pudieron hacerse efectivas las demandas de ciertos sectores de derecha de dar marcha atrás con los juicios por lesa humanidad.

«Como antecedente, que el macrismo no haya podido es importante en términos de reafirmación del sentido», concluye Bruzzone.

Télam