"No soy enfermo. Me han recluido. Me
consideran un incapaz. Quiénes son mis jueces…
Quiénes responderán por mí.
Hice conducta de poesía. Pagué por todo.
Sentí de pronto que tenía que cambiar de vida. Alejarme del mundo. Y me
aislé. Me fui de todos, aun de mí…
Hoy es la demencia un estado natural.
Todas las palabras son esenciales. Lo difícil es dar con ellas.
El delirio son instantes. Puede durar toda la vida.
Mi poesía es toda medida.
El arte tiene que volver a ser un acto de sinceridad."
(Jacobo Fijman, "Todo lo que uno recibe es pasión")
NOTAS EN ESTA SECCION
El profeta, por Aldo
Pellegrini | Informe de la internación
| Vida y obra de Jacobo Fijman,
por Leonardo Iglesias
Reportaje a Jocobo
Fijman, por Vicente Zito Lema (Crisis, 1970) |
Dos días, por Jacobo Fijman | Selección poética
LECTURA RECOMENDADA
Jacobo Fijman,
Estrella de la mañana | Jacobo Fijman, Molino Rojo/Hecho de estampas
| María Arancet Ruda - Una
canción de cuna para JF
Karina De Carlo: Jacobo Fijmann
(mografía) |
Publican la obra de Fijman (Clarín, junio 2005)
| Alberto Arias -
Introducción a las obras de JF
María Amelia Arancet Ruda - Molino Rojo, las dos caras de una experiencia
| Juan J. Bajarlía, caballero de la
noche, Página|12, 23/12/07
Retratos de
locura extraordinaria, Página|12, 20/04/03
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"El arte tiene que volver a ser un acto de sinceridad"
EL PROFETA
Las vivencias de la reclusión, los fantasmas de la locura, las angustias del
apartamento constituyen los temas del primer libro de Jacobo Fijman (Molino Rojo), con
una intensidad pocas veces alcanzada por la palabra.
Los poemas de "Hecho de Estampa" están iluminados por una luz esencial, única,
insustancial y eterna. La Luz que descarna y penetra, que vuelve invisible lo
falso, que hace transparentes las apariencias.
"Estrella de la mañana", a su vez, visitado por la obsesión de la muerte, por
las búsquedas de su misterioso sentido. Es una suma de todos los significados,
de toda la dimensión que adquieren las cosas y el hombre frente a la muerte.
Todo está referido a ella y ella está presente en nosotros.
Y sus últimos poemas, los de la internación definitiva, alcanzan una calidad aún
más compleja; son a la vez claros y herméticos, sobrios y densos, con una
musicalidad plagada de extraños silencios. En ellos se encuentra la materia de
todas las cosas, y de pronto adquieren un carácter profético que aparece siempre
inevitablemente unido a toda verdadera poesía. Están como situados fuera de todo
tiempo, y brota de ellos un soplo arcaico que parece destinado a remover esa
permanente actualidad de lo eterno que yace sepulta en el interior de todo
hombre. Aldo Pellegrini.
LA MUERTE DE UN POETA
En el mes de diciembre de 1970, un enfermero del hospital Borda,
anuda en el dedo de un pie el rutinario epitafio de la muerte en el hospicio.
Todo cabe en un cartel pequeño: "Jacobo Fijman, 72 años, muerto de edema
pulmonar agudo". Así se daba de baja 28 años de internación de uno de los poetas
más dignos de la literatura argentina. Tocaba el violín, instrumento que le
ayudó a subsistir en los años anteriores a su internación definitiva, 1942,
cuando fue preso de un triple destino de exclusión: pobreza, reclusión y olvido.
"Me hago la señal de la cruz a pesar de ser judío", escribió en su primer libro
"Molino Rojo" (1926), cuando todavía compartía la amistad con los integrantes
del grupo Martín Fierro y viajaba a Europa con Oliverio Girondo. Su consecuencia con
la palabra poética fue inalterable; no dejó de escribir aún en las condiciones
menos favorables. La incorporación de otro lenguaje desarrollado en su obra
plástica fue encarado con el mismo impulso. Pasión a dos vías: la palabra
poética, en busca del conocimiento, modificando el mundo del sentido; el dibujo
y la pintura, surgiendo en la tarea de desprendimiento y re-construcción de la
primigenia de los sentidos. (Daniel
Calmels, en El Cristo Rojo)
INFORME MEDICO
Informe médico
al juzgado de instrucción sobre los motivos de la internación psiquiátrica:
HOSPICIO DE LAS MERCEDES, 30 DE
NOVIEMBRE DE 1942 [Actual Hospital Neuropsiquiátrico José T. Borda]
"Tengo el agrado de dirigirme a V.S. para manifestarle que el sujeto JACOBO
FIJMAN ha sido remitido por la Policía de la Capital Federal a este
Hospicio, el día 2 de noviembre, por hallarse afectado de alineación mental,
la que fue diagnosticada de psicosis distímica-síndrome confusional."
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Vida
y obra de Jacobo Fijman
Por Leonardo Iglesias
"Recuerdo que desde niño me llamaban 'el poeta'. Mi cuerpo, muy temprano se
acostumbró a alimentarse del dolor". El 25 de enero de 1898, bajo los soles
fríos de Besarabia (hoy Rumania) nacía Jacobo Fijman. El Imperio Ruso dura
para él casi un lustro. En 1902 sus padres deciden emigrar a la Argentina.
En un principio la familia trajina por el sur argentino. Más tarde se
establecen en Lobos, provincia de Buenos Aires. En 1917 concluye sus
estudios secundarios y se radica en Capital Federal. Ingresa en el
Profesorado de Lenguas Vivas y comienza una profunda formación cultural. Se
especializa en filosofía antigua, griego y latín. Además adquiere
conocimientos en leyes y matemáticas. Su pasión por el violín y la música
clásica lo acerca, en un primer momento, al compositor y violinista italiano
Arcangelo Corelli, y luego, a la espiritualidad de los cantos gregorianos.
La vida de Fijman fluctúa, pero los diversos nervios convergen en un solo
músculo: su compromiso con la palabra.
El final de la década no es del todo próspera. Trabaja escasos meses como
profesor de francés en el Liceo de Señoritas de Belgrano y hundido en un
oscura crisis emprende un viaje por todo el país, donde se gana la vida como
músico ambulante. Decide irse a donde lo lleve el hambre. Tiene 21 años. Sus
primeros poemas ya tienen forma y estilo. El próximo paraje es el Chaco
Paraguayo: allí se emplea como peón en un aserradero. A su retorno en 1920,
Buenos Aires le tiende un solapado guiño, es ferozmente golpeado tras un
confuso episodio en la puerta de la comisaría 4ta. Fijman suplica desde el
suelo diciendo: ¡Soy el Cristo Rojo... no me peguen, no me peguen!, pero es
detenido y llevado a la cárcel de Villa Devoto. Luego de una serie de
improperios y de averiguaciones acerca de su vida privada es inmediatamente
trasladado al Hospicio de las Mercedes. Ingresa el 17 de enero de 1921 y
permanece hasta el 26 de julio del mismo año. Dentro del hospicio es
sometido a castigos corporales y descargas de electroshock.
A su salida del hospicio Fijman enfrenta una cruda realidad. Sin embargo su
fuerza poética puede con el desánimo y logra publicar una serie de notas en
el semanario Mundo Argentino y en la revista israelita, Vida Nuestra.
En 1923 un grupo de escritores jóvenes encabezado por Oliverio Girondo,
Macedonio Fernández, Jorge Luis Borges y Leopoldo Marechal, promueven la
revista Martín Fierro, de arte y crítica libre. Tres años más tarde, Fijman
es invitado por Marechal a unirse a los martinfierristas. El 1 de septiembre
de 1926, publica Molino Rojo. Su primer libro de poemas, aparece en un
momento de gran inestabilidad social y política. El título es inmediatamente
asociado a los movimientos anarquistas y socialistas. Por el contrario,
Fijman buscaba dos palabras que unidas representaran "esos estados del alma"
- como le gustaba decir -, donde habitaban los fantasmas, el espanto de su
internación dentro del hospicio y la abominable postración de un hombre que
hallaba en la demencia un instancia poética muy superior a la de cualquier
mortal
Camina. Cada tanto lo detienen las verdades. Impresionado por los maestros
clásicos de la pintura religiosa y por la vuelta a la filosofía escolástica
(Aristóteles), agudiza su crisis con el mundo real. Es entonces cuando
Natalio Botana, director del diario Crítica, convoca a los mayores
exponentes del grupo Martín Fierro y junto a Enrique Pichón Riviere, dan
forma a las columnas de arte y cultura.
Surrealismo
Del otro lado del Atlántico, el surrealismo, surgido en 1924, está en su
apogeo. París es el parnaso de la cultura. Poco antes de su viaje a Francia,
Fijman relata: "Un presagio me inquieta: si el barco naufragara en el camino
a Europa sufriría dos tragedias: el cambiarme las medias y lavarme la ropa".
Desembarca en París junto a su amigo Antonio Vallejo y una noche conoce a
varios de los precursores del nuevo movimiento. "Nos citamos para leer
poemas, estaban Breton, Desnos, Eluard...". Pero su incipiente delirio
místico lo distancia de los franceses. "Con Artaud nos conocimos en un café,
en la Coupole. Estuvimos a punto de pelearnos. Yo me identificaba con Dios y
Artaud con el diablo. Y el Conde de Lautréamont era un loco perverso. Se
había entregado a los vicios y hacía con ellos poesía".
El largo viaje parece concluir y envuelto en una gran confusión teológica
cruza nuevamente el océano. Vive en la indigencia. "Sus bolsillos abultados,
llevaban un rosario, un catálogo que reproducía las vírgenes del Louvre, y
algunas estampas de santos"- narra el escritor Juan Jacobo Bajarlía. En
1929, es bautizado y convertido al catolicismo. Ese mismo año publica su
segundo libro Hecho de estampas, que es bien recibido. En la revista
católica Criterio, Tomás de Lara destaca su figura y obra poética: "Hablamos
de poetas, como el autor de este libro, que en una atención tensísima se
revela eso, un poeta; pero su poesía no se percibe a la luz del sol, fuerte
y femenina a la vez, como debe ser; sino escondida en un salón, agobiada de
joyas, de metáforas, de conceptos, casi ocultada".
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Al comienzo del '30, realiza un nuevo viaje a Europa, en un frustrado
intento para ordenarse como sacerdote y hacer una completa vida penitencial.
A su regreso escribe diversas notas en la revista católica Número, en la que
se destaca Ciudades más ciudades, relato en el que expresa su encantamiento
por una sobrina de Oliverio Girondo: "Mañana iré a Bruselas con González
Cháves. Ciudades más ciudades y ciudades muertas sobre la imagen de las
personas dinámicas. Pero de cualquier manera tengo que huir, huir de Teresa,
de mi amor por Teresa".
En el transcurso de 1931, edita su tercer y definitivo libro, Estrella de la
mañana (et dabo illi stellam matutinam). La Argentina es gobernada por la
dictadura de José Felix Uriburu y la presencia militar en las calles es una
constante. "El libro, corresponde a la época más oscura que he conocido en
este país. La gente era perseguida de la manera prevista por el
Apocalipsis".
Luego del cierre de Número, su situación económica se agrava. Vive en
conventillos y por las noches toca el violín en tugurios para poder
subsistir. Nadie sabe de él. "Cada vez que preguntaba por mi tío la
respuesta que me daban era siempre la misma: `no sé'. Un día apareció
fugazmente en el velatorio de su madre, creo que fue en el `33 o `34, no sé
bien, y después nadie más supo de él" - recuerda hoy Natalia Fijman una de
sus sobrinas, mientras sus ojos atraviesan los vidrios de un bar cualquiera
de Buenos Aires.
El poeta se mueve sin saber muy bien a dónde va ni por qué. Sólo atesora
entre sus manos, lo más importante que mantiene en pie su vida: los poemas y
los dibujos que ha bosquejado en el camino.
El hospicio
En la primavera de 1942, la Policía Federal allana el altillo en el que
solía pasar sus días. El Acta policial sentencia: "afectado de alienación
mental". De allí lo conducen a Villa Devoto y luego al Instituto
Neuropsiquiátrico José T. Borda (Buenos Aires), donde permanecerá hasta el
día de su muerte. Según los médicos padece de una "psicosis distímica". Vive
en la más absoluta miseria y la mayoría de los amigos de su generación lo
han abandonado. Dentro del hospicio es ultrajado. Al respecto, Fijman
ironiza: "Me aplicaron electroshock. Se ve que querían sacarme la enfermedad
del cuerpo".
A pesar del estado de quietud mental al que lo someten, el poeta despliega
toda su fastuosa inventiva en poemas sacros y dibujos en pastel. Va y viene.
Se sienta. Dedica la mayor parte del día al estudio de los teólogos antiguos
y a la lectura de otras disciplinas. "Yo he investigado el alma, también la
psiquiatría. Y sé que los ciegos y los sordomudos son dementes. Que los muy
ricos y los que llevan uniformes son dementes y peligrosos. Y que los que
visten sotanas y se llaman hijos de Cristo son los más dementes, hipócritas
y demoníacos de todos". Escribe y pinta, para echar a patadas a todos esos
animales que ríen en su cabeza y no lo dejan dormir. Se para. Recorre los
pasillos una vez más, sin saber muy bien en qué lugar dejó el barco lleno de
piratas y dioses.
En el año 1948, Leopoldo Marechal lo incluye junto al pintor Xul Solar y al
escritor Macedonio Fernández en su mítico libro, Adán Buenosayres. Aquel
extraño habitante de la noche parisina, que volvía de sus largas caminatas
con una crónica inusual sobre algún aspecto de la ciudad, era ahora Samuel
Tesler, un personaje crecido en la fealdad y la sabiduría.
La segunda mitad del siglo viene arropado en penas. Por las mañanas concurre
a la Biblioteca Nacional, en donde pasa horas meditando y leyendo poesía
antigua. No tiene amigos, ni refugios. Todos los que lo han olvidado saben
perfectamente que está loco. Que vive apasionadamente su amor por la Virgen
María y que por las noches conversa con ángeles y demonios.
En el año 1958 asiste a la Sociedad Argentina de Escritores, donde
aparentemente cobra una pensión tramitada en la entidad. Sus días se parecen
a todos los días. Sale del pabellón. Baja hasta el salón principal. Se
sienta frente a unas largas mesas y comienza a escribir o a pintar durante
horas. Aunque es incluido en las Enciclopedias y colecciones de literatura
Argentina, es cruelmente ignorado, y ningún escritor de su generación sabe a
ciencia cierta dónde está.
Pecado original
A partir de 1968, la vida del viejo poeta, quedará marcada por la presencia
del escritor y abogado Vicente Zito Lema, a quien Fijman concederá los más
lúcidos conceptos sobre el arte y la locura y en quien depositará uno de sus
máximos temores. "Sé que dentro de muy poco me voy a morir. Ya soy viejo y
he sufrido lo suficiente. Pero tengo miedo de lo que me espera. No de la
muerte porque ya estoy muerto en Cristo sino de que me abran la cabeza como
hacen con todos los internos. ¡No quiero presentarme ante Dios cuando
resucite con el cerebro dañado y chorreando sangre! Mi vida ha sido el
estudio, la poesía, quiero estar hermoso digno. Además va a estar ella, la
Virgen, la única que no se burló de mi amor, ni me rechazó".
Luego de una extensa lucha, Zito Lema es nombrado curador de Fijman, cargo
que le permite llevarlo a vivir los fines de semana a su propia casa. En
1969, un grupo de personas, encabezadas por el joven tutor del poeta, edita
el primer número de la revista Talismán (íntegramente dedicada a Fijman) y a
mediados de año aparecen en la revista Extra, propiedad del periodista
Bernardo Neustadt, una serie de notas firmadas por el propio Fijman.
La dictadura de Onganía agoniza, la idea de una Argentina más próspera es
sólo una ilusión y la violencia recrudece. Al año siguiente, Fijman es
invitado al programa de televisión "La Ciudad Creadora", emitido por Canal
7. Lo acompaña, entre otros el actor Federico Luppi. En un momento dado
sucede algo impensado. Fijman alza la vista, acaso como si hubiera visto la
luna que tanto amaba, y dice: "Tengo que contar un secreto que llevo toda la
vida conmigo". Las cámaras lo buscan, quieren el mejor plano. Hay
expectativa, y como un golpe en pleno rostro, afirma: "todos los domingos,
en misa, los sacerdotes comen mierda". El silencio recorre el estudio y la
tensión se hace insoportable. El poeta acaba de propiciar la más fulminante
declaración escuchada, por aquellos años, en un medio del Estado. Y lo sabe.
Como también es consciente de que la muerte está a pasos de hacerle la
última zancadilla "¿Se ocupará de mi cuando muera? Sáqueme a toda prisa de
la morgue. No dejen que me destrocen. ¿Me lo promete?"- le suplica a su
amigo Vicente Zito Lema.
"Poeta", Jacobo Fijman: así lo registran las necrológicas de los diarios del
1 de diciembre de 1970. No dicen nada acerca de su vida dentro del hospicio.
De sus huesos comidos por un montón de soledades. Que escribió y pintó
infinidades de papeles y sueños. Que amó profundamente a la Virgen María. Y
que un día decidió reencontrarse con los ángeles y los pájaros, con los que
tanto había hablado. Tenía 72 años, tres libros publicados, un cuaderno con
dibujos y lo puesto. Nada más.
critica.cl
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Por Vicente Zito Lema
[Vicente Zito Lema es el principal difusor de la obra de Fijman.
Este reportaje fue publicado en la revista Talismán en mayo de 1969, un año
antes de la muerte del poeta, luego reproducido en la revista Crisis en 1970.]
Entrevista a Jacobo Fijman
Luego de más de un año de entrevistas, lo que
más nos ha impresionado de Jacobo Fijman fue su humor; corrosivo. En el
extricto sentido de humor surrelista. Su autencidad de poeta: que trasciende
hasta en sus menores gestos. Que le ha determinado estas formas de vida.
Estos castigos sobre su persona. Más allá de los que supieron de su
situación y nada hicieron, la enorme bondad de Jacobo Fijman, equilibrando
tantas de nuestras maldades, perdonándonos.
¿Cuáles son sus relaciones con los colores; y en especial con el blanco, el
rojo y el negro?
Los colores centrales son el violeta y el verde. Y los
periféricos son el rojo, el amarillo, el anaranjado y el azul. Yo siento
preferencia por el blanco y negro. Me gustaría ir vestido todo de negro con
guantes blancos. Estos son los dos primeros colores nombrados en el Génesis. Separó Dios la luz de las tinieblas... Amo el blanco, el negro es
melancolía. En cuanto al rojo. ¡Ah! El accidente del aire fácilmente conjuga
con el fuego. Pero el secreto es saber cuál es el accidente.
¿Cómo siente la
poesía?
Es un estado de ánimo, antes de la reflexión. Yo he tenido una
infancia poética. Desde niño me llamaban el poeta.
¿Qué autores han tenido
mayor incidencia en su formación literaria? En mi infancia toda la obra de
Sherlock Holmes; que me sirvió después para hacerle una crítica a
Dostoiesky, quien alardeaba de sus novelas psicológicas. También Pushkin, un
negro comprado por un embajador de Pedro El Grande y Víctor Hugo. Ya de
grande, ningún escritor ha tenido en mí una influencia decisiva. Aunque he
leido muchísimo; especialemente a Santo Tomás de Aquino, a todos los
maestros de la patrística latina y griega.
¿Cuál es su símbolo?
La palabra;
que es símbolo. Y cruz, el símbolo de San Atanasio.
¿Hay equilibrio entre su
poesía y al que le cortan la lengua por no mentir?
Sí. En primer lugar, por
aquello "de que al principio fue el verbo". Y quise dar con ello.
¿Qué valor
le asiste a un asesinato?
Los asesinatos tienen el valor de que el asesino
va al infierno. Es pecado de segundo modo. Primer modo es pensarlo. En
general, la decapitación es el más fácil de los métodos de matar. Y el más
espantoso es el estrangulamiento. Pero yo deploro los asesinatos.
¿Qué
significan los títulos de cada uno de sus libros?
Molino Rojo recuerda la
demencia, el vértigo. Yo buscaba un título para esa obra que significara mis
estados y reparé en un molinito viejo que tenía en la cocina. De color rojo.
Para moler pimienta. Y ví en ese objeto todo lo que mi poesía quería
expresar. Estrella de la Mañana, en cambio, se refiere a los estados
místicos que yo había adquirido en esos años. Ya había sido bautizado,
convirtiéndome a la religión católica, y quise expresar con ese título la
encarnación de la verdad. En cuanto a Hecho de Estampas, yo trataba de
volver a la filosofía escolástica. Y volver fundamentalmente a Aristóteles.
Y en una visita al museo del Louvre quedé impresionado por los maestros
clásicos, por su pintura religiosa. Cuando luego ví unas estampas de esos
cuadros religiosos, las asocié a mis poemas. De ahí Hecho de Estampas.
¿En
qué medida la enfermedad mental puede influir en una obra artística?
Corelli, el músico, escribió una sonata, "La Locura", después de estudiar
esas enfermedades. Después de tocar la sonata, él salía a la calle a
conocer gente. Y veía que todos estaban locos. Yo he estudiado psiquiatría.
Y sé que los ciegos y sordomudos son dementes. En cuanto a mi obra, los
médicos dicen que no hay en ella signos de enfermedad. Y yo lo creo; ya que
no hay en mi poesía nada en contra de la gramática. Hay que estudiar.
¿Cómo
se relaciona el hecho de ser usted violinista con su poesía?
En la medida.
Mi poesía es toda medida. De una manera que la acerca a lo musical.
¿Cuál es
su visión de la realidad?
La realidad es el ente. Y el ideal de realidad
Dios. Ente increado. No hay nada más real y más evidente que Dios.
¿Cuáles
son las cosas a las que tiene mayor afecto?
No es muy fuerte mi afecto con
los objetos. Además, prácticamente no tengo nada. Alguna ropa, unos libros,
una pipa...n Pero hay casa hasta donde un cuadro de Modigliani está fuera de
lugar. Y amo entonces la mesa y el mantel.
¿Piensa que su obra se identifica
con alguna corriente poética?
No. Está fuera de cualquier escuela literaria.
Nunca seguí a nadie. Aunque espontáneamente me considero un surrealista. Los
surrealistas son auténticos poetas; pero blasfeman y son satánicos. Un poeta
tiene que estar al servicio de Dios. Y sino es que está al servicio del
demonio.
¿Por qué dejó de publicar su poesía?
En primer lugar porque la
publicación de mis libros me la tenía que pagar yo. Y apenas tenía para
comer... Pero fundamentalmente, por miedo a perderme en la literatura y
alejarme de Dios.
¿Se considera un santo?
No sólo me considero, lo soy.
Pero mejor no decirlo porque no lo entenderían. Para los médicos eso es
enfermedad. Y ellos no saben lo que es un santo. Solo tratan a los demás
como enfermos. Se guían por los síntomas. Y otras obligaciones no tienen. En
esta sociedad está prohibido ser santo. Aún por la Iglesia.
¿Tiene miedo de
la muerte?
Ningún miedo. El que hace la vía ya no tiene miedo. Además ya lo
he dicho; me considero un muerto. Un muerto en vida. Vivo en Cristo. Todas
las enfermedades ya están en potencia. Simplemente se hacen visibles en el
momento de morir.
¿La Biblia es un texto poético?
La Biblia es un libro de
Dios. Y no tiene fondo. Aunque realmente el Apocalipsis es un poema
terrible.
¿Para qué escribe?
Lo hago para que mis actos se ordenen a Dios.
Buscando la verdad y no la oscuridad. Escribo para Dios y para mi
perfección. Y dios sencillamente lo aprueba. Y esto dicho en lengua baja.
Para que todos me entiendan.
¿Para qué pinta?
Entre mi pintura y mi poesía
hay una misma mano. Las mismas concepciones. De niño me dijeron que sería un
gran pintor. Y entonces quemé todo. Ahora lo hago para perfeccionar mis
sentidos, externos e interiores. Sólo de esa forma es válido pintar y
escribir. Y hasta que los pintores y escritores no lo entiendan, deberían
dejar esas cosas. Porque están mintiendo. El arte tiene que volver a ser un
acto de sinceridad.
¿Cómo ve esta ciudad?
Es una ciudad que no es buena. Es
realmente mala. Corrupta. Llena de gente depravada. Hay una falta absoluta
de moralidad. Es una ciudad hipócrita. Hasta parece que fuera la hipocresía
su estado natural.
¿Qué motivó su conversión de judío a católico?
No es
conversión de judío a católico. Es simplemente la aceptación de la religión
católica, apostólica y romana. Porque lo de judío no se pierde. Esta
conversión es una concepción de la gracia. Porque Dios seguramente ha
encontrado méritos para convertirme. Para concederme ese conocimiento y esa
fe.
¿Ha sufrido castigos?
Sí. Pero no me quejo. ¿Quien se podría quejar
luego de la pasión de Cristo? Hace ya de esto muchos años. Yo era
joven (...) "yo soy el Cristo Rojo" fue mi única respuesta a los golpes y me
quedé quieto contra la pared...
¿Por qué está internado en este sitio?
Según
los médicos debido a que estoy enfermo. Trastornos mentales. Yo creo sin
embargo que la mayoría de la gente padece de trastornos mentales, incluso
los propios médicos. El que más o el que menos padece de psicosis. ¿Y es que
alguien sabe lo que es el alma, lo que es el intelecto? En el año 1942 me
aplicaron electroshock. Se ve que querían sacarme la enfermedad del cuerpo.
Pero yo no me quejo. Los médicos son buenos, hacen lo que pueden. Recetan,
dan consejos... Y además si me fuera de acá ¿adonde iría?. No tengo nada, no
tengo a nadie.
¿Cuál es esa demencia que se invoca en su poesía?
Es la
demencia en sentido total. Hay formas que obedecen a los nervios centrales y
otras a los periféricos. Y puede ser también un castigo. El que va a nacer
elige ser bueno o malo. Eso tambien pasa hasta con las vacas. Ahora bien, la
mayoría de los dementes tiene la médula desviada. Cualquier enfermedad, aún
el cáncer, es estado de locura. Y hay incluso gente que se alegra de estar
loca. La demencia debe ser vista desde un punto de referencia moral. Y a esa
pobre gente que está en este hospicio, habría que darle buena comida; la
comida es mala. Enseñarles a sentarse en la mesa, a no robar, a no blasfemar.
Y cambiar fundamentalmente la higiene. En mi poesía invocaba la locura. Aquí
se conoce la locura. Ya estaban anunciados mis sufrimientos. Yo soy el
Jacobo Fijman que aparece en los textos de Notredamus. Y ese día vi como un
puñal. Y me dije:"Quien sabe lo que van a creer de mí, quien sabe lo que
van a hacer de mí". Pero yo nunca he querido ser dictador. Ni matar a nadie.
Soy un santo.
¿Se siente un enfermo mental?
No. Rotundamente. No. En primer
lugar porque tengo intelecto, agente y paciente. Y mis obras prueban que no
sólo soy hombre de razón, sino de razón de gracia. Los médicos no entienden
esas cosas. Se portan fácilmente bien. Pero no pueden ser lo que no son.
Simplemente toman la temperatura de la piel. Dan pastillas, inyecciones,
como si se tratara de un almacén. Y olvidan que en el fondo es una cuestión
moral. Y es que no conozco a nadie que pueda entender la mente. Sin embargo
no los odio. Hacen lo que pueden. Lo terrible es que nos traen para que uno
no se muera por la calle. Y luego todos nos morimos aquí.
Vicente Zito Lema
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Dos
dias
Por Jacobo Fijman
[Revista Topía]
En estos momentos la desmanicomialización es un tema de discusión en el campo de
la Salud Mental. Muchas veces se habla de ella sin tener en cuenta los aportes
de la historia. Sin reflexionar sobre lo que se hizo y lo que se escribió
quedamos huérfanos de modelos y de herencias de las cuales poder apropiarnos. Es
por eso que decidimos publicar un texto poco conocido de Jacobo Fijman, uno de
los poetas latinoamericanos más importantes del siglo pasado. Fijman nació en
1898. Participó durante la primeras décadas del siglo pasado en el grupo
literario “Martín Fierro”, donde conoció a Girondo, Borges, Macedonio Fernández,
Leopoldo Marechal y otros escritores. Colaboró con periódicos y revistas. En un
viaje a Europa conoció a André Breton y otros poetas surrealistas. Tuvo varias
internaciones psiquiátricas hasta quedar definitivamente internado durante los
últimos 30 años de su vida en el Hospital Borda donde murió en 1970. Los tres
libros de poesías publicados son Molino Rojo; Hecho de Estampas y Estrella de la
mañana.
El texto que incluimos nos brinda la visión de su propia crisis y la internación
en el manicomio. Fue publicado por primera vez en el diario Crítica, suplemento
Magazine, Buenos Aires, lunes 3 de enero de 1927. Muchos años después, en una
entrevista con Vicente Zito Lema comentaba: “En un cuento, que se llama ‘Dos
días’, hablaba del Cristo Rojo. El mismo San Pablo enseña ‘ser como otro
Cristo’; es decir, Cristo está en uno. La total identificación. Aun la pérdida
de la persona. Yo lo sentía como una cosa cierta, no literaria. Y la intención
del rojo, era para identificarme con la revolución, que había estallado en todo
el mundo. Cuando los policías me golpeaban les grité: Soy el Cristo rojo.
Siguieron con sus golpes. Cada vez más frenéticos, enfurecidos. Antes que me
desmayara, me pegué a la pared y dije: Yo soy el anunciado. El cuento lo escribí
después. Y lo publiqué en un diario”. La presente versión fue extraída de la
excelente edición de cuentos de Jacobo Fijman San Julian el pobre (relatos),
recopilación, notas, apéndice y edición de Alberto Arias, editorial
Araucaria/Signos del Topo, Buenos Aires, 1998.
Hospicio de las Mercedes. Dicen que me han traído aquí porque estoy loco. Esto
es imposible. Pensar que yo he perdido la razón siendo una cosa de orden
metafísico, trascendental. No puede ser. Además, he padecido hambre, sed, dormía
mal, estudiaba mucho, quería mejorara a los hombres, tenía sentido del
sacrificio, me redimía, amaba.
No se porqué, en una comisaría de la ciudad, me apalearon.
En uno de sus calabozos se me encontró hablando de tonalidades, del origen de la
especie, del super-hombre y cantando La Marsellesa. Me había desnudado; quería
ser como los hijos del sol, resplandecer de sencillez, de inocencia, de
santidad.
De mañana, vino mi padre; vino hasta el calabozo, acompañado de un policía. Mi
padre ha envejecido. Está mas canoso. Tiembla. Tiene los ojos azules, mas azules
y tristes.
-¡Como, hijo! ¿ayer te emborrachaste? Pobrecito, no es nada. ¿Para que te
desnudaste? Me pregunta con mucha ternura, con mucho miedo.
Yo no le digo nada. Entonces mi padre se echa a llorar.
El policía mira; tiene un aire seguro, tranquilo.
-Hijo, en la sala de espera está tu madre.
Yo no le digo nada. Interiormente sonrío y reflexiono: ¡Cómo! ¿no sabrá éste que
soy un super-hombre? ¿No sabrá lo que todo el mundo: que tengo el cerebro de
oro? Por eso me pegaron en la cabeza. No me la pudieron romper. ¡Y cómo! ¿No
sabe que soy el Mesías? ¿No recuerda la sesión teosófica que le di anoche? ¿No
le habló Kliguer, que es poeta y teósofo, de mi lenguaje de los dioses! ¡Como!
¿y se olvidó de las tres piezas que toqué en el violín para recordarle “quien
era” ? ¿No recuerda de mi “Kol Nidre”, de mi “Air” de Bach y de las “Marcha
Fúnebre” de Chopin? ¡Y, cómo! ¿no sabe que mi violín es una antigua sinagoga de
Jerusalén? ¿no sabe que soy el Anunciado? ¿No sabe que he escrito mi Tabla de
valores?
-Vamos, hijo, vamos.
Fuimos a la sala, donde mi madre nos esperaba. El escribiente que toma nota de
mi nombre, domicilio y profesión, lleva lentes. A su alrededor aparecen más
policías, con su misma cara rosada, mofletuda; con sus mismos lentes, con su
mismo libro, donde anotan los datos, con la misma lapicera.
Ahora todos me miran, me observan, sin duda para no olvidarme.
De pronto, el escribiente interroga:
-Profesor de violín, ¿no?
Ahora interrogan todos: “Profesor de violín, ¿no?” , y anotan lo mismo. Yo
pienso: Je. ¡Profesor de violín! Gente estúpida, todavía cree en la división del
trabajo.
Al rato, salimos. Es un dia de sol, caluroso, 23 de enero.
La ciudad está silenciosa: sin duda la gente ya sabe que no me gusta el ruido.
-Vamos a tomar un auto, hijo. – dice mi madre.
-No, yo no voy, no, no- contesto.
Y aprieto a los dos contra mi de un modo que los hace estremecer. No quiero ir
en automóvil después que he escrito mi Tabla de valores. El auto es un elemento
de civilización. Yo no quiero debilitar mis pies, yo no quiero el progreso. Yo
quiero la caverna del hombre primitivo; quiero a Eva, quiero la llanura, quiero
el sol.
Después, les digo:
-Vamos a lo de Alberto, a mi casa de Alberto.
-Nosotros no la conocemos. ¿Adonde nos llevás?
La ciudad está cambiada, pero reconozco el camino. No se cómo, me acuerdo de los
pájaros. Los pájaros tienen sentido de orientación,. Aunque la ciudad ha
cambiado tanto, me digo: Encontraré la casa de Alberto.
Camino y camino. En efecto, la ciudad ha cambiado. Hay otra luz en la ciudad,
velada de un color de fuego transparente, de seda. Estoy, sin duda, en otro
plano.
Mi padre, con sus ojos azules, y mi madre, que tiene la cara torcida por una
alteración nerviosa, me siguen. Siguen a un fantasma. Se detienen y me
aconsejan:
- Volvamos a casa; a nuestra casa; no seas malo.
- No, casa de Alberto-contesto, y los obligo a seguir.
Veo el reloj de la joyería de Alberto. Veo la tabla negra del letrero, que me
sugiere la idea de que los de la casa están muertos, que han desencarnado, que
se han vestido con el traje de la eternidad. Precisamente, el padre de Alberto
estuvo hablándome del “Ayer”.
-Buscas tu Ayer- me dijo.
Como es pelirrojo y sanguíneo, se me ocurrió, se improviso, que tiene el color
de los ladrillos que hacían los esclavos faraónicos.
Vi en él algo de Triángulo. Me eché a llorar. Este hombre sabía mi angustia.
Sabe que busco un sentido a la muerte. Sabe que soy el Anunciado. Lo sabe todo.
Es Salomón. Los dos nos hemos encontrado. Yo soy Moisés: he aquí que mis manos
tienen el cayado del profeta. Con él voy a alucinar a los que pegan a mis
judíos. Somos dos antiguos que se han encontrado. Ahora, creo que el viejo me
cuenta una parábola. Es verdad, al padre de Alberto le gusta hablar de parábolas
y contar leyendas de la antigüedad.
Empieza a llover.
-Es fiesta- dice el padre de Alberto con un acento de nostalgia, lánguido,
imprevisto.
Llueve ópalo, azul, oro, violeta. ¡Je! Estoy en Jerusalén. Ya estamos en
Jerusalén. Salgo corriendo de la casa de Jaime Berg, padre de mi amigo Alberto.
Debo anunciar algo: leer mi Tabla de valores. Soy el Anunciado. Voy a darle un
abrazo a Kliguer, el poeta teósofo que muchas veces me ha dicho que soy más
anciano que él. Tenía razón. Soy el Mesías. Anunciaban que vendría después de la
guerra.
He visto a Kliguer en la redacción del “Ydische Zeitung”. Me recibe en su
gabinete de corrector de pruebas. Le hago “señas”.
-¿Hablas el lenguaje de los dioses? – me pregunta.
Sigo haciéndole señas.
-¡Qué lastima que no tenga una flor para darte!
Sigo haciéndole señas. – Bueno, ve, anda, si no quieres decir nada.
Entonces le hago un gesto significativo, como diciendo: -Kliguer, te espero
mañana en las barricadas- Y golpeando el suelo furiosamente, salgo de la
redacción.
Son las cinco de la tarde. La tarde es turbia. Ha refrescado.
Ahora voy a lo de Giacosa con un candado sobre la puerta. Ya debe de estar
preso. La policía ya sabe que mañana estalla el caos. Me echo a reir y grito:
-¡Yo soy el anunciador de la tempestad!
En la calle hay poca gente. Se cierran las casas de comercio. Camino por la
calle Corrientes, risueño, gozoso.
Veo un judío de barba; usa pastillas de patriarca, anteojos negros; viste de
levita negra. Lo reconozco. Es el padre de un muchacho sionista. Se llama Stein.
-¡Ah!, si él supiera que yo soy el Mesías.
Ya lo he perdido de vista. Sigo caminando. En la trastienda de una sastrería
hebrea están dos sastres que perecen ser los dueños, y Moicha, un conocido
violinista de piezas típicas de casamiento. Los dos sastres son morenos,
afeitados, gordos; usan anteojos de carey , son de mediana estatura, algo
encorvados; Moicha, el violinista, es rubio, calvo, flaco, rasurado; lleva una
vieja levita de un negro desteñido que tira a verde. Ninguno de los tres me
conoce, pero yo si los conozco; los he observado muchas veces. Están examinando
un violín; me parece que Moisés también se dedica a revender violines. Me
detengo y los miro. Después me acerco a ellos. Pido el violín. Me miran
curiosos, asombrados. Pruebo el violín cual un consumado luthierista (1) ,
golpeando en la tapa y aplicando el oído por si se percibe la vibración
simultánea de las cuatro cuerdas.
Dicen en yergón:
-Parece que se entiende.
Me hago el ingenuo y les digo:
-Este es un instrumento hebraico.
-Si, si- dice uno.
Y otro, en yergón:
-Sabe, sabe.
-Hoy es día de la raza, ¿no?- les pregunto.
Todos me miran azorados. De pronto pego un formidable puñetazo sobre el
mostrador, gritando:
-¡Llegaremos!
Ellos tres gritan horrorizados:
-¡Está loco!
Salgo corriendo, lanzando carcajadas terribles, ásperas, sarcásticas. No saben
que soy el Mesías. No me presienten. Todavía tienen miedo. Esperan. Sigo
caminando. Y he hecho un trecho enorme. Estoy cerca del barrio de Flores. Ahora
me voy a leer mi Tabla de valores a Enriqueta Gómez, una grande alma solitaria.
No se quien la llamó Luisa Michel o la comparó con ella. Me parece que estoy
enamorado de Enriqueta. Tengo que leerle mi Tabla. Se alegrará mucho. Hace
tiempo que no la veo. Además tengo que decirle que estoy enamorado de Carolina
Mendoza. Ella debe de conocerla. Algo tengo que contarle.
Carolina es una muchacha rara; le gusta enamorar a los hombres y después
volverles la espalda, como hizo con mi amigo Berman. Posiblemente, si Berman no
se hubiera enamorado, ella seguiría siendo su amiga. A mi me tiene miedo. No me
tiene odio. No, a mi me ama. Tampoco. Conmigo le gusta hablar sobre pesimismo.
Carolina es escéptica, amarga, pesimista. Carolina sabe más que el padre, un
abogado que no ejerce, tolstoyano, que cree en la moral, no cree en Dios, es
enemigo del Estado y ha publicado sobre moral veintidós tomos.
La madre de Carolina es una mujer pequeña, flaca, neurótica. Habla de
melancolías, de flores, de la provincia natal, y es enemiga del matrimonio.
Ahora vive sola con Carolina. Odia al marido. El, a su vez, también la odia.
Todos ellos se odian. Me causan risa. Carolina tiene unos hermanos pelirrojos
que la detestan. La llaman perversa. Son bolcheviques. Trabajan en una fábrica.
Hablan mucho. Dicen cosas disparatadas. Son pelirrojos e impulsivos. Pero yo amo
a Carolina. Voy a decírselo a Enriqueta Gómez, que me comprende. Pero también
estoy enamorado de Sofía y compadezco a Emma. Amo a Sofía desde que hablé con
ella en la Maternidad. Tiene ojos de ensueño. Me acordé de Schumann. Oí música.
Consulté con ella sobre Carolina.
-Yo soy muy franca- me dijo. – Esa muchacha tiene mas inteligencia que
sensibilidad.
-Siento que me vienen desmayos. Sofía me mira con sus ojos de ensueño. Estoy
enamorado. Me muero. Oigo música de Schumann. Estamos enamorados. Entra Emma con
su hermana, que practica en la Maternidad. La hermana nos dice, sorprendida:
-¡Oh! ¿qué les ha pasado?
Sofía y yo estamos en silencio.
Me voy con Emma. Emma está triste; ama y no ama. No quiere casarse con un judío
de Entre Ríos porque es ordinario, bruto, feo.
-Me consolaré con ser madre –va diciéndome Emma.
Emma es buena y fea; quiere estudiar medicina.
-La vida para mí no tiene objeto.
-Para mí, sí –le contesto.
-¿Por qué? –me pregunta.
-Porque dos y dos son cuatro.
Pasamos cerca de la Penitenciaría Nacional. Me parece que hago una seña. Con
ella quiero decir: “Mañana, a primera hora, larguen los presos. Mañana Beethoven
dirigirá en el estadio la Novena a coro”. Emma me habla de Fanny. Fanny me
quiere mucho. Es rubia, tiene ojos azules; dice que soy un tipo original. Fanny
me ama, me adora, me comprende. Voy a decírselo a Enriqueta Gómez para
asombrarla.
Un día me preguntó si alguna vez estuve enamorado. Una noche volví cansado de
vagar y soñé que Enriqueta Gómez me daba un abrazo de alma, un abrazo inmanente,
un abrazo de alma extraordinaria.
Ya estoy en la casa de Enriqueta Gómez. Sale una señora de luto. Me dice que
Enriqueta Gómez no está. Me siento sobre un montón de ladrillos a esperarla. Yo
venía a anunciarle que mañana estallaba la revolución; pero ella debe de estar
preparándose, si es que no está en la cárcel. Pero necesito leerle mi Tabla de
valores para que tenga ánimo en las barricadas.
Ya son las nueve de la noche. El cielo es claro; las estrellas brillan. En todas
partes levantan barricadas. Una alegría cósmica inunda. El ambiente está
perfumado. De pronto, unos niños se acercan, y me tiran piedras. Me echo a
caminar. Sólo encuentro mujeres de ojos negros, ojos tristes de horror. De fijo
que es la hora. En este momento anoto no se qué impresión en mi Tabla. Me
encuentro con unas mujeres hermosas, divinas.
-¡Oh, un poeta! –exclaman y se acercan para observarme. Miro el cielo. El cielo
está cada vez más azul, más alto, más lejano. Camino y camino.
Estoy cerca de Palermo. Es verdad que soy Beethoven y tengo que dirigir la
Novena Sinfonía. Ya los músicos están reunidos. Visten de negro. Visten de
negro, porque saben que es el color que más me gusta. Hay un gentío enorme.
Ruido, mucho ruido. Los fulmino a todos con una mirada amenazadora, lanzando
rayos, anatemas. No saben que soy Beethoven. Los músicos están preparados.
Empiezo a dirigir a distancia. Ahora todos escuchan en un silencio religioso.
Algo trágico, milagroso, presienten. Después de la Novena, pienso, sólo falta
consumar la gran obra: la Revolución Social. Yo soy Beethoven; “Ayer” usaba
trapo rojo; hoy soy el mismo. Soy el Cristo Rojo. Por fin termina la sinfonía.
La multitud estalla en aplausos, delira. Se oye un trueno. La gente escapa.
Alguien grita:
-¡Es dinamita!
Hay un desbande. Alguien me ha tirado una flor roja. >Ese alguien me ha
reconocido.
-Es la hora –pienso. –Yo soy el Cristo Rojo.
Los rayos se desdoblan en el espacio. Ya no hay estrellas. Ya no hay gente.
Llueve.
Me vuelvo a mi casa. El portón negro del palacio en que vivo se abre empujado
por una mano misteriosa. Ah, si, ya sé, es Chernichevski, el espíritu del jefe
de los nihilistas, que me abre la puerta. Entro a mi casa. Todos duermen.
Duermen en el suelo; se explica, hace calor, mucho calor. De pronto, me detengo
a contemplar a mi hermanita Fedora. Todo su cuerpo es blanco, de mármol, de
diamante. Veo sus envolturas astrales. ¡Dios mío, la inmortalidad del alma es un
hecho! Ahora, por fin, siento la alegría de vivir. No se muere nunca. Se “es”
eternamente. Bienaventurados todos nosotros. Aleluya. La vida tiene sentido; la
muerte tiene sentido; todo tiene sentido. Pienso que todos los cuerpos de mi
casa contiejnen espíritus antiguos, superiores. Evohé, toda Grecia está en mi
casa.
Tengo sed. Es verdad que hace varios días que he decidido no comer, porque eso
de comer es cosa de bestias. No hay que ser bestia. Hay que ser un dios, algo
más y siempre más.
La canilla de la pileta resplandece. Me digo: “Es de oro”. Ahora todo es de oro.
Se explica; yo, el super-hombre, encontré la piedra filosofal. La piedra
filosofal la descubrí en el sonido. Soy el alquimista de los sonidos. Ahora todo
es de oro puro. Todo se ha purificado. Todo brilla. Ha llegado la hora del alba
eterna, del alba esperada. Homero ha vuelto a reencarnarse para mi fiesta. Pues
bien, bebo. Bebo agua. Son las últimas gotas de agua que beberé, nada más que
para limpiar mis órganos de oro, los órganos eternos; los órganos que no saben
del bien, ni del mal, ni de la virtud, ni del pecado; los órganos del Integral,
del Superhombre.
Entro en la cocina. Está clara, limpia. La lamparilla eléctrica es de color rojo
y amarillo. Debe de ser una comunicación de Moscú. Recibo noticias secretas que
contesto.
La luz recta de un reflector, con un aliento monstruoso, enfoca la ciudad. Mi
cuerpo exhala, poro tras poro, aromas distintos y penetrantes. Estoy en la
gloria. Desde el fondo de mi ser brotan aleluyas. Mi ánimo se resuelve en
misticismo. No me entiendo. Tengo la certeza del otro espacio, del otro. El alma
existe. Dios existe. Yo existo. Nada muere.
Un instante después me limpio la boca con una papa. Mis dientes están blancos,
blancos muy blancos. ¿Qué más quiero? Sólo habría que comer papas. Mi amigo
Berman estuvo un tiempo comiendo papas y dedicándose seriamente a reflexionar.
Soy feliz. La felicidad es mía. Tengo paz, seda, dulzura en mi sangre. Ya no soy
pesimista.
En eso entra mi madre.
-¿Qué haces? –interroga.
-Mire, mire: ¡qué limpia tengo la boca!
-Es cierto –Y luego agrega: -¿Dónde has comido?
Yo por respuesta sonrío; sonrío misteriosamente. No, no; desde luego mi madre no
sabe quien soy yo. Lo que me asombra en ella es su lenguaje de compasión y
dulzura para conmigo:
-Bueno, vete a dormir- me ordena.
-Después.
Ella se va meneando la cabeza, pensativamente. Todo está en silencio. Me deslizo
como una sombra y salgo. Tampoco dormiré más. Ni comer, ni dormir, nada de las
dos porquerías.
Estoy en la calle. Camino. Recuerdo que debo estar en mi “soviet”. Mi “soviet”
está compuesto por Pardo, Berman y Soria. Los tres ilustrados. Los tres son
revolucionarios. Los tres son pesimistas. ¿Cuál de los tres es más pesimista?
Pardo, porque ama el color gris y tiene ojos tristes; pero cree en el amor.
Berman no cree en nada, pero tyi4ene pasiones con alternativas que dan miedo.
Soria está casado. El pesimista soy yo. No; el pesimista es Enrique Pitzberg, un
muchacho medio feo, con algunos dientes de menos y atacado del mal metafísico.
No cree en nada; todo está mal; todo es inútil; los hombres son perversos, las
mujeres son idiotas. El universo está mal construído. Tales de Mileto se
equivocó en su teorema sobre la construcción del mundo. Todo es imperfecto. La
perfección es inútil, porque Kant, porque Fichte; porque Descartes; pero Bacon,
pero Sócrates, pero….
No, éste tampoco es pesismista. Y, aunque lo fuera, no lo entiendo. Pesimista es
Tartessi. Tartessi es un muchacho que se le ha dado por usar barba. Es un
temperamento apasionado, latino; y es neurótico. Lo es su madre, su hermano el
violoncelista y sus hermanitas. El está en pleno pesimismo. Lee a Leopardo, el
Eclesiastés; pero estudia el yargón, porque se ha enamorado de una violinista
judía. Ahora ya no está enamorado. Quiere irse a Norte América, a Italia o al
campo. No, tampoco Tartessi es pesimista. Pesimista es un ex -fraile amigo mío,
un tipo erudito, vagabundo. Lee mucho; y come donde puede. ¿Dónde estará?Debe de
estar también pero, porque dijo el otro día a voces:
-Moscú es la capital del mundo.
-Montenegro- le dije- cuando llegue la hora, habrá que matar, matar a muchos,
sin miedo, sin piedad.
-¿Matar? Yo no sé matar- me contestó.
-El que no mata en la hora de la revolución, la hace fracasar.
-Yo sólo aspiro a ser comisario de instrucción pública.
He notado que casi todos los eruditos aspiran a lo mismo. Se creen que porque
saben latín y griego deben regir los destinos de la cultura. ¡Qué bestias! Son
los que dicen: “Hemos llegado demasiado tarde”, y quieren volver a la Edad Media
o al Renacimiento. Son unas bestias. No tienen sentido histórico. No sirven ni
para esta época ni para los tiempos de Maricastaña. Ah; pero Montenegro lee a
Stirner y a Nietzsche. Es un tipo disolvente. Ha sido fraile y, desde luego, es
un peligro para la revolución. El hábito de la hipocresía, de la simulación, no
se saca así nomás; queda, está prendido de cada nervio, de cada arteria, de cada
mano. Montenegro s una bestia. ¿Para qué usará esa capa y esa barba que lo hace
semejante a Stendhal? Por economía. Por taparse la mugre: la capa; y la barba,
efectivamente, por vanidad. Pero Montenegro entiende mucho de pintura. Es uno de
esos tipos que hablan que hablan mucho de estética en los cafés y que tan bien
han pintado los Goncourt. (Los Goncourt no hablarían mucho, pero escribieron
mucho, demasiado.) Ah, pero el pobre Montenegro también busca algo. Es un
atormentado. Tengo que iniciarlo en teosofía y estará salvado. ¿Pero dónde está
Montenegro? ¿Y Kerchman, el pobre vagabundo judío, sin hogar, sin amigo, sin
nada? Dicen que tiene talento. Su cabeza es blanca; sus ojos dulces y la cara
rosada. En verdad, es inteligente. Kerchman es un pesimista, un doloroso, un
atormentado. El es el único que no cree en la revolución ni en los
revolucionarios. Los odia, los desprecia, los compadece. Kerchman se ha ido
lejos, muy lejos. Quizás a pie, cantando una lamentación de las que oyó en las
estepas.
Ya se inició el nuevo día y estoy en la calle. A eso de las 10 me encuentro con
Boris Goldman, un muchacho de cara pequeña y movimientos bruscos. Toca el piano
y está componiendo una sinfonía para mil músicos. Es un muchacho que, según el
padre de mi amigo Alberto Berg, tiene mucha memoria; entonces es posible que no
se olvide de componerla. Me habla y se me ocurre no contestarle. Se va
disgustado. Ahora resuelvo, no sólo no comer ni dormir, sino también no hablar
más. ¿Y para qué es, pues, mi lenguaje de los dioses? Soy el Super-hombre; el
Mesías.
Después he visto a Berman, al padre de Berman, un hombre silencioso y bueno. Me
habla y no le contesto. Encuentro a Soria, a Pardo, y a Muñoz, un muchacho
anarquista con todos los defectos de tal; y encuentro a Tartessi. Todos me
hablan y no les contesto. No debo hablar más el lenguaje vulgar y tonto. Soy,
pues, el Super-hombre.
Llega la noche. Recuerdo unos terribles golpes sobre mi cuerpo, una comisaría,
gritos, cantos, ¡qué se yo!.... Ah, es verdad, estoy en la casa de mi padre
Jaime Berg. El me había abandonado en Rumania; una de esas cosas que ocurren en
el mundo: un devaneo, un amorcillo. Samuel Lejtman no es mi padre; él sólo me ha
criado. Mi madre adoptiva me sacó de la cuna. Con razón la que yo creía mi madre
no tuvo hijos durante nueve años. Por eso me adoptaron. Todo termina bien. Estoy
en la casa de mi padre Jaime Berg, mi verdadero padre. Pero a las tres de la
tarde vamos a lo del psiquiatra José Ingenieros, a discutir posiciones
revolucionarias. Veremos cómo se resuelven. Nos acompañan Samuel y Alberto; yo
voy con mi padre Berg.
Entramos a lo de Ingenieros. Le hacemos unas señas misteriosas que comprende y
contesta. Ya sabe quién soy y quiénes somos. Nos despedimos. Al despedirme pego
un golpe con el pie, y grito:
-¡Yo soy el Cristo Rojo!
Ingenieros me golpea el hombro, diciendo:
-Epa, amigo, aquí no se grita.
Está bien, comprendo, es una orden parta las barricadas. Salimos. Toda la ciudad
arde. Es el gran día. Pasamos por la escuela Roca. Oigo cantar el himno de los
trabajadores. Veo piedras rojas: barricadas. Grito:
-¡Viva la revolución social!
-No grites- me interrumpe papá Berg.
Bueno, la revolución está hecha.
Hemos vuelto a la casa de mi verdadero padre. La casa está en silencio y triste.
-Ahora, a dormir-me dice mi “verdadero padre”, que me lleva al cuartito donde
duerme Alberto. Allí me desnuda y me hace acostar en una cama plegadiza. El
cuartito es oscuro. Hay muchos baúles. No hay dónde moverse.
-A dormir, a dormir-me dice por última vez y se va, bajando una escalerita de
hierro.
Ya no oigo sus pasos. Duermo. A los pocos minutos me despierto, y me siento
sobre la cama. Hace un calor insoportable. Tengo toda la sangre en la cabeza.
-¿Dónde estoy?-pregunto.
Nadie me contesta.
-¿Quién me ha traído aquí?-vuelvo a preguntar.
Anoche me pegaron en la comisaría, recuerdo; aquí tengo algo, adentro, en la
cabeza. Me pesa y no me pesa. Todo es rojo. Veo mal, distingo mal las cosas.
Vuelvo a acostarme, pero no me duermo.
Viene mi verdadero padre y me dice:
-Tienes que tomar esto- y me ofrece un líquido en una cuchara.
-No, no quiero.
-Toma, toma, te lo manda Ingenieros.
Miro el líquido que contiene la cuchara. Es rojo. Ah, si, debe de ser una receta
“bolchevike” que me manda Ingenieros. Pruebo; es dulce. ¡Qué porquería!
Ingenieros debe de haberme “tomado el pelo”. Ingenieros es una bestia. Debe de
ser la cuchara que se les da a sus iniciados de “La Siringa”.
-Bueno, a ver si por fin te duermes- me dice papá Berg.
Duermo un rato. Oigo la voz de mi hermano que está abajo. Mi verdadero padre le
pregunta a mi hermano David:
-¿Tenía muchos amigos?
-Yo no sé. Creo que sí. Del que siempre hablaba era de Berman. Berman de aquí
Berman de allá. Para él no había mejor amigo que Berman.
Hablan de mí como si hubiera muerto. Vuelvo a dormir unos minutos.
Abajo hablan dos mujeres; la señora de mi verdadero padre y una que, por la voz,
se me figura que está vestida de luto.
Dice la señora de luto:
-Y bien, ya que murió, que en paz descanse. ¡Qué lástima! Tan joven…
-Murió anoche. ¡Qué se va a hacer!-añade la señora de mi verdadero padre.
De manera que estoy muerto. He muerto anoche. La paliza que me dieron era para
hacerme desencarnar. Ahora lo comprendo todo.
Oigo llorar a mi amigo Alberto. Verdaderamente estoy muerto. Me consuela, no
obstante, pensar que estoy vivo, que la inmortalidad del alma es un hecho. Estoy
flotando en el cuarto.
A media noche veo que mi hermano David está cerca de mi cama. Me está velando.
Me duele el estómago. Bajo las escaleras. Vuelvo a subir.
-¡Jé! Mi hermano no se ha dado cuenta.
Ha estado velando mi cadáver. Ha bajado, y ha vuelto a subir “mi fantasma”.
Duermo. Me despierto preguntando por Rosa, una amiga mía.
-Yo soy David y no Rosa. Duerme –me contesta mi hermano.
¡Qué raro es todo! Este cuarto suspendido en el aire, no sé cómo, se sostiene.
Los baúles son sospechosos. Ah, si: uno es para mí; y el otro es parta Alberto.
Nos vamos en aeroplano a Moscú, porque el gobierno de aquí nos persigue. No, me
iré con mi “padre”. El no se llama Berg; él es Trotski. Va y viene de Moscú
cuando le place. Yo soy Lenin. Ahora todo se explica, se aclara.
De mañana viene a verme la señora de mi padre. Me habla con dulzura y me “ceba”
mate.
-¿Está bien el agua? –me pregunta.
-¡Más caliente! –le contesto.
-Bueno, voy a calentarla.
Al rato vuelve.
-Y ahora, ¿le gusta?
-¡Más caliente! –le grito.
-¡Pero, si está hervida!
-¡Más caliente, más caliente! –le grito repetidas veces, lanzando terribles
carcajadas.
Ella se va, o no se cómo desaparece. Todo pasa como en un sueño. Los dioses
están contándome un cuento shakesperiano.
Sobre la mesa de mi cuarto hay una lamparita azul con el tubo roto. Reconozco la
lamparita; Samuel Lejtman me la tiró una vez, porque nos enfadamos….
Instantes después viene Samuel. Me limpia la cara con un pañuelo que huele a
tabaco, a miseria, a no sé qué.
-¡Fuera, fuera!- le grito.
Él llora, llora como un niño.
Vuelve a acercárseme; le doy un puñetazo. Se va.
Después viene Neje, la que me ha criado, mi madrastra.
-¡Fuera! Tú quieres plata, sólo quieres plata.
Ella llora. Aquí todos lloran. Todo el mundo llora. Se va. Este cuento de los
dioses es muy triste. Es como la vida…..
Luego sube Rebeca, que viene con la sirvienta; pero no es la sirvienta, es
Luisa, una amiga de mi infancia, que hace diez años que no veo y que ha venido
de Norte América a visitarme. No, es Lina, una amiga mía de Mendoza. No, es
Octavia. Rebeca me da los buenos días y se va. Se va Luisa o Lina u Octavia.
Lina se parece a Cristo. Es rubia; tiene ojos azules. ¡Cómo cambia el tiempo
hasta las finosomías!
Ya no están en mi cuarto. Se han ido. Se oye sonar el piano. Mi padre grita. Es
la hora de comer. Alberto llora. No comprendo. La voz de Samuel me dice:
-Israel, ¿quieres comer con nosotros?
-No. Yo no bajo. ¡Yo subo! ¡Vivan las alturas!
-Mire, Berg. Nuestros hijos, nuestros, ya no son judíos; no nos sabrán rezar el
“Kadisch”-le oigo decir.
-¡Cómo! ¿No dijiste tú que cuando murieras te levantarías de tu sepulcro para
rezarte tú mismo el dichoso “Kádisch”? –le digo.
Todos ríen.
Ahora duermo. Duermo profundamente. Estoy en el Egipto. Me han encerrado en la
Esfinge. Debo colgarme de los anillos de Saturno para salvarme. Ya estoy
colgado. Soy un caldeo que observa las estrellas.
Ya estoy en el espacio. Los anillos de Saturno me han salvado. ¡Qué lejos está
la tierra! ¿De qué encarnación me acuerdo? Estoy saturado de una luz azul. Sólo
me falta la escala de Jacob. Me he salvado. Mi salvación es eterna. ¡Cómo canta
el mar, un mar que debe estar lejos, entre unas nieblas de ensueño!
Ha pasado tiempo, mucho tiempo. ¿De qué? No recuerdo. ¿Para qué ha pasado el
tiempo? Ya es tarde para volver, pero volver, ¿a dónde volver? No lo sé.
Deben de ser las dos o tres de la tarde. Me despierto para dirigir las
barricadas.
-¡Yo soy el Cristo Rojo! –grito azuzando al pueblo enloquecido.
Desde aquí veo que Enriqueta Gómez lleva la bandera roja. Estamos en la plaza.
Dirijo la batalla. Hay olor a pólvora. Suenan las ametralladoras. Pisoteo y
grito como un endemoniado.
Estoy otra vez en cama. Me han herido. Estoy agonizando. Viene a verme un
médico. El médico me examina. Según parece, no sabe lo que tengo.
Ahora está a mi lado Alberto, que escucha mis aventuras.
-¿Te acuerdas?, me caí al agua, allí, cerca de la Asunción… Me salvó Tomás
Mendoza, un militar, camarada del coronel Jara. Me sacó del agua por los
cabellos. Mi canoa chocó contra un vapor. ¿Cuándo trajeron mi cadáver?
Alberto se desternilla de risa. Me habla de no sé qué cosa. Pero ahora descubro
que yo estaba equivocado. Alberto Berg soy yo; él es Israel Lejtman. Yo tengo
esa enfermedad del corazón; yo uso lentes; yo soy gordo; yo soy hermano de
Rebeca. Yo he estado esperando que mi madre volviera de Europa, donde la ha
sorprendido la guerra. He llorado mucho, mucho por ella. Me saco los lentes y
los limpio. Me los vuelvo a poner. Israel Lejtman se va.
Ya es de noche. Sube mi “padre”.
-Vístete –me dice.
Y él mismo me viste.
-Vienen a buscarte unos amigos en auto.
-Será Pardo –pienso.
Estoy vestido con mi traje negro. Mi “padre” no encuentra mis zapatos.
-Vamos así, no importa. Total vas en auto.
Abajo veo un bombero. Una lamparilla eléctrica brilla en la joyería. El bombero
está acompañado de dos amigos que han venido del puerto de Murtinho, del Brasil.
Le grito a uno:
-¡López!
-¡Wilhelm!
Me abrazan y me llevan fuera. Subo a un auto. En el pescante se sienta Israel
Lejtman. Mi padre Berg se va. Creo que llora. Se cierra la puerta de la joyería.
La ciudad tiene mucha sombra. Todas las sombras de la ciudad se mueven, se
contraen. Canto trozos de ópera. Los tranvías se detienen al paso de nuestro
auto. Por una larga avenida entra la ciudad de Asunción del Paraguay. De pronto
el auto se desvía…
Pienso: “Nos han traicionado. ¿Quién? no lo sé”.
Estamos en el manicomio.
-¡Oh, miren, un loco! –grito señalando a un sujeto. Esta es la casa del loco
Cabred. Allí está el árbol de la ciencia del bien y del mal.
El auto se detiene. Me bajan teniéndome de las dos manos.
Dice un policía:
-Aquí traemos a un individuo que dice ser el Cristo Rojo y que padece del mal de
la anarquía.
En la puerta hay dos loqueros. Un médico ordena, tranquilamente:
-Pásenlo.
Me desvanezco. Estoy muerto…
Pero a media noche….
Fuente: http://www.topia.com.ar/articulos/dos-dias
[Imagen: dibujo de Jacobo Fijman]
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Molino rojo
CANTO DEL CISNE
Demencia:
El camino más alto y más desierto.
Oficios de las máscaras absurdas; pero tan humanas.
Roncan los extravíos;
Tosen las muecas
Y descargan sus golpes
Afónicas lamentaciones.
Semblantes inflados;
Dilatación vidriosa de los ojos
En el camino más alto y más desierto.
Se erizan los cabellos del espanto.
La mucha luz alaba su inocencia.
El patio del hospicio es como un banco
A lo largo del muro.
Cuerdas de los silencios más eternos.
Me hago la señal de la cruz a pesar de ser judío.
¿A quien llamar?
¿ A quien llamar desde el camino
tan alto y tan desierto?
Se acerca Dios en pilchas de loquero,
Y ahorca mi gañote
Con sus enormes manos sarmentosas;
Y mi canto se enrosca en el desierto.
¡Piedad!
ALDEA
Mi blanca soledad
Aldea abandonada.
Revuelo de perezas
Sobre la torre de un anhelo
Que tañe sus horizontes.
Pintadas negras de la desolación.
Yunques abandonados y puentes solariegos.
Se ha sentado el dolor como un cacique
En el banquillo de mi corazón.
Las lluvias estancadas de mis sueños
Se han cubierto de musgo.
En el horno apagado del silencio
Mis frutos maduraron
Estérilmente.
Perdí mi itinerario en el desierto.
¡Hospedería triste de mi vida
en donde sólo se aposentó el azar!
En una pradería de cansancios
Balan estrellas mis ovejas grises.
Lugarón sin destino;
Las calles andariegas
Beatas de mi ser
Son manos
Contemplativas
Que van perdiendo soles...
CIUDAD SANTA
Tres gritos me clavaron sus puñales.
Paisaje de tres gritos
Largos de asombro.
¡bromearon los sudarios del misterio!
Fuga de embotamientos;
Suspiros
en la niebla inmovilizada.
Cipreses.
Bronce de los terrores
Informes, fragmentados.
Mueren caminos
Y se levantan puentes.
Un árbol se transforma
Cerrando sus pupilas.
Caen medrosamente las palomas
Angélicas del sueño
En las uñas heladas del espanto.
Un infinito horror
Manaba en mis entrañas
En un himno de muerte.
COPULA
¡Nos unió la mañana con sus risas!
En las rondas del sol
canciones de naranjas.
Danzas de nuestros cuerpos
Desnudos- rojo y bronce.
El olor de la luz era sagrado:
Música de horizontes,
Espacio de paisajes-
Rojo y bronce-
Ruido de melodías,
Himno de soles,
Eternidad
Y abismo de la dicha
En la alegría loca de los vientos.
Canciones de naranjos
En la piedad de los caminos.
¡Todas las aguas del silencio
rompimos en la danza!
Dicha de los abrazos y los besos;
Toda la gloria de la vida
En nuestros pechos
Jadeantes y ligeros;
Nuestros cuerpos: auroras y ponientes
En la alegría loca de los vientos.
¡El corazón del mundo en nuestra boca!
MORTAJA
Por dentro;
Atrás el rostro.
¡El pasado aniquila!
¡Es en vano que encuentre una herradura
en el estanque turbio de mi imaginación!
El árbol ha cubierto de palomas
mi soledad; pero es en vano.
Desnudo
Siempre estoy como una llanura.
Para buscar un cerro
Miro las multitudes.
Estoy siempre desnudo y blanco;
Lázaro vestido
de novio;
una mortaja viva
entre el ayer eterno
y el eterno mañana;
una mortaja viva
que llora en mi garganta.
EL "OTRO"
Tarde de invierno.
Se desperezan mis angustias
como los gatos;
se despiertan, se acuestan;
Abren sus ojos turbios
y grises;
abren sus dedos finos
de humedad y silencios detallados.
Bien dormía mi ser como los niños,
y encendieron sus velas los absurdos!
Ahora el otro está despierto;
Se pasea a lo largo de mi gris corredor,
y suspira en mis agujeros,
y toca en mis paredes viejas
un sucio desaliento frío.
¡La esperanza juega a las cartas
con los absurdos!
Terminan la partida
tirándose pantuflas.
Es muy larga la noche del corazón.
VÍSPERAS DE ANGUSTIA
Atmósferas de marasmo despedazan mis ademanes.
Pasos furtivos
en los malditos huecos de mi ser;
desolaciones alteradas.
Azar; ideas fijas.
Revolotear de músicas celestes.
¿vísperas de una nueva angustia?
Sospechas.
Soy de los que no vuelven, hermanos míos.
Atmósferas de marasmo
en torno del más fragante pino.
Amor, alégrame el camino.
¡los fuegos fatuos!
¡Quebrantaré la vida por mi vida
por el imposible contacto de la eternidad!
Pasos furtivos
en el hueco de mi ser;
yo soy el prometido, el anunciado.
Revolotear de músicas celestes.
SUB-DRAMA
Desolaciones.
Altos silencios
Que balancean sus cabezas truncas
esencialmente.
Han caído mis esperanzas
como palomas muertas.
Desbandes.
El canto de mi mismo se alucina.
Cristales rotos.
Murga carnavalesca.
¡las risas rojas!
Cifras desafinadas y arbitrarias;
¡el dolor más eterno!
Me trasvasa el espanto sus caminos.
Pavor de candelabros;
Romance de agonía.
¿Quién soy?
Ha perdido su espacio
completamente el universo.
Se cierran las estrellas en mis ojos.
Nadie y nada.
Terribles apariencias
aplastan el cristal de sus sarcasmos.
Pasa un convoy de brujas caprichosas;
cuelgan mis extensiones deformadas.
Mi corazón es una isla roja
en que destacan sus banderas negras
los días de mi anhelo.
Las miradas ardientes de mis ojos,
¿en qué se apoyarán mañana?
Canciones de mi ser,
hemisferios de dicha,
volúmenes de aromas
¿en qué tambor de soles
se agitarán mañana?
Orientes y occidentes.
Se quebrarán mis ejes.
Lo sé.
¡Llueve sin latitud el dolor más eterno!
Han caído mis esperanzas
como palomas muertas.
Pavor de candelabros; romance de agonía.
GABÁN
Soy una alforja
de lluvias.
Mi corazón regó en las primaveras
sementeras de espacio;
por ello mi cabeza
es una gorra remendada y parda
(genialidad)
o, un gabán roído,
pues he amado.
El pienso de mis días
desparramé en las sendas;
rompí todas las tejas
de los pesebres
humanos.
De mal en peor
tildaron mi locura;
merma mi audacia,
enflaquecen mis manos dadivosas
como las muelas viejas.
¡El gabán de mi ser se va pudriendo!
CENA
Cenas de mi soledad en hosco abatimiento;
eterna como Dios, profunda de universo.
¡He sido el más ausente: el juntador de formas!
Cenas de mi soledad...
El sudario más frío es uno mismo.
¡Buscar y qué buscar!
¿Encrucijadas puras donde zapatean los truenos
en un constante mediodía?
Cenas de mi soledad en hosco abatimiento.
Pan y sal. Lamentos.
Piernas que saltan; salidas de cortejo;
vacilación de luz que viene abajo.
¡Extremaunción de un armonioso herrero!
Ir; pero no ir nunca;
en algodón de olvido sumir todos mis días.
Anuncios que deslizan;
canción de gallos en la mañana azul de mi esperanza
continuación de tiempos fundamentados en dolor.
Fui un desaparecido, el más ausente:
el juntador de formas.
Amanecer desentonado...
Hecho de estampas
POEMA I
Caía mi sueño en la otra soledad de los canales.
Regocígate, niño, la presencia graciosa de la muerte
reparte en sombras alternadas el olor de los ángeles
y levanta tus sordos desamparos.
Niño de paz,
han apagado las islas monótonas de los soles perfectos.
Niño de paz,
imito el mundo en un mi sueño ajeno a la claridad.
Un silencio de música se apacienta en las torres.
POEMA III
Está mi risa de niño
Con la abuelita ciega de la noche obscura.
Resuenan mis botas groseras de campesino
en la ternura de los caballos,
y he ido.
Al son de ríos lúcidos y puros
Tiemblan las curvas de los pozos como dulces
patas de corderos.
Encerrada en mis pasos sigue la noche obscura.
POEMA V
Yo estaba muerto bajo los grandes soles, bajo los grandes
Soles fríos.
A través de mi llanto
Oigo el agrio sudor de la precocidad.
Yo vuelvo sobre un musgo
Y las ciudades crecen a la aventura hasta la noche
Del estupor.
Miseria.
Dios pesa.
Me llaman vientos de mar.
Van y vienen en grandes cambios; se alargan
en saltos irritados
que apagan mi temblor, que exasperan los sueños.
Jamás podré seguir.
Yo me veo colgado como un cristo amarillo sobre
los vidrios pálidos del mundo.
POEMA VI
Ha caído mi voz, mi última voz, que aún guarda mi nombre.
Mi voz:
pequeña líneas, pequeña canción que nos separa de las cosas.
Estamos lejos de mi voz y el mundo, vestidos de humedades
blancas.Estamos en el mundo y con los ojos en la noche.
Mi voz fría y sucia como la piel de los muertos.
POEMA XII
Yo quería jugar.
Estaba el signo de mi naturaleza plena de llanto y
protección severa.
Bajo a mi obscuridad, y avanzo entre mis brazos
con una estrella niña.
Soplan olores de banderas frías
y resuenan tambores de infancia
en el mismo silencio, bajo la misma estrella.
Viene mi carne allende las transparencias.
Rodeo la luz fresca.
Ánimos de pavor yacen en mis profundas soledades.
No es el mismo silencio, no es la misma estrella.
Arranco vísperas de muros inclinados,
y más allá de todo se mueve el brillo opaco
de la agonía.
Estrella de la mañana
I
Los ojos mueren en la alegría de la visión desnuda
de carne y de palabras,
en la tierra desnuda y en el cielo desnudo,
en el día desnudo y en la noche desnuda bajo los
cielos todo crecidos.
Es demasiado bella la noche de oro de muros y
banderas luminosas.
Corremos en la noche de plata bajo la noche de oro.
Tierra desnuda, tierra perfecta, cielo desnudo,
Cielo perfecto.
Voces desnudas de la voz eterna.
En la noche de oro nos llaman las acampanas,
Y oímos el vuelo de las aplomas desde la noche de
plata bajo la noche de oro.
V
En la misma belleza saborean las lunas su soledad
dichosa.
Caen todas mis muertes en el espanto
de la nada del mal de la nada irreal de la nada.
En las tinieblas puse mis manos cuajadas de llanto.
Arreó la gracia mis ojos perdonados,
y hecho he sido en lo interior de todo y nada.
He sido el que es de todo y nada en bella gracia.
XV
Ama tu alma mi alma, paz de los días, paz de las
noches nacidas en los espantos de muertes,
y en los gozos de muerte y esperanza de muerte.
Amor, Amor; Amor,
tu alma canta dolor de carne, dolor de vida, pavor
de muerte
bajo los cielos llovidos de esperanza.
Amor, Amor; Amor,
viste tu desnudez el agua capaz de las criaturas.
XVIII
Nos levanta la cruz hacia el río de los aromas.
Entre sí suben las criaturas mansas tendidas
en amor a Cristo.
Entre sí las criaturas fuertes sobre asientos
de paz
que cuidan las espadas en amor de Cristo.
Amor abre la luz, y se derraman soles y bailan los
corderos.
Tu alma canta, mi alma reza en los días cerrados,
en las noches cerradas,
en la vida cerrada, en la muerte cerrada bajo los vuelos
abiertos de los cielos.
Entre sí suben las criaturas mansa
en los asientos puros de olorosos maderos.
Amada,
afuera nos besaremos desnudos de tinieblas y pavores,
tendidos en amor de Cristo.
XXIV
Nace en mi llanto de oscuridad de todo
llanto,
oscuridad de soledad de todo llanto.
Vuelven las almas sobre mi alma de alma en alma,
de muerte en muerte.
Lloro con llanto de mi llanto
sobre mi alma de alma en alma, de muerte en muerte.
En soledad de soledad con soledad
en soledad, en todo, en soledad crecida en soledad.
Reposan los huesos en mediodías
en la soledad de mi alma desnuda en soledad.
Criatura de la quietud donde nacen soles.
Debajo del nacimiento
mi garganta solloza almas de alma en alma, de muerte
en muerte.
CANCIÓN DE LA VISIÓN REAL DE LA GRACIA
Niño, tú tienes el oído junto al amanecer
de la tierra y el cielo.
Amén el bosque, Amén el mar y Amén a las estrellas.
El signo de tus manos ata el secreto del mundo.
Amén el bosque, Amén el mar y Amén a las estrellas.
La tierra canta y el cielo, y la vida y la muerte.
Niño, tú tienes en el signo que trazan tus manos
el día y la noche, y la tierra y el cielo, y la vida y la muerte.
Amén, Amén, Amén,
niño de alba de la tierra y el cielo.
Poemas inéditos de sus últimos años
ECLOGA
Tú, la incóndita niña,
De la incóndita flor
Y la incóndita muerte,
Constas de flor y de muerte.
Tú, la incóndita niña,
Demuestra flor y muerte.
Tú, la breve sentencia
De la lúcida muerte,
Que pones con el llanto
La incóndita flor,
Y la incóndita muerte.
RETRATO DE DOCTOR
Este aquí, seráfico leyente,
Trae la flor perfecta
Recibida en ejemplo de ser a ser,
De simples y compuestos,Y día temporal,
Unidos por el uno que nunca fue movido,
Por aquél que depura la imperfección perfecta.
Este aquí seráfico leyente,
Lleva la perfectísima, la perfección perfecta
Del color y la lumbre, del amor y la estrella.
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