¿Fin de la grieta?

Por Edgardo Mocca

La palabra grieta es en nuestro país el nombre que la maquinaria mediática le asignó a la confrontación política que hunde sus raíces en la crisis de diciembre de 2001 y alcanzó un alto grado de expresión pública en el conflicto agrario de 2008. ¿Qué significa el “fin de la grieta” que hoy pregonan algunos analistas? No es ni más ni menos que una interpretación del rumbo político abierto por la intervención pública de Cristina Kirchner a través de la cual lanzó la candidatura presidencial de Alberto Fernández. Se trataría, según este enfoque de abandonar la conflictividad radicalizada de los últimos años de gobierno de la propia Cristina e instalar en su lugar un discurso amigable y tolerante: de los extremos al centro.

La doctrina del fin de la grieta suele dejar a un costado de su análisis la coyuntura en la cual se produce el viraje de Cristina, es decir el empeoramiento de todos los indicadores sociales, económicos, políticos e institucionales durante los años del gobierno de Macri, la antesala de un nuevo derrumbe histórico en la que vivimos los argentinos de la mano del gobierno y su protector financiero y político, el gobierno de Estados Unidos, a través del Fondo Monetario Internacional. Como si los ajustes de una estrategia política pudieran hacerse desde fuera de una coyuntura concreta. En el mejor de los casos se reconoce el contexto en términos de “cálculos electorales”, es decir como un modo de ir en busca de votos moderados para asegurarse la mayoría. Todo esto es propio de un método formalista de análisis político. Se piensa a los partidos y a los líderes como maximizadores de beneficios al margen de cualquier definición sobre la idea de país en el que queremos vivir. El grado de conflictividad discursiva sería poco más que una variable de ajuste para optimizar el desempeño electoral. Claro que la elección forma parte del cálculo, en caso contrario estaríamos hablando de una política muy particular, que se desentendería del triunfo y de la lucha por el poder; no hay tal cosa en la política. El Frente de Todos –resultado central de la decisión de la líder– es un salto en la amplitud de las alianzas, incorpora un vasto arco de fuerzas que incluye componentes progresistas y del peronismo territorial, hasta hace poco reacios a aceptar el liderazgo de CFK. Y por más que ésta no sea candidata presidencial no sería prudente ignorar su centralidad en el mundo político opuesto a las políticas del actual gobierno. El giro táctico apunta por igual al triunfo electoral y a la creación de condiciones de gobernabilidad para lo que seguramente será un difícil tramo de nuestra historia.

Los intérpretes del fin de la grieta y el “giro hacia el centro” suelen pensar el antagonismo argentino como un fenómeno de pura decisión política de quienes gobernaron entre 2003 y 2015. Suelen razonar como si no hubiera en la Argentina un bloque de poder altamente articulado que ha ejercido durante mucho tiempo un poder de veto extralegal contra cualquier experiencia que se planteara una distribución de la riqueza y los ingresos diferente a la que hoy funciona y toma la forma de un saqueo a la sociedad argentina. Tampoco entra en el análisis el marco regional y mundial en el que estamos discutiendo nuestro futuro los argentinos y las argentinas. Es decir se razona como si todo fuera igual que en diciembre de 2015 y lo único que hubiera cambiado fuera el humor político de Cristina, antes propenso al enfrentamiento y ahora dispuesto a la conciliación.

Lo que está implícito para quienes celebran el fin de la grieta es que esta fue el resultado de un estilo de gobierno que propuso conflictos innecesarios y opuestos a la convivencia política. En la raíz de la grieta estaría el populismo radicalizado y nada tendría que ver con la dura respuesta del establishment marcada por el desafío sistemático a las decisiones de gobierno de aquella etapa y la sistemática persecución de climas de inestabilidad en la Argentina de entonces. El “extremismo” que se critica no es otra cosa que la experiencia del intento de hacer respetar la voluntad del electorado contra el empleo del poder fáctico concentrado –el de los grandes grupos económicos, sus medios de comunicación, sus jueces, sus servicios de información ilegales–. Es decir, todo lo que acaba de emerger a la superficie en la investigación de la pestilente práctica de las escuchas ilegales, la extorsión judicial, la canallada periodística y la complicidad parlamentaria y partidista que hoy se lleva a cabo en el juzgado de Dolores. ¿Nada tiene que ver todo eso con la famosa “grieta”?

¿Cuál es el extremismo que se adjudica a la experiencia de los gobiernos kirchneristas? ¿La renegociación de la deuda externa en condiciones nacionales dignas? ¿La recuperación de YPF, la de la aerolínea de bandera vaciada por delincuentes que cumplen condena en su país, España? ¿Los salarios que casi todos los años crecían por encima de la inflación? ¿El intento de democratizar la información, que hoy sufre la censura y el abuso de los medios poderosos? Está claro que la doctrina de la grieta y de su final ha hecho propio –aunque de modo algo vergonzante– la interpretación de los poderes fácticos de este país. Y que cree ver en la fórmula Alberto-Cristina una propuesta de regreso a la Argentina unida y sin antagonismos cuyos tiempos nos es muy difícil encontrar en el pasado, siempre que no los identifiquemos con los tiempos del silencio forzado por el terrorismo de estado o los años “felices” en que el menemismo y la primera alianza forzaron el anterior intento de reestructuración neoliberal, con el concurso activo o pasivo de las élites de los partidos populares, domesticados por el pensamiento único y el fin de la historia. No hace falta recordar acá como terminó realmente esa historia.

Está claro que una derrota electoral del macrismo abriría una época nueva entre nosotros. Una oportunidad política para generar un nuevo contrato político-social sostenido en el sencillo principio central de que el país debe ser de todos y todas y para todos y todas. Y está claro también que el estilo del candidato presidencial del frente puede ser muy funcional a la creación de un clima de conversación política capaz de fortalecernos como comunidad política pacífica y de aislar a los que invocan el apocalipsis cada vez que un gobierno enuncia la voluntad de hacer más justa nuestra convivencia social. Claro que para eso no alcanza con la voluntad de un presidente y de un sector sino la flexibilidad y el sentido nacional colectivo cuya ausencia frustró muchas oportunidades en la historia de nuestro país.

30/06/19 P/12

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