FIN DE CITA - PARTE UNO
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[NOTA: Se han respetado en lo posible las diferentes fuentes y formato de texto utilizado por el autor. Para una correcta visualización del documento se sugiere bajarlo en formato doc. Todas las ilustraciones pertenecen al autor, quien es escritor y artista plástico, salvo la ilustración de tapa del libro "Papeles de la mudanza", obra de Guillermo Kuitca (1988). La obra se ha desdoblado en dos partes a efectos de la publicación web.]
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Alejandro
Margulis (1961) nació en Boston, Estados Unidos, pero reside permanentemente en
Buenos Aires. Entre 1978 y 1980 dirigió la revista literaria “Ayesha
Literatura”. Tras veinte años de escribir en los principales medios
periodísticos de la Argentina (Clarín, La Nación, Editorial Perfil, entre otros)
se dedica al trabajo free lance como escritor, periodista y agente de prensa y
literario. Publicó cinco libros en soporte papel: dos de ficción -el libro de
relatos "Papeles de la mudanza" (Catálogos, 1988) y la novela "Quién, que no era
yo, te había marcado el cuello de esa forma" (Beatriz Viterbo, 1993)- y tres
periodísticos -"Los libros de los argentinos" (El Ateneo 1998), "Junior, Vida y
Muerte de Carlos Menem (h.)" (Planeta, 1999) y "Reconstrucciones de
desaparecidos" (IMFC, 2002). Docente de la Universidad de Buenos Aires (UBA),
dicta además talleres de literatura y periodismo en el portal-agencia literaria
Ayesha Libros, continuidad y
actualización del proyecto literario con que se inició. El 20 de diciembre de
2001 comienza a trabajar como editor mientras continúa produciendo literatura,
periodismo y artes plásticas.
Reediciones electrónicas de sus libros (cuentos, novela, periodismo) se
encuentran en El Aleph, donde asimismo existe un Foro en el que los lectores
pueden tomar contacto con él. Desde el año 2000 cultiva asiduamente el vínculo
con las artes plásticas en forma presencial y virtual en Argentina (Las mil y un
artes, Biblioteca Café y Galerías) y España: Esmelgar Arte e Comunicación, Rúa
Nova 66 baixo (27003), Lugo, 982 240168.
Ayesha Literatura Ediciones ha publicado su último trabajo en 2004: el libro de
poemas y dibujos “El mito de Babel”.
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F I N D E C I T A
INDICE
Casi prólogo
I.
Transcripción literal (corregida) de la ponencia presentada
II.
Una o dos horas después, ya sin la experta foránea cerca...
III.
Hora más tarde y a golpe (inicial) de un grabador
IV.
Al cabo dormimos un poco (solos) y al despertar lloramos
10 SUGERENCIAS PARA LEER “FIN DE CITA”
1. GUARDE el libro en formato .doc.
2. ABRA el documento word.
3. PULSE la opción Edición.
4. SELECCIONE la opción Buscar.
5. PULSE la tecla Reemplazar.
6. COLOQUE el apellido del Autor donde dice Buscar.
7. ESCRIBA el apellido del Lector donde dice Reemplazar con.
8. APRIETE la tecla Reemplazar todos.
9. LEA el “Fin de cita”.
10. DISFRUTE del placer del Ego.
Los nombres y apellidos de los personajes ficticios y los de sus homónimos
reales son esenciales para la concreción del proyecto estético de este libro. Lo
mismo ocurre con las variaciones en el uso de formatos (fuentes, tipografías,
párrafos, etcétera). Constituyen procedimientos tecnológico-literarios que buscan
contribuir a la mejor percepción de los distintos niveles semánticos del relato.
Salvo a sí mismo, el autor no busca menoscabar a ninguna de las personas
mencionadas.
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PARTE UNO
"Hay dos maneras de no pensar
en ella: la nuestra, la de nuestra civilización técnica que rechaza la muerte y
la castiga con la prohibición; y la de las civilizaciones tradicionales, que no
es rechazo, sino imposibilidad de pensar en ella fuertemente, porque la muerte
está muy cerca y forma demasiado parte de la vida cotidiana"
Philippe Ariés
"No dice lo que vio, pero dice que no lo puede decir, de manera que aquellas
cosas que no se pueden decir, es menester decir siquiera que no se pueden decir,
para que se entienda que el callar no es no haber qué decir, sino no caber en
las voces lo mucho que hay que decir"
Sor Juana Inés de la Cruz
"Feced me expresó que iban a trasladar a mi hija a jefatura y que me la
entregarían. Me dijo que me entretuviera mirando las fotos de unos álbumes de
gran tamaño. No pude ver más de dos páginas. Eran fotos en colores de cuerpos
destrozados de ambos sexos, bañados en sangre. Feced me expresó que lo que
estaba viendo era sólo una muestra, que él era el hombre clave que iba a barrer
con la subversión"
Testimonio de Teresa Angela Gatti, en autos caratulados "Agustín Feced y otros"
Informe Nunca Más – Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas
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a Isidoro Blaisten
Casi prólogo
Fin de cita, novela en muchas partes asimétricas y autoreferenciales, fue
escrita por Alejandro Margulis (el nacido el 5 de abril de 1960, no confundir)
entre 1993 y 2003 (2) . Salvo por la interesante lectura que, no sin algunas
dificultades sintácticas, realizó acerca de su primer libro la escritora y
cineasta francesa Dolores Fabry – "(...) Terminé Papeles de la Mudanza [5 de
julio de 1988, justo cien años después de lo que ya diremos, pero desaparecido
hace ya un montón] de A. Margulis y aún mantengo la crítica que hice sobre el
primer cuento más arriba, [pero debo reconocer que] me fue gustando cada vez más
la manipulación que logra el autor sobre el lector con sus innumerables
interpretaciones del recuerdo y la introducción sutil de lo imaginario dentro de
lo real, que al final parece ser tan imaginario como el resto... Me gustó, me
gustó mucho y lo terminé de una vez" –, salvo por ella, decíamos, ningún otro
artista de su país de residencia (A. Margulis nació como Bruselas, en Cortázar,
aunque vivió en el país más austral del mundo desde los dos años de edad)
calificó nunca un comentario escrito de su obra.
La estudiosa francesa conoció personalmente a nuestro autor durante el
tradicional viaje al sur que suelen realizar los europeos por la Patagonia. Se
encontraron en una vernisagge de la artista plástica Marta Minujin, en el hotel
internacional Sheraton, y A. Margulis se precipitó podría decirse en el taxi que
habían tomado la francesa y una librera argentina, Natu Poblet, después de
saborear los canapés coloreados con los que la artista plástica había "dibujado"
varias figuras humanas y, difícil recordarlo con exactitud, una suerte de mapa o
plano de la República Argentina.
En los pocos minutos que el taxi demoró en llevarlos otra vez hacia el centro de
la ciudad, ya que el hotel queda cerca de la estación de tren del o de Retiro,
ahí nomás de la categórica y bella Torre de los Ingleses con un reloj ornando su
parte superior, A. Margulis y Dolores Fabry trabaron una bonita amistad no
exenta de cierta atracción sexual. A. Margulis le obsequió en ese momento un
ejemplar de su ópera prima, que por entonces llevaba siempre un ejemplar en el
bolsillo, y Dolores Fabry se lo llevó en su valija rumbo al sur, junto a varios
libros de Marguerite Duras. El obsequio que ella me hizo de un fragmento clave
de su diario de viaje me permitirá reconstruirlo ahora en parte. No pretenderé
enmendar las falencias de estilo propias, inevitables, de quien intenta escribir
en una lengua ajena.
El micro que llevó a Dolores Fabry en ese viaje iniciático salió de la estación
Retiro un 2 de agosto, a las nueve y quince como estaba previsto. Dolores Fabry
volvió a admirar, al iniciar su camino, las enormes grúas del puerto de Buenos
Aires, y otra vez pensó que esas gigantescas cigüeñas resonaban la verdad que
todas las madres del mundo alguna vez cuentan, acerca de que "todos habremos
llegado por este lado...".
El micro no estaba lleno y Dolores Fabry pudo acomodarse en los asientos del
fondo...
Apenas salieron de Buenos Aires apagaron las luces y prendieron los televisores.
Ella se puso el walkman porque no le gustaba ver televisión ni tampoco oírla.
Permaneció largo rato escuchando música y sólo mirando por la ventana. Luego
leyó algunas páginas del libro de Marguerite Duras que tenía para terminar.
Faltaban pocas páginas para llegar al fin pero tuvo que cerrarlo rápidamente
porque le dolían los ojos. Volvió a su estado somnoliento y poco a poco estuvo
buscando entre los dos asientos qué postura le convendría más para dormir.
¿Sentada? Le dolía el cuello y la cabeza. Igual que llegando en avión (hacía
unos años que no hacía viajes largos) se dio cuenta de que no iba a ocurrir lo
mismo que antes, cuando viajaba mucho y largo, que apenas se sentaba el sueño la
agarraba y podía dormir sin problema. Justo por el techo de mi domicilio actual
acaba de pasar otra vez el gato negro.
Poseemos, pues, un calendario completo de las lecturas de Dolores Fabry. Tras
varios intentos por acomodarse, logró dormirse de costado. Se despertó pensando
en el fusilado Lorca y su espíritu fugó, como si en el walkman hubiera estado
escuchando a Bach, hacia un campo que la tenía bastante inquieta en esos últimos
tiempos. Pensó en el fusilado Lorca porque seguramente, los primeros poemas que
le habían dado para aprender de memoria en el colegio eran los suyos, del Hombre
Gitano. Y recordaba que en el manual escolar le habían puesto una ilustración a
un poema dedicado a la luna un dibujo de él. Ese dibujo representaba a la luna
como una flor redonda que iba derramando pétalos por la tierra. Tanto como los
vasos quebrados de la tradición hebraica. ¿Podría estallar para regalarle al
mundo millares de pedacitos de amor, que tal vez lo salvarían del caos en el
cual se está sumiendo? ¿Tal vez era eso lo que Dolores Fabry iba haciendo en su
permanente movimiento de subir y bajar?
Y también pensó en el fusilado Lorca porque se estaba dando cuenta de la
libertad de pensamiento y expresión de que disfrutaba ahora, sabiendo muy bien
que eso uno tiene que protegerlo y luchar por ello. Además los temores con los
cuales había dejado Europa, la desilusión que le provocaba, no se habían
desvanecido con la realidad argentina. Va de suyo que no se acordó en ese
momento de aquel bello poema de Kavafis, traducido bellamente por José María
Álvarez para Mondadori:
LA CIUDAD
Dices "Iré a otro tierra, hacia otro mar
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,
y muere mi corazón
lo mismo que mis pensamientos en esta desolada
languidez.
Donde vuelvo mis ojos sólo veo
las oscuras ruinas de mi vida
y los muchos años que aquí pasé o destruí".
No hallarás otra tierra ni otra mar.
La ciudad irá en ti siempre. Volverás
a las mismas calles. Y en los mismos suburbios
llegará tu vejez ;
en la misma casa encanecerás.
Pues la ciudad siempre es la misma. Otra no busques
-no la hay-,
ni caminos ni barco para ti.
La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra.
Reflexiona en su castellanizado diario la francesa Dolores Fabry rumbo al sur,
sin haber terminado de leer aún los libros que en su mochila lleva, acerca del
adormecimiento en que quedó el fascismo con el fin de la segunda guerra mundial
en los países europeos. La cito : "Nosotros le dejamos paso al fascismo con el
abastecimiento en términos sociales de nuestra inmigración. Nuestra, porque la
fuimos buscando treinta años atrás... Las leyes de inmigración que acaban de
nacer con el nuevo gobierno parecen inverosímiles por favorecer tanto el
racismo... Ya no son charteres los que conducen a los inmigrantes ilegales sino
trenes, más veloces, pero me pregunto si todos recuerdan todavía que igualmente
fueron trenes los que salían llenos de judíos y de presos políticos hacia la
Alemania nazi cincuenta años atrás..." (fin de cita).
Ni en Europa ni en la Argentina a ella la convencía la realidad como para no
seguir preocupada con el tema. Justo cuando ella entraba a la Argentina habían
comenzado una seguidilla de amenazas a periodistas, hasta pegarle a uno de la
Radio, y a un representante de un grupo estudiantil. Y luego el asunto de
desalojar a los ocupantes ilegales... Métodos para inquietar a cualquiera...
Cada noche, volviendo del centro hacia el lejano San Isidro, donde la alojaban
amigos, pasaba delante de la ESMA, y cada noche se estremecía al recordar. Su
desesperación venía también de la certidumbre de que aquello podía volver a
pasar en ese país que visitaba en cualquier momento, luego en cualquier país del
mundo en cualquier momento... La cito otra vez : "el interés internacional anda
por otro camino..." (fin de cita).
Quedó pegada a los asientos hasta que se levantó el hombre de al lado. Le
propuso traerle un cafecito pero ella lo cambió por un vaso de jugo. Aunque
tampoco estaba muy bueno le iba a refrescar la garganta.
Se puso al lado de la ventanilla, encendió un cigarrillo y fue mirando el
paisaje iluminado por la luna y totalmente vacío. El tipo de paisaje que no deja
dudas sobre si hubo algo diferente antes o si habrá algo diferente después.
Inmensidades de estepa, árboles chiquititos que llevan las huellas del viento.
Inmensidades de nada que se fueron desvaneciendo ante sus ojos, inmensidades de
horizontes... Se dejó balancear por el micro, la tranquilidad del paisaje llenó
su mirada hasta no distinguir más si seguía o no despierta. De repente cruzaron
un conjunto de pinos, las ramas en desorden como aves desplumadas por el viento.
Se rió sola. Eran las cuatro y quince, según el reloj de su vecino. Todavía no
tenía ganas de dormir de modo que sacó otro libro de su bolso : Papeles de la
Mudanza de Alejandro Margulis, a quien mencionara arriba, hablando de Marguerite
Duras.
Para el día siguiente, martes 3 de agosto, había leído ya bastante. Le gustaba.
Y si bien no encontraba siempre el mismo, ese impulso irracional del goce de la
lectura, trató de comprender cuál fue el ejercicio del autor, la intención
rebuscada en el estilo que a veces por ser tan rebuscada se disimulaba dentro
del ejercicio de la escritura. No lo hacía solamente porque tuviera la ventaja
de conocer al autor sino para ayudarse al no existir esa relación espontánea con
el escrito. Sin embargo, debía hacerle un reproche también dirigido al editor :
el primer cuento era como para desafiar al lector a que siguiera leyendo. Era el
más rebuscado en su forma e intención, resultaba difícil y aburrido. Así que si
se le podía permitir un consejo, Dolores Fabry consideraba que si no había
encanto con ése, los lectores pasaran directamente a los demás que tal vez por
su forma más espontánea (que igual le correspondía al primero no desarrollar
mucha espontaneidad) le habían gustado mucho más. Si bien ella había leído
varios libros de cuentos de autores latinoamericanos, reconocía también que no
era una costumbre muy de ellos (dentro de la literatura europea).
¿Vale la pena interrumpir las digresiones de Dolores Fabry ahora? ¿Vale
intercalar la curiosa coincidencia que ella recalca en Trelew, donde le dieron
la habitación número 113, siendo que en la página 113 de ese primer libro del
Margulis que estaba leyendo, el autor hace el chiste ese referido a que en las
Obras Completas del susodicho se dice que (cito) contar la vida de un escritor
es mersa (fin de cita)?
Lo que el lector leerá en este libro que el azar o las buenas dotes de los
agentes literarios modernos ha puesto en sus manos nada tiene de biográfico. Si
un formato posee este ejercicio, esta acaso igualmente rebuscada intención del
estilo, es seguir los pasos del gran y lúcido Charles Kinbote, autor en Cedarn,
Utana, previa larga estadía en los Estados Unidos de Norteamerica, del nunca
pálido ensayo que sobre la obra y más bien vida del poeta John Francis Shade
(nacido el 5 de julio de 1898... o de 1888... quizá...) escribió hacia finales
de la década del 50, más precisamente el último año, y tres meses de asistir al
estúpido asesinato de su ídolo y vecino. Fin de cita comparte en el principio
(en rigor, acá) el mismo aliento Kinbotiano de ese, permítasenos, "atleta del
retorcimiento verbal" que tanto gustó a los lectores europeos en el exilio, por
ejemplo el Nabokov, Vladimir. Pero completemos la descripción formal.
Como explicamos al comienzo, la novela está dividida en varias partes. La
primera, corresponde a fines del año 1993. En realidad formaba parte de la única
novela publicada hasta ahora por el Margulis, pero el autor la suprimió de la
edición final siguiendo el consejo de uno de los lectores del Premio Consuelo
Para Sudamericanos Planeta, Claudio N. Berger, quien al leer -y desestimar- el
manuscrito original le explicó personalmente al autor que le parecía que
constituía una obra en sí misma, o quizás el comienzo de otra historia. Esto
desorientó y desalentó al Margulis durante casi diez años y lo mantuvo
intentando prolongar ese así definido embrión con múltiples versiones que nunca
lo llegaron a conformar. La segunda parte de la novela es a su vez el resultado
de ese trabajo a posteriori del rechazo. Sus títulos y temas refieren a lo mismo
que se sugería en la primera parte, como una variación diríase melódica, aunque
sombría, que además encuentra referencias específicas y concretas a la historia
política argentina y a los, como dice el relato, nunca del todo "expurgados
sentimientos" que bloqueó la dictadura militar entre 1976 y 1983. La tercer
parte y tramo final retoma los temas obsedentes de la primera y la segunda pero
retrotrae como en espejo al espíritu inicial de nuestro autor, tan bien leído
por la escritora y cineasta francesa antes mencionada. Digamos por último que
todo este trabajo apenas si forma parte de una composición mucho mayor, obra en
cierto modo interminable (y ojalá no impublicable) que Alejandro Margulis ha
venido desarrollando en su linda casa azul de un barrio periférico de las
ciudades de Nueva York y Barcelona, vía internet, claro, donde no se lo ha leído
demasiado aún, ni con el esmero adecuado..
Prof. Ernesto Mientes
Universidad Castólica Melónica (UCAMELO)
Nolugo, 2005
I
Transcripción literal (corregida) de la ponencia presentada

1. (3) ...o sea que qué corno podía saber (haber sabido) realmente el Horacio lo que
podía pasar (estoy por citar) en el supuesto caso de que (cito) un pintor
quisiera (hubiera querido) añadir a una cabeza humana un cuello equino (fin de
cita) si pintar pintar (lo que se dice pintar) él nunca había pintado (pintaron)
en su vida.
2. Visto pinturas sí que había visto, lo mismo que toda clase de animales raros
porque si bien (estoy por citar) jamás llegó él a tener una granja tan bien
provista como la mía (como la nuestra) y nunca tampoco se animó a introducir
(cito) plumas variopintas en miembros reunidos alocadamente de tal modo que
termine espantosamente en negro pez lo que en su parte superior era (es) una
hermosa mujer (fin de cita) algo más que pija le habían metido (le metieron)
ellos (ninguno imaginado por el Horacio) a la chica en la vagina.
3. Le habían metido (le metieron) los que nunca imaginó el Horacio un consolador
muy especial (estoy por citar) lleno de cablecitos de cobre con forma de
plumerito despeinado y le habían además sacado (le sacaron) fotos. Porque si en
algo coincidían (coincidieron) los que no imaginó el Horacio era en que (cito)
la imagen de los cuerpos torturados tenía que ser guardada para toda la
eternidad (4) (fin de cita).
4. Y no precisamente risa era (fue) lo que nosotros no pudieron (no pudimos)
contener, amigos, durante la contemplación de ese espectáculo. Creedme, Mamones,
que ese cuadro no tuvo nada de semejante (voy a citar) a (cito) un libro cuyas
imágenes se representen (representaron) vanas (fin de cita) porque (voy a citar)
los (cito) sueños de enfermo (fin de cita) que entonces vieron (vimos) fueron
tan inolvidables que ya no hubo modo de que (cito) pie y cabeza (fin de cita) se
correspondieran (cito) con una forma única (fin de cita) : la única forma única
que había ahí (hubo) era la forma de la muerte.
5. Todos la vieron (vimos). Muy bien la vimos (vieron).
6. Ahora, lo que es yo, hace ya mucho más de ocho años que vengo arrastrando
esta historia en mi cabeza y ya no la puedo (yanono) soportarla más encima. Por
eso si me permiten yo, que no soy yo sino nosotros (voy a citar), no pienso ser
nunca como aquellos (cito) pintores y poetas (fin de cita) que (cito) siempre
tuvieron el justo poder de atreverse a cualquier cosa (fin de cita), cosa que yo
también sé (como Horacio) y por tal motivo tampoco (cito) reclamo (fin de cita)
ni (cito) concedo alternativamente (fin de cita), no obstante lo cual yo, me
temo, sí tendré en cambio que combinar en las páginas que siguen las peores de
todas (cito) ferocidades (fin de cita) y (cito) dulzuras (fin de cita), que no
en vano serpientes con aves vimos todos cómo se apareaban y también (cito)
tigres con corderos (fin de cita).
7. Frecuentemente a mí me pasó (igual que a todos) de decepcionarme
(decepcionarnos) cuando los solemnes principios como el que acabamos de escuchar
prometieron (cito) grandes cosas (fin de cita) y terminaron siendo esa clase de
colchas a las que (cito) se le cosen uno o dos remiendos de púrpura para que
reluzcan a lo lejos (fin de cita). No tengo nada en contra de la señorita que
dijo lo que acaban de oir (5) , señores, ni tengo porqué dudar de su honestidad,
pero no puedo sino decir que volvió a describir (cito) el bosque sagrado y el
altar de Diana, el recorrido de presurosa agua por alegres (bueno, no
precisamente) campiñas (fin de cita) por no decir que habló (creyó hablar) del
Rin o el Río de la Plata o en rigor (cito) del arco iris (fin de cita) pero sin
llegar a decir nada. Supo, sí, claro, representar bien su ciprés (y nos conmovió
a todos) pero yo ahora me pregunto y en esto la verdad sí me interrogo (con el
Horacio) de qué valió (cito) ello (eso) al hombre (y a las mujeres) que pagaron
(pagamos) para que se les (nos) pintara nadando hacia su (la) salvación, rota su
(nuestra) nave y desesperanzado (fin de cita). Me cago en las ánforas académicas
como la de la señorita que habló recién (con todo respeto) porque al correr de
su rueda terminó convirtiéndola (cito) en un cántaro (fin de cita) de porquería.
Resumiendo, que creo estar ya listo (hoy) para hacer con mi materia lo que
ustedes quieran (querrían): intentaré (cito) que al menos sea simple y una (fin
de cita).
8. La mayoría (cito) de los poetas, padre y jóvenes dignos de tal padre (fin de
cita) son (cito) engañados por la apariencia del bien (fin de cita). No, no del
bien. Lo que los engaña es el mal. El bien es siempre cristalino. Estoy por
citar : la angustia, la angustia viene (me viene). Se me está haciendo el famoso
nudo en el estómago. Tendré que parar (cito) empezar de nuevo (fin de cita).
9. Cito en definitiva:
PIAGET
I
La noche que de verdad empieza la historia, musicalmente hablando, Santamarina
fue a trabajar convencido de que Sabrina, seis años más joven que él, iba a
morir antes de que se cumplieran veinticuatro horas; la idea del
accidente era una obsesión que hubiese querido olvidar, pero reaparecía
saludable y fétida, cargosa, como esas malas visiones que perturban
-supuestamente- el sueño de los peores asesinos.
No era la primera vez que le venían a la mente cosas así. Su amor estaba hecho
de fantasmas y raras certezas: al cruzar en auto sobre un puente cualquiera,
algo inmanejable los transportaba fatídicamente al vacío; mientras esperaban
juntos la llegada del subterráneo, un sicótico se les venía encima y empujaba el
cuerpo de Sabrina bajo las ruedas de acero. Dos veces habían subido a un
avión y dos veces había él entrevisto la posibilidad fáctica de caer desde más
de diez mil metros sin paracaídas, más bien inmóviles, por no decir domidos o
atados, drogados, al río.
A la semana de vivir juntos, Santamarina la vio tan inclinada en el balcón del
departamento que temió que se suicidara; las acusadoras fotos flotando en el
aire, delante suyo, rumbo a la calle, disolvieron aquella presunción pero
instalaron otra casi peor, del orden de sus sentimientos no expurgados: los
celos. Así, la tendencia de Santamarina a considerar la desaparición de su
compañera como una inminencia del destino se había hecho habitual.
En los accidentes posibles el riesgo solamente rozaba el hilo vital de ella: el
ómnibus en que viajaban se salía del camino y caía en cámara lenta a la
laguna o el río, según las circunstancias; de a poco el agua llenaba todos
los huecos asfixiando a los pasajeros y Sabrina, que no sabía nadar,
quedaba a merced del heroísmo de Santamarina. Si habían tenido una buena noche
real (o una buena mañana) la fantasía de Santamarina encontraba una barra de
acero bajo el asiento y golpeaba las ventanillas hasta hacer astillas
alguno de los vidrios; mientras el agua seguía entrando y los pasajeros
lloraban y se atropellaban, esclavizados por el pánico, él abría un
hueco suficientemente grande para poder pasar su cuerpo, y el de
Sabrina, y entonces subían airosos, nadando, hacia la superficie.
Santamarina era conciente de que, a los efectos del rescate virtual, poca
importancia tenía que Sabrina no supiese nadar; del oscuro territorio de sus
elucubraciones bien podría haberla arrastrado hacia la vida tomándola de la
cintura, del cabello o del más frágil de sus dedos; en caso de histeria podía
hasta llegar a pegarle un cachetazo. Pero, más que en la vida real, era en esa
situación fabulada donde él, que no tenía precisamente un tórax ancho o espalda
de nadador (en verdad apenas si sabía flotar), encarnaba un Tarzán de la vida en
pareja. Expresiones como "agárrate de mi cuello" o "tranquilízate, yo te voy a
salvar" subían a su inseguro hipotálamo desde la boca del estómago [el nido del
nudo] con un vago acento portorriqueño que no alcanzaba a desacreditar la
potencia de su fantasía.
Si el improbable, luctuoso asunto (la lectura de noticias policiales
estaba arruinando su vocabulario) se producía después de una discusión,
Santamarina era capaz de perder toda objetividad elucubrando desenlaces
desagradables mientras untaba sus tostadas con mermelada de rábanos (sic). El
descarrilado vagón de tren, herido de muerte a causa de un cruce de ramales mal
sincronizado, volcaba como un animal de muchas patas, y ninguna cámara
lenta daba tiempo para buscar una salida. En tanto Santamarina movía su
cuerpo como un tramoyista de circo, de modo de quedar en posición
vertical, con las ventanillas bajo los pies, Sabrina, asustadísima, no
respetaba sus indicaciones y, por supuesto, fenecía en la hecatombe.
El aplastamiento de huesos, los llantos y gritos de espanto, la llevaban
a expirar. El melodrama hacía carne en ella como en una mala telenovela (fin de
cita).
10. ¿Hemos (he) de coincidir entonces con la señorita académica en que el
narrador se afana en ser (cito) breve (fin de cita) y (cito) es oscuro (fin de
cita)? ¿Hemos de adherir pues con la extranjera en observar que (cito) nervio y
aliento le faltan (fin de cita) porque (cito) persigue la ligereza (fin de
cita); y luego (cito) buscando lo sublime cae en la ampulosidad (fin de cita)?
Acaso con ella (académica usuaria de los beneficios del imperio que ha provocado
estos excesos) vemos claro un nuevo ejemplo de uno que (cito) prudente en exceso
(fin de cita) y (cito) temeroso en exceso (fin de cita) termina arrastrándose en
la tierra de los lugares comunes. Por querer desear trocar el tema sencillo con
prodigios efectivamente pintó (cito) un delfín en los bosques, un jabalí en las
olas (fin de cita). Por querer evitar el fallo cayó (cito) carente de arte, en
un vicio (fin de cita).
11. No vio, es cierto, lo cerca suyo que estaba el auténtico escultor (lo
llamará alternativamente Piaget y Paillet, Feced o Memed) del mal: se quedará
(cito) en el detalle de esculpir las uñas e imitar la sedosidad de los cabellos
en bronce (fin de cita y va de nuevo) estéril artesano (fin de cita ahora sí,
pero no del todo) incapaz (cito) de componer un todo (fin de cita). Y sin
embargo yo, que no soy ya ése que escribe (ha escrito) ni tampoco el Horacio (ni
una académica norteamericana); yo que no querría seguir como él (no sé ustedes)
viviendo (cito) con nariz deforme y llamando la atención con mis ojos y mis
cabellos negros (fin de cita) ; yo no le puedo reprochar que haya fallado
(hayamos).
12. Aclarado el punto veremos a continuación cómo éste no supo emprender un tema
(cito) adecuado a sus fuerzas (fin de cita), veremos el poco tiempo que dedicó a
reflexionar (cito) acerca de qué rechazan (rechazaban) o qué aceptan (aceptaban)
llevar sus hombros (fin de cita) ; veremos cómo por no haber (cito) elegido el
tema a la medida de sus fuerzas (fin de cita) lo abandonaron (cito) la facilidad
expresiva (fin de cita) y (cito) el orden claro (fin de cita).
13. Cito sin más (ni menos):
Sólo que esta vez, la noche en que de verdad comienza la historia,
musicalmente hablando, su involuntario deseo estaba por realizarse. Sabrina
había ido a visitar a una tía al campo y como resultaba difícil conseguir
pasajes debido a un paro de choferes de media distancia, el transporte
que eligió para volver a la ciudad terminó siendo un destartalado ómnibus de
línea (fin de cita).
14. Bellamente uno de los pocos párrafos logrados de todo el libro: virtud y
gracia de orden conseguidas bellamente. Dice inmediatamente lo que tiene que
decir inmediatamente. Innecesariamente no se va, por las ramas; no se regodea en
el detalle, innecesariamente. Afortunadamente desecha lo que está de más:
de más
no da más de lo que ofrece afortunadamente.
15. Cito :
II
Lo último que hubiera querido ver eran esas fotos. De haber sido por él,
Santamarina habría rechazado gustosamente la oferta macabra. Con la imagen del
micro diagonalmente salido de la banquina, semihundido en medio del gran charco
de agua y barro, recostado sobre su ala izquierda, anfibio dudoso, era
suficiente.
La primer foto apareció publicada en la primera página del diario donde
Santamarina trabajaba, el siete de febrero. "Accidente en la Ruta 2, moderno
ómnibus volcado sobre su costado izquierdo y en medio de un gran charco de agua
y barro", escribirían al dorso después, antes de guardarla en el archivo.
La foto llegó a su escritorio en un sobre de papel madera con una notita:
"Cosas que pasan".
La firma era un mamarracho indescifrable.
Le pareció discernir una letra P mayúscula, y tal vez una t.
En cualquier caso, la firma de alguien malévolo.
III
La primer foto mostraba un cuerpo tumbado sobre el pasto de la banquina, a
metros del ómnibus hundido en el charco. Había sido tomada el mismo día,
prácticamente a la misma hora. Tres sombras desparejas, siluetas humanas,
acariciaban los bordes del cuerpo semicubierto por una frazada. La sombra mayor
(más larga por efecto óptico del sol, sólo por eso) ocupaba el sector izquierdo
del encuadre; el triángulo inferior izquierdo de la frazada quedaba inserto en
ella. La sombra menor era apenas un desliz visual, vago desprendimiento de una
figura que casualmente había estado parada ahí. La impresión más fuerte la
producía la sombra grande del medio, la del fotógrafo. La cabeza hendía su
presencia en el centro mismo de la frazada que cubría el cuerpo; de ella nacía
una gran espalda y el resto deforme, intruso, de alguien muy gordo.
La segunda foto mostraba las manos secas sobresaliendo de abajo de aquella
frazada.
IV
Releyó la notita.
Dio vuelta la foto del micro.
Volvió a ponerla hacia arriba.
Quiso leerla de nuevo.
Una raya amarilla horizontal, signo del diagramador.
Santamarina imaginó el curso del lápiz ceroso patinando al borde de una
escuadra, la diagonal necesaria para calcular la proporción...
Le vinieron ganas de llorar, que contuvo.
Bajó la vista lentamente, desde atrás.
Y ahí, en los últimos asientos del micro, volvió a colgar su atención; era un
alivio abstraer la conmoción que la foto provocaba deslizándose, como el lápiz
amarillo, en los detalles secundarios.
Por atrás del micro, casi fuera de foco, vio a dos curiosos parados en la ruta.
Figuras diminutas.
Sweter oscuro la primera, las manos en los bolsillos, el peso del cuerpo acaso
recostado en el pie de atrás; cruzada de brazos la segunda...
¿Bermudas o pantalones largos?
La rueda trasera del micro tumbado, que colgaba en el aire por efecto de la
inclinación del vehículo, que impedía ver a ese hombre completo.
De pronto, la vista aguzada por la concentración en el detalle, Santamarina hizo
un descubrimiento: lo que a primer golpe visual le habían parecido hierros
abstractos, que surgían desde el cuerpo del micro hacia la parte superior de la
foto (o sea al cielo) no lo eran realmente. O al menos no a lo largo de toda la
superficie. Hierros, lo que se diría hierros retorcidos, sólo en la parte
trasera. Pero en el medio sencillamente las puntas de los asientos, todavía con
sus fundas blancas en el lugar donde los pasajeros habrían recostado sus
cabezas, Sabrina entre ellos. El micro había evidentemente dado algún tumbo
sobre la ruta, y al rodar, había perdido parte del techo. Así los asientos,
milagrosamente enteros, sobresalían de la carcaza estropeada como las muelas de
una calavera a la que le hubiesen arrancado los maxilares de un culatazo.
—Pará con eso —dijo Hans—. Tenés que comer también.
V
Ahora, hay quien dice que Santamarina y Piaget se conocieron antes que éste le
mandase esas fotos, durante una merienda, el sol de las cinco o seis o siete de
la tarde (fuera cual haya sido la hora, estaba muy lejos de la de almuerzo y la
cena) molestaba en los ojos. Santamarina, Coca, Nilda y Hans tomaban el té. Hans
se había levantado para correr la cortina y Coca entrelazó entonces la
conversación, con esa habilidad que sólo ella tenía, de modo tal de lucirse con
una frase supuestamente inteligente. Hablaban de blanco y mantelería. O tal vez
de ópera. Según Coca, la vida era como la parte de abajo de un mantel hilado a
mano: uno podía ver el dibujo más preciso del lado de afuera, pero si se daba
vuelta, digamos levantándolo un poquito, se podía descubrir la complejísima
trama de hilos que en rigor lo constituían; el arte del buen tejedor, redundó
Coca, era el de saber qué punta tomar para conseguir, sin que nadie se diese
cuenta, uno y solo un efecto en la superficie a la vista.
Como siempre, Nilda preguntó qué tenía eso que ver con la que venían hablando.
Ah, dijo Coca, y explicó:
—La vida aparentemente va por carriles manejables. Vos, yo, Santa, Hans,
Margulis incluso, podemos creer que la dominamos. Elegís las personas con las
que te gusta estar, te casás o te separás. Pero de pronto un azar, un hilito del
mantel, se sale de tu esfera. Y ahí está. Sonaste. Estás frita. Fuiste, como se
dice ahora, ¿no?
—¿Fuiste a dónde? —dijo Nilda.
—Uno se cree que es todo cuestión de libre albedrío y no, nena, nada de éso.
—Nos hemos puesto cultos, parece —dijo Hans volviendo a sentarse.
—Coca dice que Dios maneja nuestros hilos como el tipo que hizo este mantel los
dibujos de la tela —dijo Santamarina.
—Mirá vos —dijo Hans.
—No era exactamente eso —dijo Coca pero no pudo completar su explicación porque
en ese momento un hombre inmenso, con un plato de comida en la mano, pidió
permiso para sentarse con ellos.
Era el fotógrafo nuevo.
—Siempre almorzás a esta hora? —preguntó Hans corriendo las tazas de té con
leche y el plato de facturas hacia el centro de la mesa.
—Ya almorcé. Esta es la cena. ¿Puedo? —dijo Piaget apropiándose de una medialuna
que sobraba.
VI
—El secreto de los buenos asados argentinos —dijo Piaget— no está en la calidad
de las vacas sino en sus cortes.
—Lo cual sienta las bases de una necrofilia interesante —dijo Hans y la
conversación derivó hacia el fraterno espacio de las historias conocidas:
exiliados que llevaban un papel con el dibujo de las partes de la res a las
carnicerías extranjeras, dependientes que no entendían que era eso que les
pedían: "a la argentina".
—Comer asado, ah. ¡El rito mortuorio por excelencia! —dijo Piaget y dejó
chorrear un largo trago de vino tinto en el garguero.
—Qué asqueroso —dijo Nilda Mucci.
—Pero ¿por qué, mi amor? —dijo Hans—. El amigo tiene razón ¿O hay algo más
religioso que la repetición de un rito? Como en la misa, en el asado se toma
vino y se cultiva la salud.
La conversación se entramó con la paulatina conciencia de los seres humanos que
se alimentaban con la muerte, las aves europeas que se comían entre ellas,
secretos para extraer el tuétano de los huesos y además, las excelentes
albóndigas de persona que debieron haberse preparado aquellos jugadores de rugby
que sobrevivieron en los Andes. La proyectada invitación a Piaget para que
fotografiase lo que ahí se estaba comiendo -los trozos de tira, el vacío, los
chinchulines y las mollejas- terminó de asquear a Santamarina. Sin poder
dominarse, empezó a ver muertos donde había alimentos; tanto se le revolvió el
estómago que sintió ganas de levantarse de la mesa para ir a vomitar (fin de
cita).
16. Nuestra invitada aquí se pregunta cuál es el límite para las innovaciones de
estilo. Y se pregunta por otra parte si es tolerable que se pueda saltar del
espacio y el tiempo así sin más, sin el aviso mínimo, sin indicio siquiera, de
que los mismos personajes fueron sacados de la órbita conocida en la que
estaban, su casa digamos, o su lugar de trabajo, y llevados por el arbitrio de
la fuerza, imaginación desbocada o perversión, a cientos de kilómetros de ahí.
Qué lejos está (estamos) de entender la realidad.
17. En el encadenamiento las palabras, por cierto, no se utilizaron (cito) la
delicadeza y la prudencia (fin de cita y voy de nuevo): estilo notable (fin de
cita) no se tuvo ni se buscó crear (cito) una alianza adecuada (fin de cita)
para convertirla (cito) en palabra nueva (fin de cita). Pero el hecho es que acá
no hay palabras nuevas ni búsqueda alguna de innovación estética. Los desvíos
perversos no son los del idioma. Y por otra parte, si acaso es necesario aclarar
(cito) conceptos o oscuros por medio de signos nuevos (fin de cita) o (cito)
diferenciar la persona del autor de sus personajes más villanos (fin de cita),
¿hasta dónde puede hacerlo inocente, afiatadamente quien escribe cuando él fue
también parte del tiempo (y el arte) que les permitió vivir (a los villanos)?
18. Alguien me dirá (con el Horacio) que el arte debe cumplir la función de
actualizar la vida con modos nuevos y que de hecho (cito) siempre se permitió y
se permitirá crear una palabra acuñada con una marca indicadora de su época (fin
de cita). Pasemos por alto la analogía de las hojas que caen en cada otoño para
volver a renovarse en primavera. Nosotros (cito) y nuestras obras nos debemos a
la muerte (fin de cita). En efecto. Pero la idea no puede morir ahí.
19. Mejor árbitro que el uso es el sentido común del tirano. Nuestro escritor,
¿(cito) sigue la tradición o da forma a seres coherentes (fin de cita) dando
(cito) por casualidad (fin de cita) una suerte de reposición (cito) en el teatro
(fin de cita) del (cito) ilustre Aquiles (fin de cita)? Lo que quiere decir, ¿no
es cierto?, es si nuestro escritor sigue al guerrero o a la víctima. Si la
víctima es menos víctima por haber guerreado antes de serlo; si el guerrero es o
no víctima por haberse rebajado a serlo. Mejores leyes y normas dan quienes
saben mandar que quienes se creen (nos creemos) dueños de una libertad que usan
(usamos) mal y demasiado. No quiero volver a atacar a la señorita académica que
tanto nos conmovió con su exposición pero sólo quienes hemos (han) visto la
muerte de cerca entenderán de lo que hablo.
20. Cito.
21. Cito.
22. Osito (perdón, se me escapó).
VIII
Enfermos de calor (pero el aire es fresco, bajo los verdes sauces) [¿¿¿ cómo, no
estaban en el comedor del diario???], soportaron el peso de una conversación que
se iba volviendo más y más morbosa. Piaget atisbaba el inicio de una larga
camaradería, y hasta que la idea no cuajó del todo en su cerebro no logró
relajarse. El mismo blando vértigo de siempre lo envolvió (¡sic!) ante la
perspectiva de tener que abrirse ante esos desconocidos; la historia ajena le
era indiferente y bien querría regresar atrás en el tiempo, volver si fuera
posible a la ciudad de donde había huido, estar aunque más no fuera otra vez en
el día de mañana, mano a mano y solo con el pequeño difunto y la pesadilla
conocida. Lo que lo inquietaba, por sobre todo, era la certeza, repentino
alumbramiento, de que los cuatro seres con quienes compartía la mesa iban a
estar cerca suyo durante bastante tiempo, y no porque el tiempo le preocupase
poco la ansiedad de querer escaparse de ellos disminuyó. Todo lo contrario. La
gente es poco maleable cuando respira; la gente viva ni siquiera es dañina y
peligrosa: es motivo de fastidio. La amistad, pensó Piaget, poco sabe de la
inteligencia. Entonces le vino un cansancio. La cena aún no había sido servida y
él ya estaba cansado. Todavía veía sobre las mesas los platos de loza con las
facturas del té [¿perdóóóón?]. Piaget calculó el tiempo que restaba por delante
antes de tener que bajar de nuevo a la redacción: por lo menos, cuarenta
minutos. Y ahí el conflicto que lo tenía mortificado bajó su pegajosa estirpe
sobre él. ¿Y si lo sacásemos intempestivamente del halo que cerca la escena? ¿Si
le impidiésemos seguir golpeando los cubiertos contra el plato? ¿Si lo
levantásemos por el cuello y lo golpeásemos contra los foquitos de las dicroicas
como uno más de los insectos que mueren achicharrados creyendo ir en busca de
una luz suprema? No podemos. Lo necesitamos. El egoísmo primitivo y obsceno de
narrar, como base de las cofradías. Demos vuelta el planteo: ¿para qué requiere
el señor fotógrafo Piaget al señor Hans y al joven Santamarina, jefe y
subordinado, respectivamente? Para qué
—¿Les gusta Beethoven?—dijo Nilda Mucci.
—¿La Eroica?— preguntó Santamarina.
—Las sonatas.
—Mucho no conozco, yo… —dijo Santamarina.
—Pero andá, farolera, ¿qué vas a saber vos algo de las sonatas de Beethoven?
¿Qué sabés vos, a ver, qué sabés?
—La sonata en do menor opus III. Culminación del arte de la sonata, mi vida.
—Las únicas sonatas en do menor de Bethoven que conozco son la sonata para piano
número 5 y la Patética…
—Y también está la 8 para piano, opus 13, mi vida. Pero no. No hablo de esas.
—¿Che, no será la 7? Do menor para piano y violín… —intervino Hans, que había
sacado el abono del Colón.
Piaget se puso a tararear un sonido electrizante:
—Bum bum, wum wum, schrum schrum…—dijo y todos se quedaron callados.
Siguió cantando en falsete, sin dejar de masticar.
XIX
Y de pronto la fatalidad pareció extenderse sobre todos como una mancha de
sangre en un matadero.
¿Cómo se inicia una amistad?
¿Qué azares confluyen eléctricamente entre un individuo y otro para que en una
tarde, impensadamente, lo que alguna vez había sido monólogo se torne diálogo, y
luego trío, o cuarteto?
¿Qué incierta tradición potencia a un personaje a sumar otro para recuperar la
insatisfecha ironía de su inútil existencia? (6)
Piaget respondió:
—Lástima que Lázaro Costa no use más a Beethoven en sus entierros.
—Si es por mí, que me entierren a capella —dijo Coca.
—No te enojés, gordita —dijo Hans.
—¿Bajamos? —medió Nilda Mucci, un poco culposa por haber abierto un frente nuevo
de discusión.
Piaget se golpeó la barriga.
—¡Me muero de hambre!
—¡Otra vez! — dijo Hans.
X
—Oí los trinos, mi viejo —dijo Piaget encendiendo el minicomponentes unas
semanas más tarde en la mugrienta casa de Floresta donde vivía—. Los arabescos y
las cadencias. Mirá cómo se impone lo convencional. Nada de acabar con la
retórica, eh. Simplemente dejarla libre de subjetividad, mi viejo. ¡Basta de
apariencias! ¡El arte odia las apariencias del arte! ¡Dim dada! Oí la melodía
aplastada por el peso del acorde. Oí. Mirá. Se hace estática, mi viejo.
Monótona. Dos veces re, tres veces re. Una detrás de la otra. ¡Ah, los acordes!
¡Los acordes son todo! ¡Dim dada! Oí lo que va a pasar ahora...
Pero en vez de oir, Santamarina había fijado su atención en una reproducción en
blanco y negro que, enmarcada en un recuadro plateado del tamaño de una ventana,
representaba unas manchas blancuzcas y grises que asomaban de un anaquel.
—No tenés mal ojo, eh —dijo Piaget sin dejar de acompañar la música con sus
trinos gangosos.
Le indicó que se sentara en un sillón y mientras subía el volumen le confesó su
admiración por sus colegas de los Estados Unidos: seguidores modernos del arte
de difuntos, dijo, que habían conseguido encauzar sus instintos macabros en una
labor útil para la sociedad. Más que eso: la fotografía para ellos había sido
relegada a un plano primitivo, al compás de las video cámaras, dijo Piaget al
compás de Beethoven y se lamentó de haber nacido en un país subdesarrollado.
Sus colegas de la otra parte del globo trabajaban para la ley. La justicia
contrataba sus servicios como alguna vez el ejército había contratado los suyos.
Un día Piaget vio por la televisión cómo esa gente increíble filmaba asesinatos
de toda calaña y encima daba clases prácticas a videastas novatos. "Al principio
pensé que lo que el jurado quería era ver sangre", decía, en la televisión, un
policía. La imagen de la pantalla enseguida mostraba cuerpos ensangrentados por
el piso de una típica casa yanqui, y hasta había un curioso recorrido visual que
iba a terminar en el refrigerador de la cocina: ahí, doblado sobre sí mismo como
un feto gigante, marrón, la videocámara mostraba el cuerpo de un mestizo muerto.
¿En qué año había sido tomada esa imagen? Piaget no lo sabía ni los
presentadores abundaban en detalles. Pero era probable -las imágenes provenían
de un archivo personal- que esos policías incorruptibles, hermanos de sangre
-ja, ja... Le gustó, le gustó la comparación...De sangre, ja, ja... De
sangre...- hubieran trabajado aquellos cuerpos en la misma época que él, Piaget,
hacía sus planos para el ejército.
—Pero ellos encontraron comprensión —lamentó—. En cambio yo... Yo estaba solo…
Vení, sentate, mirá —dijo y apretó el brazo de Santamarina para que se sentase
en un sillón con acolchado de anclas y barcos frente al televisor. Sin bajar el
volumen de la música Piaget apretó el botón de rebobinado de la videocasetera y
Santamarina estuvo obligado a mirar, atónito, las torpes, malogradas escenas con
que aquellos principiantes de lo macabro se jactaban de servir a la justicia
norteamericana.
Por supuesto los jurados habían quedado muy impresionados por los efectos
logrados por las máquinas de mirar por ellos. Y la condena a los asesinos, caída
sobre ellos con molicie, había sido empero entusiasta. La pereza no era
contradictoria con el entusiasmo, y Piaget lo sabía bien porque sus fotos
producían sueño a quien las mirara por mucho tiempo. Sueño después de la
impresión primera, claro. Porque la impresión primera de la muerta o el muerto
así expuesto era casi siempre repugnancia, él lo sabía bien. Con tal de sacarse
de encima la repugnancia la gente operaba en acto; en el caso de los jurados
yanquis, castigando, venciendo el dolor interno de ver esas escenas con un golpe
ejemplar; en el caso de sus empleadores del ejército...
De pronto, sin que mediara ningún otro indicio de la maldad, Piaget recordó
cariñosamente el nombre y el estilo de Feced. ¿Augusto o Aníbal? Feced, a secas.
El jefe de gendarmes de Rosario, el responsable de la represión en el sur de la
provincia de Santa Fe. Feced. Muerto de cáncer (¿o de un paro respiratorio?)
durante la democracia ganada a la guerrilla.
A Santamarina le resultaba extraordinariamente difícil prestar atención a los
gritos de Piaget (había ido levantado la voz, los carrillos de la cara rojos e
inflados), y al mismo tiempo a la música y las imágenes en el televisor. A
diferencia del Capitán, Feced había sido sistemático y correcto con Piaget. Y no
solo porque sus apellidos, igual de cortitos, igual de sonoros, como latigazos
verbales los dos, casi mellizos en un contexto musical, remitieran a las mismas
bajas pulsiones humanas. Feced llevaba registradas todas sus acciones en gruesas
carpetas fotográficas que Piaget, virtuoso como era, solía proveer con copias de
tamaño interesante. Feced utilizaba esas carpetas como registro de lo actuado
(también él confiaba en la posteridad) y de vez en cuando las sacaba a relucir
para hacer más breve la angustia de los familiares de los terroristas que iban a
consultarlo en busca de hijos, maridos o hermanos. Feced había sido
malinterpretado, recordó Piaget, durante la parafernalia aquella de la Conadep:
una mujer contó que él le había mostrado unos álbumes con fotos de gente
malograda y todos opinaron que la intención del militar había sido cínica, por
no decir monstruosa, que muchos lo dijeron. Piaget bien sabía cuánto apreciaba
aquel hombre su trabajo. Conocía del orgullo de haber sido un guerrero de la
patria. De su pasión por las cosas prolijas. Alguna vez habían conversado sobre
el punto: Feced creía, como él, Piaget, que la imagen de los cuerpos torturados
tenía que ser guardada para toda la eternidad como escarmiento futuro, probable,
que sirviera de parate pedagógico, digamos ejemplar (digamos, como las tomas de
esos policías yanquis), para que a nadie se le ocurriese volver a poner en
peligro las instituciones de la democracia. La dureza, la falta de sensibilidad
que algunos pudieran cuestionarle era parte esencial de toda la figurada
representación. Otros llegarían en el futuro, muchos otros (y las imágenes que
hoy veía en la televisión se lo corroboraban), que emplearían el recurso de la
imagen de difunto para causas públicas. Ya llegaría el momento. Esto era, dijo
Piaget, lo que conversaban con Feced, y a veces con el Capitán, y con algunos
otros hombres del arma, como Acdel Vilas, en Tucumán, tiempos dichosos en que la
sociedad reinvindicaría sus acciones. Pero para que eso ocurriera las fotos
tenían que ser muy buenas.
El video terminó de pasar milagrosamente al mismo tiempo que la música. No sin
volver a sentir conmiseración por el artista que no había llegado a ser, Piaget
guardó un largo silencio, dejó el televisor chirriando con la pantalla lluviosa
y le hizo una seña a Santamarina para que lo siguiera. Subieron entonces una
empinada escalera metálica que iba hacia la azotea. El cielo estaba claro y la
luna, que había estado llena, aún se recortaba nítidamente entre dos edificios.
De todas, esa era la hora del día que más le gustaba.
Había una piecita cerrada con un candado.
Piaget buscó la llave del candado y abrió.
El cuarto era muy angosto, de modo que su corpachón casi no encontraba espacio
para girar sobre sí mismo.
Pero así como era de angosto se extendía a lo largo de tres o cuatro metros
hacia adentro, y por lo menos otros tres o cuatro hacia arriba.
En ambas paredes, insertas entre los ladrillos aún sin revocar, las arañas
habían hecho sus nidos.
Un colchón (en rigor, los restos de un colchón minúsculo) estaba doblado por el
medio contra la pared del fondo a la manera de un sillón turco.
Arriba, en desorden, papeles y diarios viejos.
El archivo ocupaba una suerte de entrepiso que a primera vista pasaba
inadvertido.
Algún maniático ocupante de esa casa lo había hecho alguna vez como depósito de
materiales; Piaget lo encontró ideal como escondrijo.
Un poco cansado, temblando de frío, Santamarina lo vio estirar el brazo hacia
arriba para palpar la primera de las cajas.
Las había blancas, de telgopor, y marrones, de cartón.
Más atrás, los cuadernos y carpetas, pero esto ya salía de su campo visual.
Pese a la luz de la luna, ahí arriba todo estaba oscuro.
Húmedo no: por fuera del cuartito, por fuera y por arriba, Piaget se había
ocupado personalmente de pasar manos y manos de tapagoteras; era una sustancia
gomosa de color rojo, que parecía alquitrán.
XI
Vio primero una mujer rubia, de pelo tirante hacia atrás, que debió haber sido
hermosa, aunque narigona, mirando hacia arriba, si acaso sus ojos cerrados
pudiesen mirar algo, como un infinito reflejado. Verla sin aros ni maquillaje ni
nada ni joyas excepto la palidez fantasmal de todo cadáver hizo que Santamarina,
al primer golpe de vista (y sería el primero de una larga serie sin otro ton ni
son que el capricho didáctico que Piaget había planeado propinarle) no la
reconociera.
Además la imagen tenía una interferencia incómoda, como un vidrio de ascensor
hospitalario, entre el objetivo y el foco de la cámara (dedujo) a la manera de
esos velos o tules que antes, por respeto, se colocaban cubriendo las caras de
los muertos.
—No fue fácil ésta —dijo Piaget a su espalda. Y su presencia sudorosa le resultó
incómoda y obscena. —Tuve que coimear a Dios y María Santísima.
La cosa que interfería la visión era efectivamente un vidrio de ascensor. Y es
que la foto había sido tomada desde afuera, en algún nosocomio de la ciudad,
desde el pasillo, cuando la cuadrada caja colgante se detuvo entre piso y piso
para cargar el solemne paquete mortuorio que el General en persona (no ya el
Capitán) había mandado a embalsamar.
—¿No la habían velado en un local de la CGT... —dijo Santamarina sin saber por
qué utilizaba un eufemismo en vez de referirse lisa y llanamente a los métodos
egipcios, acaso orientales, que él conocía muy bien por su nombre de pila,
aunque sin entusiasmo de voyer.
—Inventos de los periodistas —dijo Piaget—. O vos te pensás que iban a hacer
semejante porquería en cualquier lado.
A Santamarina se le disparó la imaginación: el destino de las vísceras, por
ejemplo.
¿Qué había sido de ellas?
Santamarina volvió a mirar la foto.
Repentinamente sereno (la noche sería larga) observó algunos detalles de aquel
rostro que había generado polémicas inolvidables. La forma de la oreja, el lunar
en el cuello (la toma había registrado su perfil derecho)... ¿era un lunar o una
mancha de la copia fotográfica?... la ceja delgada pero oscura, las bolsas bajo
los ojos. Los pómulos. ¿Cuál era la verdad de esa imagen?
La crasa muerte.
Pero qué más...
La indecencia de su permisividad.
Eso, pensó Santamarina, la foto es indecente no por lo que muestra sino por
estar ahí.
No es Piaget el morboso, es lo que sus fotos representan, se dijo.
Se detuvo.
Su mente había empezado a funcionar como un reloj.
Sintió frío.
Como si una mano violeta hubiera emasculado su conciencia.
Entonces lamentó, eufóricamente lamentó, que Piaget hubiese tenido poco tiempo
para hacer más que una, ésa, robada.
Piaget recitó:
—"Con sangre o sin sangre la raza de los oligarcas explotadores del hombre
morirá en este siglo".
—Fallido pronóstico —dijo Santamarina.
Se sobresaltó.
Las palabras habían salido de su boca sin previo aviso.
El no tenía nada en contra de aquella desconocida.
—Lo dijo histérica, antes de morirse —dijo Piaget.
Y la réplica de Piaget lo colocaba impensadamente del otro lado de la historia,
en una zona equívoca que lo obligaba a tomar partido.
—¿Tenés... más? —se escuchó decir.
—Nos vamos entendiendo —dijo Piaget.
Los pies helados (había pisado un charco de agua) le empezaron a doler.
—Me voy a enfermar... —dijo Santamarina.
Piaget rió sarcásticamente (fin de cita).
23. Y acá volvemos a la cuestión de qué temas elegir, y cómo. Ninguna
originalidad, como ven, frente al tema público que así leemos. Un tema público
(cito) será de tu privado poder si no te demoras en circunlocuciones de poca
calidad y asequibles a todos (fin de cita). Y ahí se mete (cito) en atolladeros
de donde el pudor o la ley de la obra (le: cito) impidieron salir (fin de cita).
24. Muchas gracias.
II
Una o dos horas después, ya sin la experta foránea cerca...
26. Diré ahora, cambiando un poco el enfoque, que en esencia todo esto sigue
siendo una cuestión de orden. Debo recomenzar por contar, de hecho, cómo un
Margulis inédito ha llenado páginas y pantallas elucubrando hipótesis
discutibles, empezando por aquellas vinculadas con el significado de su propio
apellido (voy a citar) como algo proveniente de los fondos misteriosos del mar
(cito): Del hebreo Margalit, Magaliot = perla, perlas (fin de cita). ¿Quién nos
asegura que eso es verdad? Porque cuando de orden hablamos estamos hablando de
verdad, de La Verdad, lo que en los barrios la gente baja llama (cito) la posta
(fin de cita); es decir, la organización intrínsica al discurso.
27. Su sentido primigenio o profundo.
28. Exageraciones, diremos. Hipérboles descentradas. Sin ton ni son. Indicios de
la misma locura que lo llevó a ser profuso en comienzos como los de ese (cito)
escritor cíclico (fin de cita) que cantó el Horacio. ¿Qué ofrece (cito) ese (fin
de cita) Margulis que (cito) así promete, digno de esa boca tan desmesuradamente
abierta (fin de cita)? Parir él también (parafraseo) los montes, hacer un
ridículo ratón (fin de paráfrasis). Realmente, cuánto mejor nos cae al oído
indagar a la Musa el decir acerca del cómo, del cómo narrar la historia del
(cito) varón que tras las captura de Troya (Buenos Aires, ¿no es cierto?) vio
las costumbres y las ciudades de innúmeros hombres (fin de cita). ¿No alude ello
mucho más agradablemente al desarraigo, al exilio, al como en el barrio dice la
gente baja (cito) raje (fin de cita)? Pero el Margulis desoye el consejo del
Horacio; piensa él orgullosamente (cito) en dar humo del brillo (fin de cita),
lo cual también podría considerarse con las palabras de su amigo de la infancia,
Don Isidro Balisten, hoy académico de número (cito) (7): enturbiar el agua para que
parezca profunda (fin de cita).
29. Indaguemos un poco más en la ignorancia del autor; no sin antes agradecerle
a ella haber librado al mundo de tanto escrito prescindible que permaneció
inédito hasta ahora. Si hubiera sabido narrar (cito) la muerte de Meleagro para
cantar la vuelta de Diomedes (fin de cita) o bien (cito) los huevos gemelos para
la guerra de Troya (fin de cita) otro gallo cantaría. Pero no fue el caso. Ni se
apresuró (cito) siempre hacia el desenlace (fin de cita), ni arrastró (cito) al
auditor al centro de los hechos como si le fueran conocidos (fin de cita). Por
el contrario, en vez de ser prudente y dejar para el final lo que
desesperadamente no podía (cito) tratar con brillantez (fin de cita), en vez de
(cito) mezclar hechos falsos con verdaderos de tal forma que no exista
discrepancia del medio con el principio, ni del final con el medio (fin de
cita), el Margulis se obsesionó en acopiar cantidad imposible de hechos
demasiado verídicos, que no hicieron más que alejarlo del lector común. ¿Por qué
privó a las gentes de la aristotélica pulsión a identificarse con los personajes
del drama? ¿Por qué ese afán de negarles la ilusión de la fábula?
30. ¿Por qué tanta inquina contra la ficción?
31. Recordemos sus largos años de ejercicio en el periodismo de los diarios
oficiales, esa mascarada de la verdad puesta al servicio del poder. En alguna
charla el Margulis me confesó su fascinación por haber estado en los despachos
presidenciales; su paso más bien confuso por la televisión (cito): es como dijo
Warhol, querido Mientes, todo el mundo tiene derecho a sus quince minutos de
fama (fin de cita). Ya volveremos sobre el punto más adelante. Por ahora vendrá
mejor comenzar a introducir otros parámetros textuales. Dejemos su engendro
principal, esa novela con difuntos, para los morbosos yanquis. Suspendamos
brevemente los así llamados libros periodísticos. Busquemos la fuente de
honestidad primera.
32. Es en sus Diarios (8) donde justamente dice (hago memoria) que odia (cito) la
puta catársis (fin de cita). ¿Por qué? ¿Qué necedad es ésta? ¿Qué afán de
exhibicionismo extravagante? ¿Qué necesidad?
Cito:
Sin hora ni fecha. "Yo creo que Cortazar hizo lo único que hace un escritor
cuando es un escritor de verdad: su búsqueda personal".
Escribo la frase que sale del grabador y mientras la escribo veo, con el rabillo
del ojo veo, un movimiento en otro rincón de la redacción. "¿Qué pasa?",
pregunto. "No sé, parece que viene de cumpleaños", dice Pechito y yo, por un
momento, pienso: "Qué bueno, finalmente se acordaron..."
De pronto todos empiezan a cantar: "Cumple-a-ños-fe-liiiiz;
cumple-a-ños-feee-liiiiz". Sigo trabajando sin levantar la vista del teclado
preparando la cara para agradecer, incluso una frase de falsa moedista:"Pero,
che, no se hubieran molesta...". Pero no es a mí. Es a una correctora. Una
rubiona de camisa roja, buena mujer, no diremos que no, ¡la muy guacha! Y yo,
oh, qué abatimiento mortal, que poca cosa, que inutilidad esta de querer
destacarse y ser querido y ser amado y ser todo lo que otros son, pero sin
serlo.
Nunca me festejan los cumpleaños a mí. Debería replantear mi modo de vivir con
los demás. Soy extremadamente vanidoso o celoso o tal vez cínico. Es eso. Por no
pensarme a mí mismo como un genio, que está visto no lo soy. O en todo caso,
apenas un aspirante a genio, pero en el fondo malvado, por no decir un triste
huevón.
Pasa un compañero que trabaja cerca de lo de la correctora de camisa roja y me
ofrece una masa seca. "¿Una masita?", dice. Y yo, fingiendo placer -en el que
realmente el compañero no se fija-, la agarro y sigo haciendo como que trabajo.
-Te diremos que es muy buena, a pesar de todos mis prejuicios, la muestra del
gordo sobre tango -dice Alice.
-¿Ah, si? -pregunta Pauline, que sigue trabajando, pero en serio.
¡Nadie me quiere, bujujuuuuuuu!
O tal vez sí. La nidoria me quiere. Mis hijos y mi mujercita me quieren. Ivi me
quiere. Mi mamá me quiere, y me mima, a veces. Mi tío me quiere. Mi tía me
quiere. Mi hermano me quiere. Mis amigos me quieren.
Soy yo el que no calza en una empresa tan grande como esta. Ya ni sé que hacer.
Encima, me han hecho fama de play boy. ¡A mí! ¡El anteojudo más vago!
En fin.
Son las 17 y 22 del día de mi cumpleaños y solamente recibí un llamado: de una
mujer con voz finita (que supongo muy gorda) queriendo conversar conmigo acerca
de un hombre, profesor creo que dijo, que viene a enseñar, o a promocionar, un
sistema de cábalas. "Me interesan las cábalas", le diremos por teléfono.
"¿Querés venir ahora?". "Ahora" no puede, así que vendrá mañana, a eso de las 4.
Ya tengo un motivo para volver mañana.
¿Y por qué tanto abatimiento?
Porque mi movida por aumento de sueldo, partida rumbo al mundo o vaya a saber
qué, aún no cuaja. Lo único que tengo es silencio, y paciencia, que ya no me
queda mucha.
¿Lograré torcerles el brazo a mis patrones? Sería un precedente.
¿No se dan cuenta mis compañeros que yo lo hago por ellos, por todos ellos? ¿Que
yo soy su Robin Hood? ¿Que cuando pido más plata para mí también la pido para
ellos? Ah, ¡qué buen delegado sería yo, anarco autoreferencial!
¿Ir o no ir a preguntarle a mi informante qué chica de la redacción dice de mí:
"Cuidado, ahí pasa el play boy"?
Mejor me calmo y describo lo que hay a mi alrededor.
Al menos será una parte del mundo retratado hoy, el día de mi cumpleaños.
Danger, danger, los jefes están cerca. Guardar. Guardar. Guardar.
Para pasar el peligro, guardo velozmente el archivo y empiezo a escribir (en
realidad a desarrollar) una idea en lenguaje indudablemente periodístico que
cualquiera podría mirar por encima de mi hombro sin sospechar que estoy
chiveando.
Ahí va:
NOTA POSIBLE PARA QUE ME ODIEN TODOS LOS COLEGAS:
EXCALIBUR y/o ¿PERIODISTAS O ESPIAS? (LAS CONEXIONES SECRETAS ENTRE LA SIDE Y
LOS PERIODISTAS ARGENTINOS)
La caracterización de los periodistas como interesados o protagonistas de la
historia conoce un antecedente europeo en el escritor alemán Gunter Waldraf, muy
leído por sus émulos latinoamericanos.
Para hacer sus crónicas, Waldarf se ha hecho pasar por toda clase de marginados,
desde turcos sin trabajo hasta detenidos en prisiones de alta seguridad; llegó
incluso a exponerse a torturas para poder contarlas mejor.
En el otro espectro ideológico de esta tendencia, hay que consignar el uso de
cámaras ocultas fuera del ámbito periodístico, como medio de control utilizado
por las fuerzas de seguridad.
Según cables de noticias, el porcentaje de delitos se redujo en un 26 por ciento
en la ciudad inglesa de Newcastle Upon Tyne, desde que la policía decidió
monitorear la vía pública con video cámaras (400.000 dólares de inversión).
Más de 250 ciudades de Inglaterra disponen de visores por el estilo en calles,
bancos, tiendas, estacionamientos y estadios; según el mismo cable, 14.000
lentes enfocan a los pasajeros en el subterráneo de Londres.
Demócratas memoriosos recuerdan que durante los últimos años de la dictadura del
general Augusto Pinochet, la ciudad de Santiago de Chile fue inundada por
cámaras de video.
En la Argentina contemporánea, un método de control llamado Excalibur ha
permitido a los jueces y a una buena cantidad de servicios de inteligencia del
Estado, escuchar el contenido de conversaciones privadas, tanto de sospechosos
como de personas que no saben si realmente son escuchadas o no.
Acá nadie habla mucho ni en voz alta de paranoia, pero cada tanto son muchos los
periodistas que se sienten mal por creerse escuchados en sus domicilios
particulares.
Para compensar esas intromisiones o tal vez para aceitar sus relaciones con
algunos programas de televisión, periódicamente los servicios de inteligencia
filtran grabaciones secretas para uso público.
Día D, magazine dominical conducido por el ex creador del progresista diario
Página 12 Jorge Lanata, es uno de los programas que más notas de este origen
consiguió en los últimos tiempos (OJOJOJO, CHEQUEAR).
En el espectro opuesto se encuentra Mauro Viale, un periodista de los llamados
amarillos, que llegó a pasar el diálogo transcripto entre el dueño de un diario
y sus torturadores durante la dictadura militar.
Los servicios de inteligencia del Estado (Side) guardan buenas relaciones con
gran cantidad de periodistas. ¿Cuántos redactores o redactoras tienen conocidos
espías entre sus fuentes habituales de información? El número es difícil de
establecer.
Según el sindicato que los agrupa, la Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos
Aires (UTPBA), esto es....... (OJO, consultar).
Hace algunos meses (¿¿¿años???), el ministro del Interior Carlos Corach, tal vez
el funcionario con peor imagen de todos los que trabajan en el gobierno de
Carlos Menem, fue denunciado por la oposición (OJOJOJO, QUIEN), como el creador
de una campaña de control ideológico que incluiría grabaciones clandestinas como
las que hoy, legitimado por su resonancia en la recopilación de testimonios
incriminatorias en el caso Cabezas (AMPLIAR), realiza Excalibur todos los días.
Un poquito más tranquilo, corro a indagar quién ha dicho de mí que soy un play
boy. Y de paso, tal vez, cañazo.
Pero no lo hago. Sería demasiado vulgar de mi parte caer tan bajo, así que
vuelvo a ésta y sigo chiveando, esta vez en el libro de los reportajes.
Ahora, lo que es la vida, es una desgracia. Eso o realmente Dios existe, y es
judío. O cristiano dispuesto a castigarme a mí, por ser tan malo. Yo había
logrado olvidar tranquilamente mi odio por no ser saludado y ahí estaba, casi
tranquilo, tranquilamente escribiendo mi reportaje envidioso sobre Julio
Cortazar cuando una mujer rubia se acercó casi en puntas de pie a mi escritorio,
masticando una masa seca. Tenía un chaleco de lana rojo y una pollera gris. Paré
de escribir, la miré por encima de los anteojos; ella se sintió autorizada por
mi gesto y, estirando apenas un dedo, dijo: "¿Vos cumplís años hoy?". Me hice el
que no la había oído bien. Me saqué las auriculares. "¿Qué ?" . "¿Cuándo cumplís
años vos?". "Hoy". "¡Feliz Cumpleaños!", dijo y se inclinó a darme un beso.
"Igualmente", runfié, y en voz baja, comiendo las ganas de impedir la sonrisita
que ya se estaba haciendo un lugar, y con todo tal vez algo de sincero había en
su aparición (la de la sonrisita diremos): "Te vi con tanta gente que no...". "A
mí me dijo Pochi, ya sabía yo", dijo ella sin oír mi estúpida excusa, y yo ni
siquiera pude mover el culo de la silla para darle el beso de saludo que se
merecía, y más de mí, después de haber tenido pensamientos tan horribles contra
ella.
Se fue caminando para la parte caliente del diario, y me quedó clarísimo que si
iba para allá no era porque tuviera algo que hacer sino porque había estado por
acá solamente para saludarme. Puf. Buenas personas. ¿De dónde logran ser tan
buenas las buenas personas?
16 y 14 del 23. Tal vez yo debería ser una buena persona como ella. Cuando pasa
la delegada repartiendo papeletas para votar el jueves me le acerco y converso.
Me hago un poco le bobo, pero muy poco. Apenas como para que ella pregunte lo
que quiero oir: si a mí me interesa ser delegado. Diremos: si. Me dice: nunca
delegados en redacción. Diremos: yo ya sé. Dice: para nosotros es muy
importante. Diremos: no sé cómo será mi situación... Dice: tenés impunidad, no
te pueden hacer nada. Así que conversamos un rato más en esos términos. Le
diremos que la última vez que he pedido aumento pedí para todos, porque, lo
pienso y lo diremos como se lo dije a Luis Saguier, si yo trabajo bien es
gracias a que mi equipo, mis compañeros, me permiten trabajar bien. Dice: tenés
vocación gremial. Diremos que pedí un 50 por ciento para la redacción de la
Revista, y algunas cosas también para el resto de la gente. La delegada queda en
averiguar si, faltando dos días para las elecciones se puede retirar alguno de
la comisión directiva para que yo entre; además, si no habrá impugnaciones a mi
postulación. Quedamos en seguir charlando.
Tal vez así consiga que me canten el feliz cumpleaños.
Lo mejor, pienso unas dos horas después de haber hablado con la sindicalista, es
que me olvide por completo de lo que hable con ella. Al cabo de dos semanas y
media de espera, es el primer paso en falso que doy, políticamente hablando.
Quiero decir, si mi objetivo era conseguir más plata o jerarquías en este puto
diario, ahora estoy frito. "Jerarquía no vas a conseguir con esto", me dijo la
sindicalista, con una honestidad que no sé si yo hubiera tenido. Yo le dije: "No
quiero jerarquía". Me dijo: "Lo que querés es plata". Le dije: "Si. Pero me di
cuenta que el único modo de conseguir algo en esta empresa es pidiéndolo en
conjunto".
Pero también hubo otra cosa. A la hora de frasear -como diría la Sarlo- mis
razones de peso para pasar al congelamiento profesional, dije: "Estoy demasiado
bien". ¿Un boicot nomás, como decía Caligaris? No estoy del todo seguro. Tal vez
es la sangre rusa de mi abuelo Sioma, que no hizo demasiada bulla en su vida (ya
que lo hizo un empresario) y pasó casi enterita hacia mí, por esas cosas o esas
burlas del destino. Sé que mis amigos Rivera, Sarlo, Filippelli y algunos más
estarían contentos con mi paso en falso. ¿O será que lo mío es puro afán de
figuración, al precio cínico que fuese? No lo descarto, en estos tiempos, pero
un alguito me hace creer que la misma faz de mi carácter (la incidencia de Marte
en tu cielo virginiano después de los 30, diría mi amiga Molina, ahora que se
dedica a la astrología) que me impulsó a meterme en la cooperadora de la
escuela, está trabajando en mí.
Lo único que se me va aclarando con los días es que quiero, decididamente quiero
un cambio. Lo que lamento es estar "demasiado bien". Si fuera como en Clarín,
que me ayudaron a mover el culo de un buen patadón... O tal vez eso sea lo que
estoy inconscientemente buscando: que me echen a la mierda. Pero bueno, no lo
sé. Me temo que se vienen nuevas razones para seguir con insomnio.
Lo cierto es que mis cartas están jugadas. Profesionalmente, he vuelto a salir
al mercado para ver cómo me va. No obtuve hasta ahora más que respuestas
amables; definiciones, ninguna. ¿Llegaré al 2000 desempleado? Peor es quedarse
estático por el miedo. Y además, alguna tendría que salir: o el libro sobre
Zulema, o el programa en TN, o el diario nuevo de Jorgito Fontevechia, o mi
podredumbre periodística en la nido o el archivo de La Nación. Y así tal vez,
encuentre por fin mi nicho para escribir novelas.
-¿Viste lo que publicaron los de Clarín el domingo? -le dice Alice a Pauline
dejándole un aviso publicitario de su revista en el escritorio.
HOY COMIENZA
LA TEMPORADA
PRIMAVERA-VERANO.
Y MUCHOS
ANUNCIANTES
PUBLICARON SU AVISO
EN LA REVISTA QUE
NUNCA PASA DE MODA.
Gracias por haber pautado su aviso en el Número Especial de la revista Viva de
Clarin de más de 200 páginas, y un listado larguísimo.
Y mientras gasto mi tiempo y la Power PC del diario en copiarlo, y en pensar que
si algo definitivamente no quiero es entrar en las peleas de empresas por un
sueldo que no es malo pero que no deja de ser bastante mezquino (para lo que
ganan acá, diremos), Pauline y Alice y buena parte de la redacción de este
sector que se dice Vip, y que cada vez se parece más a una agencia de publicidad
y menos a una redacción, se mueve en grupo hacia otra cumpleañera, y le cantan,
amorosamente desafinados, su cumpleaños feliz, el cumpleaños feliz que a mí
nunca me cantaron, buju, bujú, buuu-ju.
Yo, prefiero hoy seguir chiveando con el reportaje sobre Operación Masacre,
editado por primera vez, pese a las presiones, por un auténtico hombre de
izquierda, no como estos pusilánimes ganapanes (uy, dió, ya parezco Norberto
Firpo usando semejantes palabras de otra época). En fin.
En la computadora de Pauline suena, a buen volumen, un compact de Elton John,
"The big picture". Lástima ir a perder tantas comodidades por un brote sindical.
Mejor subo ya mismo a hablar con Luisito Saguier para proponerle mi idea sobre
la reedición de la Nido La Nación.
Ninguna defensa tan buena como un buen ataque, diría el finado Manolo, que en su
anarquía descanse.
No, no. Lo mejor sería coger.
Calma, ansiedad; calma.
17 y 53 del 25 del 9: Cosa increíble, cuando me estoy yendo del diario, antes de
ayer, el único que me desea Feliz Cumpleaños es Luis Saguier. Me emociona,
aunque, desconfiado como soy, intuyo en su deseo cálculo y no exclusivamente
afecto. ¡Soy un pesado!
Ayer, día libre conversando con Claudia Molina acerca de posibles negocios en
caso de irme de La Nación: por ejemplo, dar cursos sobre cómo vincularse con los
medios de comunicación para jefes de prensa, empresarios, etcétera. Claudia se
cortó el pelo a lo Sennead O´Connor y desde que me ve (ya lo había hecho el otro
día por teléfono) hace referencias a un posible conflicto con respecto a su
femineidad. "Eso le podría preocupar a otra, no a vos, que sos un bomboncito",
le diremos abriéndole la puerta del auto, y se complace con el piropo. Durante
el almuerzo me comenta algo del año que vivió en Bolivia. Le diremos que es un
buen título para novela: "El año que viví en Bolivia". Ella dice: tendría que
escribir más. Hablamos por supuesto de muchas otras cosas, y cuando nos
despedimos, para no cambiar una costumbre entre los dos que ya tiene casi veinte
años, me le insinúo. Trato de ser sutil, pero que entienda. Entiende. Se enoja.
Le diremos que se enoja porque ella y yo somos como hermanos, hasta que yo le
recuerdo, de pronto, que no lo somos. Se queda pensándolo pero no dice ni que si
ni que no. Aunque está grande y adulta, y sigue saliendo con tipos mayores (en
este caso, un actor quince años mayor que ella), no pierde las mañas.
Literalmente, pierde el pelo, pero no aquellas.
Después me voy a visitar a mi amiga T. de T., quince años mayor que yo. Está muy
linda, aunque triste. Justo es su cumpleaños y a cada uno que la llama le dice
lo deprimida que está. "Qué querés, cada uno lo pasa como puede", le dice a
alguien que no sé quién es. Hay toqueteos de pajaritos y un poco de porro que le
regalo. "Hace treinta años que no fumo uno de estos", dice, pero fuma. En el
medio de la charla -encerrados los dos en su despacho lleno de espejos- llega la
ilustradora de su libro; trae unos dibujos horribles que yo, sacado como me
pongo cuando fumo, critico despiadamente. Por momentos me siento como si fuera
Adolfo Bioy Casares conversando con Victoria Ocampo; me tiró para atrás en el
sillón y cruzo las piernas: me la creo de que soy un dandy argentino, yo, nieto
y bisnieto de judíos. Desde lo de T. de T. llamo por teléfono a Caligaris para
ver si tiene alguna novedad acerca de mi destino en La Nación. Con voz lastimera
dice que no sabe nada, que si yo sé algo. Yo tampoco. Le ofrezco brindarle
ideas, lecturas, posibles notas que yo no escribiría. Me dice que haga lo que
quiera. No está en él decidir nada sobre mí o para mí, no vale la pena seguir
insistiendo. Cuelgo con él y les dejo sendos mensajes a los hermanos Saguier.
Ninguno lo contesta. A la secretaria reemplazante del más joven, que se acordó
de mi cumpleaños, le dejo incluso el número de casa. No llamará.
A la noche, reunión de cooperadora. Paso antes por casa y charlo un rato con
Manuel acerca del taller de mural que hicimos a la mañana. Entreveo un lindo
punto de contacto con él, en esas actividades de los miércoles a la mañana; de
hecho él se pone a contarme lo que hicieron a la tarde, que se llenaron la ropa
de papel y se inflaron o algo así, cambiando de formas. En cooperadora me pegan
una biaba bárbara. Me pasan todas las facturas de mi estallido del sábado
(¡siempre el maldito faso haciéndome pelear con los demás!), incluso algunas que
no me espero. Suite, para defenderme, dice algo así como que no vale la pena
enfrentarse por "una pelotudez". "No sé si darte las gracias por defenderme...",
diremos. Cocca resume: "Cuando una va para adelante y todos los demás vienen a
contramano, si el 90 por ciento viene en contra... el que va a contramano es
uno, ¿no?". "Si", diremos y me voy puntualmente a las 9 y media, no poque no
quiera seguir recibiendo sopapos, que parece que ya no me iban a dar más, sino
porque previsoramente combiné para que Jose me pase a buscar a esa hora por la
escuela.
Vamos a comer con los lunchon tickets de ella (papel moneda de estos tiempos
menemistas) y durante la cena no dejo de admirar lo sensata que está. Tal vez es
por el lugar que le han dado sus sobrinas, en particular a partir de la visita
de Tiziana; tal vez es por lo descentrado que estoy yo, y ella compensa. Como
sea, está increíble.
Hoy jueves me paso el día reescribiendo "El fotógrafo de difuntos". Al final
creo que tengo un cuento ahí. Lo pienso mandar al concurso Juan Rulfo de Paris.
¿La pegaré? Si por lo menos saliera un buen cuento después de tantos años de
rondar las divagaciones de la muerte, bueno, sería algo. A eso de las cuatro,
charla con Ricardo Sabanes en Editorial Plantea. Le llevo (se la anticipé por
teléfono y fax) la idea de hacer un libro sobre Zulema. Dice que tiene cuatro
proyectos dando vueltas; entre ellos, uno de Olga Wonrat, en la veracidad de
cuyas fuentes dice que no confía. Parece que le caigo bien. Dice que si nos
ponemos de acuerdo en un contrato, la editorial acompañará a los autores de su
libro mes a mes, con un editor a cargo, que tal vez será Paula Pérez Alonso.
Sería lindo trabajar con ella, pienso. Tengo que hacer un brieff, y es lo
primero que le comento a Palo cuando llego al diario. "Tarea ardua", dice él.
Pero creo que se interesa. Sabanes me ha dicho que los autores jóvenes siempre
escriben sus libros de a dos. Que solos ya lo hacen los Verbitsky y los Morales
Solá. No me parece mal, aunque por dentro estoy a punto de estallar de
omnipotencia creyendo que puedo hacerlo por mi cuenta. Cuidado con la vanidad,
Margu.
Sabanes también dice que en la editorial , para esta clase de libros polémicos,
ellos prefieren que los autores pertenzcan a Clarín o La Nación. Es por motivos
legales, explica, ya que en caso de algún problema para un juez no es lo mismo
que el periodista pertenezca a esos lugares a que sea independendiente. "Quizás
esta estos libros empiecen a ser tu ganancia", me dice cuando le comento,
honestamente, mi duda acerca de irme o no de La Nación en estos días. O sea, que
no debería irme nada. Sigo preso de mi doble apellido.
Entro al diario pensando que tengo que hablar con Abel Gonzalez. El va a tener
algo sensato y razonable para decirme.
Cuando empiezo a escribir estas elucubraciones llama Scholnik, el señorito
cliente de Marce Setton. Quedamos en que pasa para traerme algo. Marce ya me
advirtió: es esa clase de personas que llama, llama y llama hasta que uno le
dice que sí. Entonces se calma. Se borra.
Veremos qué trae.
Creo que tengo un ataque de fobia de puta madre, es eso. ¿Con qué se cura?
¿Fobia a qué? A la notoriedad, creo. Porque Sabanes dijo lo que yo esperaba oir:
que mi nombre ya suena un poco como marca. Y no lo puedo soportar.
En el bolsillo, treinta centavos. No me alcanza ni para el colectivo, así que
vengo en auto; por suerte tengo cospeles.
Otra sensación mezclada, estos días: remordimientos, culpa por darle más bola a
Manuel que a Delfina. La sensación es sólo mía, creo, porque Delfi está muy
bien, aunque sigue pidiendo que la vaya a buscar a la escuela, cosa bastante
difícil, por el horario. En fin.
También, culpa por haberle robado a mi hermano la creatividad vinculada con el
arte. ¿Y él que me robó a mí?, pregunta Héctor, agudo. ¿La posibilidad de ganar
dinero? Tal vez.
¿Recordaré todos estos conflictos dentro de cinco o diez años? No sé.
¿Seguiré siendo periodista tanto tiempo? No sé.
¿Obtendré algún día reconocimiento como escritor? No sé.
Qué mareo.
Tal vez sea hora de ceder. En el diario, diremos. Pero no sé.
¿Cómo hacen los que me rodean para no tener conflictos profesionales? No sé. O
tal vez sí los tienen y guardan recato con madurez.
17 y 58 del 29 del 9: Justo estoy escribiendo esa frase de Gloria Pampillo
citando a Rodolfo Walsh por intermedio de Ricardo Piglia -"No es un libro
literario. El se lo dice incluso a Ricardo Piglia, en una de las famosas
entrevistas que tiene con él: "En un momento dado me dijeron porqué con
Operación Masacre no había escrito una novela" -cuando alguien me toca
suavemente el hombro. "Costa Picazo", me dice Laura Linares. Yo termino de
desgrabar el concepto de Gloria Pampillo -" El dice: ¿Por qué? ¿Se supone que
con una novela iba a hacer un producto más alto? " -, y mientras lo hago pienso:
es novelístico. Lo que está pasando con esto es novelístico. No más alto, pero
sí novelístico.
19 y 33 del 8 del 10: Cambios decepcionantes para la mayoría de la redacción.
Roberts y Jacquelin a Secretaría. Franco en lugar de Roberts, como jefe de
Enfoques. Pisani en lugar de Jacquelin, ídem (pero ya lo era). Chiaravalli al
lugar de Franco, dejando su lugar en el Cultural vacío. ¿Será para mí? No
ilusionarse, no ilusionarse. Ya tremendo bajón te has agarrado hasta ahora
esperando que te tengan en cuenta, Margulis: y hoy, desde baño de inmersión y
siesta fallida hasta una línea de merca para calmarte. No es justo. Y además, te
enojaste con el pobre Manu, que no tenía nada que ver con tu ansiedad. De
aumento de sueldo general, ni noticias. Se esperan algunas "remezones": nombre
con que en esta empresa se conocen a las designaciones que suelen producirse
durante la semana siguiente a la primera movida de nombramientos. Pero Sanchez,
tampoco te enganches. Se especula acerca de si los nombramientos corresponden a
los Saguier o a Escribano, de quien se llegó a desear, una vez más ayer, que
renunciara. Ah, los rumores... En cuanto a mí, nada. Saguier no estuvo
disponible a las 18, hora en que la Troncoso me citó. Y ya es hora de irme a
casa a estar con los míos, que sufrí suficiente por hoy.
Pequeñas conversaciones con un homosexual de 50 años que le hizo juicio al padre
por alimentos y lo ganó; será tema de mi próxima nota, veremos cuándo.
18 y 29 del 10 del 10: Hoy veo las cosas menos sombríamente. Ayer la pasé
pintando en la terraza, dos cuadros inmensos, saturados de materia. Antes de
ayer estuve todo el día deprimido por los nuevos nombramientos, mejor dicho, por
no haber estado yo en ninguno de ellos. Hoy hablé con el otro Saguier. Me
escuchó seriamente mientras se mordía el labio de abajo, su gesto de
preocupación o de defensa. Más de lo mismo: "Lo voy a tener en cuenta, dejame
pensarlo, etcétera". Le pedí aumento (un 50 por ciento) y pase de lugar, no
tanto por dejar de trabajar en la Revista como para hacer algo distinto.
"¿Periodismo de investigación?", preguntó. "Si. Pero también reportajes",
contesté y me despaché en un largo autoelogio de mi persona en los términos más
marketineros que pude: Yo tengo un don, voy a Perú por una semana y vuelvo con
un reportaje al Presidente, pocos debe haber como yo capaces de escribir sobre
cualquier cosa, estando en Pinamar cuando fue lo de la Cumbre peronista y las
peleas entre Bordón y la Meijide supe qué preguntar exactamente a cada uno y
además rápido, yo armé la Ultima páginba, yo escribí las notas de tapa de la
Revista cuando la relanzaron y les dio 25.000 ejemplares de venta y cuando se
festejó el primero año y otros 25.000, etcétera. Yoyoyoyoyoyoyo . Inaguantable.
Y me propuse como líbero, trabajando para ninguna sección en particular. El dijo
que a alguna sección tenía que pertenecer, porque no se podía tener redactores
autistas dando vueltas. ¡Así que ahora soy un autista! ¡Por Dios! Hago un pedido
de cambio y aumento, nadie contesta mi pedido en un mes y el autista soy yo.
Este lugar me enferma. Por último le hablo del proyecto de periodismo cívico que
le presenté a Luis Saguier. Me dice que se lo acerque, ya que tiene una semana
disponible (la que viene) para un curso y que lo va a leer. Lo saco de la
computadora y se lo dejo en su escritorio. En el camino, me cruzo con Jaquelin,
uno de los nuevos nombrados. Me saluda y eso me hace saludarlo. Lo veo asustado
y me lo confiesa. Le diremos que al menos a él la redacción lo respalda. Se va
tranquilo. Es lo que necesitaba escuchar. Me cae más simpático ahora que antes,
porque dijo que sentía "susto". Es un buen gesto en alguien. No como el otro
flamante recién nombrado, Roberts, que el día del nombramiento se pavoneó por
toda la redacción sin saludar a nadie. Dos actitudes que pintan a la gente. Ya
sé a quién respondo yo. Creo que ellos también lo saben. Lo dicho: este lugar me
enferma.
Termino las charlas con Schcolnik. Es una historia conmovedora. Y él, él no es
ningún santito. He ahí su interés.
Afuera empieza a llover. La lluvia, que es tormenta, estalla literalmente en
truenos antes de que empiece a conversar con Saguier, que se levanta apenas me
ha dado lugar para charlar en la mesita redonda de Secretaría donde deciden las
tapas, y se pega a la ventana para ver cómo un avión sale a toda velocidad de
una nube negrísima, pega una vuelta en el aire y vuelve a acercarse al
Aeroparque sin vías ciertas de ir a aterrizar. Cuando volvemos a sentarnos yo
hablo y hablo y hablo y lamento no verme, a sus ojos, sereno (no me siento
sereno, ni siquiera muy sensato); trato de ser chispeante: "Si esto fuera una
película esa tormenta funcionaría como metonimia perfecta del estado de ánimo
del protagonista". Fernán Saguier me mira inexpresivamente, con sus ojos
celestes y glaucos. "Yo como el protagonista de la película, claro", diremos.
Recién después pienso que él no debe saber lo que es una metonimia.
A las 19 y 24 del mismo día: metonimia en realidad es otra cosa, leo en el
Diccionario de la Real Academia (tropo que consiste en designar un todo por su
parte, o viceversa), así que lo de considerar esa tormenta metonimia de mí mismo
no tiene mucho sentido. Aunque tal vez si fuera en cine, y la imagen viniera
antes o después de un primer plano de mi carita de preocupado... Por otra parte
glauco no es zonzo, ni tonto, ni siquiera azul: es verde, a lo sumo verde mar, a
lo sumo molusco de color verde mar. Algo de acertado hay, metonímicamente
hablando, en describir a Fernán Saguier sólo por sus ojos glaucos. Ojos de
molusco joven. No está mal la idea.
A las 19 y 41: Lo que no anoté es que el primer lugar en el que Fernán pensó
durante la charla fue Internacionales. No me disgustó, pero guardé distancia:
nunca lo había pensado antes por los viajes, ya que los chicos, y la interna
doméstica... Macaneos, pero también abrí una puertita: sería un buen enroque,
porque si en alguien de la redacción pienso yo para venir a la Revista en mi
reemplazo es en Pedro Rey. Así que tal vez... ¡Viajes, viáticos, oxígeno,
contactos con el mundo! ¿Por qué no? En cierto modo es casi mejor que ir al
Cultural... Y mejor también que el oficio de periodista cívico... Aunque no
sé... no sé... Qué confusión... Odio no poder ser dueño de mi destino
periodístico. ¡Y encima sale Martín Caparros en la antología de Periodismo
Argentino que edita Martini en Perfil! Pero andá, Caparroñzo. ¿Envidioso yo?
Siiiii. Más que Caparrós, que dice envidiar más que nadie en el mundo. Ah, no.
Envidioso yo. YO, más que todos. En algo me tengo que destacar. Hora de partir.
Va-mos-rum-boa-ca-sa (con el sonido metálico del Capitán Escarlata).
Buen fin de semana para todos.
Pero no, nos despidamos así, que me quedo con contracciones en el estómago por
los malos sentimientos. Mañana iremos a patinar sobre hielo con Delfi y los
chicos.
Juan Santa Cruz me da, cuando ya estoy cerrando el diario del día, el mejor
análisis acerca de los nuevos nombramientos. Escribano y los Saguier negociando
puestos de poder: por los Saguier, chupacirios ellos, Roberts, que es hombre del
Opus; por Escribano, Jaquelin, que además de mejor persona se crió en Pergamino,
como el Hombre. Uno y uno. Si vuelve Jorge Elías de Washington (y en su
reemplazo se va Pisani, que lo ansía tanto) la Secretaría se va a poner
interesante. Veremos si estoy aquí para verlo.
16 y 33 del 13 del 10: Después de buen fin de semana trabajando para la
cooperadora y un poco en el libro (cap. 8, Castillo), el lunes me encuentra más
tranqui con mi destino periodístico. Almuerzo con Ricardo Klass, el boga del
Presidente. ¿Por qué quiere verme? Aparentemente, para que le de una mano a su
hijo, que es caricaturista. Pero para eso no hacía falta invitarme a almorzar.
La charla es en Don Luis, el nuevo reducto de los menemistas. Está, caramba,
frente al Colón y junto a la Cámara Correccional del Crimen. Mientras comemos
(sopa de la casa yo, salmón a la parrilla él) Klass se saluda con un grupete en
una mesa vecina: ahí están Octavio Frigerio y sus lugartenientes de la interna
porteña por el PJ. Octavio es efectivamente el hijo del viejo Frigerio, el del
MID; los otros son más o menos desconocidos. Klass me hace una larga
introducción acerca del impacto negativo que tienen la sobreinformación hoy en
día; el rodeo es equívoco, porque al final terminará destacando la penetración
que algunos artículos (como los de Jorge Urien Berri sobre el caso Carrasco)
tienen sobre los funcionarios. Para ejemplificar la distorsión que los medios
pueden hacer sobre la realidad trae a colación nada menos que Anillaco. Se
despacha comentando que Página 12 es de Clarín, y me hace entrar en una crítica
al monopolio informativo de los medios privados, cosa en la que paradójicamente
coincidimos. Después larga su teoría: que a Menem (el Presidente, dice él) los
sectores de la clase media no lo pueden soportar porque es un provinciano que
triunfó, y que no quiere nada más que retirarse a descansar tranquilamente
después del 99. No es como uno, sostiene Klass, que se ha criado en una gran
ciudad y por ende no tiene grandes ligazones emocionales con su lugar de origen.
Lo que a él le preocupa, dirá a mitad del almuerzo, es la perspectiva de que el
Presidente vaya preso. No piensa que la oposición esté blefeando con los
comentarios del Chacho acerca de que Menem tendrá que buscarse un buen abogado.
De hecho, sabe que también dentro del partido hay quienes no lo quieren ver como
"factótum" (así lo dice) de la política después del 99. ¿Quiénes dentro del
peronismo? ¿La gente de Duhalde? No me da nombres, pero sugiere que son los
mismos a los que se refirió Morales Solá en un artículo de hace tres semanas:
unos que estarían pensando en convocar una Asamblea Constituyente, junto con
referentes de la UCR y la Alianza, para garantizar una nueva reforma de la
Constitución que impida a Menem volver a presentarse en el 2003. Eso, que se
presente otra vez en ese año, es lo que molesta tanto a los otros, dice Klass
con sus palabras. Pero lo que más le preocupa, y vuelve a decirlo con el disfraz
de un comentario general, es que este país se vuelva macartista... contra Menem.
Que empiecen a investigarlo, que no le den respiro judicial. "Eso volvería las
cosas muy difíciles en los próximos dos años", me dice. ¿En cuanto a la
gobernabilidad? "En cuanto a la tirantez", me dice. ¿Es una advertencia? ¿Un
pedido de solidaridad republicana? ¿Un pacto de no agresión? Y por otra parte,
¿por qué me lo están diciendo él a mí? Debo ser un referente nomás.
Trato de indagar cuáles son las causas concretas que a Menem le preocupan. Pero
no se pisa, Klass, sin dejar de mirarme astutamente con sus ojos verdes. Desliza
el nombre de Emilio Perina como alguien que también conoce las cosas que a Menem
le preocupan. Y el de Monner Sans, alguien que, no sabe Klass cómo, con qué
recursos, ha presentado casi 400 causas (!) en contra del Presidente (¿serán
tantas?). Es un clima peligroso el que él detecta. El clima de quienes quieren
que Menem no se vaya triunfalmente, porque irse triunfalmente, según Klass
razona que razonan ellos, es habilitarlo para que siga manejando los hilos de la
política después del 99 y, además, insiste, para que vuelva a presentarse en el
2003. Todo esto que él me dice -o casi todo- está en los artículos de Morales
Solá que él lee todos los domingos. Después indaga sobre mi futuro en el diario.
¿Es que le ha llegado, vía Zully Pinto tal vez, noticia de mi movida interna?
Tal vez. De hecho pregunta si lo que yo pueda llegar a escribir con estas
reflexiones que él me da, en off the récord, claro, saldrían en la Revista, en
el diario o en otro lado... Yo diremos que sigo trabajando solamente para La
Nación. Y eso parece que lo tranquiliza. Durante todo el almuerzo tengo la fea
sensación de estar siendo sonsacado. Pero no soy tan importante, así que me
relajo y como, y dejo que él pague, y abro el juego de mis deseos de escribir
sobre Zulema Yoma.
Lo feo de la sensación es que Klass no es transparente. Así que yo me pongo lo
más opaco que puedo, que no es mucho. Al despedirnos, mientras salimos, prendo
el grabador adentro del sobretodo. Me interesa grabar los nombres de las
personas que están con Octavio Frigerio: son personas del llamado, dice,
"sistema político de la Capital". Y nombra a Horacio González (nada que ver con
el sociólogo de izquierda) y otros cuyos nombres, dice, se le escapan. "Lo que
sí son, te diría, de los que pertenecían (¿o de los que no pertenecían?) al
sistema grossista". Y cuando empiezo a despedirme dice: "Yo, ahora, lo que
hablamos es una cuestión, yo te diría que de reflexión más que de información.
Yo no tengo información. Yo lo que sí creo es que si la situación ésta es de
endurecimiento y persiste, lo que se va a acelerar es la tensión". Pero tal vez
no es tensión sino otra la palabra que usa. Justo pasa un auto y me impide
escucharlo bien. Resumo entonces y agrego que también está "el miedo a esa
amenaza a las investigaciones" al que se refirió durante el almuerzo. "Claro.
Además nadie puede saber todavía en el país si... Para hacer una investigación
con alguien hace falta tener alguna cosa fundada o no. La verdad está ahí.
Porque hay muchas cosas que...". ¿Y lo de Anillaco? "Pero lo de Anillaco, te
diremos, es tan fuerte como lo de la pista de Chascomús y como cualquier otra
pista que se haga por razones de seguridad para un Presidente", dice. ¿Y las
conexiones con Yabrán? "Mirá. ¿Sabés lo que pasa? Mi problema es que tengo la
deformación profesional de... Hablar de Yabrán, así como se puso a hablar
Cavallo... Yo te puedo decir que Cavallo hizo un montón de denuncias de cosas
que pasaron cuando él era ministro y que él no denunció en ese momento. Este
tipo (¿sabe? ¿Dijo: "sabe"? Pasa otro puto auto)... lo que pasa que en general
hay un desdén de los políticos por algunos temas jurídicos. Esto de Yabrán, te
diremos... Uno lo mira, y me parece... A mí no me cae bien, pero no sé si es
porque se han dicho tantas cosas o que... A mí lo que me parece es que corremos
el riesgo de transformanos en un esquema macartista fácilmente, fácilmente. Más
porque tenemos pasado para eso. Además, lamentablemente nuestra cultura
autoritaria no se va a salir de eso, y esto lo incluye a Menem, a Alfonsin, a
Duhalde, a Fernández Meijide... Uno es también regido por su cultura, aunque
quiera ser distinto...".
Vamos a estar atentos, ¿no?, le diremos. Y pregunto por Monner Sans. "No, pero,
casi te diría que desde hace tres o cuatro años no hay mes que no haga
denuncias. Por ejemplo, te diremos, recién ahora se empiezan a saber algunas
cosas... Todo el mundo decía ¿de qué vive Beliz? Y ahora parece que tiene que
ver con el banco este de los Trusso... A lo mejor no es verdad...".
"A lo mejor no es verdad", diremos. "Alejandro -dice-. Ha sido un gran gusto.
Nos hablamos y...". Y entonces le comento la idea de hacer una especie de puesta
al día de las preocupaciones presidenciales. "Bueno, no, pero pará, para eso
deberías estar más cerca del Presidente que... Te diremos, algunas...". No sé si
él, Klass, sería el mejor vocero para hablar de eso, diremos. "De todas formas,
en un caso así, tratándose del Presidente, sería interesante abrevar en varias
fuentes. Porque además la percepción varía. Cada uno tiene una diferente...",
dice. ¿Fontán Balestra, tal vez? ¿No está llevando algún caso? "No, nada. Además
Fontán Balestra es un hombre de los medios... Digamos que muy excepcionalmente
ha hecho algo. Es del grupo de Canal 11. Es otra cosa...". ¿Dardo Menem? "Pero
Dardo Menem habla muy poco. Dardo Menem es interesante para conocerlo, para
tratarlo. Tiene profundidad...". ¿Quién le parece a él que puede ser un tipo
confiable para hablar del tema? "Un tipo interesante es Emilio Perina. Yo tengo
buena relación. Además le gusta hablar. Por ahí habla, toma un café... A Menem
lo ve seguido. Tal vez arrancar de lo que te dice él..."
Tal vez lo que él quiere es saber cuánto sé yo, o nosotros, en La Nación, sobre
los chanchullos de Menem. Se lo comento a Palo y me dice que no sería raro que
Klass esté trabajando en alguna especie de operación para indagar qué sabemos.
Título de nota posible, entonces, para publicar en algún lado de La Nación:
"Todas las querellas del Presidente".
Belgrano, 11 y 56 del l6 del 10 de 1997
Querido Andrés:
Tengo unos días de mierda, y ya no sé con quien comentarlo. La preocupación es
de orden vocacional, porque hace un mes y medio me planté en el diario y dije
que renunciaba. Se lo dije a Escribano, en la charla más cálida que hemos tenido
en seis años (tanto que él terminó contándome de su abuelazgo reciente, y yo le
dije: "Ah, a usted le va a venir bárbaro ser abuelo...", y él me preguntó si me
estaba viendo con alguien, tan sereno me encontraba, y yo le dije: "con los dos
mejores especialistas que hay en Buenos Aires, al menos para mí", y él me miró
sorprendido y curioso, y yo le dije: "mis hijos, estoy pasando mucho tiempo con
mis hijos", y fue como si le hubiera clavado una estocada sentimental porque
reaccionó diciendo: "ah, los hijos, qué bueno éso. Yo nunca pasé mucho tiempo
con mis hijos, fui lo que se dice un padre abandónico", y después vino lo de que
acababa de ser abuelo y mi relfexión acerca de las bondades del tiempo
compartido con los niños que llevan nuestra sangre, aunque por supuesto no usé
estas palabras sino otras, más alusivas; y estuvimos casi media hora
conversando, y no en su oficina del sexto sino abajo, en la mesita que él tiene
dentro de la redacción, junto al corral de Secretaría, que es donde ya casi no
se lo ve desde que fue ascendido a subdirector; y la charla siguió o se
completó, antes -sabrás disculpar que no la cuente respetando el orden en que se
produjo- con comentarios sobre el mundo de los libros, ya que le anuncié que
pensaba tomarme el tiempo que me dejaría libre no escribir "periodismo
dominical" -porque esa fue exactamente la frase con que copetié la charla:
"Doctor, renuncio al periodismo dominical"- para terminar un libro de
reportajes, y él me preguntó, te diría que con cierta timidez: "¿De notas
publi...?", y yo lo cacé al vuelo y le dije que no, que eran todos reportajes
exclusivos para el libro, porque no me gustaban los libros hechos con textos ya
publicados, y él puso cara de "bueno, a veces son buenos" supongo que pensando
en Becaccece o andá a saber en quién, cuyos artículos pasaron a formato libro en
algún momento de pase, de una sección a otra, a lo largo de los años en La
Nación; y yo le lancé la idea sintéticamente: "Un libro de reportajes a
escritores sobre otros escritores; es decir, sobre los libros de otros
escritores argentinos, los que para ellos son los fundamentales, ¿no?, por no
decir canónicos". Escribano no dijo: "Ah, qué interesante", pero te juro que se
interesó. Preguntó, no sé si temiendo que le saliera con una editorialucha o
qué, por la casa editora que lo iba a publicar, y ahí le tiré: "El Ateneo".
Acusó recibo. "Ah, El Ateneo está muy bien". Y yo: "¿Le parece? No sé si la
distribución es muy buena...". Y él: "Va a estar en todo América latina". Y la
verdad que yo, que no había pensado en esa perspectiva de difusión hasta el
momento, un poco me asusté. Creo que no se notó. Bueno, así conversamos durante
esa charla que me daba tanto gusto que lamentaba no haberla mantenido nunca
antes (incluso le expliqué las razones que, a mi parecer, había tenido para
pelearme con él el año anterior: "Usted sabe, uno va buscando padres con los que
medirse; por eso trabajé con fulano, y con mengano, rehaciendo la línea del
periodismo argentino que me hizo notar Carlos Ulanovsky al incluirme en su
Historia, donde usted también está, ¿no?", todas cosas por el estilo, aunque por
supuesto no decía yo que un fulano o un mengano sino que iba poniendo nombres,
nombres reales, gente de carne y hueso, que sería muy largo volver a nombrarte a
vos ahora, pero que en algún momento de la charla a Escribano le resonaron, o
por lo menos uno de ellos, que fue quien me llevó a trabajar al diario ("Tengo
que confesarle, algo, doctor; yo no entré a esta casa por los Mitre, ni por el
prestigio, ni siquiera por usted... Yo entré para trabajar con Firpo", le dije,
y no mentía, creo). Y ahí él dijo: "Ah, yo también trabajé con él. Yo le llevaba
colaboraciones a...". No me acuerdo si dijo Primera Plana, Siete Días o Vea y
Lea. No importa. Lo cierto es que ese cuento, que era verdadero, ya que no real
(¿acaso importa mucho?), me puso de entrada en la misma sintonía que él, pese a
la diferencia de edad, y sobre todo, de poder: él, el subdirector del diario más
prestigioso del país, y tal vez de toda América latina, además de presidente de
la sociedad interamericana de diarios y revistas; yo, un judío nieto de
inmigrantes judíos, que lo único que sé hacer más o menos bien es escribir.
Bueno, Andrés, no quiero hacerte tan largo el cuento (parece que está saliendo
medio cuento la carta, después de todo); el punto es que entre esas frases o tal
vez otras, en ese orden que ya no me acuerdo, pero que por primera vez en seis
años yo pude administrar, casi como cuando hago reportajes, Escribano se mostró
sensible (o por lo menos fingió tan bien que me conmovió). "Y... ¿cuándo nos
deja, entonces?", dijo. Ah. Qué momento. Qué placer. No sabía qué resultado iba
a tener mi charla de ese día pero yo, Andrés, yo supe en ese momento que por
primera vez en seis años le había ganado la pulseada al poderoso Señor
Escribano. Porque con mi mejor cara de buen alumno, con mi mayor inocencia, le
dije: "Bueno, eso depende de usted...". Y se quedó como callado, con la atención
repuesta nuevamente en mí (que ya se le había empezado a ir en cuanto comenzó la
pregunta, y que no sé si realmente o me lo invento, además acompañó con un gesto
de empezar a darme la mano y a levantarse un poco en la silla, como
despidiéndose, quiero decir: como decidiendo él que la charla ya había terminado
y que ya iba siendo hora de despedirse, caballerosamente, pero bueno, despedida
al fin). "¿Usted lo que está diciéndome es que...?", dijo, y yo: "No me voy del
diario. Le dije que abandonaba el periodismo dominical...", y él: "Lo que usted
me está pidiendo es...", y yo: "Un pase. Un pase de sección.", y él: "Ah, pero
si usted no lo pide nadie se entera...", y yo: "No quería presionar a nadie,
yo"; y él, rápido, otra vez en su lugar, en el que yo, yo solito le consentí que
se pusiera, o eso creo, preguntándome, ya en pleno terreno práctico, de buen
abogado que finalmente es: "Qué le parece Cultura", y yo, temblando (te juro que
temblando, porque sospeché que no se refería al Cultural sino a la página de
Cultura diaria, donde se pasan todos los chivos del diario y se tratan siempre
reaccionariamente los reclamos estudiantiles, y sobre todo donde trabaja -aunque
ahora esté de licencia por maternidad- una de las chicas con las que más
caliente estuve en el diario, recínica la guacha, pero qué tetas) contesté:
"Preferiría seguir haciendo periodismo". Y él, otra vez sorprendido, creo:
"¡Pero más periodismo que ahí!"; y yo: "Me gustaría algo menos
institucional...". Y ahí creo que entendió, porque por fin preguntó: "¿A dónde
le gustaría ir?". "Yo pensé en Parlamentarias (que es de donde usted salió, pero
esto entre paréntesis no se lo dije, o al menos no tan directamente como quedó
escrito acá); va a estar muy interesante el Congreso después de estas
elecciones: van a estar todos ahí: lo mejor y lo peor de las personas se va a
ver ahí... Creo que yo, con mi estilo, podría escribir muy bien ese momento...".
Pero no sé si hablé de estilo o de, simplemente, la posibilidad que el diario
podía tener, designándome en ese lugar, con el aprendizaje que había hecho en la
columna de El príncipe (crédito que de paso le recordé era mío, diremos, que yo
les había dado ese nombre y ese estilo, pero no hice mucho hincapié en ese
detalle, para no predisponérmelo en mi contra, digamos abriendo mi especulativo
juego argumental) acerca de lo que se podía y no se podía decir en La Nación...
(y apenas dije eso me di cuenta que estaba blanqueando una cosa que no debe
decirse nunca en este diario, y es que hay censura, así que corregí sobre la
marcha y dije: "Es decir, lo que aprendí sobre cómo y sobre quién se pueden
decir cosas en este diario", y de paso le recordé que, cuando yo había entrado
dije que "no" a trabajar en política porque "todavía no conocía bien el paño",
cosa que no era ninguna mentira pero que en cierto modo, tal vez, retrasó mis
posibilidades de hacer mejor carrera que la que hice, que para la mayoría de la
gente es Una Gran Carrera, pero que para mí (y la metáfora la he venido
trabajando desde hacer por lo menos cuatro años) es la carrera del caballo de
carrera de pura raza, pero castrado.
Puf.
Qué verborrágico me he puesto, Andrés. Sabrás disculpar.
Ya son las 12 y 53. Horario de sesión. Punto, punto final debería yo, hacer
ahora, si me pusiera lacaniando (o si le escribiera ésta a Luis Gusmán). Pero
como es a vos, que sos amigo de esta verborragia, o por lo menos... Ay, ay, ay:
acaban de entrar cuatro adolescentes vestidas de uniforme al bar, y ay, ay, ay,
la moza tiene un culo tan redondo con esa minifalda Príncipe de Gales y las
medias oscuras y la remerita pintada con batik rosa sobresaliento por abajo de
la remera con batik verde con el signo de Peace & Love y yo habiendo salido
del... y el pelito castaño y lacio apoyándose lascivamente sobre el pecho, que
no veo pero entreveo, y ese pezón que debe tener abajo, y el signo de Peace &
Love encima colgando del cuello en un adorno... y qué me importa que sea un poco
biroja, si total en lo oscuro son todas iguales, eppppa. Calma, misogin... Vos
dirás, "éste me mandó un cacho del diario". Yo diré: "Ajá". Vos dirás: "Qué
puedo decirle yo a éste". Bueno, ahí va la pregunta concreta, la justificación
del estilo (y del envío): ¿Me voy o me quedo en el diario, Andrés? Ando, como
diría mi madre, como bola sin manija. Hace un mes y una semana de esta charla
con Escribano y nada, nada, ni una respuesta. Yo suponía que iba a pasar esto, y
que tendría que terminar volviendo a preguntarle, pero no quiero que me humille
de nuevo (no lo diremos por esta última conversación, lo diremos por las
anteriores, más o menos una por año, y completamente desgraciadas todas). En el
interín, me junté con un proyecto maravilloso para hacer periodismo cívico desde
La Nación (un invento de los yanquis que acá se podría aplicar perfectamente,
sobre todo si uno cuenta con la banca de un diario como éste, tan preocupado
estos tiempos por el marketing y la necesidad de aumentar su circulación); el
proyecto me lo pasó un amigo y es impecable, incluso desde un punto de vista
político: ayudar a la gente yendo a detectar, con sistema y equipos de
estudiantes de periodismo, sus problemas de base; luego, que el diario organice
campañas para alcanzar la solución a sus problemas. En fin. Una suerte de
militancia periodística, ¿no? Se lo dejé, el proyecto, al más joven de los
Saguier, un pibe ambicioso que no sabe nada de periodismo pero quiere, sueña con
romperle el culo a Clarín (y yo le caigo simpático); se lo dejé también al
Saguier papanata del medio, que está al frente (es un mero decir) de la
Redacción; se lo dejé a mi jefe, que desde hace un mes y una semana me mira como
una novia abandonada en el altar. Ahora, vos dirás, para qué carajo hago tanto
kilombo. Y si no lo dirás vos, lo diré yo: no es que esté loquito (así me dijo
el amigo que me pasó el proyecto) es que estoy cansado de escribir bien, y
producir gran impacto de lectura, y respaldar grandes movidas de esta empresa
(25.000 ejemplares más con el relanzamiento de la Revista, donde yo escribí,
junto a una cronista insoportable, la nota de tapa sobre la corrupción
menemista; otros 25.000 ejemplares un año después, donde yo escribí, claro que
junto a un compañero periodista excelente a la hora de investigar pero no tan
buen prosista, ni reporetador, la nota de tapa sobre la falta de justicia que ha
provocado el menemismo) sin cobrar un mango extra. Yo no sé si me estoy
volviendo muy materialista o qué, pero ganar dos lucas por eso ya no me alcanza.
Le dije al joven más joven de los Saguier: "Esto no es una cooperativa", y él me
escuchó antentamente, en una de las charlas que venimos manteniendo, y dijo: "Es
un planteo adulto" (y por supuesto que esto no fue así de sintético, pero para
qué hacer más larga una carta que ya se fue de mambo en extensión). Tampoco me
dio respuestas. Yo sé que muy pocos periodistas (y menos que menos escritores)
pueden darse el lujo de contar con un espacio semanal como el que dispongo yo,
cada domingo. Promedio, si me quedara en el molde, estaría ganando unos 500
dólares por artículo. Eso me dice una amiga con boca de corazón todo el tiempo y
yo le diremos que sí, que es cierto, pero igual no me alcanza. Mi jefa (porque
tengo dos, Andrés, Caligaris y una mujer, que se llama Arteaga, y que podrás ver
en el staff como editora) dice que lo mío no es solamente un reclamo momentario
sino una necesidad de cambiar, de no querer aburguesarme; ella dice que alguna
vez le pasó, pero que finalmente encontró otras satisfacciones en la empresa. Mi
jefe, Caligaris, dice que me apuré, que no entiende cuál es mi estrategia y me
mira sin saber qué más decir, ni qué hacer conmigo; es un buen tipo pero no sabe
ya qué más ofrecerme (aunque yo lo único que querría es que se juegue por mí, y
que me de una mano en mi pedido de aumento de sueldo: una luca más, una luca más
es lo que necesito para poder estabilizar las cuentas y las deudas: no se puede
creer lo caro que está Buenos Aires, vivimos haciendo malabarismos con cheques,
pagos mínimos de la tarjeta de crédito y hasta los pesitos que gano en la
Universidad -y en cualquier momento confiscamos la alcancía de Delfi, que ya
tiene tres pesos con doscientos treinta centavos en la lata con los Dálmatas).
No es por otra parte poco (y juro que ya voy terminando, porque esto de escribir
en un bar me irrita un poco, aunque debo confesar que es más tranquilo que mi
casa, y que el diario: no suena el teléfono, no tengo ahí cerca a mi jefe con
cara de culo y la incerteza y el reproche velado de mis compañeros, que no
entienden la movida, y que mucho menos van a asumir que únicamente una huelga en
conjunto les podría hacer ganar unos pesos más) lo que he estado escribiendo
estos días de "licencia" autotomada; o si querés, de "paro unipersonal". Terminé
por fin el cuento del fotógrafo de difuntos. Ah, sí. No te había dicho. Al final
creo que no hay ninguna novela ahí sino un cuento. Siete páginas a un espacio;
catorce a doble; una escritura tensa y fría, no como ésta, que remeda el
discurso de un perito forense cuando descubre toda la roña de Piaget, o su
resaca. Lo mandé a París, al concurso Juan Rulfo. Confío ganar (y cuando no gane
me voy a volver a deprimir, en fin). Si querés te lo mando a vuelta de correo
(me interesa mucho tu opinión). Empecé uno nuevo, que tal vez de para más: un
hombre que se encierra en un baño y decide no volver a salir (¿muy obvio de mi
estado interior?). Sigo con el diario (el mío), pero ahora lo escribo en el
diario (de los Saguier) tratando de registrar las incertezas y los movimientos
políticos internos. Trabajo además como un loco en la Cooperadora de la escuela
de mi hija, en Villa General Mitre (el barrio de los anarquistas porteños,
maravilla de casualidad); me anoté en la comisión de prensa y soporto, estoico
(o eso creo) que los sátrapas de los cooperativistas me censuren lo que escribo
como si fueran un buró ruso o los milicos de la dictadura; en fin, cosa de la
socialización de las ideas que le dicen. Todos los miércoles a la mañana voy a
pintar con Manuel y sus compañeros de jardín en el jardín (es una batalla campal
con quince pulgas que se me suben encima, morronguean, lloran -incluso mi pollo-
con tal de hacerse escuchar: parecen casi una extensión de mi propia neurosis,
pero no, pobrecitos). Sigo dando clases en la UBA; creo que por fin me voy
entendiendo con los alumnos. Y en cuanto al libro de reportajes, bueno, me falta
desgrabar el de María Seoane sobre el Nunca más (y si yo diremos desgrabar es
escribir, porque es increíble lo mal que hablan los escritores cuando no
escriben); en ese casette recuerdo que hay un momento de nuestra última
conversación en un bar de este mismo barrio, pero del otro lado (yo estoy sobre
Cabildo ahora): te lo grabé de afano, pero no voy a publicarlo; nunca sin tu
consentimiento, se entiende. Quiero volver a escucharlo estos días, creo que
había, que hubo buenos consejos ahí: que no me disperse en libritos menores,
esas cosas. Bueno, no sé si podré no hacerlo: entre los múltiples proyectos que
pese a todo se me siguen ocurriendo, de a uno por semana, está el de escribir
una biografía novelada (o no) de Zulema Yoma para Planeta. Hablé con Sabanes y
dijo que podía interesarle, aunque me aclaró que prefiere, para esa clase de
libros polémicos, que el autor trabaje en Clarín o en La Nación. No se puede
creer, ¿no? Por los juicios, dijo que lo prefiere. Parece que los jueces tienen
muy en cuenta ese antecedente laboral mediático en caso de bodrio. ¡Y yo
queriendo irme a la mierda!
Bueno, que no sé bien qué hacer.
El lunes le dije a mi jefe (Caligaris) que levantaba "la medida" pero que no
"abdicaba de mis reclamos". Me miró como quién mira a un infradotado. O tal vez
el que puso cara de infradotado fue él... Pero no... No es para tanto... Me miró
como diciendo: y ahora con qué me va salir éste. Le dije que volvía a escribir,
y le conté cómo me está yendo con un reportaje medio soez (a un homosexual
asumido que acepta contar su historia con foto artísssstica y todo, pese a -o
justamente por- ser hijo de un empresario muy poderoso de este paísito pacato);
propuse una investigación sobre los juicios que están por lloverle a Menem, en
fin. Que a todo me dijo que sí, aunque pidiendo prudencia en la prosa. Y esto es
lo más absurdo de todo mi planteo: nunca tuve tanta libertadad periodística como
ahora: puedo escribir sobre las listas de la represión, sobre los homosexuales,
en contra de Menem, a favor (objetivamente, claro) de la Alianza, en fin, casi,
casi todo. Y no me conforma. ¿Será que llegué a esa edad que Hemingway
recomienda para que un escritor deje el periodismo? La edad en que finalmente
uno aprende a escribir "una mera oración enunciativa"... No sé. Jóse opina que
para mí el periodismo es un don que tengo, y que lo detesto porque me opaca como
escritor. Ella cree que la disyuntiva es falsa, porque puedo ser escritor y
periodista a la vez. Yo creo que no. Pero no estoy seguro. Mi hija me dio un
consejo: que viva de contar historias. ¿No es eso lo que hago en La Nación?
¿Vos qué opinás, Andrés?
Ya, ya terminé.
Puf.
Qué escupida.
A la 1 y 36 del mismo día, antes de imprimir esto en un printer y ponértelo en
un sobre a Córdoba.
Alejandro
PS. Espero no haber sido muy caótico. Por lo demás -agrego a mano mientras releo
el printer en el diario- una casualidad hermosa: justo cuando lo leía apareció
Escribano en la redacción de la Revista. Ahora mismo está acá, hablando con
Caligaris y con Arteaga. Puedo ver su nuca peinada pulcramente a la gomina, por
encima de la Power PC (Power Macintosch 7200/120) de Paula Urien, que no está
presente; puedo ver su oreja y los párpados -el párpado- del lado izquierdo;
puedo ver buena parte de la nariz y la boca e incluso el mentón, cada tanto, en
la medida en que el cuerpo se le balancea hacia la derecha más que a la
izquierda (lógico) mientras Caligaris y Arteaga lo escuchan con una atención
sumisa y un poco vergonzosa, dado que es obvio que él les está bajando
gentilmente línea por haberse pasado un poco en el sentido del humor de la
revista especial por el día de la madre, que saldrá este domingo. Pero mejor
sigo a máquina, mejor sigo escribiendo mientras él está con ellos; sería como un
juego de riesgo, tal vez el último (siempre pienso que lo que estoy haciendo en
La Nación será lo último), así.
La suerte no me acompaña tanto porque Escribano se va antes de que yo continúe
este documento; pienso en un instante todas las posibilidades, incluída la de
encararlo ahora mismo y decirle "mire qué casualidad, justo estaba escribiendo
sobre usted", pero no me parece muy serio. Además se daría cuenta de la jodita
implícita, o tal vez no, según su grado de vanidad en el día de la fecha. En
fin, Andrés. Acá estoy dudando como un