Fogwill: la poesía incómoda

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Adrián Ferrero*

Foto: Nicolás Celaya

Rodolfo Fogwill (1941-2010) dejó un legado rotundo y provocador en la literatura argentina. También lo hizo con un sello indeleble. Su poética no se parece a nada, pese a que su lenguaje es cotidiano. Con la idea de tomarse las cosas en serio pero al mismo tiempo sin solemnidades ni convencionalismos, construyó un edificio elocuente y propio que, como un espejo, empapó a su producción literaria. Recuerdo, por ejemplo, como un hito, la lectura de su novela Los pichiciegos (1983), una de las primeras sobre Malvinas que se dieron a conocer en nuestro país en época reciente. Fogwill tuvo un carácter en buena medida precursor y eso, en este libro que me toca comentar, su Poesía Completa, de carácter póstumo (2016) resulta evidente. Eludió, como un mago, siempre los lugares comunes, lo logró. Salió indemne a ellos. Y dio un rodeo cada vez que algo amenazaba con interrumpirle el paso.

Adoptando la forma de un tratado, es un volumen muy extenso, su Poesía Completa, con diversos libros a su vez de distinta longitud e índole (incuso contiene poemas dispersos). Además de ser un tratado/Fogwill es un legado. Porque su poética queda desplegada en toda su más rica variedad en textos que desde la mayor calma y serenidad pasan a una crispación que o bien resulta perturbadora o bien exaspera. También sucede al revés: del éxtasis y la exaltación se deslizan hacia una sospechosa placidez. Incluso otro sector de su producción, en el cual su poesía utiliza un lenguaje no sé si llamar culto pero por lo menos refinado su producción se contamina de la oralidad de las clases populares hasta permitirse incluso las mayores vulgaridades, incluso la obscenidad. Lo cierto es que por fuera o por dentro del canon, Fogwill ya ocupa un lugar de incuestionable presencia poética en el panorama de la lírica argentina. Se trata de un libro muy copioso, lo que también da la pauta de que se tomó este género muy en serio.

Sólo quien sabe de poesía y quien sabe apreciarla. Y sólo quien también conoce de la versatilidad de un creador está en condiciones de aceptar y entregarse, sin juzgarlo ni sancionar lo se piensa como transgresiones al así llamado “buen gusto”. Porque sabe que se trata de recursos deliberados, de un uso singular del lenguaje y no, en cambio, del confinamiento a un registro en el que quedará fijado como un fósil un creador de modo fatal. La lírica de Fogwill se manifiesta difícil de encasillar sencillamente porque varía mucho de libro en libro. No solo porque se trate de una poesía singular.

En Fogwill se advierte en la progresión del libro complejidad. Y hay una zona del tratado que fue particularmente entrañable y difícil de inteligir porque la experiementé como polisémica pero también como la mayor evidencia de algunos de sus principios. Y es la que él consagra a su hija o, en términos más amplios, a la paternidad. Pero no lo hace como lo haría un padre convencional, acudiendo a los buenos sentimientos, comentando de modo candoroso o cursi un tema transitado y remanido. Sino que juega todo el tiempo con voces que van y vienen, que se interrogan y se responden o cuyas respuestas quedan en suspenso. El efecto/Fogwill del suspenso, de la transición, de la movilidad, de la capacidad de tentar por senderos distintos y yo diría, renovadores en este caso, evidentemente denotar capacidad y desnudan a un conocer de sí mismo (de sus capacidades) pero también de la lírica. En esta zona del tratado se dejan sentadas varias de las bases de lo que significa la voz en el poema para Fogwill. Cómo las voces incluso dentro de un mismo poema son capaces de interpelarse y responderse. De preguntarse y quedar también en tensión. La persistencia de la duda dentro de ellos. La incredulidad a la que acude para producir un efecto de extrañamiento. Fogwill es un gran maestro de la incertidumbre porque no apuesta a lugares estables sino que los disipa para elaborar un lenguaje literario fluido, polifónico que dialoga con la realidad todo el tiempo pero lo hace de un modo sutil. En este corazón del poemario, se tornó indudable para mí el modo en que dejaba sentada una poética. Pese a que después estableciera flexiones en otros sentidos y en otras direcciones, apostando a nuevas direcciones por el discurso poético.

Un recorrido muy interesante para realizar por el libro (también, quizás, el más automático, por otra parte) es ir rastreando la temporalidad histórica de nuestra nación durante las etapas en la que el poeta publicaba sus distintos libros. Y en muchos casos es notable y curiosa el diálogo que se establece entre sucesos y acontecimientos culturales en un sentido amplio y los que tienen en el seno del poema o la voz que el poema irradia. Este coloquio entre contextos y discurso poético dispara una serie de preguntas en torno de las cuales la Sociología de la literatura viene debatiendo hace muchos años pero que no por remota resulta menos vital. Tampoco menos inquietante porque traza un dibujo que sienta las bases de un fermento que estalla en el orden de lo real para consolidarse bajo la forma del poema.

Fogwill, siendo un artífice magistral, logra transmutar acontecimientos en tramas discursivas que capturan zonas del significado social. Esa captura, por otra parte, jamás es inocente y constituye desde el vamos una toma de partido porque siempre queda clara. Fogwill está atento a la Historia. Está atento a la política. Y con ella traza la política del poema. Esto es: una política literaria. Esta circunstancia trasunta por un lado deliberación. Pero por el otro, una cuota de fatalidad que él no elige pero que se abate sobre el poema, como una lluvia que riega la superficie del asfalto caliente produciendo un vapor indetenible.

Hay un panorama al que me parece conviene atender y es el de lo que él llama “Versiones”. A partir de un núcleo o una frase (incluso en otro idioma, como ocurre en un caso en francés) elabora una serie de lo que él, efectivamente, denomina “versiones” y en la que modula sirviéndose de ese leitmotiv en todas ellas inflexiones que les confieren una particular identidad. Unidad pero al mismo tiempo variedad en ella que alcanza zonas sorprendentes. Si la versión postula una variación, la versión también constituye una forma que traza matices en torno de una matriz potente.

Por otra parte, el tratado, como me gusta denominarlo a mí, es una puesta al día con la tradición, con los ancestros literarios y los antiliterarios. Con la realidad estética y la extraestética (política, concretamente). Con la serie social, en palabras del teórico ruso Tinianov. Su seriedad pero también su ironía se ponen de manifiesto en poemas en los que nombra a algunos de los autores más emblemáticos de nuestros pasado literario (y a otros más marginales). Pero no obstante, si bien Fogwill hace chirriar literalmente a la lengua, porque la fuerza hasta sus últimas circunstancias, no menos cierto es que siente un respeto reverencial por el oficio de escritor, pero más concreto el de poeta. Y se lo toma muy en serio. Es más efectivo en su caso hablar de una cierta actitud impostada de él como personaje público que genuina, porque así como juega todo el tiempo con la lengua literaria juega también todo el tiempo con su imagen de escritor. Diera la impresión de interpretar todo el tiempo un personaje en tanto que persona. Esto confiere ficción a su personalidad. La ficcionaliza al punto de connotarla hacia zonas que son de carácter también literarias, esto es, con fuertes matices imaginarios.

Evidentemente se trata de un poeta capaz de tomar partido por distintas causas, tanto políticas como sociales sin amedrentarse y sin que ello vaya en desmedro de la calidad de su proyecto. Y me parece que esa calidad de valentía (que hice notar en su persona) también se percibe en su escritura. Es un autor que se lanza a escribir sin red. No tiene ni pudores ni contemplaciones ni falsos pudores.

Coloca y descoloca al lector de modo permanente porque de libro en libro, a medida que vamos pasando las páginas nos encontramos con un Fogwill distinto, que sin necesidad de persuadir simplemente hace su tarea y eso basta para que podamos apreciar desde sus facetas más contemplativas, más diáfanas, más nostálgicas y emotivas hasta las más irreductibles. Esos matices, en ocasiones no se dan de libro a libro, es decir, con pausas que cada uno de ellos va pautando, sino que pueden manifestarse dentro de un mismo poemario que, si bien tiene por lo general mantiene una unidad de tono, también puede abundar en cambios abruptos. Así, el poema disruptivo hace estallar estructuras convencionales, estereotípicas y consolida una suerte de estilo que no responde a patrón alguno. Más bien a la variación misma..

Fogwill no descarta nada a priori como eventual motivo para la escritura. Ni homenajes. Ni referencias a sus amistades, a las que también venera, de otro modo, como forma de la lealtad no sólo de camaradería sino estética. No elude, como dije, ni la realidad social ni la política. Ni tampoco la meditación, el pensamiento abstracto o la experimentación desde múltiples perspectivas. Nada es descartado de plano. Esa apertura tan neta lo vuelve un creador interesante pero también con una enorme posibilidad de crecimiento. Porque no cierra puertas. Es cierto. El libro está cerrado. Pero no sus lecturas. Fogwill ha muerto. Este es el “corpus Fogwill”, pero ese corpus podría ser interpretado, como todo cuerpo a partir de una semiología tan dispar como sugestiva en este caso en particular sobre todo.

De modo que pienso que esa ha sido una de sus grandes virtudes. Junto con este tratado nos deja inéditos inclasificables. Novelas. Cuentos. Sus aportes a la Sociología (impartió clases de esa especialidad en la Universidad de Buenos Aires). No es poco. Es un buen momento para honrar su trabajo y para honrar esa inmensa capacidad de ser libre que se permitió. Y que conquistó no con grandes gestos teatrales. Sino a pura escritura. Y apostando al camino más difícil, en un mundo plagado de tentaciones para hacer las cosas o del modo habitual, o del modo más fácil o del modo más cómodo. Fogwill es eso. Un poeta incómodo.

* Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Es escritor, crítico literario, periodista cultural y Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Publicó libros de narrativa, poesía, entrevistas e investigación.

http://www.facebook.com/escritoradrianferrero

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