Funeral gitano

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Hernán Vanoli*

. Imagen: Jorge Larrosa

Lo mejor sería volver a buscar la campera y la bufanda, porque a las seis de la tarde en la plaza va a haber demasiado viento y además las pocas dosis que quedan en la Central son para los chicos; pero lo pienso un poco y me doy cuenta de que prefiero un resfrío antes que discutir de nuevo con Dolores, que en el desayuno no dejó de echarme en cara que la semana pasada le mandé plata a mis viejos. Cuando no aguanté más le dije que si los suyos no la hubieran dejado tirada ella haría lo mismo, y por cómo me miró entendí que no quedaba otra que irme, así que me fui. Ahora vuelvo a guardar las llaves en el bolsillo del pantalón y con las orejas casi congeladas camino para lo del Colo. Toco la puerta varias veces sin que nadie me conteste hasta que sale Zenaida. Usa un camisón a rayas rosa y blanco y saco de lana azul, los pies sin medias en pantuflas de toalla, y me dice papá no está con voz que casi ni se le escucha. Aunque sé que es mentira, no le digo nada y me voy para lo del Toro. La última vez que lo vi fuimos a arreglarle la máquina a una vieja que vivía a tres cuadras y después miramos películas en el local de la Coordinadora. Esa noche también estaban Eduardo, Axel y tres más, no había mujeres, entonces pusimos la misma porno que habíamos visto diez mil veces. Axel ya se sabía los diálogos de memoria y al principio nos cagábamos de risa cuando imitaba las voces y las caras de las putas al mirar a cámara. Pero a los quince minutos nos aburrimos y volvimos a poner la de Cerdos y Diamantes, que es mi favorita y también la del Toro, que se dormía en todas las películas, pero a esta la miraba sin pestañear. Cuando terminó la película discutimos algunas cosas de la marcha de hoy, quedamos en que yo pasaba a buscar al Colo y al Toro y nos reuníamos con el resto en la esquina del local antes de tomar el tren para Retiro. Cuando toco el timbre el Toro sale con su gorro de lana, un pañuelo árabe en el cuello y una tostada en la mano, me invita a tomar unos mates, pero le digo que no, que se apure porque nos esperan y, si hoy sale todo bien y nos duplican las dosis, nos salvamos de movernos del barrio por un par de semanas. Me pregunta por el Colo y le digo que no sé, que toqué el timbre pero no estaba. Va a cagar fuego ese, me dice el Toro, después viene a llorar al local y a usar las máquinas.

En la esquina del local Axel revisa las planillas, reparte cajitas y cuando termina dice que son lo último que quedaba. Alguien cuenta que varios de los grupos de afectados no vienen porque en el Hospital Posadas prometieron dosis gratis justo hoy y entonces vamos a tener mucha menos gente que la última vez. Eduardo dice de suspender todo y yo estoy de acuerdo, pero parece que ya es demasiado tarde y la idea no pega. Una vez que terminan de pasar lista y anotar a los que no vinieron agarramos las banderas, el megáfono, el kerosene y los bidones de agua, y vamos a la estación para encontrarnos con las otras columnas y esperar el tren, que esta vez dicen que viene con vagones especiales. El Toro me pide un cigarro y cuando le hago una joda porque pensé que iba a dejar se aleja ofendido para el lado de los baños. Me acerco y primero me dice que no pasa nada, pero después lo aprieto un poco y confiesa que va a tener que cortar todo con la piba, porque Mabel se enteró y quiere echarlo. La piba es una de las estudiantes que vienen los fines de semana con sus máquinas a dar apoyo escolar, y el Toro se la levantó una vez que ella lo llamó para hablar de Lily, la menor de sus nenas. Al poco tiempo empezó a ir al departamento donde la mina vive con la madre, ahí frente al cementerio nuevo de Barrancas, y parece que desde hace unos meses ella le pide que se vaya a vivir y además le pasa plata por ir por las aulas de la facultad hablando de la situación en el barrio. El Toro dice que la última vez que se vieron la mocosa se encaprichó con que la acompañe a no sé qué congreso en Brasil, y para colmo Mabel empezó a hacer cada vez más preguntas, hasta que anoche le dijo que la corte o se vaya de la casa y se olvide de las nenas para siempre. Ojalá hoy ni me la cruce, me dice el Toro con la vista perdida en el suelo, y para cambiar de tema me pregunta por Dolores, por mi pibe y por mi cuñado, por los tres juntos me pregunta, y le cuento que la escoria de mi cuñado se me viene a instalar a casa por unas semanas. A unos metros, al lado de la expendedora de boletos, Axel y los otros delegados no dejan de hablar por teléfono. Atrás hay unos pendejos que joden con el bombo, hasta que por un segundo toda la estación se queda muda cuando vemos una mancha gris que avanza por las vías, de repente el ruido de la locomotora y por encima, como un eco, las canciones de cancha de los afectados, que se asoman desde los últimos vagones a pedir ropa o frazadas o lo que venga.

Uno de los policías que nos esperan en Retiro grita que primero bajemos nosotros y que después ellos van a escoltar al resto con un pelotón sanitario para que no haya quilombos. Empezamos a caminar, pasamos los puestos callejeros de electrónica y una vez en la esquina se nos pega un grupo de unos cincuenta monos, que según los trapos vienen de Villa Urquiza. Nos avisan que la mayoría de la Red ya está en la plaza, pero como hace diez minutos perdieron comunicación por ahora se van a quedar acá, a la espera de novedades. Tiemblo de frío. Los de Urquiza se sientan en los cordones de las veredas o directamente en el suelo, y me pongo a mirar para la plaza San Martín. Mis tíos, los hermanos de mi vieja, vivían en un edificio ahí a una cuadra. Me acuerdo de haber ido de chico a ese departamento, de asomarme por la baranda del balcón y escupir para abajo y sentir el ruido de la escupida al reventar contra los baldosones de la calle. También me acuerdo de una vez que la plaza estaba llena de grúas que picaban el suelo para hacerle un tratamiento a las raíces de los árboles. Mi viejo y mi tío tomaban vino en el balcón y conversaban en voz baja. Axel termina de arreglar con el dirigente de Urquiza y empezamos a caminar sin ellos para la plaza. El tráfico está cortado y la ciudad parece una escenografía, casi no hay luces en los edificios y los semáforos no funcionan. Los pocos autos que circulan lo hacen por el medio de la avenida, polarizados, como balas perdidas o las últimas chispas de una bengala. Por la mano de enfrente, una mujer camina rápido con su nena agarrada de una mano y algunas bolsas de supermercado vacías en la otra. No nos mira y entra a un edificio de rejas. Mientras cruzamos la plaza, Iturbe empieza con el redoblante. No se cansa nunca. Los pendejos lo siguen con los dos bombos y la música grabada. Vamos hasta Corrientes a encontrarnos con otras dos columnas de Devoto y Santa Rita, que son gente amiga. Dolores era de Devoto. En total debemos ser unos cien porque los de Urquiza se quedaron en la plaza en una especie de asamblea improvisada, y los afectados en un control sanitario. De los que siguen con nosotros los conozco a casi todos, por lo menos de vista, menos a unos pibes que vinieron solamente a la última reunión y según Axel se metieron hace poco a vivir ahí en la Lechería. Nadie habla. En el suelo hay mucha botella vacía y vasos de plástico fosforescente que imagino salidos de los bares que ahora parecen bares fantasmas. Sé que hay mucha gente mirándonos por las ventanas de los edificios, o en directo desde sus casas. Los imagino con parte de la cara tapada por una taza de café enorme, en la oscuridad, y me da muchas ganas de tomar café. En el cielo, dos o tres helicópteros. Después de un par de cuadras, una antes de Corrientes, el Toro me toca el hombro y dice que tiene un dolor en el pecho. Está muy blanco y respira lento. Le digo que deje el cigarro y los vicios de una buena vez, porque a este ritmo la que va a dejarlo va a ser la piba para conseguirse un chongo más joven, como yo. Me dice que no sea pelotudo y jura que se siente mal en serio, que tiene la presión baja desde anoche. Empiezo a relojear, a ver si no encuentro a Axel para que llame a un médico o algo, pero el Toro no quiere, dice que mejor aguanta un poco y si sigue así pega media vuelta y se toma el tren. De pronto alguien grita que empecemos a correr. Se escucha desde mitad de cuadra. Corran, la concha de su madre. Tres disparos, ruido de sirenas y se viene el gas lacrimógeno en ojos y nariz. Desde algún lado un megáfono dice que paremos y justo en la esquina de Corrientes se aparece la montada. Por la otra calle cuatro camiones se estacionan en V y baja un pelotón de milicos. Tienen Itakas. Todo el mundo empieza a desbandarse y a querer volver para la estación. Los veo, a Eduardo que lo conozco desde el jardín, al Tano Scafezi con su hermano que humedece la bufanda con el agua de una botella de plástico, a Zapatilla que toca como loco los timbres de un edificio, no sé para qué. Enseguida me doy cuenta de que el Toro, los dientes apretados y los mocos que le cuelgan, se quedó quieto en su lugar. Le hago una seña de que tenemos que adelantarnos antes de que nos aplasten desde atrás, pero ni siquiera levanta la cabeza para mirarme. Así que vuelvo y lo arrastro a la vereda y le digo que hay que volver. Le digo que no sea marica, pero el Toro se agarra el esternón y empieza a hacer ruidos de atragantado, como de que no puede respirar. Al principio pienso que es una joda. Estamos en la entrada a un restaurante tango show que tiene las persianas bajas, mientras el ruido de un helicóptero se escucha cada vez más cerca y empieza a envolvernos. El Toro vomita y me pongo a limpiarle la ropa con unos pedazos de revistas que encuentro tirados ahí en la calle. Lanzó sangre pero parece que no se dió cuenta, así que trato de limpiarlo rápido. Quiere hablar. Uauaahahauhauaggg autoos. Dice algo de un auto. ¿Un auto? Ninguno de nosotros tiene auto. Y los que tienen no están autorizados a salir del barrio. El Toro parece borracho. Muy pálido está, cada vez hay más humo y más ruido. Vuelve a abrir la boca para hablar pero se queda a mitad de camino, se dobla y vuelve a escupir sangre. Desesperado, le digo que espere un minuto. Que ya mismo voy corriendo a buscar a un médico. Cuando termino de decirlo pienso de dónde carajo voy a sacar un médico. Atrás de los caballos hay más patrulleros y ahora en la esquina ponen dos vallas donde empiezan a pedir las huellas de todo el mundo. Justo ahí la encuentro a la negra Carla, que discute con los canas de atrás. La agarro del hombro y la saco para decirle que el Toro está hecho mierda, que me ayude. Toso mucho, mal, como si tuviera tuberculosis. Como si el Toro me hubiese contagiado algo. Volvemos juntos y antes de que ella lo revise le pregunto al Toro si trajo los documentos, pero no me contesta. La negra Carla empieza con masajes cardíacos y después le hace respiración boca a boca. Está buena la negra. Ojalá que al Toro no le pase nada, afectado no está porque no tenía ningún síntoma, pienso. El beso no funciona, así que prueba de nuevo con los masajes. Cuando le pregunto por Axel, la negra me cuenta que está tratando de negociar porque en la plaza hubo muchísima rosca, no van a dar nada me dice. Los ojos me pican cada vez más y no puedo dejar de toser, me rasco los párpados con la manga del pulóver. Agachado, trato de tomarle el pulso al Toro. No sé tomar el pulso o no se lo encuentro. Despertate loco, reaccioná. Hay más gritos y la negra me dice que aguante, y corre en el medio del humo hasta ponerse a hablar con unos policías que ya prácticamente estaban encima nuestro. Los canas se acercan y nos echan con empujones mientras nos gritan que hagamos fila para pasar por las vallas. Lo último que veo es que revisan al Toro y que al final lo cargan entre cuatro y se lo llevan. Quiero irme con él, pero cuando me ven volver los otros, que venían avanzando con el hidrante, me cagan a bastonazos y me dicen que vaya a hacer la cola. Al darme vuelta, la negra no está por ninguna parte. Los canas meten al Toro en el camión y las piernas le cuelgan como si ya fuese un fiambre.

Antes de subir al tren llamo a Dolores y le cuento que el Toro está internado y que como no nos dejan verlo ni nada yo me vuelvo. Ella me dice que no vuelva a meterme en quilombos y le contesto que puede ser que el Toro esté muerto. Cuelgo. En el tren pienso que apenas haya novedades voy a tener que explicarle todo a Mabel, como seguro que Axel no va a estar prefiero hacerlo yo antes que cualquier delegado nuevo que no la conozca. Muchos se acercan a preguntarme por el Toro y a todos les cuento la misma historia. Que vomitó sangre no se lo digo a nadie. Cuando bajamos en Villa del Parque me separo de los que se quedan en la estación puteando, comentando las novedades y planeando la próxima movida. Me meto en el bar de la otra cuadra, sobre Nazarre. Hay poca gente, dos o tres pibitos que no me suenan mucho y Damián el viejo, que juega solo a los dados encima de su libretita abierta. Hace un tiempo decían que era un botón de la policía, pero para mí está loco. Pido una cerveza de litro y mientras tomo el primer vaso se abre la puerta y entran dos canas. En la tele, de fondo, pasan los comentarios del entretiempo de Chacarita-Ferro. Los policías hablan en voz alta, miran el partido y toman unos porrones. Voy a sentarme con Damián, que ni se mosquea cuando me mando enfrente suyo. Tiene olor a naftalina. Me acomodo en el asiento y lo veo tirar. Sirve un poco de soda en su vaso y me lo pasa, pero le digo gracias, estoy con la cerveza. Me sirvo entonces lo que queda de mi botella, vuelvo a pasarle su vaso y levanto el mío para brindar. El viejo me contesta y levanta su vasito apenas unos centímetros, sin desviar la vista de los dados ni de su libreta. ¿Todo bien Damián?, le pregunto después de un rato. En voz más baja le digo está lleno de canas acá, es un asco esto ¿no? Me hace que sí con la cabeza. Agarro los dados de encima de la mesa y me los quedo hasta que el viejo suelta el cubilete de cuero todo roto que tiene. Los meto adentro y tiro. El viejo mira lo que salió y anota algo encima de cosas que ya tiene anotadas. Junto todo y vuelvo a tirar. Damián busca otra hoja, que también está escrita, y anota. Tiro una y otra vez, sin fijarme qué salió ni darle tiempo, pero él quiere anotar, quiere anotar todo, hasta que en un momento se agarra la frente y empieza a temblar. Ya está, le digo. Ya está. Acomodo los dados en el cubilete, voy a la barra, pago mi cerveza y salgo a la calle. Me quedo fumando solo un buen rato, en la esquina, hasta que veo que los canas salen del bar y van para la estación.

En el local, sentados alrededor de la mesa, están Eduardo, Zapatilla, la negra Carla, Oscar, Noemí y seis compañeros más. Esperan a que se caliente el agua para preparar unos mates. Alguien trajo galletas y unas latas de paté. Eduardo cuenta que Axel quedó preso, tenía una causa pendiente por saqueos y parece que por ahora los abogados no pueden hacer nada. Ahí nomás empiezan a hablar de estrategias para conseguir que lo suelten, algunos quieren otra marcha mañana mismo y Zapatilla dice que hoy a la noche hay reunión de delegados en Parque Saavedra porque las cosas se están poniendo jodidas. Nadie dice nada del Toro, como si me escondieran algo, y estoy por calentarme mal cuando se abre la puerta y entra Mabel, los ojos muy rojos y bastante despeinada. Se hace un silencio largo y mientras me decido a empezar a hablarle Oscar le dice que por ahora él es el nuevo delegado del barrio y que tienen que conversar a solas. Se van a la cocina y diez minutos después Mabel sale y me pide que la siga porque tiene que darme algunas cosas. Mabel fue compañera mía en el colegio secundario, igual que el Toro. Siempre fue una de las más lindas, del grupo de las chetas, y desde que se sacó los aparatos en tercer año parece otra persona. En una época tocaba el bajo. Tocaba muy bien y con el Toro hacíamos chistes sobre eso. En la calle Mabel me cuenta que de la Central le mandaron unas flores de mierda y aunque también se ofrecieron a pagar una casa de velorios ella prefiere la plata y velarlo por su cuenta. Mientras caminamos no puedo evitar las lágrimas. Mabel se hace la que no me ve. En su casa me ofrece un vaso de soda y, tras decirme que yo era casi el único amigo de Carlos, va a buscar una bolsa con ropa para darme. Puedo hacer lo que quiera porque a ella ya no le sirve y no tiene ganas ni de venderla. Sobre la heladera le dejo toda la plata que tengo encima, no es mucho pero después voy a mandarte más, le digo. Mabel se pone a cortar unos tomates en silencio y cuando estoy por salir me pide un último favor. Habla muy lento, como si la muerte del Toro le hubiera devuelto los aparatos a la boca. Con cuidado de no mostrar los dientes. Me cuenta que desde hace unos meses el Toro presentía que podía llegar a pasarle algo. Los exámenes le daban bien, pero tenía esos dolores en el pecho desde antes, y le dijo que su último deseo era un funeral gitano, como el de la película de los cerdos. Un funeral con vino y con música toda la noche. Le pregunto si se volvió loca pero ella mira para afuera un buen rato y después de secarse las manos con el repasador me contesta que ya mandó a las nenas a lo de una de sus hermanas porque no quiere que vean llegar el cuerpo del padre, así que tengo que avisarle si voy a ayudarla a organizar el funeral. Siempre fue cabeza dura. Le digo que está bien, que voy a casa a comer algo y vuelvo, y salgo sin llevarme la ropa. La calle me parece más fría y oscura que nunca. Le cuento todo a Dolores, que al confirmar la muerte del Toro me trata un poco mejor. Se da cuenta de que me necesita, pero lo que dice después de pasarse las manos por la cabeza es que Mabel se volvió loca. Me avisa que hoy ella trabaja hasta tarde, pero antes de ir a dormir igual va a tratar de pasar un rato por el velorio. Le digo que por esta noche dejemos a Martín en la guardería de la Central y ella me pide que lo lleve yo porque se le hace tarde. Entonces voy a despertarlo y para que no empiece a hacer problemas le prometo que mañana lo dejo faltar al colegio, y que además seguro que en la guardería va a encontrarse con varios de sus amigos porque se murió el papá de Lily. Martín no me contesta y empieza a prepararse la mochila. Mete unos anteojos de sol que le compró la madre y un joystick nuevo, que no sé de dónde habrá sacado.

Llego a lo de Mabel a eso de las diez menos cuarto. Apenas abre me pide que la acompañe a avisar al local que el funeral empieza a las once y media. Antes de volver pasamos por el supermercado chino y compramos cinco damajuanas, dos fernet, gaseosas y unos sándwiches de miga. Mabel quería traer más cosas, pero le dije que con lo que llevábamos en el carrito ya estaba bien, tampoco iban a venirse sin cenar. De vuelta en su casa ella va a cambiarse y me pongo a mirar tele. Sale de su habitación muy maquillada, con una pollera verde que le termina justo sobre las rodillas y una botella de vodka en la mano. Mabel vuelve a ser la Mabel de nuestra fiesta de egresados de quinto año. Toma vodka del pico y me quedo mirándola. Si me visto de velorio no es un funeral gitano, dice, y después se va a la cocina. Mientras pongo un mantel que parece de cumpleaños en la mesa del living, suena el timbre. Mabel se apura a atender a tres tipos del hospital que nos muestran un remito y entran el cajón de fórmica. Cuando lo abren veo que al Toro le pusieron un ambo blanco. Tiene las cicatrices que quedan en la frente de los cadáveres después de que les sacan el cerebro para la autopsia. Y le faltan los ojos. Antes de que digamos nada los tipos explican que se los sacaron para pruebas de laboratorio y van a devolverlos en dos semanas, pero que no nos preocupemos porque todavía van a estar en condiciones para venderlos y si no ellos pagan la indemnización sin demoras. Mabel le acaricia una mejilla al Toro. Dos veces, bien lento. Prefiero no mirar. Después firma los papeles antes de que los tipos sellen el ataúd. Una vez que se fueron me dice que ahora ya puede llamar a Karina, su hija mayor, para que venga a darnos una mano. El lugar es chico, pero corremos algunos muebles y dejamos el ataúd cerca de la ventana que da al patiecito. Mabel pone música a un volumen bajo porque el aparato está roto, y me avisa que ya pidió que le trajeran otro para esta noche. Le pregunto si ella está bien, pero no me contesta y me pasa una torre de vasos de plástico. Ahí nomás vuelve a sonar el timbre y las primeras en llegar son las dos hermanas del Toro. Aunque con Mabel casi ni se hablaban, ahora la abrazan y lloran en sus hombros. Macarena, la menor, está embarazada. La saludo y prefiero no preguntarle por el padre. Mabel les dice que el miércoles entregan el resultado de la autopsia y que apenas lo tenga les manda una copia. De los ojos no dice nada pero ellas tampoco preguntan. Muy de a poco empiezan a llegar vecinos, amigos del barrio a los que no veía desde hacía tiempo con sus mujeres, viejas que lloran y dicen que al Toro lo conocían desde chico y dirigentes de la Central que dejan flores, fuman medio cigarrillo y se van. Uno le dice a Mabel que el Toro es un mártir, y ella, que ya tiene unos cuantos vasos de vino encima más el vodka, lo putea y trata de pegarle hasta que los separamos y la cuñada mayor se la lleva a la cocina. A eso de las dos menos cuarto llega el sobrino del Toro con otro equipo de música y pone unos temas raros que según él eran los favoritos de su tío, pero le digo que no se haga el otario y ponga música gitana. Mabel se acerca a pedirnos que subamos el volumen. Con la música parece que el ambiente se relaja un poco y la mayoría empieza a servirse vino, fernet o una ginebra que trajo alguien. Nadie baila, pero por lo menos todos tratan de hablar fuerte. Tambaleante entre el humo del cigarrillo, Mabel lleva y trae comida, y de vez en cuando se queda a conversar con algunos, sin que le hagan caso invita a bailar a otros y mira con bronca a los que no pueden dejar de llorar. En un momento me preparo un fernet y mientras converso con el Colo sin preguntarle por qué no vino a la marcha, veo a Karina, la hija de Mabel, vestida como si en lugar de catorce tuviera veinte años. Está con un pibe que debe ser el novio y la lleva de la mano. Crece la gente, le digo al Colo que no me entiende y se pone a hablar de la vez en que se encontró al Toro, que era hincha de All Boys, en la popular de Argentinos Juniors. Según el Colo, el Toro le había dicho que estaba ahí para conocer al enemigo. Dos o tres vasos más tarde salgo a la calle a respirar un poco. En la vereda algunos pibes de la cuadra conversan en voz baja y uno que no conozco se acerca a pedirme un cigarrillo. Se lo doy y también le paso fuego cuando desde enfrente cruza otro tipo con rastas. Estoy por decirle que no me quedan más cuando reconozco a Santiago, el hermano de Dolores. Tiene una mochila de cuero de la que cuelga una olla quemada y lo que parecen un par de alpargatas metidas en una bolsa de nylon. Me saluda con un beso. Casi en voz baja, me explica que llegó un día antes porque hubo bardo en el asentamiento donde estaba parando en La Pampa, parece que la gente de un pueblo de por ahí quiso quemarles las carpas. Hasta hace poco Santiago estuvo metido en una clínica evangélica para adictos a la pasta, y después nos enteramos de que ahí adentro había formado una banda de cumbia cristiana o algo así. Por lo menos parece más tranquilo. La última vez que lo había visto tenía una moto y casi nos trenzamos porque le había robado el disco rígido a la hermana más chica de Dolores para comprar. Lo busqué por toda la casa pero él se escapó por una ventana y mejor, porque según Dolores siempre llevaba una sevillana en la campera y además es cinturón rojo de taekwondo. Ahora me explica que fue a mi casa pero como no había nadie una vecina le avisó que debíamos estar en el funeral. Lo convenzo de que pase a comer algo y a esperar conmigo hasta que llegue Dolores.

Los amigos del novio de Karina se ponen a hacer percusión con unos yembés que tienen toda la pinta de ser robados, y dos primas de Mabel, borrachas y sensibles, se dedican a juntar las botellas y a ofrecer el poco vino que queda. Después de dar unas vueltas y pasar al baño veo a Santiago con mi mujer, que llegó en algún momento sin que yo me diera cuenta. Trato de darle un beso, pero ella me pone mala cara por el aliento a alcohol y dice que saluda y se va a dormir porque mañana bien temprano quiere pasar a buscar a Martín por la guardería. Como al principio Mabel no está por ninguna parte y Dolores no quiere irse sin saludarla, la convenzo de que se tome un vino conmigo y después nos vamos juntos a dormir. Para hacer tiempo nos ponemos a hablar con Oscar y con su novia. Santiago se nos suma, ahora no toma una gota de alcohol y se pone a hablar del perdón y la migración de las almas. Dolores se pone incómoda y empieza a tomar un poco más. Le acaricio el pelo, me gusta que tome. Un rato más tarde se abre la puerta del fondo y sale Mabel. Dolores se disculpa para ir a verla y yo la sigo. Pero a mitad de camino me quedo a un costado y aprovecho para buscar agua porque quiero bajar un poco el alcohol y además tengo sed. Que hablen entre ellas. Saludo a Zapatilla, a Nahuel y a Eduardo, que recién llegan, y cuando me doy vuelta veo que Santiago también se acercó a Mabel y le regala un disco envuelto en un sobre de plástico amarillo con lunares verdes y una cruz pintada en marcador negro. Los miro desde donde estoy, hasta que Dolores me hace una seña de que ella y Santiago se van. Me acerco a despedirme de Mabel y cuando le pregunto si está todo en orden me dice que no importa, los gitanos somos así, dice, y se pone a bailar enfrente mío. Me muevo un poco de compromiso y después le digo que se cuide, pero ella no me contesta y mueve los hombros con un vaso vacío en la mano. Como Dolores ya está en la puerta me acerco rápido a decirle a Karina que cuide a su vieja y que cualquier cosa me llame al celular. La pendeja anota mi número sin ganas y después vuelve a tomar fernet con los percusionistas. Al salir veo que queda poca gente. Bostezan o mastican empanadas frías, todos reunidos lo más lejos posible del ataúd.

En casa le mostramos a Santiago el colchón de más que tenemos en la pieza del fondo y encendemos el radiador eléctrico para que no se congele. Él nos da las gracias y dice que apenas consiga algo de plata va a contribuir para la energía. Con Dolores nos vamos a acostar y ella se duerme rápido, pero a mí me cuesta. Se me ocurre volver al velorio, siento que no pude despedirme bien del Toro y que si no le digo algo, si no me quedo con la imagen fija y tranquila del ataúd sellado antes de que se lo lleven, no voy a poder dormir. Le aviso a Dolores, que no sé si me entiende pero dice que está bien. Ya son las cinco y veinte de la mañana y la puerta de la casa del Toro está cerrada. Por las dudas doy unos golpes en la ventana y espero. Cuando estoy por irme abre Mabel, me deja pasar y sin decir nada se va para la cocina. En el living no quedó nadie y hay algunos envases vacíos y bolsas llenas de basura desparramadas por el suelo. Barro un poco, llevo todo a la calle y cuando vuelvo me quedo un rato con el cajón. De repente se me ocurre que está vacío, que en cualquier momento llega el Toro con un cigarro que le cuelga a un costado de la boca y nos dice que hubo una confusión. Pero cuando apoyo las manos sobre la fórmica y veo la transpiración que dejaron mis dedos entiendo que no voy a verlo nunca más. Que nunca voy a saber si llegó a enterarse de que al final le hicimos el funeral gitano. Cierro los ojos y al abrirlos veo que alguien se olvidó una campera azul sobre la silla. En el ambiente flota un olor dulce, mezcla de flores y de cigarrillo, y al acercarme al marco de la puerta de la cocina Mabel termina de guardar unos platos. Andate a dormir, me dice, voy a ponerme a vender comida para ahorrar unos pesos y te devuelvo lo que me dejaste, las nenas me van a ayudar. Le pregunto por Karina y con una mueca entre ebria y resignada me dice que se fue a dormir a lo del novio. Le pido que ella también se vaya a la cama porque es muy tarde y además debe dolerle la cabeza, como a mí. Agarro un repasador y me pongo a secar dos o tres tazas que quedan, y ella me dice gracias mientras me abraza fuerte desde atrás. Gracias por todo. Entonces me doy vuelta, la miro a los ojos y le meto un beso en la boca antes de que pueda reaccionar. Me clava las uñas en el brazo pero no me duele, hace fuerza pero la tengo sujetada. Cuando aflojo se separa y me pide que me vaya. Se limpia la boca con el revés de la mano. La veo alejarse muy lento, casi sin levantar los pies. Cuando termino de guardar lo que sequé apago las luces y me meto en su habitación. Cierro la puerta. Ella me mira con ojos vidriosos y grita que la deje tranquila, dejame en paz hijo de puta. Pero cuando estoy cerca me tiro en la cama, le tapo la boca y ya no dice más nada.

Durante la semana que sigue Mabel hace todo lo que puede para evitarme. Hasta que de tanto insistir la convenzo de que nos encontremos en las casas rodantes que pusieron donde estaba el club Comunicaciones. La espero más de media hora en el bar de la entrada mientras tomo un café con gusto a letrina, hasta que al final llega con un pasamontañas forrado en piel y una especie de tapado de cuero ajustado que no le queda para nada mal. Lo primero que me dice es que Lily tenía síntomas pero se hizo los análisis y en la Central le dijeron que nada más era un ganglioma viral, así que todo bien. Quiero decirle muchísimas cosas pero lo único que me sale es preguntarle cómo anda. Me contesta que ya encargó unos volantes con los precios de los platos que va a vender, y que el novio de Karina se fue a vivir a su casa para ayudarlas con el reparto. Por decir algo le cuento que estoy con una changa para arreglar máquinas en un geriátrico, entro a las nueve de la mañana pero salgo a las tres de la tarde y a Dolores le dije que salía a las cinco y media, así que si ella quiere podemos vernos más seguido. Mabel no me mira y dice que hay que ver. Que no le gusta la idea de meterse con tipos casados y no está para problemas. Pedimos una cerveza y de su cartera saca una petaca de la que ni me ofrece y una bolsa de semillas de girasol, que comemos mientras me cuenta que ya la llamaron unos cuantos de la Central para invitarla a salir. Son terribles, dice, pero no le doy el gusto de preguntarle quiénes fueron ni si se vio con alguno. Estoy a punto de decirle que al Toro lo nuestro no le hubiese molestado, estuve pensando eso, pero nada más le acaricio la mano y como se hace tarde me acerco a la barra a pedirle habitación al gordo que atiende. Le pido un turno y el gordo se humedece los labios con la lengua mientras busca las llaves en el doble fondo de la caja registradora. Unos metros atrás Mabel sigue con la petaca y se hace la que mira la tele. Cuando tengo las llaves caminamos entre las mesas y cruzamos el descampado hasta la casa rodante que tiene el número nueve blanco pintado sobre los paneles de acrílico. Se nota que en la otra mitad hay gente y apenas entramos la habitación tiembla un poco, pero por lo menos no se escucha nada. Todo funciona mucho mejor que la primera vez, y cuando terminamos ella me pregunta si soñé con el Toro. Le digo que no. Mabel se viste y antes de salir para los baños apaga la tele y empieza a decirme que necesita irse por un tiempo, limpiar la cabeza, visitar a su hermana que vive en Calzada. Que todavía le falta mucha plata para los pasajes y no quiere dejar a las nenas sin nada, porque recién está empezando a ahorrar y con lo de la comida apenas alcanza. Si me pedís después de coger no te doy un cobre, pienso, así que me hago el desentendido y termino de ponerme los zapatos. Salimos de la habitación y nos separamos con un beso en la mejilla. Cuando llego a casa Martín y Dolores no están. La llamo al celular y Dolores me dice que fueron por el barrio a buscar una mascota para Martín. Cualquier cosa menos un perro, le digo, y no te hagas drama que esta noche de la comida me encargo yo. Voy a la cocina, saco unos zapallitos, arroz y manteca de la heladera. Al asomarme veo luz en la habitación del fondo. Cuando me acerco a preguntarle si come con nosotros, Santiago justo sale con su mochila y un paquete envuelto en papel madera. Dice que tiene que ver a unas personas de la Iglesia y que seguro recién vuelve mañana al mediodía.

Martín y Dolores llegan con una palangana que adentro tiene tres hamsters blancos de ojos rojos que se olisquean sobre un suelo de aserrín. Tratamos de distinguirlos para ponerles nombre, pero es complicado. En la cena Dolores me pregunta por Axel y le cuento que lo trasladaron a Ushuaia y que la semana que viene va a haber otra movilización con hijos y mujeres, porque ahora amenazan con reducir las dosis. No se hace cargo. Me pregunta por el trabajo y le cuento un poco del geriátrico, del rol que tiene la Central ahí adentro. Después de cenar, Dolores acompaña a Martín a acostarse. Seco los platos y ella me cuenta que en la lavandería encontró un bagullo de pasta en el bolsillo de una campera y lo trajo para que lo preparemos esta noche. Lo calentamos en un cacharro de metal y nos lo tomamos, primero rebajado en vino y después directamente. Masticamos, nos chupamos los dedos, chupamos el pedazo de bolsa donde venía envuelto; la pasta debe ser importada o algo así porque hacía tiempo que no probaba una porquería de ese nivel. Nos ponemos los auriculares, cada uno en su flash durante más de cuatro horas. Cuando llegan el hambre y la sed comemos acelga cruda y nos tomamos casi seis litros de agua entre los dos. En un momento espío la habitación y Martín duerme, y como empieza a hacer calor salimos a fumar juntos al lavadero. Dolores se pone a hablar de sus compañeras de trabajo. Las critica con una mala leche que me da miedo. La interrumpo y empiezo a hablar del cuerpo del Toro y de la cara de sorpresa que les queda a los fiambres cuando les quitan los ojos, mientras pienso en una sierrita eléctrica que recorta un cráneo de cerámica, la tapa de los sesos que se quiebra en el suelo. Dolores dice que le da asco y empieza a hablar de los afectados que van a juntar el agua sucia de las máquinas que lavan la ropa. Me habla de las orejas mordidas, los cuerpos llenos de cicatrices con cáscaras de sangre que parecen lucecitas. Mientras me cuenta empieza a temblarle el labio. Cuando se larga a llorar pienso que le pegó mal la pasta, así que me acerco y le digo que no se ponga así, nosotros no tenemos la culpa de nada. Pero ella me da un empujón y dice no son ellos, infeliz, es mi hermano, por qué mierda te creés que vino a esconderse acá. En La Pampa los tipos del pueblo los corrieron a todos y sus mejores amigos están presos, casi los linchan, todos están afectados, al Santi lo busca la policía y si lo agarran olvidate. A partir de ahí en lo único que pienso es en denunciarlo y sacárnoslo de encima. Dolores se apura a decirme que lo de Santiago es una variante no contagiosa y que además en la Iglesia le dieron inmunizadores y que ella misma le da inyecciones todas las mañanas, así que no hay riesgo. Me voy a la cocina. Busco fuego para otro cigarro y me pongo a dar vueltas por el comedor. Si los de la Central se enteran nos meten a todos en cuarentena por más que no tengamos nada, hasta de reventarnos la casa son capaces. Antes de ir a acostarse Dolores se acerca y me dice que si llego a echar a su hermano o a decirle algo no la veo nunca más, ni a ella ni al nene. Que Santiago le prometió que en seis días se va porque un pastor va a esconderlo en un refugio subterráneo y que ella nunca arriesgaría a Martín, por nada del mundo. Me limito a mirarla a los ojos. Sus ojos fríos son un matadero de conejos blancos. No le contesto. Y pienso: es todo chamuyo, se va a quedar hasta que aguante. Le importa un carajo lo que nos pueda pasar. Salgo a la calle y camino unas cuadras en el frío. Camino y no puedo pensar, y el ruido del viento se me mete hasta las tripas. A la vuelta toco el timbre en casa de Mabel. No me atiende nadie.

Cuando suena el despertador dormí menos de una hora, pero ya tengo que vestirme y tomar el tren para ir al geriátrico. Ni siquiera desayuno y en la estación me doy cuenta de que tengo que contarle a alguien lo de mi cuñado o voy a volverme loco. Le mando un mensaje de texto a Zapatilla y otro a Eduardo, pero no me contestan. En el vagón una mujer que lleva dos carritos llenos de paquetes de maíz se pone a discutir con otra porque la mina dice que se pasó de estación por culpa de los carritos. Cuando estoy por entrar al geriátrico veo que tengo una llamada perdida de Eduardo. En lugar de entrar, me paso media cuadra y lo llamo. Eduardo dice que está ocupado, pero esta noche hay reunión en el local porque parece que de la Central están por mandar una partida de antibióticos y hay que ver cómo se reparten. La mesa chica, me dice. Le digo que a la noche no sé si puedo y llamo a Mabel. La primera vez no me contesta, pero la segunda atiende con voz de dormida y dice que no, que mañana tampoco podemos vernos porque tiene que llevar a Lily a no sé donde. Siento un ardor en el pecho. Antes de colgar me avisa que como yo no pasé a buscar la ropa del Toro ya la regaló. En el geriátrico trabajo toda la mañana y de almuerzo nos dan una papilla de soja horrenda, lo mismo que les dan a los viejos. Como no desayuné devoro casi todo el plato. La mayoría de las protuberancias de las máquinas están arruinadas porque andá a saber lo que harán los internos, y para colmo algunos repuestos son irrecuperables. A la tarde, el delegado de la Central dice que tiene que hablar con la gente de la Secretaría. Que si no hay guita nos pagan hasta hoy y el trabajo se suspende. Cuando salimos, voy a tomar algo con mis compañeros, dos pibes que estudian para traductores, y me ofrecen un poco de pasta en el baño del bar. Les digo que no y después llamo a Dolores para avisarle que tengo reunión en el local y que no me espere a comer. De paso le pregunto si va a estar Santiago y antes de cortarme dice que no la joda más con su hermano y me olvide de todo, que Santiago ya se va. En el local me abre Noemí y adentro están Zapatilla, Eduardo, el Colo y Anselmo, que no venía desde hace meses. Eduardo se afeitó la chiva y cuenta que la negra Carla se fue a Santos Lugares a comprar fertilizante para su huerta y que por eso hoy no viene, que Oscar está de viaje y que el resto ni siquiera avisó. Discutimos como dos horas lo de los antibióticos que supuestamente llegan la semana que viene. No llegamos a nada, o por lo menos no me queda nada claro. Después leemos comunicados de otros nodos de la Red, que como siempre denuncian el avance de la escalada represiva. Descongelamos y comemos unas tartas que había en el freezer. Según Zapatilla, el abogado va a traernos carta de Axel la semana que viene. Ninguno parece demasiado entusiasmado ni preocupado. Al final Anselmo se va con Noemí. Quedamos en reunirnos de nuevo la semana entrante por el tema del salvoconducto para ir al mercado de Liniers a buscar verdura más barata. Yo también empiezo a saludar, pero Zapatilla me dice que espere un poco para hablar del partido de fútbol de la semana que viene contra la gente de Agronomía. Estamos el Colo, Zapatilla, Eduardo y yo. El Colo dice que su amigo de la bicicletería le pasó el número de una chica que hace domicilios y hasta el año pasado trabajaba en un crucero. Zapatilla se emociona y pide que la llame ya mismo porque seguro que va a tardar y además no quiere volver a caer en la puta nueva del barrio. Me pone una cara mientras lo dice, se hace el pillo. Pregunto quién es la puta nueva y Eduardo y el Colo se hacen los que ni idea, pero Zapatilla me dice que se nota que anduve con laburo porque todo el mundo sabe que Mabel se regala por monedas. Al principio quiero creer que es una broma y que el pelotudo nada más quiere que le arruine la cara. Pero se hace un silencio denso y me doy cuenta de que es en serio. Me preparo un fernet bien cargado y respiro hondo. Zapatilla pide el número de teléfono de la chica del crucero y dice que la llama él y de paso también pide un par de cervezas. Me tiro en una de las sillas y cuando estoy más tranquilo digo que el Toro era amigo mío, no puedo creer que Mabel haya terminado así. Eduardo dice que es la vida, que su primera novia está presa. Y el Colo agrega que no me queje porque seguro que mi cuñado le metió a Mabel la idea esa de mandarse a mudar, porque dicen que el santito le hace de gigoló y ella está enamorada y le hace caso. Ahí no aguanto más y me le tiro encima, lo agarro del cuello y después de hacer que se agache le grito que se vuelve a meter con mi familia y le rompo la cabeza con un sacacorchos. Eduardo y Zapatilla nos separan y mientras me empujan y empiezo a bajar un cambio me doy cuenta. Tardo un segundo de más por el alcohol que tengo encima, pero de pronto está todo claro. Mi cuñado también se coge a Mabel, se la enfiesta gratis, y gracias a ellos dos a esta altura ya debemos estar todos afectados.

Una vez que confirmo que Dolores y Martín están bien dormidos, abro la puerta de la pieza de Santiago sin golpear. Tengo un revólver con tambor que le compré a un compañero de la Central metido en la cintura de mi pantalón. Santiago está en cueros y por la espalda se pasa una esponja azul mojada con algo que hace espuma. Tiene los auriculares puestos y mueve la boca como si cantara, pero apenas me ve entrar los desactiva y me pregunta qué pasa. Sobre la bolsa de dormir hay un libro escrito en portugués, y de la mochila de cuero asoman unos paquetes de papel madera. Le digo que le pasó algo a Mabel y que necesito que me diga si la contagió. Se levanta, se viste rápido y cuando va a empujarme para salir le muestro el arma y le digo que se quede en el molde. Contestame pendejo, la contagiaste o no. Vos estás celoso, me dice, y cuando vuelvo a preguntarle jura que a Mabel no la contagió de nada porque lo suyo es una ramificación. Le digo que lo de Mabel no es grave pero la encontramos en la calle, quisieron afanarle unos pendejos de la Santa Rita y entonces para no preocupar a las nenas la llevamos al local. Ella nos pidió que te avisáramos, así que mejor venite conmigo y no digas nada para que Dolores no se preocupe. Por suerte obedece y salimos juntos. Me adelanto y cuando pasamos el volquete de la esquina salen el Colo, Zapatilla y Eduardo, y después de un par de forcejeos lo dejan tirado en la calle. Ahí tenés, taekwondo. Concha de tu madre. El flaco cae de rodillas y lo cargamos entre los cuatro. En el local le atamos las muñecas con los pedazos de cuerda plástica que habíamos dejado preparados y le metemos la cabeza en una bolsa de consorcio con agujeros para que respire. Zapatilla tiene los ojos muy rojos, estornuda y dice que nos apuremos. Después se va al baño y escucho que habla con su vieja, que está medio sorda. Le grita que esta noche no vuelve, que apague todo y se acueste. El Colo está hecho una planta. Lo único que hace es espiar en la puerta de calle por si viene alguien. Pienso en Martín, que debe estar durmiendo. Ojalá que esté durmiendo. Eduardo me pide que lo ayude a registrar a mi cuñado porque para que Mabel no dude hay que llamarla de su celular. Santiago no tiene el teléfono encima y tratamos de reanimarlo pero no reacciona. Vuelvo a casa de una corrida. Después de revisar todo encuentro el teléfono abajo de la almohada. Aprovecho y también me llevo la mochila con los paquetes. Una vez en el local los abrimos y vemos que tienen azúcar sin refinar y adentro dos o tres esconden unos bagullos de pasta. Dejamos la mochila sobre una silla y el Colo llama a Mabel con la misma excusa: encontramos a Santiago en la calle y lo trajimos acá para el local, nos dio el teléfono para llamarte porque está débil y con calmantes. Mabel llega en menos de diez minutos con la cartera abierta y la marca de la almohada en la mejilla. Está hermosa, con el mismo abrigo que tenía la última vez que cogimos. Con fuerza para solucionar la situación y sin ganas de explicarle nada a nadie. Sin darse cuenta de que Santiago está atado corre a tocarle la frente, y atrás de ella Eduardo pega un salto y empieza a patearla mientras le dice yegua de mierda querías matarnos a todos. Me quedo duro. El Colo y Zapatilla los separan. Mabel se retuerce pero al final conseguimos atarla. No puedo mirarla a los ojos. La boca se le deforma cuando trata de gritar y siento un pinchazo de calentura. Cambio el switch y, como puedo, empiezo a explicarle que si los agarran empiezan con la requisa y terminamos todos para atrás. Ella grita como puede hasta que Zapatilla la ata mejor. Les grita a los otros, a mí ni siquiera me mira. Ahora Eduardo se fue a la cocina y llora, el Colo fuma como un animal y yo monto guardia para estar seguro de que afuera no hay movimientos raros. Espero que se tranquilice y le digo nombres Mabel, necesitamos nombres. Con quiénes estuviste. Tres horas más tarde tenemos una lista y le juro que de las nenas voy a hacerme cargo yo. Zapatilla va a lo del padre a buscar el flete, y trae dos serruchos no muy afilados de la época en que hacían muebles a medida. Sube el flete a la vereda, de culata. Nosotros subimos los cuerpos de Santiago y de Mabel, nos metemos, tapamos todo con la lona y nos ponemos a trabajar, solamente con la luz de una linterna. Busco un balde para los vómitos en el local. A eso de las cinco de la mañana, con el Colo y Eduardo cargamos unas siete bolsas de consorcio selladas con cinta aisladora y nos tomamos el tren que va para el basurero de Bella Vista. Zapatilla se queda en la cabina del flete, duro, y ni nos preocupamos en que nos acompañe. La estación está casi desierta, y nos ponemos en ronda para que no aparezca un gato de la nada y se tire encima de las bolsas. Pasan los vagones blindados y saltamos al anteúltimo. Durante el viaje pienso en que ojalá no se haga de día. Pienso en las formas de pedir perdón. Cuando el tren empieza a frenar, antes de bajarnos, tiro la petaca vacía de Mabel por una de las ventanillas rotas.

*Hernán Vanoli (1980) es guionista, investigador y editor. Publicó relatos en diversas antologías nacionales y extranjeras, una nouvelle pulp, los ensayos El amor por la literatura en tiempos de algoritmos y Los dueños del futuro (en colaboración con Alejandro Galliano); los relatos Varadero y Habana maravillosa y Pyongyang, y las novelas Pinamar y Cataratas.

(De: Varadero y La Habana maravillosa)