Ganó el trumpismo

Trump podría dejar de ser presidente de EE UU, pero la mentira, la violencia y la megalomanía que ha impuesto ya han contagiado a mandatarios por todas partes

Por Antonio Ortuño

Donald Trump, presidente de EE UU, durante su ingreso en el hospital por covid.

Falta poco menos de un mes para que se elija a quien será presidente de Estados Unidos en el periodo 2021-2024. Las encuestas y apuestas están del lado del demócrata Joe Biden, por sobre el crispado y enfermo (no metaforizo sobre su estado mental, sino confirmo su diagnóstico de covid-19) mandatario actual, Donald Trump, quien busca la reelección. Pero como Trump también llegó abajo en los indicadores a las anteriores presidenciales y al final resultó electo, nada está garantizado. Si acaso, puede colegirse que su insistencia en quejarse del voto por correo, y lanzar acusaciones de que se prepara un fraude en su contra, son síntomas de que sus posibilidades son pocas. Pero «pocas» no es sinónimo de «ningunas» y sería sabio no darlo por derrotado.

Quizá sea pronto para hacer un análisis global de la «era Trump», ya que existe el riesgo de que se prolongue. Sin embargo, sí que es posible hacer apuntes sobre sus cuatro años de gobierno y, en especial, sobre sus modos de hacer política, puesto que han influenciado drásticamente al resto del mundo y marcado la agenda internacional. Por más más odiado y parodiado que sea, es indudable que Trump ha conseguido convertirse en el espejo en que muchos poderosos se miran.

Tres son las características a destacar en el estilo de Trump (y puede notarse que sus discípulos en diversos países y niveles de gobierno lo imitan concienzudamente): la mentira sistemática, la hiperviolencia retórica y simbólica, y el perpetuo recurso de la sorpresa.

Comencemos por lo más destacado: la falsedad. Trump miente por método. Su discurso consiste en negar o arrojar sombras de duda a los datos objetivos y documentados que no le convienen (y que son multitud, en especial en materias que le son antipáticas, como el medio ambiente, la salud, o los derechos humanos), en ser ambiguo o contradictorio sobre temas en los que aún no decide una postura, y en decir mentiras sin pestañear cuando quiere sacar provecho. Su insistencia en calificar como «fake news» toda información que atente contra sus intereses, a la vez que recurre a las «postverdades» y «hechos alternos» para dar argumentos a sus partidarios ya es todo un hito del cinismo. Todos los gobiernos mienten o distorsionan la realidad a su conveniencia, de algún modo, pero desde la época de los totalitarismos (Hitler o Stalin no solo son un par de los mayores asesinos de la historia, sino también dos de los mayores embusteros) ha sido raro que un mitómano llegue tan lejos. Trump es el padrino de la restauración del recurso de la mentira descarada y a gran escala.

En segundo término están la violencia de palabra y de símbolo. Trump es incapaz de relacionarse con quien piensa diferente a él más que mediante la injuria, la amenaza, la burla y la puya. Y le encanta la política del terror: lo muestran los niños migrantes metidos en jaulas por orden suya, las manifestaciones de sus partidarios armados, sus gritos e interrupciones continuas a los periodistas que le plantean interrogantes o a sus rivales (¿cuántas veces interrumpió a Biden en el primer debate? ¿doscientas?). Conozca o no a Maquiavelo, Trump piensa que para un poderoso es preferible ser temido que amado. Y se esfuerza cada día en infundir temor.

El último punto es la sorpresa. Trump favorece las negociaciones en la sombra y los golpes de efecto. Cuando nadie lo espera, saca de la manga pláticas con Corea del Norte, con gobiernos islámicos, con quien sea, con tal de presumir «triunfos» súbitos. Su agenda es opaca, por no decir oscura. Le gusta operar solo, sin involucrar a sus rivales en el Congreso y haciendo los anuncios, cuando los hay, él mismo, sin dejar espacio a que ningún secretario o negociador se luzca. Su narcisismo es implacable.

Y el problema principal de todo esto es que Trump podría dejar de ser presidente de EU el próximo mes de enero. Pero la mentira, la violencia y la megalomanía que ha impuesto como sellos personales ya han contagiado a mandatarios por todas partes. Y ellos y sus partidarios seguirán allí, al menos de momento. Trump podrá irse, quizá, pero el «trumpismo» ya está enquistado en la política.

El País

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