Garavano y la farsa del servilismo crítico

Por Ricardo Ragendorfer

Con la imagen del macrismo en caída libre, en medio del incendio económico, la descomposición partidaria y los escándalos penales, el ministro de Justicia, Germán Garavano –según deslizó la revista Noticias el 11 de abril–, cavila la abdicación anticipada. Sus colaboradores lo describen alicaído, agotado y, por momentos, al borde de un colapso nervioso. Los motivos: el destrato recibido desde la Casa Rosada a lo largo de toda su gestión, la tozudez presidencial, el autoritarismo de la cúpula del PRO hacia los funcionarios, el gran encono que le dispensa Marcos Peña y los continuos ataques de Elisa Carrió (quien hasta lo trató públicamente de «imbécil») sin que nadie salga a defenderlo. Pero la gota que rebalsó el vaso fue la reciente orden de impulsar el juicio político al juez federal de Dolores, Alejo Ramos Padilla, algo que él acató con los dientes apretados, a sabiendas de su imposibilidad de prosperar y del descrédito que dicha iniciativa causaría. ¡Pobre Germán!

Para su desgracia, tal estado de incertidumbre coincide con el salto a la luz de su participación directa en el armado de un falso testimonio del valijero Leonardo Fariña para incriminar a Cristina Fernández de Kirchner en la causa del lavado de dinero. Una grave trapisonda institucional –dada su jerarquía en el Poder Ejecutivo– cuyo cuerpo probatorio incluye correos electrónicos con las instrucciones argumentales al respecto e intercambios de WathsApp entre la abogada Giselle Robles y él para ajustar ciertos aspectos de la maniobra, no sin sumar el hostigamiento padecido por ella tras correrse de la escena.

Aquella historia –transcurrida en 2016– habla de la enorme vocación de servicio de Garavano. Una actitud patriótica que supo convivir en armonía con sus objeciones personales. Así es que lo suyo se inscribe en una tipología de gestión que bien se podría tildar de «servilismo crítico».

No está de más refrescar su trayectoria.

En sus tiempos de fiscal general de la ciudad, puesto al que accedió sin cumplir con la ley vigente, ya actuaba como garrote de Macri, cuando este era el alcalde porteño. Su obsesión era «limpiar la calle». Y sus blancos favoritos: manteros, indigentes y trapitos. De modo que, ya en el sillón de Rivadavia, el líder del PRO no dudó en premiarlo con un ministerio para que implementara el apaleo y la persecución de manifestantes como políticas públicas.

Ese sujeto de piel aceitunada, pelo revuelto, gafas y eterno traje oscuro reconoce su origen en think tanks como Pensar y Fores; este último, un antro que nutrió de cuadros jurídicos a la última dictadura y que, desde 2004, está abocado a denostar los juicios por delitos de lesa humanidad. Ese justamente es uno de los ejes de su gestión. De manera que las tertulias con abogados de genocidas, audiencias con sus familias en la ex ESMA, encuentros con Cecilia Pando, negacionismo en módicas cuotas y teoría de los dos demonios a granel, forman parte de su agenda oficial. Su máximo logro fue haber transformado el crimen de Santiago Maldonado en un percance en el ejercicio de la natación, sin desmerecer su aporte en la destitución de jueces díscolos ni la epopeya que dirigió contra la procuradora Alejandra Gils Carbó. Todo, sin recibir a cambio más que el menosprecio del «patrón».

¿Acaso el juicio de la Historia le resultará más benévolo?

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