Geolocalización: ¿combatir la pandemia o controlar a la sociedad?

Por Ricardo Forster

Hay un enunciado que comienza a escucharse con sospechosa insistencia: «la nueva normalidad» que va unida, cada vez que alguien la pronuncia, a otras palabras algo más alambicadas como «geolocalización», «big data» y «digitalización algorítmica». La pronuncian desde las altas esferas de la política en diversos países, se la escucha en los medios de comunicación como si fuera un mantra que afirma la inexorabilidad de prácticas individuales y colectivas asociadas a tecnologías virtuales que delinearán nuestras vidas desde el fin de la pandemia, la multiplican desde las redes sociales ciudadanos que imaginan que estamos entrando a un tiempo nuevo en el que nada será igual al pasado, la deslizan por sus infinitos canales las grandes corporaciones tecno-digitales –y sus ceos estrellas de un mundo de fantasía que ha pasado a ser «nuestra realidad»– que saben que ellas son las ganadoras de esta época y las que delinearán no sólo nuestro aquí y ahora pandémico sino la dinámica y las formas del futuro inmediato. Lo cierto es que pocos explicitan qué significa esa «nueva normalidad» aunque muchos intuyen que traerá aparejados cambios exponenciales en nuestro modo de vincularnos socialmente, en las formas del trabajo, en las prácticas educativas, en la manera de expresar nuestros afectos y hasta nuestra sexualidad, en los entramados públicos que dejarán de ser cajas de resonancia para que las multitudes manifiesten sus acuerdos y sus disensos con gobiernos y políticas económicas, sociales y culturales dejando que eso lo hagan las plataformas digitales que reemplazarán a los cuerpos en las calles y plazas por chats masivos, polifacéticos, multiformes, tribales donde lo virtual reemplace a lo material, donde el flujo constante de información sea el núcleo de toda forma posible de participación y donde un algoritmo me encierre especularmente –en tanto individuo– haciéndome creer que viajo por una geografía abierta y plural mientras, en verdad, no salgo de mi habitación forrada de espejos en los que sólo veo replicadas imágenes de mis obsesiones, mis deseos, mis prejuicios, mis fantasías y de aquellos que las comparten (¡bienvenidos a los guetos virtuales!). Nada más alejado de la realidad que un microcosmos confundido con el universo que replicará mis fronteras intelectuales y mis limitaciones éticas y culturales haciéndome creer que mis posibilidades son ilimitadas y mis alcances cognitivos cada día mayores. «Si todo esto suena familiar –escribió Naomí Klein– es porque, antes del Covid, este preciso futuro impulsado por aplicaciones y lleno de conciertos nos fue vendido en nombre de la conveniencia, la falta de fricción y la personalización. Pero muchos de nosotros teníamos preocupaciones. Sobre la seguridad, la calidad y la inequidad de la telesalud y las aulas en línea. Sobre autos sin conductor que derriban peatones y aviones no tripulados que destrozan paquetes (y personas). Sobre el rastreo de ubicación y el comercio sin efectivo que borra nuestra privacidad y afianza la discriminación racial y de género. Sobre plataformas de redes sociales sin escrúpulos que envenenan nuestra ecología de la información y la salud mental de nuestros hijos. Sobre «ciudades inteligentes» llenas de sensores que suplantan al gobierno local. Sobre los buenos trabajos que estas tecnologías eliminaron. Sobre los malos trabajos que producían en masa.»[1]

La «normalidad» anterior a la pandemia nos prometía –bajo la forma de una fábula que el virus se encargó de hacer trizas para evidenciar lo que efectivamente sucedía con las mayorías populares– ese escenario acogedor y sin fricciones en el que cada uno se sintiera personalmente interpelado y reconocido en sus gustos y sus necesidades. Todavía imaginábamos un mundo complementario donde lo virtual y lo corporal pudieran convivir en armonía. Y llegó el Covid-19 que nos dejó estupefactos. Los gobiernos entraron en pánico o fueron incapaces de enfrentar la pandemia más avisada de la historia simplemente porque habían desactivado en gran medida sus sistemas públicos de salud en nombre de la eficiencia, el control del gasto fiscal y la «salud» de la economía que no podía seguir despilfarrando recursos en nombre de una Estado de bienestar arcaico y reaccionario que impedía la realización de las «grandes transformaciones» que harían mejores nuestras vidas. La angustia, el miedo y la demanda de seguridad se multiplicaron. Y ahí estaban, listas y disponibles, las tecnologías digitales que harían más amable la noche de la cuarentena que lejos de retrotraernos a la Edad Media, como decían algunos, nos conduciría directamente al futuro que nos esperaba a la vuelta de la esquina pero que todavía no alcanzábamos a disfrutar en plenitud. Tecnologías que no sólo nos permitirían sortear el aislamiento social poniéndonos en contacto virtual con parientes y amigos, sino que también habilitarían otras formas de trabajo, de educación y de control del virus, ofreciéndonos la posibilidad no sólo de protegernos del contagio y de los peligros del afuera, sino que harían más acogedor y seductor el adentro de nuestros hogares. El ideal, hasta ahora utópico, de una vida «completamente segura» se vuelve cada vez más próximo allí donde aceptemos que serán las tecnologías digitales las encargadas de reducir al máximo la peligrosidad de existencias corporales que conviven con amenazas que provienen de un mundo materialmente inseguro. Para nuestra tranquilidad –eso también se repite como un mantra desde las usinas mediáticas que replican a los Bill Gates y Benzos de la nueva aldea global–, la geolocalización, nos permitirá, entre otras cosas fascinantes, que podamos seguir –y por qué no desactivar con la ayuda de las fuerzas de seguridad– cada una de las amenazas o de lo que produce algún ruido o disturbio en nuestra cotidianidad –sea un virus, un terrorista, un afiebrado que no lo sabe e igual sale de su casa, un indocumentado, un supuesto ladrón y un largo etcétera que incluye seguimientos múltiples por parte del «gran ojo»–. En nombre de la salud y del cuidado se pondrá en funcionamiento un dispositivo de alcances fenomenales que acabará por auscultar cada milésima de nuestros movimientos, adentro y afuera de nuestras casas haciendo añicos cualquier resto de privacidad o intimidad que nos queda en una sociedad dominada por las pantallas, los geolocalizadores y el sanitarismo elevado a religión de Estado por los mismos que hicieron lo posible por desarmar los sistemas de salud en nombre de la rentabilidad, el equilibrio fiscal y los protocolos inviolables del gasto público. La ya delgadísima línea que separa lo íntimo de lo público simplemente desaparecerá. Bancarizados e insertos en el éter de internet, cada una de nuestras acciones –comprar un libro, salir a cenar, ver una película, encontrarnos con un amigo o amiga, planificar un viaje, fumar marihuana mientras escuchamos música, sacar un crédito, tomar el tren o el auto bus, escribir un panfleto contra las injusticias del mundo– serán registradas e irán a esas nubes virtuales –y absolutamente fantasmagóricas– desde las que toda la información de nuestras vidas estará a disposición para ser usada a nuestro favor o en nuestra contra dependiendo de una coma o un punto mal o bien puestos en el discurso del poder. ¿Eso es lo que deseamos como corolario de una pandemia que le abre las puertas a la vigilancia generalizada? ¿Será la nuestra una sociedad organizada a partir de los algoritmos capaces de adelantarse a nuestros deseos más ocultos y reguladores de nuestra transformación en sujetos automatizados que no harán otra cosa que responder a los incentivos pregonados por la googlenización del mundo? ¿Seremos capaces de sustraernos a la geolocalización universal rebelándonos contra la captura de cada uno de nuestros movimientos? Preguntas que no quieren prefigurar un futuro distópico.

Nuestras casas se convirtieron en mónadas que, a través de sus «ventanas» virtuales, nos abrieron el universo en su diversidad supuestamente polifónica e inacabable. Horas y horas de pantalla se transformaron en nuestras actuales formas de socialización y de información. Se multiplicaron de modo exponencial los flujos virtuales que alimentan infinitamente, y como nunca antes, los algoritmos que le permiten a las grandes corporaciones tecno-digitales con sedes californianas, construir una gigantesca malla de información, conocimiento y vigilancia como jamás existió respecto a nuestros gustos, nuestros movimientos, nuestros deseos inconscientes, nuestras angustias, nuestros miedos, nuestros prejuicios, nuestros códigos genéticos, nuestra salud, nuestra actividad física y sexual, nuestros saberes, nuestras inclinaciones políticas e ideológicas, nuestras transgresiones, nuestras ignorancias y nuestros errores que ni siquiera sabemos que los estamos cometiendo. Como un gigantesco Aleph borgeano en el que se condensa la totalidad de nuestras vidas sin que seamos del todo conscientes de lo que significa este flujo incesante que se alimenta de nosotros ya no sólo para transformar en mercancías nuestros gustos, inclinaciones y deseos sino para desplegar, como nunca antes en la historia de la humanidad, una red de control y vigilancia que hace del panóptico diseñado por Jeremy Bentham un rudimentario instrumento arquitectónico para vigilantes improvisados. Quizás con un cierto apresuramiento Giorgio Agamben, cuando todo recién estaba comenzando, alertó sobre la relación entre la pandemia y el «estado de excepción», anticipó una expansión ilimitada de los controles y de la vigilancia bajo la modalidad de tecnologías del seguimiento que encuentran en la geolocalización un instrumento formidable como nunca antes se tuvo en la secular existencia de las estrategias biopolíticas de la modernidad burguesa. Tal vez se adelantó al rostro cadavérico del virus y su impacto en los cuerpos reales, pero no por ello su alerta careció de verosimilitud ni mucho menos mereció el rápido rechazo y hasta desprecio de un sinfín de voces que se levantaron para lapidarlo en la plaza pública como si hubiera cometido un pecado inexcusable. El estado de excepción está entre nosotros, se ha colado junto al Covid-19 acelerando su expansión a través de las tecnologías digitales que amenazan con transformar nuestras vidas reales en simulacros, nuestra intimidad en una quimera inalcanzable y nuestra libertad en una acción subversiva. Pero también es cierto, y acá me permito distanciarme de Agamben, que necesitamos un Estado que, en momentos únicos, deba actuar con una lógica que proviene de esa excepcionalidad que después debería abandonar en nombre de la democracia, la igualdad y la libertad. Es fácil decirlo y mucho más difícil sortear las consecuencias performativas que esas acciones despliegan en la vida de las sociedades. El peligro está allí y, tal vez precisamente por eso, no podemos comprar, sin beneficio de inventario, el paquete entero que buscan vendernos las corporaciones de Silicon Valley.

Álvaro García Linera lo ha dicho con claridad y contundencia: «Los seres humanos somos seres globales por naturaleza y nos merecemos un tipo de globalización que vaya más allá de los mercados y los flujos financieros. Necesitamos una globalización de los conocimientos, del cuidado médico, del tránsito de las personas, de los salarios de los trabajadores, del cuidado de la naturaleza, de la igualdad entre mujeres y hombres, de los derechos de los pueblos indígenas, es decir, una globalización de la igualdad social en todos los terrenos de la vida, que es lo único que enriquece humanamente a todos. Mientras no acontezca eso, como tránsito a una globalización de los derechos sociales, es imprescindible un Estado social plebeyo que no solo proteja a la población más débil, que amplíe la sanidad pública, los derechos laborales y reconstruya metabolismos mutuamente vivificantes con la naturaleza; sino que además democratice crecientemente la riqueza material y el poder sobre ella, por tanto, también la política, el modo de tomar decisiones que deberán ir cada vez más de abajo hacia arriba y cada vez menos de arriba hacia abajo, en un tipo de Estado integral que permita ir irradiando la democrática asociatividad molecular de la sociedad sobre el propio Estado.»[2] Asumiendo esa perspectiva emancipadora permítasenos sospechar de las bondades de las tecnologías de la geolocalización y de los algoritmos que se articulan como ingenieros de la vida social a partir de las plataformas digitales. Hay un resto de incompletud, de ambigüedad, de lógica asimétrica, de azar y de misterio que hacen de la vida en general, y de la de los humanos en particular, una experiencia laberíntica e imprevista incluso para los que suponen que tienen, al fin, las tecnologías todopoderosas capaces de alcanzar la más pura transparencia. Siempre quedará una mancha, un resto de opacidad, una migaja de suciedad capaz de impedir que hagan su trabajo final las máquinas de la limpieza totalitaria.

Referencias:
[1] Naomí Klein, «Distopía de alta tecnología: la receta que se gesta en Nueva York para el post-coronavirus», The intercept, en Lavaca, 13/05/20.
[2] Álvaro García Linera, «Pánico global y horizonte aleatorio», conferencia inaugural en el Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín, 30/3/2020.

La Tecl@ Eñe Revista Digital de Cultura y Política

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