Good bye mister Manguel

Por Pacho O’Donnell*

Imagen: Télam

La antinomia entre Sarmiento y Hernández fue retomada por el ahora ex director de la Biblioteca Nacional Alberto Manguel, quien en una entrevista al poco tiempo de asumir afirmó muy suelto de cuerpo que “nuestro modelo no puede seguir siendo Martín Fierro”. Y explicó: “No puede seguir siendo el hombre que ha sido tratado injustamente y por eso se convierte en desertor, desconfía absolutamente de la autoridad y hace que esa desconfianza se contagie incluso a los que actúan justamente al servicio de esa autoridad, como Cruz. No podemos seguir escuchando los consejos del Viejo Vizcacha. Basta. Tenemos que encontrar otro modelo. Y los hay. En nuestra literatura o en otras”.

Estimado Manguel, usted ha vivido muchos años fuera de la Argentina y tampoco lo disculpa el breve tiempo que le llevó su pobre gestión el haber estado ciego a que hoy millones de personas como Fierro en nuestro suelo son tratadas injustamente, convertidas en desertoras de la sociedad del trabajo y que desconfían absolutamente de la autoridad y que la conciencia de ello contagia a otros que se suman al reclamo ante una sociedad injusta .

Es justamente esa representatividad que no sabe de tiempos la que explica la sólida vigencia del “Martín Fierro”. Es coherente que desde su lugar social aparentemente celebrado en Europa, Manguel se pronuncie por “encontrar otro modelo”. Según sus palabras “hay muchos modelos posibles y no necesariamente argentinos”… ¡Como si los modelos pudiesen decidirse por decretos o leyes! Los modelos representativos, no impuestos, son los que surgen del seno de los sectores populares, porque, como escribiese Hernández,”el fuego pa calentar / debe ir siempre por debajo”.

El Martín Fierro es un libro político, escrito con una intención: contar las desventuras del pueblo bajo en los tiempos de la Organización Nacional. Las pampas ganadas inmensas, donde los gauchos habían vivido, procreado y cazado con libertad, ahora eran alambradas por unos pocos terratenientes que, definitivamente aliviados por la oscura victoria en Pavón, los contrataban en condiciones de máxima inequidad social y a rebencazo limpio. La rebeldía a este destino miserable se pagaba con la ley de levas, el reclutamiento forzoso para servir en la guerra con el Paraguay o en la frontera con los indios. La vagancia, es decir ser pobre, desocupado, no tener tierra propia, ser “vago y mal entretenido”, era considerado delito. Solo le quedaban al gaucho dos caminos: vivir dentro de la ley, “conchabados” y abusados por los ricos, o vivir por fuera y con riesgo de morir en la pelea con el indio o castigado por un juez de paz omnímodo. Es esta condición social, vigente hasta hoy con las traducciones pertinentes, lo que denuncia Hernández y para ello toma y perfecciona magistralmente la tradición de la poesía gauchesca y la lleva a estilo original.

Es este sentido el que le ha dado su lugar en una literatura rebelada en contra del canon ajeno, europeísta,que aún hoy perdura y del que Manguel es ejemplo, un ensayista que a veces escribió en castellano. Es su valor de símbolo el que ha hecho incómoda la obra de José Hernández, la que ha dejado jirones en la batalla por ser considerada algo más que un poema folklórico. Leopoldo Marechal, no en vano poeta y peronista, lo comprendió bien: “Es el símbolo de todo un pueblo que, súbitamente, se halla enajenado de su propia esencia y por lo mismo hurtado a las posibilidades auténticas de su devenir histórico”.

Se comprende entonces la inquina del conservador-liberal Manguel con el “Martín Fierro”. Carlos Gamerro, en una entrevista a raíz de su muy interesante libro acerca de la dualidad Sarmiento-Hernández, cita a Borges señalando que el tiro de criticar al poeta le salió por la culata pues se abrió el camino a la lectura política en clave nacional-popular que luego haría el peronismo. “En algún sentido, lo que está diciendo Borges es que, por canonizar el Martín Fierro, nos ligamos el peronismo”. En el epílogo a las obras completas de 1974, dice de Hernández que “contribuyó sin saberlo y sin sospecharlo a esa exaltación de la barbarie que culminó en el culto del gaucho, de Artigas y de Rosas”.

Y acierta: el Martín Fierro preanuncia el peronismo, no hay que hilar mucho para entender que el rechazo es el mismo, el prejuicio los hermana. Borges sospecha con razón que Hernández hubiese sido peronista y Martín Fierro también. Sabe que la conciencia y rebelión social están latentes detrás del gaucho hernandiano.

A Manguel debe reconocérsele su coherencia de seudointelectual global porque no dudó en pontificar cuando se enteró de que hay una estación de subte que lleva el nombre de Juan Manuel de Rosas: “Nos quedamos cortos. ¿Cuándo va a haber una estación de subte que se llame Calígula?”. No le bastó con que otros intolerantes le hayan agregado “Villa Urquiza”.

Deseoso de ser confundido con Borges, a pesar de la insalvable distancia de sus talentos, podría haber escrito: “Creo que hemos confundido el mérito estético del Martín Fierro que, ciertamente es grande, con el hecho de suponer que ese libro nos representa. Yo no me siento representado por ningún gaucho, y menos por un gaucho matrero. No hay ninguna razón para que ocurra esto”. Para Marechal, en cambio, esa obra es “la materia de un arte que nos hace falta cultivar ahora como nunca: el arte de ser argentinos y americanos”.

El final de aquella entrevista con Manguel es casi torpemente revelador. Se le preguntó qué pensaba hacer con su biblioteca personal de 40.000 libros y el entonces director de nuestra Biblioteca Nacional, institución fundada y nutrida de donaciones, siempre ávida de ellas, respondió cínicamente: “Había pensado dejarla a una institución que esté creándose, por ejemplo una universidad nueva”. Obviamente no lo hizo en Argentina.

* Historiador, escritor y psicoanalista

10/07/18 P/12

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