Graciosos y valientes

Multitudes inundaron las plazas este 24, dando testimonio que dice que logramos sembrar memoria

Por Graciana Peñafort

Foto: Charo Larisgoitia

Me cuesta sentarme a escribir esta nota porque aún estoy conmovida y maravillada por la manifestación multitudinaria de un pueblo enarbolando las banderas de Verdad, Memoria y Justicia, por conmemorarse un nuevo aniversario del golpe cívico militar del 24 de marzo de 1976. Porque como sociedad seguimos recordando a los nuestros y como sociedad seguimos buscando Justicia y Verdad.

Por la pandemia no pudimos salir a las calles durante dos años y creo que todos los que estuvimos en la plaza nos descubrimos invadidos por una extraña euforia de reencuentro. La alegría de poder volver a un espacio que sentimos propio. Las calles y las plazas. Las banderas.

Hay quienes cuestionan las banderas políticas que pueblan las plazas del 24 de marzo. No comparto ese cuestionamiento, Porque las banderas representan las causas por las cuales peleaban aquellos y aquellas que conmemoramos y recordamos ese día.

Porque no nos engañemos, una enorme mayoría de los que murieron o sufrieron atrocidades por el terrorismo de Estado eran militantes. Creían, trabajaban y enseñaban sobre política. Y por sus ideas políticas fueron asesinados por el Estado, transmutado en supremo censor, juez y asesino. Sólo con un objetivo: acallar las ideas políticas. Silenciar todo lo diferente a aquello que defendía y promovía la dictadura. Así desaparecieron homosexuales, judíos, peronistas, comunistas, radicales, intelectuales, obreros, maestros, estudiantes, sacerdotes, periodistas, médicos, abogados, hombres y mujeres comprometidos con su tiempo y con su realidad. La barbarie no perdonó nada por fuera de la norma e intentó silenciarlo todo.

Pero no lograron silenciarlo y no lograron borrar los vestigios de esas luchas. Y por eso llevamos banderas y símbolos de esas peleas. Que siguen vivas en la memoria colectiva de este pueblo que le gano al horror y al olvido. Por eso marchamos, cargados de banderas y símbolos que representan esas vidas.

También llevamos hileras de fotos, para que esas caras y eso nombres no se olviden jamás.

Y a la violencia desatada no le sucedió otra violencia, sino la marcha pacífica y constante de unas mujeres que dieron infinitas vueltas a un absurdo monumento, pidiendo por sus hijos. Por sus nietos. Por cada uno y por todos. Hebe de Bonafini suele decir con esa sabiduría infinita que da el dolor, que las madres empezaron como madres de unos y se volvieron madres de todos. Y tiene razón. Nosotros también las sentimos nuestras madres y nuestras abuelas. Y por eso es que el pueblo las abraza.

Siempre amé la historia de cómo comenzaron las vueltas. Las madres manifestaban y las fuerzas de seguridad les indicaron que no podían permanecer allí donde estaban, unas poquitas pidiendo por los desaparecidos y les ordenaron circular. Y eso fue lo que hicieron, empezaron a circular dando vueltas alrededor y al día de hoy, siguen dando esas rondas. El único camino circular que condujo a algún lado. Nos condujo a todos de regreso a la democracia y a la plena vigencia del Estado de Derecho.

Las plazas del 24 de marzo son plazas de la vida. De la que recuerda de dónde viene y la que construye dónde va. El camino digno a seguir recorriendo para que en la Argentina nunca más reine el terror. Por eso no son plazas solemnes, sino llenas de vida, de consignas cantadas a coro, de cantos de marcha y de mucho rock and roll.

Hay quienes preferirían que fueran plazas tristes y silenciosas. Por suerte no lo son. Son plazas desbordantes de vida, de esperanza y de ausencia de resignación. Son plazas de lucha y de futuro. Y la historia nunca avanza en silencio. En silencio avanzan los cobardes y los cínicos. Pero en esas plazas lo que hay son, precisamente, ni cobardes ni cínicos.

Lo que amé este 24 de marzo fue la enorme cantidad de jóvenes que estaban en la marcha. Chicos y chicas que no vivieron esos días y que estaban acá, pidiendo no que tener que vivirlos jamás. Gritando «Nunca Más».

Siempre recuerdo aquel 24 de marzo que Néstor Kirchner ordenó descolgar los cuadros de Jorge Rafael Videla y Reynaldo Bignone del Colegio Militar. Y comprendimos para siempre que, descolgando esos cuadros, formó miles de cuadros políticos comprometidos con la Democracia. Porque eso también aprendimos de las plazas del 24 de marzo. El valor de lo simbólico.

Y este 24 lo simbólico fueron las multitudinarias oleadas de jóvenes que inundaron las plazas, dando testimonio que late, que canta y salta que hemos logrado sembrar memoria. Y que sobre esos pilares construiremos un futuro mejor para todos. Me emocionó mucho verlo y me emocionó más ver que mi amigo Mempo también hacia esa reflexión con una sonrisa en los labios y los ojos humedecidos, mientras nos protegíamos del frio junto a la siempre inmensa y vital Nora Lafont, orgullo de militante peronista.

Esa es otra de las cosas que amo de las plazas del 24 de marzo. Encontrarme con amigos y compañeros de militancia. Todos ahí, conmemorando a los nuestros. Con nuestros desencuentros y las cosas en las que no estamos de acuerdo, siempre son abrazos de reconocerse parte de un algo mas grande que el propio ombligo. Un nosotros sin tiempo, construido entre todos. Una identidad. Un lugar de pertenencia.

Pienso eso porque pienso en las columnas y también en las familias que ves ahí con sus hijitos. En los que van solos y los que van en grupo. No importa con quién vayas a las plazas, porque lo que te da pertenencia es ir. Estar ahí. Abrazar a ese otro que también está. Y nadie está ahí por accidente o casualidad. Los que estamos ahí elegimos estar y caminar esas plazas para encontrarnos y reconocernos en esos otros que también están. En esa memoria viviente de la multitud.

Algo que me puso un poco triste fue ver a nuestras madres y abuelas tan frágiles. Año tras año perdemos a algunas de esas mujeres maravillosas que nos parieron y me asusta el día que nos queden más que como voces que conocemos de memoria e imágenes de un tiempo del que fuimos partes. Esas locas hermosas que aprendimos a querer y respetar. Esos símbolos que respiran y caminan con nosotros y con sus pasitos nos guían al futuro. Como dijo mi querida Taty, «a pesar de los bastones y las sillas de ruedas, las locas seguimos de pie». Yo las he visto bajo solazos inclementes, bajo vientos tremendos y bajo lluvias que caían sobre todos. Como dijo el Indio Solari: ellas, tan graciosas y valientes. Es responsabilidad nuestra que tampoco sus nombres y sus luchas se olviden. Seremos nosotros quienes tenemos la obligación histórica de que sigan vivas y presentes. Como hicieron ellas con la memoria de los nuestros.

En medio del dolor y las atrocidades, somos herederos de un legado de Verdad, Memoria y Justicia. Y cada 24 de marzo honramos ese legado. Que nos constituye y nos hizo mejores. Que nos llena de orgullo. Orgullo con banderas, con marchas con cantos. Orgullo que camina la historia y la atraviesa. Orgullos que nacen y se renuevan año a año. Orgullo sin revanchas. Orgullo con Justicia. Orgullo con identidad. Yo soy una de muchos que seguimos diciendo cada 24 de marzo: «Presentes, ahora y siempre». Porque así lo creo. Así lo siento, desde las tripas. Bien sabemos y lo decimos fuerte y claro: «No nos han vencido».

El Cohete a la Luna