Grietas

Por Mónica Peralta Ramos

Imagen: William Kentridge

El galope jadeante y sobresaltado de la coronavirus continua sin dar respiro. Va y viene. Rebrota, se estanca y vuelve a desparramarse con fuerza. Ecos de su tranco febril y caótico resuenan en un mundo traspasado de angustia y zozobra. Su paso desnuda las grietas por las que brota la eterna combustión de conflictos nunca resueltos. Deja así supurar un dolor que viene de muy lejos. Un dolor que sale de las entrañas más profundas de la sociedad. Sin embargo, no nos damos cuenta de lo que esto significa.

En nuestro confinamiento, vivimos apurados. Intentamos recuperar, a ciegas, una normalidad perdida. En este apuro, ignoramos que las raíces de nuestro drama desbordan a la pandemia. Esta solo ha detonado una muerte largamente pergeñada abriendo paso a un parto rodeado de tinieblas. Volver a la normalidad, reproducir el status quo, parece ser algo imposible. El camino se bifurca. Por un lado, se profundiza lo que había. Por el otro, pareciera que se abren horizontes hasta ahora desconocidos. Estamos pues, ante un momento único, no muy frecuente en la vida de las naciones. Un momento preñado de derivaciones insospechadas donde las sociedades y los individuos, sin tener plena conciencia de lo que esta ocurriendo, trastabillan en las fronteras de un cambio social de índole radical.

La vida humana ha sido desde sus orígenes una lucha permanente por sobrevivir y reproducirse en un medio hostil. Desde un inicio, la cooperación y el conflicto estuvieron a la orden del día. Sus formas de expresión, sin embargo, han variado según las épocas, las culturas y el grado de complejidad tecnológica de las sociedades. En el presente que nos impregna, sin embargo, tanto los conflictos estructurales como la cooperación parecen haber desaparecido de la escena. Esto no es casual. Su ocultamiento es funcional a la existencia de una estructura de poder mundial cuya dinámica conduce a una crisis social de magnitud e índole inédita. La interpenetración económica, financiera y social que hoy existe en el planeta, el grado de militarización de la vida social y la capacidad destructiva acumulada en pocas manos obliga a repensar nuestra realidad inmediata, buscando reconocer en la maraña de confrontaciones circunstanciales aquellas que son esenciales para producir un cambio en la estructura de poder. Obliga también a visibilizar formas de cooperación que contribuyan a restituir el tejido social.

La ley del más fuerte redunda en una creciente concentración del poder y en una fragmentación al infinito de los sujetos sociales. Estos, sin embargo, tienden a aglutinarse en bolsones de identidad compartida a partir de un rasgo personal, como, por ejemplo: la raza. Esta aproximación, tiene sin embargo sus limitaciones: al basarse en una característica individual, impide la visión de conjunto, la existencia de intereses sectoriales compartidos a pesar de las diferencias individuales. Cuando esto ocurre, se corre el riesgo de intensificar las divisiones y demorar la llegada de un cambio de la estructura de poder que, en ultima instancia, es la causa última de la fragmentación al infinito. De ahí que el racismo está cada vez más en el centro de la escena política. Confunde y dificulta la posibilidad de un cambio radical del orden social imperante.

La manipulación del conflicto racial se da conjuntamente con la emergencia de actores sociales que aspiran a un orden nuevo aun no definido. La cuestión racial remite a la explotación del trabajo esclavo de una población afroamericana que hasta hace muy poco fue víctima de la segregación y todavía es brutalmente explotada y reprimida. A esta grieta se suma otra, gestada por un capitalismo monopólico global que ha condenado a vastos estratos de la población a una creciente desigualdad económica y social bloqueando además los canales institucionales para expresar sus reclamos. En estas circunstancias la coronavirus ha detonado una situación sanitaria, económica y financiera de índole explosiva, engendrando condiciones para la emergencia de una protesta social que, yendo mas allá de la cuestión racial, pueda eventualmente cuestionar las bases del sistema de dominación norteamericano.

Aquí, en el sur de un continente devastado por un viento norte cargado de desgracias, las turbulencias derivadas de conflictos originados en tiempos remotos sacuden nuestro presente. Los que tienen más y son los menos se resisten a conciliar intereses entre sí y a hacer concesiones a las demandas de aquellos que, teniendo poco y nada, constituyen hoy la gran mayoría de la población. La acumulación de poder económico sin límite alguno por parte de unos pocos ha sumido al país en la decadencia económica y la perpetua desestabilización política.

Este pecado original fue reconocido por algunos grandes pensadores argentinos. En 1876 Juan Bautista Alberdi reconocía en sus escritos económicos el papel ejercido por el Banco y por la Aduana en la consolidación del dominio político de Buenos Aires sobre el resto de la República. Veinte años después, Ernesto Quesada iluminaba las raíces del problema: “La cuestión del Tesoro es en el fondo el eje de toda la política argentina desde la emancipación… Las luchas civiles, las disensiones partidistas, las complicaciones políticas, el enardecimiento de unitarios y federales, de porteños y provincianos, el caudillaje mismo, todo ha nacido de ahí y ha gravitado a su derredor” (Ernesto Quesada, La época de Rosas, Editorial Urbanita 2011).

Desde 1930 los diversos enfrentamientos políticos giran en torno a la existencia de una estructura de poder que controla monopólicamente el acceso a la riqueza, las rentas y los ingresos del país y se niega a hacer concesiones a las demandas de otros sectores de la sociedad. Esto ha dado origen a luchas políticas sin aparente fin, engendrando una grieta que llega hasta nuestros días. Por ella fluye el dolor pasado y presente de los olvidados, los desaparecidos y los perseguidos. Los conflictos podrán ahora cambiar de nombre (peronismo/anti peronismo, K/anti K, populismo/macrismo, etc.) ,pero su esencia permanece inalterable. Hoy amenaza a un gobierno que, luchando contra la pandemia, debe realizar las promesas hechas durante la campaña electoral del 2019.

 

Protesta social y racismo en Estados Unidos

Las protestas callejeras detonadas por el asesinato de George Floyd por un policía blanco en Minneapolis el 25 de mayo pasado han sido de una índole y envergadura diferente a todo lo conocido hasta ahora, incluidas las movilizaciones por los derechos de la población afroamericana durante la década de los ’60. Se estima que entre 15 y 26 millones de personas se han movilizado recientemente protestando el racismo y el abuso de la violencia policial contra la población afroamericana (nytimes.com 3 7 2020). Esto ha ocurrido en pequeñas y grandes ciudades y en zonas urbanas y rurales (nytimes.com 13, 22/ 6 2020). Tanto la cantidad de participantes como su amplio despliegue geográfico ponen de relieve la profundidad y la magnitud de una erupción social en la que la participación de población blanca fue muy destacada.

La convocatoria inicial partió de un grupo afroamericano de izquierda creado en 2013: el BLM (Black Lives Matter). También participaron grupos minoritarios de origen anarquistas (ANTIFA) que provocaron desmanes violentos, especialmente en los primeros días. Estructurado en capítulos independientes según las ciudades, BLM organizó inicialmente el estallido y plantó las consignas. Sin embargo, pronto la concurrencia superó a su estructura y capacidad organizativa y su sigla se transformó en un slogan al cual adhirió un inmenso movimiento organizado desde abajo hacia arriba, en ciudades y pueblos con población blanca y negra. A diferencia de otras protestas organizadas por BLM en el pasado, estas manifestaciones tuvieron desde un inicio un fuerte componente bi racial. La cultura norteamericana, de fuerte organización a nivel comunitario evidenciada en los últimos años durante las campañas electorales de Bernie Sanders, parece haber sido un factor importante en el despliegue y la persistencia de las movilizaciones en todo el país. Las consignas contaron desde un inicio con un apoyo contundente de la población tanto blanca (60%) como afroamericana (80%) (pewsocialtrends.org 12 6 2020).

La protesta cundió en más del 40% de los condados de Estados Unidos. Cerca del 95% de los mismos tiene población mayoritariamente blanca y en ellos se destacaron la participación y el liderazgo de una juventud blanca de ingresos medios (nytimes.com 3 7 2020). Un elemento común a todos los manifestantes ha sido el repudio a la brutal violencia policial ampliamente difundida a través de videos (bbc.com 8 6 2020).

Las manifestaciones han disminuido, pero el país asiste ahora a una ola de vandalismo contra símbolos y estatuas de dirigentes y militares de la Confederación. Muchas de estas acciones son provocadas por pequeños grupos de origen dudoso. El 4 de julio, Día de la Independencia, centenares de supuestos ex combatientes, predominantemente afroamericanos, con armamento de guerra y uniformes militares, desfilaron ante el monumento a la Confederación en Stone Mountain Park, cerca de Atlanta, exigiendo su destrucción. Esta es una sede reverenciada y frecuentada por las milicias blancas del Ku Klux Klan que, esta vez, brillaron por su ausencia. A pesar de ello, fueron desafiadas al enfrentamiento abierto por parte de esta nueva milicia (reuters.com 5 7 2020 zerohedge.com 6 7 2020). La similitud de estos fenómenos con las tácticas desplegadas en las revoluciones de color fogoneadas en las últimas décadas por la CIA en varios países del mundo, siembran las sospechas sobre su origen y posible relación con algún organismo de inteligencia. Desde 2016, facciones de la CIA y del FBI han conspirado para destituir a Trump de la Presidencia aludiendo a su supuesta connivencia con Rusia para ganar las elecciones. Habiendo fracasado en el Congreso, ahora enfrentan la arremetida de Trump. El Departamento de Justicia tiene en marcha un procedimiento criminal contra varios ex funcionarios de Inteligencia del gobierno de Obama, acusados de delitos penales para fraguar la destitución política de Trump. Se espera que la investigación dé a conocer sus resultados antes de las elecciones de noviembre (zerohedge.com 9 7 2020).

Por otra parte, la carta del racismo es intensamente utilizada por el propio Trump , empeñado en movilizar a sus seguidores para ganar las elecciones de noviembre. Debilitado en las encuestas por su desempeño lamentable en torno a la contención de la pandemia y a la represión de la protesta callejera, Trump no vacila en usar expresiones racistas y ha ponderado y divulgado recientemente el video de una pareja blanca defendiendo con armas en la mano su mansión palaciega ante el supuesto avance de una manifestación callejera (nytimes.com 29 6 2020).

En este clima de violencia racial creciente, el rebrote de la pandemia en Estados y ciudades que han levantado la cuarentena y la proximidad del agotamiento de las reservas hospitalarias en varias ciudades contribuye a crear una incertidumbre creciente. Los sectores de menores ingresos han sido los más castigados por el impacto de la pandemia (bloomberg.com 4 7 2020). Dentro de ellos, la población afroamericana ha sufrido el desempleo en una proporción mayor que la población blanca (zerohedge.com 5 7 202o). Hoy hay más de 50 millones de personas que han pedido el subsidio por desempleo. La ayuda inicialmente proporcionada está agotándose y no hay signos de reactivación económica a corto plazo. Se estima que un 41% de las pequeñas y medianas empresas que cerraron sus puertas ante el impacto de la pandemia son hoy irrecuperables. Esto ocurre en un país donde este sector empresario es la principal fuente de generación de empleo (zerohedge.com 5 7 2020). Así, en vísperas de elecciones, las incertidumbres se multiplican. Pareciera, sin embargo, que en los meses que vienen la cuestión racial tratara de desplazar de la escena a la connivencia del establishment de los partidos políticos con la maquinaria de guerra y con una policía que se ha transformado en parte central del engranaje militar.

 

Odio e inclusión social en la Argentina

La semana debutó con un avance en la estrategia de desestabilización violenta del gobierno liderada por el macrismo. Una solicitada firmada por sus principales dirigentes definió al crimen del ex secretario de CFK ocurrido pocas horas antes como un “hecho de extrema gravedad institucional,” y lo vinculó al kirchnerismo sugiriendo una posible adulteración de la escena del crimen. A medida que pasaron las horas, el caso ya tenía detenidos que habían confesado el crimen, y el juez había descartado móviles políticos. Sin embargo, lejos de retractarse algunos de los máximos dirigentes del macrismo continuaron vinculando al crimen con CFK y el caso Nisman. La fuerte reacción del gobierno y de dirigentes de la oposición llevo al sector dialoguista de JxC a constituir una Mesa Ejecutiva del partido para “la toma de decisiones en un ámbito más expeditivo” (lpo.com5 7 2020). En la practica, le sacaron a la Presidenta del PRO el protagonismo excluyente pero no desautorizaron oficialmente al documento de su autoría. La estrategia desestabilizadora continuó el miércoles con la reaparición de Macri acusando al populismo y al gobierno actual de utilizar a la cuarentena para “avanzar sobre las libertades individuales… la independencia de los poderes, el funcionamiento de la Justicia y la propiedad privada” (infobae.com 8 7 2020). Macri, sin embargo, se cuidó muy bien de referirse a las causas judiciales sobre espionaje ilegal que avanzan y acumulan pruebas en su contra. La desestabilización macrista culminó con la ruptura de la cuarentena en un supuesto banderazo ocurrido el 9 de julio en el Obelisco. Organizado a través de las redes por los “autoconvocados del campo” para defender la propiedad privada y la libertad de prensa, al grito “les metemos miedo” turbas violentas impidieron la cobertura periodística con destrozos y palos a periodistas y movileros.

Mientras tanto, el deterioro de la situación económica es cada vez mayor. El salario real del sector formal cayo 4.8% durante la cuarentena sumándose a una acelerada contracción interanual del empleo privado del 6.3% en mayo. Este fenómeno prolonga la expulsión de mano de obra verificada en los meses anteriores. En paralelo, el 67,5% de las industrias que ya están funcionando, parcial o totalmente, experimentan una disminución alta o media alta de la demanda interna de sus productos como consecuencia de la cuarentena (bae.com 8 7 2020). Estos fenómenos tienden a indicar que el enorme esfuerzo oficial para poner dinero en los bolsillos de los sectores más vulnerables no alcanza para reactivar el consumo en una economía donde las grandes empresas no invierten y ajustan gastos disminuyendo salarios y expulsando mano de obra. En estas condiciones el otorgamiento de subsidios a estas empresas para capear la crisis, y la acumulación de ganancias de los bancos en torno al negocio de una masa creciente de LELIQs, tienden a indicar que falta claridad respecto a cómo reactivar a la economía sin reproducir el status quo actual. Este se basa en el control monopólico de los principales sectores de la economía, fenómeno que permite a un puñado de grandes empresas controlar las cadenas de valor, los precios y las cantidades de lo que se produce en el país y las divisas que se obtienen y liquidan con las exportaciones. Pareciera que la política oficial es hoy rehén de estos grupos, que no cansándose de demandar subsidios se aprestan a vulnerar precios exigiendo aumentos en el sector alimenticio de entre 15 y 30% mientras el gobierno les habría ofrecido entre 3 y 9% (infobae.com 8 7 2020). Dada la situación de la demanda y de los ingresos de la población, sería interesante conocer las razones que tanto los distintos sectores empresarios como el propio gobierno alegan para otorgar aumentos de alguna índole en una economía tan devastada.

Si bien no se sabe cuánto durará la pandemia/cuarentena, cunde la certeza en el mundo de que será un largo proceso. El Ministro de Economía ha reconocido recientemente que probablemente pasará mucho tiempo antes de que el país pueda acceder al crédito externo (infobae.com 10 7 2020). Pareciera que la actual devastación económica imposibilita cumplir los compromisos de la deuda externa expuestos en la última propuesta oficial a los acreedores externos. En estas circunstancias, el gobierno debiera privilegiar la reactivación del mercado interno en base a una fuerte transferencia de las utilidades acumuladas por los bancos en los últimos tiempos y de impuestos a los sectores que concentran la riqueza en el país. Un plan de obras públicas e inversiones orientadas al desarrollo de actividades tecnológicas y de integración de las cadenas de valor entre el campo y la industria permitirá empezar a romper el status quo generando trabajo e invirtiendo para cambiar una matriz productiva que, además de haber generado una fuerte dependencia tecnológica y endeudamiento creciente, ha impedido a los gobiernos que se sucedieron en democracia cambiar las reglas del juego implementando un desarrollo nacional con inclusión social.

El Cohete a la Luna

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