Gringos

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Jorge Amado

1

Hizo un movimiento con el cuerpo y la valija llena de bagatelas cayó encima de la cama. La llevaba colgada de sus hombros donde dos correas de cuero medio colorado dejaban marcas que al principio fueron sangrientas. Ahora no. Hacía veinte años que hacía aquella vida y se admiraba cuando oía elogiar a hombres que sabían cinco idiomas, porque él hablaba ocho, desde el hebreo de las oraciones de Jehová hasta el chino de las tabernas de Shanghai.

Hacía muchos años que había vendido bagatelas de esa clase en Polonia. Lo metieron preso por revolucionario en Rusia, antes de la gran Revolución. Cruzó Alemania de punta a punta, agitó a los obreros franceses durante la primera guerra mundial. Había visto florecer al Japón y envejecer a la China, cargando siempre su baúl de pequeñas cosas que hacían la alegría de las mujeres y de los niños, y de folletos que incitaban a huelgas obreras.

También conocía Norteamérica, donde vio a los ciudadanos sufridos y a los ciudadanos millonarios. Vendió xarapis mejicanos en Río de Janeiro. Pensó en el Nuevo Mundo, en abandonar su valija cansada y dejar de caminar. Amontonó los últimos libros en un rincón y armó un pequeño negocio de bolsas. Pero nuevos libros le llevaron las ganancias y frustrado y perseguido, cargó de nuevo su valija al hombro y en la tercera de un barco de Lloyd había llegado hacía un mes a Bahía, con sesenta años, otras tantas cárceles, un cargamento de adornos baratos, sedas falsas, muñecas y minúsculos automóviles, letras de la Internacional y manifiestos revolucionarios.

Y allá estaba, en el cuarto piso del número 68 de la Ladeira do Pelourinho, en aquel mundo de hombres de diferentes y lejanas patrias, donde solamente él los entendía a todos, porque sólo él no tenía patria, ni ley, ni dios. Lo que sí tenía era un gran amor por las criaturas miserables del edificio, y su cara menuda, flaquísima para su nariz enorme, se contraía cuando corrían al verlo por la escalera al grito de «que viene el judío»… Y se rió (los vecinos encontraron su risa cínica) el día que Cipriano, un negrito sucio de ojos inteligentes, le largó la frase que su madre le había enseñado:

—El señor Isaac vendió a Nuestro Señor…

El señor Isaac compró la amistad de Cipriano con un revólver de chocolate y ahora charlaban en la pieza del judío, donde todo era provisional, desde el inquilino hasta el olor a ajo.

2

Apenas pisaba los primeros escalones, resonaba el ruido de sus tamangos metiendo un ruido de todos los diablos.

Tenía unos pantalones de casimir gastados en las rodillas, con remiendos en las nalgas y camisa de liencillo a cuadritos, con la falda fuera del pantalón. La pechera desabrochada dejaba ver el pecho peludo y las mangas arremangadas hasta arriba del codo mostraban los brazos grasientos.

Tendría unos diecinueve años, pero la barba apenas le apuntaba en la ancha mandíbula. El pelo sobre la cara, enemigo de peines y de peluqueros, le cubría las orejas. Entre los dedos de uñas sucias, un cigarrillo.

Toufik andaba mirando el suelo, el pensamiento lejos, en la Ladeira do Tabuao, en la pieza de Anita.

Los tamangos golpeaban con fuerza sobre el piso del sótano; Julieta se despertó.

—¡Deje dormir a la gente!

—¿Quiere dormir conmigo?

—¡Vaya a dormir con su madre!

Toufik llegó a la pieza del fondo donde vivía con su madre. Empujó la puerta que sólo estaba recostada y observó la oscuridad. Poco a poco fue distinguiendo las cosas. La madre dormía en una cama estrecha de una plaza. Un montón de ropa sucia en un rincón. El fogón apagado también dormía. Entró y comenzó a desvestirse silbando. Cuando estuvo desnudo sintió el calor y el mal olor. Se puso la nariz debajo del sobaco y se rió. Sacudió a la vieja:

—¡Salga de ahí!

Ella no se despertó. Toufik la empujó con violencia. La vieja se pasó la mano por los ojos y trató de entender. Después, sin una protesta, se levantó. Se extendió encima de la ropa sucia. Miró al hijo que silbaba.

—¡Qué quiere, vieja!

—¿Estás borracho de nuevo?

—¿Y a usted qué le importa, porquería?

Ella rezongó cosas incomprensibles en árabe. Toufik le gritó:

—¡Cállese o le rompo los dientes!

—Soy tu madre.

La tuberculosa tosió.

Alguien protestó:

—Silencio que hay gente enferma.

—¡Andá a gritarle al obispo!

Se dio vuelta hacia la madre que lloraba cuando pedía para el hijo la cólera de Alá o de Mahoma.

—Termine con eso, burra, si no quiere cobrar.

La vieja se encogió sobre la ropa sucia. En el silencio de la pieza, al rato se oían los ronquidos de Toufik y los murmullos de la vieja:

—¡Mal hijo! ¡Miserable!

Al caer un aguacero, como las tejas eran viejas y las goteras incontables, la árabe se levantó y buscó entre la ropa sucia una colcha gruesa. Lavaba para las casas ricas y a veces aparecían colchas de valor. Con una de ellas y sin hacer ruido, tapó al hijo. Toufik se despertó y la agarró. Le besó los cabellos.

—Échese aquí, vieja.

—No, no alcanza para, los dos.

—Sí que alcanza. Acuéstese.

Y abrazados se pidieron perdón entre besos. Al fin se adormecieron y por la puerta abierta se entreveía el cuerpo desnudo de Toufik donde Anita había dejado las marcas de sus dientes afilados de prostituta cariñosa.

3

Aquel era el día de su aniversario, el 17 de diciembre. ¿Cuántos años? Nadie lo sabía, excepto, tal vez, aquella viejita que había quedado en una aldea de Polonia. Ni ella se acordaba. No debía ser muy joven. La cabellera yario era negra. Los pechos fláccidos se reducían a dos pieles. Las piernas blandas y llenas de várices. Un cuadro de Nuestra Señora colgado en la pared junto a un irrigador. Postales encima de una mesita. El novio había quedado en la aldea. Era un hermoso muchacho que vivía en el campo y la besaba en las fiestas. Cuando el rufián la trajo (¿cuántos años hacía? Tal vez treinta…) a bordo conoció a un millonario argentino. No supo cuánto le había pagado por su virginidad. Hizo la peregrinación completa por los prostíbulos de América latina. Conocía a fondo toda la profesión. Recordó sus tiempos de gloria. Su carrera, en moneda nacional, era quinientos mil reis en Buenos Aires. Después, trescientos. En Santiago volvió a los quinientos. Cantaba canciones picarescas en los cabarets con su voz varonil y sus ojos claros de campesina. En Cuba, cien mil reis y millonarios americanos. Cien mil reis en Río de Janeiro y pensiones de lujo. Cinco años después, sifilítica y borracha, se entregaba a los marineros en el Mangue por cinco mil reis y rubios alemanes añoraban su lejana tierra.

En Bahía había empezado cobrando veinte mil reis y ahora estaba de nuevo en los cinco, oculta en el babélico edificio. A las diez de la noche salía a la calle a la caza de un hombre que le pagaría el almuerzo del día siguiente. Sólo a la noche, cuando se aprestaba a salir, se acordó de la fecha, 17 de diciembre, y de su cumpleaños. En la aldea (¿por qué se acordaría de la aldea?) había fiesta. Bailaban en su casa. Las amigas traían regalos y el novio le enviaba besos. Ella cantaba con su voz varonil.

Se tiró en la cama y fue evocando aquellas fiestas con los ojos perdidos. Su madre sonreía feliz. Los dos hermanos la querían. ¡Qué bienestar tan sereno había!

Con voz mortecina empezó a cantar una olvidada canción. Pero pensó en el día siguiente. Se arregló con gran acopio de polvo ordinario. Y salió.

A la hora volvió acompañada por un negro viejo, de cuello duro y anillo al dedo, muy conversador:

—¿Cuál es su nacionalidad?

—Francesa —mintió.

—¿No tiene la enfermedad?

—¡Oh, querido! ¡Qué ocurrencia!

—Bueno… yo soy profesor, y en mi posición…

—No tenga miedo, querido…

Apagó la lámpara.

Cuando el negro salió, ella estrujó el billete. Al principio sus pensamientos fueron vagos y diluidos, pero en seguida la imagen del día del cumpleaños y del hogar distante aparecieron muy nítidos ante sus ojos. Entonces se arrodilló frente al cuadro y pidió perdón por sus pecados. Después reflexionó. No tenía ninguna culpa. Era lo que habían hecho de ella. Buscó en su alma una señal de rebeldía y como no la encontró, se acostó en la cama y se durmió.

(De: Sudor, Alianza Editorial, 1994. Traducción: Estela Dos Santos)