Gritarlo a los cuatro vientos

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Kurt Vonnegut

Lo leí. Supongo que todos en Vermont lo leyeron al saber que Hypocrites’ Junction era realmente Crocker’s Falls.

No me pareció que fuera un libro tan despiadado, en el sentido de los libros despiadados de nuestros días. Simplemente era el libro más despiadado jamás escrito por una mujer, e imagino que por eso fue tan impopular.

Llegué a conocer a la mujer, a Elsie Strang Morgan, la que escribió el libro. También conocí a su marido, el profesor de instituto. En cierta ocasión, les vendí algún tipo de híbrido entre mosquitero y contraventanas de aluminio. Eso fue alrededor de dos meses después de que se publicara. Yo no lo había leído todavía, ni había prestado demasiada atención a lo que se decía de él.

Vivían en una granja enorme y ruinosa, que entonces estaba a ocho kilómetros de Crocker’s Falls, sólo a ocho kilómetros de toda esa gente a la que ella había ofendido en el libro. Yo no suelo vender tan al sur; no conozco a casi nadie en esa zona. Volvía a casa tras haber asistido a una reunión de vendedores en Boston cuando vi aquel edificio enorme sin contraventanas y no tuve más remedio que pararme.

No tenía ni idea de a quién pertenecía.

Llamé a la puerta y me abrió un joven en pijama y albornoz. Creo que llevaba una semana sin afeitarse; de hecho, creo que también llevaba una semana sin quitarse el pijama y el albornoz, porque tenían un aspecto muy hogareño. Miraba como un loco. Era el marido, el Lance Magnum del libro, el gran amante del libro; pero cuando lo conocí, parecía uno de los enemigos más destacados del mundo.

—Hola, qué tal.

—¿Hola qué tal? —dijo, convirtiendo la expresión en una pregunta muy desagradable.

—He observado que no tiene contraventanas en esta casa tan bonita y antigua.

—¿Por qué no lo intenta otra vez?

—¿Qué debo intentar? —pregunté.

—No observar que no tenemos contraventanas en esta casa tan bonita y antigua —declaró.

—Si quisiera instalar contraventanas —dije yo—, ¿sabe quién tendría que pagarlas? —Iba a contestar la pregunta yo mismo. Iba a decir que el dinero de las contraventanas saldría de lo que se gastara en combustible, porque las contraventanas le ahorrarían mucho combustible. Pero no me dio la ocasión.

—Por supuesto que sé quién las pagaría; mi esposa —afirmó—. Es la única persona con dinero de por aquí. Es el sostén familiar.

—Bueno, no sé cuál será su situación personal…

—¿Que no lo sabe? —preguntó—. Todo el mundo lo sabe. ¿Qué ocurre? ¿Es que no sabe leer?

—Sé leer —le informé.

—¡Entonces, salga disparado a su librería más cercana, suelte seis dólares y empiece a leer la historia del amante más excepcional de los tiempos modernos! ¡Yo!

Y dicho esto, cerró de un portazo.

Llegué a la conclusión de que aquel hombre estaba loco, y ya me disponía a subir al coche y marchame cuando oí lo que parecía un chillido, procedente de la parte trasera de la casa. Pensé que tal vez lo había interrumpido cuando estaba asesinando a su esposa y que estaba terminando el trabajo.

Corrí hacia el lugar del chillido y vi que era el ruido de una vieja bomba de mano. Pero bien podría haber sido el chillido de una mujer, porque era una mujer quien hacía chillar la bomba y porque parecía que ella misma estaba a punto de chillar. Tenía las dos manos en la manivela, estaba sollozando y ponía todo el peso de su cuerpo en cada acometida. El agua caía en un cubo que ya estaba lleno, derramándose por el borde y extendiéndose por el suelo. Entonces no lo supe, pero era Elsie Strang Morgan. Y Elsie Strang Morgan no quería agua; lo que quería era el ruido y el ejercicio violento.

Cuando me vio, se detuvo y se apartó el pelo de los ojos. Ella era la Celeste del libro, por supuesto; la heroína de su propio libro. Ella era la mujer que no sabía lo que era el amor hasta que conoció a Lance Magnum. Cuando la vi, parecía haberlo olvidado otra vez.

—¿Qué es usted? —preguntó—. ¿Un funcionario judicial? ¿O un vendedor de Rolls-Royce?

—Ni lo uno ni lo otro, señora —respondí.

—En tal caso, se ha equivocado de dirección —replicó—. Aquí sólo vienen dos tipos de personas, los que quieren demandarme por un triste millón de dólares y los que creen que yo debería vivir como el rey Faruk.

—Casualmente, vendo un producto de calidad; pero se paga solo. Como le decía a su marido…

—¿Cuándo ha visto a mi marido? —preguntó.

—Ahora mismo… en la entrada principal —respondí.

Ella pareció sorprendida.

—Felicidades —dijo.

—¿Disculpe?

—Usted es la primera persona de fuera que mi marido ha visto desde que lo despidieron de la junta escolar.

—Lamento saber que lo han despedido —dije yo.

—¿Es que no lo sabía?

—No soy de la zona, señora —expliqué—. Soy del norte del estado.

—Todo el mundo, desde Chickahominy a Bangkok, sabe que lo han despedido —dijo ella, y empezó a llorar otra vez.

Para entonces, yo ya estaba seguro de que el marido y la esposa estaban locos, y de que si tenían niños, los niños también estarían locos como chinches. Era evidente que allí no había nadie con quien se pudiera contar para los pagos regulares de las contraventanas; de hecho, miré el patio y no encontré el menor indicio de que se pudieran permitir una fianza: había alrededor de tres dólares en gallinas, un Chevrolet de cincuenta dólares y la colada familiar en la cuerda de la ropa. En cuanto a los vaqueros azules, las zapatillas de tenis y la camiseta de algodón que llevaba la mujer, no habrían llegado a dólar y medio en un mercadillo del departamento de bomberos.

—Señora —dije, preparándome para marcharme—, lamento que se encuentre tan deprimida; ojalá pudiera ayudarla. Pero las cosas mejorarán poco a poco, y cuando lo hagan, me encantaría enseñarle el Rolls-Royce del campo de las contraventanas, el tres fases de Estados Unidos, hecho de aluminio anodizado y con un mosquitero corredero para toda la vida.

—¡Espere! —exclamó cuando ya me giraba.

—¿Señora?

—¿Cómo reaccionaría —dijo— si su esposa hubiera hecho lo que yo hice?

—¿Señora? —repetí.

Entonces, agarró la manivela de la bomba y empezó a hacerla chillar otra vez.

Mucha gente me ha preguntado si ella tenía un aspecto tan duro como en la fotografía de la contraportada del libro. Si no quería que todos la creyeran una camionera empapada de cerveza, no sé por qué eligió aquella fotografía. Desde luego, su aspecto era mucho más agradable. En la vida real no se parecía en absoluto a Jimmy Hoffa.

Es cierto que tenía un centro de gravedad bajo; y tal vez fuera algo gruesa, pero conozco a muchos hombres a los que eso les gusta. Pero su cara es lo importante; una cara bonita, dulce, encantadora. En la vida real no parecía como si se estuviera preguntando dónde había dejado el puro.

La segunda vez que dio a la manivela, la bomba chilló tan fuerte que su marido salió a la puerta de la cocina. Llevaba una cerveza de litro.

—¡Está lleno! —gritó a su mujer.

—¿Qué? —dijo ella, bombeando todavía.

—¡El cubo está lleno!

—¡Me da igual!

Él agarró la manivela y la detuvo.

—Mi esposa no está bien —me dijo.

—No, sólo soy rica y famosa y estoy enferma de narices.

—Será mejor que se marche de aquí —continuó él—. O terminará en la cama, en mitad de su próximo libro, con Dios sabe quién.

—¡No habrá un próximo libro! —dijo ella—. ¡No habrá un próximo nada! ¡Me voy para siempre! —La mujer se dirigió al viejo Chevrolet, subió y giró la llave de contacto. No pasó nada. La batería se había agotado.

Y ella también se agotó. Cerró los ojos, apoyó la cabeza en el volante y dio la impresión de querer seguir eternamente allí.

Cuando vio que llevaba más de un minuto sin moverse, su marido se preocupó. Caminó descalzo hasta el coche y me di cuenta de que estaba verdaderamente enamorado de ella. «¿Cariño? —dijo—. ¿Cielo mío?».

Ella mantuvo la cabeza donde estaba; su boca fue lo único que se movió. «Llama al vendedor de Rolls-Royce que estuvo aquí —declaró—. Quiero un Rolls-Royce. Lo quiero ya mismo».

—¿Cariño? —repitió él.

Ella alzó una mano.

—¡Lo quiero! —exclamó. Ahora sí que parecía dura—. ¡Y quiero un visón! ¡Quiero dos visones! ¡Quiero cien vestidos de Bergdorf Goodman! ¡Un viaje alrededor del mundo! ¡Una diadema de diamantes de Cartier! —Salió del coche, sintiéndose mucho mejor—. Y usted, ¿qué vende? —me preguntó.

—Contraventanas —respondí.

—¡También las quiero! —dijo—. ¡Quiero contraventanas por todas partes!

—¿Señora? —pregunté.

—¿No vende nada más? ¿No hay nada más que me pueda vender? En la cocina tengo un cheque por valor de ciento sesenta mil dólares y usted no le ha pegado ni un viaje.

—Bueno, también comercio con contrapuertas, mamparas de baño y persianas venecianas —dije.

—¡Excelente! ¡Me las quedo! —Se detuvo junto a su marido y lo miró de arriba a abajo—. Puede que tú estés acabado —le dijo—, pero yo estoy empezando a vivir. Puede que haya perdido tu amor, si es que alguna vez lo tuve… ¡pero al menos tendré todo lo que el dinero puede comprar! ¡Y es mucho!

Ella entró en la casa y dio tal portazo a la puerta de la cocina que el cristal se rompió.

Su marido se inclinó sobre el cubo, que ya estaba rebosante, y derramó el litro de cerveza en él.

—El alcohol no ayuda —explicó.

—Lo lamento mucho —dije.

—¿Qué haría si se encontrara en esta situación? ¿Qué haría usted?

—Supongo que, al cabo de un tiempo, me suicidaría; porque nada de lo que se ha dicho o hecho tiene el menor sentido. El organismo humano sólo aguanta una dosis determinada de esas cosas.

—¿Insinúa que nos comportamos de forma inmadura? —preguntó—. ¿Quiere decir que nuestros problemas le parecen ficticios? ¡Piense un momento en la tensión que tiene que soportar este matrimonio!

—¿Cómo podría, si ni siquiera los conozco?

Él respondió con incredulidad.

—¿Que no? ¿No conoce mi nombre? ¿Ni el de ella? —preguntó, señalando hacia la casa.

—No, pero ojalá los conociera, porque su esposa me acaba de hacer el mayor encargo de ventanas que he tenido desde el Hostal Green Mountain. ¿O estaba bromeando?

De repente, me miró como si yo fuera algo raro y precioso, como si temiera que yo fuera a desaparecer.

—¿Sólo soy un ser humano común y corriente para usted? —declaró.

—Sí —respondí, aunque después del espectáculo que habían dado su esposa y él, no era estrictamente cierto.

—Entre… entre en la casa —dijo—. ¿Qué le apetece tomar? ¿Cerveza? ¿Café?

Nada era suficientemente bueno para mí. Me empujó a la cocina y se empeñó en que charlara con él. Jamás había conocido a un hombre tan sediento de conversación; en media hora, ya habíamos tocado todos los temas imaginables con excepción del amor y la literatura.

Entonces apareció su esposa, preparada para otra escena nueva, para el clímax.

—He encargado el Rolls-Royce y una batería nueva para el Chevrolet. Cuando lleguen, me iré a Nueva York en el Chevrolet y te dejaré el Rolls como compensación parcial por todos los disgustos que te he causado.

—Oh, esto es para echarse a llorar, Elsie —dijo él.

—No, ya estoy cansada de llorar —declaró ella—, no quiero llorar más. Voy a empezar a vivir.

—Bravo —dijo su esposo.

—Me alegra saber que has encontrado un amigo —afirmó, mirándome—. Lamento decir que yo no tengo amigos en este momento; pero espero encontrar algunos en Nueva York, donde la gente no tiene miedo de vivir un poco y afronta la realidad tal como es.

—¿Sabes quién es mi amigo? —preguntó él.

—Un hombre que espera vender contraventanas —respondió, antes de dirigirse a mí—. Pues bien, ya las ha vendido, hijo. Ha vendido un montón, y espero muy sinceramente que sirvan para evitarle catarros a mi primer esposo. No podría marcharme de esta casa con la conciencia limpia sin asegurarme de que sea absolutamente segura y acogedora para un hombre que se pasa la vida en pijama.

—Elsie… escúchame —dijo él—. Este hombre es uno de los pocos seres vivos que no sabe nada de ti, de mí ni del libro. Es una de las pocas personas que aún nos considera seres humanos normales en lugar de objetos de odio, ridículo, envidia, conjeturas obscenas…

Elsie Strang Morgan pensó en ello detenidamente; y cuanto más lo pensaba, más la impactó. De ser una mujer desquiciada pasó a convertirse en un ama de casa delicada y tranquila con mirada tan inocente como la de una vaca.

—¿Qué tal está? —preguntó ella.

—Bien, gracias, señora —respondí.

—Habrá pensado que estamos locos —afirmó.

—Oh, no, señora —declaré. La mentira me puso algo nervioso; levanté el azucarero que estaba en mitad de la mesa y bajo él había un cheque por valor de ciento sesenta mil dólares. No es una broma. Allí es donde tenían el cheque que ella había obtenido por los derechos cinematográficos del libro; debajo de un azucarero rajado de tienda de baratillo.

Tiré el café y se derramó sobre el cheque.

¿Saben cuántas personas intentaron salvar aquel cheque?

Una.

Yo.

Lo saqué del café derramado y lo sequé mientras Elsie Strang Morgan y su esposo se cruzaban de brazos, desentendiéndose. Aquel cheque, aquel boleto para una vida de lujo y comodidad les importaba tan poco como si hubiera sido el de la rifa de un pavo.

—Tengan… —dije, y se lo ofrecí al marido—. Será mejor que lo guarden en lugar seguro.

Él juntó las manos. No lo quería.

—Tengan —insistí.

Se lo ofrecí a ella. Tampoco lo quiso.

—Déselo a su organización benéfica preferida —dijo la mujer—. No compraría nada de lo que quiero.

—¿Y qué quieres, Elsie? —preguntó su esposo.

—Que las cosas vuelvan a ser como eran —respondió, anublándose—, como ya no es posible. Quiero volver a ser un ama de casa inocente, tímida y dulce; quiero volver a ser la esposa de un esforzado profesor de instituto; quiero volver a apreciar a mis vecinos y que mis vecinos me vuelvan a apreciar a mí… y quiero volver a sentir un cosquilleo absurdo por cosas tontas como la luz del sol, un descenso en el precio de las hamburguesas y un aumento de tres dólares semanales para mi marido. Afuera es primavera —señaló hacia la ventana—, y estoy segura de que soy la única mujer del mundo que no se alegra.

A continuación, me habló del libro. Y mientras hablaba, se acercó a una de las ventanas y contempló toda esa inútil primavera.

—Trata de un hombre de Nueva York, viril y de mundo, que se muda a una pequeña localidad de Vermont para dar clases —explicó.

—Ese hombre soy yo —intervino su esposo—. Me cambió el nombre de Lawrence Morgan a Lance Magnum para que nadie me reconociera… y, acto seguido, procedió a describirme tan exhaustivamente que hasta aparece la marca que tengo en el caballete de la nariz. —Se acercó a la nevera y sacó otro litro de cerveza—. Comprenda que lo hizo en secreto. Hasta que su editor envió los seis ejemplares para el autor, no se me ocurrió que jamás hubiera escrito nada más complicado que la receta de una tarta. Un día, volví a casa del trabajo y los encontré allí, apilados en la mesa de la cocina… ¡seis ejemplares de Hypocrites’ Junction, Dios nos coja confesados! ¡La obra de Elsie Strang Morgan! —Echó un trago largo de cerveza y estampó la botella en la mesa—. Había encendido velas alrededor del montón; y encima, había una rosa roja perfecta.

—El hombre del libro —dijo Elsie Strang Morgan, mirando por la ventana— se enamora de una sencilla chica de campo que sólo ha salido una vez, en toda su vida, de Hypocrites’ Junction… cuando era alumna del instituto y se fue con toda la clase a Washington D.C., en el mes de la floración de los cerezos.

—Esa eres tú —dijo su esposo.

—Esa soy yo… o lo era —puntualizó—. Y cuando él se casó conmigo, me descubrió tan inocente y tímida que no lo pudo soportar.

—¿Se refiere al libro? —pregunté.

—La vida, el libro —dijo él—, qué más da. ¿Sabe quién es el villano de la obra?

—No —respondí.

—Un banquero avaricioso llamado Walker Williams —explicó—. ¿Y sabe quién es en la vida real el presidente de la caja de ahorros de Crocker’s Falls?

—Tampoco —dije.

—Un banquero avaricioso llamado William Walker. Por todos los santos… ¡mi esposa debería trabajar para la CIA y dedicarse a inventar nuevos e indescifrables códigos secretos!

—Lo siento, lo siento —dijo ella, aunque a mí me sonó como si ya estuviera más allá de lamentarlo. Su matrimonio había terminado. Todo había terminado.

—Supongo que debería sentirme dolido con los de la junta escolar por despedirme —dijo su esposo—, ¿pero quien se lo podría recriminar? Sus cuatro miembros aparecen en el libro sin ningún disimulo. Y aunque no estuvieran en el libro, ¿cómo iban a permitir que un conquistador famoso, un seductor implacable de mujeres como yo, siguiera instruyendo a los jóvenes? —Se acercó a su esposa y se detuvo tras ella—. Elsie Strang Morgan, ¿que demonio te poseyó?

Esta fue su respuesta:

—Tú —dijo con calma absoluta—. Tú —repitió—. Piensa en cómo era yo antes de que me enamorara de ti. No podría haber escrito ni una sola línea de ese libro porque, sencillamente, las ideas no estaban en mi cabeza. Sí, es verdad que conocía secretitos oscuros sobre la gente de Crocker’s Falls, pero no les daba muchas vueltas; no me parecían tan malos.

Ella se giró hacia él. «Y entonces, tú, el gran Lance Magnum, apareciste en el pueblo y me volviste loca de amor. Pero me encontrabas tímida en esto, perdidamente anticuada en aquello e hipócrita en lo de más allá; así que, por tu amor, cambié».

»Me dijiste que no tuviera miedo de mirar a la vida a la cara, de modo que dejé de temer. Me dijiste que viera a mis amigos y a mis vecinos como realmente eran, ignorantes, provincianos, avariciosos, mezquinos… de modo que los vi como realmente eran.

»Me dijiste —continuó aquella mujer— que no fuera tímida y pudorosa con el amor, que me enorgulleciera de él y fuera franca, que lo gritara a los cuatro vientos.

»Y lo hice. Y escribí un libro para decirte cuánto te amaba y demostrarte cuánto había aprendido, cuánto me habías enseñado.

»He esperado y esperado y esperado a que me dieras algún indicio pequeño de que lo sabías, de que sabías que el libro era tan tuyo como mío —afirmó Elsie Strang Morgan—. Yo fui la madre; tú, el padre. Y el libro, Dios nos ayude, fue nuestro primer hijo».

Yo me marché tras la gran escena.

Me habría gustado escuchar lo que Lance Magnum dijo sobre el niño terrible que había engendrado con una sencilla chica de campo, pero él me pidió que me marchara.

Cuando salí de la casa, encontré a un mecánico instalando la batería nueva del Chevrolet. Comprendí que el famoso amor de Lance y Celeste podía terminar allí mismo y en ese mismo momento si alguno de los dos tenía ocasión de subirse a un coche y marcharse; así que le dije al mecánico que había sido un error y que ya no queríamos la batería.

Me alegro de haberlo hecho, porque cuando volví dos días después, Elsie Strang Morgan y su marido seguían juntos, arrullándose como palomas, y firmaron un pedido completo de contraventanas y contrapuertas. No les pude vender las mamparas de baño porque aún no habían hecho la instalación del agua; pero ya tenían un Rolls-Royce.

Mientras yo tomaba las medidas para las ventanas de la casa, el marido de Elsie Strang Morgan me llevó un vaso de cerveza. Iba perfectamente vestido con un traje nuevo y se había afeitado.

—Supongo que admitió la paternidad del niño —dije.

—Si no lo hubiera admitido, habría sido el mayor hipócrita de Hypocrites’ Junction —respondió—. ¿Qué clase de hombre es el que engendra un bebé y después se niega a reconocerlo y amarlo?

He oído que ella ha escrito un libro nuevo, pero tengo miedo de leerlo. Por lo que sé, el protagonista es un vendedor de contraventanas que va por ahí midiendo las ventanas de la gente. El libro va de lo que él ve dentro.

(De: Mire el pajarito, Ed. Dell, 2009. Traducción: Jesús Gómez Gutiérrez)