Vasili
Grossman
Nacido con el nombre de Iosif Solomonovich Grossman, en Berdichev
(actualmente en Ucrania) el 12 de diciembre de 1905, murió en Moscú el 14 de
septiembre de 1964. Una niñera rusa cambió su nombre por el de Vasili, cosa
que agradó a su familia. Su padre tenía convicciones social-demócratas y se
adhirió a los mencheviques, en cambio Vasili apoyó la revolución rusa de
1917.
Grossman comenzó a escribir historias cortas estudiando en la Universidad
Estatal de Moscú y más tarde siguió su actividad literaria al mismo tiempo
que trabajaba como ingeniero en la región ucraniana de Donbass. A mediados
de los años 30 Grossman dejó su trabajo como ingeniero y se dedicó en
exclusiva a la escritura. Hacia 1936 ya había publicado dos colecciones de
historias, y en 1937 fue aceptado en la privilegiada Unión de Escritores.
Durante la Gran Purga algunos de sus amigos y parientes cercanos fueron
detenidos, incluyendo a su compañera. Durante meses presentó una solicitud
sobre las autoridades para liberarla, cosa que ocurrió en 1938.
Durante la Gran Guerra Patriótica, acompañó al Ejército Rojo durante su
ofensiva como corresponsal de guerra para el periodico Krasnaya Zvezda
(Estrella Roja), a partir de la batalla de Stalingrado hasta el fín de la
guerra en Berlín.
Grossman describió la limpieza étnica en Ucrania y Polonia, y la liberación
de los campos de concentración de Treblinka y Majdanek. Su artículo El
infierno de Treblinka fue usado en los juicios de Nuremberg como evidencia
de la persecución que ejercía el régimen nazi.
Después de la guerra
participó en El Libro Negro, un proyecto de Comité Judío Anti-Fascista para
documentar los crímenes del Holocausto, pero al final este libro fue
suprimido.
Su obra cumbre está considerada Vida y destino, una novela sobre la II
Guerra Mundial, que muestra los estragos causados por dos totalitarismos: el
nazi y el estalinista. Esta obra fue prohibida por el régimen de Kruschov.
La KGB confiscó los borradores e incluso la cinta de la máquina de escribir
que había utilizado el autor.
En los años ochenta se recuperó una copia del manuscrito y la novela se
publicó primero fuera de la Unión Soviética, y más tarde, en 1988 , en el
citado país. En España vio la luz una edición traducida del francés, y no
directamente del ruso. En 2007 fue publicada en español la traducción de la
obra directamente del ruso. [Wikipedia]
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Por Martín Caparrós (01/08/08)
Hace unos días terminé de leer una de las grandes novelas del siglo XIX. Pero
hay libros de los que no se puede decir “terminé de leerlo”, y probablemente ésa
sea la prueba de su grandeza: aunque la haya terminado sigo, de diferentes
modos, queriendo, sin querer, leyendo esa novela.
Vasili Grossman fue, durante un tiempo, algo así como un héroe de la Unión
Soviética. Había nacido en 1905 y en Berdichev, Ucrania, en una familia judía
acomodada; la revolución lo entusiasmó desde el principio y decidió estudiar
ingeniería porque, en esos días, el camarada Lenin decía que el comunismo era el
poder soviético más la electricidad. Pero empezó a escribir desde muy joven y, a
sus 30, publicó sus primeros cuentos; en 1936, mientras el camarada Stalin
mataba a millones de comunistas con sus purgas, Grossman fue aceptado en la
oficialísima Unión de Escritores, con todos sus privilegios, y abandonó la
ingeniería. Al año siguiente su esposa Olga fue detenida por “no haber
denunciado las actividades antisoviéticas” de su primer marido, el poeta Boris
Guber. Desesperado, Grossman mandó una carta al jefe del servicio secreto,
pidiendo su liberación: “Todo lo que poseo –mi educación, mi éxito como
escritor, el alto privilegio de compartir mis pensamientos y mis sentimientos
con los lectores soviéticos– se lo debo al gobierno soviético”. Para su propia
sorpresa, su mujer fue liberada unos meses más tarde.
En 1941, la alianza entre Stalin y Hitler se rompió y los alemanes invadieron
Rusia. Grossman fue exceptuado del servicio militar, pero pidió ir al frente
como corresponsal: sus crónicas de guerra, publicadas en el diario del ejército
soviético, Estrella Roja, lo hicieron popular y respetado. Grossman acompañó a
las tropas rusas que liberaron el campo de Treblinka y fue uno de los primeros
en escribir sobre el holocausto nazi. Buscaba, entre otras cosas, rastros de su
madre, deportada y gaseada; sus artículos sirvieron como pruebas en los juicios
de Nüremberg. Cuando la guerra terminó su vida era, dentro de lo posible,
desahogada; hay distintas versiones sobre por qué decidió tirar todo por la
borda.
Quizás haya sido la decantación de lo que había visto y vivido en la Gran Guerra
o, más probablemente, la ola de antisemitismo lanzada entonces por el Kremlin.
Lo cierto es que, en algún momento, Grossman empezó a escribir una novela que
contaría esos años y que pensó llamar, sin el menor pudor, Vida y Destino.
Cuando la terminó, en 1960, Grosmann la mandó, como debía, al comité de censura.
No tenía grandes expectativas pero era el único modo de llegar, eventualmente, a
publicarla. La censura no sólo la vetó; poco después su departamento fue
asaltado por un comando KGB que se llevó todas las copias e incluso, por si
acaso, los carbónicos y las cintas de la máquina de escribir. Un jefe del
Politburó, Mikhail Suslov, le dijo que su novela no se publicaría en trescientos
años: “¿Por qué tendríamos que agregar su libro a las bombas atómicas que
nuestros enemigos preparan contra nosotros? ¿Por qué tendríamos que iniciar una
discusión sobre la necesidad de la Unión Soviética?”. En esos días todavía había
gente que creía en la literatura.
Vasili Grossman se murió en 1964, a sus 58, marginado, humillado, de un cáncer
de estómago. Quince años más tarde un amigo consiguió sacar a Suiza un borrador
de la novela, y al tiempo se publicó en inglés y francés; la traducción española
apareció el año pasado. Vida y destino es, insisto, una de las grandes novelas
del siglo XIX.
Digo: una novela de cuando las novelas creían que podían –que debían– contar el
mundo sin pudor, sin ninguna modestia. Algunos la comparan con Guerra y Paz: yo
estoy de acuerdo. Vida y destino es un fresco espeluznante de los desastres de
la guerra y de la vida bajo el poder de un Estado total: los días en el frente
de Stalingrado donde cada cual sigue su pequeño camino personal bajo las bombas,
las agachadas de los funcionarios que obedecen por miedo o por codicia, la carta
estremecedora de una vieja judía a punto de viajar al exterminio, las noches en
un gulag soviético y en un campo alemán, las muertes heroicas, las muertes
tontas, las muertes olvidadas, las traiciones, las peleas de un científico ruso
con sus colegas y con su conciencia, las matanzas de campesinos durante la
colectivización de la agricultura, los amores y desamores donde también tercia
la mano del Estado, las semejanzas entre el sistema nazi y el soviético, las
reflexiones sobre la sucesión de Lenin por Stalin, la caída de un comunista
detenido y torturado sin saber por qué, los grandes odios, las pequeñas
miserias, contadas con un aliento extraordinario, sin miedo de la desmesura.
Y con un objetivo: se ve –se lee todo el tiempo– que Grossman escribió esta
novela como quien prepara meticulosamente la bomba suicida, con la conciencia de
que le costaría la vida o algo así pero que, de algún modo, le valdría la pena.
Una novela, digo, del siglo XIX: de cuando las novelas creían que debían y
podían. Después, a principios del veinte, la vanguardia se cargó aquella forma
ingenua, desmesurada de poner en escena “lo real” para cambiarlo, y buscó en la
experimentación sobre sí misma su sentido. Hasta que, en los setentas, ochentas,
esa idea chocó contra sus límites y no quedó ni lo uno ni lo otro: ni contar
para cambiar el mundo ni para buscar nuevas maneras.
Me da envidia el camarada Grossman, que sabía para qué escribía. Ahora no
sabemos: me parece que casi siempre no sabemos. Ya no sabemos dónde está el
coraje de un texto, dónde su necesidad. En general, creo, escribimos para
escribir. Porque es interesante, simpático, satisfactorio incluso, porque no
está mal ser escritor, porque se gana algo de plata y un poco de respeto, un par
de viajes, la admiración de algunos. Por eso, supongo, escribimos cositas. Por
eso, supongo, las librerías están llenas de libros que no dicen nada, que se
olvidan en un par de meses, que dan exactamente igual. Me da envidia, mucha
envidia Vasili Grossman, canceroso, olvidado, convencido quizá de que su
esfuerzo había valido todas esas penas: que si tenía una vida debía hacerla un
destino y que ese destino, extrañamente, era una novela.
Fuente: www.criticadigital.com
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Vasili
Grossman y su despiadado tiempo
Por José Andrés Rojo
Antony Beevor edita los cuadernos de la II Guerra Mundial del escritor ruso
"En los campos de trabajo de
Polonia, las SS actuaban como si se tratara de cultivar coliflores o
patatas", escribió Vasili Grossman (Berdichev, 1905-Moscú, 1964) en su
artículo El infierno de Treblinka, publicado en noviembre de 1944 y que
luego fue citado en el Tribunal de Nuremberg. Poco antes había anotado que
"sobriedad, tesón y una limpieza extremada son buenas cualidades típicas de
muchos alemanes". Lo que venía después era una descripción exacta, que pone
los pelos de punta, de cómo funcionó la maquinaria de destrucción del campo
de Treblinka.
Vasili Grossman había llegado allí junto a las tropas soviéticas en julio de
ese mismo año. "Su reconstrucción fue tan precisa, con tal lujo de detalles
y tan minuciosa porque pudo estar presente en los interrogatorios que
hicieron los oficiales rusos a cuantos habían sobrevivido, fueran víctimas o
verdugos; con todo ese material pudo elaborar una descripción de primera
mano de lo fue el horror", explica Antony Beevor, que acaba de publicar,
junto a Luba Vinogradova, Un escritor en guerra. Vasili Grossman en el
Ejército Rojo, 1941-1945 (Crítica), la edición de los cuadernos de notas que
el escritor ruso redactó durante la II Guerra Mundial mientras acompañaba al
Ejército soviético. Beevor los descubrió cuando preparaba su libro sobre la
batalla de Stalingrado en el Archivo Estatal Ruso de Literatura y Artes.
"Nadie sabía que se habían conservado, ni cómo llegaron allí, ni cómo
sobrevivieron a las pesquisas de la eficaz investigación de los servicios
secretos de Stalin".
El texto sobre Treblinka lo elaboró Grossman a partir de las notas de sus
cuadernos. Los empezó el 5 de agosto de 1941 cuando partió hacia el frente
por orden del general David Ortenberg, director de Estrella Roja, el
periódico oficial del Ejército Rojo que era también leído con avidez por la
población civil. No tarda en contar de la fiereza de los alemanes cuando
atacan borrachos, de las bombas que lanzan los Junkers, del pavor que se
desencadena cuando se escucha la presencia de los Messerschmidts. Apunta:
"La imagen de Gomel ardiendo en los ojos de una vaca herida" y también que
"un piloto escapó atravesando las líneas enemigas en ropa interior, sin
soltar su revólver", o que el cohete que se le escapó a un joven recluta
"alcanzó al jefe del Estado Mayor en el trasero". Su balance pocos días
después de ver lo que ocurre en primera línea es rotundo: "¡Sí, ha comenzado
un tiempo despiadado, un tiempo de plomo!".
| El observador
meticuloso e implacable Fragmentos de los apuntes de Vasili Grossman, que Antony Beevor y Luba Vinogradova han editado en Un escritor en guerra. - En el frente de Briansk (1941). "El interrogatorio de un traidor en un pequeño prado, un día de otoño tranquilo y claro, con un sol suave y agradable. Lleva barba crecida y viste un abrigo raído marrón rojizo y una gran gorra de campesino. Desertó hace varios días y fue capturado la noche pasada en la primera línea, cuando trataba de regresar a nuestra retaguardia vistiendo esa ropa campesina que parece sacada del vestuario de una ópera. Los alemanes lo habían comprado por 100 marcos. Volvía para localizar cuarteles generales y aeródromos. 'Pero si sólo fueron 100 marcos', dice arrastrando las palabras. Piensa que la modestia de esa suma podría hacer que lo perdonaran". - En Stalingrado (1942). Testimonio del francotirador Anatoli Ivanovich Chejov: "Cuando recibí el fusil no podía ni pensar en matar a un ser humano: un alemán estuvo allí durante unos cuatro minutos, hablando, y le dejé ir. Cuando maté al primero, cayó inmediatamente. Otro corrió y se inclinó sobre el muerto, y lo tumbé también... Cuando maté por primera vez me eché a temblar: ¡Aquel hombre sólo iba a conseguir algo de agua! Sentí miedo: ¡Había matado a una persona! Entonces recordé a nuestro pueblo y comencé a matarlos sin piedad". "Cuando uno entra en un búnker y en las oficinas subterráneas de los oficiales y soldados, siente de nuevo un ardiente deseo de retener en la memoria los notables rasgos de esa vida tan peculiar. Las lámparas y la chimenea hechas a partir de vainas de artillería, tazas hechas con sus culotes junto a los vasos de cristal sobre las mesas. Y un volumen de Shakespeare en la oficina subterránea del general Gurov... Toda esa vida cotidiana son apacibles cosas hogareñas rescatadas de los edificios incendiados". - El campo de concentración de Treblinka (1944). "Sabemos de la muerte por hambre, de la gente hinchada a la que llevaban en carretillas al otro lado del alambre de espino y la fusilaban. Conocemos las increíbles orgías de los alemanes, cómo violaban a las chicas y las mataban inmediatamente después, cómo un alemán borracho le cortó los pechos a una mujer con un cuchillo, cómo arrojaban a la gente desde una ventana a seis metros del suelo, cómo una compañía borracha sacaba por la noche de los barracones entre 10 y 15 prisioneros para practicar diferentes formas de asesinato, sin prisa, disparando a los hombres condenados en el corazón, en la nuca, en un ojo, en la boca, en la sien...". - Camino de Berlín (1945). "A las mujeres alemanas les están sucediendo cosas horrorosas. Un alemán educado cuya mujer ha recibido 'nuevos visitantes' [soldados del Ejército Rojo] explica con gestos expresivos y palabras rusas entrecortadas que ha sido violada hoy por 10 hombres. La señora está presente". |
"Lo más interesante de las
notas de Grossman es su capacidad para contar un sinfín de detalles
relacionados con los individuos", explica Beevor. "No sabía gran cosa de
ciencia militar y tuvo que ponerse a estudiar sobre estrategia y sobre
armamento y tecnología, pero lo más revelador es siempre su capacidad de
reflejar la vida del frente. No era uno de esos periodistas que cubren la
guerra desde un hotel y transmiten las notas oficiales de los comisarios.
Iba con las tropas y supo crear un clima de confianza tal que tanto soldados
como oficiales le contaban lo que padecían con todo detalle. Él no tomaba
notas cuando le hablaban, lo que suele intimidar. Escuchaba y luego escribía
en sus cuadernos. Lo que cuenta es verdad, pero seguramente no se
corresponde palabra a palabra con lo que le dijeron".
Cuando la temible Wehrmacht, el Ejército de Hitler, invadió Rusia el 22 de
junio de 1941, Vasili Grossman se presentó inmediatamente para alistarse
como voluntario en las tropas soviéticas. Tenía 35 años, pero lo
consideraron inútil para cualquier tarea militar. Había nacido en la ciudad
ucrania de Berdichev, en el seno de una familia judía. Sus padres se
separaron, así que vivió una infancia que lo llevó de un lado a otro.
Estudió química, se casó y tuvo una hija, se separó. Trabajó como ingeniero
en una mina. Lo dejó pronto para dedicarse a escribir. Publicó dos novelas
siguiendo los patrones del realismo socialista y uno de sus cuentos fue
elogiado por Bulgakov y Gorki, dos de los grandes referentes de la
literatura rusa de entonces.
La posibilidad de cubrir lo que ocurría en el Ejército Rojo para publicarlo
en su periódico oficial lo salvó de la crisis en que la que cayó cuando lo
rechazaron como combatiente. Así que salió para el Frente Central. Vivió el
bombardeo de Gomel, la larga huida de Orel cuando se acercaron las tropas
alemanas, el cerco de Kiev, el frente de Briansk. Estuvo con el 50º
Ejército, que mandaba un general que había estado en la Guerra Civil
española: "Petrov grita palabras españolas que suenan fuera de lugar aquí,
bajo este cielo de otoño, sobre este suelo húmedo", anotó en sus cuadernos.
"Son muy pequeños", dice Antony Beevor, "llenos de apuntes escritos con una
letra menuda. Cuando Luba y yo los descubrimos, quedamos fascinados por la
cantidad de información que contienen sobre lo que ocurrió en el frente,
sobre cómo vivieron la guerra quienes la hicieron y quienes la padecieron. A
las autoridades soviéticas les interesaba que fueran escritores, y no sólo
periodistas, los que informaran sobre lo que ocurría en los campos de
batalla. Enviaron a Grossman, a Ehrenburg, a Simonov... Hay muchas
similitudes entre los que cubrían la guerra entonces y los que lo hacen
ahora. Hay también diferencias: hoy es más fácil escabullirse de la censura
gracias a las nuevas tecnologías. Entonces la información no era
instantánea, tardaban unas semanas en aparecer los textos, había más tiempo
para elaborarlos".
"Stalingrado ha ardido. Tendría que escribir mucho para describirlo.
Stalingrado ha sido incendiada. Stalingrado está en cenizas. Está muerta. La
gente está en los sótanos. Todo ha ardido", escribió Grossman cuando le tocó
contar que "la guerra ha llegado al Volga". Corría el año 1942 y muchas de
las notas que tomó entonces le sirvieron para construir sus novelas, como la
célebre Vida y destino, que pasa por ser una de las piezas más brillantes
sobre el estalinismo.
"Con el paso del tiempo, aquel hombre desgarbado que había sido rechazado
como soldado se convirtió en un tipo fornido, que aguantó todas las
penalidades de la guerra y en el que coincidían, cosa muy rara, la valentía
física con la valentía moral", comenta Beevor. "Contó cuanto había visto,
incluso la violencia y la brutalidad con la que trataron los soldados
soviéticos a las mujeres alemanas en su avance hacia Berlín. Fueron tan
salvajes algunas violaciones que algunas notas, que finalmente no se han
incluido, eran pura pornografía y ofensivas para cualquier mujer".
Fuente: www.elpais.com, 11/09/06.
Imágen: Vasili Grossman por Sábat.
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Vida
y destino
Por Rafael Narbona
Vida y destino, Vasili
Grossman. Traducción de Marta Rebón. Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg.
Barcelona, 2007. 1.112 páginas.
De vez en cuando, la literatura y la historia rescatan a sus protagonistas,
revelando que el olvido sólo es un destino provisional. Vasili Grossman no
regresó a la actualidad hasta finales de los 80, cuando la URSS comenzó a
desintegrarse. Su reaparición no añadió un autor más a las letras rusas,
sino que situó en un lugar de excepción Vida y destino, una novela
monumental, que recobra el papel testimonial de la literatura. Testimonio
que restituye el sufrimiento individual y crónica de las ideas en su papel
configurador.
Nos encontramos con la primera traducción del texto íntegro en castellano,
cuidadosamente editado, un verdadero lujo para el lector que anhela
comprender la violencia del siglo XX y aún cree en la literatura como forma
de conocimiento y transformación social. Con la batalla de Stalingrado como
centro narrativo, el personaje de Shtrum (podríamos decir Grossman),
intelectual judío fascinado por la relatividad y la física cuántica, encarna
perfectamente la perplejidad de una época ante sus propios logros y su
incapacidad para dominarlos. Es posible dividir el átomo, transformar la
materia en energía, eliminar a millones de seres humanos a una velocidad
inconcebible.
Grossman ratifica el polémico análisis de Hannah Arendt: nacionalsocialismo
y comunismo pueden subsumirse bajo el mismo concepto. Utopías que trituran
seres humanos con la promesa del paraíso terrenal. Auschwitz, Hiroshima y
Stalingrado son los laboratorios donde se construye el hombre nuevo. Pero el
hombre nuevo es Shtrum, obligado a firmar un documento infame, que incrimina
a inocentes y niega la verdad. Es indiscutible que Grossman pensaba en su
propia debilidad, firmando una carta oficial que solicitaba un castigo
ejemplar para los médicos judíos implicados en un falso complot contra
Stalin.
Vasili Grossman había crecido en un familia judía asimilada. Apegado a su
madre, que probablemente estimuló su vocación literaria, no pudo salvar su
vida, cuando los alemanes invadieron Ucrania. Yekaterina Savelievna, a cuya
memoria está dedicada Vida y destino, murió asesinada con los 30.000 judíos
de Berdichev. En los años 50, Vasili seguía escribiendo a la madre ausente:
"He intentado imaginar cientos de veces cómo fue tu muerte". Después de la
guerra, obtuvo la Bandera Roja del Trabajo y escribió sin problemas. No era
un disidente. Su espíritu crítico sólo empezó a despertar con sus dos
últimas novelas. Todo fluye relataba la hambruna que causó entre cinco y
ocho millones de muertos en Ucrania. Era imposible abordar el tema,
ocultando la responsabilidad de Stalin. La novela quedó inacabada.
Sólo una desconcertante ingenuidad explica que intentará publicar Vida y
destino, esperanzado por el aperturismo de Kruschev. El manuscrito
sobrevivió al KGB, que destruyó varias copias, sin imaginar que existían
otras. Grossman creyó, sin embargo, que no se había salvado ninguna y cayó
en una depresión. Murió poco después, de un cáncer de estómago. El tiempo
transcurrido se ha ocupado del desagravio. Ni la censura ni los cambios de
sensibilidad estética o moral han afectado a una obra que recrea las
diferentes formas del sufrimiento humano, sin renunciar a comprender la
primera mitad de un siglo pródigo en sueños utópicos, filigranas metafísicas
y tentaciones faústicas. Ambiciosa, con multitud de personsajes y
escenarios, de inequívoco aliento tolstoiano pero con la delicadeza y
exactitud de Chejov, Vida y destino no se conforma con relatar los hechos,
sino que pretende comprender la relación entre el poder y las masas. Vida y
destino es una novela, pero también un estudio político, que identifica la
esencia del totalitarismo con la presunción de culpabilidad. La inocencia no
existe para Hitler o Stalin. Sus campos de concentración, apunta Grossman,
estaban "habitados por criminales que no habían cometido ningún crimen".
Vida y destino realiza una prodigiosa recreación del cerco de Stalingrado,
que resultó fundamental para la labor de Antony Beevor. Beevor utilizó la
información proporcionada por la novela y escribió una biografía sobre su
autor: Un escritor en guerra. Los personajes de Grossman se corresponden con
los diferentes rostros de la guerra. El general Yeremenko simboliza el
esfuerzo de los militares comprometidos con la victoria, sin ambiciones
políticas ni insensibilidad moral. Su serenidad contrasta con el histerismo
y mediocridad de Hitler y Stalin, incapaces de controlar los acontecimientos
que han precipitado. El dolor de Liudmila por la pérdida de su hijo
concierne a todos los que han vivido algo semejante: desgarro, incredulidad,
locura. Mostovski, prisionero de los alemanes, al menos conserva el alivio
de estar recluido por el enemigo. Es más fácil resistir cuando las
alambradas no han sido levantadas por antiguos camaradas.
La frustración de Zhenia, a la que se deniega una y otra vez el permiso de
residencia pese a ser hija de un héroe de la revolución, muestra la
impotencia de los ciudadanos ante una burocracia ciega e irracional. La
vieja niñera alemana que es deportada por la denuncia de una vecina
interesada en su cuarto, más amplio y luminoso, ejemplifica la degradación
moral de las sociedades gobernadas por dictaduras, donde se estimula la
delación. Grossman posee un enorme talento para describir al hombre en mitad
de circunstancias terriblemente adversas. Se ha comparado Vida y destino con
Archipiélago Gulag; para algunos, las dos obras más peligrosas para la
estabilidad de la antigua URSS.
Es casi imposible medir la repercusión de un libro. Ni siquiera es sensato
plantearlo, si bien es cierto que los artículos de Ilya Ehrenburg sobre las
atrocidades de los nazis contribuyeron a incrementar las represalias del
Ejército Rojo. Las páginas de Vida y destino están dedicadas al sufrimiento
de los soldados, a las penalidades de los judíos, al dolor de las miles de
familias que enviaron a sus hijos al frente mientras sufrían las privaciones
de la retaguardia y las arbitariedades de un régimen que mostraba el mismo
desprecio por el ser humano que el Sexto Ejército del mariscal von Paulus.
Vida y destino, con sus decenas de historias que giran sobre la guerra,
ciudades sitiadas, el apego a la tierra y a los seres queridos, las dudas
políticas, morales y religiosas, la tenacidad del existir y la fatalidad del
azar, se enfrenta a los aspectos más terroríficos del siglo. Grossman
percibe el campo de concentración como el estrato más profundo de nuestra
cultura. Su capacidad de organizarse por sí mismo pone de manifiesto que el
poder ya no es un centro visible, sino un sistema que puede prescindir del
hombre para seguir controlando la historia.
Aunque sea en el campo de la ficción, podemos afirmar que Grossman ha
conseguido penetrar en las cámaras de gas, un espacio nunca filmado o
fotografiado en su terrible funcionamiento. Claude Lanzman afirmaba que
entre esas paredes se hallaba la verdad de nuestro tiempo. El sacrificio de
Sopia Osipovna, que desprecia la oportunidad de salvarse para morir junto a
David, un niño casi desconocido, produce tanto horror como ternura. Es la
misma ternura que desprende la carta de la madre de Shtrum, que escribe a su
hijo antes de ser evacuada del gueto, sabiendo que nunca podrá leer sus
palabras. La adaptación teatral de la carta corrobora el poder narrativo de
una obra que sólo necesita unas páginas para urdir una historia.
Shtrum, como Grosmann, Jean Améry o Primo Levi, nunca habían pensado en el
hecho de ser judíos. "El antisemitismo es un fenómeno único porque el
destino histórico de los judíos es único". Su participación en la ciencia,
las artes y la política confirman que el progreso y la barbarie avanzan de
la mano, como ya advirtió Walter Benjamin. "El siglo de Einstein y Planck es
el siglo de Hitler y Stalin". La admiración que produce Vida y destino no
puede evitar la náusea moral y la congoja. Vida y destino es la prueba de
que el Ángel de la Historia recoge el dolor de las víctimas para ofrecerles
un mañana y convocar a los vivos para que atiendan su anhelo de paz y
justicia.
Fuente: www.elcultural.es, 20/09/07
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Así
en la paz como en la guerra
Por Guillermo Saccomanno
Hijo de judíos, admirador de Chejov, apadrinado por Gorki y marxista
menchevique no afiliado al PC, Vasili Grossman se alistó en el Ejército Rojo
como corresponsal del Estrella Roja para huir del terror interno de las
purgas stalinistas. Aunque ya era un escritor al que Stalin tenía entre ceja
y ceja, sus crónicas desde el frente le dieron una notable popularidad. Sin
embargo, terminada la guerra, Vida y destino, su obra magna, una monumental
novela de más de mil páginas que atraviesa todos los géneros y los estilos
para explorar las cimas y las oscuridades de la condición humana, permaneció
inédita hasta años después de su muerte. Ahora, la reedición en castellano
de esa novela y la salida de Un escritor en guerra (biografía y recopilación
de cuadernos de notas durante sus años como corresponsal en Stalingrado)
permiten acercarse a la obra de quien se puede considerar el gran escritor
ruso del siglo XX.
1. En la noche, en una barraca de Treblinka, un prisionero soviético le
susurra a sus compañeros de cautiverio: "Alguien debería escribir un tratado
sobre los tipos de angustia en los campos de concentración. Una angustia te
oprime, otra te agobia, la tercera te ahoga, no te deja respirar. Y hay una
especial que ni te ahoga ni te oprime ni agobia, sino que desgarra al hombre
por dentro". En la negrura, murmurando, los soviéticos discuten sobre la
libertad como absoluto, el Bien y el Mal, las virtudes del marxismo, y la
ventaja moral de encontrarse prisioneros del enemigo y no de sus
compatriotas: es menos humillante. Tranquiliza la conciencia no estar
condenados en un gulag stalinista. Cerca, en la niebla, los ferroviarios que
llevan un convoy cargado de prisioneros hacia el lager se fastidian con el
cansancio de su trabajo.
Desde las primeras páginas de Vida y destino, Vasili Grossman establece las
reglas de su novela: capítulos que se conectan, a veces por corte, a veces
en zigzag, mostrando distintos ángulos de un hecho, situaciones antagónicas
y también complementarias, todo conjugado con el oficio de quien puede
adoptar tanto la voz de un narrador omnisciente, diálogos no faltos de
causticidad, como camuflarse, por ejemplo, en la primera persona de una
madre que escribe una carta al hijo que no volverá a ver. No hay tema que le
sea ajeno: el amor, el coraje, la traición, la soledad, la injusticia. Y,
conectando siempre lo individual con lo colectivo, Grossman ahonda en la
experiencia truculenta de la guerra y en las fisuras del pueblo ruso
sometido a la persecución y la paranoia del terror de Estado. Las ideologías
de la bondad, plantea Grossman, responden a la mala fe, son tramposas y,
empezando por el autoengaño, se proyectan en la destrucción colectiva. La
cuestión no es novedosa: puede rastrearse en las discusiones de Pierre y el
príncipe Andrei en Guerra y Paz.
2. Grossman está más cerca de la tradición narrativa del siglo XIX que de
las vanguardias del XX, pero su proyecto narrativo tiene personalidad
propia. El tono del periodista que busca la crónica "objetiva" alterna con
el dibujo chejoviano que permite leer varios capítulos como relatos
independientes. En ocasiones, aborda al canto épico y la epifanía, y cada
tanto, con una síntesis aguda, incursiona en el ensayo. Porque Vida y
destino es, como toda gran novela, una novela de ideas. Entre los críticos
que celebraron la publicación de Vida y destino en Occidente figuran, entre
otros, Levinas y Steiner. Según muchos entendidos en literatura rusa, es el
equivalente contemporáneo de Guerra y Paz. Se ha dicho también que se trata
de una de las novelas capitales de la literatura rusa contemporánea,
esencial para comprender el totalitarismo. El crítico Edmund Wilson, experto
en literatura rusa, a propósito de Solyenitzin opinó que ésta expresaba un
alma recogida sobre sus propios tormentos pero fulminante como un rayo.
Wilson subrayaba así una tendencia a lo oscuro, proclive a la
autoflagelación, característica quizá dostoievskiana por excelencia. Pero,
cabe preguntarse, ¿después de la experiencia concentracionaria del zarismo
en el sepulcro de los vivos siberiano o de los gulags soviéticos, se puede
escribir haciéndose el distraído?
En "Memoria del mal, tentación del bien", su ensayo sobre el totalitarismo,
Tzvetan Todorov dedica un capítulo íntegro a Grossman y, además, preside
todos los demás con citas de Vida y destino. Según Todorov, comunismo y
nazismo (que Grossman denomina fascismo) provocaron además de la muerte de
incontables millones de seres humanos, también la deportación, la
humillación y la tortura. Si un beneficio para nada secundario le otorgó a
Stalin la invasión nazi y el ingreso de la Unión Soviética a la guerra es el
despertar del sentimiento patriótico. El pánico a la vigilancia hasta en los
rincones más íntimos, la sospecha del prójimo, todo lo que convierte amigos,
amantes y familiares en alcahuetes potenciales que pueden mandarlo a uno a
la Lubianka, la temible cárcel de los interrogatorios previos a las
sentencias, como también el tramiteo kafkiano para satisfacer una mínima
urgencia, todos los conflictos se postergan ante la guerra. Si un beneficio
tiene para Stalin la guerra es el logro de la unión nacional.
3. Descendiente de dos familias judías acomodadas, Vasili Grossman nació en
1905 en Berdichev. De chico, pasó dos años con su madre en Ginebra, aprendió
el francés, y ya muchacho, mantenido en Kiev por un tío médico, estudió
química. Hasta reparar que le tentaba más la literatura. Admirador de Chejov,
fue apadrinado por Gorki. Pero si bien ser un escritor bajo Stalin era gozar
de una posición envidiada era también, al menor desvío, arriesgarse a la
desaparición. Sin afiliarse al Partido Comunista, Grossman se definía
marxista, pero sus amigos lo consideraban un menchevique. Los
revolucionarios del ’17, acusados por Stalin de contrarrevolucionarios, eran
detenidos y despachados a Siberia cuando no desaparecidos. Y entre ellos, lo
mejor de la intelectualidad rusa. Más tarde Stalin fue además sospechado de
la muerte de Gorki.
En 1937 fue apresada una prima de Grossman que participaba de la
Internacional Sindical. Luego, dos amigos novelistas. En 1938 detuvieron y
ejecutaron al tío que lo había protegido. Grossman, en tanto, bajaba la
cabeza, se cuidaba. Schtrum, el físico protagonista de Vida y destino, alter
ego de Grossman, sospechado de "enemigo del pueblo", sufre el control, el
acoso, y debe tocar fondo en su cobardía para resistirse a la
autoincriminación y no delatar a sus camaradas y parientes. Una noche lo
llama Stalin y lo confirma en su puesto. Entonces, Schtrum respira. Por una
experiencia similar había pasado Grossman cuando Stalin le reclamó que
ajustara una de sus novelas anteriores de acuerdo a las normativas del
realismo socialista.
El ex marido de la segunda mujer de Grossman, acusado de "enemigo del
pueblo", es detenido. Y poco después también ella va a la cárcel. Grossman
se anima a interceder y consigue que ella recupere la libertad. En 1941,
mientras las tropas alemanas avanzan, Grossman le propone a su mujer traer
con ellos a su madre, que vive en Berdichev. El matrimonio discute. La mujer
se niega: se queja de que carecen de lugar para la suegra. En tanto, los
nazis arrasan Berdichev y en una de sus matanzas de judíos fusilan a su
madre y su hermana. Después, la fosa colectiva.
4. Antony Beevor, especialista en la Segunda Guerra, Premio Pulitzer por su
libro Stalingrado, fue el compilador de los cuadernos de guerra de Grossman.
Un escritor en guerra, su ensayo más reciente, reúne los apuntes,
aguafuertes y crónicas de Grossman en el Ejército Rojo. Las notas de
Grossman (que nada tienen que envidiarle a los cuentos y apuntes de Babel
durante las operaciones de la Revolución) se leen como antecedente genético
de Vida y destino. El estallido de la guerra en 1941 resultó para Grossman
un alivio. Al engancharse como voluntario defendía su patria, pero también
dejaba de mentirse a sí mismo con respecto al miedo que padecía en la vida
civil. La victoria sobre Hitler, pensaba, sería también sobre los campos de
concentración donde habían muerto su madre y su hermana. Según Beevor, a la
hora de alistarse, Grossman era un tipo de anteojos, excedido en peso, que
caminaba con un bastón. Con menos de treinta años, las chicas del barrio lo
llamaban tío. Fue rechazado en el reclutamiento. A su colega, el escritor
Ilyia Ehremmburg, amigo suyo, intelectual favorito del régimen, le causó
gracia la voluntad de Grossman en insistir con la incorporación. Finalmente
lo aceptaron: como corresponsal de Estrella Roja, el diario de las fuerzas
armadas. Pero esto tampoco garantizaba mucho: un periodista o un corrector
de pruebas podían ser deportados a Siberia simplemente por una errata al
escribir el nombre de Stalin. Tras un entrenamiento veloz, Grossman partió
al frente: ahora disparaba con puntería, había perdido unos cuantos kilos y
estaba en forma. Desde 1941 a 1945, aunque no le fuera simpático a Stalin,
Grossman fue uno de los corresponsales más populares.
5. En esos años le escribió a su padre que tenía un solo libro para leer en
el frente: Guerra y Paz. Lo leía una y otra vez. Así como Guerra y Paz sitúa
las intervenciones de los generales Kutúzov y Bagration y presenta a
Napoleón en su tienda de campaña, el conde Tolstoi, ex militar,
documentadísimo, combina imaginación y realidad convirtiéndose en un
antecedente de la fiction-non fiction. Grossman recurre al modelo tolstoiano
al retratar en Vida y destino a un enigmático y amenazador Stalin que
extorsiona al pueblo ruso con el chauvinismo o a un Nikita Kruschev
irascible y corajudo, comandando desplazamientos audaces en el frente.
Muchos militares que participan en Vida y destino fueron protagonistas
reales de la batalla de Stalingrado. La lectura obsesiva de Tolstoi explica
la fascinación de Grossman por el fresco social, la mirada abarcadora. En
Vida y destino son numerosas las alusiones a la torrencial novela tolstoiana.
Incluso le cuestiona sus ideas de táctica y estrategia. Pero, con todo, Vida
y destino no es una imitación del clásico que describe la resistencia del
pueblo ruso a la invasión napoleónica un siglo atrás. Es que Tolstoi no es
un paradigma absoluto para Grossman. A grandes rasgos puede arriesgarse que
si Dostoievski plantea la búsqueda de Dios a través de la angustia
introspectiva, Tolstoi piensa al hombre ya no sólo en relación con Dios sino
con el cosmos. En cambio Chejov, sin volar más bajo, enfoca seres diminutos
cuya hondura se percibe en una pena, un altruismo o una mezquindad. Grossman
conjuga las tres perspectivas. De Dostoievski toma la preocupación
metafísica, de Tolstoi el aliento homérico, pero se siente más próximo a
Chejov en la captación de signos imperceptibles de lo cotidiano. "El camino
de Chejov es el camino de la libertad de Rusia", escribe Grossman.
6.
La batalla de Stalingrado (junio 1942, febrero 1943), que terminó con la
retirada alemana y definió la Segunda Guerra Mundial, fue la que arrojó el
saldo más pavoroso de víctimas: dos millones de muertes. Se luchó edificio
por edificio, en fábricas y depósitos. Los jóvenes soviéticos entregaban sus
vidas con un heroísmo desgarrador. Con la elegancia de Turguenev, Grossman
es capaz de escribir: "Toma mi mano, amable lector", para retratar
artilleros y tanquistas. Del Turguenev de Relatos de un cazador (admirado
por Hemingway) extrae la frialdad y la crudeza para describir un equipo de
francotiradores de origen campesino, reflejar sus miradas. Lo estremece que
el gusto al liquidar un enemigo sea el mismo que experimentaban en su tierra
al acertarle a un lobo amenazando sus rebaños. Grossman cuenta el combate
con una agudeza en la que contrastan, todo el tiempo, circunstancias y
elementos de muerte y de vida. Una ráfaga de ametralladora eleva la tierra
"como una bandada de gorriones". En una trinchera soviética, "en un
cochecito de bebé color crema estaban colocadas las minas antitanque". En
estas imágenes, frecuentes en su narración, se advierte una constante:
conservar la confianza en el instinto en la vida aún en las situaciones
extremas. Desde esta perspectiva, Grossman desmenuza las ideologías que, en
nombre del bien de la humanidad, condujeron hacia su aniquilación. Porque
Grossman prefiere reinvindicar la bondad en gestos pequeños como el de un
oficial que, ante el peligro de un ataque depredador del enemigo, ordena el
traslado de dos enamorados, un soldado y una operadora de radio, lejos del
frente. Otro ejemplo: una médica, solterona y estéril, en un vagón atestado
camino a Treblinka apaña a un chico huérfano. Otro más: una vieja rusa que
perdió a su hijo le entrega un pedazo de pan a un prisionero alemán. Gestos
tibios, como una taza de té en medio de la nieve.
7. La desmesura de Vida y destino no responde a una vanidad titánica.
Grossman necesitó más de mil páginas para indagar los resortes del
totalitarismo. Si bien la novela empieza en Treblinka y lo espeluznante del
campo le da pie a Grossman para igualarlo a un gulag stalinista donde los
hechos escalofriantes no se quedan atrás; en el medio, Stalingrado civil,
corazón de la novela; y en torno giran, atemorizadas, famélicas, familias
enteras. La vida diaria es un infierno complementario del frente donde la
resistencia tenaz de las tropas rusas, muertas de frío y mal alimentadas,
con más voluntad que armamento, frenan como pueden cada ataque alemán.
Grossman no le ahorra al lector lo siniestro de la vida civil: por un lado,
el sacrificio del pueblo por la causa nacional y por otro, el mismo pueblo
bajo la persecución, los interrogatorios, las desapariciones. Sin perder
pulso narrativo, con ductilidad, ensamblando un capítulo sobre el stalinismo
tras otro, Grossman analiza también la ingeniería social nazi y su obsesión
estética en la construcción de los lager. Hay un capítulo magistral en este
punto. La arquitectura como obsesión estética del nazismo no podía ser
pasada por alto en el diseño de los lager. Grossman dedica todo un capítulo
a la construcción del campo. Después cuenta la viveza de un alemán
provinciano que trepó socialmente por su incorporación al nazismo: Eichmann.
Cuando el oficial burócrata inaugura una cámara de gas, en el interior lo
espera un agasajo, una mesa con fiambres, entremeses y champagne. Grossman
detalla el funcionamiento de la cámara: su piso compuesto de losas se abre y
deja caer los cuerpos para que, en el subsuelo, los dentistas prisioneros
extraigan las piezas dentales de oro a las víctimas. Otro personaje zorro,
un soldado que regula el suministro de gas en las ejecuciones masivas,
cuando puede se roba algo del oro como ahorro para cuando esto sea apenas un
recuerdo molesto. Hitler también actúa en la novela. Cuando sus tropas
comienzan a retroceder en el sitio de Stalingrado, Hitler se aparta de su
custodia y camina solitario por un bosque. La derrota lo vuelve un chico con
ganas de salir corriendo. Por primera vez al pensar en el fuego de los
hornos crematorios siente un horror humano.
Grossman no elude narrar ni la matanza de bebés judíos ni la marcha hacia la
cámara de gas de las víctimas desnudas. Como hombre, sabe lo que ha visto.
Como periodista, sabe contarlo. Y como escritor sabe del estilo justo.
Grossman compara la no menos atroz ingeniería social soviética, la tremenda
represión que Stalin decretó contra los kulacos, los campesinos trasladados
de una región inhóspita a otra donde morirían de hambre y de frío. Una
mujer, durante la hambruna se comió a sus hijos. Para Grossman esto también
cuenta. Y lo cuenta.
8. La cuestión judía es crucial en Vida y destino. El corresponsal Grossman,
en la vida real, ha entrado con las tropas rusas en aldeas y pueblos
arrasados, ha encontrado a su paso más que vestigios del espanto. No le
basta con narrar Treblinka. Busca explicarse el abismo. Entonces estudia su
funcionamiento. Entrevista vecinos, les pregunta acerca de la frecuencia de
los trenes que ingresaban diariamente al lager, calcula cuántas personas
hacinadas cabían en un vagón de carga, saca cuentas. "El antisemitismo nunca
es un fin, siempre es un medio", escribe. "Es un criterio para medir
contradicciones que no tienen salida, un espejo donde se reflejan los
defectos de los individuos, de las estructuras sociales y de los sistemas
estatales. Incluso un genio como Dostoievski vio un judío usurero allí donde
debería haber visto los ojos despiadados del contratista, el fabricante y el
esclavista rusos". Un capítulo clave de Vida y destino apunta la
conversación entre el comandante SS del lager y su prisionero más
importante, un militar comunista. "Ustedes creen que nos odian, pero se
equivocan: se odian a ustedes mismos", afirma el nazi. Y agrega: "Cuando
damos un golpe a su ejército, lo infligimos contra nosotros mismos. El
terror de ustedes ha matado a millones de personas, y en todo el mundo, sólo
nosotros, los alemanes hemos comprendido que era algo necesario. ¿Cree que
el mundo nos mira a nosotros con horror y a ustedes con amor y esperanza?
Créame, quien ahora nos mira con horror, también los mirará con horror a
ustedes. Stalin nos ha enseñado muchas cosas. Para construir el socialismo
en un solo país era necesario privar a los campesinos de sembrar y vender
libremente, y Stalin no vaciló: liquidó millones de campesinos. Nuestro
Hitler advirtió que al movimiento nacional socialista le estorbaba un
enemigo, el judaísmo. Y decidió liquidar a millones de judíos". Hay una
especularidad entre el nacional socialismo y el comunismo staliniano,
argumenta Grossman. La revelación de los lager provocan en Grossman la toma
de conciencia de su condición de judío.
9. Después de la guerra, para granjearse la simpatía de Occidente el bureau
soviético encargó a Grossman y Ehremburg un Libro Negro que reuniría
testimonios y documentos sobre la persecución y el aniquilamiento de los
prisioneros judíos en los campos nazis. Los dos escritores se dedicaron al
libro. Pero después de la guerra la Unión Soviética era otra. La unión
nacional se había "consolidado". No era de buen tono insistir con el asunto
que podía sacar a relucir la xenofobia de los años pasados. Además ahora
pesaban la Guerra Fría y la solidaridad internacional de los judíos. Las
editoriales en yddish fueron clausuradas. Se acusó también a los judíos de
un complot y se habló de deportarlos al Asia Central. La publicación del
libro se atrasó y finalmente se anuló. En Estados Unidos se publicó una
versión abreviada con prólogo de Einstein. La versión completa sirvió como
elemento testimonial en los juicios a los nazis. Y se publicó más tarde en
Israel.
10. Grossman escribió Vida y destino sabiendo que le sería imposible
publicarla. Tras la muerte de Stalin, Krushev asumió el poder y en el XX
Congreso del PC intentó lavar culpas. También intentó galardonar a Grossman,
integrarlo como escritor oficial. Pero Grossman rehusó toda distinción. Los
crímenes no habían sido sólo responsabilidad de un hombre sino de un
régimen. Desencantado con el socialismo real, pero sin perder la esperanza
chejoviana en que el mundo puede ser un lugar mejor si los hombres miran
como viven, Vasili Grossman murió en Moscú en 1964. La noche anterior había
terminado Todo pasa, su última novela. Fue enterrado, de acuerdo a su
voluntad, en un cementerio judío. Vida y destino fue publicada en Suiza en
1980.
Fuente: Página/12, Suplemento Radar, 09/03/08
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Fragmentos
de Vida y destino
La existencia
Durante la noche el tren se detuvo dos veces, y todo el vagón oyó el crujido
de los pasos de los centinelas y captaba sus incomprensibles palabras en
ruso y alemán.
La lengua de Goethe sonaba horrible en medio de la noche en las estaciones
rusas, pero el ruso que hablaban los colaboradores de la policía alemana era
todavía más siniestro.
Por la mañana Sofía Osipovna sufría el hambre como todos y soñaba con un
trago de agua. Incluso había algo patético y esmirriado en su sueño. Veía
una lata de conservas abollada, en cuyo fondo quedaba un poco de líquido
tibio. Y se rascaba con pequeños movimientos rápidos y bruscos, como hacen
los perros cuando se buscan las pulgas.
Ahora creía haber comprendido la diferencia entre vida y existencia. Su vida
se había acabado, interrumpido, pero la existencia seguía, se prolongaba. Y
aunque aquella existencia era miserable, el pensamiento de una muerte
cercana le colmaba el corazón de terror.
Comenzó a llover; algunas gotas entraron por la ventanilla enrejada. Sofia
Osipovna rompió un ribete de tela del dobladillo de su camisa, se arrimó a
la pared del vagón y deslizó la tira por una hendidura. Luego esperó a que
el trozo de tela se empapara de agua de lluvia, lo sacó y se puso a masticar
la tela fresca y húmeda. También sus vecinos comenzaron a arrancar trozos de
tela, y Sofia Osipovna se sintió orgullosa de haber encontrado un medio de
capturar la lluvia.
Vida y destino, pgs. 242-243.

El destino
El juicio divino existe, y existe también el tribunal del Estado, de la
sociedad; pero existe un juicio supremo y es el juicio de un pecador sobre
otro pecador. El hombre que ha pecado conoce la potencia del Estado
totalitario, que es infinitamente grande; sirviéndose de la propaganda, el
hambre, la soledad, el campo, la amenaza de muerte, el ostracismo y la
infamia, esa fuerza paraliza la voluntad del hombre. pero en cada paso dado
bajo la amenaza de la miseria, el hambre, el campo y la muerte, se
manifiesta siempre, al mismo tiempo que lo condicionado, la libre voluntad
del hombre. En la trayectoria vital recorrida por el jefe del Sonderkommando,
del campo a las trincheras, de la condición de hombre sin partido a la de
miembro consciente del partido nacionalsocialista, siempre y por doquier
estaba impresa su voluntad. El destino conduce al hombre, pero el hombre lo
sigue porque quiere y es libre de no querer seguirlo. El destino guía al
hombre, que se convierte en un instrumento de las fuerzas de destrucción,
pero cuando eso sucede no pierde nada; al contrario, gana. Este lo sabe y va
allí donde le esperan las ganancias; el terrible destino y el hombre tienen
objetivos diversos, pero el camino es uno solo.
Quien pronuncie el veredicto no será un juez divino, puro y misericordioso,
ni un sabio tribunal supremo que mire por el bien del Estado y la sociedad,
ni un hombre santo y justo, sino un ser miserable destruido por el poder del
Estado totalitario. Quien pronuncie el veredicto será un hombre que a su vez
ha caído, se ha inclinado, ha tenido miedo y se ha sometido.
Ese hombre dirá:
-¡En este mundo terrible existen los culpables! ¡Tu eres culpable!
Vida y destino, págs. 684-685.

Los muertos
El cerebro de Naum Rozemberg, un contable de cuarenta años, realizaba sus
cálculos habituales. Caminaba por la carretera y contaba: en el de anteayer,
110; en el de ayer, 71; los cinco días antes, 612; eso suma un total de
783... Qué lástima no haber llevado una cuenta separada de los hombres, los
niños, las mujeres... Las mujeres arden más fácilmente. Un Brenner
experimentado dispone los cuerpos de manera que los viejos huesudos, ricos
en ceniza, ardan al lado de los cuerpos de las mujeres. Ahora darán la orden
-"desvíense de la carretera"-, así mandaron un año antes a los que ahora
vamos a desenterrar y a extraer de la fosa con ganchos sujetados a cuerdas.
Un Brenner experimentado puede determinar a partir de un montículo cuántos
cuerpos yacen dentro de una fosa: cincuenta, cien, doscientos, seiscientos,
mil... El Scharführer Elf exige que a los cuerpos se les llame Figuren, cien
figuras, doscientas figuras, pero Rozemberg los llama: personas, hombre
asesinado, niño ejecutado, viejo ejecutado... Los llama así en voz baja, de
lo contrario el Scharführer descargaría nueve gramos de metal contra él,
pero sigue musitando obstinadamente: "Ahora sales de la fosa, hombre
ejecutado... Niño, no te agarres a tu mamá con las manos, os quedaréis
juntos, no te irás lejos de ella...".
-¿Qué estás susurrando por ahí?
-Nada, se lo ha parecido.
Y susurra: "Lucha, en eso consiste su pequeña lucha...". Anteayer abrieron
una fosa donde había ocho muertos. El Scharführer gritaba: "Esto es una
mofa, un equipo de veinte Brenner para quemar ocho figuras". Tenía razón,
pero ¿qué podían hacer ellos si en la pequeña aldea sólo había dos familias
de judíos? Una orden es una orden: desenterrar todas las tumbas y quemar
todos los cuerpos... Ahora se han desviado de la carretera y caminan por la
hierba y por ciento quincuagésima vez, en medio del verde claro, he aquí un
montículo gris: una tumba. Ocho cavan, cuatro abaten troncos de robles y los
sierran en leños de la longitud de un cuerpo humano, dos los cortan con
hachas y cuñas, dos acercan de la carretera tableros viejos y secos,
encendajas, recipientes con gasolina, cuatro preparan el lugar para la
hoguera, excavan la zanja para las cenizas: hay que averiguar de dónde sopla
el viento.
Enseguida desaparece el olor a podredumbre del bosque y los guardias ríen,
blasfeman, se tapan la nariz; el Scharführer escupe y se aleja hasta el
lindero del bosque. Los Brenner lanzan sus palas, cogen los ganchos, se
tapan la nariz y la boca con trapos... "Buenos días, abuelo, te toca ver el
sol de nuevo, pero cómo pesas..." Una madre asesinada junto a sus tres
hijos: dos niños -uno de ellos todavía escolar- y una niña que debió de
nacer en 1939, enferma de ra-quitismo, pero no importa, ahora ya está
curada... No te aferres así a tu mamá, no se irá a ninguna parte...
"¿Cuántas figuras?", grita el Scharführer desde el lindero. "Diecinueve", y
en voz muy baja, casi para sus adentros, "personas muertas". Todos maldicen:
ya ha pasado media jornada. La semana pasada, en cambio, abrieron una tumba
de doscientas mujeres, todas jóvenes. Al retirar la capa superior de la
tierra, se levantó un vapor gris sobre la tumba y los guardias se pusieron a
reír. "¡Qué mujeres más calientes!" Sobre las zanjas por donde circula el
aire colocan la leña seca, después los leños de roble -éstos arden bien-,
luego los cadáveres de las mujeres; se añade leña, luego los cadáveres de
los hombres, más leña, después otros restos de cuerpos, luego un tanque de
gasolina, a continuación, en el centro, una bomba incendiaria; luego el
Scharführer da una orden y los guardias sonríen por anticipado. Los Brenner
cantan a coro: "¡La hoguera arde!". Después echan las cenizas en la fosa. De
nuevo se hace el silencio; se mantiene, se vuelve más profundo. Después los
condujeron a un bosque, esta vez no vieron un montículo en medio del claro
verde; el Scharführer ordenó cavar un agujero de cuatro metros por dos;
todos lo comprendieron, el trabajo había concluido: 89 pueblos, más 18
shtetl, más cuatro aldeas, más dos ciudades de distrito, más tres sovjoses
(1), dos cerealistas y uno de leche; en total, 116 núcleos de población, los
Brenner han desenterrado 116 túmulos... Mientras cava la fosa para él y sus
compañeros, el contable Naum Rozemberg sigue calculando: la semana pasada
783, y el mes antes 4.826; un total de 5.609 cuerpos quemados. Calcula,
calcula y el tiempo pasa sin que se dé cuenta, calcula la media de figuras
-no, de cadáveres- en cada fosa: 5.609 entre el número de tumbas, 116; eso
da una media de 48,35 cadáveres por fosa: redondeando, 48 cadáveres por
tumba.
Si tenemos en cuenta que veinte Brenner han trabajado durante treinta y
siete días, por cada Brenner eso da... "¡En fila!", grita el jefe de los
guardias, y el Scharführer ordena: "In die Grube marsch!" (2). Pero él no
quiere ser enterrado. Corre, se cae, se levanta, corre perezoso, el conta-ble
no sabe correr, pero no han logrado matarle, reposa sobre la hierba del
bosque, en silencio, y no piensa en el cielo que se alza sobre su cabeza, ni
en Zlata, Zlátochka, a la que asesinaron cuando estaba en el sexto mes de
gestación, está tendido en la hierba y calcula lo que no tuvo tiempo de
calcular junto a la fosa: veinte Brenner, treinta y siete días, el total de
días por Brenner... eso en primer lugar; ahora, en segundo, tiene que
calcular la cantidad de leña por persona; tercero, hay que calcular el
tiempo medio de combustión por una figura, cuánto...
(1) Acrónimo de sovétskoye joziáistvo. Explotación agrícola soviética.
(2) "Descended a la fosa."
Vida y destino, pgs. 245 a 247.

Las desapariciones
Todo el mundo se acordaba de 1937, cuando casi a diario se citaban nombres
de personas arrestadas la noche antes. La gente se telefoneaba para contarse
las novedades: "Hoy por la noche se ha puesto enfermo el marido de Anna
Andréyevna...". Le venía a la mente cómo hablaban por teléfono los vecinos
sobre los que habían sido arrestados: "Se fue y no se sabe cuándo
regresará". Volvían a aflorar los relatos sobre las circunstancias de los
arrestos: "Llegaron a su casa en el momento en que estaba bañando al niño;
lo apresaron en el trabajo, en el teatro, en plena noche...". Recordaban:
"El registro duró cuarenta y ocho horas, lo pusieron todo patas arriba,
incluso rompieron el suelo... Apenas han revisado nada; han hojeado los
libros sólo para salvar las apariencias...".
Rememoraban a decenas de familias desaparecidas que nunca habían vuelto: el
académico Vavílov, Vize, el poeta Osip Mandelstam, el escritor Bábel, Boris
Pilniak, Meyerhold, los bacteriólogos Kórshunov y Zlatogórov, el profesor
Pletniov, el doctor Levin...
Pero el hecho de que los arrestados fueran eminentes y conocidos carecía de
importancia. La cuestión era que célebres o anónimas, modestas e
insignificantes, aquellas personas eran inocentes, y realizaban su trabajo
honestamente.
¿Es que todo aquello iba a comenzar de nuevo? ¿Era posible que después de la
guerra a uno le tuviera que dar un vuelco el corazón cada vez que oía pasos
en la noche, ante cada toque de claxon?
Vida y destino, pág. 581.
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