Guerra bacteriológica y confusión ideológica

Por José Steinsleger

La pandemia en curso abre de par en par las puertas de una reflexión, que para la cultura judeo-greco-latina (o sea, «occidental») será liberadora o no será. Es algo que se me acaba de ocurrir fumando y sentado en el water, junto a una bolsa de 150 rollos de papel higiénico.

No… no es verdad. Apenas tengo 10 rollos. Pero la vecina del 6-A (que vive sola), tiene más de 150 rollos. Y no pienso saciar mi curiosidad metiéndome en su vida. Ahora bien: ayúdeme a desentrañar este misterio persa y le regalo cinco rollos. No creo que lo consigamos. Hay cosas del corazón…

En todo caso, tengo una hipótesis más o menos científica: estamos, todos, cagados de miedo. Algunos, por el coronavirus. Y en mi caso, por los que aseguran no tener miedo, relativizando la realidad en el hoyo negro de las ideologías.

Esos que, con ingenua o calculada irresponsabilidad, dicen por izquierda que la pandemia es una «epidemia mediática», y por derecha “una ‘gripecita’ de la que sólo deben cuidarse las personas mayores” ( sic, Bolsonaro).

Si lo que vende es glosar a Walter Benjamin para pasarnos de listos, citemos una observación del 7 de diciembre de 1926, apuntada en su Diario de Moscú: «En Rusia se da muchísima importancia a una toma de postura política, rigurosamente matizada».

Salud, dinero… ¿amor? Obviedad (sabiamente «matizada»), que fue revisada cuando el capitán de artillería René Descartes (1596-1650) invirtió la relación entre los medios y los fines. Todo quedó subordinado al desarrollo autónomo de las ciencias y las técnicas, y así empezó la destrucción del planeta.

Michel Serres (1930-2019), historiador de la ciencia, escribió: “Resulta simbólico que el padre de la filosofía occidental (llamada «moderna»), fuera oficial de caballería y mercenario de los Habsburgo”. Para Serres, el Discurso del método (1637), era una «ciencia de la guerra».

¿La lucha contra el Covid-19 es una «guerra» frente a un enemigo «invisible»? Un modo de ocultar que, para ganarla, hay que reconvertir la economía. Porque los aliados de este virus «invisible» están perfectamente visualizados. Son los zopilotes que en la salud, la educación, la cultura, sólo ven «costos» que amenazan «el equilibrio fiscal del sistema previsional».

Por no traer a cuento a los argentinos que desoyeron a las autoridades de Salud, se fueron de vacaciones por Alitalia o American. Y cuando quedaron varados, exigieron la repatriación por Aerolíneas Argentinas. La línea de bandera que los votos «republicanos» y «antipopulistas» permitieron, una y otra vez, «democráticamente», que se la vendiera por monedas.

En Cuba, con 60 años de sufrir agresiones bacteriológicas en todos los frentes de su economía agropecuaria y ganadera, saben cómo librar esta guerra. El método es simple. Imaginemos a un zopilote que emprende un viaje turístico en un país paupérrimo que sólo puede ofrecer «turismo de aventura». El zopilote cae enfermo y se entera de que allí hay un médico cubano. ¿Lo rechazaría por su ideología o besaría sus manos para ser atendido a cambio de nada?

De todas las fake news que circulan en las redes antisociales, sólo una es verdadera: los días del coronavirus empiezan a contarse en «muertos por minuto». Solamente hoy, en Estados Unidos, mil 200 muertos. Un muerto por minuto y 20 segundos (domingo 5 de abril, 8:30 pm).

Tragedia que apenas empieza en el país del «destino manifiesto». Y que bien puede reflejarse en la Perla del Pacífico, Guayaquil, modernísimo centro financiero que se quedó sin ambulancias, féretros, servicios funerarios y con sus hospitales, morgues, cementerios y hornos crematorios colapsados.

En los basurales de Guayaquil siempre hubo zopilotes. Que ahora, aguzando la mirada, planean sobre la gente estresada y sin rumbo fijo, trajinando los cuerpos de sus seres queridos en carretillas de madera.

Durante años caminé por los barrios de Guayaquil, celebrando la vida en cantinas con poetas, y hospedándome en la posada en que un joven médico vendió su anillo de graduación y lapicera de oro, para embarcarse en un buque bananero de la United Fruit. El joven ignoraba qué le deparaba el porvenir. Aunque tenía claro que algo muy, muy, pero muy denso, funcionaba mal en este mundo.

Que cada quien se haga cargo de lo que diga, interprete o escriba. Pero subrayar que esta pandemia sólo castiga a los más pobres, también equivale a «matizar rigurosamente» las cosas. Importa, mejor, detenerse en el Twitter de la hija de António Vieira Monteiro, a quien el coronavirus acaba matar en Lisboa.

Presidente del Consejo de Administración del Banco Santander, don Antonio tenía 73 años y era el hombre más rico de Portugal. Su hija escribió: «Somos una familia millonaria. Pero mi papá murió solo y sofocado, buscando algo tan simple como el aire. El dinero se quedó en casa».

La Jornada, México

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