Guiño a la izquierda en México

Por Enrique Lacolla

La victoria de MORENA en México puede ser la indicación del comienzo de una recuperación nacional popular en América latina.

El triunfo de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en la elección de ayer en México, es una bocanada de aire fresco para Iberoamérica, sofocada por la ofensiva imperialista en curso. Es demasiado pronto para saber si esta victoria supondrá un recomienzo de la oleada de los movimientos populares que durante más de quince años pusieron coto a las políticas del consenso de Washington, pero implica al menos el síntoma de la presencia tenaz de tendencias afirmativas de la identidad nacional y dispuestas a resistir los efectos de una globalización neoliberal que ve a nuestros países como meras marionetas de un proyecto diseñado por los “think tanks” de la Casa Blanca, Wall Street y el Pentágono.

México es una entidad mayor en el concierto latinoamericano. Por su población, cultura, historia y vecindad con Estados Unidos ocupa un lugar preponderante en el ranking de las naciones del hemisferio occidental. En la actualidad está devastado por la corrupción, el narcotráfico y la violencia, que no le impiden sin embargo seguir siendo una de las sociedades más vivas y culturalmente ricas de América. En el plano político el fraude ha sido vivido casi como una herencia genética sufrida durante décadas y de la cual al mismo López Obrador le tocó ser víctima, como cuando le robaron la victoria en las elecciones a presidente en 2006 y nuevamente en 2012, cuando si bien no hubo un fraude explícito, una campaña de desprestigio hipnotizó a gran parte de la clase media e hizo que la balanza se le volcara en contra. Ex alcalde de la capital, su administración le valió un amplio reconocimiento – y no pocos disgustos, como el proceso de desafuero a que se pretendió someterlo en el año 2000, a principios de la presidencia de Vicente Fox.

AMLO es un político avezado, con un bagaje cultural nada común y con un sentido de las realidades que le ha permitido mantenerse de pie en un ambiente donde la supervivencia no es tan solo una figura retórica. En efecto, en el escenario político mexicano puede designar no solamente la resistencia de un candidato a las adversidades que pueden obstaculizarle el camino cuando se decide a limpiar el cotarro, sino ser la indicación concreta de una mezcla de buena fortuna y destreza para sobrevivir físicamente. La suerte de Luis Donaldo Colosio, candidato por el PRI a la presidencia de México en 1994 es ilustrativa en este sentido. Colosio, que enarbolaba también la bandera de la anticorrupción, fue eliminado en un atentado por un sicario en una conspiración montada en el seno del partido oficialista, probablemente por el propio presidente Carlos Salinas de Gortari y por Ernesto Zedillo, quien sería su sucesor y fungía en ese momento como coordinador de la campaña de Colosio. Ambos, por otra parte, eran figuras de relevancia del ejército de economistas que ejecutaban las políticas de desregulación monetaria y de ajuste social que se habían adueñado de casi todos los países desde el sur del Río Bravo al Cabo de Hornos.

López Obrador se adentra en un terreno minado. Sin embargo tiene detrás de sí un amplio respaldo popular que al menos le garantiza en estas circunstancias su acceso al gobierno. Salvo que se produzca otro magnicidio, improbable a esta altura de las cosas, pero nunca imposible. Sobre todo por ser México un escenario muy recorrido por la violencia y tomando en cuenta el factor incógnito que supone la siempre impredecible actividad de la CIA. Pues sería ingenuo creer que para Washington el advenimiento de un gobernante clasificable como “populista de izquierdas” caiga bien. Ya lo dijo Porfirio Díaz: “Pobrecito México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”. El imperio del norte se tragó a la mitad del territorio mexicano original a mediados del siglo XIX, y nunca ha estado ajeno o ha dejado de influir o tratar de influir en los asuntos internos de México. Falta mucho además para la asunción del nuevo gobierno, nada menos que cinco meses, y este es un lapso en el que van a jugar muchas presiones. López Obrador es una personalidad dúctil y con buenos lazos con el mundo empresario, lo que hasta cierto punto le otorga cierta seguridad, pero el brazo financiero del sistema lo sigue evaluando como un enemigo irreconciliable.

En este punto uno se pregunta hasta dónde podrá ir el presidente electo en las actuales condiciones. Navegar en dos aguas al estilo de Lula y luego sobre todo de Dilma en Brasil parecería ser la única opción que le cabe. La suerte que han corrido ambos demuestra, sin embargo, que las batallas luchadas a medias contra enemigos que además son muy poderosos, suelen tener un desenlace nefasto. Nada satisface a los dueños del sistema, y no hay acuerdo, tácito o explícito, que preserve de la puñalada trapera del golpe de mercado, que en este caso incluso puede adelantarse a la toma de posesión. La lucha contra la corrupción y el fraude va a demandar un esfuerzo enorme y habrá de desarrollarse en terreno sembrado por las emboscadas de un narcotráfico enquistado o infiltrado en zonas de la administración, a lo que hay que sumar la relación siempre difícil con Estados Unidos y las imprevisibilidades de Donald Trump.

Como quiera que sea, la victoria de Andrés Manuel López Obrador es una señal de aliento. El Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) que encabeza, cuenta con un gran apoyo popular, y se sabe que este respaldo, aunque es huidizo, si encuentra motivos concretos para encarnarse se convierte en una muralla formidable.

¡Qué viva México, pues!

Persperctivas

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